Debo advertirte un par de cosas.

En primer lugar que este post se centra en el sistema de protección de menores pero lo hace a partir de un concepto («la pérdida ambigua») que puede interesarte por un montón de motivos. Tanto si vives en un sitio que «no es el tuyo», como si cuidas de una persona querida con Alzeheimer, como si sientes que tu pareja «está pero no está», como si te cuesta aceptar que a  tu hijo o hija adolescente ya sólo le interesas por lo material. O eso es lo que a ti te parece.

En segundo lugar, este es un «post espejo». No tiene sentido en si mismo sino que nace de otro de otro blog. Se trata de «Huérfanos de madres y padres existentes» de Marta Llauradó. Como no.

Cuando reblogueé su post «Las otras pérdidas» ya avisé que el siguiente sería igual de interesante pues Marta y yo habíamos cambiado impresiones al respecto. Pero no me imaginaba que este segundo post me iba a abrir, a mi y a ella misma, un melón que creo que en mi caso no me lo voy a poder acabar.

Así que lo único que pretendo en este post, para no dispersarme y para hacer justicia al de Marta, es poner al servicio de aquel mi experiencia en el sistema de protección de menores.

Marta da ya en el clavo en las 14 primeras palabras de su post: «El Sistema de Protección de Menores  debe poner en valor a los padres biológicos». La frase continúa pero yo me paro aquí porque ya me quedo atascado por mi experiencia. ¿Realmente estamos poniendo en valor a los padres de los menores protegidos?

En mi opinión, absolutamente no. O mejor dicho, a los padres biológicos se les da tantos valores diferentes como personas toman parte en la decisión sobre sus hijos o hijas. Y esto se traduce en que la dirección que tome la vida de esos niños, niñas y jóvenes está marcada en realidad por una verdadera ruleta. Dependerá, en última instancia y por mucho instrumento o protocolo que se utilice, de las personas concretas que tengan voto en cada decisión sobre ellos.

Para no parecer exagerado te pondré un ejemplo real que, paradójicamente, tendrás que imaginar. Así que imagina una reunión para la toma de decisiones sobre una niña de unos 6 años que lleva ya unos meses en un centro. No cabe duda que ni la madre ni el padre van a estar nunca en condiciones de criarla adecuadamente. La negligencia y las situaciones de riesgo grave han sido constantes. Pero desde que se tuteló la madre ha visitado sistemáticamente a su hija y se centra en jugar con ella. La reunión empieza así:

– La niña tiene una madre que…

-¡Eso no es una madre!- protesta otra persona

A partir de ahí todo lo demás sobra. Y la discusión se prolonga veinte minutos más hasta que quien preside, viendo el percal, propone o impone que las personas que tienen voto lo hagan.

Como suele pasar quienes conviven con la menor no tienen voto. Aún así la votación entre acogimiento permanente o guarda con finalidad adoptiva es muy pareja. Gana la adopción por dos o tres votos. Acabamos de pegarle un tiro legal en toda la sien a los padres y a un hermano de 11 años que está en un centro de acogida.

Y lo curioso es que todos los que están allí están convencidos de conocer lo que es el superior interés de esa niña.

Sea lo que sea lo que tú pienses sobre lo que hubieras votado (con los datos que te he dado, claro está) lo que quiero señalar es que se han evidenciado dos valores muy distintos de los padres biológicos. ¿Y por qué?

En el post de Marta está también la respuesta. Ella cita, aunque sea para cuestionarlo, un estudio en el que los resultados parecen ser coherentes con lo propuesto por Pauline Boss en sus estudios sobre «pérdida ambigua». Dichos estudios, basados en personas que no pueden cerrar el duelo de una pérdida porque no tienen constancia de la muerte de la persona querida, dejan ver claramente que las relaciones humanas se constituyen en base a presencias físicas pero también presencias psicológicas. Es más ella habla sin tapujo de familia física y familia psicológica.

pauline boss

Muchas veces los partidarios de la adopción frente al acogimiento permanente consideran honestamente que el beneficio del menor, descartado el retorno totalmente, es la eliminación total de la presencia de los padres. Para ello tenemos un arma, nunca mejor dicho, legal: que un juez o jueza resuelva que sus padres ya no lo son. Lo que se consigue es «librar al niño de sus padres» más allá del periodo de protección puesto que se los quitamos para siempre. Y se piensa así porque se considera que la ausencia física minimizará la presencia psíquica. O simplemente porque el que piensa así no se cree lo de la presencia psíquica o psicológica.

Por su parte los partidarios del acogimiento permanente piensan que es mejor que siga existiendo una cierta presencia física de los padres porque así la presencia psíquica podrá ser controlada mucho mejor. Y el acogido o acogida, cuando llegue a los 18 años, ya decidirá que quiere hacer con la presencia física de sus padres.

Lo que me parece más curioso es que quienes, en caso de no retorno, priorizan la adopción lo que parecen querer es acabar con la ambigüedad: «Luke… !Ya NO soy tu padreeeee!». Pero ¿se consigue eliminarla matando la paternidad o maternidad legal nada más? Creo que no.

Y lo más curioso es que, si analizo las distintas formas de protección familiar, la adopción me parece sin duda la de mayor ambigüedad en la perdida (excepto que también haya muerte física de los padres biológicos. Y aún así)

Me he permitido esta composición de lugar y me atrevo a ponerla a tu consideración:

Separación Ambigüedad

Si este esquema no es una rayada mía (Marta piensa que no voy desencaminado) lo paradójico es que: a menos «ambigüedad de la medida» (más contundencia en la separación) más «ambigüedad en la pérdida» de los padres biológicos.

Y según Pauline Boss la pérdida ambigua puede ser una fuente permanente de estrés familiar más complicado de manejar que una pérdida definitiva. No estoy diciendo que no se pueda gestionar. Ella misma ofrece en su libro muchas pistas para gestionarla de la mejor forma posible. Simplemente quiero visibilizar esta dimensión muchas veces olvidada en la toma de decisiones en la protección de menores.

Pero como yo, lo reconozco, desconocía el concepto de «pérdida ambigua» he rastreado el tema por internet. Si pones en Google, por ejemplo, «perdida ambigua adopción» apenas encuentras nada. Pero si lo pones en inglés («ambiguous loss adoption») te aparecen varios artículos académicos y otros cuantos enlaces.

Por suerte en el blog Sobre Terapia Familiar (al parecer inactivo desde hace tres años) aparece una referencia a una conferencia que un conocido experto en adopción, David Brodzinsky, dio en un Ciclo de Conferencias en la Universidad de Comillas titulado «La adopción y el ciclo vital: hacerse mayor como persona adoptada«. No hay forma de saber si es una transcripción literal o un resumen. Puedes leerlo íntegramente en el link del titulo del blog porque no tiene desperdicio para los que no trabajamos directamente en adopción, pero quiero traerme este párrafo:

Tenemos que entender la adopción como una pérdida ambigua. Se mantienen fantasías de búsqueda y de reencuentro. Si la pérdida no se reconoce por parte de los demás, el adoptado no se siente comprendido en su dolor. Se tiene que reconocer esa pérdida, se valida, para que el niño o adulto adoptado pueda hablar abiertamente de su historia.

Brodzinsky

Quizá no vayamos tan desencadenados relacionando adopción y este concepto.

Pero el post de Marta se detiene más bien en dos formas de dar valor a los padres biológicos en el acogimiento permanente. Dos modelos que ya conocemos y que son las dos ramas del mismo que he puesto en el gráfico. 

Pauline Boss establece que hay ambigüedad cuando se pierde la presencia física pero no la psicológica (porque seguimos albergando esperanzas o teniendo fantasías de reencuentro). O cuando hay presencia física pero ausencia psicológica (tu madre está presente pero el Sr. Alzeheimer la tiene secuestrada)

Es obvio que en el modelo que yo llamo «triangulado» (hasta que Alberto Rodríguez me recuerde o dé un nombre más adecuado) se intenta, a pesar de lo agotador que es para los profesionales, equilibrar constantemente la presencia física y psicológica de ambas familias del niño o niña.

Sin embargo en el modelo «y yo que sé» (porque no sé como llamarlo y porque la frase define bastante bien la inhibición del sistema) lo único que se hace es reducir la ambigüedad permitiendo la presencia física de los padres a periodos mensuales, por ejemplo, pero no actuando apenas sobre la ausencia/presencia psicológica. En este segundo modelo dejamos en manos de él o la menor resolver la ambigüedad cuando el o ella misma pueda. En la mayoría de edad o cerca de ella.

Por eso y por muchas cosas más (como la pérdida ambigua de las madres y padres cuyo hijo o hija se ha dado en adopción o acogimiento permanente; o las perdidas ambiguas de los profesionales que trabajamos en esto) he llamado al Sistema de Protección de Menores «Ambiguoland». Un verdadero parque temático de pérdidas ambiguas.

Y seguirá siendo así mientras no hagamos caso a Marta y realmente pongamos en valor a los padres biológicos de los niños, niñas y jóvenes del sistema. Aunque tengamos que tomar decisiones muy radicales. No está reñido una cosa con la otra.

EPILOGO

Mientras tanto, y si quieres profundizar en este concepto, no tienes el libro de Boss (no hay edición digital) y quieres hacerlo pasando un rato entretenido, puedes ver una miniserie británica de tan sólo tres capítulos.

Se llama «The Guilty» (ojo hay más películas con este nombre) y es un thriller policíaco al uso y con un desenlace a la altura de las expectativas de la intriga. Pero en él verás como los personajes y las dinámicas familiares cambian claramente cuando por fin una pérdida ambigua se convierte en una pérdida cierta.

Mi mujer y yo la vimos de un tirón anoche. Mi mujer comento (sin haber oído nada de pérdidas ambiguas) como cambiaba el personaje de la madre a lo largo de la película.

1960_the-guilty

También hay un ejemplo clarísimo en la autobiografía de John Callahan, en la parte que relata la búsqueda de su madre biológica. Pero lo dejo ahí porque Marta creo que prepara algo con esa historia.

5 comentarios en “¡Bienvenidos a Ambiguoland!

  1. Llevo trabajando con la infancia en desprotección más de diez años y el tema de la ambigüedad en los menores es muy dañina, hay que ser respetuosos y trabajar realmente por su bienestar. Totalmente de acuerdo con Marta

    1. Julia, no sabes lo que te agradecemos tu comentario. Ya pensábamos que no había nadie ahí fuera. Aunque sea para discrepar. Fíjate si estoy de acuerdo contigo que estoy seguro de que Bienvenidos a Ambiguoland no va a ser un post solo sino una serie de posts. Será un placer y un lujo recibir cualquier aportación que quieras hacer al respecto. Gracias.

  2. Hola Javier, leerte y reencontrarte después de tantos años con además un post tan acertado, no sabes la alegría que me da.
    Ando últimamente muy preocupada por el sistema de protección de menores, y ayer, pensado en él, se me ocurrió la necesidad de «humanizar la protección de menores», me faltaba este post para ampliar y localizar los focos ante los cuales debemos responsablemente poner atención. Te recomiendo el libro «Cuando la cigüeña se equivoca» de Lola Sinisterra. Siento que en Planes de Infancia, Consejos de Infancia, cambios en el sistema educativo y cualquier cosa que afecte a los menores, poco se tiene en cuenta los que son protegidos y tutelados, que al final, también son futuro de nuestra sociedad y pasan por una montaña rusa de conflictos y sentimientos necesariamente trabajables, no evaluados y muy, pero que muy olvidados. Un abrazo

    1. Hola Isabela
      Yo también me alegro del reencuentro aunque esté propiciado por una preocupación. Cualquier propuesta para humanizar el sistema de protección y que quieras compartir en este humilde blog será recibida con entusiasmo.
      Justo hace unos días una conocida me habló de ese libro y estuve rastreando en Internet. Me pareció interesante pero con la segunda recomendación ya es imprescindible hacerse con un ejemplar.
      Un abrazo y hasta muy pronto.

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