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Archive for the ‘Recursos internos’ Category

A mi biblioteca Kindle han entrado en las últimas semanas dos libros que llevan en el titulo la palabra GRATITUD. Pero no pueden ser más diferentes el uno del otro.

Uno de ellos, de hecho, no lleva más palabras. Se llama así “Gratitud” y el autor es Oliver Sacks (Editorial Anagrama)

Se trata de una recopilación póstuma de cuatro cartas o textos que el famoso neurólogo escribió tras terminar, con 80 años, de escribir sus memorias. Y tres de ellos tras conocer, unos meses después, que los médicos no podrían hacer mucho más ante la metástasis de un cáncer con el que habían estado luchando los últimos años.

El libro se lee literalmente en veinte minutos o media hora como mucho. En los cuatros textos, y especialmente en el llamado como el resto del libro, la gratitud aparece como el resultado de una persona que, conociendo que la vida se le acaba, se siente agradecido por lo vivido. La gratitud en este caso es algo que parece brotar de forma natural en una persona afortunada o con un carácter y una entereza envidiable.

Sin embargo el libro El Diario de la Gratitud (Editorial Planeta) es casi lo contrario. La autora, Janice Kaplan, editora y escritora, se propone un día de Año Nuevo aumentar su nivel de felicidad y la de los suyos practicando conscientemente la gratitud. Una elección que hace al recordar un estudio sobre la misma que conoció gracias a su actividad como editora.

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El libro es por tanto la crónica de un esfuerzo deliberado de la autora de, por un lado, ejercitar la gratitud (como quien ejercita la resistencia aeróbica haciendo running) y, por otro, investigar acerca de lo que sabemos de la misma.

Y yo lo que le agradezco a ella de todo corazón es que no haya escrito un libro de autoayuda más. Porque no nos dice lo que tenemos que hacer sino que nos cuenta lo que ella hizo. De tal modo que cuando lo empecé pensé que el libro no podía dar para mucho más de 15 páginas. Pero llevo un tercio del mismo y todavía no me he cansado.  Por sus páginas aparecen no sólo sus ejercicios para aumentar la gratitud sino entrevistas con reconocidos investigadores del tema como el mismísimo Martin Seligman.

Me ha gustado especialmente el capítulo en el que se trata de la especial dificultad de los adolescentes para agradecer algo a sus padres, no como fruto de locura transitoria sino por su propia posición vital. También la larga referencia a las investigaciones, que yo conocía pero no su autor,  y que demuestran que se invierte más en felicidad gastándose el dinero en experiencias que en cosas.

Por tanto, los dos libros me parecen de interés pero… ¿Cuál de los dos ejemplifica la verdadera esencia de la gratitud? Todos podemos conocer personas como Sacks que parecen disfrutar hasta en un funeral, y personas que, por el contrario, viven prisioneras de la queja. Es difícil negar que las personas somos muy diferentes en nuestra capacidad de ser agradecidos.

Pero si Kaplan tiene razón, la gratitud es un hábito como otro cualquiera. Igual que podemos entrenar a nuestro cuerpo para resistir 42 kilómetros corriendo podemos entrenar nuestra mente para ser o estar agradecidos.

La solución a este dilema la da el propio Martin Seligman en el libro de Kaplan: hay personas que de forma natural son agradecidas, pero eso no significa que quien no es así no tenga un margen de maniobra para, mediante la práctica, aumentar su nivel de gratitud.

Me viene a la memoria una investigación que atribuye el 50% de la felicidad de una persona a factores individuales o propios de la persona; sólo un sorprendente 10% a las circunstancias, y un 40% a lo que se haga en la práctica para cultivarla.

Olver Sacks representaría quizá al tipo que trae puesta casi la mitad de su felicidad en sus propios rasgos de personalidad. Janice Kaplan a la persona que se ha dado cuenta de que hay maneras más sabias de vivir que otras y ha optado por una de las mejores según la filosofía, la teología y ahora la psicología social y positiva.

Pero hay un punto por el cual el libro de Kaplan me interesa especialmente. En su introspección sobre sus sentimientos y pensamientos de queja o de gratitud, la autora va desgranando muchos matices clave para poder entrar en el agradecimiento. Me interesa mucho la revolución interior que se produce casi siempre en las víctimas de la adversidad. Se trata de una especie de movimiento mental. Por eso siempre he defendido que la resiliencia no necesita de fortaleza mental sino de flexibilidad mental.

Y por ello me atrevo a mantener que quién no se consuela no es porque no quiere… sino porque no puede pero también porque no sabe. Dicen que existen “trucos” para tener una mente más creativa. ¿Los habrá para ser más resiliente (aunque odie este adjetivo)? Soy un convencido de que cambios en el contexto pueden favorecer la resiliencia (que no provocarla). Pero también de que la resiliencia necesita un movimiento interior ¿podremos encontrar pistas para favorecerlo?

Deberé consultar, cuando lo compre, también el libro de Brené Brown llamado “Más fuertes que nunca” (ediciones Urano) a pesar de que no me gusta el modo “yankee” de entender la resiliencia que se desprende de título y planteamiento, pues “examina el complejo viaje que requiere trascender las catástrofes de la vida con valor y resiliencia, ya sea el final de una relación o un colapso profesional. (…) la autora examina las cualidades, patrones emocionales y hábitos mentales que permiten a las personas transformar el desastre en coraje, generosidad y sentido de la propia valía…” (La cita es de la sinopsis editorial y la negrita mía)

P.D.: Parece ser que hablar o leer sobre la gratitud ya tiene de por si un efecto favorecer de  la misma. Así que aprovecho para señalar que gracias a Emilio he podido corregir un montón de errores tipográficos, ortográficos, gramaticales, etc del post. Y encima me envía esta viñeta que le viene “al pelo” (de perro)

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Esta mañana he conocido la historia de dos animales muy distintos, un cisne y un perro, pero con dos cosas en común: ambos viven en Australia y se dedican a rehabilitar personas. Si quieres saber cómo, te lo contaré enseguida pero déjame unos párrafos primero.

En uno de los primeros textos sobre resiliencia que leí de Cyrulnik o Vanistendael se apuntaba, como quien no quiere la cosa, que personas en situación de vulnerabilidad o dependencia, como niños en contextos de marginalidad o ancianos en residencias, podían beneficiarse de tener que cuidar plantas o animales o cualquier otra pequeña responsabilidad.

Le seguí la pista a esta idea y pronto entendí que debía incluir el altruismo entre las condiciones internas de la resiliencia. De vez en cuando me encontraba con historias, con ejemplos, con autores que apoyaban la idea de que el centrarse en el alter, en el otro u otra, era una buena manera de retomar un camino positivo después de haber recibido una bofetada de la vida. Y además había distintos argumentos para justificarlo:

– Las víctimas que adoptan una posición activa ante la desgracia (ayudando a otras víctimas) se recuperan mejor que las que reaccionan pasivamente.

– Centrarse en el tú implica descentrarse del yo. Cuanto menos me centre en mi yo herido (sin llegar a la negación o la alienación) mejor. Si estoy atento a ti, es más difícil que esté atento a mí.

– La posición de víctima suele desequilibrar la relación entre el dar y el recibir. Dar más que recibir es agotador, recibir más que dar es incómodo y mucho más difícil de gestionar de lo que parece.

– Conocer el dolor de otra persona me permite poner en perspectiva mi propio dolor. Casi nada es absoluto, muchas cosas (no todas) son relativas. El sufrimiento es objetivo en si mismo pero su nivel, probablemente, no. Mi gran dolor al lado del tuyo ya no parece tan gran.

– Los grupos de ayuda, que funcionan en casi todas las problemáticas humanas, se basan, entre otras cosas, en la idea de que ayudándote, me ayudo. Ayudándome, te ayudas.

No está nada claro que el altruismo se pueda considerar una condición interna (y se pueda clasificar a la gente en altruista o no) pues si el contexto no te ofrece oportunidades para ayudar es difícil hacerlo. Si en las residencias de ancianos no se permite tener perro, gato o peces los ancianos no podrán cuidar animales. Hay contextos que favorecen la generosidad y otros que la inhiben. Pero en todo caso no podemos negar que hay personas (todos conocemos algunas) que son más desprendidas y entregadas a los demás que otras.

El otro día me pidieron tomar un café para ejercer de lo que yo llamo “psicólogo de cabecera”. Yo te cuento, Javier, y me dices cómo lo ves. Así que durante bastantes minutos me iban contando las hazañas de un chico o chica de veintipocos años. Yo preguntaba y poco a poco un retrato humano se iba dibujando en mis pocas entendederas. Descartada la patología clínica pura y dura se acercaba el momento angustiante del ¿y qué hacer? Soy consciente de las limitaciones de una intervención tan poco profesional pero a mi mente llegó la idea de que esta persona, por circunstancias que no vienen al cuento, tenía un balance anómalo entre el dar y el recibir. Vivía, en mi imaginación, para si mismo en una espiral que apuntaba hacia cada vez menos relaciones humanas positivas y sanas. Del relato de las personas preocupadas por él o ella se desprendía que sus únicos valores en la vida eran el éxito y el dinero, y encima aún estaba muy lejos de ambas cosas.

Así que les propuse que intentaran ayudarle a ayudar a otros u otras. Ayudarle a entender que los dones que se poseen no necesariamente se tienen que traducir en éxito o en dinero sino en… ¡vínculos! Probablemente mis interlocutores no entendieron nada o no les servirá para mucho pero yo lo vi clarito.

A mí, sirva yo mismo también de ejemplo, me gustaría poder ganarme la vida con el blog o la escritura pero si no es así, y probablemente no lo será nunca, no pasa nada porque en realidad escribo para conectarme (también para resistir y resurgir y para encontrar sentido) ¡para que me quieran!.

La dueña de la casa se llevó un susto enorme cuando salió al jardín y se encontró a Wyne tirado en el suelo y moribundo. Estaba tan débil que no tenía fuerzas ni para mover el cuello y no podía recordar su nombre. En su caso lo primero era gravísimo y lo segundo normal, pues Wyne era un cisne negro. Presentación2

Para socorrerlo se llamó al mas templado de los protagonistas de Bondi Vet (serie conocida en España como Veterinario al rescate) Fue éste, Chris Brown, el que bautizará al cisne con el nombre de un político no muy de su agrado. Wyne estaba debilitado como fruto de una invasión brutal de parásitos. Una vez curado el cisne necesitaba un tiempo prolongado de rehabilitación para recuperar las fuerzas para poder volar y ser liberado de nuevo. Así que fue llevado a un Centro para recuperación de animales salvajes.

En otro capítulo el veterinario se desplaza hasta este centro para supervisar su recuperación. Y resulta que dicho centro se encuentra dentro de una prisión para mujeres. La oficial al cargo explica: “Uno de los aspectos más positivo del trabajo de las internas con los animales es que los animales no juzgan. Es una iniciativa muy positiva para ambos” La primera frase es una obviedad pero tiene más miga de lo que parece porque apunta que para la rehabilitación social es importante la mirada social hacia las personas que se han equivocado en la vida.

Y una interna, Marie, ha sido la principal cuidadora del cisne desde que este llegó. Le ha dado los antibióticos, la ha hecho fisioterapia en las alas, y aguaterapia.

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Unos días después el cisne ya estará suficientemente fuerte para soltarlo en un estanque dentro de las instalaciones del centro penitenciario (mejor que lo veas para creerlo) y que él decida si volar otro lugar o permanecer en él. Marie, la persona condenada a cuidarla explica. “Este programa te da la oportunidad de aprender mucho de la fauna australiana y, además, es muy gratificante porque puedes ayudar”  

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Tras soltar al cisne el veterinario comenta a la cámara: “Basta mirar un momento a Marie para darse cuenta de que rebosa de orgullo por lo que ha logrado hacer aquí. Estoy seguro de que en su vida en prisión no habrá muchos buenos momentos pero hoy es uno de ellos”. ¿Será esto una concreción de la cursilería que digo muchas veces de la importancia de introducir belleza en la vida de las personas que necesitan ayuda? Ahí lo dejo.

Pero en otro episodio de la misma serie Chris Brown vuelve a entrar en una prisión para atender, esta vez, el parto de una perra. El narrador del programa explica: “Desde hace diez años los reclusos de varios centros penitenciarios de Australia adiestran cachorros de perros de asistencia (guía)” Sin embargo esta es la primera vez que una camada nace en el interior de una de las cárceles. Una de las reclusas ha cuidado de Briel, la perra asignada a ella, durante cuatro meses y ha ayudado al nacimiento del primer cachorro.

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Tras asistir el parto de diez perritos la presa comenta:“Esto es solo el comienzo de algo monumental, juegan un papel importantísimo para ayudar a las personas discapacitadas. Nacen para dar lo mejor a alguien que no puede conseguirlo por si solo. Jamás me habría imaginado que formaría de algo así (…) No puedo describir el amor que siento por Briel y sus cachorros”

Supongo que es difícil evaluar un programa de este tipo en términos de reducción de tasas de reincidiencia o algún criterio objetivo. Pero de partida me parece interesante la lógica que subyace detrás. Necesitamos perros de asistencia, criarlos necesita tiempo ¿Y no es lo que más tienen las personas privadas de libertad?

Y en todo caso, siempre he mantenido que la resiliencia no la podemos planificar o provocar pero sí crear contextos o condiciones donde ésta sea más probable. Y cuando pienso en experiencias como las anteriores y abro la mente a su abanico de posibilidades casi todas ellas me parecen positivas. Positivas para la sociedad, en general o la de las personas con discapacidad. Positivas para los animales (incuestionable). Positivas para los presos, al menos para sentirse útiles.

Es cierto. Me puedo imaginar a algún preso o presa usando el ano del cisne o del perro para entrar o sacar droga de la cárcel. Pero ¿quien ha dicho que en la rehabilitación no haya riesgos?

Generemos contextos sanos y favorecedores de la resiliencia, partamos de que rehabilitar puede ayudar a rehabilitarse y luego ya evitaremos otras cosas.

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Casualidad, Dios, destino o simplemente un cerebro que une acontecimientos ¿Qué más da?

Tengo una amiga (ella sabe quien es) a quien la adversidad ha vuelto a llamar a su puerta. No como en su infancia que fue una amiga inseparable. Ahora de imprevisto, sin ser invitada, sin modales, casi pegando una patada en la puerta.

Por mi cabeza pasó la idea de escribir algo por y para ella. Lo había descartado porque… ¡Qué dificil es acompañar en el sufrimiento! ¡Qué facil hablar por hablar! ¡Qué fácil escribir desde la barrera! Así que lo descarté.

Y entonces otra amiga, Reyes Adorna, me manda un texto por si le quiero dar vueltas para un post. Pero es un texto rotundo y redondo. Cualquier cosa que yo escribiera sería una malísima versión. Así que le pido un favor. Déjame que lo publique tal cual y se lo dedique a mi otra amiga. Y con su permiso y su generosidad, que va más allá del texto, aquí esta y lo copio con mi admiración hacia las dos.

LA VIDA COMO TUTOR DE RESILIENCIA

Quería hablarte de una obra de teatro, breve y tremenda, de Camus, y de su interpretación del personaje que le da título al libro: Calígula.

Calígula es el emperador de Roma. Al conocer la muerte de su hermana, despierta a la realidad de su propia vulnerabilidad, y sobre todo, descubre lo imprevisible de la vida. Trastornado, decide comportarse como los mismos dioses, y ser el “pedagogo” que le abra los ojos al mundo, sembrando la tiranía, el caos, o la tortura en su pueblo. Su objetivo es que todos despierten cada mañana con la certeza de que puede ocurrirles cualquier cosa, a ellos o a los que les rodean. Sus consejeros tratan de disuadirle. La gente no quiere saber, le dicen, queremos vivir con nuestra ingenuidad, sin el temor constante hacia un sufrimiento posible… Pero Calígula se mantiene firme. Él debe responder a su “misión”, debe enseñar al pueblo lo que él ha aprendido. Al final, cuando lo asesinan, se mira en el espejo y dice algo así como: “Calígula vive”, porque sabe perfectamente que aunque la gente quiera “matar”, silenciar, o evitar la voz de lo imprevisible, ella estará con nosotros siempre, acompañándonos en nuestro recorrido vital.

Esto lo saben muy bien aquellos que atraviesan una enfermedad, o los que pasan o han pasado por una situación límite o han vivido la experiencia de un accidente casi mortal, porque estas circunstancias nos hacen casi siempre despertar, y son como ese Calígula que nos recuerda que cada día puede ser el último, un Calígula que nos enseña que la muerte nos mira de reojo a todos.

Podría tomar la perspectiva que me lleve a pensar que es terrible vivir con esta certeza, pero no lo voy a hacer. Porque pienso que descubrir a la muerte a nuestro lado nos amplía la mirada, y nos hace ver a la otra compañera de viaje que a menudo pasa desapercibida, que es la vida. Ella también estará a nuestro lado hasta el final, ella puede convertirse en nuestro tutor de resiliencia cuando todo falla, ella puede regalarnos esa “otra” libertad de la que hablan los sabios, aquella que nadie nos puede quitar, que es la profunda admiración del extraño milagro de estar vivos. Ningún Calígula puede destruir eso mientras lo estemos.

Reyes Adorna

(1) Reyes es la autora del libro “PRACTICANDO LA ESCRITURA TERÁPEÚTICA. 79 EJERCICIOS”,  de la editorial DDB, que ya hemos reseñado en este blog

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No he tenido un lapsus en el título. No he puesto la erre de profesionales en un acto deliberado.

Porque quitándole la erre a esa palabra se consigue un efecto similar a ponerse inesperadamente una nariz de payaso. Si quieres comprobarlo ves a un espejo y di primero en voz alta: “Soy un (o una) profesional”.  Luego sin cambiar la cara di: “Soy un (o una) pofesional”. A las comisuras de tus labios les costará no elevarse.

Lo que si es seguro es, si lo has hecho, cosa que dudo, que pensarás probablemente: ¿Pero que idiotez estoy haciendo porque un tipo en un blog…? Tranquilízate pensando que a veces el humor y una imagen es más potente que las nosecuantas palabras que van a venir a continuación.

Todo esto viene a cuento de que el otro día quise comprobar una frase atribuida a Teresa de Ávila y que yo recordaba como “la humildad es la verdad”  y que siempre me había llamado la atención. Así que le pedí ayuda al Sr. Google que me indicó que la frase, que corresponde a su obra Las Moradas, es en realidad “La humildad es andar en la verdad”. Que en el contexto de su pensamiento es lo mismo que decir «andar en verdad ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos»

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O de otro modo, el que tiene humildad tiene una visión más certera de la realidad y por tanto está más en la verdad.  Tienes su lógica. Si yo me enorgullezco de mi mismo es posible que me vea superior a lo que en realidad soy y que de paso vea inferior a muchos otros (deformo mi visión de mi mismo y de los demás). Y de igual modo podríamos pensar que si me siento inferior, que puede parecer humildad pero no lo es, también veré la realidad deformada por mi pequeñez.

Por eso es importante señalar que en Teresa de Jesús esta última postura no es exactamente de humildad porque para ella la verdad (que viene de andar en la humildad) es “conocer cada uno lo que puede y lo que Dios puede en él” Por tanto para ella la verdadera humildad nada tiene que ver con el autodesprecio o la minusvaloración. Es más puede que esta actitud sea una verdadera ofensa a Dios al negar su omnipotencia. Lo que yo, ser limitado, no puedo, lo puede en mi el mismísimo Dios. Y si niego esto último es que no creo en Dios.

Pero, antes de que pienses que te has equivocado de blog y que has entrado en uno de teología en vez de uno sobre uno sobre la relación de ayuda a la luz del fenómeno de la resiliencia, quita la palabra Dios y cámbiala por Vida. Y es aquí donde podemos hacer una reflexión para la relación de ayuda profesional.

Según lo anterior un verdadero profesional es aquel que conoce lo que puede hacer y conseguir como tal pero también lo que la Vida puede hacer con la persona a la que intentamos ayudar. Por tanto un buen profesional es capaz de ver, intuir o sugerir  posibilidades para su paciente, cliente, alumno o alumna…. más allá de su propia intervención.

O desde el prisma contrario, el profesional orgulloso no es capaz de aceptar que, además de su propia actuación, la vida en ocasiones nos cambia el escenario de un día para otro. Unas veces para mal, pero otras para bien. A veces la vida es muy cabrona (por eso mucha gente necesita ayuda) pero como dice maravillosamente Juan Manuel Serrat:

De vez en cuando la vida
nos besa en la boca
y a colores se despliega
como un atlas,
nos pasea por las calles
en volandas,

y nos sentimos en buenas manos;
se hace de nuestra medida,
toma nuestro paso
y saca un conejo de la vieja chistera
y uno es feliz como un niño
cuando sale de la escuela.

El profesional engreído, está tan metido en su papel que, olvidándose de la vida, se carga a sus espaldas la responsabilidad de ser la única opción de salir adelante de la persona que le pide ayuda. Y si la cosa no resulta sentenciará: “Es un caso sin solución”

Hace no mucho estaba tomando un café con una persona a la que intentaba ayudar a entender que los ataques de pánico se generan cada vez que paradójicamente intentamos frenarlos o evitarlos. Estábamos en un bar porque no me dedico a la clínica. Pero como no dejo de ser persona (y de momento no cobro por serlo) a veces me tomo un café o refresco con quien necesita algo de mi.

La situación estaba un poco bloqueada por el hecho de que esta persona no tenía trabajo y eso le deslizaba también hacia la falta de motivación para afrontar sus problemas. Pensé para mis adentros: ¡Ojala la vida le regalara un trabajo!  que le obligara a no hacerle caso a sus ataques de pánico.

No tengo poderes ni enchufe celestial pero a los cinco minutos le sonó el teléfono. Era una llamada para pedirle que el lunes fuera a una entrevista para sustituir a una persona en el sitio donde la persona que llamaba trabajaba. El trabajo se concretó y anteayer pude comprobar que efectivamente, la necesidad de mantener un trabajo que le encanta le ha hecho experimentar que todos los ataques de pánico se pasan, y sobre todo si los aceptas y abrazas como a un amigo inoportuno, cosa que yo no había conseguido en dos meses.

Por eso creo que estudiar la resiliencia no resta nada a los profesionales de la relación de ayuda sino que suma. Nos ayuda a pensar más allá de nuestras técnicas concretas y ayudar a las personas a abrir y desarrollar posibilidades.

Cuando leí “La maravilla del dolor” de Boris Cyrulnik donde empecé a conocer la resiliencia lo viví como aire fresco para mi profesión. Una brisa suave que resumo parafraseando un refrán judío: “No puedes salvar a todo el mundo, pero si salvas a uno, salvas el mundo entero”

Por eso prefiero quitarle la erre de resiliencia a la palabra profesional. Porque un profesional es importante, muy importante en muchos casos. Pero la vida y la resiliencia se desencadena tanto a partir del trabajo de un buen profesional (que sabe y acompaña) como desde otros muchas circunstancias de la vida de los que necesitan ayuda.

El o la pofesional (sin erre) es, por tanto, a mi entender el que, tomándose suficientemente en serio, sabe lo que puede y lo que no puede conseguir, pero también, no pasándose en su orgullo (nariz de payaso) ayuda también a la persona a mirar la vida para detectar potenciales tutores de resiliencia.

Cómo aquel catedrático de medicina (ya lo he contado) que no teniendo tratamiento que ofrecerle a un chaval le sugirió que estudiase medicina ofreciéndole, probablemente sin saberlo, un tutor de resiliencia. Catedrático y ¡todo un pOfesional! que consiguió mirar a su paciente más allá de su profesionalidad.

Porque muchas veces no situamos como profesionales con una prepotencia que tira de espaldas. Yo al menos.

¡A cuántas reuniones he asistido, no a recabar información de otros profesionales, sino a defender a capa y espada mis puntos de vista!

¡Cuantas catástrofes he pronosticado simplemente porque yo (o mis compañeras/os) no hemos encontrado las claves para ayudar a alguien!

¡Cuántas veces he recurrido al concepto de “resistencia al cambio” para poder digerir mi incompetencia!

¡Cuánto “proteccionismo ilustrado”! (todo por el niño pero sin el niño)

Quizá haya que proponer a las Universidades un módulo de créditos libres llamado “Concepción teresiana de la humildad y profesionalidad”.

El título tira para atrás pero en realidad se trataría de analizar la relación de ayuda (profesional) a la luz del fenómeno de la resiliencia”

¡Anda! ¡Cómo se parece esto al título de este blog!

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Desde hace unas semanas llevo en mi cartera un pequeño texto manuscrito. A él pertenecen estas líneas:

“… más te asaltarán ideas malas, de manera violenta, repentina y malvada; ideas que vienen ya sea del exterior, ya de un miedo tuyo personal (…) No les prestes ninguna atención, no les resistas (…) Supera esos pensamientos vanos y malos como si no hicieras más que escuchar a un perro ladrando o a una oca cacareando; nadie hace caso ni se para a disputar por ello, sino que sigue derecho su camino, lo ignora o, como mucho, se ríe. Si haces así evitarás estos pensamientos con facilidad y los olvidarás rápidamente. Pero si intentas oponerles resistencia activa, debatirte con ellos, prestarles atención, temerlos, desembarazarte de ellos, descubrirás que aún se imprimen más fuertemente en tu espíritu y te hacen caer en tormentos y en depresión. “

Mi mujer fue la primera que lo escuchó y me lo comentó. Luego por la noche mi hija mayor, como no era fácil de conseguir, nos lo copió en una cuartilla. Desde entonces lo llevo encima para no perderlo.

Pero también anoche leí en un libro unos párrafos que me impactaron:

“Los humanos pueden estar abrigados, bien alimentados, secos, físicamente bien y, aún así, sentirse desgraciados. Los humanos pueden disfrutar de medios de diversión y entretenimiento desconocidos en el mundo no humano y sólo al alcance de una pequeña parte de la población – TV de alta definición, coches deportivos, viajes exóticos al Caribe- y, aun así, experimentar un dolor psíquico extremo. Cada mañana, un ejecutivo de éxito llega a la oficina, cierra la puerta y busca calladamente en el fondo del cajón de su escritorio la botella de ginebra que tiene allí escondida; cada día, un ser humano con privilegios inimaginables, toma una pistola, la carga con una bala, cierra el tambor y aprieta el gatillo”

Para mí la relación entre un texto y otro es clara. Muchos sufrimientos de los seres humanos se originan, no por lo que pasa fuera de ellos, sino por lo que pasa dentro de su mente. Hay pensamientos que son como perros que ladran y ladran y que si te paras a hacerles caso estás perdido. Pensamientos capaces de llevarte hasta la petaca o hasta la pistola.

Por ello estoy convencido de que si Steven C. Hayes, Kirk Strosahl y Kelly G. Wilson los autores del libro donde aparece esta contundente referencia al sufrimiento humano conocieran el primer texto estarían plenamente de acuerdo con su autor.

Pero es muy probable que no lo conozcan porque fue escrito hace cinco siglos por un monje cartujo llamado Juan Justo Lanspergio. Nació en 1489 e ingresó en la cartuja de Colonia con poco más de 18 años. LLegó a ser maestro de novicios y posteriormente prior. Escribió distintas cartas de acompañamiento espiritual y el fragmento primero corresponde a la más popular de ellas, la llamada Carta de Jesucristo, dirigida a las monjas Premonstratenses de Heinsberg.

Así que, como no puedo recomendar en este blog las cartas de Lanspergio, a no ser que tengas intención de retirarte a la vida contemplativa (nunca se sabe) te recomendaré el siguiente libro de Steven C. Hayes y compañía que además éste sí que es una novedad editorial y no como la del cartujo.

El libro se titula “Terapia de Aceptación y Compromiso” con el subtitulo “Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness)” y está editado, como no, por la Editorial Desclée De Brouwer.

TERAPIA DE ACEPTACIÓN Y COMPROMISO. Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness)

Es evidente que, tras dedicarle tres post a reseñar “Sal de tu Mente, entra en tu Vida”, no podía dejar pasar esta novedad editorial (un lujo tener traducido un libro publicado en inglés en el 2012) y que es mucho más que una revisión del que se escribió allá por el año 2000.

Todavía lo estoy empezando pero ya me quedé flipado al encontrar en el prólogo la siguiente afirmación:

“Por todas estas razones, el presente volumen tiene un aspecto y un toque distinto al que escribimos hace ya más de una década. Esta edición se centra en el modelo de flexibilidad psicológica como modelo unificado del funcionamiento humano”

Es decir, que cuando hace meses empecé a pensar y a escribir sobre un concepto tan poco científico como “yo elástico” vinculado a las condiciones internas para la resiliencia, quizá no estaba muy desencaminado.

Tendré que seguir leyendo para confirmarlo y seguramente seguiré dando la vara con este librito de algo más de 500 páginas. Libro que tiene una considerable ventaja. No está escrito como un manual o guía de aplicación de una terapia concreta (ACT o Terapia de Aceptación y Compromiso) sino como un compendio de las ideas fundamentales que subyacen a la misma pero que van más allá de ella misma.

Por tanto es un libro que puede interesar tanto a un terapeuta como a cualquiera que quiera entender ese sufrimiento humano aparentemente incomprensible porque no se justifica por las condiciones externas de quien lo padece.

Sirva este pequeño párrafo de ejemplo:

“Irónicamente, la mayoría de la gente acude a terapia buscando defender su yo-concepto  particular, aunque éste sea detestable, nocivo o constituya, precisamente, el motivo principal para buscar tratamiento (…) En principio, la mayoría de los clientes están tan atrapados en esta prisión conceptual que ni siquiera saben que están atrapados- y no creen estarlo”

Al hilo de esto tengo que reconocer que cada vez me cuido más de emplear la expresión “Yo soy…” porque nunca me lleva a nada bueno. Primero porque hay muchas probabilidades de hacer el ridículo (a cuántas personas has oído decir, por ejemplo, “yo soy muy trabajador” que es justo lo contrario de lo que piensas de ellas). Y en segundo lugar, porque cuando uno se afirma de tal manera delante del otro lo más probable es que consiga distanciarse de él (todo “yo soy” lleva implícito un ¿y tú?).

Así que me lo vigilo en mí y desconfío cuando oigo a otro definirse constantemente. Cuando una persona se autorreferencia constantemente… ponte a temblar. (Lo digo YO que tengo un blog “pa MI SOLITO” ¿No es un blog un gran ejercicio de autodefinición?)

En fin, que me interesa, la idea de estos autores de “flexibilidad psicológica”.

Pero para aligerar un poco…  me viene a la cabeza el conocido chiste en que un tipo que le pregunta a otro cómo hace para estar siempre tan feliz. Este le contesta: “No discuto con nadie” A lo que su interlocutor exclama: ¡Eso no es posible! Y el interrogado concluye: “Pues bueno, no será por eso…”

Recuerdo las memorias del cómico del cine mudo Buster Keaton llamadas “Slapstick” que significa payasada o bufonada, y es una palabra compuesta de Slap (bofetada, cachete) y Stick (palo, pegar).

Porque el pequeño Buster adquirió desde muy joven y con la enorme ilusión de trabajar en las funciones de vodevil de su padres, la habilidad de aprender a caer sin hacerse daño cuando su padre lo lanzaba de un lado a otro del escenario simulando una persecución por alguna trastada infantil.

¿Y si fuera posible desarrollar también la flexibilidad del yo y ya desde bien pequeñitos? ¿No tendríamos adultos más saludables en el futuro? Y si esto fuera así, ¿no deberíamos revisar con cuidado los mensajes que estamos dando a nuestros hijos? ¿Les estamos ayudando a ser resilientes o resistentes? (que no es lo mismo)

Hace unos meses acompañé a un Juzgado a una niña o niño de unos 12 años a retirar la denuncia de malos tratos sobre su madre. Tras pasar una semana viviendo en el centro en el que trabajo decidió que echaba de menos estar en su casa, con sus amigos, e incluso con su propia madre (porque no es lo mismo maltratar que poner límites). Mientras bajamos del juzgado, donde comprobé que  había una buena conexión afectiva a pesar de lo sucedido, la madre sí le reprochó suavemente que circulará por ahí un vídeo donde él o ella se pegaba con otra chavala o chaval.

Tranquilamente el muchacho o muchacha simplemente respondió: ¿no me dijiste tú que si se metían conmigo me defendiera?

La madre calló y yo pensé para mis adentros: ¡Ahí te han dado!

¿Queremos criar chicas y chicos duros o personas flexibles?

Así que me pienso leer este libro no tanto por mi (que ya no tengo solución) sino por mis hijos e hijas. O casi mejor, por mis nietas o nietos. Quizá cuando, si Dios quiere, en julio nazca mi primera nieta le empezaré a decir: “Hola, Candela, YO SOY tu abuelo”….

…”o no”

(No os preocupéis familia… es sólo una idea más de las mías. Pero no le haré caso y me reiré de ella como si fuera un perro ladrando o una oca cacareando. Gracias, Lanspergio)

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el móvil

Desde que leo y escucho sobre el tema de la resiliencia tengo claro que la trascendencia es importante para la misma. Pero es un tema complicado de abordar, y por eso a penas lo he tocado, pues tiende a confundirse con las creencias (religiosas o laicas, como le gusta matizar a Boris Cyrulnik) y no es mi intención meter, conscientemente, el blog en arenas demasiado movedizas.

Pero esta mañana me ha ocurrido un hecho aparentemente insignificante que me ofrece una metáfora para abordarlo “en modo seguro”.

A las ocho y media de la mañana, en uno de los momentos más álgidos del habitual estrés matutino de la locura cotidiana de mi casa, el móvil de mi mujer ha sonado. Era una persona muy querida por nosotros y que está pasando unos momentos objetivamente muy, muy difíciles.

A mi mujer, que tiene el superpoder de convertirse en Earwoman (“la mujer oído”) o “la oreja que siempre escucha”, ni siquiera se le ha pasado por la cabeza decirle “Me pillas acabando de arreglarme y con mi marido histérico por las prisas…” El resultado es que se ha acabado de arreglar; hemos bajado al coche; me ha reñido con un gesto por mosquearme con otro conductor; hemos hecho todo el trayecto hasta su trabajo; nos hemos despedido con otro gesto, y durante veinte minutos (saludar a los compañeros, encender el ordenador, etc) ha seguido la conversación con esta persona totalmente ajena a lo que mi mujer estaba haciendo mientras hablaba con ella.

Si mi mujer hubiera dicho algo por lo que su interlocutor o interlocutora pudiera adivinar las circunstancias de mi mujer estoy seguro que habría reaccionado diciéndole algo como: “Ya te llamo luego”… “habérmelo dicho”… Pero como no tenía ningún indicio, lo normal es que se haya imaginado a mi mujer cómodamente sentada en la mesa de su trabajo o en casa. Normal.

Como normal es que que cuando la vida nos va suficientemente bien y, en nuestro cercano alrededor, no hay grandes desgracias (la vida no nos dice que está jodida) no pensamos en los sufrimientos. Ni nuestros, ni de nadie. Es como si al otro lado del teléfono todo estuviera tranquilo.

Pero cuando la adversidad nos visita y nos deja grogui, tambaleándonos,… sentimos que algo nos desgarra de ese mundo sin sufrimiento en el que creíamos y anhelamos vivir. Podemos incluso sentirnos desterrados. Yo ya no pertenezco a ese mundo porque mi sufrimiento es insufrible. La vida es bella pero la mía es una putada. Nadie puede entenderme.

Pero poco a poco, cuando la quemazón va lentamente enfriándose, te das cuenta de que sí había alguien al otro lado del teléfono pasándolo mal. No eres el primero al que le diagnostican esa dichosa enfermedad; no eres la primera a la que se le muere un ser tan querido; no eres el único o única a la que… Y de ellos podrás quizá recibir: consuelo, ejemplo, modelos… pero sobre todo conexión. Ya perteneces de nuevo a algo o alguien.

Ni serás la única persona a la que le pase. Otros se tendrán que enfrentar a lo mismo que tú…. Y de ellos quizás recibas… una misión, un sentido (dirección) para tu NUEVA vida (porque ya no es la misma).

Es aquí donde creo que entra en juego la trascendencia en la resiliencia.  La acepción filosófica de la palabreja que recoge la Real Academia Española de la Lengua es “aquello que está más allá de los límites naturales y desligado de ellos”.

Los límites naturales son los que percibes con tus sentidos. Pero tu mente, en la desgracia, puede ir más allá de ellos y… pensar. Pensar: YO estoy muerto, TÚ no me puedes ayudar (nadie puede hacerlo) Pero quizá esto sirva para algo para ÉL, para ELLA, para ELLOS. Soy una VÍCTIMA pero puedo llegar a ser un SALVADOR, un HÉROE para ALGUIEN.

En definitiva el sentido trascendente no es más que el sentimiento que hay algo (lo que sea) que es más importante que nosotros mismos. Llámale Dios, llámale Sociedad, llámale Justicia, llámale Humanidad, llámale Hijo… Mi desgracia es una putada de la vida, YO no me repondré del todo, pero quizá… quizá sirva para ÉL o ELLA.

Personalmente una de las cosas que más me consuela en momentos complicados es pensar que ese sufrimiento no es baldío. Que algún día mis hijos se beneficiarán de él (no por sus resultados sino por el sufrimiento mismo: si ellos tienen que pasar por ese fuego yo estaré ahí para acompañarles porque ya he estado allí).

Puede ser un autoengaño. Tiene toda, toda la pinta. Pero me mosquea que alguna vez se me ha concedido poder comprobarlo. De tocarlo con mis manos. Pero esto ya no lo puedo contar.

Como mi mujer no pudo contar esta mañana que no era el momento. Porque su momento no era el importante. El momento importante era el de quien estaba… al otro lado del teléfono.

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(Pincha aquí si quieres ver la idea principal de esta serie)

 

 TEMA: LA RESILIENCIA Y LOS CUENTOS

 

1/2 POST DE JAVIER ROMEU:

 

En una entrevista en Internet a raíz de la publicación de su libro El murmullo de los fantasmas, Boris Cyrulnilk cuenta:

Andersen (Hans Cristian) tuvo una infancia atroz: su madre era prostituta, obligada por su propia madre, que le pegaba si no se acostaba con los clientes que ella le traía, mientras el pequeño Hans Christian presenciaba las escenas. Huérfano muy pronto (su madre, alcohólica, murió en plena crisis de delirium tremens, y su padre se suicidó en un ataque de locura), Andersen, que se vio obligado a trabajar en fábricas donde era maltratado, fue acogido por su abuela paterna, que le brindó afecto, en tanto una vecina le enseñó a leer. Y la comunidad de Odense, donde vivía, tenía una fuerte tradición de contadores de cuentos. Con esos vínculos pudo transformar sus traumas y convertirse en un escritor de cuentos infantiles célebre en todo el mundo. (…)

En otra referencia en Internet se puede leer (aunque no podemos asegurar que sea cierto): “Hans recibió de pequeño muy poca educación, aunque su padre cultivó su imaginación contándole historias fantásticas y enseñándole a crear su propio teatro de títeres”.

Pero Cyrulnik continua:

Marilyn (Monroe) nació de madre soltera, rechazada por la sociedad de su tiempo y tan desgraciada que no pudo hacerse cargo de su hija, que fue entregada a orfanatos y casas de acogida en los que nunca halló un vínculo afectivo sano y estable. Jamás pudo superar esa carencia, ni siquiera cuando, adulta y bellísima, triunfó como actriz y obtuvo el amor de hombres como John Kennedy, Arthur Miller o Yves Montand, quienes, evidentemente, no supieron brindarle el vínculo afectivo que ella necesitaba. Sólo su primer marido, el jugador de beisbol Joe Di Maggio, lo logró a medias, y por algo ella intentó llamarlo antes de suicidarse.

Tampoco cita Boris el hecho de que estando acogida sufrió abusos sexuales o fue violada por parte de alguien cercano a la familia con la que vivía.

Pero con estos puntos de partida (detalle o desgracia arriba o abajo) en “El murmullo de los fantasmas” Cyrulnik plantea que un entorno o contexto cultural impregnado de relatos, de cuentos, de historias fue una variable importante en la resiliencia de Andersen.

También ha afirmado este autor que la cultura es aquello que cambia cada 10 km y cada 10 años.

Es innegable que hay muchísima diferencia entre los Estados Unidos (California, en concreto) de los años 20 del siglo pasado, en los que creció Marylin y los primeros años del siglo XIX en la Dinamarca en los que creció Andersen.

Quizá deba Cyrulnik modificar un poco su visión de la diversidad cultural al hilo de la globalización que ha supuesto el desarrollo de los modernos medios de comunicación.

¿Qué relatos predominantes reciben los niños actuales en, por ejemplo, España, México o Japón? ¿Podemos hablar de relatos predominantes o la cantidad de los mismos diluye su potencia? ¿Son los relatos, leídos, escuchados, pero sobre todo vistos sin margen para la imaginación, de superhéroes, de mutantes, de luchas contra alienígenas, los que propiciaran su resiliencia ante las adversidades de la vida?

 

1/2 POST DE MILLY COHEN:

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Definitivamente debemos responder ante estas últimas preguntas con un NO rotundo. Si bien las historias y los relatos son una excelente manera de favorecer la resiliencia en los niños, hay que tener mucho cuidado con el QUÉ, el CÓMO y el QUIÉN.

¿Empezamos con el QUÉ?

¿Qué leer a los niños de hoy que además de construir su autoestima, favorecer estrategias de solución de problemas, inspirar el amor y divertir, puedan ofrecer un camino para la resistencia y la superación? Sin tener nada en contra de los relatos de magia (tipo Disney) no es el tipo de literatura que desde mi opinión personal recomiendo. Veamos porqué.

Cuando todo marcha tan mal que parece que el mundo se nos va a derrumbar, aparece una simpática hada madrina que nos regala el vestido más hermoso del mundo hecho justo a nuestra medida y arribamos al baile en una hermosa carroza. ¡Esto no sucede en la vida real! O precisamente cuando parece que una mujer buena y hermosa ha muerto por culpa de una manzana envenenada, resulta que por obra de un desconocido hechizo, aquella manzana envenenada no mataba, solo dormía, y basta un beso de amor para despertarle. Tampoco es verdad! Si sueñas con ser alguien distinto, incluso si eso significaba que cambies tus aletas por piernas de humano, simplemente puedes intercambiar tu voz por ese deseo. ¡Mentira! Y si no quieres crecer, enfermar o envejecer, tan sólo tienes que mudarte al país encantado de Nunca Jamás. ¡Imposible!

Si bien estas situaciones suenan deliciosamente divertidas, realmente no ofrecen soluciones verdaderas a problemas verdaderos. Cyrulnik (2003) nos dice que al final de su vida, una persona de cada dos habrá padecido un acontecimiento traumático o un acto de violencia y una persona de cada cuatro se habrá enfrentado a varios de estos acontecimientos, que prácticamente la podrán dejar “desmantelada”. La buena noticia es que al parecer sólo una persona de cada diez no conseguirá librarse de su trauma; lo que significa que las nueve restantes podrán remendar su personalidad desgarrada y continuar aprendiendo y disfrutando en esta gran aventura que se llama vida. Pero esto ¡no podrá ocurrir con polvitos ni hechizos mágicos! Se dará gracias a un proceso de recuperación, donde se descubrirán las fortalezas personales y ambientales que servirán de sostén para que, luego de la agonía, se pueda resurgir. Y hay tantos cuentos que nos ayudarán a lograrlo!

Any y la Anciana (Misko Miles, Fondo de Cultura Económica), El elefante encadenado (Bucay), Orejas de mariposa (Luisa Aguilar, Editorial Kalandraka), Nada (Patrick McDonell, Editorial Serrés), Mi amor (Alemagna, Beatriz, Fondo de cultura económica) son algunos ejemplos de cuentos infantiles con personajes temerosos de la muerte, hostigados en la escuela, con madres gritonas o con etiquetas molestas, situaciones comunes para cualquier niño, sin importar la cultura o el país. Pero esos personajes también tienen herramientas para remediarlos, métodos probables y cercanos a todos los niños, sin importar su idioma ni su religión. ¿Te cuento cómo lo hacen? Creo que tendrías que leerlos para descubrir cómo el humor y el amor, la esperanza y la fuerza interna, las palabras gentiles y el perdón, conforman personajes fuertes en los cuentos que inspiran a ser fuertes a los niños del mundo real.

¿CÓMO leerles para que ello suceda? Tampoco es cosa de magia, sino de cercanía. De pasión. El cuento es en sí un premio, un regalo. Simplemente anunciar que leeremos un cuento es ya una promesa de felicidad, una invitación a la intimidad, a la emoción, al secreto. El anuncio del placer es ya un placer en sí mismo , como disfrutamos el olor a chocolate aun antes de comer el pastel. El niño entiende que junto al “había una vez” habrá cercanía física, intención emocional, quizá hasta caricias, se creará un espacio libre de violencia, de agresión, de maltrato, de dolor personal.

Para leer bien hay que saberse el cuento, hay que saborearlo, hay que creer que es bueno (aunque no lo sea) porque lo que se intenta hacer es contagiar al escucha de nuestro sentir, y no sólo decodificar lo que ahí dice. Es necesario leer sin pena, con apertura y originalidad, y luego dejar que lo lea él (o ella), a su ritmo, a su estilo, a su alcance. No corregir, no usarlo para enseñar, sino sólo para estar.

Además, la voz. La intencionalidad que lleva nuestro tono de voz, la calidez, la intensidad, la forma en que trasmite el sentimiento o la carga emocional del cuento, ese canto que acompaña un buen relato, hará a su vez de factor protector. Un niño recordará bien aquella voz que no castiga sino que acaricia. Un juego experimental se propuso contar un cuento de piratas a dos grupos de niños: a un grupo se le contó con una voz imparcial, monótona y fría, al otro, con un discurso cargado de emoción. Después de un tiempo fue el segundo grupo el que recordó la mayor parte del cuento (Cyrulnik, 2003). Entonces el cuento no es sólo afecto y cercanía momentánea, sino también un acontecimiento que deja huella, que no se olvida. Anthony Brown relata que fue a contar sus cuentos en inglés a un grupo de niños franceses y concluye: “No entendieron ni una palabra, gozaron de cada sílaba”.

¿QUIÉN? Me parece que esta es la sección más sencilla de todas. ¿Quién cuenta un cuento? El que así lo desea, el que tiene el tiempo, el que busca el espacio, el que quiere enseñar, motivar, divertir, incluso, pasársela bien.

De igual manera, ¿quién no cuenta un cuento? Quién tiene prisa (¿o has visto a alguien ocupado meter con calzador, a la fuerza, un espacio para contar un cuento?, quién está malhumorado (éstos son los que usualmente responden ¡ahora no!), quién no los conoce o no se los contaron y por ello no se atreven a intentarlo. Ante este tipo de personas, debemos contarles cuentos con carácter de URGENTE, para incluirlos de donde fueron excluidos.

Debido a la característica ecológica de la resiliencia, se deberá incluir a padres de familia, a docentes de escuela y a todos aquellos adultos que convivan con el niño, para que favorezcan espacios fértiles para la construcción de las habilidades de solución de problemas, de comunicación, de empatía, de flexibilidad y de competencia en los niños.

El contador de cuentos se transformará entonces en un tutor de resiliencia para el niño. Traduzcamos lo que dice con su cuerpo y sus palabras mientras cuenta una historia: “Yo considero que tú mereces un poco de mi tiempo, sé que eres inteligente y te sentirás seguro conmigo, intentaré brindarte confianza a través de este espacio y buscaremos juntos una posible solución a tus inquietudes por medio de la creatividad, de la ensoñación, del encuentro con los personajes de la historia.” Todos los contadores de cuentos pensamos y actuamos así.

Y entonces, cual si fuera magia, como si fuésemos hadas madrinas o encantadores de serpientes, protegeremos al niño, le daremos calor, afecto, presencia y todos los demás elementos que caracterizan a un buen cuento (vocabulario, memoria, referentes, y demás elementos de tinte académico). En una entrevista que realicé a niños de escasos recursos económicos que asisten a mi biblioteca pública (en México) desde hace ya varios años les pregunté por qué les gustaba estar ahí. Para mi sorpresa, ninguno dijo: porque hay cuentos, o porque aprendo a leer o escribir. La gran mayoría expresó disfrutar del lugar porque ahí nadie los juzgaba, se sentían amados, seguros.

¿Significa entonces que estar rodeados de cuentos (buenas historias y buenos contadores) asegura el bienestar, la confianza, el afecto, la protección contra el riesgo? Parece que si. No menospreciemos el valor de un cuento infantil. Mejor multipliquemos su valor.

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Contar un cuento es como extender un tapete mágico para que el niño se disponga a volar, y en este vuelo conozca mundos alternos, se descubra a sí mismo, abra bien los ojos para mirar más allá de su limitada vida, se salga de su realidad, solucione sus inquietudes, y luego, aterrice más consolidado y fortalecido.

Ya una vez Ana Frank escribió que las personas libres jamás podrían concebir lo que los libros significan para quienes viven encerrados.

Yo los invito a acompañar al niño en este vuelo, brindándole nuestra amistad, confianza, afecto, humor, y la esperanza de un mejor mañana. Con un libro como aliado.

 

(1) Milly Cohen es investigadora, escritora, docente y coordina talleres sobre crecimiento personal y resiliencia, como el que se celebrará en México los próximos días 1 y 2 de marzo.

 

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Puedes ver una interesantísima entrevista a Milly en Youtube

 

(Gracias, Milly)

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