Siempre he pensado que mi gusto por las metáforas y las analogías era debido a dos cosas. Por un lado por un puntito creativo que creo que he tenido siempre (estudié psicología porque no me atreví a estudiar Bellas Artes). Por otro por mi mediocridad intelectual. Recurrir a ellas era para mí una necesidad al no tener la brillantez de análisis y exposición que observo en algunas personas que son capaces de explicar lo complicado con palabras complicadas. Yo, sin embargo, para explicar cosas complejas debía recurrir a una especie de muleta: la analogía, la metáfora, la imagen, la comparación… que era la que me permitía entender algo de ese algo.

Pensaba que mi recurso a las analogías era, por tanto, una muestra de creatividad y una portada_la-analogia_douglas-r-hofstadter_201712271101limitación de mi conocimiento. Por eso cuando hace dos años se publicó el libro “La analogía. El motor del pensamiento” de Douglas R. Hosftadter y Emmanuel Sander (Editorial Tusquets, 2018) me mosqueé por el título y alguna reseña que leí. Al parecer, mala noticia, no soy más creativo que un mono con un plátano. Buena noticia, no soy tan tonto como un mono con un plátano.

Pero el precio del libro y su poco habitual número de páginas (apenas 849) me tiró para atrás. Esperaría a una posible edición digital, siempre más barata. Pero no llegó y hace unas semanas me lo compré. No me arrepiento. Lo estoy devorando.

Para no hacerte perder tiempo te diré que con los autores voy aprendiendo que efectivamente las analogías no son accidentes del lenguaje y del pensamiento sino parte fundamental del mismo. De hecho en lo que llevo escrito ya he recurrido al menos a 10 analogías claras, y otras muchas no tan evidentes, y probablemente ni te has dado cuenta.

GUSTO ¿Cómo me puede activar el “gusto” algo que es inmaterial y no entra en mi boca?

PUNTITO ¿Como un “puntito” puede ser creativo? ¿Y ese puntito lo llevé toda mi infancia y juventud en un bolsillo? ¿Dónde lo tenía guardado? ¿Dónde está ahora?

BRILLANTEZ ¿Cómo es el brillo de un análisis? ¿Salen rayos de luz cuando lo consiguen?

MULETA ¿Cuando explico algo complicado lo hago apoyado en un soporte de madera o metal para no caerme?

MOSQUEÉ ¿Me sorprendió tanto que me convertí en una mosca?

ME TIRÓ ¿Realmente fui lanzado hacia atrás cuando vi el número de páginas?

DEVORANDO No te preocupes. No me lo he comido. De momento al menos.

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ARREPIENTO ¿Cometí un pecado por comprar el libro? Quizá mi mujer piense que sí.

ACCIDENTES ¿Un accidente del lenguaje es que una palabra choca con otra? ¿O que alguien cae o se tropieza cuando dices algo?

CUENTA Siento que por leer los párrafos anteriores hayas fallado o perdido la cuenta que estabas haciendo o que te haya desaparecido una de las bolitas de tu collar o tu rosario.

¿Que está pasando? ¿Cómo es posible que, a pesar de lo mal que escribo, me hayas entendido los primeros párrafos y ahora es algo incomprensible? Si quieres entenderlo bien tendrás que leerte el libro de Hosftadter y Sander.  Yo sólo daré dos pinceladas. Espera voy a por el pincel… Bueno, pararé o la comunicación va a ser imposible.

Los autores consideran que la actividad fundamental del cerebro respecto al pensamiento es la de hacer constantemente categorías. Nos va la supervivencia en ello. Es fácil entenderlo si nos fijamos en como manejamos nuestro conocimiento por ejemplo de las cosas. Tomemos la categoría “animal” que además es una categoría en la que no incluimos, de momento, a una lechuga, por ejemplo, o a un florero. No tendremos ningún problema en crear otra categoría dentro de ella a la que podemos llamar “gatos” o “felinos”.

Pero la categorización es mucho más sutil. Desde muy pequeñitos nuestro cerebro crea categorías no sólo con las cosas sino también con situaciones. Como por ejemplo una categoría que podríamos llamar “peligro” o “situaciones peligrosas”.

Es la categoría que se le activó a mi nieto de 1 año cuando un señor feo con pelillos en la cara y ausencia de ellos en la coronilla se le acercó diciendo tonterías y sonriendo. No pensó “Ya está aquí el idiota de mi abuelo Javier” (para ello necesitaría disponer de un vocabulario compuesto al menos por esas 9 palabras). En su mente sin lenguaje, porque no creo que “mama” y “agua” puedan constituir un lenguaje todavía, la que se activó es la categoría peligro. Porque llevaba tres meses y pico sin verme en tres dimensiones debido al confinamiento por el COVID. Que el abuelo Javier pase de dos dimensiones a tres tiene que dar pánico.

Y cuando tenemos la categoría “gato” y la categoría “peligro” ya podemos construir otra que será “felinos peligrosos”. Y un día decidimos – por experiencia directa, vicaria o porque nos informan – que ese gato grande, muy grande, con manchas o rayas debe estar en la categoría “peligro”. Si le llamamos “leopardo” o “leopard”, “tigre” o “tiger”, es lo de menos. No necesitamos tener la palabra para empezar a correr, necesitamos tenerlo bien categorizado en la casilla de “gatos peligrosos”.

Como te va la vida, y me adelanto un poco, si estás motivado o motivada, a acoger a una niña o niño del sistema de protección a la infancia y estableces la analogía de esa situación con criar a un perrito. Una analogía que he oído muchas veces: “¡Pero si hasta se le acaba cogiendo cariño a un perro!”. Quizá tres años después de tenerlo descubrirás que la categoría correcta no era “perro” sino la de “can salvaje” como por ejemplo: lobo, zorro o coyote.

¡Cuantos fracasos de acogimientos se habrían evitado si hubiéramos sido capaces de corregir esa caracterización equivocada, esa analogía inútil!.  O mejor dicho, equivocada no por falsa sino por inútil o sin recorrido. Útil si querías decir que hasta a un pulpo se le puede querer. Inútil para enfrentar los retos de criar a un niño o niña… traumatizado.

Trauma. Precisamente otro gran ejemplo de evolución del pensamiento a través de las analogías. Un término procedente de la medicina (“Lesión duradera producida por un agente mecánico, generalmente externo”) y traspasado a lo psíquico en la segunda mitad del siglo XIX.

Pero atención: lo que se traspasó es la palabra, el término. Porque la categoría mental ya existía. ¿Qué cómo lo sé? Porque estoy convencido que varios siglos antes en España ya se decía “El gato escaldado, del agua fría huye”. Mucho antes de que se cogiera “trauma” de la medicina la gente ya tenía la experiencia, y la idea, de que un profundo impacto emocional podía generar repercusiones a largo plazo a veces incluso irreversibles.

Y no sólo, claro está, en España sino en todo el mundo. Y en cada lugar la idea, la categoría, se expresa con diferentes palabras e incluso con diferentes situaciones “modelo”. En ingles la expresión es “Once bitten, twice shy” (“Una vez mordido, dos veces temido”). En China usan: “Mordido por una serpiente, aterrorizado por las pequeñas lagartijas” y en Rumanía, “Quien se quema con sopa, hasta en yogur sopla”.

Todas estas expresiones son, según Hosftadter y Sander, – ¡no vayas a pensar que soy políglota!- para una categoría que incluye dos experiencias 1) un evento ocasiona consecuencias negativas 2) se evita un evento parecido aunque sea improbable que tenga consecuencias parecidas.

Pero a pesar que la categoría que ahora llamamos “Trauma” ya existía en la mente de las personas humanas – expresión que hace gracia precisamente por ser redundante – fue la analogía de lo físico a lo psíquico a través de ese término concreto lo que nos permitió avanzar en la psicología, la psiquiatría y la psicoterapia. ¿Te imaginas una artículo científico llamado “Abordaje integral de la clínica del gato escaldado complejo” o un libro titulado: “El tratamiento de las disociación relacionada con el gato escaldado“?

El mismo término “resiliencia” saltó del ámbito de la física a lo social gracias a Emmy E. Werner y Ruth S. Smith. La importación funcionó y se consolidó no por la utilización de la 51pnuCfal-L._SX331_BO1,204,203,200_palabra. Sino por la utilidad de la analogía entre el fenómeno de la física y un conjunto de situaciones humanas fácilmente reconocibles. De hecho la resiliencia es difícil de definir (definiciones hay decenas y decenas) pero fácil de reconocer.

En definitiva, la relación entre palabras y categorías no es ni unidireccional ni unívoca, pero lo dejaremos aquí porque para eso está el libro del que os hablo. Lo que me interesa ahora recalcar es que, en lo social ¡Y EN TODAS LAS CIENCIAS Y CAMPOS DEL SABER! usamos continuamente analogías para estudiar y avanzar en el conocimiento de la realidad. Que la mayoría no alcancen el estatus de término académico no significa que no sean útiles. Expresiones de carácter “analógico” como “padres helicópteros”, “niños hiperconectados”, “cisne negro”, “amor líquido”, “cerebro emocional”, y muchos más nos permiten categorizar la realidad compleja.

Y como algunas son evidentemente ilógicas, como decir que algo que no es físico- el amor o la maldad- tienen un estado físico o que un aparato volador puede engendrar, no nos planteamos si son verdaderas o falsas. Las medimos por su utilidad, no por su verdad.

¿Es verdad que acoger a un niño o niña es como acoger a un gatito? Evidentemente no porque, de momento no existe un ser que sea a la vez niño y gato. ¿Es útil? Quizá para captar familias sí. Pero para prepararlas al acogimiento, un desastre.

Con la serie de “Ayudologías” quiero dar un espacio en el blog para ofrecer analogías, metáforas y comparaciones, SOBRE la relación de ayuda y PARA la relación de ayuda. En este blog ya han aparecido bastantes.

Por ejemplo en el terreno del acogimiento familiar, me vienen a la cabeza:

  • encogimiento familiar” (no acogemos a un niño o niña sino el sistema de protección nos acoge y constriñe a nosotros) para contrarrestar la idea idílica de desarrollo familiar (“somos tan majos que vamos a incluir a un o una infeliz)
  • emulsión familiar” (en una emulsión aparece una sustancia que es el resultado de mezclar dos sustancias que en principio eran inmiscibles) para contrarrestar la idea de “integración familiar”

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  • conejo de troya”  (los caballeros de la mesa cuadrada -monthy python- regalan al castillo sitiado un conejo gigante de madera pero se les olvida meterse dentro para descolgarse por la noche) para denunciar las intervenciones profesionales impersonales.
  • puente levadizo” (una estructura que sirve indistintamente de puente o de impedimento al paso) para destacar la complejidad del equilibrio entre comunicación y límites entre familia del niño y familia acogedora.

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  • sistema aéreo” (comparación entre el sistema que permite el tráfico aéreo de pasajeros y el sistema de protección a la infancia en España) para, entre otras cosas,  recalcar la importancia de que cada una de las partes asuma la función que realmente le corresponde.

No se trata de si son buenas o malas, más acertadas o menos, sino de si lo que transmiten ayuda a alguien o no. Porque si no las ofrecemos nosotros, las familias y los niños van a crear sus propias analogías y hay combinaciones explosivas (“si a estos señores les ingresan dinero por tenerme es que son… mis sirvientes” + “es mi hijo”= desastre)

Además hay analogías más productivas, más generativas que otras. Así por ejemplo cuando Boris Cyrulnik se refiere al abuso sexual intrafamiliar como una “estafa moral” posibilita enfocar el primero en su vertiente de engaño y en el que su daño va mucho más allá de lo sexual. Interesante, brillante, pero no tiene mucho más recorrido.

unnamedSin embargo, cuando Josep María Esquirol, filósofo, considera que una de las características esenciales de la condición humana es la “intemperie” (expresión que el otro día también leí a Pepa Horno) la analogía da lugar a un conjunto de derivaciones que serán la base de un cada vez más completo pensamiento filosófico.

Por otra parte, hay analogías que son utilísimas y productivas en un determinado campo y desastrosas en otro. Me meteré en un gran charco (otra analogía más).

“Aceptación incondicional” que es de partida un contrasentido (la aceptación requiere la posibilidad de rechazar y la incondicionalidad parece eliminarla) funciona perfectamente en muchos terrenos de la relación de ayuda: terapia, focusing, o counselling. Un ámbito donde por decirlo de una manera directa pero real “te pagan para ello” o te limitas al espacio de tiempo en que aguantas al cliente o paciente.

Pero su traslado al acogimiento ha provocado más heridas que curaciones. ¿Por qué? ¿No son ciertos sus efectos sobre un niño o niña? Sin duda. El problema es que los profesionales que se la reclaman a los acogedores no siempre se la aplican a ellos mismos respecto a la familia. ¡Cuantas veces he visto lanzar la dichosa “aceptación incondicional” contra la queja de la familia muchas veces por la misma incapacidad de el o la profesional de aceptar incondicionalmente a la familia acogedora; de acoger su dolor, o de ayudarles a volver a regularse emocionalmente!

A mi particularmente me ha servido mucho más el concepto inverso: “rechazo condicionado”: en este momento te mandaría a hacer gárgaras (nueva analogía) pero me he comprometido a no hacerlo.

Prefería que un técnico cuando le decía estar al límite me dijera: “¡Haber elegido muerte, chaval! a que me lanzara a la cara la puñetera “aceptación incondicional” del Sr. Carl Rogers. y de Dios, si existe y es Amor.

Lo dejo aquí y cuando pueda comenzaré la serie formal de Ayudologías con algunas precisamente alrededor del tema del trauma.

¡Que Dios, precisamente, os asista!

3 comentarios en “Ayudologías (Presentación)

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