POPULISMO CIENTÍFICO Y CIENCIA INGÉNUA

En “Los espejimos de la certeza. Reflexiones sobre la relación entre el cuerpo y la mente” de Siri Hustvedt (Editorial Seix Barral. 2021)

Los lenguajes de nuestras ideas son contagiosos. Las palabras pasan de una persona a otra, y todos somos vulnerables de contraer ideas, una infección que puede durar toda una vida. Los seres humanos son los únicos animales que matan por ideas, de ahí que sea prudente tomárselas en serio, y preguntarse cuáles son y cómo han surgido. Todas las ideas se han recibido de una forma u otra. Hay pensadores a los que consideramos originales, pero ellos también tuvieron que embeberse de los pensamientos de otros, por lo general a través de sus libros, para poder reflexionar en profundidad. No hay ningún pensamiento que carezca de precedentes. (…) Cada época abraza ideas diferentes, pero unas duran más que otras, y algunas están tan arraigadas que ya no somos conscientes siquiera de ellas.

¿Qué hace que algunas ideas científicas sean tan populares? ¿Y por qué otras permanecen sepultadas en las universidades? ¿Por qué algunas nociones sumamente controvertidas se introducen en la cultura general como hechos aceptados cuando en el propio mundo académico se están librando batallas feroces en torno a ellas? Una explicación es que la ciencia a menudo se percibe como monolítica en la cultura popular. Nos enfrentamos continuamente a nuevos descubrimientos y datos. «Los científicos descubren…» y «Nuevos estudios científicos revelan…», empiezan a menudo los titulares. Y aunque todo el que lee periódicos es consciente de que los «científicos» pertenecen a distintas disciplinas y suelen cambiar de opinión acerca de esto y aquello, y no siempre se ponen de acuerdo entre ellos, existe la poderosa sensación de que marchan de forma inexorable hacia delante y de que los conocimientos se van acumulando a medida que desvelan metódicamente los secretos de la «naturaleza».

Comentario: Me he descubierto bastantes veces diciendo una frase como “Hoy en día se ha demostrado que…” o “Hay estudios que han comprobado que…” pero en realidad yo no podría nombrar ni uno solo de ellos. Simplemente había oído o leído a alguien contando que “Los estudios demuestran que…” Así que soy un ejemplo de lo que Hustvedt plantea. Al decir una frase de este tipo no es sólo que consigamos algo más de credibilidad en el receptor, sino que también aumenta la fe en lo que nosotros mismos pensamos.

Si tienes tiempo y quieres hacer un experimento puedes ver esta charla de Micahel Shellenberger, uno de los primeros activistas medioambientales. Ya me dirás si te ha estallado el cerebro. Ahí lo dejo.

En la ruedecita de configuración puedes elegir los subtitulos en español

PERSONAS CON CEREBRO O CEREBROS CON PERSONA.

¿CELEBRAR O CEREBRAR AL SER HUMANO?

En el prólogo a la nueva edición de 2020 de “¿Somos nuestro cerebro? La construcción del sujeto cerebral” de Fernando Vidal y Francisco Ortega (Alianza Editorial. 2017)

En un artículo sobre la «psicología de las “fake news”» —pero intitulado «Así presiona tu cerebro para que te creas los bulos» (Rius, 2020)—, una doctora en ciencia cognitiva informa de que la predisposición a aceptar noticias falsas sobre el coronavirus se debe al llamado «sesgo de confirmación», que nos inclina a aceptar como verdadero lo que corresponde con nuestras creencias e ideas preconcebidas. Ahora bien, la razón de este comportamiento es que, como «al cerebro le cuesta mucho […] crear un aprendizaje», tiende «a creerse» lo que encaja con lo que ya sabe. En resumen, dice la científica, el sesgo de confirmación viene de que «el cerebro es vago, ahorra energía». El refuerzo social que viene de compartir un bulo también contribuye a que nos lo creamos, y eso, explica la doctora, es porque el sentirnos valorados «nos provoca un chute de dopamina, activa el mismo circuito cerebral que si practicáramos sexo o consumiéramos una droga, proporcionándonos placer». A eso se limita un artículo que tiene bastante de psicología social y casi nada de neurociencia. Proporción típica de un universo donde el barniz neuro, por delgado que sea, hace que cualquier hecho parezca más real, y cualquier información, más legítima y convincente.

La creencia que fundamenta el neurocentrismo que se ha globalizado desde los años noventa dice que el ser humano es esencialmente su cerebro —y que la neurociencia lo demuestra—. ¿Somos nuestro cerebro? desmonta ese mito desde un punto de vista histórico, mostrando que la idea del ser humano como «sujeto cerebral» poco y nada tiene que ver con conocimientos sobre el cerebro. Al mismo tiempo, el libro situa a la ideología cerebralista en un territorio amplio que incluye el mercado de la autoayuda, las prácticas de investigación científica, la formación de movimientos colectivos en salud mental, el desarrollo de disciplinas universitarias, el cine y la literatura

Comentario: Es cada vez más frecuente oír hablar de nuestro cerebro como si fuera “un algo” ajeno a nosotros mismos ; como si eso explicara algo más de lo que ya sabíamos, y como si la cultura en la que nos desenvolvemos no explicará nada o muy poco. Según este modo de ver las cosas el mayor número de matanzas en EEUU que en cualquier otro país se explicaría por un asombroso mayor porcentaje de “cerebros malvados” entre los estaunidenses. El hecho de que la “cultura de la conquista del oeste” cristalizara en un derecho constitucional a la autodefensa de todo ciudadano no sería relevante o sería una simple casualidad.

Por otra parte el experimento español que se mostró en las noticias donde un neurocientífico mapeaba el cerebro de personas mientras tomaban helado de chocolate para descubir que se les activaba la zona cerebral asignada al placer debería ser completado por el que yo propongo: Mapear el cerebro de un hindú mientras come vaca, sabiendo o no que es vaca; un árabe comiendo cerdo, sabiendo o no que es cerdo; un británico comiendo conejo, sabiéndolo o no, y un español comiendo perro, sabiéndolo o no.

¡A ver si resulta que la neurociencia demuestra que la cultura modifica el cerebro…! Y si es así, ¿por qué tanta moda de usar el neuro- delante de todo? ¿Estamos cerebrando al ser humano o humanizando al cerebro?

DE DESAFORTUNADOS A IDIOTAS

En una entrevista a Zenia Yébenes, filósofa mexicana en la web Filosofía&Co (30 de noviembre de 2020)

Sí, vemos un aumento considerable en el consumo de psicofármacos y de sustancias estimulantes y vemos sujetos exhaustos y deprimidos. Y coincido con lo que plantea del exceso de positividad. En las sociedades del «yes, we can» o del «sí se puede», hay un problema con la negatividad porque hay un problema con el límite. Y cuando «no se puede», el sujeto se culpa y se castiga a sí mismo. No se puede «no poder». El resultado es que, mientras las sociedades cuya forma de control y disciplinamiento producen sujetos que si no acatan la norma se caracterizan como criminales o transgresores frente a la ley o a alguna autoridad exterior, actualmente existe la sensación de que, si no puedes cumplir con lo que se demanda de ti, la culpa está en ti. Y los sujetos no se viven como transgresores, sino, efectivamente, como fracasados.

Como aquella chica de una Asociación de Fibromialgia que me decía con amargura que su fisioterapeuta atribuía su falta de mejoría a una “falta de actitud”. Supongo que a ese tipo no se le pasaba por la cabeza que en realidad fuera una “falta de aptitud”. Pero de él, claro.

Por otra parte es cierto que me gusta este texto porque llevo mucho tiempo diciendo lo mismo. ¡Ah! ¡Sesgo de confirmación! Mi cerebro perezoso que no quiere cambiar de ideas…

Pues aquí tienes el link a la entrevista completa para poder valorar. Por cierto la han subtitulado seleccionando la siguiente frase de Zenia: «El cerebro humano no puede operar sin andamiajes culturales o sociales»

MI RESILIENCIA ESTÁ EN TI¡MIERDA!

En “No es como te han dicho. Guía de salud mental basada en los vínculos” de Yolanda Alonso, Esteban Ezama y Yolanda Fontanil (Editorial Herder. 2021)

Casi todo lo que hacemos está relacionado con otros, lo hacemos con otros o para otros o bien otros lo hacen para nosotros. Por lo tanto, son esos otros los que determinan en un grado muy importante que vivamos bien o que malvivamos. Así las cosas, una virtud de extraordinaria importancia en la vida consiste en poder contar con los recursos y las habilidades de otras personas. Desengañémonos: no hay ninguna posibilidad de independencia. Constantemente dependemos de las actitudes y de las posibilidades de los demás. Ahora bien, lo que sí podemos decidir es de quién dependemos, con las habilidades de qué otras personas contamos. A quién le cuento mis desdichas; a qué taller llevo el coche; con quién comparto el mando a distancia del televisor o a quién pido ayuda en cuanto tengo un problema serio. Podemos tener la ilusión de la individualidad mientras todo vaya viento en popa…

Comentario: Una ilusión alimentada ya desde hace décadas por la cultura-¡Uy!¡Otra vez la cultura!- del “Sí, se puede”. Aunque gracias a Dios una parte de nuestro cerébro -¡Uy! ¡Otra vez el cerebro!- se resiste a caer en su engaño. Ese reducto es el que hace que cuando conduces generalmente te recuerda: “Puede ser que por tu izquierda haya “UN OTRO” así que mira por el retrovisor y pon el intermitente” “En esas franjas blancas igual hay “UNA OTRA” que va empezar a pisarlas. No aceleres”. Excepto si eres italiano o de El Cairo, por ejemplo, donde la cultura-¡Uy! ¡Otra vez la cultura!- ha reprogramado ese trozo del cerebro para que los conductores ya no piensen en “UN OTRO” o “UNA OTRA” y el de los y las peatones para que no se fien ni de intermitentes ni de pasos de cebras.

4 comentarios en “Leído este mes (Marzo de 2021)

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