Este mes la vida me ha arrastrado más de lo que yo hubiera querido y sólo tengo una lectura interesante para compartir. Así que este post podría pertenecer también a la serie : “Posts robados”. Muchas personas no hemos vivido una catástrofe natural, un atentado… pero ahora todos hemos vivido una pandemia mundial y ahora todos podemos entender vivencialmente lo que Rebecca Solnit describe e intenta transmitir en este texto

En “Un paraíso en el infierno. Las extraordinarias comunidades que surgen en el desastre” de Rebecca Solnit (Editorial Capitán Swing. 2021)

Tras un terremoto, un bombardeo o una tormenta particularmente destructiva, la mayoría de la gente se comporta de manera altruista y se entrega inmediatamente al cuidado de sí misma y de quienes la rodean, sean vecinos, extraños o amigos y personas queridas. La imagen del ser humano egoísta, que sucumbe al pánico, que vuelve a un estado violento y salvaje durante una hecatombe, tiene muy poco de real. Décadas de meticulosa investigación sociológica sobre el comportamiento humano en diversos desastres, desde los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial a inundaciones, tornados, terremotos y tormentas en todo el continente, en todo el planeta, lo han demostrado. Sin embargo, los prejuicios siguen ahí. Normalmente, las acciones más terribles son las de quienes creen que los demás van a comportarse despiadadamente y que deben protegerse de la barbarie ajena (…)

La mayoría de las sociedades tradicionales se conforman a partir de compromisos profundamente asumidos y firmes vínculos que unen a la gente, a las familias, a los diversos grupos. En ellas, el concepto mismo de sociedad descansa sobre redes de afinidad y afecto. Cuando el individuo va por libre, su existencia es la del marginado, la del exiliado. Las sociedades modernas, móviles e individualistas, se han despojado de algunos de estos viejos vínculos y han vacilado a la hora de asumir otros, especialmente aquellos que se expresan a través de acuerdos económicos: las medidas para ocuparse de los ancianos y las personas vulnerables, la mitigación de la pobreza y la desesperación. El cuidado de nuestros hermanos y nuestras hermanas (…) Puesto que hemos sido expulsados del paraíso, donde las solidaridades eran inquebrantables, ya no soy guardián de mi hermano.

Cuando la normalidad se resquebraja y las rutinas del sistema se hacen añicos, la gente da un paso al frente —no toda, pero sí la gran mayoría— para hacerse guardián de su hermano. Y en esa determinación y en los lazos tendidos hacia los demás surge una forma de alegría, incluso en medio de la muerte, del caos, del miedo, de tanta pérdida (…)

Terrible en sí mismo, el desastre puede convertirse en una puerta trasera al paraíso. Ese paraíso en el que somos quienes esperamos ser, desempeñamos la labor que queremos realizar y nos convertimos, cada uno de nosotros, en guardianes de nuestras hermanas y nuestros hermanos. (…)

Cuando el terremoto sacudió la costa central de California, el 17 de octubre de 1989, me sorprendió descubrir que el cabreo que sentía hacia una persona en particular ya no importaba (…) Comprobé con sorpresa que la mayor parte de la gente que conocía o que encontraba vivía la situación con cierto placer o disfrute, si es que esas son las palabras adecuadas para la sensación de inmersión en el momento y solidaridad hacia los demás que provoca la ruptura de la vida cotidiana, una sensación más pesada y densa que la felicidad, pero profundamente positiva. Carecemos de términos para estas emociones, en las que lo maravilloso llega envuelto en lo terrible; la alegría, en el dolor; el valor, en el miedo. No todo el mundo lo experimenta —no se trata de un fenómeno simple ni anímicamente evidente—, pero sucede, y es importante (…) No puedo anhelar un desastre, pero sí puedo valorar la forma en que respondemos a él, tanto práctica como psicológicamente.

Necesitamos vínculos, y estos, junto con la determinación, la inmediatez y la capacidad de acción, nos proporcionan alegría, esa alegría cruda y sorprendente que encontré en tantos testimonios. Los relatos del desastre demuestran que el tipo de ciudadano que puede construir el paraíso —gente lo suficientemente valiente, hábil, generosa— ya existe (…) Si el Paraíso surge del infierno es porque, al suspenderse el orden habitual y precipitarse la mayoría de los sistemas, nos sentimos libres de vivir y actuar de otro modo.

Mi objetivo es ver qué surge cuando se desmorona el statu quo y los patrones de la vida cotidiana en esta parte del mundo industrializado donde imperan las filosofías de la competición y el individualismo, donde existe cierto nivel de alienación cotidiana y las explicaciones políticas y naturales han sustituido a las religiosas como fundamento último de la respuesta a las catástrofes (aunque los fundamentalistas cristianos de Estados Unidos siguen recurriendo a Dios para explicar un selecto abanico de ellas). Sin embargo, en el desastre la gente se une, y aunque hay quien ahí no ve otra cosa que «la masa», muchos valoran tales momentos como una posibilidad de sociedad civil, casi paradisíaca. (…)

Sin embargo, en el desastre la gente se une, y aunque hay quien ahí no ve otra cosa que «la masa», muchos valoran tales momentos como una posibilidad de sociedad civil, casi paradisíaca. (…) Han querido convencernos de que no somos guardianes de los demás. Los desastres, al reintegrar a los afectados a la vida pública y colectiva, desmontan parte de esta privatización, que es, en sí, otra catástrofe, más lenta y sutil. En una sociedad donde ya tuviera plena cabida la participación, la capacidad de acción, la determinación y la libertad, un desastre no sería la oportunidad de nada. Sería solo un desastre.

Pero ¿y si el paraíso se revelara entre nosotros ocasionalmente, en los peores momentos? ¿Y si pudiéramos vislumbrarlo en las mismas fauces del infierno? Al contrario que los otros paraísos, tan lejanos y remotos, estos breves destellos nos permiten contemplar quiénes podríamos ser, en qué podría convertirse nuestra sociedad (…) Muchos han dejado de aspirar a una sociedad mejor. Sin embargo, son capaces de reconocerla cuando la tienen delante, un descubrimiento que brilla incluso en la inefabilidad de la experiencia.


El texto de Solnit a mi me sirve para entender porqué en un mismo desastre, la pandemia mundial, mucha gente hemos comentado y compartido dos experiencias muy distintas de la misma.

Aquí, en España, cuando en el mes de marzo de 2020, se decretó el estado de alarma y el confinamiento obligatorio, la normalidad se resquebrajó para todos, de una manera u otra. Pero ese parón abrupto, impuesto por las circunstancias, estuvo cargado de sentido: estábamos cuidando a nuestros hermanos y hermanas. El homenaje a los sanitarios y el estupor orgulloso de salir al balcón y ver las calles vacías, el ir a trabajar si ere el caso… eran actos que tenían un regusto de, como dice Solnit, “una sensación más pesada y densa que la felicidad, pero profundamente positiva” o “una alegría, en el dolor”.

Domingo, 18 h. durante el confinamiento. Mientras la hacía sentía una alegría en el dolor o como diría Cyrulnik el oximoron de “la maravilla del dolor”

Sin embargo, cuando las medidas aflojaron, y los medios empezaron a mostrar ejemplos de insolidaridad en lugar de heroicidad y, día tras día, retransmitir como los políticos se daban de tortas sin parar, el sentido se fue esfumando.

Y regresamos de golpe a la normalidad. No a la normalidad que deseabamos de ver, estar y abrazar a nuestros hermanos y hermanas sino de la alienación cotidiana, de la filosofía del individualismo y de la bronca ideológica. En ese escenario es dificil, por no decir imposible, mantener el sentido de trascendencia (algo más importante que yo mismo).

El texto, y todo el libro de Solnit, tiene un gran mérito: al menos hacernos dudar de qué es lo natural en los seres humanos (quizá no somos lobos para los otros hombres sino verdaderos hermanos y hermanas) y de cuál es el verdadero desastre (la sociedad que hemos creado y no las catástrofes, tragedias o pandemias).

Un comentario en “Leído este mes (mayo de 2021)

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