Recuerdo nítidamente el instante que a mis 18 ó 19 años tomé clara conciencia de mi mediocridad.

Se me invitó a reflexionar sobre aquello que interiormente me mataba y que quisiera cambiar de mi vida. Y lo vi claro. Era una persona todavía en construcción que no destacaba en nada. En nada malo. En nada bueno.

No era bajito ni era alto. No era flaco pero tampoco obeso. Ni guapo ni feo. Ni torpe ni ágil. Ni muy listo ni muy tonto. No suspendía pero los sobresalientes era raros. Algo tímido pero suficientemente sociable.

Y no destacaba con ninguna habilidad. Me gustaba dibujar pero no era un Rembrandt (No me atreví a estudiar Bellas Artes y acabé siendo psicólogo). Podía no desafinar y tocar unos acordes de guitarra pero mis cualidades musicales no me permitían ser el centro de una reunión con una en la mano.

Me encantaba el deporte pero era de los que cuando «nos elegíamos» ya sabía que me escogerían en rondas intermedias. Y así con todo. Ni siquiera en mis defectos era un «muy malote».

Y a mis 18 años algo me decía que esto era insufrible. No destacar era no ser.

Y cuando lo compartí llegó la liberación. No era cierto. El sentido de la vida, la dichosa felicidad, no estaba -me dijeron- comprometida por estar permanentemente en el centro de la campana de Gauss. Esa gráfica que muestra cómo se distribuye la probabilidad de una variable continua y evidencia cómo se comportan los valores de variables cuyos cambios obedecen a fenómenos aleatorios.

gauss

Los valores más comunes aparecen en el centro de la campana y los menos frecuentes, en los extremos. Yo era el tipo más común del universo. Pero como la mayoría del mundo.

Cuarenta años después he seguido comprobando día a día que mi sitio está casi siempre en o muy cerca de la cúspide de la campana. En los valores promedio, en la  medianía.

No soy un psicólogo ni un trabajador brillante pero creo desenvolverme dignamente. No creo que nunca publique un libro pero este blog ya va para los 9 años. Dejo bastante que desear como padre y como marido pero tras 33 años ejerciendo aún no me han expulsado de ninguno de los cargos.

Y, sin embargo, tengo un enorme sentimiento de gratitud por mi vida. Alguien o algo intentó engañarme en mi infancia y adolescencia haciéndome creer que la vida sólo tenía sentido si alguien te podía admirar en algo. Mentira. No es así.

Es cierto que una habilidad, una aptitud especial es un poderoso factor de resiliencia. El niño o la niña de familia desestructurada que destaca en un deporte, por ejemplo, tiene en ello una posibilidad de resistir y rehacerse. Todo alrededor de él o ella se desmorona pero en la pista controla, la vida es predecible porque en ella sabe, el o ella es capaz.

Pero eso no quiere decir que la ausencia de una habilidad o característica positiva especial tenga que llevar necesariamente a la anti-resiliencia (la capacidad para hundirte y ahogarte en condiciones afortunadas)

Ese día concreto, en ese lugar concreto yo fui rescatado de una trampa mental mortífera. Así lo siento y así lo vivo.

Y aunque ya tenía la intención de escribir un post al respecto, el detonante que me ha hecho sentarme al ordenador y redactarlo es toparme con la cuarta regla que el psicólogo social canadiense Jordan B. Peterson propone en «12 reglas para vivir. Un antídoto al caos» (Editorial Planeta). En su estilo muchas veces contundente, directo, sin paños calientes escribe:

«Da igual lo bueno que seas en algo o cómo contabilizas tus logros, siempre hay alguien por ahí que te hace quedar como un incompetente.(…) Dentro de nosotros hay una voz, un espíritu interior crítico que está al corriente de todo esto. Esta voz está predispuesta a hacerse oír, insiste en condenar nuestros mediocres intentos y, en ocasiones, no es nada fácil hacerla callar» 

Y en un larguísimo capítulo pasando por reflexiones de psicología profunda, experiencia clínica pero también filosofía y tradiciones religiosas (como en todos los capítulos) justifica su cuarta regla: «NO TE COMPARES CON OTRO, COMPÁRATE CON QUIEN ERAS TÚ ANTES»

No me atrevo a recomendar este libro y te aviso que si te cabreas al leerlo a mi no me mires.

nota-12-reglas-para-vivir-jordan-peterson
Buscando una imagen del libro me he encontrado con esta rápida valoración. No es mía. Pero podría suscribirla.

Simplemente tengo que decir: Peterson en esto te doy la razón. Yo era un  mediocre que se sentía desgraciado por ello- comparándome siempre con otros- y ahora, y gracias no a mí sino a quien me dijo lo contrario, soy un tipo contemplando la vida desde la cima de la medianía con una sonrisa en la cara. 

NOTA: He categorizado el post en la serie «Momentos definitorios» porque puedo etiquetar aquel momento de mi juventud como uno de los más definitorios en mi vida.

 

7 comentarios en “Felizmente sentado en la cima de la campana de Gauss

  1. Me ha encantado el post. Y creo que es una forma maravillosa de ver y afrontar la vida y que todos deberíamos hacerlo. Lo que más me ha impactado es el siguiente párrafo:

    Es cierto que una habilidad, una aptitud especial es un poderoso factor de resiliencia. El niño o la niña de familia desestructurada que destaca en un deporte, por ejemplo, tiene en ello una posibilidad de resistir y rehacerse. Todo alrededor de él o ella se desmorona pero en la pista controla, la vida es predecible porque en ella sabe, el o ella es capaz.

    Mi hijo, adoptado y con graves problemas, tiene unas aptitudes increíbles para la mayoría de los deportes, pero ni siquiera ahí siente que controla, la frustración se apodera de él.

    Llevo muchos años, desde que estamos con el, haciéndole ver lo que vale, pero no hay manera que lo vea.

    Seguiré intentándolo para ver si al final lo consigo

    Gracias por el Post!!! Un abrazo

    1. Susana humildemente me atrevo a sugerirte que no te obsesiones con conseguir que tu hijo tenga una «autoestima total» sino que le facilites esa «autoestima parcial» de su habilidad en el deporte. Pero en todo caso, comentarios como el tuyo son los que le dan vida a este blog. Muchas gracias.

  2. Hola Javier! A riesgo de no creerme te diré que, leerte, se está convirtiendo en mi “remanso de paz”. Cuando leo entradas como esta, o como la que hiciste de “La mujer eslogan”, a parte de sacarme una sonrisa me ayuda a reconectar con lo sencillo de ser humano. Sin presiones de grandeza o superación constante.
    ¡Gracias por este espacio! Un abrazo

  3. Muchas gracias Javier. Nunca escribo pero te leo siempre. Me encantan tus post y hoy no he podido evitar responder. Tengo tres hijos adolescentes y muy competitivos. Me encantaría que descubrieran el valor de no ser el mejor/ni el peor en nada que te permite muchas veces construir una persona más completa. O al menos eso es lo que visto en perspectiva (observando mi propia vida) a mi me parece.

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