En el prólogo de “Hasta los cojones del prnsamiento positivo” de Buenaventura del Charco Oléa (Editorial Samarcanda. Abril 2021. Edición digital)

(Recuerdo que las negritas son mías)

Vivimos en una sociedad que le tiene pánico al malestar. Parece que somos figuritas de porcelana, incapaces de sobrevivir a los golpes intrínsecos ante el hecho de estar vivos. La existencia implica dolor y carencias. Lógicamente, no solo eso: para cada uno de nosotros existen infinidad de cosas agradables que merecen la pena y le dan sentido. Pero también implica esa parte, esa verdad, la de que el dolor y lo malo forman parte inherente del hecho de estar vivos y solamente sabremos vivir la vida si somos capaces de afrontar el dolor y mirarlo de frente, porque, nos guste o no, el dolor o lo malo que nos ocurre va a seguir estando ahí.

Desde nuestra cultura (…) se nos ha impuesto la obligación de ser «positivos» cuando (…) eso es ser, en el mejor de los casos, reduccionista y sesgado; cuando yo lo catalogaría más de gilipollas y cobarde.

(…) Parece que el supuesto medio (ser positivo) se ha convertido en un fin en sí mismo, porque es lo deseado socialmente o lo que recomiendan de forma machacona y persistente, como si fuera un dogma, en lugar de entender que lo que hemos de buscar desde la psicología, la filosofía o el puto sentido común son simple y meramente maneras de estar en la vida que nos permitan desarrollarnos y solucionar los problemas a los que todos tenemos que enfrentarnos.

(…) Y no es solo una cuestión de que distorsionar la realidad con un sesgo positivista implique faltar a la realidad o te impida entender lo que pasa realmente en tu vida para poder solucionarlo, es, sobre todo, que priva a la gente de algo básico: el derecho a estar mal cuando le ocurren cosas jodidas. Por si no te has dado cuenta, queridísimo lector, la vida es bonita de cojones, pero cuando quiere también es muy muy hija de puta y tiene zarpas afiladas y punzantes que desgarran y se clavan a base de bien.

(…) Como psicólogo sanitario que diariamente ve a pacientes partiéndose la cara y mirando a sus demonios de frente para intentar mejorar lo que ocurre en sus vidas y como un acto de amor y autocuidado hacia sí mismos (y) lo que de verdad me duele es que todo este movimiento rosa y cursi, perverso a pesar de estar escrito en tonos pasteles y acompañado de dibujitos monísimos o engalanado de una fina capa de «empirismo» con base en experimentos reduccionistas o supuestas neurociencias que no aguantan un asalto en el ring contra la ciencia seria ni contra el puñetero sentido común, está robando a la gente el poder pedir consuelo, el romper un día a llorar y necesitar que alguien le acompañe en su llanto, aunque solo sea el mismo, sin que le recrimine o reproche que vea el lado bueno de las cosas o que tenga una actitud más positiva, porque encima no necesitamos una regañina, que se nos enjuicie o cursilerías, pues necesitamos ver que a otro le importamos, tener un hombro sobre el que llorar y que alguien legitimice nuestra respuesta normal y congruente con lo que nos pasa cuando algo nos jode, que es estar jodidos. Cuando nos pasan cosas malas, tenemos derecho a estar mal. No culpabilicemos a la gente ni a nosotros mismos por ser consecuentes, por estar mal, que, si una persona está jodida, bastante tiene para que además le hagamos sentir culpable y la hundamos un poco más en la mierda por ser «negativa». No necesitas ser optimista y feliz; necesitas ser honesto con quien eres y qué requieres. Eso a veces supone disfrutar y ser consciente de lo bueno en la vida, pero también de acompañarte en el dolor y luchar por ti. Trátate bien y sé realista, no un gilipollas ingenuo montado en un unicornio que va vomitando arcoíris.

Fue estupendo, para salir de “Traumatic King”, que Werner y Smith se fijaran en el tercio de la población de aquel estudio longitudinal que habían salido adelante, a pesar de todos los pesares, y nos trajeran el concepto de resiliencia a lo social. Y que Seligman se cansara de estudiar el desamparo aprendido y se centrara en lo que produce bienestar psicológico en lugar de malestar. Pero muchas circunstancias hicieron que ambas iniciativa,s y otras parecidas, fueran usadas como cimientos para crear “Positive Park”, un parque de atracción(es) donde el sufrimiento está prohibido. El libro de Buenaventura del Charco Oléa es una grúa de domolición que espero que sirva para llevarnos a “Posibility Word”, un mundo donde se reconozca el trauma y el dolor con esperanza realista; donde malestar y bienestar convivan como realmente lo hacen en la bella y puta vida. Un mundo donde el estudio del tercio minoritario no haga que nos olvidemos de los dos tercios que sufren y donde se entienda que la persona que aprendió el desamparo no puede salir de él por mucho que se lo gritemos a la cara pero sin tenderle la mano.

6 comentarios en “Leído este mes (junio de 2021)

  1. Yo también tenía fichado este libro solo por el título porque refleja algo con lo que muchos nos identificamos. Ya es hora de dejar de culpabilizar a las personas por sus malestares, por las cosas que no les van bien e incluso por no superar graves enfermedades. Reducir todo a la mera actitud resulta tremendamente simplista y superficial pero, a la vez, una excusa fácil para no apoyar a quien lo necesita, ni acompañar en el sufrimiento; algo tan imperiosamente necesario en el momento en que vivimos

    1. Totalmente de acuerdo contigo, Cristina. Y sabiendo de tu experiencia y profesionalidad te agradezco tu comentario porque le da sentido a esta serie de posts (compartir lo leído que nos ha parecido interesante) y a este humilde blog. Gracias.

  2. De nuevo, una recomendación imprescindible. Parece que el libro recoge de forma bien argumentada los peligros de la tiranía del pensamiento positivo: dejar de reconocer el dolor y el sufrimiento es dejar fuera de la consciencia gran parte de la realidad nuestra y de otras personas. Un acierto, Javier.

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