Este post se puede considerar la segunda parte de otro que escribí en octubre de 2011. Lo cual demuestra mi viveza intelectual. Lo que sigue es un fragmento del mismo:

Quien me ha tenido que soportar en alguna clase o charla es muy probable que me haya oído protestar de la interpretación que la terapeuta Alice Miller hace, en uno de sus libros, del hecho de que el actor cómico del cine mudo, Buster Keaton, no sonriera en sus películas. Se basa en la autobiografía del actor, la cual yo también he leído. Pero para llegar a la idea de que Buster Keaton fue un niño maltratado obvia la explicación que el mismo da de este hecho. Según ella la ausencia de sonrisa era un síntoma claro de un mecanismo de defensa frente a su maltrato. Por el contrario el propio Keaton afirma haber tenido una infancia feliz y unos padres estupendos y, sobre todo, que decidieron que no se riera porque si lo hacía la escena del vodevil (donde era perseguido y zarandeado por su padre) perdía credibilidad y el público se reía menos.

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Imagina mi excitación intelectual cuando hace unos día descargo el último libro de Boris Cyrulnik “Escribí soles de noche” (Editorial Gedisa), y como sé que no leeré enseguida, decido darle un vistazo a la bibliografía y descubro esta referencia:

Miller, M. (2014). Le Vrai «Drame de l’enfant doué». La Tragédie d’Alice Miller, París.

Y más todavía cuando descubro que existe edición española en la editorial Tusquets y que… ¡hay versión digital!

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Lo compró de inmediato y su lectura me ha tenido fascinado durante varios días. Son numerosos los distintos aspectos que me han interesado del mismo y que lo usaré, sin duda, en futuros posts. Pero ahora sólo pretendo cerrar el post de 2011.

En aquel yo venía a mantener que prefería darle más importancia al significado que un sujeto da a algún acontecimiento de su historia que a la teoría que algún experto pueda proyectar sobre ella. Y especialmente si no coinciden.

Keaton había escrito:

“Mis padres fueron mi primer golpe de suerte. No recuerdo que, durante mis primeros años, discutieran una sola vez por dinero ni por ningún otro motivo… A partir de mi décimo cumpleaños, tanto ellos como todos los demás que participaban en nuestro espectáculo, no me trataron ya como niño, sino como adulto y como artista hecho y derecho”.

Un párrafo que la propia Miller recoge para añadir:

“Si Buster Keaton hubiera estado en condiciones de darse cuenta de que sus padres lo explotaban desvergonzosamente, y «además» no sólo maltratando su cuerpo, sino mutilando brutalmente su alma, sin duda no se habría pasado la vida divirtiendo a la gente sin tener él mismo ningunas ganas de reírse”. 

Me costaba entender como Alice Miller podía afirmar, después de recoger otros párrafos de las memorias de Keaton que yo había interpretado como positivos cuando los había leído, concluir contundentemente:

“A la vista de la inmaculada idealización de los padres, pocos se atreverán a dudar de que las escenas descritas por Buster Keaton tuvieran realmente lugar. Nadie sería capaz de inventarse semejante horror, y mucho menos un niño que asegura haber tenido una infancia ideal. Pero el significado de esas escenas para su vida y para su «arte» se le escapó totalmente

Quizá lo que me encabritó es que Alice me estaba claramente llamando lerdo (“pocos se atreverían a dudar…”). Podía admitir que ella y yo estuviéramos connotando los mismos de forma diferente pero de ahí que ella apuntalará su teoría sin ningún tipo de contraste me sublevaba.

Alice Miller escribió “La llave perdida” con acceso a Internet y fue usuaria avanzada como luego verás. Así que, si hubiera investigado algo más, tendría que haber descubierto de que Keaton sí sonrió en algunas de las películas en las que participó antes de empezar a ser el protagonista de sus propias películas (donde decidió que su “cara de palo” era una especia de marca de fábrica). Y habría descubierto que Joseph Frank “Buster” Keaton sí sonreía en su vida privada e incluso pública (como en alguna entrevista). ¿De dónde sacaba que él no tenía ganas de reírse?

Pero ahora el Cyrulnik me muestra que la pirueta de Alice Miller fue mucho mayor. Su propio trauma alimentó su teoría. No es Buster quien reprimió su sonrisa, el trauma de Alice reprimió la explicación de Buster.

Te dejo con Boris para explicártelo mucho mejor:

“Con su fuerte carácter, su caso planteó un problema desconcertante: ¿cómo podía esta mujer, tan útil para la causa de los niños, provocar inseguridad a sus propios hijos? Su hijo Martin intentó entenderlo” (…) Y recoge una frase de Martin Miller en su libro: «Mi madre fue cruel, destructiva, abusiva. (…) Destruyó sistemáticamente en mí el amor y la vida».

Pero Cyrulnik no habla de oídas. Nos cuenta como la trató muy frecuentemente en una determinada época. Pasaron horas y horas manteniendo conversaciones sobre los temas de su interés intelectual.

“Alice Miller acudió a una charla sobre la resiliencia en Hyère. Cuando la conocí, me sorprendió su rostro triste, su mirada esquiva y la voz con la que murmuró: «Con vuestra resiliencia, vais a destruir nuestro trabajo sobre el maltrato». He oído a menudo esta crítica, que para mí significaba que, si los traumatizados salen adelante, su mejoría corre el riesgo de relativizar el crimen del agresor: hay que mostrar hasta qué punto somos víctimas para legitimar nuestro contraataque agresivo. Después de largas explicaciones, Alice acabó diciendo: «Bueno, si la resiliencia es esto, me parece bien».

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Me invitó a su casa en Saint-Rémy-de-Provence, donde hablamos tardes enteras, sobre teoría casi siempre, nunca de nuestras historias personales, tan similares. (…) Durante este período no criticó la resiliencia. Pero en cuanto dejamos de hablar, empezó a publicar en internet duros reproches.

Además, no leía libros de otros, ya no iba a reuniones de psicoanalistas, tomaba su magnetófono, hablaba ella sola en la campiña provenzal, pensaba en voz alta, luego entregaba las grabaciones a una secretaria. Sus principales fuentes de información eran su propia infancia y la de los pacientes que iban a su consulta para contar historias de maltrato. Así, no hacía más que confirmar lo que su terrible infancia le había enseñado a ver. (…)

Si Alice repitió la negligencia afectiva que ella misma sufrió, es porque nunca nadie la apoyó. Nadie la ayudó a desencadenar un proceso de resiliencia: ni su familia, que la rechazaba, ni sus amigos, que huían de ella, ni su madre, que la detestaba, ni el psicoanálisis, convertido según ella en una secta dogmática ávida de poder. Sola se sentía aliviada. Se refugió en la escritura o más bien en un monólogo grabado; después en internet, donde las comunicaciones se dan sin relación alguna: «Su trauma nunca fue elaborado».

Puede parecer que detrás de las conclusiones de Cyrulnik esté el hecho de la critica de Alice Miller a la resiliencia – una crítica que yo he aceptado en parte y en público incluso citándola-  Pero vayamos a otra fuente más autorizada, su propio hijo, también terapeuta.

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Escribe Martin Miller:

“Las nuevas tecnologías fueron una bendición para Alice Miller. Mi madre pronto se dio cuenta del gran potencial que le ofrecían y lo utilizó. (…) Era todo lo que mi madre deseaba: podía seguir en su mundo y no estaba obligada a tener contacto directo con la gente. Se mantenía oculta, invisible, pero su página web le permitía tratar con el mundo exterior. Además, tenía una plataforma mediática en la que exponer sus pensamientos sin censura y de forma inmediata. (…)

Mi madre prefería analizar a artistas, poetas y pensadores, una vez muertos, que comprobar sus teorías en personas reales mediante una conversación directa. Y lo hacía con una gran capacidad de convicción. Pero, para estos análisis, en estas sesiones virtuales de psicoterapia, se movía sólo en la esfera virtual. El éxito de la terapia que proponía no podía comprobarse: todo se quedaba en una mera especulación. Pero, gracias al espléndido talento literario de mi madre, muchos no se daban cuenta de esta carencia. Se le daba muy bien vender sus experimentos espirituales como si fueran realidad.

Puede parecer que escribo este post como el futbolista que celebra un gol importante. Que el supuesto lerdo sí se dio cuenta. Pues te tengo que decir que… quizá sea así. No sé. Ya sabes que el inconsciente es como la nariz. La que peor se ve es la tuya. Pero por eso mismo el subtitulo del post es : Alice, Buster y … yo. Quizá este post diga- para bien o para mal-  más de mí que de ellos.

En todo caso en próximos posts me referiré seguro al libro brutal de Martin Miller (y ese si que no es una venganza aunque lo parezca). De momento en cualquier post sobre, por ejemplo:

  • La segunda generación de supervivientes del Holocausto
  • Sobre la dinámica relacional del trauma o sobre la transformación intergeneracional del mismo
  • La reparación del daño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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