Hasta hace menos de un siglo, los peces de agua fría han vivido en lugares con aguas frías. Y los peces tropicales han vivido en los trópicos. Sin embargo desde que a alguien se le ocurrió acoplar una resistencia eléctrica a un acuario hay peces de agua fría en los trópicos y peces tropicales en Groenlandia, por ejemplo.

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Por eso la definición de cultura de Boris Cyrulnik me sigue parecido lúcida (“aquello que cambia cada 10 años y cada 10 km”) pero la globalización permite a la cultura local, de aquí y de ahora, superponer otra cultura “de allí y quizás de hace unos años”. Pero a diferencia de los peces, no nos meten en acuarios y nos desplazan, sino nos meten los acuarios en forma de TV, Tablet, Ordenadores, redes sociales y nosotros mismos acabamos asumiendo tradiciones ajenas sin ningún problema. ¿Cuánto ha tardado la fiesta de Halloween en triunfar en todo el mundo?

Al parecer no hay solo una atmósfera contaminada que calienta la temperatura del planeta sino una atmósfera informativa, una red de dispositivos que reciben y ofrecen información, que regula qué culturas, qué valores, qué ilusiones se expanden con más facilidad. Entre ellas la ilusión de felicidad.

¿Qué ilusión de felicidad tenían mis padres que formaron nuestra familia a finales de los años 50 del siglo pasado? Pues el típico de una familia constituida poco después de tiempos políticos muy convulsos en nuestro país y en Europa. Su ilusión de felicidad incluía supongo la paz social (nunca otra guerra); un trabajo digno; sacar la familia adelante y poder hacer de vez en cuando algún pequeño viaje, algunas pequeñas vacaciones…; ser personas buenas y honradas y divertirse todos los años repartiendo con la imaginación el gordo de la lotería nacional que alguna vez nos tocaría o no.

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En su libro “La ilusión de la felicidad” de Carl Cederström (Alianza Editorial) con el subtitulo “El temerario camino hacia un nuevo modelo de bienestar” analiza como desde los años 20 se ha ido construyendo una ilusión de la felicidad que nos impregna todavía hoy. Una ilusión que si bien en los 60 se presentó como liberadora de las estructuras dominantes ha sido fagocitada precisamente por el capitalismo más duro y está representada por un tipo como Donald Triump quien ha usado su propio narcisismo como estrategia para llegar a presidir los EEUU de América.

No me interesa tanto el tema político, en el que Cederström, no entra, sino en cómo las ideas de felicidad individual caiga quien caiga, el “yo auténtico”, el desarrollo del pleno potencial, víctima es quien decide serlo, el mindfulness lo arregla todo, si no te curas del cáncer es porque te falta actitud y si no corres un maratón en tu vida eres un pusilánime, han llegado a arraigar tan claramente en nuestros días. Yo, mi, me, conmigo.

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Carl Cederström

Además de la solvencia de sus análisis me ha gustado descubrir en el libro un fenómeno humano paradójico. Si eres un verdadero hijo de puta (como dice el autor todos los casos que ha podido recopilar son hombres) y eres hábil puedes convertir tu “hijo putez” en la base de una nueva propuesta para la felicidad y encima forrarte.

En la misma época que vivieron mis padres a John Paul Rosenberg, de Filadelfia (EEUU) ese proyecto de felicidad no le pareció bastante y abandonó a su mujer y a sus cuatro hijos para irse con otra mujer a San Francisco y ocultarse de ellos durante años tras cambiar su nombre a Werner Erhard.

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Tras realizar algunos cursos o entrenamientos de desarrollo personal el mismo montó los suyos (llamados primero “est”, luego “Forum”, luego “Landmark” y hoy “Landmark Wordlwise”) y llegó a triunfar gracias a humillaciones – supuestamente terapéuticas- constantes a los participantes como cuando una superviviente del Holocausto se le convenció de que la única responsabilidad de ser víctima era ella misma. Porque, en resumen, tu felicidad sólo depende de ti. Hay que reconocerle que cuando Werner ya estaba forrado recontactó con su anterior familia, pagó sus gastos e incluso su ex-mujer trabajó en la organización. Tuvo que pasar por algunos procedimientos judiciales. Uno por posibles abusos sexuales a una hija que no prosperó.

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O Wilheim Reich, el psicoanalista expulsado del psicoanálisis, que creció siendo un niño con interacciones sexuales muy tempranas con el personal de servicio; conociendo la infidelidad de su madre con su profesor de música; teniendo fantasías de chantajearla a cambio de intercambiarse por el profe, y sufriendo el suicidio de la misma cuando él tenía 13 años y la muerte de su padre a los 17. ¿Qué mejor forma superar todo esto que crear una teoría en la que la familia es una institución represiva y la felicidad se identifica con la felicidad sexual en su expresión más completa e intensa: el orgasmo?

En definitiva , un libro al que llegué por su capítulo llamado “La cultura del narcisismo” y que no he podido dejar hasta terminarlo.

Lo había visto en las librerías y ya me llamó la atención, pero el otro día mi perro, “Curioso”, me lo trajo en la boca en uno de sus paseos por Internet.

PD: Sr. Reich, de los Reich de toda la vida, como hombre mediocre razonablemnete feliz me paso su libro: “!Escucha hombrecillo. Discurso sobre la mediocridad” por el arco del triunfo. Sólo en una cosa le doy la razón: ¡Me he he quedado más ancho que largo al decírselo! Pero sabe ¿qué?…

Eso tampoco es la felicidad.

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