Podríamos pensar que el cerebro humano es capaz de usar analogías y metáforas debido a su gran desarrollo y complejidad. Pero quizá sea al revés: el uso de ellas han permitido el desarrollo de la complejidad del cerebro. Al menos Hofstadter y Sander afirman que la analogía es el motor del pensamiento.

Por ello las analogías no son verdad, sino útiles, inútiles o desacertadas. Si le cuentas a alguien que te sientes como gato escaldado entenderá fácilmente que no quieres pasar por una situación igual o parecida a otra en la que lo pasaste muy mal. No se le ocurrirá darte una toalla y una sardina.

Así que decir que la crianza terapéutica es a la crianza lo que la rehabilitación a la arquitectura no es verdad ni mentira. Es simplemente una forma rápida de explicarla. Útil o desafortunada. Ya veremos, pero antes un poco de memoria histórica para entender a santo de qué estamos hablando de ella.

Cuando a finales de los años 80 entré en el mundo de la protección jurídica a la infancia, y con muchos otros compañeros o compañeras absorbíamos cualquier formación que se nos ofreciera, la idea que había que desterrar era la de que el amor bastaba para ayudar a los niños y niñas procedentes de situaciones sociofamiliares difíciles. Además de querer había que modelar, limitar, enseñar… Estos niños y niñas tenían necesidades no sólo materiales y afectivas, sino también cognitivas y sociales. En definitiva, había que quererles pero sobre todo había que educarles, darles modelos alternativos.

Del sentimentalismo a la pedagogía. Y quizá un poquito de psicología: la teoría del apego. Sin embargo, a pesar de ello, muchos acogimientos tenían que ser cesados y las derivaciones de centros a “centros terapéuticos” eran frecuentes. La teoría estaba clara, creíamos, pero costaba muchísimo “aguantar el tirón” de sus comportamientos, reacciones, etc.

Y aunque las instituciones siguieron, incluso hasta hoy mismo, sin ofrecer una base segura para las personas que atienden a estos niños y niñas, llegaron especialistas de fuera y especialistas de aquí que empezaron a hacernos ver que el problema de estos y estas no era fundamentalmente tener déficits que rellenar de amor y educación. Nos mostraron que en realidad estas niñas y niños tenían un montón de superavits. Superavit de miedo, de dolor, de rabia, de decepción…

Y ante esto surgió la tentación de criar a estas niñas y niños como a cualquiera pero llevándoles al terapeuta una, dos o tres veces a la semana. La familia acogedora, los y las educadoras del centro se dedican a querer y educar y el o la terapeuta se dedica a curar. Unos ponen y otros quitan.

El problema es que hasta que no se quite el dolor o la rabia, por ejemplo, todo el afecto y la educación que les demos será devuelto con violencia, indiferencia, mero interés práctico… Porque hay niños y niñas que no pueden querer, no saben querer o, incluso por su historia, no quieren querer.

Hace poco escuché a Iñigo Martínez de Mandojana en su intervención en una mesa redonda online, organizada por el Colegio Oficial de Educadoras y Educadores Sociales de la Comunitat Valenciana, decir que estos niños, niñas y adolescentes necesitaban de nosotros, los interventores sociales, fundamentalmente dos cosas: seguridad y afecto. Y por eso si no los pudieramos querer necesitan de nosotros al menos “quererlos querer”.

Agustin de Hipona ya se cuestionaba si era posible amar lo que se desconoce, dando a entender que no. Si esto fuera así, para querer quererles debemos querer conocerles. No basta el simple afecto. No basta saber educar. Necesitamos conocerles y saber lo que pueden, saben o quieren. O lo que no pueden, no saben o no quieren. Solo así conseguiremos permanecer a su lado. Lo necesitan para que no nos borremos a la primera, la segunda o la nosecuanta vez que nos desprecien, ignoren, utilicen….

Por eso sea bienvenido el nuevo libro de Iñigo: “Pero a tu lado. De la parentalidad positiva a la crianza terapéutica” en El Hilo Ediciones.

Un libro que he tenido el honor de leer a medida que se escribía. Y que por eso puedo considerarlo imprescindible para ti si vas a tener que tratar con niños, niñas y adolescentes en situación de riesgo o de desamparo y no eres su terapeuta (y si lo eres no descartes darle un vistazo)

Ya no se trata de construir un edificio que se quedó a mitad por problemas de financiación. Se trata de rehabilitar un edificio que se construyó mal o que ha sido devastado.

El arquitecto que diseña un edificio sólo tiene que poner cosas. Debe saber como ponerlas para que el edificio sea seguro, funcional, bello… Pero el arquitecto que debe rehabilitar un edificio, una casa, debe saber y estudiar detenidamente qué quitar, qué cambiar, que añadir y cómo.

El arquitecto que recibe el encargo del diseño de un edifico nuevo debe conocer las condiciones que le impone el propio encargo. El arquitecto que recibe el encargo de rehabilitar un edificio debe conocer a fondo, además, el mismo para conseguir su objetivo sin dañarlo.

Dejo la analogía aquí y el tiempo y los expertos dirán que aporta y en que falla. Puedes comentar lo que consideres.

Mientras tanto te recomiendo que te hagas con el segundo libro de Iñigo.

Y si no conoces el primero (“Profesionales portadores de oxitocina. Los buenos tratos profesionales” El Hilo Ediciones 2019), también.

2 comentarios en “Quererlos querer

  1. Gracias Javier una vez más por hacerme hueco en tu casa. El libro como tú bien apuntas en tu metáfora también está rehabilitado desde tu saber y mirada. No sería lo k es si no me hubieras acompañado en cada capítulo, o incluso cuando no había ni título. Siempre te estaré agradecido.

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