En el prólogo de “»Humildad» de Francesc Torralba (Editorial San pablo. 2021)

Las crisis, sean de carácter colectivo o personal, sean sustantivas o accidentales, espirituales o materiales, ponen de manifiesto la fragilidad humana. Cuando uno padece una crisis siente que se ha metido en un atolladero del que no sabe cómo salir (…)

Las crisis nos ubican en un territorio desconocido, nos obligan hay emigrar de la rutina, siempre cómoda, para tantear un ámbito completamente nuevo. Ello nos permite tomar conciencia de las propias fuerzas y activar los recursos latentes en nuestro propio ser (…)  

Cuando los planes que habíamos esbozado no prosperan, cuando las expectativas se frustran y debemos rehacer el camino para explorar alternativas, nos damos cuenta, de un modo diáfano de que no tenemos el futuro bajo control, de que la realidad nos supera, de que estamos embarcados en un mundo que está más allá de nuestra voluntad. Llana y claramente nos damos cuenta de que el mundo que habitamos no nos pertenece y el futuro mucho menos.

Emerge entonces el sentimiento de pequeñez (…)

Ello puede conducirnos a una profunda crisis de autoestima, incluso a una forma de autodesprecio o de autoodio, pero también a descubrir una cualidad profundamente humana, la humildad (…)

(…) la humildad es una virtud perenne, una cualidad básica del ser humano que trasciende culturas, tradiciones espirituales y periodos históricos. No pertenece, en exclusiva, a ningún cuerpo moral, tampoco a ninguna tradición espiritual (…)

La humildad tiene una versión religiosa, pero también una laica.  No se precisa la fe para reconocerla como cualidad humana. Basta con tomar conciencia de los propios límites, con darse cuenta de la propia fragilidad (…)

En un contexto fuertemente dominado por las tecnociencias, es fácil sucumbir al mito de que todo es posible. El axioma formulado en positivo reza así: Todo es posible. Formulado en negativo: Nada es imposible.

Este lema está profundamente enraizado en el imaginario colectivo contemporáneo y está en las antípodas de la cultura del límite, de la frontera y de la fragilidad. Este lema no solo circula a toda velocidad por escaparates digitales y analógicos como eslogan publicitario, sino también como filosofía de vida del ciudadano común (…)

El ciudadano ha llegado a creer que para él todo es posible, que nada es imposible si se lo propone, que puede hacer realidad cualquier propósito por difícil y arduo que sea (…)

La humildad empieza a latir, precisamente, cuando uno se percata de que no lo puede todo, de que no lo domina todo, de que no puede superar todo cuanto se proponga (…)

La humildad nace después de una derrota, de un fracaso, de una herida (…)

Con el paso de los años, uno se da cuenta de que no todo es posible, de que existe lo irreversible, lo de irremplazable, el límite que no puede ser transgredido y de que ese límite no es elástico, ni blando, ni imaginario, sino duro, persistente y real (…)

No tenemos el mundo que deseábamos. Esta es la pura y llana verdad. No hemos alcanzado los ideales del siglo de las luces. No hemos sido capaces de extirpar del cuerpo social la superstición, tampoco la credulidad, la ignorancia, el fanatismo o el oscurantismo. El proceso la ilustración se ha truncado. El populismo ultranacionalista, los fanatismos políticos, sociales y religiosos, la violencia en sus múltiples acepciones, están ahí, en la vía pública (…)

La irracionalidad campa impunemente por las redes sociales y el emotivismo inunda el proceso de toma de decisiones. El mundo que le damos a nuestros hijos y a nuestros nietos no es, en ningún caso, el mundo que anhelábamos cuando éramos jóvenes. Algo ha fallado, algo se ha roto. Y alguna responsabilidad tenemos en ello ya sea por acción o por omisión.

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Pero quizá sí podamos enseñarles todavía a nuestros hijos y a nuestros nietos que para resistir y rehacerse es mejor ser humildes que orgullosos, mejor reconocer los límites que ignorarlos; mejor pedir ayuda y dar las gracias que quedarse solo ante el peligro… como Cary Cooper

En la introducción de “»La epidemia del narcisimo» de Jean M. Twengw y W. Keth Campbell (Ediciones Cristiandad. 2018)

(…) La televisión mostraba a una chica que planeaba su fiesta de decimosexto cumpleaños y que quería que se cortase una carretera principal, para que una banda la pudiese preceder en la entrada triunfal qué haría sobre la alfombra roja. Un libro titulado My Beautiful Mommy (Mi hermosa mami) explica la cirugía estética a unos niños pequeños cuyas madres van a someterse al bisturí para conseguir la tan de moda “transformación” de mamá. Resulta posible contratar paparazzi falsos para que le sigan y fotografíen a uno en sus salidas nocturnas (de hecho hasta se puede pedir una portada de revista falsa del corazón en la que aparezcan las fotos). Una famosa canción declara, sin sarcasmo aparente: “¡Creo que el mundo gira alrededor de mí”. La gente se compra casas caras mediante hipotecas que exceden su capacidad financiera (o lo han estado haciendo hasta que, a resultas de tales comportamientos, se hundió el mercado hipotecario). Los bebés llevan baberos bordados que le señalan como “supermodelo” o “ligón” y usan chupetes de lujo mientras que sus padres les leen poemas modernizados de This Little Piggy Went to Prada. La gente intenta crear una “marca personal” (práctica conocida también como “self-branding”), empaquetándose como un producto a la venta. Los anuncios de servicios financieros proclaman que la jubilación te ayuda a retornar a la infancia y perseguir tus sueños. Los chicos del instituto dan palizas a sus compañeros y después buscan llamar la atención a su violencia colgando los vídeos de la tunda en YouTube.

Aunque parezca un revoltijo aleatorio de tendencias actuales, no lo es, porque todas ellas provienen de un único cambio de la psicología norteamericana: el inexorable auge del narcisismo en nuestra cultura (…)

Entender la epidemia del narcisismo es importante porque sus consecuencias a largo plazo resultan destructivas para la sociedad. La insistencia estadounidense sobre la autoadmiración ha causado una escapada de la realidad hacia el país de la fantasía grandiosa. Tenemos ricos de pacotilla (que pagan solo los intereses de sus hipotecas y tienen, por tanto, un montón de deuda), belleza de pacotilla (por la cirugía estética y los procedimientos cosméticos), atletas de pacotilla (por las sustancias dopantes), famosos de pacotilla (por la telerrealidad y YouTube) estudiantes geniales de pacotilla (por la inflación de las notas); una economía nacional de pacotilla (por los 11 billones de dólares de deuda pública), sentimientos de pacotilla de ser especiales (por los padres y por una educación que se centra en la autoestima) y amigos de pacotilla (por la explosión de las redes sociales)

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Lo que más me ha sorprendido de este texto es que la edición original norteamericana es de …¡abril del 2009! Once años más tarde, a mi me parece una crónica de actualidad.

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