Advertencia.

Este post, a pesar de lo que digan las categorías, no va de protección de menores ni de acogimiento familiar, pues es un tema del que lo que más deseo, en este momento, es descansar. A veces se nos olvida que antes de resiliar hay que descansar.

Este post va sobre dos de las ideas bellas, profundas y elegantes sobre cómo funciona el mundo seleccionadas por John Brockman en el libro «Eso lo explica todo» (Editorial Deusto)

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La principal, y que es la base de este post, es la idea de consecuencias no intencionadas elegida por Robert Kurzban (psicólogo evolutivo). Pero también me referiré a la idea de que las metáforas no son simples recursos literarios sino, nada más y nada menos, un elemento constituyente de nuestra mente y nuestro raciocinio (seleccionada tanto por Simone Schall – psicóloga social- como por Benjamin H. Bergen – profesor de Ciencias Cognitivas)

La idea de las consecuencias no intencionadas es «simple de narices» y, por desgracia, explica un montón de fenómenos humanos. Una de sus formulaciones es que cuando las personas intervienen en los sistemas complejos (con muchos elementos en movimiento relacional) la intervención tendrá efectos más allá de los perseguidos, incluyendo muchos que eran imprevistos e impredecibles.

Ciudad Real 3.0

El ejemplo elegido.

A parte de a mi mismo, el sistema complejo que más conozco es el sistema de protección de menores. Es más. Creo conocerlo mejor que a mi mismo.

Y siempre he mantenido que – ya vamos a las metáforas- como mínimo es un sándwich mixto donde el niño y su familia queda emparedado entre el código civil y el sistema de servicios sociales. De forma que ignorar una de las rebanadas (aplicar medidas legales sin intervención social o intervención social sin respaldo legal) podía hacer que niño y familia cayeran al suelo.

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De hecho mi cabreo actual es que algunos, por mis tierras, están creando un sándwich con una rebanada doble de legalismo y una fínisma capa de intervención social. Mucha resolución administrativa y poco encuentro personal.

Pero en todo caso, y sin contar que a veces se cruzan otros sistemas, como el penal, el sistema de protección es un sistema complejo. Además es un sistema inspirado internacionalmente, construido nacionalmente y matizado autonómicamente. Y además un sistema en la mayoría de las Comunidades Autónomas dirigido por los gobiernos autonómicos pero ejecutado en un altísimo grado por las corporaciones locales.

La intervención en el sistema.

Una manera clara de intervenir en un sistema complejo es legislarlo. Como ocurrió con la Ley 26/2015, de 28 de julio, de modificación del sistema de protección a la infancia y a la adolescencia. En su artículo 173. bis, punto 2.a. introdujo, entre las modalidades de acogimiento, el de urgencia, con dos características «principalmente para menores de seis años» y «que tendrá una duración no superior a seis meses, en tanto se decide la medida de protección familiar que corresponda«.

Extraña la contundencia del artículo que no deja la puerta abierta para la excepción en su duración si el interés superior del menor lo requiriera. No puedo pensar que fue un simple despiste de los legisladores. Quiero pensar que fue una intervención dirigida bienintencionadamente a conseguir la celeridad en las valoraciones de los casos y la toma rápida de decisiones.

No sé que pasó o está pasando en otras Comunidades Autónomas. En la mía, la Administración competente ha hecho dos cosas. Primero y durante unos tres años, nada. O mejor dicho, hacerse la tonta o despistarse a conciencia. Y no hace mucho, y vete tu a saber por qué, aplicarla a rajatabla.

La consecuencia no intencionada.

Si la idea era la celeridad en la toma de decisiones en niños y niñas de corta edad lo razonable sería que las familias de urgencia dependieran de la unidad administrativa que valora la situación de desprotección y que se instara a los ayuntamientos implicados a dar prioridad al caso.

En lugar de ello, simplemente lo que se ha dado es orden de que ningún acogimiento de urgencia dure más de 6 meses y por ello, en tal caso, o se trasvasa al niño o niña a otra familia que acepte un acogimiento temporal o se queda en la misma familia si esta acepta un cambio de modalidad.

Lo primero implica un cambio sin sentido para el menor. Lo segundo un cambio sin sentido para la familia (va a percibir a partir de ese momento una ayuda económica de un tercio de la que percibía hasta entonces). Algo que a mi me trae una expresión a la cabeza: perversidad del sistema.

Pero las consecuencias no intencionadas no acaban aquí. Hasta ahora los acogimientos temporales (antes simples) eran acogimientos en el marco de un Plan de Protección de Menores de re-unificación con su familia biológica. Podría salir mal pero las familias de temporal asumían que se estaba trabajando para ello. Ahora ya no se sabe puesto que muchos acogimientos temporales comienzan con un grado de incertidumbre tremendo.

Y mensurable: hasta ahora lo normal en los niños y niñas que acababan adoptadas era pasar por dos familias (urgencia-diagnostico y adoptiva). Ahora lo normal será de tres familias (urgencia, temporal, adoptiva)

Antes las familias de urgencia-diagnóstico asumían un grado alto de incertidumbre precisamente porque sabían que, pasara lo que pasara, el niño o la niña saldría de su familia. Ahora a las de temporal (no especializadas) se les va a pedir en muchos casos que asuman esa incertidumbre incluso con la posibilidad de que acabe quedándose en un permanente. Y más de una familia de urgencia se planteará ¿que sentido tiene mi especialización?

Pero la consecuencia no intencionada importante es la otra. No cumplir la ley tenía la consecuencia de muchos casos de niños y niñas en acogimientos de urgencia que se prolongaban muchos meses en el tiempo. Con el problema de la fuerte vinculación con familias con las que no iban a permanecer (porque el sistema lo impone, no por el interés superior del menor, pero eso es otro post).

Pero cumplir la ley sin atender a su espíritu (otra metáfora) tiene la consecuencia de someter a los niños y niñas a cambios absolutamente innecesarios y, por mucho que algunos se empeñen, no neutros sobre su bienestar emocional y desarrollo psico-afectivo.

Todo esto me suena (más metáforas) a cuando se discute si horario de verano o si horario de invierno sin que nadie se planteé cambiar, no el horario, sino los horarios (de tiendas, televisión, trabajo….)

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Confesión

No he escrito este post para desahogarme, lo prometo. Es más yo también he participado en alguna que otra «gran cagada» por culpa de no tener en cuenta las consecuencias no intencionadas.

Tuve opinión, criterio y parte de responsabilidad para, hace unos años «tocar» el sistema para corregir algunas distorsiones que se observaban. La difusión, captación, formación y valoración de familias acogedoras así como el seguimiento y apoyo al posterior acogimiento lo realizaban entidades sin fin de lucro subvencionadas por la Administración.

Se mezclaban así los roles de asociacionismo y autoayuda de estas entidades con el de seguimiento técnico y profesional. Las familias se quejaban de que la Administración no les apoyaba (la subvención no era percibida como esfuerzo de la misma ni ayuda directa a ellas). Y los técnicos de la Administración se cansaban de ser «los malos» mientras las familias percibían a los y las técnicos de las entidades como «los buenos»-

Cuando se impulsó el pase de subvenciones a contratos (algo que poco tiempo después vendría impuesto por una nueva Ley estatal de subvenciones) y que la valoración-formación de las familias la realizara directamente la Administración, las entidades usaron la metáfora o analogía de que se iba a fragmentar el proceso. Y algunos usamos otra metáfora o analogía para contrarrestar la primera: no se va a fragmentar, se va a racionalizar.

Ahora muchas familias ya no se quejan de que la Administración no les apoya técnicamente. Ahora se quejan (algunas) de que los técnicos de las entidades, dicho a lo bruto, son prácticamente la Administración. Me han contado comentarios de técnicos de seguimiento que antes solo se los escuchabas a los técnicos de la Administración («ya sabías a lo que te metías» por ejemplo)

Eso sí, al menos hemos cambiado al menos la dirección del cabreo.

Reconozco pues que la jugada no salió como yo creía y hoy me lo pensaría dos veces antes de posicionarme. Se ha arreglado alguna cosilla pero se han perdido otras cosas buenas. En el balance, me arrepiento y así lo manifestado en privado en alguna ocasión.

Conclusión

Este no es un post sobre acogimiento… ¿O sí?

Este es un post sobre que deberíamos ser más humildes a la hora de introducir cambios en sistemas complejos pensando que vamos a poder predecir todas las consecuencias. ¡Ojala hubiera conocido entonces esta bella, elegante, y profunda idea!

Y sobre que las metáforas son maravillosas pero que una mala metáfora puede producir también consecuencias no deseadas. Y algunas hasta peligrosas.

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