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Archive for the ‘Apego’ Category

PARENTOXIC

Los laboratorios Martínez-Romeu, dentro de la Campaña informativa del Buentrato, presentan el nuevo prospecto de un viejo producto: Parentoxic.

Lea todo el prospecto detenidamente antes de empezar a hacer uso del producto.

Conserve este prospecto. Puede tener que volver a leerlo.

Si tiene alguna duda consulte con su profesional de la psicología o la educación

¿Qué  es Parentoxic?

Parentoxic es un inhibidor de la parentalidad que actúa sobre las actitudes y habilidades necesarias para la formación de un apego seguro.

Pertenece al grupo de los destructores de la autoestima y de las habilidades de interacción interpersonal.

La principal característica de Parentoxic se encuentra en su potente efecto en terceras personas, principalmente hijos e hijas expuestos al mismo.

Indicaciones

Parentoxic está indicado para aquellas personas que han tenido un hijo o hija, o que sin tener una parentalidad biológica,tengan a su cargo un niño o una niña y

a) ni hacen ni dejan hacer, es decir, no les cuidan,les protegen, les estimulan ni les dan afecto pero tampoco dejan que otros lo hagan.

b) esperan de los hijos que hagan o digan aquello que ellos no pueden, no saben o no quieren  hacer, por ejemplo ser responsables, atentos, estudiosos, etc.

c) eligen como diana a los más indefensos para descargar los conflictos no resueltos, proyectando rabia, frustraciones y un sin fin de proyectiles tierra-aire para aliviar su dolor.

Antes de tomar Parentoxic

No tome Parentoxic:

-Si pretende educar hijos sanos y felices, miembros de una sociedad compleja pero por la que merece la pena luchar.

-Si su objetivo es contribuir al desarrollo de hijos emocionalmente equilibrados, capaces de regularse a sí mismos y desenvolverse adecuadamente en el entorno.

-Si tiene alergia a sus componentes como efecto de haber estado expuesto/a ellos en la infancia, adolescencia o cualquier momento de su ciclo vital y decidió vacunarse con Resiamor.

Tenga especial cuidado con Parentoxic si se da alguna de estas circunstancias:

-Presenta dificultad para controlar sus actos, tiene un pobre concepto de sí mismo/a, se siente aislado socialmente, no sabe manejar las situaciones cotidianas o conductas de sus hijos, pues pueden potenciarse los efectos de Parentoxic y sentirse omnipotente.

-Ha tenido una infancia dura, cargada de pérdidas, abandonos, situaciones estresantes, malos tratos o cualquier otro suceso capaz de haber afectado su capacidad afectiva, emocional y conductual…y no ha encontrado aún a alguien en su camino que le explique que usted es usted y su hijo/a no es responsable de su historia, ya que puede provocar regurgitaciones, reflujo o dolor reflejo.

Embarazo y lactancia

El empleo de Parentoxic durante el embarazo y la lactancia está indicado si lo que se pretende es la eliminación total o parcial del vínculo de apego. El producto alcanza las más altas cuotas de eficacia en el período de 0 a 3 años, siendo un potente inhibidor de oxitocinas y serototinas que son reemplazadas por altas dosis de cortisol que actúan en el cerebro produciendo alteraciones importantes.

Interacciones

Parentoxic es incompatible con cualquier manifestación de empatía, afecto y buen trato.

Si cree que ha tomado Parentoxic desde hace tiempo y actualmente está bajo los efectos de la parentalidad positiva, no se preocupe, acaba de elegir el tratamiento idóneo y aconsejable por todos los especialistas.

Cómo tomar Parentoxic

Siga estas instrucciones a menos que un especialista le haya dado otras indicaciones distintas (¡confiamos que así sea!). En estos casos es conveniente solicitar al profesional las instrucciones para asegurarse que ha entendido todo bien.

Parentoxic puede administrarse por vía oral (insultando, amenazando, ofendiendo, chantajeando varias veces al día a su hijo o hija) o por vía cutánea, en forma de golpes, manotadas, empujones y pellizcos. A veces se puede administrar en forma de aerosollanzando al aire comentarios en los que puede tratar a su hijo o hija como si fuera un o una colega o amigo/a, compartiendo sus preocupaciones, sus problemas, etc,  como si él o ella fuera su fuente de seguridad y no al revés.

En cualquiera de sus presentaciones no dude de su potente efecto que adquiere un carácter multiplicador si se usan de forma conjunta.

Puede tomar Parentoxic antes o después de una comida. No es necesario que se acompañe de líquidos, si bien se han comprobado que sus efectos aumentan cuando se ingiere acompañado de alcohol y otras sustancias que alteran el estado de ánimo de la persona.

Posibles efectos adversos

Los siguientes efectos adversos son descritos en los hijos e hijas de quienes emplean Parentoxic:

Desorganización y fallas del funcionamiento del sistema límbico

  • Trastornos de las capacidades sensoriales, o lo que es lo mismo, dificultad para percibir las amenazas o los peligros del entorno o distinguir los que es producto de su imaginación o de sus deseos de la realidad.
  • Deficiencias en el reconocimiento y manejo de las emociones, pudiendo actuar de forma estereotipada con agresividad o con temor.
  • Trastornos de la empatía, de sintonizar emocionalmente con el otro y actuar en consecuencia.
  • Memorias emocionales traumáticas. Los niños y niñas que han recibido malos tratos en su primera infancia por efecto de Parentoxic no tienen un recuerdo o memoria explícita de lo que sucedió, pero todas esas experiencias quedan registradas en la memoria implícita en forma de sensaciones dolorosas, estrés, dolor físico. Son recuerdos que no se pueden traducir en palabras porque el cerebro en esa etapa no puede simbolizar lo que está pasando.
  • Trastornos en la regulación del apetito, agresividad, frustración y la excitación sexual, al no haberse desarrollado por parte el niño la capacidad de modular y educar las pulsiones, que solo un contexto de buen trato es capaz de proveer.

Alteraciones de la organización y del desarrollo de la corteza prefrontal

  • Dificultad para calmarse y detener su conducta obedeciendo lo que el adulto le pide, porque los lóbulos prefrontales mal organizados no pueden facilitar la modulación emocional a través de la reflexión y el pensamiento. El niño no puede pensar antes de actuar, autocontrolarse.
  • Dificultad para representarse y asumir la responsabilidad de sus actos, por su apercepción de si mismos fragilizada, no pueden asociar causa-efecto.
  • Alteración de las capacidades de pensar, reflexionar, hacer proyectos y verbalizar sus experiencias.
  • Dificultades para participar en relaciones interpersonales recíprocas, no logran superar la fase egocéntrica y autorreferencial a causa del sufrimiento, que le impide desarrollar conductas prosociales y empáticas.
  • Tendencia a pasar al acto con la menor frustración, con comportamientos disruptivos y violentos.
  • Miedos, ansiedad y crisis de pánico “irracionales”, difíciles de manejar, ya que las emociones inundan el cerebro inmaduro del niño maltratado, dejando huellas imborrables.

Los efectos de Parentoxic son de acción muy prolongada según investigaciones recientes pudiendo tener consecuencias permanentes que solo un contexto de buen trato y tutores de resiliencia secundaria pueden minimizar.

Conservación

Mantenga Parentoxic fuera del alcance y de la vista de los niños y niñas.

No conservar de ninguna de las formas. En caso de que haya estado empleándolo, deshágase de Parentoxic lo antes posible si comprueba que alguna de las cuestiones descritas anteriormente han llegado a su sistema límbico produciendo malestar o signos de empatía por sus hijos e hijas.

Información adicional

Los laboratorios Martínez-Romeu no fabrican Parentoxic, simplemente garantizan que el contenido de lo expuesto en este prospecto es resultado de la experiencia profesional y el estudio detallado de investigaciones sobre resiliencia, apego y buenos tratos, y dados sus efectos devastadores, se considera imprescindible la difusión del prospecto a nivel mundial.

Dicho laboratorio no se hace responsable del uso que se haga de Parentoxic si después de haber leído el prospecto decide emplearlo.

Por el contrario, desde los laboratorios Martínez-Romeu se está trabajando en la creación de productos antagónicos al Parentoxic que permitan aliviar los síntomas parentales presentados pero con efectos positivos sobre los niños y niñas a través de fórmulas formativas y literarias.

P.D.: Los autores de los blogs implicados expresan sus más sinceras disculpas si el contenido o la forma ha herido la sensibilidad de algún lector/a, ya que su único interés es contribuir a la promoción de la resiliencia, el buentrato y el apego seguro y en ninguno de los casos frivolizar o no tomar en serio el tema abordado.

(Este post se ha publicado también en el blog de Conchi Martínez Vázquez  http://resilienciainfantil.blogspot.com.es/)

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BLOG DE NOTAS: Apego y TDAH

No hace ninguna falta justificar porque reboto este reciente post de Catherine  L´Ecuyer en su blog Apego&Asombro. Cualquiera que lo lea y conozca este blog lo entenderá.

http://apegoasombro.blogspot.com.es/2014/01/existe-una-relacion-entre-apego.html

Me encantará que lo comentéis en éste pero creo que lo justo sería que lo hicierais (también) en el suyo.

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Hay libros que los esperas.

Hay libros que los necesitas.

Hay libros que te interesan.

Y hay libros que, más que encontrarlos, te encuentran a ti.

Estás paseando por los expositores de una librería y lees su título y quien lo ha escrito. Y aunque no encuentras ninguna palabra ni nombre significativo para ti (en mi caso: resiliencia, estratégica, narrativa, Cyrulnik, Nardone, Gladwell, etc) algo te mosquea (¿de qué va éste?) y decides sacarlo de la fila o la pila y ojearlo y hojearlo.

Y cuando lo haces te das cuenta de que no sólo es un libro que te apetece leer sino que es el libro que probablemente te hubiera gustado escribir.

Educar en el asombro

Es lo que me pasó la otra tarde con “Educar en el asombro. ¿Cómo educar en un mundo frenético e hiperexigente?” de Catherine L´Ecuyer publicado en Plataforma Editorial.

Supongo que al darle un vistazo el libro se posicionó, en mi mapa mental de libros interesantes, al ladito de uno de mis preferidos: el libro “Bajo presión” de Carl Honoré del que ya hice una pequeñísima mención en otro post. Pequeñísima e injusta mención pues es uno de mis libros de culto.

La relación entre sus autores no es geográfico-biográfica (Honoré es escocés transplantado a Canadá y L´Ecuyer canadiense transplantada a España) sino de mirada. Su forma de ver lo que estamos haciendo con esa cosa llamada infancia es muy similar.

Pero además la palabra “asombro” tiene para mí muchas connotaciones positivas.

Quizá porque me considero un tipo curioso. Pasivo, pero curioso. Contemplativo, por decirlo de alguna manera. Siempre he dicho que no me atraen los misterios del Universo cuando los de la Naturaleza Humana no hay quien los abarque.

Quizá también porque hace unos meses me quedé con la copla del librito de Rachel Carson (considerada la inspiradora del movimiento ecologista) titulado “El sentido del asombro” (Ediciones Encuentro)  en el que la autora (son palabras de una reseña en LLir) nos alienta a descubrir la grandeza de la naturaleza y, simultáneamente, a acompañar y a proteger a los niños en su capacidad para vivir asombrándose ante todo (la negrita sí es mía)

Quizá porque el asombro está muy conectado con la Belleza, la Verdad y la Bondad y siempre he pensado que los tutores de resiliencia inoculan belleza en el panorama sombrío de la víctima. O porque transmiten una buena noticia asombrosa “no todo es una mierda” (con perdón) “no todo está perdido”.

Quizá porque esto del asombro me recuerda el blog Intimidades de la post-adopción de Rosa Fernandez cuando cuenta maravillosas historias de sus hijos en las que ellos se asombran y sobre todo por el asombro con que ella los mira y nos lo cuenta.

Sea por lo que sea, el libro de Catherine me ha encontrado a mi. Yo soy uno de sus lectores predefinidos. No lo elegí yo a él. Me eligió el a mí.

Pero lo rechacé de momento (estábamos y estamos a final de mes). Pero siguió llamándome. Y esa noche lo hubiera comprado en edición digital si no hubiera sido porque he prometido no volver a comprar libros electrónicos con DRM de Adobe (Me apuesto que vas a tener problemas). Entro en Amazom porque estando igual de protegidos nunca hay problemas con la compra (tomen nota señores editores). Pero no está. Y me sigue llamando y dos días después vuelvo a la librería a comprarlo (Yo soy “asín”)

Y gracias al libro que me gritó desde la estantería de la librería he conocido el estupendo blog de su autora con un nombre también sorprendente: Apego & Asombro. ¡No puede ser! me decía a mi mismo… ¡pero si el apego es otro de mis temas de interés por excelencia! Y aunque al principio la mezcla de las dos palabras me sonó a “pegote” pronto me di cuenta de que tiene más miga de lo que parece.

¿A qué se dedican los niños con apego seguro cuando se encuentran al amparo de una de sus bases de seguridad? ¡A explorar! Y explorando a sorprenderse y asombrarse.

Creo que ha quedado claro que este libro y esta autora no los recomiendo sólo con el cerebro racional sino con mis dos hemisferios bien integraditos.

No vas a encontrar en él ni en ella muchos conocimientos científicos sino mucho sentido común. Pero del inoportuno, o mejor dicho del verdaderamente oportuno… como cuando nadie dice nada pero de repente alguien se atreve a gritar : ¿nos hemos vuelto locos o qué? y todos respiran con alivio porque alguien a dicho lo que muchos pensaban.

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Afectos y efectos

¿Puede un niño o niña querer a su madre o padre y preferir no vivir con ella o con él?
Desde luego si nos hacemos esta pregunta a nosotros mismos podremos descubrir que hay mucha gente a la que queremos con la que preferiríamos no vivir.
Parece ser que los vínculos afectivos, o al menos los que unen a los niños y niñas con las personas responsables de ellos y ellas, tienen más dimensiones de lo que parece a primera vista.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define “Afecto” como “cada una de las pasiones del ánimo, como la ira, el amor, el odio, etc., y especialmente el amor o el cariño”. Es decir que cuando hablamos de vinculaciones afectivas parece que estamos hablando de vínculos basados en emociones.

No cabe duda de que el ser humano es un ser afectivo. Somos seres racionales y emocionales pero sobre todo afectivos. La indeterminación con que nacemos nos hace dependientes de los otros para poder sobrevivir, lo cual requiere el desarrollo de una vinculación afectiva, con unos adultos “suficientemente disponibles y accesibles” como señalan Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan.

Así, a través de un apego que permita desarrollar una seguridad de base y la exploración del mundo que le rodea, el niño llegará a ser una persona capaz de vincularse y aprender en la relación con los demás.

Pero…¿Qué ocurre cuando el adulto que ha de proveer de afecto al niño (sentirse querido, amado,…) no lo hace en la forma, frecuencia e intensidad que garanticen el “efecto” deseado? ¿Puede un niño o niña de corta edad a un planteamiento como “mi mamá me quiere mucho, me ama, aunque no me dé de comer o me trate mal”?

No nos cabe duda de que un adulto si puede llegar a un argumento parecido (“me insulta porque soy todo para él o para ella”). Los adultos tenemos muchas opciones para atribuir intenciones al comportamiento de los demás y una gran habilidad para el autoengaño. Pero ¿puede un niño o niña pequeña desligar el afecto de su padre o su madre del efecto del trato de su padre?

Huyendo de posiciones “si A entonces B”, lo que nos lleva a pensar en interpretaciones no causales y no deterministas (como que si un niño no recibe de sus progenitores en forma e intensidad el afecto que precisa para su desarrollo será necesariamente un ser desgraciado) y partiendo de un posicionamiento realista como el que apuntaba José Ortega y Gasset, quien definía al ser humano con la célebre expresión “yo soy yo y mis circunstancias” (nos situamos siempre en un tiempo y en un lugar, en un contexto que nos influye, pero que no nos impide ser libres) podemos intentar analizar la relación entre afectos y efectos en las relaciones de apego.

Ese “yo”, al que se han referido desde hace mucho tiempo los filósofos, y que los científicos que estudian la conducta humana lo han llamado “la mente”, “la conciencia” o “el sujeto consciente” se construye de maneras diferentes en circunstancias diferentes.

El niño no es un ente pasivo, sino que desarrolla una conciencia de sí mismo y de los otros, piensa sobre sus sentimientos pero sobre todo siente la relación con el adulto de una manera u otra. Y en base a ello desarrolla modelos internos que le guiarán en sus relaciones con los demás.

Las circunstancias, el entorno, harán que dichos modelos internos sean más o menos adaptativos al desarrollar un estilo u otro de apego tras la “reflexión” interna de su experiencia. Y el resultado de esa relación vincular no va a estar genéticamente determinado “tener un hijo no le convierte a uno en padre de igual modo que tener un piano no te convierte en pianista”), sino que va a depender de la forma y las circunstancias en que se den los afectos y cómo estos sean sentidos.

Pero además, hay que tener en cuenta que las circunstancias del niño, si bien en los primeros años están más limitadas a sus figuras cuidadoras, estarán abiertas a lo largo de su desarrollo a la interacción interpersonal con los otros, que también serán proveedores y facilitadores de afecto y por tanto podrán actuar, si no contrarrestando el efecto de experiencias de negligencia o maltrato, ayudando al menos a desarrollar los recursos personales de forma adaptativa.

Así pues, cuando hablamos de vinculación ésta se encuentra relacionada con afectos y efectos de manera axiomática. Pero si nos fijamos especialmente en los segundos podemos encontrar metáforas quizá útiles para entender la vinculación afectiva de niños y niñas con las personas responsables de su cuidado.

En primer lugar podemos hablar de la vinculación “efecto invernadero”, propia de los niños con estilo de apego evitativo.

Sabemos que la Tierra está formada por una manta de gases que la protegen de las oscilaciones bruscas de temperatura. Esta capa de gases retiene el calor que garantiza la supervivencia, ya que, si no existieran, la temperatura descendería hasta 20º bajo cero. De igual modo, los niños con estilo de apego evitativo, se autoprotegen evitando o inhibiendo los elementos conductuales que buscan la proximidad con su figura de apego. Cuando las respuestas obtenidas por parte de éstas no sólo no satisfacen las necesidades afectivas del niño, sino que también son generadoras de estrés, angustia o dolor (mayor cantidad de radiación siguiendo la metáfora), la inhibición de sus conductas de apego le proporcionan una vivencia de seudoseguridad.

La inmensa mayoría de las plantas aprovecha el CO2 de la atmósfera para realizar el proceso de fotosíntesis en el cual la materia inorgánica se convierte en materia orgánica. Los niños con vínculos evitativos sin embargo se defienden del CO2 de sus padres (la negligencia) no esperando nada especial de ellos. Y por generalización, de nadie. Y así se encuentran bien. El exceso de luz (afecto) puede llegar a incomodarlos. O al menos, e inicialmente a desconcertarlos. No saben que hacer con él. Se desenvuelven mejor en las relaciones de poca intensidad, de baja luz, de penumbra… Aunque en apariencia puedan ser muy sociables y adaptativos (están muy bien con todo el mundo siempre que las relaciones no suban demasiado de intensidad) hay algo en su mecanismo de apego que no ha salido como debería.

Santiago tiene 8 años. Si su tutora tuviera que explicar como es diría de él que es un niño tranquilo, independiente e incluso trabajador. Cuando tiene un problema nunca pide ayuda, ya sea ésta de tipo académico como cuando tiene rencillas con sus compañeros. Sin embargo, en ocasiones tiene explosiones de ira por cosas que son aparentemente sin importancia, como cuando un niño en el patio pasó por su lado y le empujó sin querer, despertando en él una respuesta exagerada que acabó tumbando en el suelo a su compañero. Su madre dice de él que es muy reservado y que nunca cuenta lo que le pasa, que “se lo traga todo el sólo”. Cuando se le pregunta que en quien confía dice que en sí mismo, que no necesita contarle a nadie nada porque todo está bien. De pequeño estuvo con sus padres los dos primeros años hasta que tuvieron que entrar en prisión por un robo, pasando a vivir con unos tíos maternos hasta el año pasado. Esos dos primeros años de vida Santiago pasaba mucho tiempo en casa de unos amigos de los padres donde había otros niños. Aunque sus necesidades físicas en cuanto a higiene y alimentación estaban básicamente atendidas, no había ningún adulto sensible a sus necesidades afectivas, pasando mucho tiempo llorando sin que atendieran sus demandas, por lo que tuvo que desarrollar la estrategia de inhibir sus conductas de apego.

En segundo lugar podemos identificar la vinculación “efecto boomerang”.

Los aborígenes australianos descubrieron un arma arrojadiza que, por su forma y en determinadas condiciones de viento, dirección, etc. tenía la propiedad de que, si no alcanzaba el blanco, iba girando en el aire y acaba cayendo cerca de quien lo había lanzado, con las ventajas evidentes que esto suponía. Dadas estas propiedades tan curiosas, el boomerang, hoy en día se ha convertido también en un entretenimiento e incluso en un motivo de competición.

Los niños con un apego ansioso ambivalente lanzan de manera continuada llamadas de atención a los adultos encargados de su cuidado, esperando que ese lanzamiento en busca de afecto les sea retornado… Estos niños esperan de manera incansable la llegada de un afecto que no está siempre de forma consistente y predecible, generando así sentimientos de frustración y de rabia que alientan una y otra vez al niño a seguir lanzando “por si acaso retorna”.

Se deberá ayudar a estos niños o niñas a diseñar unas palas para que su boomerang alcance un vuelo majestuoso así como controlar las corrientes de aire que permitan un perfeccionamiento (resiliencia secundaria) y con él una mayor precisión en el lanzamiento, así como la búsqueda de espacios abiertos donde éste sea más seguro.

Amparo, de 6 años, tiene desde hace mucho tiempo un comportamiento preocupante. Su abuela, con la que está en acogimiento desde hace año y medio, se encontraba con ella en un centro comercial y de repente dejó de verla por unos momentos. Cuando la encontró después de buscar ansiosamente alrededor, comprobó que se encontraba a unos metros abrazada a una mujer que le había dicho que tenía un pelo muy bonito. Ana busca en sus relaciones con los adultos el que estos le hagan caso y para ello no duda en lanzar numerosas sonrisas ni desaprovechar la ocasión de elogiarles. Su estrategia de acercamiento es la seducción, la búsqueda de una mirada, un gesto o una palabra que le hagan sentir que se han dado cuenta que ella está ahí. De pequeñita, cuando nació, su mamá padeció depresiones recurrentes que la mantenían postrada durante un tiempo. Relatan de Ana que tenía un carácter difícil, muy demandante, que sus movimientos corporales mostraban rigidez muchas veces como si estuviera siempre enfadada. En los períodos en que su madre estaba más disponible para la niña, tenía un fuerte sentimiento de culpa por no poder cuidarla cuando estaba enferma, y entonces permanecía pegada a ella todo el tiempo, cogiéndola, acostándola en su misma cama. La separación de su marido fue un duro golpe para la mamá de Amparo y requirió una hospitalización, por lo que se acordó con la familia que la abuela acogiese por un tiempo a la pequeña. Desde que está con ella hay una pregunta que incesantemente realiza, incluso también a los profesores del colegio: ¿”Tú me quieres”?

Otro tipo de vinculación identificada es la vinculación “efecto dominó”.

En la seguridad industrial se denomina “efecto dominó” a la concatenación de efectos que multiplica las consecuencias, debido a que los fenómenos peligrosos pueden afectar, además de los elementos vulnerables exteriores (daño físico), otros recipientes, tuberías o equipos del mismo establecimiento o de otros establecimientos próximos, de tal manera que se produzca una nueva fuga, incendio, reventón, estallido en los mismos, que a su vez provoque nuevos fenómenos peligrosos.

Los niños con apego desorganizado han vivido situaciones como hambre, aislamiento, falta de estimulación y/o muchos cambios de cuidadores o malos tratos físicos por lo que no han podido desarrollar una relación positiva, continua y estable en el tiempo con una figura adulta. Por ello, la falta de seguridad de base, unida a la ausencia de regulación emocional (no le enseñaron como hubieron de hacerlo) y la vivencia de sentir el entorno como algo hostil, hacen que la estabilidad de todos sus sistemas (cognitivo, emocional, físico, etc.) se tambaleen continuamente como las fichas de dominó.

Luis es un chico adoptado de 14 años. Pasó cuatro años en un orfanato de otro país, después de haber sido retirada la custodia a sus padres por los servicios sociales cuando él tenía tres años. Hasta ese momento, fue testigo de continuas discusiones y conflictos. Ambos eran toxicómanos y pasaban mucho tiempo yendo de un lado a otro, de manera itinerante, buscando un lugar donde estar. Cuando se personaron en la casa los servicios sociales tras la denuncia de una vecina, encontraron que el niño se encontraba en un estado deplorable, falto de higiene, desnutrido. La adopción le ofreció una nueva oportunidad, un entorno de afecto y seguridad, pero… sus padres adoptivos están asustados por la conducta de Luis. Al principio la adaptación pareció ser buena, mostrándose cariñoso y obediente, pero pronto aparecieron los problemas en forma de conducta muy irritable, comportamientos agresivos hacia su madre, trastornos del sueño, etc. En el colegio no tardaron en aparecer los problemas, principalmente por su falta de empatía cogiendo a los demás sus cosas o insultando, negándose a trabajar. Además parecía no aprender lo que se le enseñaba en cuanto a hábitos y normas. Cada día era la misma cantinela conseguir que se vistiera solo, que desayunara tranquilo, que recogiera sus cosas, que estudiara… Era como si una y otra vez se borraran de su mente los mapas mentales que le podían guiar para tener una vida organizada. Todo ello llevaba a continuas discusiones en casa, a conflictos que se fueron agravando con su entrada en la adolescencia.

Estos tres tipos de efectos ejemplifican los principales tipos de apegos no seguros pero también hay un efecto que provoca niños con apegos seguros. Encontramos así la que podemos llamar vinculación “efecto mariposa”.

En el desarrollo de la mariposa, al igual que ocurre en el ser humano, tiene lugar la sucesión de una serie de cambios fundamentales: huevo, oruga, crisálida y adulto. Tanto en uno (el niño) como en otra (la mariposa), el conocimiento por parte de los progenitores de las características de estas etapas dan lugar a un crecimiento armonioso, progresivo, fortalecedor. Si las mamás y papás mariposa pudieran dar un consejo a los humanos seguramente dirían que es fundamental no tener mucha prisa ayudando a cortar el capullo antes de que las alas estén suficientemente formadas y preparadas para volar, al igual que no es adecuado para la crisálida sujetar fuertemente la estructura protectora ya que de este modo las antenas no podrán percibir las señales del entorno que marcarán posteriormente su ruta de viaje.

Además, señalarían la importancia de las primeras fases del proceso porque es cuando se va formando lo que luego será el increíble ejemplar adulto, por lo que habrán de buscar un lugar seguro, protegido de peligros, con el suficiente calor para mantener al pequeño gusano en las condiciones más óptimas, atender al lenguaje no verbal de las crías, etc. Este proceso en el que tiene lugar la transformación llamada metamorfosis (resiliencia primaria) es sin duda la vinculación afectiva y efectiva más valiosa, ya que provee de unos patrones seguros para lograr que emerjan los colores más vivos y vistosos así como unas amplias alas que les permitan explorar el territorio.

En definitiva, la vinculación mantiene una relación intrínseca con efectos y afectos, en la que no sólo ocupa un papel muy importante el entorno o circunstancias en las que se den (adulto) sino también la actuación activa de un yo infantil que mentaliza, opera y siente en relación consigo mismo y a los otros.

Estas metáforas tienen la utilidad no solo de ayudarnos a entender los procesos de vinculación afectiva sino también de orientarnos en los procesos de ayuda terapéutica a estos niños: provocar procesos capaces de lograr transformaciones actuando sobre algunos efectos perversos y modificando las circunstancias.

En definitiva podemos entender el trabajo terapéutico como un proceso de fotosíntesis (en el caso de los niños evitativos), de perfeccionamiento de la demanda de afecto (en los niños ambivalentes) y de reparación (en los apegos desorganizados), siempre teniendo como referencia el proceso de transformación (metamorfosis) que convierte a un gusano en mariposa y a un o una menor necesitados de protección en un adulto que será capaz de dar seguridad a sus propios hijos e hijas.

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Imagina, por favor, esta escena.

La familia de, llamémosle Eusebio, de 4 años, ha venido a visitarlo al centro de menores donde está ingresado desde hace 15 días. Su mamá, con una cierta limitación intelectual; su hermana de 14 años (ídem), unos tíos y una hija de éstos.

Imagina al grupo sentado en una bancada de obra, uno al lado de otro y, en el centro Eusebio, encima de su madre que le abraza, le besa continuamente y le susurra al oído.

Mientras tanto los otros niños del centro corren por el patio. Algunos en bicicleta. Los más pequeños en “correcalles”. Juegan, ríen.

También debes imaginar un par de grupos más de padres e hijos en un día habitual de visita.

No sé que te parece a ti pero a mi me parecería la mismísima imagen del amor materno.

El problema es que yo la vi (en mi imaginación, claro) y seguí viendo la misma escena a los 10 minutos (imaginados, claro). Y a los 30. Y a la hora. Eusebio sigue abrazado por su madre. A la hora y media los familiares se salen fuera. Un cigarrito y un “habráqueirse¿no?”. A las dos horas me imagino que le digo a la madre de Eusebio que es la hora de las duchas. El niño llora y la madre no encuentra el momento de soltar a su hijo. Incluso en la puerta un familiar le insta para que se separe de él.

Y en mi imaginación de que soy el psicólogo del centro imagino qué habrá pensado Eusebio mientras estaba encima de su madre. Me vienen a la cabeza varias posibilidades pero no puedo dejar de apostar por una:

“¡Jo! ¡Como me quiere mi mamá!… ¡Si me voy a jugar la mato!”

 

Y aceptando esta posibilidad recuerdo (en la imaginación) el día que Eusebio llegó al centro. Imagino que la persona encargada de atenderles no estaba y que les atendí yo.

Eusebio vino colgado de su madre como una cría de Koala a la suya. De tal modo que la entrevista de ingreso hubo que hacerla con él presente. Al acabar y con la intención de “despegarlo” les propuse imaginariamente enseñarles el centro.

Y sí. Hubo dos momentos en que Eusebio espontáneamente se despegó y se fue a jugar con dos niños de su edad que esa mañana estaban en el centro. Iba pero siempre acababa volviendo al regazo de su madre.

En aquel momento imaginado pensé que el niño se había despegado porque habíamos conseguido distraerle.

Pero después de imaginar la escena de las dos horas de visita empiezo a sospechar que ocurrió otra cosa. Que fue Eusebio quien aprovechó dos momentos en que su madre estaba distraída viendo el centro para irse a jugar.

¡Que cosas se me ocurren!¡Ni que una madre pudiera necesitar más a su hijo que lo que éste la necesita a ella!

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Quien ha perdido el tiempo navegando por este blog quizá haya descubierto que llamo “Niños Perdidos” a los niños que han tenido que ser separados de sus padres porque estos no SABEN, PUEDEN o QUIEREN cuidarlos adecuadamente. Y en especial a los que viven en centros.

Todo viene de que en el libro “Peter Pan” los Niños Perdidos eran aquellos niños que se habían caído del carrito cuando sus nanas les paseaban y que nadie los había reclamado (eran niños porque las niñas son más inteligentes y no se caen). Así que los niños perdidos eran enviados a la isla de “Nunca Jamás” y allí vivían jugando y haciendo tropelías. Vivían bien pero, al parecer, echaban de menos los cuentos que sus mamás les contaban por las noches…

… ¿Todos? ¿Es posible que alguno de ellos quisiera vivir siempre en “Nunca Jamás”? (viviendo y durmiendo a cielo abierto porque arropado por una mamá que le cuenta un cuento se siente agobiado)

O lo que es lo mismo–. ¿Es posible que un niño o niña – aún no siendo muy mayor- se encuentre mejor en un centro que en una familia? O de otra manera… ¿es posible que un niño o niña no encuentre su sitio en una familia y se maneje perfectamente en contextos vitales (colegio, centro…) donde las relaciones son “poco profundas”?

Me atrevo a contestar que sí. Y digo “me atrevo” porque aunque en la literatura sobre apego se describen trastornos y síndromes en este sentido, cuesta creerlo.

Yo recuerdo a P. Una niña encantadora que con 11 años seducía a todo el que la conocía. Guapa, inteligente, siempre sonriente, educada y que hacía sentirse a todos lo que le trataban como si fueran únicos para ella.

P. se había criado en un orfelinato de un país del este. Al parecer allí había descubierto que siendo amable con los y las educadoras conseguía beneficios o un mejor trato que el resto de niños y niñas. Por eso cuando llegó a mi centro era capaz de ofrecer a los y las profesionales del mismo bombones (de los que le habían regalado a ella cualquiera de sus “seducidos”). Eso sí, nunca se los ofrecía a otros niños o niñas.

Ya en el centro comprobamos como varias personas que conocieron a P. llegaron a convencerse que la vida o el mismísimo Dios les había puesto en su camino a P. para que la rescataran. Lo que no sabían era que al darse la vuelta P. trataba exactamente igual a cualquier otro adulto.

Porque P. era capaz de, nada más conocer a una persona (adulta), interesarse por ella (“Eso en lo que trabajas debe ser muy difícil”, “Cómo te encuentras?”…) Se invertían los roles. La niña se interesaba por el adulto y no al revés. Y entonces la gente quedaba fascinada por la niña. (¡Se ha fijado en mí!… Entonces… ¡yo debo ser importante para ella!).

Si la relación se desarrollaba más allá del encuentro puntual y se mantenía en el tiempo lo que ocurría es que tarde o temprano, si la persona adulta no servía a P. para sus intereses materiales o concretos, podía ser rechazada o ignorada con la misma rapidez que había sido deducida. Resultado: un reguero de cadáveres afectivos a sus espaldas.

Sé que puede costar creer que esto pueda ser así. Lo acepto. Quizá las cosas no fueron como las cuento sino que yo las interpreté así. Pero desde entonces cuando leo que existe un “síndrome de sociabilidad indiscriminada”, que se da en algunos casos de niños o niñas que han pasado una etapa crítica de su infancia en una institución, yo… me lo creo…  porque ,e acuerdo de P.

Pero ¿puede que haya conocido otro caso – no tan exagerado – pero de un niño más pequeño? ¿Puede ser que Q. – no es u inicial verdadera – pueda haber interiorizado como su ambiente “natural” un centro – en el que vivió entre los 2 y los 5 años más o menos – y esté “averiado” para vivir en familia?

No todos las personas adultas toleramos los mismos niveles de intimidad. Algunas se sienten agobiadas sin espacios vitales propios y huyen ante la más mínima señal de invasión de los mismos. Otras se sienten desoladas (nunca mejor dicho) sin compartir todo con alguien.

¿Y los niños? ¿Por qué damos por hecho que todos quieren, deben y pueden recibir afecto?

Creo que Q. puede estar en la actualidad en un centro, no porque su familia de acogida no supo quererlo, sino porque quizá no pueda, quiera o sepa ser querido de la misma manera que la mayoría de los niños o niñas.

Tendré que repasarme las entradas de Buenos Tratos (blog de José Luis Gonzalo) o releerme su libro para averiguar si es posible que Q. se sienta mejor saltando y corriendo de un lugar a otro, y de una persona a otra, en su centro (“Nunca Jamás”) en lugar de ser arropado por una “mamá” o “papá” que le cuenta cuentos… Y le asfixia.

Se aceptan y ruegan comentarios.

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Una de las primeras cosas que aprendí cuando me interesé por las Teoría del Apego (al empezar a trabajar en protección de menores) es que Bolwby, uno de los autores más destacados, decía que la conducta de apego se daba “desde la cuna hasta la sepultura”.

Sin embargo me sorprende que, en el mundillo de la intervención social, sólo oigo hablar de apego cuando nos referimos a la relación de los niños con sus cuidadores. Puedo oír y decir frases como: “Este niño muestra un estilo de apego evitativo” o “La abuela materna parece ser una base de seguridad para el niño”

Pero nunca he oído cosas como: “La trabajadora social municipal es una persona huidiza y le cuesta empatizar con la usuaria” o “El psicólogo del centro se implicó mucho con el menor hasta que esté le defraudó” o “El potencial acogedor muestra un estilo de apego ansioso que puede ocasionarle problemas para dar seguridad al niño acogido”

Al parecer Bolwby no tenía razón y los estilos de apego no duran toda la vida sino que uno se deprende de ellos cuando se hace adulto. O, al menos, profesional de la intervención social.

No estoy confundiendo apego con vinculación. Como Jorge Barudy explicaba hace poco en Castellón, la relación entre un niño y su cuidador no es recíproca. La conducta de apego del niño es la que explica la ligazón del niño con alguien que le da seguridad al dar una respuesta sensible a sus necesidades. Pero la relación del adulto hacia él no está basada, lógicamente, en la seguridad sino en el deseo de “ocuparse de”. Yo soy la base de seguridad para mis hijos (espero) pero ellos no son mi base de seguridad.

Pero yo también tengo mis bases de seguridad. Mi mujer, mi madre (cuando vivía y a pesar de que los hijos ya la cuidábamos a ella), mis hermanos, mi suegra (abstenerse graciosillos), algunos amigos íntimos… El apego es sólo una cara de la moneda (yo necesito fuentes de seguridad) pero la otra es la de dar  seguridad, preocuparse, interesarse por el otro….

Pero la primera cara (mi historia de apego) va a condicionar mi forma de posicionarme ante el mundo y ante los demás. Si mi estilo, por mi historia, es evitativo querré relacionarme pero necesitaré mantener una zona amplia de intimidad o independencia y me sentiré incómodo en el compromiso personal. Y esto a su vez condicionará mi manera de entregarme a los demás.

¡Anda! ¿Y si Bolwby tenía razón? ¡De la cuna a la sepultura!

Tuve un libro estupendo (que fue dejado y no devuelto) de David Howe, llamado “La teoría del vínculo afectivo para la práctica del trabajo social” (Ed. Paidós, 1997) que trataba (y conseguía) hacernos ver como los usuarios adultos de servicios sociales tienen sus estilos de apego que explicaban su posición ante los profesionales. Pero también que los profesionales tienen sus estilos de apego que explican su forma de posicionarse frente a los usuarios.

Pero este libro es ya difícil de encontrar así que tengo que recomendar otro libro muy distinto pero que nos hace ver que seguimos teniendo un estilo de apego aunque estemos (como en mi caso) más cerca de la sepultura que de la cuna.

Se trata de “Maneras de Amar” (título original: Attached) de Amir Levine y Rachel Heller en Ediciones Urano. Puedes acceder aquí las 27 primeras páginas que la editorial permite descargar.

En el libro los autores analizan los  tres principales «estilos de apego» que define la teoría del apego (seguro, evitativo o ansioso)  en relación a las maneras que tienen las personas de percibir la intimidad y de responder a ella en el seno de la pareja.

A grandes rasgos, las personas  seguras  se sienten a gusto en situaciones de intimidad y suelen ser cálidas y cariñosas; las ansiosas anhelan la intimidad, tienden a obsesionarse con sus relaciones y acostumbran a dudar de la capacidad de su pareja para corresponder a su amor; las evasivas, en cambio, equiparan la intimidad con una pérdida de independencia y se esfuerzan constantemente en evitar el acercamiento. Por ende, los individuos que encajan en cada uno de estos tres estilos difieren en:
• Sus ideas de intimidad y de relación.
• La forma de reaccionar ante el conflicto.
• La actitud hacia las relaciones sexuales.
• La capacidad para expresar sus deseos y necesidades.
• Las expectativas que tienen de la pareja y de la relación.”

Es un libro muy ameno y entretenido. Incluso recomendable para aquellas personas “sentimentalmente en activo”. Pero dado lo poco que existe en castellano sobre apego adulto, también recomendable para analizar como el estilo de apego de un profesional (o un usuario de los servicios sociales) puede influir en su trabajo cotidiano. Bastaría cambiar algunas palabras y tendríamos….

Por ende, los profesionales de la acción social que encajan en cada uno de estos tres estilos  difieren en:

  • Sus ideas sobre la relación de ayuda.
  • La forma de reaccionar ante el conflicto.
  • La actitud hacia las relaciones profesionales (con clientes y compañeros).
  • La capacidad de expresar sus deseos o necesidades. 
  • Las expectativas que tienen de él/la usuario/a y de la relación con él/ella.
Bueno. Si has llegado al final y te ha interesado el este tema, por favor no seas evitativo/a y manda un comentario. Gracias.

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