ADVERTENCIA: Aunque lo pueda parecer, este no es un post de protección de menores. Simplemente uso algún ejemplo de una realidad que algo conozco y por otra parte revierto en ese campo lo que “Curioso” me trae en la boca cuando sale a cazar libros u otros contenidos interesantes. Pero si alguna vez te has culpado, sin sentido, por una desgracia quizá te interese. Y si te gusta el deporte, el baloncesto o la NBA pásate por el  epílogo antes que nada.

He vivido muchas veces un diálogo muy parecido con muchos niños o niñas que ingresan en el centro donde trabajo. El esquema común es el siguiente:

– Hola Fulanito (o Menganita). Soy el psicólogo del centro y quería hablar un poquito contigo… patatín y patatán… ¿Y sabes porque te han traído a aquí?

-Porque me porto mal.

-No, Menganita (o Fulanito)… No estás aquí porque te portas mal… Todos los niños y niñas que venís a aquí lo hacéis porque los mayores nos portamos mal, porque no hacemos las cosas bien… Todos estáis aquí porque vuestros padres no pueden, no saben o no quieren cuidaros bien.

Así que, hasta ahora, siempre que oigo a un niño o niña culpabilizarse  de ingresar en un centro de protección he supuesto que era necesario saltar como un tigre a devorar esa creencia. Por injusta y por maligna.

Me podrás entender si quizá un amigo o amiga tuya, golpeada por una desgracia (un descargacáncer detectado a un hijo o hija, por ejemplo) ha compartido contigo un autorreproche descabellado: “¡Si hubiera cuidado más su alimentación…!”… “!Si nos hubiéramos ido a vivir al campo como queríamos!”…  Tu tigre seguramente habrá saltado también a quitarle esa idea absurda de la cabeza.

O quizá tu mismo te sientas un poco responsable del COVID-19 porque durante años no reciclaste suficientemente el plástico o no fuiste a trabajar en bicicleta.

Pues no sé tú, pero yo, a cinco tiros de piedra de mi jubilación, espero poder tener sujeto al tigre la próxima vez que un niño o niña me diga que lo han traído al centro porque se porta mal.

A lo mejor ese reproche es lo que de momento necesita para poder entender eso tan extraño de que te separen repentinamente de tu familia. Porque seguramente su ingreso le ha hecho tambalear su idea de como funciona el mundo, la vida, las personas… Está desconcertado o confundida pero si él o ella tiene la culpa algo puede entender y segundo: ¡la cosa tiene solución! La vida depende de él o ella.

Por el contrario si la culpa es de que su madre o padre es un verdadero hijo de puta la cosa se pone muy, muy chunga y además es imposible porque nunca ha oído que los padres sean unos cabrones.

O si resulta que no cuidé neuróticamente la salud de mi hijo o hija, aunque en el fondo sepa que no hay mucha ciencia en mi argumento, al menos tengo la sensación de que si se cura volveré a la vida de antes y no a una vida que es una puta lotería.

Y si superamos la pandemia, y cuidamos la Naturaleza mejor que antes, quizá volvamos a vivir en un mundo donde se juega una partida de ajedrez – si el ser humano mueve bien las fichas todo le irá bien  – y no una partida de parchís – como ha salido un 6: el murciélago muerde al pangolín; al pangolín lo cazan, el pangolín se vende en un mercado; la familia Lin quiere celebrar una comilona con pangolín de plato principal…

Me estoy escorando peligrosamente a un tono filosófico y no es lo que quiero. El tema no es filosófico ni existencial. El tema es meramente psicológico. En concreto, absolutamente cognitivo.

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En su libro “Shattered Assumptions: Towards a New Psychology of Trauma” (1992) (“Suposiciones destrozadas: hacia una nueva psicología del trauma”) la psicóloga Ronnie Janoff-Bulman partía de una formulación más de la Hipótesis, Teoría o Creencia en un  Mundo Justo (Lerner, 1965) y que se explicaba en el texto robado del post anterior o en otro publicado en febrero del año pasado.

Bajo esta idea de que la mayoría de las personas – o al menos las que tienen apego seguro, me atrevo a matizar-  comparten las ideas de que el mundo es básicamente seguro; que a las buenas personas les pasan cosas buenas y que, por tanto, si soy una buena persona, me pasarán cosas buenas, cuando una desgracia importante golpea a una persona no sólo afecta a su salud, dinero, relaciones… sino que esas suposiciones profundas -insisto… profundas porque en la razón no las avalamos-  esa cosmovisión, se rompe en pedazos causando una incertidumbre llena de ansiedad.

Nada diferente a lo que pasa en otra dirección: cuando una persona que no generó ese sentimiento de dignidad que proporciona el buen trato y la respuesta sensible a las necesidades,  recibe un gesto sincero e inequívoco de aceptación, su concepción del mundo explota y, muchas veces, siente angustia en lugar de agradecimiento. En un mundo despiadado un gesto de amor es una aberración.

descarga (1)Y para restaurar el equilibrio, para reponerse del golpe, las personas, cabezas pensantes al fin y al cabo, suelen recurrir  a tres estrategias cognitivas, dice Janoff-Bulman.

Una es muy sencilla y la conocemos todos: la comparación. A mi me hirieron en un brazo pero el de delante de mi acabó en la morgue; menos mal que el cáncer es de próstata y no de páncreas; o en definitiva… ¡podía haber sido peor!

Otra es la de encontrar un beneficio a la desgracia. Para uno mismo, ya sabes… gracias a esto vivo la vida de otra manera; soy mejor persona; lo que me ha ocurrido me ha enseñado que… O para los demás: que la muerte de mi hijo sirva para….

Antes de seguir, una aclaración. No quisiera que el tono de caricatura del párrafo anterior pueda parecer irrespetuoso. O que estoy describiendo una serie de autoengaños. Nada más lejos de la realidad. Y me encanta como esta autora lo deja claro: ningún observador puede valorar o juzgar el sentido que una víctima encuentre a su desgracia. La búsqueda de sentido es personal e intransferible.

Porque ningún observador está, como la víctima, haciendo un esfuerzo titánico por reponerse del golpe y seguir adelante. Y seguir adelante es, entre otras cosas,  recomponer la visión de la vida que se nos ha roto. No será exactamente la misma pero sí una que nos permita predecir como funcionarán las cosas. Hoy en día en España todos entendemos la expresión y deseamos llagar a “una nueva normalidad”. Que significa… más o menos lo de antes: una forma de funcionar en la que me podia ubicar y orientar aceptablemente.

Así que, o cambio mi concepto del mundo, de la vida, de los demás o cambio mi concepto robertde mi mismo. Recuerdo a Robert E. Neimeyer, reconocido especialista en el tratamiento del duelo, en un Seminario al que asistí en Valencia, aclarando que no es exacto que las personas religiosas de por si tengan más recursos para reponerse de una desgracia. Porque las persona religiosas, pero con una mentalidad rígida, ante un golpe fuerte de la vida es muy probable que manden a Dios a tomar por culo, freír espárragos, o expresión similar.

Por tanto una desgracia puede dinamitar tus creencias, religiosas o laicas, en un segundo. La otra opción es que hagas un esfuerzo titánico para encontrar sentido a lo que te ha ocurrido en el marco de tus suposiciones esenciales.

Describe Boris Cyrulnik en “Me acuerdo…” (Gedisa. 2010) la sorpresa al contrastar, muchos años después, los recuerdos de su escapada de los militares nazis siendo un niño con los de la mujer que le ayudó. El recordaba que se subió a una camioneta debido al gesto humanitario de un oficial alemán. Pero el recuerdo de la mujer era que no era una ambulancia, sino una vulgar camioneta, y que el militar actuó con total desprecio por una vida que no fuera la de el mismo.

Escribe entonces Cyrulnik: “…al manipular mi historia, es probable que sintiera la necesidad de pensar que siempre hay hombres indulgentes“. Al no oír u olvidar la frase despectiva del militar “este olvido le dio coherencia a mi narración. De hecho es el falso recuerdo el que sostuvo la coherencia de mi historia, puesto que el auténtico era la locura”.

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El proceso de resiliencia implica, entre otras cosas, un proceso de conseguir integrar lo sucedido en nuestra concepción de como va  esto de la vida. O simplemente podemos cambiar está por otra. Pero no podemos vivir sin un modelo que nos permita predecir mínimamente el futuro.

Pero volviendo a Janoff-Buman, a parte de la comparación y el beneficio secundario, aún hay una tercera estrategia cognitiva: culparse.

Ya he apuntado antes como funciona. Pensar que yo he hecho algo mal tiene un efecto secundario calmante. Yo tengo el control. No es que la vida sea absurda, es simplemente que la cagué.

Por eso si oyes a una persona querida o amiga culparse desproporcionadamente de una desgracia quizá deberías morderte los labios antes de decirle bienintencionadamente que es gilipollas. Porque cuando se lo digas en realidad ella escuchará “No, hija o hijo, no. Tu no eres responsable de lo que ha pasado. Ni pensarlo. Lo que pasa es que esta puta vida es absurda. Mira a ver si te pegas un tiro porque es lo que hay”.

Si puedes recuerda que en esa persona, y solo en ella y no en ti, como dice la liturgia católica de la noche de Pascua, se está librando “un prodigioso duelo entre la Vida y la Muerte”. Lo único que podemos hacer es acompañarla, y si en un momento del combate necesita culparse un poquito para que la Vida gane labatalla, no pasa nada.

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Ya habrá otro momento para que encuentre mejores anclajes para la resiliencia. Primero la supervivencia, luego la Verdad.

Y cuando digo “un poquito” lo digo a conciencia porque la tal Ronnie aclara que hay dos tipos de autorreproche y sólo uno ayuda en este proceso. Ella habla del “autorreproche caracterial” y del  “autorreproche comportamental“.

No es lo mismo que un niño en mi centro me diga, cuando le pregunto porque está en el centro, “porque me porto mal” a que me diga “porque soy malo“. En los dos autorreproches se atribuye la responsabilidad, pero el primero le da la sensación de control porque puede dejar de hacerlo; el segundo lo atrapa en si mismo.

En todo caso esta autora mantiene que el “autorreproche conductual” facilita la restauración de las suposiciones vitales adaptativas – la vida es benévola pero yo simplemente la cagué -pero no así el segundo tipo de culpabilidad.

En definitiva la próxima vez que me encuentre en un diálogo como el del principio,  y seguro que no tardo, antes de soltar el tigre justiciero le daré un par de vueltas:

Un-hombre-pasea-a-un-tigre-con-una-correa-por-un-centro-comercial¿Mato la suposición del niño o niña sobre su ingreso y le dejo con la de que en este mundo no hay lógica alguna?

¿Lo pongo en un escenario más real pero más angustioso para él o ella de que sus padres no tienen ni idea de cuidarle o, lo que es peor, que no lo quieren hacer?

¿O tomo nota y le acompaño, respetando sus suposiciones actuales, por un camino donde él o ella pueda encontrar un sentido adaptativo a su situación y poco a poco llegar a una visión más realista de la vida?

 

EPÍLOGO: ¡Algo habrá hecho!

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Anoche, tras el primer borrador de este post, me senté con uno de mis hijos a ver el capítulo 7 y 8 de la serie “El último baile” acerca de la figura de Michael Jordan y los cinco títulos de la NBA conseguidos con Los Chicago Bull.

Tras haber conseguido los tres primeros, James Jordan, padre, amigo y consejero de Michael regresa en solitario de un viaje. Siente sueño y se sale de la autopista para dar una cabezada en un camino vecinal.  Unas horas o días después aparecerá muerto con un disparo en el pecho.

A los pocos días se empieza a filtrar en prensa la sospecha de que pudiera ser un crimen relacionado con la afición de su hijo de hacer apuestas. Algo que el propio Jordan ya había aclarado repetidas veces y que nunca le había creado problemas financieros,relacionales o de otro tipo.

En el documental aparece un policía de la época afirmando categóricamente que el crimen lo habían cometido dos jóvenes delincuentes que se encontraron al padre de Jordan en su camino. Sus palabras son contundentes: “James podías haber sido tú o yo”

Eso es justo lo que cuesta soportar. Que nuestra vida o nuestro bienestar esté fuera de control. Y por eso necesitamos que la tragedia del otro también sea por su culpa. Y como yo no apuesto a mi no me debería pasar.

Y si no hay a nadie que culpar quizá necesitemos culparnos a nosotros mismos. No somos gilipollas. Necesitamos creer que la vida no es un simple bingo. Y aunque quizá lo llegué a aceptar igual sigo pensando: ¡Pero si hubiera comprado más cartones…!”

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Cuando unas semanas después de la muerte de su padre, Jordan decidió abandonar el baloncesto para jugar al baseball aparecieron también rumores de que en realidad era una expulsión secreta de la NBA. ¿Por qué? Por su afición a las apuestas. Erre que erre.

En un Mundo Justo si tienes tanto éxito y dinero que puedes permitirte apostar sin destrozar tu vida, al menos algo malo te tiene que pasar. Como por ejemplo que asesinen a tu padre o que te se trunque tu exitosa carrera deportiva.

Y si Netflix te hace una serie de 10 capítulos y en la entrevista central tienes los ojos amarillos es porque tu hígado te la está jugando. ¿Por qué te ha tocado un virus?

No, hombre, no. No seas ingenuo o ingenua. El Mundo, la Vida no funciona así. Seguro que Jordan bebe como un cosaco.

Un comentario en “Culparse para rehacerse

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