Contestar en público a la pregunta de cuál ha sido el mejor día de tu vida es delicado porque vas a tener que saltar, sí o sí, la barrera de lo políticamente correcto.

Porque quizá en tu memoria no esté en esa categoría el día que conociste o te uniste formalmente a tu pareja. O el día que nació un hijo o una hija. Ni siquiera el día que conseguisté un buen trabajo. Si tu pareja, tus hijos o tus compañeros de trabajo están presentes, contestar puede ser incómodo.

Durante la pandemia en un programa de televisión de éxito se hizo en un par de ocasiones esta pregunta a los colaboradores y hubo contestaciones como «el día que mi padre me llevó por primera vez a un buffet libre» o «el día que me di cuenta que mis nuevos compañeros de piso, cuando vine a Madrid, eran buena gente«. Respuestas dadas por personas que están en estos momentos en lo más alto de su carrera artística y que se supone que han tenido momentos positivos y días de mucha mayor trascendencia.

danielkahneman_2010-stageshot2
Daniel Kahneman says, “we tend to confuse memories with the real experience that gave rise to those memories

Hay una explicación. Pero como la da Daniel Kahneman en esta charla TED os dejo el link por si os apetece verla o leerla. Me refiero a su diferenciación entre el «yo que experimenta» y el «yo que recuerda». El primero vive en el presente, en el instante, y Kahneman estima que su duración es de aproximadamente 3 segundos. Aún ampliándolo a 5 un día tiene aproximadamente algo más de 12.000 momentos (He descontado unas 7 horas de sueño)

En teoría el mejor día de nuestra vida sería aquel que obtuviera el mayor porcentaje de instantes con valencia positiva. Así es como llaman los neurocientíficos al valor emocionalmente positivo o negativo de una experiencia o recuerdo. Y si no, al menos, ¿que porcentaje de momentos mejores tiene que tener un día para llegar a ser de los mejores de tu vida?

El día que con unos 13 o 14 años me libre de un, para mí angustioso, examen oral de inglés porque a la profesora no le daba tiempo y decidió eximirnos a los que teníamos el examen escrito aprobado, mi subidón de felicidad (por la evitación de lo temido) pudo durar en mi «yo que experimenta»…. ¿1, 5, 10 minutos, máximo 30 o 40? Y seguramente mi «yo que recuerda» lo extendió unas horas más, diciéndole todo el rato a mi «yo que experimenta»:¡Tío…Que nos hemos librado!. Supongamos 4 horas. Eso no llegaría a los 3000 de los 12000 y pico momentos del día.

Y aunque eso no es ni un 25% de los instantes de ese día, en el que seguro que tuve instantes con valencia negativa también, 45 años después aquí estoy contándotelo.

Parece evidente que no es el porcentaje de valencias positivas lo que determina un «mejor» día. El día de la boda o del nacimiento de un hijo está lleno de valencias negativas. Ansiedad, miedo, preocupación. Me acaba de venir el recuerdo, aparentemente olvidado, de mi mismo sentado con un amigo en las escaleras del hospital al nacer mi hija la mayor angustiado por la responsabilidad. De cuidado a cuidador en un instante.

Parece que tiene que ver más con la intensidad de alguna emoción de algunos momentos de ese día. Pero creo que también tiene que ver con que- como apuntan las investigaciones de Susumu Tonegawa– cuando el «yo que recuerda» actúa se producen las mismas reacciones fisiológicas y emociones que en la experiencia real. Algo que la psicoterapia ha utilizado para ir cambiando, de una forma u otra, la valencia de la experiencia traumática pero que ahora la neurociencia va localizando los circuitos y neuronas implicados.

Cuando me libré del examen oral de inglés lo categoricé en «emociones placenteras intensas». Cuando recupero el recuerdo de un Javier adolescente muerto de ansiedad y oyendo a la profesora, el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad, asomándose a la puerta y diciendo: «Como no me da tiempo, los que tienen el examen escrito aprobado se pueden ir a casa» mi cerebro vuelve a liberar las mismas sustancias placenteras que el instante en el que ocurrió.

Y así la valencia positiva de la experiencia sigue aumentando. No sólo cuenta la de ese día. Ahora cuenta la de ese día más la de todas las veces que lo he recordado. En el porcentaje del día no llegó al 25% pero sí sumo los instantes de placer al recordarlo en estos 45 años seguro que llego a ocupar un día de mi vida disfrutando de ese instante.

Nada de todo esto es algo que solamos hacer intencionalmente. Simplemente ocurre. Este tipo, llamado Weik Wiking, parece decir que algo podemos hacer. No lo sé. Es uno de los tantos libros que no he leído y que no sé si leeré porque estoy hasta las narices de que presionen para ser feliz.

portada_el-arte-de-crear-recuerdos_meik-wiking_201907150942

Sin embargo sí me interesa la historia que está detrás del primer libro de Sara Jaramillo Klinkert «Cómo maté a mi padre» (Editorial Lumen). Aunque está catalogada de novela recoge la experiencia de la autora cuando a sus 11 años su padre fue asesinado por un sicario en su Colombia natal.

9788426409218

Con ocasión de ello la revista digital Diners le invitó a hacerse una autoentrevista. Su primera pregunta, tras una breve introducción, es (la negrita, en este estilo de wordpress convertida a mayúscula, es mía):

En Cómo maté a mi padre abordas hechos traumáticos del pasado; sin embargo, de repente, te das cuenta de que lo que te causó tanta pena ayer, hoy te trae enormes satisfacciones. ¿Cómo se digieren sentimientos tan encontrados?

Y su respuesta:

«No se digieren. Al menos no todavía. Hay un momento preciso que resume la contradicción en sí misma. Ocurrió exactamente cuando fui a la imprenta a curiosear y vi montañas de mi libro apiladas por todos los rincones. Agarré uno y lo abrí al azar: recuerdo el olor, recuerdo que me temblaban las manos. Hacía un calor terrible. No pude leer ni una línea porque las lágrimas no me dejaban. Me sentí mareada al punto de tener que sentarme. Todos los operarios me miraban. Estaban aterrados. Los entiendo, nadie, sino yo, sabía lo que me dolió escribir ese libro que coloreaba de verde la imprenta ese día.

ELRoSXBXkAAOM2D

Nadie sabía el valor que necesité para matar a mi propio padre, aunque fuera de forma metafórica. Y allí estaba, llorando, aún no sé si de alegría o tristeza, preguntándome si era posible llorar por ambas cosas al tiempo. Me ha costado mucho digerir el hecho de que, si a mi padre no lo hubieran matado, nada de esto me estaría pasando»

Probablemente lo que le estaba pasando es que en esos instantes su «Yo que experimenta» y su «Yo que recuerda» entraron en colisión. El subidón de alegría por ver su primera obra publicada chocó con el recuerdo triste de la muerte de su padre y del esfuerzo por elaborar su pérdida. Dos circuitos cerebrales se encendieron al mismo tiempo con liberación contradictoria de sustancias bioquímicas. Nada distinto de lo que ella ha dicho solo que ahora la neurociencia lo podría confirmar.

Pero la diana a la que apunta este post está escondida en su segunda pregunta y respuesta (la negrita, ahora sí vetetuasaberporqué, sigue siendo mía):

Esté donde esté, ¿qué crees que diría tu padre de todo lo que te está pasando?

«La incredulidad me impide pensar que mi padre está en algún lugar diferente a mi memoria. Me encantaría ser capaz de creer que él está en algún lado observándome, sintiéndose orgulloso de todo lo que está ocurriendo con el libro. La gente a mi alrededor comenta ese tipo de cosas constantemente. Incluso han llegado a insinuar que el éxito del libro obedece a que él debe estar en algún lado moviendo las fichas. Yo, en cambio, prefiero pensar que todo ha sido consecuencia del tiempo que le dediqué a la escritura y del enorme esfuerzo intelectual y emocional que invertí en ella. No siempre fui así de incrédula. Después de que lo mataron hablaba con él todos los días y por las noches le rogaba que no se me apareciera. Por años dormí con la luz encendida. En algún lugar de mi mente guardaba la esperanza de que todo fuera un sueño o un malentendido. Si tocaban a la puerta o sonaba el teléfono de la casa imaginaba que era él. Perseguí a varios hombres de su talla y estatura en la calle nada más porque se me parecían a él. Sentía una gran decepción cuando les veía las caras tan diferentes a aquella específica que yo buscaba. En eso me sentí muy identificada con El año del pensamiento mágico, de Joan Didion.

71Dj6RNkqPL

La mente a todas horas ingeniándose métodos para llenar los espacios vacíos, para encajar, a la fuerza, fichas que claramente no encajan. Hasta que llega el día en el que se agotan los recursos y a uno no le queda otra que dejar de soñar y aceptar la muerte de una vez por todas. Cuando lo hice se esfumaron las ensoñaciones, dejé de hablar con él, volví a dormir con la luz apagada».

El problema no es lo que la gente le dice ahora. Si no habláramos desde lo que cada uno de nosotros cree (laica o religiosamente) prácticamente no podríamos decir ni mu. El problema es lo que probablemente le dijeron en ese momento. Habrá que leer la novela para confirmarlo. Y no me refiero a «Ya verás Sara como tu papá desde el cielo…» Sino lo que la gente le diría AHORA si fuera la niña de 11 años a la que le acababan de matar a su padre. Me refiero al pensamiento mágico de gran parte de los mensajes de la autoayuda o el positivismo descarnado que nos rodea: «Sara, tómate la muerte de tu padre como una oportunidad» «Es una desgracia pero tienes que tener una actitud positiva«

Ese tipo de mensajes no sólo no provocan ni un ápice de esperanza sino que además producen dolor. De casi todo lo que se le puede decir a alguien que está pasando por una desgracia siempre es preferible el silencio. Pero las de este tipo son especialmente desafortunadas o desagraciadas (usémoslas sólo si queremos aumentar la desgracia de la víctima)

Porque hay otras, como por ejemplo, «Sara, paciencia, todo pasa«, o el «paciencia con la vida» que tanto me ha ayudado a mí, que quizá tampoco animen pero al menos, no crean más dolor al negárnoslo, y segundo, no nos cargan de la responsabilidad de autocurarnos. No sólo somos desgraciados sino probablemente estúpidos sino nos lo tomamos en positivo o nos hundimos.

Que la vida este llena de historias donde las desgracias que le han pasado a personas estén vinculadas a otras circunstancias favorables o positivas posteriores, no nos da el derecho de exigirle a las víctimas que tomen su desgracia como oportunidad.

Que la serie «Unortodox» haya hecho que se conozca la historia y el libro (que se acaba de publicar en castellano también por Lumen) de Deborah Feldman con los más que probables beneficios económicos y sociales para ella, no pueden llevarnos a decirles a los niños y niñas que crecen en ambientes opresivos que es algo potencialmente positivo para ellos o ellas. Seguro que alguno o alguna no lo pudo soportar y ya no está con nosotros o está atrapado en el alcohol, las drogas o la enfermedad mental.

Intentar posibilitar la resiliencia está bien.

Exigirla es una atrocidad.

EPÍLOGO

No suelo añadir texto a los post una vez publicados. Pero hoy, unas pocas horas después de hacerlo, entro de nuevo para compartir el vídeo de una entrevista con Sara Jaramillo ¿Por qué?

Porque cuando ella hace la sinopsis del libro dice que es «como una desgracia transforma a una familia» Y cita a su hermano que entró en la drogadicción. Algo que ella atribuye en esta entrevista a la misma desgracia que ahora a ella le lleva a la alegría, manifiesta en la entrevista, de publicar su primera obra.

Muy rápido se les olvida a algunas personas que la resiliencia es «el informe de la minoría» (uno de cada tres). Está muy bien celebrarla y desearla. Venderla es otra cosa. Por ejemplo olvidar y castigar a quienes no la consiguieron.

3 comentarios en “Tu desgracia no es una oportunidad. Es una putada.

  1. Excelente post, Javier. La version vulgarizada de la psicologia positiva ha hecho mucho daño y ha causado mucho sufrimiento. Explicar, como tu lo haces, que las personas que han sufrido un gran golpe (más o menos prolongado en el tiempo), requieren escucha y atención a su dolor, en principio por si mismos, pero también por su entorno humano, nos ayuda a entender que la primera etapa de la resiliencia tiene que ver con “conquistar” el lugar de víctima (S.Cobb), una precondición para después poderse considerar superviviente, y finalmente, simple viviente.
    Muchas gracias.
    Gabriela

  2. Lo que cuentas me ha recordado a lo que escuché en una mesa sobre adopción en la que hablaba una mujer adoptada que decía que estaba cansada de escuchar que “había tenido suerte” cuando la hablaban sobre su situación actual, la familia que tenía, etc. ella reflexionaba y decía ¿¿¿suerte??? ¿de que mi familia no pudiera hacerse cargo de mí? ¿de que no haya podido vivir con mi familia de origen? ¿de no conocer a mi madre? Y eso no quitaba el cómo se sentía con su familia adoptiva, ni lo que les quería. Pero reconocer ese dolor, ese sentirse abandonada, el dolor, “la mala suerte”… era importante para construir su identidad

    (Después de haber visto la serie tengo muchas ganas de leer Unortodox)

    ((Me encanta el nuevo diseño de tu blog))

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s