Primera parte al estilo Malcolm Gladwell

Imagina que mañana, justo antes de salir de casa, tienes un pequeño desencuentro con una persona con la que convives y con la que te une una fuerte relación de afecto. Tu pareja. Tu padre o tu madre. Un hijo o hija…

Ha sido una tontería, algún comentario desafortunado quizá, pero como os habéis tenido que separar – cada uno a lo suyo – no sabes si la otra persona está enfadada contigo y eso te provoca una cierta inquietud.

Pasado un rato el tema te sigue rondando por la cabeza, te provoca malestar y no te concentras en lo que estás haciendo, así que decides a llamarle y salir de dudas. Te coje el teléfono y dice tan sólo una palabra («Dime» «Hola!» o cualquier otra) pero la llamada se corta. Vuelves a llamar pero ahora comunica.

Mientras esperas para retomar la conversación y después de oírle decir una sola palabra ¿te atreverías a apostar sobre como está esa persona contigo?

Imagina ahora otra situación.

Te encuentras leyendo el periódico o un libro en un parque o plaza. Por el rabillo del ojo ves que un niño con gafas de 6 o 7 años se está dirigiendo a ti. Levantas la cabeza y tus ojos se encuentran con los suyos que parecen ligeramente húmedos y te miran fijamente. Con voz algo apagada y titubeando te dice, señalando a otro niño rubio algo mayor que él que juega un poco más allá a botar una pelota:

– La pelota es mía.

El otro niño parece ajeno a la situación. Piensas que no es asunto tuyo pero no ves a ningún adulto cercano. Aún dudando si intervenir te acercas y te diriges al niño rubio para llamar su atención.

– !Oye!

Sabes que te ha oído pero ni te ha mirado. Sigue a lo suyo. Te levantas y te acercas un poco más.

-¡Oye! – insistes – ¿Esa pelota es tuya?-

El niño rubio mira hacia donde tú estás pero no contacta con tus ojos; esboza una sonrisa que te resulta rara, y tras unos segundos deja caer la pelota, se da media vuelta y se aleja dando saltitos.

Entregas la pelota al niño que está a tu lado y te sientas de nuevo pensando… ¿pensando qué?

No sé tú pero yo en la primera escena, la del teléfono, y si se tratase de mi mujer podría apostar fácilmente a si estaba enfadada conmigo. Sólo oírle una palabra y por el tono con que me la hubiera dicho podría adivinarlo. Cualquiera que comparte su vida mucho tiempo con otra persona puede conocer el estado emocional o mental del otro en un instante.

En el segundo caso yo al menos me sentaría pensando sobre el niño rubio… ¡menudo cabroncete! Y cómo por alguna experiencia de mi infancia los niños abusones me descomponen me quedaría con ganas de decirle cuatro cosas. Me sentiría también satisfecho de haber ayudado a un niño desvalido. (1)

Si este ha sido también tu caso imagina ahora que tras unos minutos se acerca una persona adulta al niño de gafas y le oyes decir: ¡Miguel! ¡Venga, vámonos! Deja esa pelota ahí ¿de donde la has sacado? El niño te mira y yo (quizá tu también) quiero que la tierra me trague. Menos mal que oyes: ¡Bueno!¡Da igual! Tenemos prisa. Déjala ahí mismo y ya vendrá alguien a buscarla.

¿Es posible que malinterpretáramos la situación? Quizá los ojos húmedos se explicaban por frío o alergia. Quizá se tratase de un niño de un centro de menores acostumbrado que todo es un poco de todos. Quizá el niño rubio estaba en la fiesta en el mismo parque de las asociaciones de padres de niños o niñas con trastornos del desarrollo y sus reacciones se explicaban por padecer el síndrome de Asperger. O quizá, simple y llanamente el niño de gafas era el verdadero cabroncete y el niño rubio un bendito.

Es curioso que seamos tan buenos conociendo nuestro estado mental y el de las personas muy cercanas a nosotros pero seamos tan poco fiables interpretando el estado mental de un desconocido. O dicho de otra manera: ¿Quién nos ha colado que las personas son transparentes? ¿Realmente es la cara el espejo del alma?

Por mucho que intento ser amable, muchas veces acabo mal las conversaciones con comerciales, en línea o presenciales, que quieren que me cambie de compañía de tal o cual servicio. Me conozco tanto la secuencia de argumentos y contrargumentos que tienen tan estudiada que me descompongo cuando no aceptan que les diga que no me interesa. Sin embargo en dos ocasiones mordí el anzuelo.

En una fue porque estaba cabreado con mi compañía actual y necesitaba un móvil. Pero en otra cambié el proveedor de gas de la casa sin ninguna necesidad. ¿Por que? Por que el comercial no lo parecía . Me estaba dando la impresión de que era un chico muy limitadito intelectualmente. Se me presentaba como alguien tímido y sus explicaciones no eran en el el tono asertivo y de seguridad impostada habitual en los y las comerciales. Por cierto, no descartaría que fuera un joven con Asperger. Una inteligencia completamente normal pero una expresividad poco congruente con el estereotipo. En ese caso me atrevo a apostar que se está forrando a conseguir clientes.

Quizá te interesa profundizar en porqué nos sobrevaloramos en  nuestra capacidad para interpretar el estado mental (intenciones incluidas) de un desconocido. ¿Donde está escrito el aspecto y la forma de expresarse que tiene que tener un maltratador? Y cuantas veces has oído o has dicho : No me puedo creer que esa persona (que no conoces) haya hecho tal o cual…. O al revés… cuando le vi pensé que…. pero luego resultó que.

Te recomiendo entonces que leas «Hablar con extraños» el nuevo libro de Malcolm Gladwell. Pero permítete que no te desvelé las tres claves fundamentales que el nos da para poder entender algunas consecuencias  sorprendentes resultantes de hablar con extraños.

9781644731390

Me gusta más el subtitulo en la edición inglesa: Lo que deberías conocer de la gente que no conoces

 

Tú y tus voces; él y las suyas.

En lugar de destripar el libro, déjame que lo lleve al terreno de eso que llamamos últimamente «Mentalizar». A la capacidad de entendernos a nosotros mismos y a los otros en clave de estado mental: ¿que siento/siente? ¿qué pienso/piensa? e incluso ¿que pretendo/pretende?

Por tanto mentalizar sería la capacidad de percibirnos a nosotros mismos desde fuera (como nos estarían interpretando los otros) y a los otros desde dentro (como se estarán viendo y sintiendo ellos)

Una capacidad que va y viene. Cuando entro en el cuarto de baño y descubro toallas, zapatillas y ropa en el suelo, si estoy cansado o estresado,  mi capacidad de mentalizar a mis hijos está bajo mínimos y probablemente piense: «Lo hacen adrede para fastidiarme». Pero ahora que escribo tranquilamente sobre esa situación ni se me pasa por la cabeza pensar que lo hagan por eso.

Según Gladwell, y aunque él no utiliza ni una sola vez el término «mentalizar», somos extremadamente torpes a la hora de leer las intenciones de los desconocidos. Por lo que se me ocurre este esquema (y que representaría a las dos escenas que te he propuesta imaginar al principio)

diapositiva 1

En su libro él sólo se ocupa de lo que ocurre, y por qué, en la elipse roja pero al hacerlo nos da algunas pistas también para entender la mentalización. Y la principal es el contexto (lo que deberías conocer de ellos). Y así podríamos completar el esquema:

Diapositiva 2

En realidad el planteamiento de Gladwell es de Perogrullo: somos malos leyendo las intenciones de los extraños o desconocidos precisamente porque son extraños y no conocidos por nosotros.  Su libro trata más bien de por qué se nos olvida esto y confiamos en extraños o pensamos que podemos deducir sus intenciones de su comportamiento.

Por ello para entender los resultados a veces sorprendentes, a veces dramáticos, de un encuentro entre desconocidos deberíamos analizar el contexto o las circunstancias – que diría Ortega y Gasset- en las que se encontraban cada uno de ellos. Si no es así las conclusiones que podemos extraer sobre ellos y sobre lo ocurrido serán muy limitadas. Gladwell lo ejemplifica muy bien. Varios políticos franceses e ingleses pretendieron conocer las intenciones de Hitler sólo por el hecho de entrevistarse una o dos veces con él. Es obvio que se lucieron.

Hace unos días todos los medios de comunicación nos enseñaron repetidamente la discusión entre un aficionado del Racing de Santander y un taxista.

Nos lo expusieron como cuando en los circos de principios o mediados del siglo XX se exponía a enanos y mujeres barbudas. Lo importante no era la persona sino el fenómeno exótico de la naturaleza. Y así contemplamos como se dedicaban a insultarse y destrozar el vehículo del otro pero sin ninguna información de las circunstancias que explicaban esa tremenda interacción.

Y seguramente nos quedamos con la conclusión de que eran un par de gilipollas y ya está. Pero nada supimos de las circunstancias ni de los factores contextuales que pudieran explicar esa pelea.

Pero voy un poco más allá con este ejemplo. ¿Y por qué lo vimos en la TV, en Periódicos digitales, etc? ¿Tenía alguna relevancia como noticia? Ninguna. Pero el contexto actual de los medios de comunicación es que ganan dinero en la medida que consiguen visitas o televidentes. Hoy prima mucho más la imagen que capta nuestra atención que la relevancia de la noticia.

También el otro día un telediario dedicó más de dos minutos a unos ciclistas argentinos que habían recogido a una camada de cachorros de perro de la cuneta. ¿Por qué? Por nada. Simplemente porque tenían las imágenes y tienen poder de captación emocional. Por tanto, poner casi al mismo nivel esta anécdota que la evolución de la epidemia del actual Corona Virus ¿es simplemente de locos o se explica por el contexto? Me parece obvio lo segundo. Pero no siempre recurro al contexto para entender ciertas cosas. Error.

Y además, y paradójicamente, quizá un contexto donde la violencia filmada es expuesta constantemente porque capta la atención acabe haciendo que nos acostumbremos a la misma. Quizá por eso al taxista y al aficionado les costó menos machacarse los coches que hace unos años. Y quizá por eso el que grabó en vídeo no pensó ni por un momento dedicarse a poner paz. ¿Estamos entrando en un bucle?

Pero dejemos de mentalizar a los periodistas y volvamos a la mentalización en general… Si no podemos mentalizar a un desconocido (o lo hacemos de pena por faltarnos claves contextuales)  querrá decir que para mentalizar se necesita conocer al menos un poco los contextos de los que viene el otro.

Podemos entender bien nuestros estados mentales precisamente porque como diría Kenneth J. Gergen somos la intersección de todas nuestras relaciones en todos nuestros contextos vitales. Por ello somos buenísimos en dar explicaciones contextuales o circunstanciales de nuestro comportamiento (especialmente si es negativo): estaba estresado, tuve un mal día en el trabajo, la enfermedad de mi pareja…

Pero cuando tenemos que explicar el estado mental de otra persona tenemos tendencia a recurrir a su esencia: es un tal o una cual. Sólo en la medida de que conocemos sus circunstancias, las «voces» que sus relaciones en otros contextos dejan en él podemos hacer atribuciones más refinadas. Por ello cuando recibes, sin motivo aparentemente, una coz de parte de una persona con la que convives puedes preguntarle: ¿Te ha pasado algo en el trabajo para tener esa mala leche?

Oímos lo que Gergen llama «voces» de nuestra cabeza pero nos cuesta oír r las voces en las cabezas de los demás. Y eso pasa incluso en personas cercanas a nosotros. Es muy fácil explicar la conducta de tu hijo o hija de 12 años simplemente porque está entrando en el estado de enajenación mental que es para ti la adolescencia (excepto curiosamente la tuya que ya has olvidado). Es mucho más difícil y duro pensar que el paso a la Educación Secundaria Obligatoria y el cambio de colegio a instituto lo tiene acojonado o acojonada.

Seguramente mis padres murieron sin preguntarse porque yo, si siempre había aprobado en mis estudios, cuando tenía 16 años suspendí dos en el primer trimestre de ese curso de Bachiller. Pero si se lo hubieran preguntado casi seguro que no hubieran dado con la respuesta correcta y se habrían conformado con un «esta evaluación ha vagueado». No creo que se dieran cuenta que al decidir los padres Escolapios que en ese curso se empezaría a reconvertir el colegio en mixto, verme rodeado de golpe de chavalas produjo en mi una invasión cerebral de hormonas sexuales incompatible con retener las características del arte gótico o concentrarme en las derivadas.

El mentalizador que me contextualice buen mentalizador será. 

Si la mentalización tiene por tanto un componente de oir las voces que el otro oye provenientes de otros contextos (y que muchas de ellas siguen en nosotros más allá del tiempo y del espacio) hace 8 ó 9 años recibí una lección magistral de mentalización de un chaval de 12 años.

Aunque Salva llegó a mi centro por protección era ya un pre-delincuente (y digo pre porque todavía no tenía edad penal). Su figura referencial masculina era un tío suyo que le había inculcado (una voz potente en él a pesar de estar en la cárcel) un lema vital: te hagan lo que te hagan sé siempre el último en golpear (se entiende ahora mejor porque estaba en la cárcel ¿verdad?)

Cuando me contaba todo esto pareció buscar en mi la validación de ese late motiv vital. Me preguntó si yo también inculcaba eso mismo a mis hijos. Le tuve que explicar que mis valores judeo-cristianos me impedían hacerlo. Pareció descomponerse un poco, no lo podía entender. Pero rápidamente me dio un gran ejemplo de mentalización contextualizada y me dijo: ¡Si tu hubieras crecido en mi barrio no pensarías así!.

Le di toda la razón. Estuvo magnífico. No es que simplemente usara sus circunstancias para justificarse. Hizo algo mucho más grande. De alguna manera fue también bien capaz de entenderme a mi imaginando un contexto totalmente diferente al suyo.

Estoy empezando a entender a Fonagy y colaboradores – quienes han lanzado el concepto de mentalización- gracias a otros autores y amigos que lo explican mejor que ellos. Así que este post es una simple intuición sobre el tema que nace de la lectura de un libro escrito por un periodista y que aparentemente no tiene que ver.

Gladwell, reconociendo el papel adaptativo de la confianza de base en los demás,  propone que seamos más humildes y prudentes a la hora de evaluar las intenciones de las personas que no conocemos.

Yo propongo que esta humildad y prudencia la mantengamos también cuando evaluamos el estado mental de las personas con las que tratamos habitualmente.

Tengo algún compañero o compañera que parece tener muy claro como piensa y siente un niño o niña. Yo soy tan torpe que sigo necesitado buscar situaciones contextuales adultas parecidas a las suyas para entenderles.

¡Qué le vamos a hacer!

(1) Estarás pensando que sufrí bullyng. No es así ni mucho menos. Pero al parecer me sentí intimidado por esos gemelos algo mayores que yo de mi barrio, sin que pueda afirmar que realmente me hicieran nada. Digamos que las «voces» burlonas de los dos gemelos desconocidos siguen conmigo en la edad adulta y me hacen reaccionar ante niños o niñas que usan su tamaño o fuerza para imponerse a otros.

Un comentario en “A veces oyes voces, lo sé

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