Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Conceptos’ Category

Los hermanos Taylor-Rosenthal nacieron en Colorado (EEUU) a finales del siglo XIX. Se obsesionaron con la idea de conseguir volar hasta llegar a construir un artefacto a motor para ello. Sin embargo no pasaron ni a la historia de la aviación ni de la humanidad porque tenían tanta fe en su éxito que probaron el mismo lanzándose directamente sobre el Gran Cañón.

Por el contrario los hermanos Wright fueron mucho más escépticos sobre si mismos e hicieron innumerables pruebas hasta conseguir los primeros vuelos controlados de un ser humano.

Las dos parejas de hermanos, suponiendo que la primera existiera (¿puedes acaso negarlo?) fueron optimistas. Los cuatro se enfrentaron al reto con la idea de que era posible conseguirlo. Nadie les obligó a ello y si lo hicieron era porque pensaban que se podría conseguir. La diferencia es que los Taylor eran optimistas crédulos y los Wright eran optimistas escépticos.

Este cruce de la dimensión Pesimismo-Optimismo con la dimensión Credulidad-Escepticismo la he descubierto gracias a una referencia, en el newsletter de Adam Grant, a un artículo de Shane Snow. Este es un escritor de la corriente, cada vez más de moda, llamada de Contraintuición. Periodista, escritores, economistas que se dedican a descubrir fenómenos paradójicos de la vida.

Como cuando Malcolm Gladwell argumenta que la mejora de la calidad del aprendizaje gracias a la reducción de la ratio de alumnos y alumnas tiene un límite (y responde a una curva en forma de U invertida) de forma que una clase con un profesor y cinco alumnos no garantiza mejor aprendizaje que una clase con un profesor y diez alumnos (y lo argumenta)

Otro libro de Contraintuición

La hipótesis de Snow es que los grandes personajes que han innovado de forma indiscutible en la historia reciente de la humanidad han sido más optimistas escépticos que optimistas crédulos. Ha habido muchos de estos últimos que han podido triunfar (también lo han hecho pesimistas recalcitrantes) pero habrá que atribuirlo más a la fortuna o, en todo caso, su éxito quizá no haya aportado mucho a la sociedad, sino sólo a ellos mismos o a un pequeño grupo a su alrededor.

Sin embargo, el optimista escéptico es la persona que se cuestiona el status quo, desea cambiarlo y, para ello, también se cuestionará o dudará de cualquier idea que ella misma tenga al respecto. No dirá simplemente: “Lo que se me ha ocurrido es estupendo”. Sino que se planteará todas las dudas posibles sobre sus propias ideas y las pondrá a prueba una y otra vez.

El conocido chiste del hombre de Fe que espera ser rescatado por Dios mismo en una inundación ejemplificaría el optimismo crédulo. Sin embargo si fuera optimista escéptico no habría rechazado subirse a la primera lancha salvavidas.

Este matiz, esta doble dimensión, me parece que es la misma que nos permite diferenciar entre el positivismo, estúpido y perverso en mi opinión, que muchas veces se nos vende (si se quiere, se puede) de la esperanza realista que muchas veces se asocia a la resiliencia.

Boris Cyrulnik cuenta que cuando se escapó del campo de concentración por azar se generó en él la idea de que si había salido de esa situación podría salir de cualquier otra que le ocurriera en un futuro. Pero el niño Boris no se dedicó a dirigirse a todos los soldados alemanes que se encontraba insultándoles o tirándoles piedras. Ni cuando fue joven se tiró por una ventana confiando que una rama o un toldo le protegería de morir estampado contra el suelo.

O desde el otro lado: Cuando la víctima está noqueada por la tragedia es probable que entre en una postura de pesimismo crédulo (nada será igual) Hasta que poco a poco (y probablemente por una acción desde el exterior) pase a un pesimismo escéptico (nada será igual… o quizá sí) y así hasta rehacerse o retomar el (u otro) camino.

Así que les pido a los gurús del positivismo que no invoquen a mi credulidad. Y lo digo en una semana, santa para mi, no por mi fe ciega sino quizá, y precisamente, por mi poca fe.

 

Read Full Post »

Los post-ecillos suelen ser el resultado de un impulso. Peo este lo es de una frustración.  Llevo la idea de este post desde hace semanas pero cada vez que intento desarrollarlo acabo enredándome y lo desvirtúo o acabo en otro sitio. Voy a intentar que la brevedad me sirva para domarlo. El Encantador de perros me ha enseñado que un toque suave, pero firme y oportuno es lo más eficaz para reconducir la actitud de mi perro.

El eje principal del relato corto de Philip K. Dick “The minority report“, y de la película del mismo nombre, es la existencia de tres humanos con poderes de precognición que son empleados para predecir crímenes inminentes y detener y castigar a los autores antes de que los cometan.

Resultado de imagen de minority report

El criterio para dar por válida una precognición es que al menos la tengan dos de los tres precog. Un procesador conectado a sus cerebros avisa de un crimen cuando éste ha sido visualizado por dos de ellos y por lo tanto siempre se desprecia el informe de la minoría, sea positivo o negativo.

Todo lo contrario de lo que hicieron Werner y Smith en su famoso estudio y artículo que supuso el salto del concepto resiliencia a las ciencias sociales. En lugar de descartar el informe de la minoría (el tercio de niños vulnerables que sin ayuda sistemática llegaron a ser adultos sanos y socialmente adaptados) tuvieron el acierto de hacer caso al informe de la minoría. Una genialidad que nunca podremos acabar de agradecer.

Pero de ahí a pensar que la resiliencia es el informe de la mayoría va un trecho. Y me temo que, sin maldad por parte de unos y por insensatez u oportunismo de otros, se está difundiendo la resiliencia como si fuera un fenómeno normal. Creo que es fundamental parar esta, a mi entender, locura.

Aunque desvele parte del final del relato o de la película debo añadir que la trama se basa en que una persona con poder de acceso al sistema de los precog, teniendo intención de cometer un asesinato, borra la precognición de uno de los dos que la han tenido de forma que su crimen pasa a ser el informe de la minoría y, por tanto, a descartarse.

Me temo que gracias a la puesta de moda de la resiliencia, y la ola de positivismo descontrolado en la que estamos, hemos rebajado el dato de los dos tercios de las personas que, sin ayuda, no vuelven a levantar cabeza tras una desgracia.

Cómo ahora se vende que uno puede resistir y rehacerse si le sale de las narices, ya no hay víctimas ni personas desafortunadas (sólo idiotas). Y si no hay víctimas no hay verdugos. Hemos borrado así parte de la precognición de las secuelas del maltrato; de los dramas que una sociedad injusta provoca; de los cambios estructurales y relacionales que necesitaríamos…

Prácticamente termino afirmando y defendiendo que la resiliencia, mi admirada resiliencia, es el informe de la minoría y no de la mayoría.

Me fastidia mucho tener que decir lo anterior porque creo que también hay quienes usan el informe de la mayoría para su propio beneficio y que existe un mercado de la desgracia (podría ejemplificarlo pero me desviaría). Pero ni una cosa ni la otra.

El informe de la minoría no es simplemente asombroso, desconcertante, esperanzador. Es muy útil. Muchísimo. Y probablemente los avances sociales siempre han empezado por el informe de una minoría.

Tampoco es difícil encontrar ejemplos en los que se evidencia que una mala gestión de la mayoría de la dignidad de una minoría puede llevar a que se inviertan las tornas.

A modo simplemente de ejemplo (me desviaría si lo analizo): muchos aseguran que el sentimiento independentista en España, en principio minoritario, ha crecido en función de la respuesta desafortunada del gobierno elegido por la mayoría. Y otros piensan, y es compatible con lo anterior, que los lideres del independentismo están tensando el conflicto para conseguir dejar de ser minoría.

Concluyo: ignorar el informe de la resiliencia es un error de bulto. Pero alterar el informe de la mayoría puede ser perverso y contraproducente.

Queda analizar mejor la utilidad del informe de la minoría (pero me desviaría) de la resiliencia.

Creo que lo he logrado. Voy a publicarlo.

Read Full Post »

En el post que publiqué el domingo pasado hice una NO-reseña de la película Invencible (Unbroken). Le llamo así porque en él señalaba que la misma me estimuló más por lo que no contaba que por lo que veíamos en ella. Así que he ido a la fuente que es el libro de Laura Hillenbrand (Inquebrantable en Ed. Aguilar y cuyo título original es Unbroken: A World War II Story os Survival, Resilience and Redemption). He disfrutado tanto o más de su lectura (de los capítulos de infancia y post-liberación) como de la película.

Pero antes de hacer algunas reflexiones es preciso aclarar que el libro es el fruto de siete años de dedicación de su autora. La lista de agradecimientos a todas y cada una de sus fuentes de información es apabullante. Sólo con ella podría justificar el libro pero si se le añade que mantuvo 65 entrevistas con Louis Zamperini podemos entender que este mismo bromeara: Cuando quiero saber lo que me pasó en la Segunda Guerra Mundial se lo pregunto a Laura.

 La resistencia lo es hasta que no lo es.

Si sólo vemos la película, que acaba con el reencuentro con su familia, podemos concluir que Zamperini  fue efectivamente “unbroken” (inquebrantable o invencible) pero cuando seguimos leyendo su historia descubrimos pasajes como estos (y son sólo una pequeña muestra) :

“Pronto comenzó a beber tanto que se quedaba inconsciente”

“La ira comenzó a consumirlo. Una vez gritó a un hombre por cruzar demasiado lento frente a su coche y el hombre terminó por escupirle. Louie subió el coche a la acera, salió y golpeó al hombre hasta dejarlo tirado mientras Cynthia– su mujer- gritaba que se detuviera ya. En otra ocasión, cuando un hombre dejó que la puerta de un bar se abatiera sobre él sin querer, Louie lo provocó hasta protagonizar un penoso incidente en que restregó el rostro del supuesto infractor contra la tierra”

“Cynthia estaba desconsolada al ver al hombre en que su marido se había convertido. En público su conducta daba miedo y era vergonzosa. En privado solía mostrarse susceptible y duro con ella”

“En Hollywood Louie bebía aún más. Nadie podía llegar a Louie porque en realidad nunca había vuelto a casa. En la prisión había sido golpeado hasta caer en una obediencia deshumanizada, en un mundo gobernado absolutamente por el Pájaro – como los presos llamaban al militar japonés al mando y que se ensañó con él –, y Louie seguía viviendo en ese mundo. El Pájaro – Mutsuhiro Watanabe – se había llevado su dignidad, dejándolo humillado, avergonzado e impotente. Así, Louie creía que sólo el Pájaro podía restaurarlo si sufría y moría en sus manos (…) Durante la guerra el Pájaro no había permitido que Louie escapara de sus manos; después de ésta, era Louie quien no podía soltar al Pájaro”

La película no muestra esto, ni tampoco los subtitulos finales hacen mención a esta etapa de su vida. Saltan al segundo resurgimiento señalando que rehízo su vida y que viajó a Japón y perdonó en persona a sus captores. No pudo hacerlo con El Pájaro porque este se negó.

Pero la verdad es que, como es normal y se ejemplifica con los fragmentos anteriores, Zamperini sí se quebró psicológicamente y fue vencido porque ya liberado siguió preso de sus pesadillas con El Pájaro, su principal captor.

De hecho tengo que decir que la parte que la autora dedica a explicar los efectos del estrés post-traumático es de lo mejor que he leído nunca al respecto. Tanto que debería ser de lectura obligada para cualquier persona que se dedique a ayudar, no a víctimas de guerra, sino a cualquier persona, incluidos niños y niñas, que haya sufrido malos tratos. Los ejemplos de cómo estímulos aparentemente inocentes “gatillaban” la reacción automática de miedo o defensa son impresionantes.

Particularmente admiro más a Zamperini cuando descubro que su perdón no fue neurosis ni alienación, sino camino para la liberación.

Resistencia y resiliencia son antagónicas.

Porque la resistencia significa aguantar, no bajarse del burro, insistir… pero la resiliencia significa cambiar de rumbo, dejar de empeñarse, ser flexible, re-surgir.

Efectivamente, Zamperini resistió un naufragio de más de un mes y resistió las torturas y malos tratos durante meses.  Pero como decía Iñigo en un comentario al anterior post resurgió dos veces. Gracias al atletismo, de una infancia y pubertad al margen de lo exigido por la sociedad y resurgió a la vida tras varios años de estrés post-traumático y alcoholismo.

Resistió o, mejor, sobrevivió (el survival del título en inglés) donde no tenía otra opción: en mitad del océano y siendo prisionero. Pero resilió (si el verbo existiera) en dos momentos de su vida donde, estando abocado al desastre,  pudo cambiar de rumbo.

La primera cuando pasó de llamar la atención de todo el mundo con sus constantes conductas asociales a buscar la atención de sus conciudadanos destacando en un deporte. La segunda cuando pudo releer su trágica historia para dejar de verse como víctima y verse como afortunado.

El sentido o significado aparece muchas veces por un cambio de mirada: de los demás hacia nosotros o de nosotros a nuestra vida.

La resiliencia se detecta alrededor de un punto de inflexión

Es curioso, pero el hombre puesto en una situación límite puede resistir más allá de él. Y eso es una virtud, algo admirable. Pero el hombre libre abocado al desastre también puede empeñarse en seguir y seguir en el mismo camino. Se pierde por no detectar el límite. Tan admirable como superar el límite es saber encontrar el límite.

Ser capaz de discriminar que un camino es intransitable o que no lleva a nada bueno es para mí la clave de la resiliencia. Zamperini, con ayuda de personas que lo querían, pudo bajarse de un tren y tomar otro en el sentido contrario o con otro rumbo (cosa que hizo literalmente cuando como adolescente obstinado se marchó de su casa ante la mirada angustiada de sus padres)

Resurgir no es surgir en el mismo sitio y de la misma manera que antes. Resurgir es volver a surgir (aunque sea en otro lugar o de otra manera).

La clave no es contar ni no contar, sino contar en su justo momento o tiempo

Siempre he utilizado la comparación que hace Cyrulnik de los porcentajes de trastornos mentales entre los soldados supervivientes de la II Guerra Mundial y de la guerra del Vietnam. Fue mucho mayor en los segundos porque fueron tratados como asesinos a su regreso y tuvieron que permanecer en un silencio devastador.

No fue el caso de Zamperini que fue recibido como un héroe e invitado constantemente a contar su historia. Esto podía ser sanador. Pero justo eso fue, según Hillenbrand, lo que le abocó a la bebida.  Tener que enfrentarse constantemente a la recreación (que no recuerdo, como bien señala la autora) de los malos tratos le llevó a encontrar en el alcohol un anestésico.

Mucho más tarde, en su segundo resurgimiento:

“Louie iba alegremente por el mundo relatando su historia a auditorios maravillados”

Contar su historia lo acabó matando en un momento dado y en otra lo salvó.

En diciembre les decía a familias acogedoras en Albacete que los niños acogidos necesitan poder hablar de su historia familiar pero que hay que tener una sensibilidad extrema para saber cuando es el momento de favorecerlo y cuando hay que respetar su silencio.

Quiero pensar, como no, que la experiencia de Zamperini nos aconseja lo mismo.

Lo que ayuda a la resiliencia en una ocasión puede no hacerlo en otra.

Zamperini encontró (gracias a su hermano, a una humillación ante unas compañeras y a descubrir una habilidad especial) el atletismo como punto de apoyo (que dirían José Luis y Gema de ADDIMA) para cambiar de trayectoria.

Cuando regresó de la guerra y empezó a verle las orejas al lobo intento agarrarse a él y volver a la alta competición. Es cierto que las secuelas físicas de las torturas recibidas acabaron por impedírselo. Pero incluso antes de llegar a ese punto:

“… el atletismo no era igual que antes. Lo sentía forzado y no liberador como lo había sido en un principio. No sentía alegría alguna al correr”

Esta es la belleza de los tutores de resiliencia. No se pueden crear. Surgen cuando menos te lo esperan y no estarán ahí para siempre. Por eso hay que esperarlos. Porque no los podemos atrapar.

La resiliencia es restitutiva

El Louie adolescente era mal visto por la práctica totalidad de sus conciudadanos en Torrance. No sólo había sido marginado por su origen italiano sino que ya se había encargado él mismo con sus robos y tropelías que así fuera. Pero cuando se transformó en un deportista de élite y llegó a participar en los Juegos Olímpicos la ciudad de Torrence pasó del odio a la exaltación. De alguna manera con la fama restituyó a sus vecinos todo lo que les había quitado.

Cuando Zamperini se liberó del estrés post-traumático, rehizo su matrimonio roto, y encontró un sentido a su vida se dedicó a un proyecto social muy concreto: creó un campamento para chicos y jóvenes con problemas de marginalidad. Durante años se implicó totalmente y compartió horas y horas con ellos. Cerró el círculo. El niño que fumaba desde los cinco años, bebía alcohol desde los siete, y robaba sin parar acabó dedicando su vida a intentar ayudar a chicos como él.

La resistencia aguanta el mal. La resiliencia lo transforma en bien.

¿Se entiende porque la lectura de lo que no sale en la película me ha emocionado más que lo que sí sale?

Quizá me esté haciendo mayor. Pero siempre hay esperanza…

Zamperini aprendió a ir en monopatín a los 70 años.

 

Read Full Post »

En cada post que publico la Real Academia Española de la Lengua podría denunciarme por asesinato del castellano. Ninguno, incluso este, saldría indemne de la corrección, no de un académico, sino de muchos de los y las que los leéis y que tenéis un dominio de la lengua y de la redacción mayor que el mío (para mi es todavía un caballo salvaje).

Pero hoy soy yo el que se va a permitir el lujazo gratuito de corregir a la Real Academia.

Imagen de la cubierta del nuevo «Diccionario de la lengua española».

Hoy sale a la venta la 23ª edición de su Diccionario. Y si no se ha caído en el último momento aparecerá junto a tuitear o hacker (¡Si los españoles no van al inglés el inglés vendrá a ellos!) la palabra resiliencia

En el avance online de esta edición el término quedaba definido como:

1. f. Psicol. Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas.

2. f. Mec. Capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación.

Nada que objetar a la segunda acepción puesto que no soy físico. Pero sí soy Licenciado en Psicología aunque me autodefina como psicólogo light o de baja intensidad.

Reconozco que cuando descubrí esta definición, de primeras, no me pareció mal. Y sigue pareciéndome un digno punto de partida para alguien que te pregunta… resi ¿qué?

Creo que tiene algunas virtudes.

La primera es que el Diccionario de la RAE es lo que es. Pero no es un tratado técnico. Cuando en la cuarta acepción de Depresión leo “síndrome caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de las funciones psíquicas, a veces con trastornos neurovegetativos” no me pongo a buscarle los tres pies al gato ni a compararla con el DSM IV o V.

Otra virtud, para mi gusto, es la expresión con flexibilidad. ¡Un 10 por mi parte para los académicos! Me parece estupendo que quede claro que la resiliencia tiene que ver más con la flexibilidad que con la fortaleza. Menos fortaleza y menos ¡podemos! y más flexibilidad y más ¡A veces no se puede!

No se puede superar una violación (y si lo decimos estamos agrediendo de nuevo a la víctima) Pero quizá, no soy yo quien puede afirmarlo, se puede vivir satisfactoriamente a pesar de haberla sufrido.

Pero vamos a las pegas.

1.- No me gusta la palabra capacidad.

Soy muy pesado pero, para mí, la resiliencia es simplemente un fenómeno, un suceso, algo que ocurre.

Nadie definiría la salud como una capacidad (como algo que nos podemos dar o garantizar a nosotros mismos) La salud es, según la misma RAE un estado o una condición.

Y no es que la resiliencia sea un estado. La resiliencia, a mi humilde entender, es en todo caso un proceso. De hecho no podemos apreciar si existe resiliencia o no sino observamos una secuencia.

2.- Me parece pobre y antropocéntrico limitarlo a una capacidad humana.

El término tiene su origen en la física, en el mundo de la materia no orgánica, y dio el salto a emplease para describir fenómenos humanos pero ¿por qué descartar a las gallinas, las bacterias o las palmeras? Los mejores ejemplos o metáforas de la resiliencia los encontramos en el mundo vivo no humano, como cuando Cyrulnik dice que el mejor ejemplo de resiliencia es lo que ocurre en la reforestación natural (o no) tras un incendio.

Sólo me sentiría cómodo con el término capacidad si se le añadiera “de un determinado contexto” (la capacidad de un determinado contexto para permitir asumir con flexibilidad a alguno de sus elementos una situación límite) Pero si para que encaje una palabra tengo que añadir más de diez para matizarla, mejor cambiarla.

3.- Situaciones límíte. Sí pero no sólo ellas.

Quiero pensar que los académicos empezaron a recopilar registros de su uso más allá de la física en publicaciones que hablaban de hechos extraordinarios como por ejemplo “Más fuerte que el odio” (las memorias de Tim Guenard) o testimonios de supervivencia a grandes desgracias.

Pero, hoy en día, los que contemplamos la resiliencia también lo hacemos en “desgracias más humildes”, en adversidades que no te tumban en la lona pero te desgastan poco a poco.

En mi trabajo estoy rodeado de niños y niñas a los que a su situación sociofamiliar (están en un Centro de Protección) no les encaja bien la expresión “situación límite”. De hecho ellos están adaptados y adaptadas a ella. Demasiado quizá.

Mi admirado Iñigo Martínez de Manjodana siempre se ha rebelado contra lo que el llama “los XXL de la resiliencia” (Guenard y Cia) porque sus historias son tan extremas que quedan muy lejos de los menores y familias con las que trabaja.

Y, digo yo,  porque no está tan claro que sea más duro que tu madre, cuando tienes 5 años, te ate a un árbol y te abandone (Tim Guenard) a que no lo haga y te designe chivo expiatorio de su sensación de fracaso matrimonial (Dave Pelzer) o a que simplemente que tu padre o tu madre no quieran, no sepan o no puedan cuidarte adecuadamente (los niños y niñas de mi “resi”).

Reconozco que al principio no entendía del todo la rebeldía de Iñigo pero ahora no sólo la entiendo sino que la comparto (¡Que cabrito!)

Pero también esto tiene fácil solución jugando con la palabra límite… pongamos “situaciones limites o limitantes” La resiliencia es bienvenida tanto cuando un desarrollo vital ha quedado truncado como cuando está seriamente comprometido. Puedo impedir que el agua de un río llegué al mar con una presa o simplemente desviando continuamente parte de su caudal.

Por otra parte, no cabe duda de que la definición de la RAE nos deja en un territorio de gran subjetividad porque ni la flexibilidad ni las situaciones límite son fáciles de objetivar.

Concluyendo. Prefiero que el Diccionario recoja el término resiliencia como lo va a hacer desde hoy aunque luego tengamos que matizar o perfeccionar muchos aspectos de la misma. Y además podría haber sido mucho peor si en vez de sobreponerse (ponerse por encima, me imagino) a ellas se les hubiera colado superarlas. Sobreponerse es un verbo muy interesante para hablar de resiliencia y no es tampoco lo mismo que reponerse.

Peo como he dicho al principio me voy a dar el gustado de corregir al la RAE. Disculpadme.

Capacidad humana Fenómeno por el cual, y si se dan unas determinadas condiciones, un organismo, persona, grupo o institución es capaz de asumir con flexibilidad situaciones límite y limitantes de la vida y sobreponerse a ellas.

Aún así esta definición corregida y ampliada podría servir para describir lo que le pasó al pequeño Adolf que aprendió a no llorar cuando su padre le golpeaba con la correa y que de jóven no le dejó estudiar Bellas Artes. Se transformó en un Fuhrer y cada lágrima no derramada se multiplicó por cientos de miles del resto de la humanidad.

Por eso me parece que tiene toda la razón Stefan Vanistendael cuando afirma que la resiliencia tiene un componente ético ineludible. O, como digo a veces, la resiliencia humana es humana o no lo es. Así que añadamos un poco más y cerremos:

Fenómeno por el cual, y si se dan unas determinadas condiciones, un organismo, persona, grupo o institución es capaz de asumir con flexibilidad situaciones límite y limitantes de la vida y sobreponerse a ellas de forma satisfactoria para si mismo y para los que le rodean.

En fin… ¡qué a gusto me he quedado!

Read Full Post »

Me gusta mucho esta canción de Natalia Jiménez. Me gusta la melodía, como la canta y porque podría ser una canción sobre resiliencia.

O no.

Te dejo el vídeo y juzga  tu mismo.

 

 

Por si no tienes tiempo, o paciencia o no has podido entender bien la letra te la copio,  pero ya de paso te pongo una pequeña corrección que yo haría a la letra para que fuera un himno a la resiliencia.

Ya me han dicho que soy buena para nada
y que el aire que respiro está de más
me han clavado en la pared contra la espada
he perdido hasta las ganas de llorar.

pero estoy de vuelta estoy de pie y bien alerta
eso del cero a la izquierda no me va.

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo en mi TI!

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo en mi TI!

No me asustan los misiles ni las balas
tanta guerra me dio alas de metal
.. aaah

vuelo libre, sobrevuelo las granadas
Por el suelo no me arrastro nunca más
ya no estoy de oferta estoy de pie y bien alerta
eso del cero a la izquierda no me va

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo mi TI!  

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo!

todos somos tan desiguales
únicos originales
si no te gusta a mi me da igual
de lo peor he pasado
y lo mejor esta por llegar

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh uuh..

uuuuuh uuuh uuuh uuh uuh
uuuuh uuh uuuh uuuh uuh oohh
creo creo creo en mi TI!  

uuuuh uuuh uuuh uuh
uuuh uuh uuh uuh uuh..

¿Hace falta que lo explique?

Ya me dirás.

Creo, creo, creo… que no hay resiliencia si no se restaura la confianza en el otro y en la vida. Porque si no es así esta canción la podría cantar hasta el mismísimo… ¡Hitler!

Read Full Post »

Casualidad, Dios, destino o simplemente un cerebro que une acontecimientos ¿Qué más da?

Tengo una amiga (ella sabe quien es) a quien la adversidad ha vuelto a llamar a su puerta. No como en su infancia que fue una amiga inseparable. Ahora de imprevisto, sin ser invitada, sin modales, casi pegando una patada en la puerta.

Por mi cabeza pasó la idea de escribir algo por y para ella. Lo había descartado porque… ¡Qué dificil es acompañar en el sufrimiento! ¡Qué facil hablar por hablar! ¡Qué fácil escribir desde la barrera! Así que lo descarté.

Y entonces otra amiga, Reyes Adorna, me manda un texto por si le quiero dar vueltas para un post. Pero es un texto rotundo y redondo. Cualquier cosa que yo escribiera sería una malísima versión. Así que le pido un favor. Déjame que lo publique tal cual y se lo dedique a mi otra amiga. Y con su permiso y su generosidad, que va más allá del texto, aquí esta y lo copio con mi admiración hacia las dos.

LA VIDA COMO TUTOR DE RESILIENCIA

Quería hablarte de una obra de teatro, breve y tremenda, de Camus, y de su interpretación del personaje que le da título al libro: Calígula.

Calígula es el emperador de Roma. Al conocer la muerte de su hermana, despierta a la realidad de su propia vulnerabilidad, y sobre todo, descubre lo imprevisible de la vida. Trastornado, decide comportarse como los mismos dioses, y ser el “pedagogo” que le abra los ojos al mundo, sembrando la tiranía, el caos, o la tortura en su pueblo. Su objetivo es que todos despierten cada mañana con la certeza de que puede ocurrirles cualquier cosa, a ellos o a los que les rodean. Sus consejeros tratan de disuadirle. La gente no quiere saber, le dicen, queremos vivir con nuestra ingenuidad, sin el temor constante hacia un sufrimiento posible… Pero Calígula se mantiene firme. Él debe responder a su “misión”, debe enseñar al pueblo lo que él ha aprendido. Al final, cuando lo asesinan, se mira en el espejo y dice algo así como: “Calígula vive”, porque sabe perfectamente que aunque la gente quiera “matar”, silenciar, o evitar la voz de lo imprevisible, ella estará con nosotros siempre, acompañándonos en nuestro recorrido vital.

Esto lo saben muy bien aquellos que atraviesan una enfermedad, o los que pasan o han pasado por una situación límite o han vivido la experiencia de un accidente casi mortal, porque estas circunstancias nos hacen casi siempre despertar, y son como ese Calígula que nos recuerda que cada día puede ser el último, un Calígula que nos enseña que la muerte nos mira de reojo a todos.

Podría tomar la perspectiva que me lleve a pensar que es terrible vivir con esta certeza, pero no lo voy a hacer. Porque pienso que descubrir a la muerte a nuestro lado nos amplía la mirada, y nos hace ver a la otra compañera de viaje que a menudo pasa desapercibida, que es la vida. Ella también estará a nuestro lado hasta el final, ella puede convertirse en nuestro tutor de resiliencia cuando todo falla, ella puede regalarnos esa “otra” libertad de la que hablan los sabios, aquella que nadie nos puede quitar, que es la profunda admiración del extraño milagro de estar vivos. Ningún Calígula puede destruir eso mientras lo estemos.

Reyes Adorna

(1) Reyes es la autora del libro “PRACTICANDO LA ESCRITURA TERÁPEÚTICA. 79 EJERCICIOS”,  de la editorial DDB, que ya hemos reseñado en este blog

Read Full Post »

Todo el mundo sabe que en la ficción existe (porque las historias no envejecen)una aldea gala en tiempos de los romanos que resiste a la conquista del Imperio. Y todos sabemos que Asterix y sus vecinos deben su invulnerabilidad a las fuerza que les da una poción mágica cuya receta sólo conoce su druida. Excepto Obelix que tuvo la desgracia de caer de pequeño en el caldero y…

En la realidad no existe tal poción pero quizá si exista un modo de generar invulnerabilidad. O mejor dicho: sensación de invulnerabilidad.

Todo esto viene a cuento de una idea muy sugerente que recoge Malcolm Gladwell en su último, y ya reseñado libro, “David y Goliat: Desvalidos, inadaptados y el arte de luchar contra gigantes”.  Es la distinción entre personas que, tras una catástrofe, se han salvado “por poco” o “por mucho” y fue planteada por primera vez por el psiquiatra canadiense J.T. MacCurdy quien. tras la II Guerra Mundial,  escribió libros como “Psicología de la Guerra” o “La estructura de la moral” (en los conflictos bélicos).

Según este autor las víctimas de una guerra se dividen en tres grupos: los muertos; los que se han salvado “de milagro” “por poco” o “por los pelos” ( “sienten la explosión, ven la destrucción, se horrorizan ante la carnicería; tal vez están heridos”…) y los que se salvaron “por mucho” (“es la gente que escucha las sirenas, observa el vuelo de los bombarderos enemigos y oye las detonaciones. Pero la bomba cae al final de la calle o en la siguiente manzana”).

De los primeros, los muertos, no hay mucho que decir. Los segundos, los “salvados por poco” salvan la vida pero está queda marcada por una “honda impresión”, pero los terceros, los “salvados por mucho” desarrollan según MacCurdy-Gladwell un “sentimiento de excitación con un ingrediente de invulnerabilidad”. O de otro modo: “los salvados por poco quedan traumatizados, los salvados por mucho comienzan a pensar que son invencibles”.

Es curioso pero también Boris Cyrulnik ha hablado de esto (y quizá necesite un post entero para comparar los dos puntos de vista) e incluso podemos afirmar que él fue un “salvado por mucho” ya que, en sus escritos autobiográficos, reconoce que cuando escapo de niño del campo de concentración quedó en su interior la sensación de que si se había librado esa vez se podría salvar de cualquier otra adversidad.

Me parece una idea muy interesante y esencial para no perder de vista el carácter evolutivo de la resiliencia. O de otra manera, igual que se suele decir “el dinero llama al dinero”, podríamos decir que “la resiliencia genera resiliencia”. Y en este blog ya he hecho referencia a algún ejemplo en este sentido.

Sin embargo hace poco empecé a pensar que este sentimiento de “invulnerabilidad” puede actuar para el bien pero también para el mal. ¿No podría esta diferencia entre “salvados por poco” o “salvados por mucho” servir para explicar las personalidades violentas, la violencia de género o incluso, la corrupción o la deshonestidad?

Mejor poner un ejemplo con una situación real que me contaron hace poco.

Reunión familiar. Abuelos, tíos, primos, sobrinos. En un momento dado alguien comenta que Fulanita de 17 años es muy guapa y que podría ser modelo. Un familiar bienintencionado se acerca a la misma y, con cámara de fotos en ristre, le ofrece hacerle unas cuantas fotos por si quisiera mandarlas a alguna agencia. Sin embargo antes de que ella conteste un joven de pelo rapado que está a su lado exclama: “¡Ni pensarlo. De eso nada!”  El familiar sorprendido le pregunta quién es él. Es su novio.

Hasta aquí la anécdota (y la preocupación de quien me la contó de estar ante un futuro maltratador). Pero imaginemos (ahora sí) un poco. Este chaval ha tenido una respuesta incuestionablemente desafortunada y reprobable. Nadie somos quien para decidir por el otro (excepto por nuestros hijos menores de edad o nuestros mayores incapaces). Pero lo ha hecho. Y debería caer el cielo sobre su cabeza, como diría el propio Asterix.

Podría caerle el cielo y matarlo como novio (la chica rompe con él sin más). O podría caerle una bronca de la misma o tres días sin hablarle, o una desaprobación pública y vergonzante por parte de los familiares…  A eso le llamaremos “salvado por poco”  A que no le caiga el cielo sobre su cabeza (la novia calla y consiente el comentario, nadie le dice nada… no pasa nada le llamaremos “salvado por mucho”.

En la primera hipótesis, ya no hay tema. En la segunda el chaval quizá quedará herido víctima de su propio escupitajo pero esa herida le llevará quizá, no lo afirmo, a pensárselo mejor antes de volver a lanzar un comentario como ese.

Pero en la segunda posibilidad (“salvado por mucho”) estoy convencido de que se generará un sentimiento de invulnerabilidad o de legitimidad para decidir por su novia.  Y ese sentimiento ¿no le permitirá pensar en un futuro que en una discusión puede insultarla pues… no pasará nada? Y si se vuelve a “salvar por mucho” de un insulto… ¿no pensará que puede golpearla porque… no pasará nada?

Por favor, que nadie piense que estoy diciendo que la culpa de la violencia de género es de la pasividad de las mujeres. Al revés. Estoy diciendo que la culpa es de la Hijoputez (perdonad la expresión, que por cierto es incorrecta desde el punto de vista de género) del agresor. Simplemente quiero plantear que si el “dinero llama al dinero” y la “resiliencia genera resiliencia”, la Hijoputez tiende a crecer si no recae sobre el propietario.

Quizá el sicario que pega palizas por encargo, el xenófobo, el maltratador, o el señor (o señora) de traje elegante que se apropia de unos cuantos millones de euros de los ciudadanos son como Obelix. Les ocurrió una desgracia. Nadie les partió la cara a su debido tiempo y los pobrecillos se creyeron inmunes.

O dicho de otra manera, la violencia que no te revienta en tus propias narices es probable que te genere sentimientos de invulnerabilidad y, por tanto, de poder y de ahí, quizá, surja más violencia.

He visto peleas de mis hijos, de mis sobrinos, de mis compañeros (de colegio)etc y he visto peleas o golpes en niños del Centro de Menores donde trabajo. Y no todos los golpes o intentos de golpes son iguales. Un niño o una persona que ha crecido en un ambiente no violento cuando pega lo hace con el freno puesto, por decirlo de una manera. Pega con contención por el propio miedo a recibir él. (Tengo mucha rabia pero si le doy IGUAL ME LA DEVUELVE). Pega “pero poco”.

Pero yo he visto lanzar puñetazos, tortas u objetos a niños de 6 o pocos más años que son golpes destructores, golpes sin límite. No son golpes tipo “te empujo y así recupero mi pelota”. Son golpes del tipo “te reviento porque PUEDO”

Y ese golpe sólo se puede lanzar cuando estás familiarizado con la violencia. La violencia no es tu enemiga. Es tu aliada. Cuando en la cuenta de resultados de peleas anteriores “te has salvado por mucho” y te sientes tan seguro que no necesitas protegerte, solo destrozar.

Por ello pienso que los que empiezan salvándose por mucho de situaciones conflictivas usando la violencia en realidad lo que están haciendo es perderse poco a poco, aunque ellos no lo sepan.

El otro día comentábamos en una tertulia espontánea como era posible que en algunos casos de corrupción que se han destapado en España en los últimos años las cantidades fueran tan desorbitadas. Llevándolo a un terreno que todos pudiéramos entender… Si no quieres que te llamen la atención, no parece inteligente llevarte 5 paquetes de folios de tu trabajo. Parece que lo “normal” sería llevarse “un taco” de folios de vez en cuando.

Pero alguien apuntó que quien ha desviado fondos para comprar hasta cuatro pisos es porque en su entorno lo normal es llevarse los folios en paquetes, en cajas y en camiones; y los euros en pisos. De nuevo algo así como que quien se ha salvado – salido de rositas-  por mucho de la corrupción llega a pensar que nunca pasará nada.

Desvié un euro y no me vieron. Desvié 100 y no me vieron. Desvié 1000 y no me vieron… ¡Soy invisible!

No sé. Es sólo una idea.

Como siempre.

Y como dirían algunos… para darle vueltas.

Read Full Post »

Older Posts »