¿Es la libertad algo que simplemente se tiene o no se tiene? ¿Podemos hablar de grados o niveles de libertad?

Si has entrado más de una vez en este blog deberías hacértelo mirar. Pero seguramente es porque una parte importante de tu vida está dedicada a ayudar a alguien a cambiar, a mejorar, a curarse, a desarrollarse… Algo que no siempre es fácil.

Permíteme hacerte una extraña pregunta: ¿Cómo ves a esa persona o personas? ¿Cómo un hombre o mujer libre o como atada de pies y manos?

¿Eres de la personas que piensan que si se quiere, se puede y que por lo tanto lo que pasa es que, en realidad, no quiere? ¿O eres de los que piensa que esa persona esta prisionera, averiada, inutilizada… y en realidad no puede aunque quiera?

Seguramente te has formado o te estás formando para ayudar y para ello conoces muchos modelos teóricos y muchas estrategias para el cambio. Pero quizá te pase lo que a mi. Nunca me he planteado seriamente esta pregunta y por ello la contesto cada vez según me interese o me sienta.

Por ejemplo yo tiendo a pensar, y apostaría que te pasa lo mismo, que todo lo bueno de mí es una elección, el fruto de un ser libre y, por supuesto, encantador. Sin embargo cuando pienso en lo que no me gusta de mi te podría hacer un listado infinito de condicionantes de todo tipo para explicar mis miserias.

Sin embargo cuando analizo al OTRO las cosas se invierten. De hecho si te conociera – y no te enfades- pensaría que tú haces las cosas mal porque eres idiota. Y las cosas buenas que seguro que tienes son probablemente fruto de la casualidad, la fortuna, o tus circunstancias.

O de otra manera, tiendo a pensar que el o la otra siempre es libremente gilipollas pero majete por necesidad. Yo en cambio soy libremente majo pero gilipollas bajo presión.

Pero incluso puedo cambiar de opinión según como vaya la película. Si yo tengo que ayudar a alguien a cambiar, mejorar, crecer… y se da un avance tiendo a pensar que no es porque él o ella haya querido cambiar sino porque algo estoy o estamos haciendo bien. Pero si al día siguiente la vuelve a liar pasaré a pensar que no le da la gana cambiar. Me apropio de sus mejoras y le cargo con sus errores.

Más aún. Si le tengo afecto al ayudando y alguien le acusa de no querer cambiar, quizá yo salga en su defensa a decir que el o la pobrecita no puede porque está atrapado o atrapada en no se qué: su historia, sus traumas, sus circunstancias.

¿Me ves girando en todas las direcciones sin parar como veleta movida por el viento?
¿Te pasa lo mismo o estoy de atar?

La presentación hace dos post del inminente libro de Edit Elger me ha hecho pensar que es importante tener un criterio más refinado acerca de la libertad que las personas tienen para cambiar o para afrontar las dificultades de la vida. Porque entre el «sí quieres, puedes» y el «preso de si mismo» ¿no hay nada más? ¿Es qué entre el positivismo irreal y el fatalismo no hay grados?

De hecho el título de su primer libro «La elección. Abraza lo posible» (La bailarina de Auschwitz) parece desmarcarse de los dos extremos. Hasta en Auschwitz, si no estabas muerto, podías elegir. Pero no a costa de disociarse de la realidad, sino abrazando lo real, lo posible. Y su nuevo libro habla de 12 prisiones… ¡pero también de sus llaves!

Creo que en todo momento tenemos un cierto nivel de libertad pero, en esa tendencia constante a la bipolaridad, hacia los extremos, hacia el todo o nada… podemos olvidar que hay territorios intermedios. Intentaré poner algunos ejemplos.

Patologías. Una persona con Síndrome de Diógenes ante un contenedor lleno de escombros y trastos viejos o una persona cleptómana en El Corte Inglés ¿son libres? Para frenar el impulso quizá no, pero para elegir lo que se llevan a casa probablemente sí.

Pedagogía I. Cuando el jesuita y pedagogo Manuel Segura Morales contaba la siguiente anécdota lo hacía para ejemplificar que muchos chavales o chavalas de centros de reforma tienen una muy limitada capacidad de introspección. Un día obligó a que un adolescente pensará que alternativas tenía en lugar de lo que había hecho: pegarle un puñetazo a otro que le había robado un póster de su habitación. Tras media hora el chaval le dijo: «¡Ya los sé… Pegarle una patada en los huevos!». Segura tenía razón. Poca introspección, es cierto. Pero había elegido como pegarle.

Terapia. Cuando en terapia estratégica se le pide a una persona con lavado de manos compulsivo (u otro TOC) que si lo hace lo tiene que hacer, por ejemplo, 5 veces se le está regalando un trocito de libertad ¿Cual? Obedecer o no.

Pedagogía II. Si en vez de «Juanito… ¡Lávate los dientes ahora mismo!» usas «Juanito… ¿lees un cuento y te lavas los dientes o te los lavas y lees el cuento? es posible que te ahorres una bronca.

Dudas I. Cuando le explico a un chaval o chavala del centro de protección que no está en el mismo por su comportamiento en su familia no significa que le de permiso para hacer el vándalo. Estoy loco o… ¿Es posible desculpabilizar y responsabilizar al mismo tiempo?

Secuestro. Los secuestradores de Bosco Gutierrez le concedieron un deseo por el día nacional de México. Pidió un whisky con hielo y tras olerlo y regodearse en el inminente paladeo del mismo optó por arrojarlo a escondidas por el WC. Dice que ese acto de libertad le devolvió la autoestima y la esperanza. ¿Fue Bosco sabio o imbécil? No lo sé. Pero al menos recupero una parte de su «espacio interior«

Dudas II. Cuando me formé como técnico de menores aprendí que los acogimientos familiares sirven, además de para cuidarles, para proporcionar modelos relacionales y familiares alternativos a los niños y niñas acogidos. Aunque el acogimiento se cese el niño o niña se llevará algo de esos modelos y tendrá más opciones en la vida. La metáfora era la de tener más de un procesador de texto en el PC. Aunque suelas usar siempre el mismo tienes la posibilidad de cambiar. Si sólo tengo uno sólo puedo usar ese. ¿Es este argumento y analogía algo o real o simplemente una estrategia para consolar a las familias acogedoras?

Al menos yo percibo en cada una de estas situaciones un pequeño terreno de libertad: robar unos pantalones Lewis o de marca blanca; hacer caso al terapeuta o no; acatar la orden de mis padres en un orden u en otro; ser víctima o verdugo o ninguna de las dos; rebelarme contra mi mismo; colaborar en las tareas domésticas como mi ex-acogedor o pasar de todas ellas como mi padre…

Quizá la relación de ayuda consista, en muchas ocasiones, en algo que está más allá de salvar o no al otro. O mejor dicho: en algo ENTRE salvar o no al otro. Quizá debamos centrarnos en ofrecer posibilidades o, si lo prefieres, oportunidades. En proporcionar la logística necesaria para que poquito a poco vaya conquistando territorios de libertad.

En su nuevo libro Edith Eger, antes de hablar de las prisiones de la mente y las llaves ofrece tres claves para iniciar el camino hacia la libertad y que yo he redactado a mi modo:

1.- No cambiamos hasta que no estamos listo. El tipo de cambio del que estamos hablando no se puede forzar desde fuera. Requiere una revolución interior: Hasta ahora hice esto, ahora voy a hacer otra cosa.

2.- No abandonas un camino (perjudicial) sino tienes uno (saludable) que desees recorrer. Antes de pedir que dejes de habrá que ayudar a querer hacer algo diferente.

3.- Cambiar no significa olvidar o negar lo de antes sino acogerlo y utilizarlo. Tu nuevo yo – sea lo que puñetas sea eso- no es otro yo diferente, sino que incluye el anterior.

Aun reconociendo que suena un poco a autoayuda barata a mi me parecen tres guías digamos que… razonables. Al menos me invitan a salir de este esquema simplista de ¿Quiere o no quiere? ¿Puede o no puede?

Propongo este algo más complejo, pero quizá más útil, que nos permite preguntarnos de muchas maneras ¿por qué no puede querer? pero también ¿por qué no quiere poder?

Y así enfocar nuestra relación de ayuda no sólo hacia la curación, la rehabilitación sino también hacia la esperanza.

Lo sé.

Hoy tengo el día cursi.

Pero te recuerdo que estás en «Diseñando pasados, recordando futuros» o su acrónimo: Disparefuturo.

La cabra siempre tira al monte.

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