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Archive for the ‘Narración y escritura’ Category

 

(Pincha aquí si quieres ver la idea principal de esta serie)

 

 TEMA: LA RESILIENCIA Y LOS CUENTOS

 

1/2 POST DE JAVIER ROMEU:

 

En una entrevista en Internet a raíz de la publicación de su libro El murmullo de los fantasmas, Boris Cyrulnilk cuenta:

Andersen (Hans Cristian) tuvo una infancia atroz: su madre era prostituta, obligada por su propia madre, que le pegaba si no se acostaba con los clientes que ella le traía, mientras el pequeño Hans Christian presenciaba las escenas. Huérfano muy pronto (su madre, alcohólica, murió en plena crisis de delirium tremens, y su padre se suicidó en un ataque de locura), Andersen, que se vio obligado a trabajar en fábricas donde era maltratado, fue acogido por su abuela paterna, que le brindó afecto, en tanto una vecina le enseñó a leer. Y la comunidad de Odense, donde vivía, tenía una fuerte tradición de contadores de cuentos. Con esos vínculos pudo transformar sus traumas y convertirse en un escritor de cuentos infantiles célebre en todo el mundo. (…)

En otra referencia en Internet se puede leer (aunque no podemos asegurar que sea cierto): “Hans recibió de pequeño muy poca educación, aunque su padre cultivó su imaginación contándole historias fantásticas y enseñándole a crear su propio teatro de títeres”.

Pero Cyrulnik continua:

Marilyn (Monroe) nació de madre soltera, rechazada por la sociedad de su tiempo y tan desgraciada que no pudo hacerse cargo de su hija, que fue entregada a orfanatos y casas de acogida en los que nunca halló un vínculo afectivo sano y estable. Jamás pudo superar esa carencia, ni siquiera cuando, adulta y bellísima, triunfó como actriz y obtuvo el amor de hombres como John Kennedy, Arthur Miller o Yves Montand, quienes, evidentemente, no supieron brindarle el vínculo afectivo que ella necesitaba. Sólo su primer marido, el jugador de beisbol Joe Di Maggio, lo logró a medias, y por algo ella intentó llamarlo antes de suicidarse.

Tampoco cita Boris el hecho de que estando acogida sufrió abusos sexuales o fue violada por parte de alguien cercano a la familia con la que vivía.

Pero con estos puntos de partida (detalle o desgracia arriba o abajo) en “El murmullo de los fantasmas” Cyrulnik plantea que un entorno o contexto cultural impregnado de relatos, de cuentos, de historias fue una variable importante en la resiliencia de Andersen.

También ha afirmado este autor que la cultura es aquello que cambia cada 10 km y cada 10 años.

Es innegable que hay muchísima diferencia entre los Estados Unidos (California, en concreto) de los años 20 del siglo pasado, en los que creció Marylin y los primeros años del siglo XIX en la Dinamarca en los que creció Andersen.

Quizá deba Cyrulnik modificar un poco su visión de la diversidad cultural al hilo de la globalización que ha supuesto el desarrollo de los modernos medios de comunicación.

¿Qué relatos predominantes reciben los niños actuales en, por ejemplo, España, México o Japón? ¿Podemos hablar de relatos predominantes o la cantidad de los mismos diluye su potencia? ¿Son los relatos, leídos, escuchados, pero sobre todo vistos sin margen para la imaginación, de superhéroes, de mutantes, de luchas contra alienígenas, los que propiciaran su resiliencia ante las adversidades de la vida?

 

1/2 POST DE MILLY COHEN:

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Definitivamente debemos responder ante estas últimas preguntas con un NO rotundo. Si bien las historias y los relatos son una excelente manera de favorecer la resiliencia en los niños, hay que tener mucho cuidado con el QUÉ, el CÓMO y el QUIÉN.

¿Empezamos con el QUÉ?

¿Qué leer a los niños de hoy que además de construir su autoestima, favorecer estrategias de solución de problemas, inspirar el amor y divertir, puedan ofrecer un camino para la resistencia y la superación? Sin tener nada en contra de los relatos de magia (tipo Disney) no es el tipo de literatura que desde mi opinión personal recomiendo. Veamos porqué.

Cuando todo marcha tan mal que parece que el mundo se nos va a derrumbar, aparece una simpática hada madrina que nos regala el vestido más hermoso del mundo hecho justo a nuestra medida y arribamos al baile en una hermosa carroza. ¡Esto no sucede en la vida real! O precisamente cuando parece que una mujer buena y hermosa ha muerto por culpa de una manzana envenenada, resulta que por obra de un desconocido hechizo, aquella manzana envenenada no mataba, solo dormía, y basta un beso de amor para despertarle. Tampoco es verdad! Si sueñas con ser alguien distinto, incluso si eso significaba que cambies tus aletas por piernas de humano, simplemente puedes intercambiar tu voz por ese deseo. ¡Mentira! Y si no quieres crecer, enfermar o envejecer, tan sólo tienes que mudarte al país encantado de Nunca Jamás. ¡Imposible!

Si bien estas situaciones suenan deliciosamente divertidas, realmente no ofrecen soluciones verdaderas a problemas verdaderos. Cyrulnik (2003) nos dice que al final de su vida, una persona de cada dos habrá padecido un acontecimiento traumático o un acto de violencia y una persona de cada cuatro se habrá enfrentado a varios de estos acontecimientos, que prácticamente la podrán dejar “desmantelada”. La buena noticia es que al parecer sólo una persona de cada diez no conseguirá librarse de su trauma; lo que significa que las nueve restantes podrán remendar su personalidad desgarrada y continuar aprendiendo y disfrutando en esta gran aventura que se llama vida. Pero esto ¡no podrá ocurrir con polvitos ni hechizos mágicos! Se dará gracias a un proceso de recuperación, donde se descubrirán las fortalezas personales y ambientales que servirán de sostén para que, luego de la agonía, se pueda resurgir. Y hay tantos cuentos que nos ayudarán a lograrlo!

Any y la Anciana (Misko Miles, Fondo de Cultura Económica), El elefante encadenado (Bucay), Orejas de mariposa (Luisa Aguilar, Editorial Kalandraka), Nada (Patrick McDonell, Editorial Serrés), Mi amor (Alemagna, Beatriz, Fondo de cultura económica) son algunos ejemplos de cuentos infantiles con personajes temerosos de la muerte, hostigados en la escuela, con madres gritonas o con etiquetas molestas, situaciones comunes para cualquier niño, sin importar la cultura o el país. Pero esos personajes también tienen herramientas para remediarlos, métodos probables y cercanos a todos los niños, sin importar su idioma ni su religión. ¿Te cuento cómo lo hacen? Creo que tendrías que leerlos para descubrir cómo el humor y el amor, la esperanza y la fuerza interna, las palabras gentiles y el perdón, conforman personajes fuertes en los cuentos que inspiran a ser fuertes a los niños del mundo real.

¿CÓMO leerles para que ello suceda? Tampoco es cosa de magia, sino de cercanía. De pasión. El cuento es en sí un premio, un regalo. Simplemente anunciar que leeremos un cuento es ya una promesa de felicidad, una invitación a la intimidad, a la emoción, al secreto. El anuncio del placer es ya un placer en sí mismo , como disfrutamos el olor a chocolate aun antes de comer el pastel. El niño entiende que junto al “había una vez” habrá cercanía física, intención emocional, quizá hasta caricias, se creará un espacio libre de violencia, de agresión, de maltrato, de dolor personal.

Para leer bien hay que saberse el cuento, hay que saborearlo, hay que creer que es bueno (aunque no lo sea) porque lo que se intenta hacer es contagiar al escucha de nuestro sentir, y no sólo decodificar lo que ahí dice. Es necesario leer sin pena, con apertura y originalidad, y luego dejar que lo lea él (o ella), a su ritmo, a su estilo, a su alcance. No corregir, no usarlo para enseñar, sino sólo para estar.

Además, la voz. La intencionalidad que lleva nuestro tono de voz, la calidez, la intensidad, la forma en que trasmite el sentimiento o la carga emocional del cuento, ese canto que acompaña un buen relato, hará a su vez de factor protector. Un niño recordará bien aquella voz que no castiga sino que acaricia. Un juego experimental se propuso contar un cuento de piratas a dos grupos de niños: a un grupo se le contó con una voz imparcial, monótona y fría, al otro, con un discurso cargado de emoción. Después de un tiempo fue el segundo grupo el que recordó la mayor parte del cuento (Cyrulnik, 2003). Entonces el cuento no es sólo afecto y cercanía momentánea, sino también un acontecimiento que deja huella, que no se olvida. Anthony Brown relata que fue a contar sus cuentos en inglés a un grupo de niños franceses y concluye: “No entendieron ni una palabra, gozaron de cada sílaba”.

¿QUIÉN? Me parece que esta es la sección más sencilla de todas. ¿Quién cuenta un cuento? El que así lo desea, el que tiene el tiempo, el que busca el espacio, el que quiere enseñar, motivar, divertir, incluso, pasársela bien.

De igual manera, ¿quién no cuenta un cuento? Quién tiene prisa (¿o has visto a alguien ocupado meter con calzador, a la fuerza, un espacio para contar un cuento?, quién está malhumorado (éstos son los que usualmente responden ¡ahora no!), quién no los conoce o no se los contaron y por ello no se atreven a intentarlo. Ante este tipo de personas, debemos contarles cuentos con carácter de URGENTE, para incluirlos de donde fueron excluidos.

Debido a la característica ecológica de la resiliencia, se deberá incluir a padres de familia, a docentes de escuela y a todos aquellos adultos que convivan con el niño, para que favorezcan espacios fértiles para la construcción de las habilidades de solución de problemas, de comunicación, de empatía, de flexibilidad y de competencia en los niños.

El contador de cuentos se transformará entonces en un tutor de resiliencia para el niño. Traduzcamos lo que dice con su cuerpo y sus palabras mientras cuenta una historia: “Yo considero que tú mereces un poco de mi tiempo, sé que eres inteligente y te sentirás seguro conmigo, intentaré brindarte confianza a través de este espacio y buscaremos juntos una posible solución a tus inquietudes por medio de la creatividad, de la ensoñación, del encuentro con los personajes de la historia.” Todos los contadores de cuentos pensamos y actuamos así.

Y entonces, cual si fuera magia, como si fuésemos hadas madrinas o encantadores de serpientes, protegeremos al niño, le daremos calor, afecto, presencia y todos los demás elementos que caracterizan a un buen cuento (vocabulario, memoria, referentes, y demás elementos de tinte académico). En una entrevista que realicé a niños de escasos recursos económicos que asisten a mi biblioteca pública (en México) desde hace ya varios años les pregunté por qué les gustaba estar ahí. Para mi sorpresa, ninguno dijo: porque hay cuentos, o porque aprendo a leer o escribir. La gran mayoría expresó disfrutar del lugar porque ahí nadie los juzgaba, se sentían amados, seguros.

¿Significa entonces que estar rodeados de cuentos (buenas historias y buenos contadores) asegura el bienestar, la confianza, el afecto, la protección contra el riesgo? Parece que si. No menospreciemos el valor de un cuento infantil. Mejor multipliquemos su valor.

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Contar un cuento es como extender un tapete mágico para que el niño se disponga a volar, y en este vuelo conozca mundos alternos, se descubra a sí mismo, abra bien los ojos para mirar más allá de su limitada vida, se salga de su realidad, solucione sus inquietudes, y luego, aterrice más consolidado y fortalecido.

Ya una vez Ana Frank escribió que las personas libres jamás podrían concebir lo que los libros significan para quienes viven encerrados.

Yo los invito a acompañar al niño en este vuelo, brindándole nuestra amistad, confianza, afecto, humor, y la esperanza de un mejor mañana. Con un libro como aliado.

 

(1) Milly Cohen es investigadora, escritora, docente y coordina talleres sobre crecimiento personal y resiliencia, como el que se celebrará en México los próximos días 1 y 2 de marzo.

 

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Puedes ver una interesantísima entrevista a Milly en Youtube

 

(Gracias, Milly)

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No. No me he olvidado de ponerle título al post.

Este post se llama como el blog. Y evidentemente no es el primero ni va a ser el último.

Es simplemente que quiero que sea así porque es un post muy especial y quiero que esté “a la altura de las circunstancias”.

Y la circunstancia es que una de las personas que frecuentemente comenta en este blog acaba de publicar un libro.

Reyes ADORNA

Se trata de Reyes Adorna, quien se estrenó en este blog compartiendo unos maravillosos ejercicios de escritura terapéutica.

Pero como sus intereses intelectuales, además de la escritura curativa o terapéutica, van muy parejos a los míos y de este blog (logoterapia, terapia estratégica, trampas mentales…) ha seguido regalándonos joyitas de comentarios que son pequeñas piezas de precisión expresiva (que envidio sin contemplaciones) y de agudeza intelectual.

Una vez me atreví a sugerirle que retomara un blog que en su día administraba o que creara uno nuevo pero la vida, de momento, la tiene ocupada en otras batallas.

Pero a cambio tenemos la suerte de que la editorial DDB acaba de publicar su libro “PRACTICANDO LA ESCRITURA TERÁPEÚTICA. 79 EJERCICIOS” .

PRACTICANDO LA ESCRITURA TERAPÉUTICA. 79 ejercicios

Pinchando aquí puedes acceder a la página correspondiente en la web de la editorial y descargar las primeras páginas del libro.

Hace muchos meses Reyes me confió que se había dado cuenta de que había un hueco en el mundo editorial en español sobre el uso, llamémosle no literario, de la escritura personal. Creo que ha acertado de pleno.

Porque aunque el libro se denomine “Practicando la escritura terapéutica” el libro de Reyes no se limita al uso de la escritura por la psicología o por la psicoterapia, sino que aborda también el uso en la tarea educativa, en su sentido más profundo, o también el uso para el propio desarrollo o crecimiento personal e, incluso, como recurso para afrontar la enfermedad (y por extensión para la resiliencia)

Hay otros libros que abordan el uso curativo de la escritura, como el reseñado en este blog de Manu Rodríguez; el de Duccio Demetrio sobre la autobiografía como curación de uno mismo; o uno más reciente de Adela Kohan. Pero ninguno, que yo conozca tiene el enfoque del libro de Reyes que se caracteriza por lo ambicioso, a la hora de proponer la escritura como herramienta para la vida, y por la generosidad, a la hora de ofrecernos ejercicios.

Y si quiero que este post se llame como el blog no es solo por admiración y cariño virtual hacia Reyes, sino porque puedo afirmar que la escritura es el instrumento perfecto para diseñar pasados y recordar futuros.

La escritura nos permite posicionarnos sin condicionantes en una perspectiva temporal determinada. Como en el caso, que nos ofreció Carmen Pellicer hace dos posts, del director de orquesta que tras ponerles el primer día de clase a sus alumnos una Matricula de Honor les pedía que escribieran lo que ellos habían hecho para merecerla (escribir en pasado algo futuro).

También  podemos escribir para situarnos en una perspectiva personal distinta. Como cuando Bosco Gutiérrez en su secuestro decide escribir una carta como si fuera él el que estuviera fuera y un hermano o hermana suya estuviera secuestrada y así descubre que su misión en la familia es la de aguantar el secuestro lo mejor posible.

Incluso escribir permite elegir el tono de nuestra historia. Como cuando Miguel Gallardo, dibujante de comics dice en relación a su libro “María y yo”:  "Tener un hijo autista no es nada fácil y hay momentos bien jodidos, pero quería que fuese un libro más de esperanza que de queja."

Y es que la escritura es la actividad mental que más fácilmente nos puede llevar a cambiar de perspectiva y, en mi opinión el cambio de perspectiva es esencial en la adquisición de sentido. No podemos rehacernos de la tragedia mirándola desde el mismo sitio donde nos ha lanzado a la lona. Necesitamos verla desde otro sitio (relacional o temporal). De otra forma.

Sé que no es fácil acompañar a otras personas a la escritura, especialmente a niños o a personas con deficiente lectoescritura. Sé que no es una actividad sencilla y que requiere un esfuerzo que no la hace atractiva a la mayoría de la gente.

Pero conocemos ejemplos suficientes para saber que es cuestión de ponerse. Como el del profesor Toshiro Kanamori en el documental Pensando en los demás que obliga a sus alumnos a escribir Cartas a sus compañeros para generar vínculos.

O como la profesora Erin Gruwell que regaló a sus alumnos un diario a cada uno a partir de donde surgieron los Diarios de la Calle o los Escritores de la Libertad y la Fundación con este mismo nombre

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Por eso estoy seguro que el libro de Reyes es una joya para aquellos que trabajamos en la relación de ayuda en cualquiera de sus formas.

Y por eso me atrevo a decirte, si tu también te dedicas a ello, de forma profesional o no, que este libro no debería faltar en tu estantería.

Y no cobro comisión.

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(Conchi Martínez Vázquez nos envia la segunda parte de su último post)

A propósito de relatos y narraciones que comentaba en una entrada anterior, y de cómo éstas servían a los niños –y no tan niños- a reelaborar su propia historia a través de la introspección y promover así la resiliencia, sirva lo que viene a continuación como apoyo científico de lo ya comentado.

En estos días sale a la venta una publicación de José Luís Gonzalo Marrodán, psicoterapeuta especializado en psicología del trauma y del apego. El libro tiene por título Construyendo puentes. La técnica de la caja de arena (sandtray)” de la editorial Desclee de Brouwer y trata, como su nombre indica, de la técnica de igual nombre que ya ha sido comentada anteriormente en este blog.

Una maravilla de técnica y un lujo de libro que espero con impaciencia tener entre las manos para disfrutar de todo lo que en él se recoge según apunta ya el índice que José Luis nos ha anticipado (disponible en el blog Buenostratos).

Pues la entrada que hoy José Luis ha compartido es el prólogo de su publicación, elaborado por el psiquiatra Rafael Benito Moraga, formado además de como médico psiquiatra, entre otras cosas, como psicoterapeuta en la formación impartida por Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan (la cual recomiendo a cualquiera que quiera profundizar más en el conocimiento de sus tres grandes pilares: apego, trauma y resiliencia)  y por tanto conocedor de la técnica de la caja de arena.

Pues bien, sin desdeñar ni uno sólo de los párrafos del prólogo donde  recoge diferentes reflexiones/realidades acerca de la dualidad y distanciamiento existente entre psicólogos y psicoterapeutas (como que estos caminan a ambos lados del desfiladero sin mirarse, sin hablarse, sonriendo al pensar que “los otros” no van a ningún lado…), habla de la técnica de la caja de arena desde el punto de vista científico. Sobre la misma refiere:

Lo que hace el paciente cuando crea su caja es contar una historia y los estudios de imagen cerebral refuerzan la idea de que los relatos actúan como un entrenamiento para la vida real, ya que muestran que el visionado de individuos reales y de personajes animados provoca una actividad cerebral similar. Se ha hallado una gran actividad en el hemisferio derecho del cerebro cuando creamos o escuchamos un relato. Áreas del encéfalo implicadas en la identificación y procesamiento de los estados mentales, emociones y motivaciones de otras personas, se activan cuando nos cuentan o contamos historias.

Diapositiva2Uniendo todo ello cual amalgama resiliente y enlazándolo con la introspección que comentaba en la entrada anterior, a partir del arte de crear y re-crear historias (sus historias inconscientes), el niño puede representar incluso aquello que es difícil o imposible de traer a su mundo consciente, pero también de diseñar soluciones quizás antes no encontradas. Señala Rafael Benito “la realización de la caja de arena permite trabajar cuando resulta difícil la verbalización de los contenidos psíquicos; y esto es especialmente importante cuando el paciente tiene dificultades para ponerlos en palabras, como ocurre habitualmente con los niños”.

Según la Asociación Española de Terapia de Juego en su web (http://www.terapiadejuego.es/webs/metodos.htm)el uso del dibujo y otros medios plásticos como la pintura así como el uso de narraciones y metáforas terapéuticas ayudan al niño a expresar su experiencia, a exponer la historia fuera de sí mismo, y a construir nuevos significados donde puede reconocer los recursos y fuerzas internas que posee y que lo han ayudado a sobrevivir.” O lo que es lo mismo, a desarrollar su resiliencia ante la adversidad.

No es preciso ser psiquiatra ni psicólogo para poder promover la expresión del niño a través de la pintura, la plastilina, o cualquier otro medio que le permita sacar hacia fuera sus emociones y sentimientos. En el caso de los niños severamente dañados por prácticas parentales inadecuadas, bien antes de la adopción o en algunos de los casos de menores en acogimiento, es preciso un trabajo terapéutico que guíe un tratamiento específico (muchas veces alejado de las clásicas pautas de modificación de conducta, necesarias pero no únicamente válidas por sí solas en estos casos). Pero cualquier persona cercana al niño, a través del juego, de la observación de sus verbalizaciones (ojo, no todo lo que se plasma en el juego ha de tomarse como lo que le ocurre literalmente al niño ya que entra en juego también la fantasía), puede actuar como mediador entre su mundo interior y sus representaciones de sí mismo, de los demás y de la relación que se establece entre ambas partes.

Y de este modo contribuir en la identificación de preocupaciones, limitaciones, dificultades…pero también de proyectos, expectativas, ilusiones, metas, recursos personales y de su entorno. Con ello, dar sentido a lo que uno es y lo que quiere ser, a lo que ha sido su vida y lo que le gustaría que en un futuro fuera su vida, se convierte en un mágico proceso resiliente que le ayudará a situarse en primera fila del patio de butacas de la vida. Quizás desde ahí sea más fácil subir y bajar del escenario según los momentos….

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Conchi Martínez Vázquez

Psicóloga y Pedagoga

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En el post anterior Conchi Martínez nos muestra claramente el poder de las narraciones en general o de los cuentos en particular para ayudar a los niños en sus procesos de resiliencia.

Dada su formación  y experiencia como psicóloga su post nos explica, y nos ejemplifica, no sólo el cómo de la técnica sino el porqué y el para qué.

Se trata de un lujo de post donde una profesional que se enfrenta sistemáticamente, en un pequeño espacio terapéutico, al “dolor invisible de la infancia” que diría Jorge Barudy, comparte con nosotros su experiencia.

Pero no es mi caso, pues al trabajar en un centro de recepción de menores, mi trabajo se centra más en valorar ese dolor que en curarlo (es una forma de hablar).

Así que mi interés por las narraciones y los cuentos estriba no en mi profesión sino simplemente en calidad de observador curioso del “dolor inherente a la vida” y de las posibles tiritas para las heridas del alma (sea esta lo que sea).

Y por ello esta entrada es simplemente un contrapunto a la de Conchi. Ni le quita ni le añade un solo punto. Es simplemente otra mirada al mismo tema pero desde otro punto de vista.

Porque los cuentos o las narraciones predominantes de nuestra cultura no son sólo una herramienta para entender nuestra vida, sino que nuestra vida es en si misma una historia, una narración y, exagerando quizá, hasta un cuento (Todos deberíamos hacer el ejercicio de contar nuestra vida empezando por “Había una vez…”)

Los cuentos no sólo nos ofrecen soluciones a nuestros conflictos sino que nos ofrecen también conflictos (nudos) a nuestras vidas. O lo que es lo mismo nos ofrecen un contexto narrativo para la construcción de sentido en nuestras vidas.

Pondré un ejemplo personal y políticamente incorrecto.

A estas alturas de la movida no pretendo convencer a nadie de que exista un algo llamado Dios y menos de que existió un tipo llamado Jesús que va y resulta ser el mismo Dios encarnado. El mismo Dios (si existiera) me libre de intentar convencer a nadie.

Pero lo que no puedo negar es que la historia de un hipotético Dios hecho hombre y muriendo libremente por amor inmenso a su criatura (enemigos incluidos) es para mí probablemente “la historia más bella posible”. Y como historia, como narración, como… ¿cuento?… forma parte constitutiva de mi identidad personal.

Aceptando que quizá sólo sea eso, una historia, he decidido que sea una historia crucial en mi vida. O incluso, quizá no lo he decidido, sino simplemente que no lo puedo evitar. No puedo evitar que mi vida, sin esta historia, me parezca menos bella.

Pero dado ya el arriesgado y comprometido ejemplo no voy a seguir por derroteros metafísicos o trascendentes. Simplemente quiero recoger con mi experiencia personal lo que Cyrulnik explica en “El murmullo de los fantasmas” cuando compara la vida de Marilyn Monroe y la de Hans Cristian Andersen.

Marilyn cuando era niña, “…no conoció la ternura y comenzó a buscar a cualquier precio vivencias que le dieran un soplo de vida. No tuvo la suerte de encontrar a alguien que avivara en ella la chispa de la resiliencia y se convirtió en un fantasma. Por el contrario, Hans Christian Andersen encontró el cariño y pudo superar una infancia traumática, convirtiendo sus heridas en cuentos inmortales”.

Pero también señala que el ambiente cultural en el que creció Andersen estaba empapado de historias, de leyendas, de cuentos, de narraciones… que facilitaron un tejido de sentido para sus dificultades.

Quizá hoy en día los niños tienen que ir a terapia para que se les ofrezcan cuentos para entender la vida pero en otras épocas los cuentos estaban en el ambiente, en la cultura, entre la gente…

Es obvio, tras lo contado anteriormente, que yo he crecido en un ambiente cultural judeocristiano y quizá es interesante señalar que para el pueblo judío uno de sus principales elementos constitutivos fue la obligación de los padres de transmitir a sus hijos su propia historia (“Éramos esclavos en Egipto y el mismo Dios nos liberó”) Es decir, que hasta la identidad de todo un pueblo se puede basar en una historia, en un … ¿cuento?

Y justo en ese mismo pueblo y en sus textos sagrados existe una historia (un cuento) que explica precisamente el poder de los cuentos. De cómo un cuento puede servir para, como perfectamente explica Conchi, saltarse los mecanismos de defensa con los que todos nos protegemos.

Como es una historia que forma parte de mi infancia siempre he pensado que todo el mundo la conoce. Pero ya dice Cyrulnik que la cultura es aquello que cambia cada 10 kilómetros y cada 10 años. Y dado que tengo 52 tacos tendré que admitir que muchas, muchas personas, no conocen la historia del Rey David y el profeta Natán. Así que trataré de resumirla.

David era ya Rey de Israel, ungido por el mismo Dios de Israel (me cae simpático un Dios capaz de elegir no a un tipo perfecto sino a uno lleno de debilidades e imperfecciones).

Natán se entera de que David se ha liado con la mujer de un capitán de su ejercito y que para resolver su conflicto moral le ha mandado a éste a pelear en primera línea de combate en la esperanza de que su amante se quede viuda.

Natán, enviado por Dios, no recrimina directamente al Rey su conducta sino que le ofrece un cuento.

Un hombre rico tiene un rebaño enorme. Recibe una visita y debe matar a un cordero para agasajar a la misma y darle un banquete. Pero en su avaricia manda a sus siervos que se apoderen de la única oveja de un pobre vecino.

Cuando David escucha está historia salta completamente indignado por la conducta del hombre rico. Es entonces cuando Natán aprovecha para señalarle: “Ese hombre rico eres tu mismo. Que tienes todas las mujeres que puedas desear y has ido a encapricharte de la mujer de otro hombre…” David no tiene más remedio que reconocer la mezquindad de su conducta.

Si Natán hubiera recriminado directamente la misma a David este habría levantado un muro de autojustificación (e incluso habría conseguido una rápida condena de muerte).

Pero Natán no dispara directamente una denuncia al corazón de David. Natán le lanza un cuento a su inteligencia. Historia que, una vez entendida, provoca una emoción (indignación) en David que, a su vez hace que el propio David baje el puente de su fortaleza. Y a Natán sólo le queda que entrar paseando tranquilamente a la mismísima conciencia del Rey.

El poder de los cuentos, de las historias … para propiciar la resiliencia no sólo nos lo ha explicado magníficamente Conchi en su post. También Rosa Herrera, colaboradora de este blog y miembro del Grupo de Trabajo sobre Resiliencia de Valencia, lo expresa maravillosamente tras tener la gentileza de leer el borrador de esta entrada:

“En muchas ocasiones los seres humanos pasamos por la vida situándonos como víctimas de las circunstancias ante pequeños problemas que van surgiendo. Con esta actitud situamos a los demás como los verdugos que hacen nuestra vida ingobernable y esta actitud nos hace sentirnos impotentes, incapaces de modificar nada para mejorar las situaciones. Las metáforas, cuentos, narraciones nos permiten ver las situaciones como espectadores y a partir de ahí darnos cuenta de nuestras actitudes que favorecen que la cosa no vaya del todo bien.

El Rey David, incapaz de mirarse a sí mismo y por tanto de juzgarse, a través de la narración donde el protagonista es otro, es capaz de reconocer el crimen que ha cometido.

Siendo espectadores de la vida de los demás somos capaces de vislumbrar que actitudes están favoreciendo la situación. Cuando nosotros somos los protagonistas no tenemos la distancia suficiente para darnos cuenta de nuestras propias actitudes. Los cuentos, narraciones, fábulas…. nos denuncian y a la vez nos animan a continuar, a ver como nuestras propias actitudes están favoreciendo las circunstancias.”

Me encanta esta reflexión porque me apuntala la idea, cada vez más clara para mí, que la adquisición de sentido o significado, tan importante para la resiliencia, tiene que ver con cambios de perspectiva temporal pero también con cambios de perspectiva ¿por qué no?… espacial (o de marco referencial).

Y los cuentos, las narraciones permiten contemplar la vida no desde el escenario sino desde el patio de butacas.

Por terminar volviendo a mis raíces (a mis narraciones) judeocristianas no es de extrañar que otro ilustre judío, llamado Jesús y residente en Nazaret, aprendiera desde muy pequeño la utilidad de las parábolas.

Pero, en la hipótesis de que Jesús fuera Dios, tendríamos que concluir que las parábolas, los cuentos, las narraciones son una técnica… divina.

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(ENTRADA REMITIDA POR CONCEPCIÓN MARTÍNEZ VÁZQUEZ)

El fabuloso poder de los cuentos para evocar imágenes, emociones y pensamientos como recurso educativo de padres y profesores es algo sin duda incuestionable. Pero ¿ayudan los cuentos a promover la resiliencia infantil? ¿Y si es así de qué manera?

Uno de los pilares de la resiliencia, la introspección (arte de preguntarse a sí mismo y darse una respuesta honesta) se pone en juego cuando introducimos como recurso terapéutico o sanador el empleo de narrativas. A través de los cuentos el niño puede llegar a descubrir partes de sí mismo que no conocía -como la valentía- y en muchas ocasiones lo que define la relación cuento/niño es una identificación con determinados elementos de la narración que le sitúan en un plano de confrontación con su propia historia.

Al escuchar en tercera persona lo que le sucede a otro, se ponen fuera de su propio rompecabezas cognitivo y emocional las piezas que le sumergen en una historia paralela pero con paralelismos, inventada pero con visos de realidad, difícil de crear pero creíble como la vida misma. Un niño herido puede resolver en la fantasía los conflictos de sus propias vivencias que no ha podido integrar, encontrando soluciones a partir de la búsqueda de recursos personales y de su entorno, así como contribuir a darle sentido a sí mismo y a su vida.

Los cuentos pueden convertirse en algo verdaderamente emotivo si consiguen conectar con los miedos y preocupaciones que acompañan al niño. Sus frustraciones pueden cobrar fuerza al igual que sus anhelos. Imaginemos que Juan, un pequeño de 6 años con grandes dificultades para autocontrolarse, escucha la siguiente historia (fuente Mª Guadalupe Morales*):

En un charco muy grande que se formó a las orillas de un lago, vivían un grupo de ranas verdes. Tenían una panza amarilla y cada vez que croaban parecían más gordas porque se hinchaban. Una de ellas se llamaba Chana y en otros lugares se la conocía como Chana la rana. A ella le gustaba que las cosas se hicieran como ella decía. Si jugaban tenía que ser a lo que ella quería, si comían tenían que ser los mosquitos de su preferencia y si alguno de sus amigos o familiares le contradecían ella croaba tan fuerte y se hinchaba tanto que parecía más grande, su panza se ponía de color amarillo brillante y sus mejores amigos se iban. Ni a sus amigos ni a sus hermanos les gustaba jugar con ella y cada vez que no la juntaban ella se ponía más enojada”.

Una manera alternativa de mostrar los indicadores de frustración de Juan de modo externalizante… La rana y él se parecen enormemente!!! ¿Cómo trabajar  con Juan esta historia para que pueda ser terapéutica? Podemos preguntarle cuestiones del tipo: “¿Cómo terminará esta historia de Chana si ella sigue igual?, ¿Cómo te gustaría que terminara para que Chana se sintiera mejor? ¿Qué ha de aprender Chana? ¿Alguna vez te has sentido igual que Chana?”.

De esta manera, la solución creativa de los problemas a través de narrativas se convierte en un instrumento útil que le da la posibilidad de ver reflejados sus conflictos y la solución en la fantasía del relato. En palabras de Mª Guadalupe Morales, “el niño proyecta en la historia sus conflictos, ve la solución que él mismo elabora y posteriormente recupera esta proyección trasladándola como recurso a su vida”. Sigue diciendo esta autora que la proyección es el mecanismo por el cual ponemos fuera lo que es nuestro, porque precisamente no lo reconocemos como propio porque nos molesta, nos duele o nos aparta de las creencias sobre nosotros mismos, los demás o las circunstancias. Al utilizar una historia para narrar el conflicto ésta sirve de proyección y le permite al niño elaborar soluciones.

¿Son los cuentos exclusivos de niños de menor edad o podemos utilizarlos como recurso para promover la resiliencia con niños más mayores? Evidentemente hay cuentos narrados de manera muy sencilla dirigidos a los más pequeños, pero una narrativa que recoja de forma genuina ingredientes que el niño ha podido vivir como propios tiene un innegable valor. Por ejemplo, Luis de 13 años es el mayor en una familia en la que se le han encomendado siempre responsabilidades con sus hermanos y podríamos contarle la siguiente historia:

Plop era el hijo mayor de una familia de pulpos que vivía en lo más profundo del océano. Todos salían en ocasiones a la superficie y viajaban largas distancias para pasear y obtener los alimentos. Los papás estaban muy ocupados trabajando y siempre le encomendaban que cuidara a sus hermanos. Él sabía que tenía que protegerlos de los tiburones y de otros peces grandes, así que utilizaba todas sus patas o tentáculos para cuidar a cada uno. Tenía tantos hermanos como tentáculos. Así que casi siempre tenía ocupadas todas sus patas para cuidarlos. Por más que les pedía que no se fueran lejos ellos se iban. Los pulpos se defienden arrojando una tinta tan negra que parece que se hace de noche, se oscurece el agua y no se ven. Un día que iba cuidando a sus hermanos apareció un tiburón y les avisó que todos arrojaran tinta. Y así lo hicieron. Como él estaba tan ocupado no pudo hacerlo y por poco le da una mordida en su cabeza. Uno de los hermanos se dio cuenta y le ayudó. El susto fue grande pero pudieron librarse de los dientes enormes que los perseguían. Llegaron a casa muy asustados y cansados y hablaron con su mamá. “. (He decidido no incluir qué preguntas podrían realizarse con esta narrativa sino invitar a que cada lector elija las que considere oportunas).

Si el niño dice que es ya mayor para trabajar estas historias se le puede pedir que conteste imaginando que responde “como si fuera más pequeño” o como si estuviera ayudando a otro niño más pequeño a resolver la situación, de manera que incluso pueda ayudarle a resolver asuntos inconclusos de etapas anteriores. También se le puede preguntar si le ha ayudado a pensar o resolver algo que continúe en su presente ahora que ya es mayor.

El cuento pues, favorece la introspección y por tanto la resiliencia infantil. En tanto que posibilita el tomar conciencia de emociones, sentimientos, acciones e incluso de procesos complejos como las interacciones con los otros a través de una mirada interior, se convierte en un instrumento de ayuda. A partir del binomio proyección-introspección el cuento posibilita la reelaboración y el dotar de sentido a su mundo interior, que es a su vez espejo de sus propias vivencias, principalmente cuando tras su lectura se produce una reflexión guiada que posibilite una búsqueda constructiva de soluciones a partir de la narrativa.

Dejaremos para otra entrada la relación entre el cuento y la creatividad y hasta entonces… colorín, colorado… que en este post hemos terminado.

Concepción Martínez Vázquez

Psicóloga y Pedagoga

* Morales Plesent, Mª Guadalupe. “Narración de historias en psicoterapia infantil : enfoque de psicoterapia Gestalt” Editorial Brujas. Córdoba, Argentina, 2005

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Dejo el enlace de un nuevo post de LibrosEnRed sobre el sentido de la escritura, esta vez como refugio y corrección. Interesante también leer los muchos comentarios al mismo.

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El simposio “Duelo y Sentido” organizado por la Asociación Viktor Frankl de Valencia me ha dejado muchas de las que yo llamo “ideas sugerentes e indelebles”.

Son esas ideas que por si solas justifican tu asistencia a una charla, conferencia, jornada, curso… Son sugerentes porque no son un simple conocimiento (“Los antidepresivos del tipo tal o cual actúan de tal o cual manera y…”) sino que se quedan en tu cabeza y empiezan a generar nuevas ideas en la medida que se combinan con otras que ya estaban allí (“Si esto es así entonces eso explicaría porque aquello y además tiene que ver con lo otro…”). No son la pieza de puzle que simplemente rellena un hueco. Son más bien la pieza que al ponerla te conecta dos secciones que estabas construyendo por separado.

Y son indelebles porque te ha sido presentada de una manera (imagen, metáfora, esquema o relato) que intuyes que no tienes que hacer ningún esfuerzo para retenerla. Te acompañará siempre. Y cuando la necesites ahí estará.

Por ejemplo como cuando Javier Barbero, psicólogo ´clínico especialista en Cuidados Paliativos, comparaba el acompañamiento a una persona en duelo a cuando Paco de Lucía (o cualquier otro guitarrista) acompañaba a Camarón de la Isla (o a cualquier otro cantante de cante hondo). La guitarra debe estar afinada a la voz del cantante; el guitarrista deberá estar en sintonía con él; deberá adaptarse al ritmo del mismo (a veces siguiéndolo, a veces marcándolo) y sobre todo, permanecer en segundo plano.

Pero hoy prefiero centrarme en una idea descubierta en el taller de Robert A. Neimeyer, psicólogo de orientación constructivista. Fue realmente instructivo y muy, muy divertido (a pesar del tema). Y al final del mismo la sorpresa de una idea sugerente e indeleble. Pero en coherencia con ello yo también lo dejaré para el final.

Neimeyer trabaja en la Universidad de Memphis. Una ciudad donde según el mismo cuenta el índice de mortalidad violenta y especial entre la población negra es espectacularmente superior a los promedios nacionales e internacionales.

Llama también la atención que en un estudio que su equipo llevó con una muestra de familiares de muertos de forma violenta, un 30% no presentará un duelo complicado o patológico. Supongo a que a muchos nos llamó la atención que el porcentaje fuera similar al porcentaje observado en el famoso estudio de Werner & Simith que dio lugar a su artículo “Resilient Child” y al trasvase del concepto de resiliencia de la física a las Ciencias Sociales.

Hubo dos preguntas al respecto. Se le preguntó qué les pasó a ese tercio de personas para poder recuperar el sentido de sus vidas a diferencia del resto que aún estaban en ello en ese momento. La respuesta corrigió la pregunta: no necesitaron recuperar el sentido en sus vidas porque la muerte del ser querido no lo había derribado. Y quiero puntualizar la expresión “sentido en sus vidas” que me parece mucho más “frankliana” que “sentido de sus vidas”.

Otra participante me robó la pregunta y le planteó si habían investigado las condiciones que podían justificar esa resiliencia. Reconoció que no habían desarrollado esa posible línea de investigación pero que él creía que en esos casos existían una serie de recursos externos (relacionales, comunitarios…) e internos que les permitían mantener una vida con sentido que les ayudaba a superar la pérdida.

Esto podría significar que desde las gafas (supuestas) de un psicólogo constructivista de Menphis se ve la resiliencia de un modo muy similar a como la ve desde sus gafas (esta vez reales) el mismo Boris Cyrulnik.

Todo esto iba surgiendo mientras el terapeuta e investigador nos exponía su método para ayudar a personas con dificultades para desarrollar el duelo por la pérdida de un ser querido, y que se fundamenta en recorrer las siguientes fases:

1. Recomponer la historia.

En realidad la historia queda rota por la desgracia. La muerte del ser querido es como la pelota de beisbol o tenis que golpea el cristal y lo hace añicos. Esta fase es la de recoger los trozos para intentar recomponerlos, pegarlos…

2. Recontar la historia.

Muy interesante las distintas técnicas expuestas para ayudar a recontar minuciosamente la historia de lo ocurrido ayudando a la persona sufriente a entrelazar (en su acepción literal de hacer una trenza) lo ocurrido con lo sentido y con lo pensado en cada momento.

Se trata no de una simple repetición dela tragedia sino de una verdadera revisitación de la misma guiada por un testigo (el terapeuta) que vigilará y acompañará en la misma.

3. Reconstruir la historia.

En esta fase la tarea fundamental es la de construcción del sentido que según Neimeyer es el más potente mediador para el duelo complicado.

4. Integrar la historia.

Se detuvo especialmente en la técnica creada por él junto con Smith de los Virtual Dreams (Sueños Virtuales)

5. Extender la historia.

Se utiliza cualquier estrategia que ayude a transmitir o contar con pleno significado la vida del ser querido desaparecido.

Y es aquí donde salta la idea, para mí, sugerente e indeleble.

Para contar las distintas fases Neimeyer se apoyó en dos casos reales con permiso de sus protagonistas. Uno de ellos era la historia de una madre que pierde a uno de sus hijos, de unos 19 años, en un accidente de tráfico.

En el proceso de terapia la madre conecta con las inquietudes espirituales de su hijo fallecido y que ella conocía, fruto de lo cual decide crear una asociación filantrópica llamada “Team Max” (El equipo de Max). Neimeyer proyecta fotos de pancartas con el nombre de la asociación en la que se ve una foto de Max sonriendo. Después muestra fotos de distintos miembros de la asociación, todos ellos con una camiseta con la misma foto de Max, y entre los que se encuentra la novia del mismo quien conducía el coche al sufrir el accidente.

La Asociación también colabora para proyectos concretos con otras. Una foto muestra a un hijo de Neimeyer con una camiseta de una asociación junto a otro miembro de Team Max. Nos explica, yo juraría que con emoción, como Team Max había conseguido enviar 4 toneladas de material de primera necesidad a Haití tras el terremoto de hace pocos años.

Y al ver la imagen sonriente de este chaval fallecido trágicamente en el pecho de otros chicos y chicas realizando voluntariado social pude ver gráficamente la idea de “extender la historia”

Neimeyer utiliza el cuadro “Despedida” (1959) de la mejicana Remedios Varo para ejemplificar esta fase de la terapia.

Los amantes de separan pero sus sombras permaneces juntas.

La madre de Max tras recorrer todo un arco narrativo (recomponer, recontar, reconstruir e integrar la historia) estuvo en disposición de la extenderla al mundo.

En realidad yo veo más esta última fase no como parte del arco sino como una verdadera flecha narrativa.

En mi modelo personal de la resiliencia, que un día me atreví a llamar sináptico, los distintos recursos externos e internos se combinan de una manera específica o peculiar en cada caso para construir significado o sentido y rehacerse de la adversidad.

Narración y Altruismo son a mi entender dos sectores del puzle de los recursos internos para la resiliencia y Neimeyer me mostró una de las piezas que los conecta. De ahí que muchas personas que han sufrido situaciones límites necesiten extender su historia o la de sus seres perdidos a través del altruismo.

De todos modos no siempre es necesario crear una asociación de voluntariado para que la historia de un fallecido se extienda. Me viene a la cabeza la historia de Pablo Domínguez Prieto. Un mes antes de su muerte en un accidente haciendo montañismo este joven sacerdote dio una conferencia a la que acudió de mala gana un actor, guionista y productor de cine y televisión, Juan Manuel Cotelo.

Tras su fallecimiento, e interrogado por los testimonios de todos los que le conocieron, se propuso el proyecto que acabó con el estreno de la película “La última cima”. Documental que se proyectó en muchos cines comerciales de España por petición popular. También se han publicado dos libros recogiendo dos Ejercicios Espirituales que Pablo dirigió antes de su muerte. Uno de ellos fue la última tarea pastoral que realizó antes de morir. Que me perdonen sus familiares o sus seres queridos pero Pablo ha desarrollado su vocación más allá de su propia vida.

Va a tener razón Daniele Bruzzone, también presente en el Simposio, cuando en su libro “Pedagogía de las Alturas” titula un capítulo “Somos un relato. Autoanálisis y búsqueda de sentido a través de la escritura”.

Y si somos relatos podemos ser lanzados al mundo más allá de nuestra propia existencia.

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