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Archive for the ‘Recursos externos’ Category

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No hace falta que te guste el rugby para quedarte asombrado viendo alguno de los videos que recogen las mejores jugadas del ex-jugador neozelandés Jonah Lomu. Aquí te dejo un video pero si no tienes tiempo, tu conexión es mala o no te apetece te cuento yo mismo lo que verás en él.

Verás a un tipo originario de Toga (Polinesia) de 1,96 metros de altura y 120 kg de peso (lo que se suele decir “un armario ropero”) correr como si fuera un velocista (100 metros en 10´3 segundos) y a veces incluso con dos o tres contrincantes enganchados a él sin conseguir pararlo. También verás que, aunque es extrañamente ágil para su tamaño, a Jonah no le va mucho eso de esquivar. Prefiere simplemente derribar al que pretende pararlo. Para qué cambiar de rumbo si, antes de que me cojan, puedo cogerlos a ellos y empujarlos o desequilibrarlos. Y si no puedo y un tipo se interpone en mi camino siempre queda el recurso de seguir corriendo y pasar por encima de él.

Puede parecer que esta asombrosa capacidad para seguir adelante a empujón limpio se deba sólo a su envergadura y velocidad. Pero hay una explicación más. Jonah proyectaba en el campo de rugby una ira interna acumulada a lo largo de su infancia (es é y no yo quien lo dice). La ira contra un buen padre que cuando bebía, y lo hacía frecuentemente, se convertía en un hombre violento y maltratador.

En un documental sobre él reconoce que su infancia no fue normal y que se crió en un barrio muy difícil, donde vio morir acuchillado a un amigo, y donde se iba a dormir debajo de un puente cuando sus padres se peleaban. Pero lo que más le costó aceptar fue que su padre cada vez que bebía se convertía en un monstruo.

Cuando su madre se interponía, lo que ocurría casi siempre, la que recibía era ella, algo que golpeaba el alma de Jonah con igual violencia o más violencia que los puños de su padre.

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Es curioso pero el otro día volví a ver en televisión la historia de Michael Oher, también jugador de rugby (esta vez americano) y donde se refleja (la película es The Blind Side) como la rabia interior puede canalizarse en la práctica del deporte.

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Pero volviendo a la historia de Lomu hay que señalar que no sólo es una historia de recibir y dar golpes sino también de los golpes de la vida, que a veces también parece beber lo suyo.

En plena carrera deportiva a Jonah Lomu se le diagnosticó una enfermedad en sus riñones que le obligó a la diálisis y le sentó en una silla de ruedas. Dicen que Jonah rechazó cualquier trato de favor por su fama cuando estaba en espera de un donante de riñón. Finalmente, en un acto de esos que te dejan con la boca abierta, un periodista amigo suyo le  ofreció uno de los suyos. La noche antes del trasplante Jonah trató de disuadirle pero fracasó. Lomú se recuperó y volvió, tras cuatro años inactivo, a jugar al rugby pero ya no al nivel que antes.

Una historia que ADIDAS recogió en un spot para su campaña “Nada es imposible”.

No hay que quitarle  un ápice de mérito a Jonah, pero el anuncio hubiera sido mucho más realista si hubiera aparecido en él Grant Kareama, el donante del riñon. Me hubiera gustado más si el lema hubiera sido “Nadie es imposible… Ni aunque cueste un riñon”

En todo caso Jonah (“With the little helps from my friends”) consiguió zafarse de la muerte. Pero hace dos años la vida le volvió a placar y sus riñones dejaron de funcionar. Volvió a la diálisis.

No he podido averiguar si se le ha realizado un segundo trasplante pero internet demuestra que está vivito y coleando. Por lo visto sigue a trompazos con la vida. En una entrevista reciente, y a sus 38 años, ha manifestado:

Los últimos dos años (con 6 horas de diálisis 4 días a la semana) han sido un infierno. Ha habido días en que sólo he querido que todo se detuviera, días que no quería vivir más. Así que tener a los niños y Nadene (su mujer) me ha salvado. Sin ellos, simplemente no estaría aquí”. Estas declaraciones pueden parecer una simple expresión de agradecimiento y cariño. Por eso impacta cuando ves que no, que para Jonah es algo concreto y objetivable: “Mi meta es llegar a  los 21 años de los chicos. No hay garantías de que va a pasar, pero es mi objetivo ” En el rugby siempre hay un objetivo claro: cruzar la línea de ensayo. Así que Lomu parece haber cogido un carro de cal y haber marcado la linea de ensayo para su propia vida.

En la misma entrevista reconoce el papel fundamental de su mujer en su vida hasta en temas tan íntimos como la reconciliación con su propio padre que murió hace un año. De lo que en el documental “With Anger Within” (“Con ira dentro”) comenta que lo hizo por “construir un puente entre sus hijos y su abuelo”. Un gran ejercicio de altruismo: comerse el propio orgullo y dolor para regalarles un abuelo a sus hijos.

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Al acabar de contar toda esta historia descubro que para conseguir puntuar en la vida no sólo basta la fortaleza sino que se necesita un buen equipo. Jonah Lomu fue un prodigio fisíco pero no nos olvidemos que jugó en el estadio en los míticos All Blacks. Y que tuvo la fortuna de saludar a Nelson Mandela en la famosa final de Copa del Mundo de 1995 en Sudáfrica algo que le dejó huella.

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Y en la vida, y que sepamos, ha jugado con una madre que recibió los golpes por él; con un amigo que le donó un riñon; con una mujer que le guió hasta su padre; y unos hijos que le marcan la línea de ensayo.

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En las últimas semanas varias veces me topé en librerías con el libro de Ferrán Ramón-Cortés “La química de las relaciones. El arte de construir vínculos personales” de la Editorial Planeta. A pesar de lo sugerente del título no me decidí a comprarlo (es lo que me sugirió la economía familiar al oído).

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Sin embargo el otro día paseando por las librerías virtuales de internet me volví a topar de él. Y como existe versión digital y Amazon tiene un maravilloso servicio  (en este caso Planeta también) por el que te puedes descargar las primeras páginas comencé a leerlo. Entonces si que no pude hacer otra cosa que comprarlo (convencí a la economía familiar con aquello de que el ebook es mucho más barato)

Y en solo día, y en mi móvil de pantalla de 4,7 pulgadas, leí el equivalente a sus 176 páginas en papel.

Y si digo en el título que me parece un libro distinto es porque:

1.- Es raro encontrarse un libro de no ficción sin bibliografía y que no la eches de menos. Ni citas de artículos, investigaciones, etc. Porque el autor no extrae el contenido de otros libros sino de la vida misma (de la suya y de otras personas de su entorno)

2.- No es habitual que cada capítulo comience con una historia, una anécdota (seguramente real pero cuanto menos realista) y que las reflexiones que se le siguen no suelan ocupar más espacio que la propia historia.

3.- Se agradece un libro sólidamente fundado en el sentido común y en la observación de reacciones humanas que todos podemos constatar en nuestra vida cotidiana.

4.- Utiliza una metáfora simple (la balanza) para entender algo muy complejo (las relaciones interpersonales) lo cual es una maravilla de eficacia ¿no? Y aunque capítulo a capítulo va matizándola o puliéndola, la misma metáfora se mantiene omnipresente a lo largo de todo el texto. Así que catalogaré este post también en la serie de Ideas Sugerente Indelebles.

En fin un libro, a mi entender, diferente y repletito de historias humanas, que tras un tiempo dándole vueltas a los recursos internos de la resiliencia y a las canalladas que nos gasta nuestro cerebro, me vuelve a recordar que no es probable la resiliencia sin vínculos.

Os dejo el enlace de la página web del autor.

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Preparando el taller que celebramos (lo de celebrar lo digo más por mi que por los asistentes) en El Valle de Abdalajis (Málaga) empecé a darle vueltas que no sólo es importante dar el sustento físico (incluido juego) a nuestros menores (o cualquier otro usuario o usuaria de un centro) sino que también deberíamos cuidar la apariencia y la calidad de cómo lo hacemos.

Podemos encontrar cientos de ejemplos sobre cómo esto ocurre habitualmente en nuestra vida. Por mucho que nos apetezca… no vamos a una boda de un familiar o de una amistad en chándal. La mayoría nos preocupamos al menos un poquito porque nuestra casa sea un lugar agradable. Y cualquier cocinero de cierta categoría cuidará no solo los sabores de la comida sino también la presentación.

Durante el taller vimos un montaje de video en el que he fusionado fragmentos de la historia de Jorge Font, Alice Herz-Sommer y Bosco Gutierrez Cortina. En el relato de este último sobre su secuestro cuando era joven descubrimos que, cuando gracias a un movimiento de revolución interior por el que pasó de prisionero en un zulo a rey de su espacio, decide limpiar su celda hasta el último milímetro.

Es curioso que, este arquitecto, antes de ser secuestrado escribiera un artículo centrado no en las forma externa de los edificios sino en el cuidado del diseño del “espacio interior”.

En su secuestro una revolución en su interior (el acto heroico de renunciar a un deseo concedido por los secuestradores) provocó una transformación en su espacio exterior.

Pero ¿puede darse este movimiento al revés?

Todas las grandes religiones han entendido que sí y por ello han buscado la belleza y grandeza en sus templos. Hasta el punto que el filósofo o pensador ateo Alain de Botton propone, en su libro “Religión para ateos”, copiar a las mismas en lo que él considera positivo para la humanidad aunque Dios no exista. Llega así a proponer la construcción de templos laicos que busquen, a través de su belleza, elevarnos hacia valores que él considera esenciales para el ser humano (interesante buscar en internet sus “10 mandamientos para ateos”)

No voy a valorar los planteamientos de este autor (al menos hay que reconocerle el mérito de cabrear tanto a creyentes como ateos lo cual ya es difícil). Simplemente es un ejemplo traído al hecho de que parece más fácil rezar, meditar o simplemente reflexionar en un entorno bello (que no necesariamente costoso) que en un cuarto trastero.

También me atrevo a afirmar que, se sea creyente o no, la Sagrada Familia de Gaudí, tanto en su exterior como en su interior, provoca una emoción que podemos llamar algo así como “sobrecogimiento”. Es lo que Jonathan Haidt un confeso “científico judío ateo” denomina percepción de lo “sagrado”.

Pero quiero añadir otra experiencia del pasado viernes en este sentido. Las Madres de los Desamparados y San José de la Montaña gestionan en El Valle de Abdalajis una residencia para alrededor de cien ancianos y ancianas. Tuvimos, al acabar el taller, la oportunidad de visitarlo.

Mi sorpresa fue descubrir que cada uno de sus espacios estaba amueblado y decorado como si fuera cualquier habitación de nuestra casa. Podría gustarnos o no el estilo decorativo (algo clásico es cierto) pero lo que me llamó la atención es que se notaba que alguien se había preocupado por lo bello y no sólo por lo funcional.

Lo funcional en una salita donde personas ancianas van a ver la televisión no es que haya una mesa camilla (¿Para qué si lo importante es que vean la tele?). Ni que en la mesa camilla haya un jarrón con flores (¿para que lo rompan al tambalearse?). No es funcional una estantería llena de libros (acumulan polvo y además ya casi ninguno lee). Ni otra sala de reunión en una buhardilla con vistas estupendas (¡Qué despacho magnífico para la dirección se habría podido montar allí!). Ni son funcionales los manteles de tela (que hay que lavar) o los centros de mesa.

Supongo que además de lo bonito (o intencionalmente bonito) no estará reñido con lo funcional. Las sillas de ruedas pasan por la puertas y los pasillos. Y si hace falta oxígeno… pues oxígeno. Y si… pues lo que haga falta.

No sé si fue sugestión pero me quedé con la sensación de que dentro de lo duro que debe ser eso de la vejez (yo ya estoy en el sprint final suponiendo que no me estrelle por el camino) más vale vivirla en un entorno como éste que en otros muchos que también he conocido.

Y eso me refuerza en mi pensamiento de que la vida es más llevadera si se consume una dosis suficiente de belleza.

Nuestros menores pueden sobrevivir sin problemas con bocatas de chóped y mortadela. Pueden ser felices en chándal. Pueden dormir en cuartos con posters con chinchetas y con luces blancas de clínica.

Pero quizá sea mucho más útil, para ayudarles a rehacerse de una infancia difícil, inocularles el gusto por el jamón serrano y los ibéricos; la experiencia de ir alguna vez “bien guapos” y el placer de acurrucarse en su cama para leer o mirar un cuento con la luz cálida de un pequeño flexo.

Y si quizá la belleza no sea funcional para su recuperación al menos sí para reconocerles su dignidad.

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Cuando oí la noticia de la muerte violenta de la novia del atleta olímpico y paralímpico Oscar Pistorius pensé que tenía que seguirle la pista en relación a la resiliencia. ¿Era Pistorius un ejemplo de resiliencia? Y si era así y había disparado a su novia al confundirla con un ladrón ¿no sería “un porcentaje de desgracias mayor de lo razonable” el que tenía este chico? Y si finalmente se trataba de un crimen pasional ¿dónde quedaba su resiliencia?

Pero antes de analizar estas cuestiones… unas disquisiciones previas.

Al principio de cometer la imprudencia de dar cursos o charlas sobre resiliencia, cuando el término no se había todavía popularizado, notaba que muchas personas se sentían incómodos porque quizá yo no les ofrecía claves suficientes para determinar cuando se trataba de un caso de resiliencia y cuando no.

En aquella época intentaba tranquilizarles diciendo que, a diferencia de en la física donde las fuerzas y resistencias se pueden medir, en lo psicosocial o en lo humano no teníamos instrumentos objetivos y que no se obsesionaran. Que ellos o ellas mismas decidieran sí querían ponerle o no la etiqueta de resiliencia  a la reacción de una persona frente a la adversidad.

En todo caso, si empecé a desarrollar un apartado en los cursos para aclarar LO QUE PARA MÍ NO ERA LA RESILIENCIA.

Luego el término resiliencia se popularizó, se puso de moda, las editoriales y el coaching se subieron a la misma y empecé una cruzada personal contra el adjetivo “resiliente”. Particularmente solo me interesa la resiliencia como un sustantivo aplicable a la vida.

Solo podría tolerar el adjetivo (no reconocido aun por la RAE) “resiliente” como “persona en la que se manifiesta, en un momento, dado la resiliencia”. Ya sé que es una simple cuestión de lenguaje y que personas personas cobardes pueden realizar un acto heroico y que un persona valiente puede salir huyendo en alguna ocasión. Pero la tendencia es a pensar que el adjetivo es una cualidad permanente del sustantivo. De esta manera decir que una persona es resiliente es decir que en ella siempre o casi siempre se da la resiliencia.

Y eso supondría reconocer que la resiliencia es una características solo interna. Y quien me ha aguantado más de un post o de una charla sabe que no me interesa esa forma de entender la resiliencia.

Así que he empezado a plantear en charlas o cursos la pregunta ¿qué pasaría si nos enteramos (Dios no lo quiera) que Tim Guenard, icono de la resiliencia, ha abandonado a su familia y vaga, como en su juventud, por las calles de París pero ahora como un sin techo alcoholizado? ¿Que pasaría si llega la noticia de que el propio Boris Cyrulnik ha decidido voluntariamente abandonar la vida? ¿Ya no podríamos hablar de resiliencia en sus vidas?

Por eso el caso de Pistorius me parece digno de ser reseñado en este blog.

En primer lugar no tengo claro si le pondría el adjetivo de resiliente. Algunas de las noticias que podemos leer, escuchar o ver estos días lo definen como “icono de la superación personal” (y por cierto…. utilizan esta expresión porque no existe el adjetivo “superante”) Pero no es exactamente lo mismo superación que resiliencia.

En la superación o en la curación la adversidad es vencida. Tengo una enfermedad limitante o grave y un tratamiento o una intervención quirúrgica hacen que la misma desaparezca. Nazco sordo pero un implante tecnológico me devuelve la audición y ya no soy sordo. Ciertos avances ortopédicos le permiten a una persona sin piernas de rodilla para abajo andar y un diseño biomecánico y un material específico, correr como cualquier otro.

De hecho si el Comité Olímpico o la Federación Internacional de Atletismo le han permitido competir contra atletas sin discapacidad es porque habrán considerado que las prótesis no le dan ventaja ni desventaja significativa respecto sus competidores.

Sin embargo Oscar Pistorius sí que protestó airadamente cuando un atleta brasileño le ganó en la final de las Paraolimpiadas alegando que usaba unas prótesis que le daban ventaja. El Comité Paraolímpico Internacional desestimó totalmente esta argumentación.

En todo caso lo que tengo claro es que la resiliencia implica resistir y rehacerse de la adversidad pero no que ésta desaparezca. Y también que la superación de Pistorius no sólo ha sido posible a características personales sino a circunstancias externas. Pertenece a una familia con dinero lo que le permitió acceder a unas prótesis de fibra de carbono a las que casi seguro no habría tenido acceso sin hubiera crecido en el barrio de Soweto de la ciudad de Johannesburgo de su Sudáfrica natal.

No quiero quitar valor a su proeza, puesto que su hazaña implica una determinación y un esfuerzo, que otros en sus mismas circunstancias no habrían desarrollado. Pero no podemos olvidar que la superación como la adversidad no es absoluta.

Pero si finalmente se confirmara que disparó a su novia intencionadamente tendríamos que aceptar que las características personales que le llevaron al éxito en el atletismo no se tienen que transferir a todos los aspectos de su vida.

Probablemente todos conozcamos a alguien con una inteligencia privilegiada pero con la misma inteligencia emocional que un protozoo. Quizá Pistorius tiene la constancia y la perseverancia de una hormiga para unas cosas y la poca tolerancia a la frustración de un niño mimado para otras.

Y esto me lleva a concluir que, aunque es verdad que aprendemos lo que es la resiliencia en la vida de muchas personas, esto no significa que ésta tenga que aparecer en todos los momentos de su vida como si fuera un título universitario que una vez que se obtiene ya no se pierde.

Por eso yo prefiero mirar en la vida de las personas y, como en el chiste del tonto al que le preguntan que compruebe si los intermitentes de coche funcionan, decir “Ahora la veo”…. “ahora no” … ”ahora sí”……

Y creo que precisamente ese contraste RESILIENCIA ON/OFF el que nos puede dar muchas pistas sobre las condiciones para que la resiliencia se dé y poder favorecer su aparición.

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Desde hace años han sido muy orientadores para mi los comentarios de Boris Cyrulnik (llevaba unas cuantas entradas sin citarlo) sobre la importancia de la reacción del entorno ante el dolor de la víctima.

Siempre me ha parecido que la idea de que la reacción del entorno ante el sufrimiento de una persona puede ser tan dolorosa o más como la desgracia en si misma era algo que saltaba a la vista.

Y cuando quiero convencer a alguien del argumento (en alguna charla o curso) sólo tengo que poner el ejemplo (o mejor dicho EL EJEMPLO con mayúsculas por inapelable). El de los ex-combatientes norteamericanos en la guerra del Vietnam.

Como el propio Cyrulnik señala estos tuvieron un porcentaje muchísimo mayor de trastornos mentales en los años siguientes a su regreso que los ex-combatientes de su mismo país en la Segunda Guerra Mundial. No parece que esto se pueda explicar por las características de las dos contiendas. Las escenas vividas por unos y por otros no debieron ser muy diferentes. Emboscadas, explosiones, compañeros mutilados, conflictos morales, miedo, pánico….

Sin embargo cuando los de la primera guerra regresaron fueron recibidos y tratados como héroes. Homenajes, monumentos… Y una población receptiva a escuchar sus relatos.

Pero los segundos tuvieron la desgracia que gran parte de la sociedad norteamericana se puso en contra de la participación en el conflicto en Vietnam. Y aunque resulte paradójico el movimiento pacifista causó estragos en los ex-combatientes. Les dijeron que iban a defender no sé qué valores pero cuando regresaron no eran héroes sino “asesinos de niños vietnamitas”. El patio no estaba para ir contando su dolor. Ellos ya no eran las víctimas sino los verdugos.

Pero no hace falta irse a la guerra para experimentar todo esto. Todos tenemos experiencias de relatar a alguien un sufrimiento y nada más empezar a hablar darnos cuenta de que mejor hubiera sido quedarnos calladitos.

Pero esta entrada no es para volver a darle vueltas a lo mismo sino para compartir que he descubierto que existen investigaciones concretas sobre todo esto.

Se pueden conocer en el libro “La compartición social de las emociones” de Bernard Rimé (2011) editado por DDB. El autor es doctor en Psicología, profesor de psicología en la Universidad de Lovaina e investigador del Centro de Investigación para el Estudio del Comportamiento Social de esta universidad.

En la tercera parte del libro se analizan la expresión de las experiencias emocionales negativas. Y el capítulo primero de esta parte (el 8 del libro) tiene un título muy significativo “Respuestas bienvenidas, respuestas no bienvenidas”

El autor nos introduce claramente:

El malestar ante el sufrimiento ajeno

El encuentro con una persona afectada por una experiencia emocional negativa importante es un problema para cualquiera. Muchos datos muestran que en presencia de víctimas, los comportamientos de las personas “no víctimas” están generalmente lejos de ser apropiados (…) Toda persona que es “víctima de las circunstancias” o que ha sido “golpeada por el destino”, ya se trate de un accidente, una enfermedad, malevolencia, duelo, u otros tipos de dramas, también desencadena manifestaciones de este tipo y se encuentra pues confrontada a la angustia y al malestar que suscita a su alrededor de forma totalmente involuntaria.” (No sé si tiene sentido citar la página cuando se consulta en una edición digital “comprada-lo-prometo”, que puede depender del software para su lectura)

En los últimos decenios, la psicología social ha mostrado interés por estas dificultades que todos experimentamos ante víctimas de experiencias penosas. Wortman y Lehman (1985) han descubierto tres causas principales.”

Me salgo de las comillas para sintetizar:

1.- La ignorancia.

No se tiene un bagaje experiencial suficiente para ponerse en lugar de la víctima y lo más probable es que se subestime el tiempo que se necesita para reponerse de un acontecimiento de esa índole (“Vale, vale… es muy gordo lo que le ha pasado pero ya ha pasado una semana y todavía…”)

2.- El espectro de la vulnerabilidad humana.

Tendemos a vivir cotidianamente como si fuéramos invulnerables, como si nada malo nos fuera a pasar. Por eso cuando la desgracia cae en alguien cercano cual disparo de francotirador, tomamos conciencia repentina de nuestra propia vulnerabilidad.

Si además la persona que escucha el dolor del otro tiene en su interior la teoría implícita del “mundo justo” (cada uno tiene lo que se merece) es muy probable que nos defendamos haciendo a la víctima responsable de su desgracia. (“No te habrían agredido si…”)

3.- La alienación.

Vuelvo a las comillas porque es imposible decirlo mejor.

“El mundo de la vida cotidiana es un mundo donde todo va bien. La fatalidad y la desgracia están activamente descartadas por efecto del consenso social. La gente no cesa de confirmarse mutuamente que forma parte de este mundo privilegiado. En cada encuentro, nos preguntamos los unos a los otros “¿va todo bien?” y todos respondemos a esta pregunta ritual afirmativamente. Y es especialmente así cómo se constituye el tranquilizador mundo de la vida cotidiana. En este contexto, la confrontación con alguien a quien “no le va bien” equivale pues a encontrarse ante un extraño. Esa persona es diferente. Forma parte de otro mundo. Ha atravesado acontecimientos o circunstancias que no pertenecen a la vida ordinaria. Es extraña al tranquilizador mundo de la vida cotidiana. El sentimiento de alienación que surge en el encuentro con ese persona será tangible por ambas partes”

La última frase me trae a la memoria el testimonio de Jorge Font (ya reseñado en este blog) cuando dice que tras su accidente de esquí acuático que le dejó paralítico le invadió un sentimiento angustioso de no pertenecía. (“Yo ya no soy como el resto”).

Pero nunca había pensado que ese mismo sentimiento es el que puede distanciarme de la víctima (“Ha pasado por algo terrible. Ya nunca será normal como yo”)

Y termino esta entrada con la investigación a la que en realidad me refería al principio:

Los efectos conjugados de la ignorancia, del sentimiento de vulnerabilidad y de alienación convierten en innumerables las respuestas inapropiadas que pueden tener lugar en el encuentro con una persona angustiada. Una lista establecida a partir de varios autores (Ingram, Betz, Mindes, Schmitt y Smith, 2001; Wortman y Lehman, 1985) recuerda particularmente los siguientes elementos:

    • la molestia, el malestar o la evitación física propiamente dicha;

    • el examen curioso, la insistente fijación visual;

    • la evitación de la comunicación franca;

    • la distancia, las manifestaciones de insensibilidad, la rudeza que puede derivar de la falta de compromiso emocional;

    • la expresión de una inquietud exagerada, el pesimismo;

    • las manifestaciones provocadas por las reacciones como alegría forzada, optimismo de fachada, minimización (“no es nada”; “podría ser peor”), la denegación (“no veo problema”; “va a ir bien”):

    • el desaliento de la libre expresión (“vale más no hablar de ello”);

    • el recurso a comportamientos de ayuda estereotipados como dar opiniones o consejos (“tienes que salir”), apelar a fórmulas que banalizan (“es el destino”) o que normalizan la situación (“eso puede ocurrirle a cualquiera”), identificarse con los sentimientos de la persona o intentar acercarse de forma artificial (“yo sé lo que sientes”);

    • las manifestaciones proteccionistas o actitudes hiperproteccionistas, particularmente frecuentes cuando los comportamientos de ayuda se utilizan como recurso con el fin de gestionar la propia angustia;

    • la censura, la crítica o el juicio; la búsqueda de faltas y la atribución de responsabilidades; el aliento para una rápida recuperación y la expresión de expectativas inapropiadas sobre el proceso de adaptación.

   Para la persona afectada, las respuestas de este tipo resultan abrumadoras. Significan que no existe reconocimiento sobre la experiencia que está atravesando y que se desestiman sus sentimientos, que son muy reales. Se confirma así la alienación que presiente: se encuentra sola, abandonada a su suerte, y precisamente en el momento en que su necesidad de consuelo y de apoyo social es mayor.”

Mejor quedarse callado.

O tampoco.

(Continuará)

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Concepción Martínez Vázquez me envía la reseña de un libro de reciente publicación. Es esta. Gracias, Conchi.

Acabo de terminar (siguiendo como en otras ocasiones la recomendación bibliográfica de José Luis Gonzalo Marrodán en su blog la lectura del libro “El espacio común. Nuevas aportaciones a la Terapia Gestáltica aplicada a la infancia y la adolescencia”, última obra de Loretta Cornejo, editado por Desclée de Brouwer.

EL ESPACIO COMÚN. Nuevas aportaciones a la terapia gestáltica aplicada a la infancia y la adolescencia

Además de numerosas técnicas gestálticas que facilita la autora y que pueden ser muy útiles para los profesionales, se ofrece un concepto interesante para todos: el espacio común.

Para Loretta el espacio común “son una serie de espacios que se sobreponen uno junto a otro creando un hermoso espacio en común propio de cada uno”. Es decir, viene a representar algo así como una superposición de realidades, que confluyen en el espacio terapéutico –pero también en otros contextos- cuando nos relacionamos con los demás, un encontrarse con el otro desde el que poder encontrar un lugar en la vida.

La autora hace una doble diferenciación: “cuando hablo de espacio hablo del mundo, ya sea del exterior, en el que habita la persona, como el del interior, el que habita en la persona”. Algo así como dos mundos que se encuentran íntimamente relacionados y que representan como las dos caras de la misma moneda. Cuando el mundo exterior es seguro, predecible y confiable, el mundo interior puede organizar sus elementos (autoestima, estrategias cognitivas, etc.) y acceder a ellos cuando sea necesario. Pero un mundo hostil, tóxico y cambiante, conduce a un mundo interior en el que el caos y la desorganización son los protagonistas.

En relación al contexto terapéutico, se hablaba en otra entrada de este blog (Juego y Vida II) de esa especie de “entorno protegido” que se da en la sala de terapia. Es como si se recreara un micromundo especial en el que el terapeuta junto con el niño, van tejiendo un vínculo especial, como una nueva autopista relacional que, sin destruir las “carreteras secundarias” que la mente del niño dispone, llenas de baches en forma de experiencias carentes de afectividad o de “efectos climatológicos adversos” que hacen tambalear su posición en el mundo, es capaz de conducir al niño de forma segura.

En referencia a esto, dice Loretta: “Este espacio es una representación de lo que es el vínculo del niño fuera, en su mundo; y en la relación terapéutica además de poder ver cómo hace este niño uso de este espacio de relación también iremos transmitiendo un modelo interrelacional. Ya que queramos o no el modo que tenemos de dirigirnos a ellos, el modo de funcionar con ellos, el modo en que lo miramos o no, son señales para que el niño se posicione en un sitio hacia sí mismo y hacia los demás.”.

Y es que el niño trae a las sesiones no sólo lo que en ese momento le preocupa, sino también, todo un conjunto de señales de las relaciones que mantiene fuera de allí, de sus anhelos o sus expectativas. Pero no sólo trae…también se lleva algo. La semana pasada, una de la niñas con las que trabajo, en un momento dado de la sesión en la que estábamos haciendo una figura humana con pasta de modelar me pregunta “¿tú me quieres?”. Su cara se iluminó cuando, por supuesto, le dije que sí, y que efectivamente era una persona que me importaba. Su experiencia de vida, en tanto que ha establecido vínculos afectivos disfuncionales desde muy pequeña, ha marcado su desconfianza en las relaciones con los adultos. Pero allí, en la terapia, la seguridad y el afecto se convierten en puntales, que, sin ser los únicos, ayudan a fortalecer y a dotar de estructura.

En relación a esto último cabe destacar la importancia que le da Loretta Cornejo a incluir en la terapia no sólo el espacio del niño, sino también el de los padres, hermanos, abuelos, el propio espacio del mundo que rodea al niño…es decir, el trabajo con toda la red social y familiar para garantizar un contexto de seguridad y sujeción.

Se habla también en el libro de ese espacio en relación al niño que debe contemplar también las distancias, las formas de relación…o lo que es la mismo, el poder sintonizar con lo que necesita en cada momento de nosotros. “El espacio del niño será todo aquello en lo que él esté dispuesto a jugar, a explorar, a mostrarse, a abrirse y confiar. Las distancias establecen también el modo con que el niño quiere ser sentido y sentir, y no siempre es armónico ni parejo, por eso los adultos debemos estar pendientes en qué momento se encuentra el niño para poder establecer desde estas fronteras nuestro vínculo con él.” Y eso no es sólo de aplicación a los terapeutas, también al resto de adultos que se relacionan con él, especialmente los padres.

Señala Lorettta que “el espacio común es algo que se encuentra más allá de nuestras fronteras conocidas, es el modo de trabajar que cada uno tiene cuando pone el corazón, la mente, el alma, la piel e incluso su propia vida, para poder encontrarse con el espacio del otro, creando un espacio muy articulado y particular, sin copias ni réplicas, flexible y elástico, y, al mismo tiempo, consiste y seguro”.

En lo que respecta a nosotros, en tanto que profesionales de lo humano, especialistas en ofrecer una relación de ayuda, el encuentro con el otro tiene esa particularidad de ser único, diferenciado, ¡estructurado pero flexible!. Curiosa conjunción.

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Juego y Vida (II)

En la anterior entrada (“Juego y Vida”) me permití  lanzar un anzuelo para que una persona a la que admiro y que sabe mucho de la utilización terapéutica del juego se animara a compartir en este blog parte de sus conocimientos.

Se trata de Concepción Martínez Vázquez que en varias ocasiones ha comentado y aportado material a las entradas de este blog. Es pedagoga y psicóloga. Además de su trabajo directo en Intervención Familiar y con menores ha tenido tiempo y capacidad de formarse en Barcelona con Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan en el Diplomado de Especialización en Trauma-psicoterapia Infantil Sistémica organizado por el IFIVF (Instituto de Formación e Investigación-Acción sobre las Consecuencias de la Violencia y la Promoción de la Resiliencia).

Me manda el siguiente texto sobre el potencial terapéutico del juego:

Hola, Javier:

Después de leer tu entrada me sale pensar: ¡Bendita  “Teoría del Caos Relativo de Romeu” que encuentra un sentido al sin sentido! Porque paradójico resulta que, siendo lo más esperable que la evolución de un niño en un centro fuera de desesperación por no estar con sus progenitores, se dé sin embargo una reducción de estrés. Estoy convencida que, como tú dices, en el centro no sólo juegan más y mejor, sino que… pueden “jugar a ser” como posiblemente antes nunca pudieron, en un contexto seguro, predecible, de confort a todos los niveles.

Pensemos que el juego es un medio de expresión natural del niño, una forma de experimentar y aprender, de ensayar a través de un “como si…”. Se ensaya para la vida. Se representan roles sociales que tienen que ver con las personas del entorno del niño, pero también se juega a representar seres mágicos que invitan a la creatividad, a hacer lo posible con lo imposible.

Además el juego es un medio facilitador de comunicación, de intercambio de relaciones, de vinculación afectiva con los otros.  Imagino la liberación que debe suponer para tus niños el poder sentir y sentirse sentido por los otros a través del juego, del “jugar por jugar” sin más.

Pero no podemos olvidar que, además, el juego puede tener, en un contexto de seguridad, un inestimable valor como recurso terapéutico. O lo que es lo mismo, cuando el juego es un medio para lograr un fin: ayudar a un niño herido a reparar las heridas emocionales, las que no se ven con escáneres potentes ni con análisis… las heridas del alma.

Cuando un niño representa una historia, de alguna manera está recreando un escenario en el que él mismo es escritor, actor, director y crítico. Este maremágnum de posibilidades, cuando se da dentro de un espacio de contención, de seguridad pero también de acompañamiento, le permite una nueva reorganización de los aspectos reales o imaginados (algunos incluso temidos) que proyecta en sus juegos.

Mediante el juego simbólico el niño nos da pistas muy valiosas acerca de cómo se ve a sí mismo, pero también una visión de cómo percibe a los demás, de sus deseos y preocupaciones, de los conflictos internos, de la forma en cómo ve el mundo mediante la expresión de patrones de razonamiento y afrontamiento ante los problemas.

Sobre la bandeja de arena, una de mis técnicas preferidas, los niños recrean historias  que son verdaderos calcos de su propia realidad/preocupación: el que su papá está en prisión simula escenas en las que (curiosamente) los malos son los policías que arrestan a los ladrones (es muy difícil comprender y aceptar que papá puede hacer cosas malas); aquellos que sus padres se han separado representan una y otra vez reencuentros y reconciliaciones que devuelven la imagen de familia feliz (que quizás nunca llegó a ser) con un papá encantador y una mamá princesa en el caso de las niñas, o un papá jugando al fútbol con el hijo en el caso de los chicos… También la desorganización se refleja en la caja de arena con representaciones de mundos violentos donde la agresión domina la escena en niños que en sus hogares presencian de manera repetida episodios de conflicto entre sus padres; o en el peor de los casos el impacto de la situación negligente y el abuso es tan grande que no son capaces de crear un mundo y hacen y deshacen continuamente su representación poniendo y quitando las figuras.

Es digno de ver también cómo se meten en su papel con las representaciones con marionetas. ¡Raro es el que después de cinco minutos no acaba hablando en primera persona “como si” el protagonista real fuera él o ella en lugar de la marioneta!.

En la “sala de valientes” como llaman Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan a la sala de juego donde se trabaja con el niño, éste es capaz de traspasar al territorio de la aceptación incondicional donde poder abrirse a algo tan difícil como es su mundo emocional. Es curioso como los niños perciben este espacio de la sala de valientes como una especie de  “entorno protegido”. Los padres o cuidadores me comentan, extrañados, cómo se reservan para sí lo que allí se trabaja, sin contar qué hacemos o decimos. Eso no significa que se olviden o no lo tengan en cuenta cuando se marchan. Es para ellos un lugar seguro, no amenazante, donde la crítica queda al otro lado de la puerta, donde pueden hablar con y sin palabras. Y ello posibilita realizar un trabajo terapéutico a través de los materiales que se transforman en vehículos de expresión para el niño.  ¡No hay nada más maravilloso e inexplicable  que el poder sanador de la caja de arena!

Y es que, si bien el juego es beneficioso para todos los niños, cuando no se puede hablar con palabras porque existe un bloqueo emocional o simplemente porque el daño se produjo en una etapa en la que no había contenido verbal y fueron registradas en el cerebro del niño emociones y sensaciones que no son accesibles a la consciencia, el juego tiene un papel reparador.

Esto es especialmente importante en el caso de niños que han sufrido malos tratos en los primeros años de su infancia como ocurre en muchos de los niños adoptados quienes padecieron situaciones horribles de negligencia, maltrato físico o abuso antes de llegar a un contexto familiar donde poder confiar. Durante mucho tiempo necesitan poner a prueba a los adultos, confirmar una y otra vez que el amor sin condiciones que dicen tenerle permanece cada día cuando se levantan.

Cuando los vínculos de apego se han formado de manera insegura o desorganizada se requiere paciencia y perseverancia, pero sobre todo, un trabajo terapéutico que ayude a estructurar y reparar el daño que incluya el juego.   Porque… ¿Cómo expresar abiertamente con palabras que las figuras que tendrían que ser base de seguridad no sólo no han desempeñado ese papel sino que han sido fuente de sufrimiento?¿Existe conflicto mayor que el de un niño que no puede entender la ambivalencia de afectos que surgen cuando se es víctima de una situación maltratante?

Hay una frase muy bonita de Bruno Bettelheim, quien dice que “el juego es el camino al mundo interno consciente e inconsciente del niño. Si queremos entender el mundo interno del niño y ayudarlo, tenemos que aprender a andar en este camino”. Sin embargo, para poder ser caminantes junto al niño en el proceso terapéutico necesitamos herramientas que no dañen aún más el pedregoso sendero que a veces acompaña sus vidas, como suele suceder cuando se emplean metodologías que revictimizan al niño en muchas ocasiones.

Otras veces se realizan diagnósticos sobrecargados de pruebas estandarizadas que, sin desmerecer su importancia, en muchas ocasiones, resultan insuficientes cuanto no ineficaces para lograr ayudar al niño que ha sufrido una experiencia traumática o ha sido víctima de malos tratos.  Algo así como dar aspirina para una neumonía.

¿Cómo pretender con metodologías tradicionales que un niño con  apego desorganizado se autocontrole, que trabaje en el colegio, que obedezca las indicaciones si necesita invertir gran parte de su tiempo en intentar comprender su mundo y expresar lo que siente, que le desborda sus propias capacidades personales? ¿Existen tests para medir el dolor que produce no sentirse querido?

En mi opinión, el juego, su utilización como UNA de la metodologías en la intervención con niños, es algo serio que requiere una visión suficientemente infantil para poder acceder a su modo de ser, estar y sentir pero al mismo tiempo necesariamente adulta como para ofrecer la seguridad y acompañamiento en el proceso de reinterpretar su historia en busca de un final feliz.

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