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Archive for the ‘Parentalidad’ Category

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¿Son todas las piezas de un puzzle igual de importantes?

Imagina que ves en casa de un amigo o amiga un puzzle cuya imagen te encanta y te dice que te lo puedes llevar pero que cree que le faltan dos o tres piezas ¿lo descartarías?

A la hora de hacer el rompecabezas las piezas con un lado recto, suponiendo que sea cuadrado o rectangular, nos permiten delimitar la imagen. Las piezas internas monocromas nos las dejaremos para el final pues sólo las ubicaremos por la forma.Y todos sabemos que algunas piezas son clave porque, al tener dos colores claramente diferentes, nos permiten identificar su posición estratégica en la imagen y a partir de ella seguir avanzando.

Pero a la hora de contemplar el puzzle tampoco todas las piezas son exactamente igual de importantes. Por ejemplo, si me faltan piezas del borde puedo solucionarlo quitando todas las del borde. Probablemente la imagen no se verá afectada y puede quedar un efecto artístico. Tampoco pasara mucho si la pieza o piezas que faltan no afectan a elementos sustanciales de la imagen. Incluso un vacío en un lugar concreto de la imagen puede llegar a aportar un cierto valor simbólico.

Sin embargo la ausencia de una sola pieza en un punto determinado puede alterar completamente la impresión que cause la imagen. En la imagen de un rostro las piezas de las comisuras de los labios pueden afectar totalmente a la identificación de la expresión. Por tanto hay piezas de un puzzle que son clave para su construcción y hay piezas claves para su contemplación.

Lo mismo pasa con algunos libros. Y “Educando la alegría” de Pepa Horno recién publicado por la Editorial Desclée De Brouwer es a mi entender un libro clave. No sólo porque ocupa un espacio vacío sino, además, tanto por lo que muestra como por lo que permitirá que se construya después y alrededor de él.

Educando la alegría

Libros sobre inteligencia emocional tenemos muchos desde que Daniel Goleman abrió el melón ya hace años. Y libros sobre educación de las emociones en general nos han llegado bastantes a modo de ola o a ola de moda en los últimos años. Pero no conozco ningún libro específicamente dedicado a proponer y guiar en el cultivo de la alegría en nuestros niños y niñas.

Por eso cuando a través de www.espiralesci.es me enteré de su publicación me apresuré a apuntar en un comentario que me parecía un libro sugerente y necesario.

Ahora que lo estoy leyendo podría reseñarlo comentando su contenido pero ¿no será mejor que vayáis a la fuente directamente? Podría también desarrollar una reflexión personal a partir de su libro pero… ¿quien me ha dado vela en este entierro?

Pero sí puedo afirmar, ya con conocimiento de causa, que el planteamiento del libro, efectivamente, es sugerente, conveniente y necesario. Usaré solo dos argumentos.

Aunque Pepa cuestiona con razón la clasificación que la psicología positiva hace entre emociones negativas y positivas, pues es muy engañosa, podemos admitirla por un breve momento. El momento necesario para recordar la imagen de Barbara Fredrickson de un velero.

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Las llamadas emociones negativas (miedo, ira…), con su valor fundamental para la supervivencia serían el casco y estructura del barco. Las emociones positivas (alegría, amor, curiosidad…) son las velas. Son la base de la motivación, de la exploración… Educar con las emociones negativas pero no hacerlo con y para las positivas es como dotar a nuestros niños y niñas de un velero sin velas. Quizá no se ahoguen pero no irán a ninguna parte. “Educando la alegría” nos lo recuerda y nos proporciona material para tejer.

En segundo lugar y recurriendo de nuevo a la psicología positiva. Si fuera cierto lo que se apunta desde ésta de que más o menos el 50% de nuestra felicidad viene de serie con nosotros; un 10% de la misma depende de las circunstancias y el 40% restante depende de que hagamos cosas concretas que la fomenten, la idea vertebradora del libro de Pepa de que la alegría se puede cultivar (sin caer en planteamientos ingenuos e irreales) es crucial.

Tenemos la responsabilidad de enseñar o no a nuestros niños una manera de manejarse en la vida que puede suponer pasar de un 0 en felicidad a un 4, o de un 5 a un 9. Por tanto educar la alegría puede marcar la diferencia claramente entre la desesperación y un mínimo bienestar o entre una vida mediocre o una vida plena.

Quizá me ha quedado algo exagerado. Pero prefiero pasarme de largo que de corto.

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Quiero aclarar que yo no conozco personalmente a Pepa. Pero si pudiera definir nuestra relación virtual diría, y espero que ella esté de acuerdo, que consiste en que “nos seguimos la pista” y por eso nos cruzamos en el ciberespacio con cierta frecuenciaAl menos, cuando yo anuncié que cerraba el blog por un tiempo por, digamoslo así, saturación, Pepa estuvo ahí para acompañarme en mi dolor. 

Así que es lícito que pienses que hablo de este libro por agradecimiento y en parte es cierto. No importa. Este post lo vais a leer cuatro gatos. Ni Pepa ni Desclée de Brouwer necesitan mi publicidad. Sólo me importa que te plantees que “Educar en la alegría” tiene mucho sentido. Es un libro aparentemente “ligero” pero, a mi entender, clave a la hora de plantearnos la educación de nuestros niños y niñas.

Me pasó con “Educar en el asombro” de Catherine L´Ecuyer; he visto nacer “Profesionales portadores de Oxitocina” de Iñigo Martinez de Mandojana (del que ya hablaremos) y me ha pasado ahora con “Educar en la alegría” de Pepa Horno.

Son libros que ya ayudan sólo por el mero hecho de haber sido escritos y estar ahí. Si los tienes en tu estantería o en tu tablet o libro electrónico mejor que  mejor.

Pero con que una de tus neuronas los tenga registrados ya es mucho.

Es lo que pretendo.

 

 

 

 

 

 

 

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El 16 de octubre publiqué una reseña del nuevo Seminario en Resiliencia que organiza todos los años Milly Cohen en su país y que, en este 2017, se celebrará en menos de un mes.

Reconozco que me aproveché de su gratitud para sacarle un texto suyo para este blog y no tardó ni dos días en mandármelo. Pero decidí retrasar su publicación para que el nuevo post sirviera también de recordatorio del Seminario.

Luego la vida hizo que decidiera tomarme unas vacaciones de reflexionar en público. A día de hoy le doy vueltas a la posibilidad de un Disparefuturo 2.0 pero de momento sólo os dejo este maravilloso (no exagero) texto de Milly. Espero que lo disfruteis tanto como lo hice yo.

Gracias, Cohen. (Al final os dejo de nuevo el “flyer” de ConoSer)

 

HIJOS VALIENTES

DRA MILLY COHEN

Dra en educación, docente de postgrado, escritora

millyask@gmail.com

 

Nuestra cultura no es una cultura emocional. A pesar de Goleman, a pesar de las  múltiples investigaciones en torno al tema, de cursos y talleres que nos invitan a la expresión sana de nuestros sentimientos, la realidad es que seguimos evitando que éstos realmente afloren. Y si estos sentimientos no son de felicidad, de júbilo o de armonía, ¡mucho menos!

Si introduces en el buscador de Google “libros-sobre-felicidad” te encontrarás con más de 2 millones de entradas. Títulos como “El proyecto felicidad”, “Te mereces ser feliz”, “La guía completa para ser feliz”, “El viaje de la felicidad” y muchos más sobre cómo encontrar la felicidad abundan en el mercado. Esto no es malo, por el contrario, me parece que encontrar ese estado de goce, de paz, de satisfacción con la vida, es algo que buscamos todos. El problema reside en la creencia errónea de considerar que cuando no tenemos dicha, forzosamente debemos sentir desesperanza, si no estamos en éxtasis, es porque estamos en tormento. La falta de dificultades nunca equivale a la felicidad. Y si bien existen blancos y negros en la vida, los grises no son tan malos ni parcos como parecen.

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Esos grises son la lluvia, que nos moja pero no nos hunde, son la adversidad que nos cimbra pero no nos derrumba, son el “aprieta pero no ahorca”. Y esos grises, cuando dejamos que pinten nuestras emociones, permiten que salgan a la superficie aquellas emociones desagradables que estaban bajo el agua.

Hablemos de nuestros hijos. La realidad es que nos duele tremendamente que se sientan infelices y haremos lo que esté en nuestro poder por “en-contentarlos”, como si estuviera en nuestras manos realmente sustituir una emoción por otra.  Cuando uno de nuestros hijos se siente triste le compramos un juguete, lo llevamos de viaje, hacemos la tarea por él, lo defendemos ante los demás. Hacemos lo que sea con tal de verlo bien porque esa (creemos) es nuestra labor más importante: hacer felices a nuestros hijos. Sin embargo, en esa lucha (porque es cansado intentar mantener contento a uno o a varios hijos), se nos olvida algo importante: que no ser feliz no es sinónimo de agonía permanente, no estar en un estado de bienestar, no significa miseria ni disgusto. Solamente es un color distinto, es un tono de gris, y hay que saber cómo responder ante esta tonalidad. Eso si sería favorecer la inteligencia emocional.

Para lograrlo, creo que debemos empezar por reconocer en nosotros qué nos sucede cuando no nos salen las cosas como quisiéramos. ¿Qué hago cuando pierdo? ¿Cuando no acierto? ¿Cuando me equivoco? ¿Cuando me siento incómodo? ¿Lo abrazo? ¿Lo acepto? ¿Lo ignoro? ¿Lo evito? ¿Lo escondo? De alguna forma nos han transmitido desde chicos (y lo pasamos nosotros a nuestros hijos) un fuerte mensaje cultural: si sientes una emoción negativa, debes tener algún problema y necesitas liberarte rápidamente de esa emoción. No nos hemos dado cuenta que nuestra tendencia a mantener a raya los sentimientos desagradables o nuestra lucha activa contra ellos, es la razón por la que muchos estamos estresados. Y el estrés es hoy una de las fuentes más importantes de enfermedad. Si tu hijo está estresado, por favor no le pidas que no lo esté. Mejor explícale que al latir rápido, su corazón se está preparando para la acción, y que el respirar más rápido no es un problema, sino que está llegando más oxígeno al cerebro. Que viva el estrés y lo use a su favor.

Debemos comenzar a formar seres valientes, más que seres felices. Los que son valientes son los que lloran y aceptan su fragilidad enfrente de muchos, no los que parecen fuertes y no dejan que se refleje realmente quiénes son. Los valientes son los que luego de atreverse a compartir cómo se sienten, se recomponen y vuelven a buscar el placer, el gozo, la alegría. Son osados, intrépidos, audaces. Los valientes son los que reconocen que hay batallas que se ganan pero que las que se pierden, también sirven de algo. Los valientes son rojos, y negros, y blancos, pero también grises.

¿Cómo comenzar a desarrollar esa valentía? A continuación les comparto algunas sugerencias que me parecen importantes, que he experimentado yo misma, o que leído de algunos de mis autores favoritos. Espero que algunas les acomoden.

  1. En lugar de volcar elogios, tiempo, o dinero, en hacer que nuestros hijos se sientan felices cuando no lo están, hay que permitir que luego de dejar aflorar sus sentimientos, los validemos. La validación dará un enorme alivio a los niños y a los jóvenes porque cuando se les ayuda a reconocer que no son los únicos que se sienten de esa manera, que está bien sentirse triste, solo, acongojado, sensible, enojado, o frustrado, el niño o joven se siente acompañado, más que sobreprotegido. Además, hay que dejar que sean ellos los que se expresen, libremente. Cuando los padres se abstienen de hacer suposiciones acerca de lo que sus hijos piensan y sienten, sus hijos dan el paso para comunicarlo por voluntad propia. Eso es valentía. Goleman dice que justamente es la capacidad de reconocer un sentimiento en el mismo momento en que aparece, la piedra angular de la inteligencia emocional.
  1. ¡No reemplaces un pez muerto! Si la mascota se muere, si se pierde el juguete, si se poncha el balón, no lo reemplaces inmediatamente, permite que el niño sienta la frustración, la tristeza, la pérdida. Si perdió la competencia, si reprobó el examen, si no lo invitaron a la fiesta, deja que tu hijo o tu hija ponga en palabras su sentir y permite que lo viva. Muchos padres tienen un fuerte deseo de proteger a sus hijos de crecer demasiado rápido, por ello, evitan temas importantes como la muerte, la pérdida, el fracaso, la decepción. La exposición a estos temas debe darse de manera natural, pero debe darse, ya que son temáticas que forman parte de la vida cotidiana. Ningún padre puede cambiar los sentimientos de sus hijos, mucho menos evitar que estos surjan, pero si puede modelar su comportamiento ante ellos. Ayudarlos a reconocer cómo se sienten, hacerles saber que puede no ser cómoda una emoción negativa, pero que es inevitable, y adecuada, hasta necesaria, los ayudará el día de mañana a entender que éstas pasan. Que el sol sale después de las tormenta. Que hay un resurgimiento luego de las crisis. Que el amanecer aparece justo después del momento de más oscuridad.

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  1. Tenemos que pedir a nuestros hijos que resuelvan problemas, eso los empodera, y cuando los dejamos solos (en lugar de hacerlo nosotros) les enviamos un mensaje tan simple como poderoso: “confío en ti”. De acuerdo a Pozatek, la mejor manera de enfrentar a los niños a los dilemas de la vida es frente a la naturaleza. En los espacios naturales los chicos tienen que aprender a emplear la demora a la gratificación al caminar hacia una cumbre, recolectar leña o tener que esperar a que piquen los peces. La solución a los problemas y la motivación interna se presentan de manera instintiva cuando un fuerte viento golpea o cuando a un mochilero se le acaba la comida. A diferencia de las actividades en el hogar, cuando se convive con  la naturaleza, el chico o la chica no tiene la computadora que la distrae, el celular con el que se refugia, no hay puertas que se azotan ni televisiones que se prenden con volumen alto, para redirigir la frustración o el enojo. En un bosque, en una montaña, en el campo, tienen que madurar de formas distintas, sin distractores ni escapes. Y con los beneficios del espacio exterior. Lleva a tus hijo a una excursión, acampen, cocinen juntos, carguen con sólo lo necesario, y frústrense juntos, diviértanse juntos y elógialo por el esfuerzo, no por el producto final.
  1. Colabora para que tus hijos sean personas diferentes, originales, invítalos a salir de la norma, que no le teman al fracaso, que se atrevan a echar a andar sus ideas (por más locas ideas que éstas sean). Dice Adam Grant en su nuevo libro titulado Originals que la creatividad puede ser difícil de fomentar pero es fácil de coartar. Es verdad. Los alumnos con necesidades educativas especiales, por ejemplo, son los más atrevidos y originales, están tan acostumbrados al fracaso, que han perdido el temor. Para desarrollar la valentía en nuestros hijos debemos permitir que aporten ideas novedosas al mundo y esto sólo ocurre cuando ellos desarrollan sus pasiones, no las nuestras y cuando se atreven a hacer lo que su instinto les dicta. Ser original es apostar: quizá funcione, quizá no. De mientras, tú déjalos ser. Suelta un poco el control. Apuesta por ellos para que ellos apuesten por sí mismos.

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  1. Ayuda a tu hijo a construirle muchas patas a su mesa, a enriquecerse con muchos hobbies y quehaceres, a fortalecerse desarrollando virtudes y cualidades, a construir una red de vínculos afectivos que lo acompañen. Así, cuando la vida le quiebre una pata a su mesa, quizá se tambalee, pero no se caerá. Justo el joven que ha probado levantarse es más fuerte que el que nunca se ha tropezado. Para los japoneses, una pieza que se ha roto, que ha sufrido un daño, tiene una historia, es más hermosa. No se ocultan las grietas, ni los defectos, más bien se enmiendan con oro, convirtiendo la parte restaurada en la parte más fuerte de la pieza. ¿Y si hacemos eso con nuestros hijos? Cuando sufra, no te asustes. Mejor ayúdalo a enmendar lo que se quiebra, con amor, con mucho amor.

Al final,  las emociones, sin importar lo poderosas que sean, no son abrumadoras si se les concede el espacio para desplegarse. Generalmente, nos sentimos más cómodos con las acciones que con los sentimientos porque cuando vemos que se acerca uno incómodo, tendemos a darle la vuelta, a esconderlo, a disfrazarlo o distraerlo, lo que se nos ocurra con tal de no sentirnos tristes o permitir que así se sientan nuestros hijos. Por ello la invitación es a detener nuestro trajín diario, nuestra prisa, para que cuando arribe un sentimiento incómodo, lo dejemos respirar, y podamos abrazarlo con quietud, entenderlo, y luego permitirle que se aleje. Con valentía. Estoy segura que eso nos traerá mucha felicidad.

Krissy Pozatek (2015). Hijos Valientes. Editorial Planeta.

Adam Grant (2016). Originals. Editorial Viking.

 

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Imagina una pareja, mujer y hombre, que naufraga en una isla desierta y fuera de las rutas de navegación más usadas. Ella está embarazada. La isla les proporciona muchas opciones para sobrevivir y consiguen gestionar bien el parto. Durante los años siguientes el niño o la niña crece al amparo de la única relación con sus padres. Si no son rescatados antes de los 20 años ¿Tendrá adolescencia este chaval o chavala más allá de los cambios fisiológicos habituales?

El planteamiento general del psicólogo Kenneth J. Gergen se podría resumir en que no existen personas que, siendo como son, se relacionan de una manera u otra, sino que las relaciones que las personas tienen son las que configuran su forma de ser, o mejor dicho, su mente.

En realidad su postura es mucho más radical: no está demostrado que exista algo que pueda llamar “mi yo”, “mi esencia” “yo mismo” sino que la mente es una continua co-creación fruto de nuestras relaciones pasadas y presentes. Por lo tanto no podríamos hablar de un “yo delimitado y único” sino y, en todo caso, de un “yo múltiple”

En un momento dado, en su libro “El ser relacional” traducido y publicado recientemente por DDB utiliza el siguiente ejemplo:

“Imaginemos a una madre primeriza con su bebé recien nacido (…) Poco a poco y con paso vacilante empiezan a coordinar susu acciones el uno con el otro (…) Más tarde, y a partir de la sincronización de movimientos, miradas, expresiones faciales y la voz, ambos crean un mundo de significado. Además en estos primeros meses juntos es cuando madre e hija se aproximan más a una relación desvinculada de otras relaciones.” (pág. 241)

“Imaginemos ahora a esa misma madre con su hija, ahora convertida en adolescente. La madre acaba de servir la cena y la niña está taciturna y en silencio.

MADRE: ¿Qué ocurre, Trish? ¿No tienes apetito?

HIJA: (silencio)

MADRE: Y parece que tampoco vas a hablar. ¿Qué te pasa esta noche?

HIJA: (con una mueca) Mamá, te dije exactamente la semana pasada que quería dejar comer carne. Es obvio que no me escuchaste, o… quizás es simplemente que no te importa lo que yo quiera. Típico…

MADRE: A ver, Trish, no puedo hacer una comida distinta para cada uno. Y mira, a tu padre le encanta el estofado de carne y tu hermano lo está devorando ¿Por qué no puedes formar parte de la familia?

HIJA: Tú no me entiendes, ¿verdad? No me lo voy a comer y punto. De hecho (poniéndose de pie), no puedo ni siquiera mirarlo. Me voy a mi habitación.

PADRE: Trish, ¡regresa aquí inmediatamente!

(Trish cierra la puerta de su dormitorio de un portazo)

“TípEL SER RELACIONAL. MÁS ALLÁ DEL YO Y DE LA COMUNIDADico de adolescentes”, podríamos decir. Pero desde un punto de vista relacional los problemas nunca son inherentes de las personas – continúa Gergen y yo añadiría interpretándole “sino de las relaciones” – La principal diferencia entre esta escena y la de la madre con el recién nacido es que en el caso de la madre y su hija adolescente cada una de ellas se encuentra profundamente inmersa en relaciones distintas a la suya propia y aportan a la cena no solo los restos de largas y numerosas historias de relaciones sino sino también los restos inmediatos de sus relaciones con los amigos, los familiares y los varios medios. “(pág.242)

Gergen ha usado el contraste de estas dos escenas para ejemplificar su idea de que en cada relación tú a tú, tenemos que lidiar con la interacción de esa misma relación con otras muchas que hemos tenido o que tenemos en otro momento en otro lugar. Las relaciones dejan trazas en nuestra mente. Él a veces las denomina “voces”.

Hay miles de ejemplos de ello: la persona que se siente atraída por otra pero se contendrá por preservar una relación de compromiso con otra; la mujer que no puede entregarse a una relación sexual porque fue agredida; el niño que no soporta el rincón de pensar porque era encerrado en un sótano con ratas o simplemente los gritos que le damos a un ser querido y que en realidad nacen en la injusticia que te han hecho en el trabajo.

Yo mismo puedo servir de ejemplo tonto de “yo múltiple”. Cuando estoy con una familia acogedora me es fácil empatizar con ella, puesto que yo también lo soy. Pero eso no significa que las trazas o voces de mis relaciones laborales como técnico de menores no estén ahí susurrándole a mi única neurona. Y cuando estoy entre compañeros y compañeras de trabajo las voces de las relaciones establecidas como familia acogedora son las que me hacen distanciarme en determinados momentos de ciertos planteamientos técnicos.

Pero dejemos a Gergen y volvamos a la escena de la adolescente. ¿Qué pasaría si cambiáramos los papeles y fuera el padre el que se negara a comer carne, chantajeara emocionalmente y finalmente se levantara de la mesa? Y antes de que lo atribuyas no a la adolescencia sino a machismo sigamos imaginando ¿Y si fuera la madre, cuando su pareja sirve la cena, la que lo hiciera? Se me ocurre que utilizaríamos dos hipótesis: esta chica tiene una personalidad difícil o simplemente ha tenido un mal día?

Debo entonces suponer que cuando hemos pensado, como decía Gergen (yo lo hice cuando lo leí) “Típico de adolescentes” lo hemos pensado porque sabíamos la edad y el rol (hija) de la chavala. De no ser así el abanico de hipótesis habría sido mucho mayor. Entramos en un círculo vicioso: la adolescencia es lo que hacen los adolescentes y lo hacen porque están en la adolescencia.

Esta idea es circular pero nos sirve porque así ya no tengo que analizar más el por qué del comportamiento de mi hijo, alumna, usuaria… Es adolescente. Sólo tengo que sentarme a esperar. Aguantar el chaparrón y ya está. Se le pasará

Pero el modelo de Gergen permite ampliar el espectro de posibilidades ¿Por qué no quiere comer carne? ¿Qué voz o voces tiene en la cabeza? ¿Qué relaciones le están diciendo que no lo haga? O si no lo quiere hacer ¿contra quien? ¿Está simplemente marcando diferencias respecto a sus padres? ¿O simplemente busca la pertenencia a un grupo?

El otro día estuve sentado literalmente entre una madre y una hija que no paraban de lanzarse acusaciones. Estabamos en una mesa de un bar y aunque yo no estaba a titulo profesional estaba para intentar ayudar. A los 5 minutos ya se repartían bofetadas y para mi también había. La chavala de vez en cuando chateaba con alguien. Quizá le dijera a alguna amiga “la idiota de mi madre me ha traido a hablar con un gilipollas”. Pero aunque no hubiera movil en ella hubiera estado actuando igual la relación con su amiga. Y la relación con otros profesionales de la psicología o la psiquiatría que ella había conocido. Hasta el punto de decirme que era una mierda de psicólogo porque no había intentado ganarmela. Y yo también aporte voces a la conversación:la de la relación con mis hijos, la de… Total que en esa mesa no eramos tres. Eramos “Los 100.000 hijos de San Luís”

Ahora los móviles nos han enseñado que un adolescente puede no estar en casa aunque lo veamos sentado en el sillón del salón. Lo que Gergen nos plantea es que eso ha ocurrido siempre. Sólo que no podíamos saber donde estaba la mente del otro porque su cuerpo no hacía nada que así nos lo indicara.

Si quieres ejemplos divertidos vuelve a visionar la brillante, divertida y viral charla de Carles Capdevila. Al parecer el opta, en beneficio de lo ameno y divertido, por los tópicos de la adolescencia (“Cuando llegue  a casa dos de mis hijos me besaran y dos no”) pero también ejemplifica muy bien la visión relacional de Gergen cuando cuenta que llega un día que tu hija o hijo ya no quiere que le dejes en la puerta del colegio sino en la esquina. Tu crees que estás a solas con él o con ella pero no es cierto. Muchas otras relaciones han tomado importancia para él o ella y no quiere que le vean con su papá o su mamá.

Desde esta visión relacional de la adolescencia es fácil entender porque ahora la adolescencia empieza antes que cuando yo lo fui (tengo casi 55) y porque algunos (Giorgio Nardone) dicen que dura… ¡hasta los 35!

Hoy en día los niños y niñas de 11 u 12 años ya no consumen productos infantiles sino los mismos que los adultos (ropa, gadgets, música…) y las dificultades para emanciparse harán que el o la jóven de 25 siga viviendo un estilo de vida adolescente al amparo de su mamá y su papá. No estoy connotándolo como positivo o negativo (hubiera sido estupendo jugar al FIFA 1970 con mi padre) Simplemente quiero poner de manifiesto que la globalización, el consumismo, la tecnología, y quien sabe cuántas cosas más han contribuido a que no podamos definir la adolescencia en base sólo a factores biológicos o intrapsíquicos.

A estas alturas es obvio que mi respuesta al enigma que planteaba es que el o la chavala de la isla no tendría una adolescencia como la solemos describir. Para romper la relación con los padres necesitamos no sólo un desarrollo corporal y cognitivo. Necesitamos contrafactos relacionales. Necesitamos que la relación filial sea bombardeada por una lluvia de “rela-tones” de la que nos abastecemos fuera de casa.

No deberíamos olvidarlo. Lo más seguro es que todo sea típico de adolescentes pero tengamos cuidado con no quedarnos en el tópico. Cuando le conté a mi mujer el combate de la mesa del bar me dijo “en la situación en la que está esta chavala le ofrecen cualquier ideal extremo – por desgracia ya te puedes imaginar alguno- y muerde el anzuelo casi seguro” Espero que no ocurra pero como casi siempre mi mujer dio en el clavo.

Preparando una charla llamada Formas de manipulación de los adolescentes hacia sus padres” di con una referencia a un estudio realizado por Tabitha Holmes, profesora de la State University de Nueva York y especialista en el desarrollo de los adolescentes, que afirma que lejos de ser perjudicial, un conflicto al día fortalece la relación entre padres y adolescentes y además permite que los padres sigan de cerca el desarrollo de sus hijos. Los padres que a través de estas peleas verbales aprenden a conocer a sus hijos como individuos con pensamientos propios, y a partir de este conocimiento, hacen posible poner la base desde que crecerá una nueva relación entre adultos.

Pero sobre todo, y esto lo digo después de leer a Gergen, en estas discusiones aflorarán casi seguro las relaciones que están influyendo en los sentimientos y pensamientos de ese o esa adolescente. Podremos tomar conciencia de cual es el coro que tiene detrás y quizá así podamos comprenderlo o comprenderla mejor.

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La semana  pasada un compañero de fatigas y desventuras en esto de la Generalitat Valenciana, José Rafel Sáez March, fue tan amable de mandarme el link a una columna suya en el periódico valenciano Las Provincias.

José Rafael es psicopedagogo en un Centro de Recepción de Menores y profesor universitario y su artículo se titula “El eslabón perdido entre la protección y la reeducación de menores”

En mi opinión su texto tiene el mérito de analizar con precisión y clarividencia un fenómeno que, los que trabajamos en protección o en reeducación de menores, venimos observando en los últimos años.

Pero sobre todo hay que agradecerle a José Rafael que haya utilizado su posibilidad de publicar en un periódico, de amplia difusión en estas tierras, para sensibilizar sobre la necesidad de una respuesta social e institucional a un problema que hace sufrir a cada vez más familias.

Podéis leerlo si “clickeáis” AQUÍ

(Por favor, si hay algún problema con el link avisadme con un comentario para que lo solucione)

 

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Cada vez que voy a mi trabajo en coche tengo la posibilidad de elegir entre dos rutas. Trabajo en Alboraya, que es un municipio limítrofe con Valencia, donde vivo. Puedo ir por la ciudad o salir de Valencia por una autovía para entrar a Alboraya por la primera salida. Y el 90% de las veces elijo la segunda opción: ir por el camino más largo. ¿Soy tonto? Es muy probable.

Per0  mis razones son dos. Por la ruta larga no hay más que tres semáforos y se circula sin apenas detenerse.  en segundo lugar porque voy viendo el mar a mi derecha y a mi izquierda la huerta valenciana.

Nada de todo esto es importante para la escena que voy a contar pero no deja de sorprenderme la ceguera de quienes pretenden que comportarse reacionalmente es comportarse lógica y científicamente.

Seneca dijo que el ser humano es un ser racional. Un escritor contemporáneo que no recuerdo matizó que racional no, sino que es un animal que racionaliza. Y  Alexander Hubbleton, director de cine señaló “El hombre es un animal racional, pero no un animal razonable”. Deberíamos aspirar no a ser racionales sino razonables. Es decir a poder dar razón de nuestros actos incluyendo en ello emociones y sus sentimientos.

Pero volvamos a la escena. El hecho es que durante muchos años he tenido que salirme de la autovía por la primera salida para luego tener que coger una carretera que está en al otro lado de la misma. Para ello tienes que cruzarla por un puente y para ello hay que hacer un stop bastante complicado. Tienes que esperar a que no venga nadie ni por la izquierda ni por la derecha. El tráfico en el puente es  intenso y es normal que tengas cola detrás de ti para hacer la misma maniobra.

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Pero tras unas semanas de obras el otro día pude incorporarme fluidamente gracias a que ya estaba terminada una nueva rotonda (más o menos donde aparece el círculo en la foto). Y sentí una pequeña emoción de satisfacción que, curiosamente, me llevó a la gratitud.

Ya sé que muchas veces estas mejoras se hacen a costa de una o varias personas muertas en accidente en ese punto, pero yo imaginé que hace un tiempo alguien “pensó esa ronda”. Y visualicé a un tipo mirando los planos y diciendo “Aquí debería haber una rotonda” Y a una Jefa de Nosequé diciendo “Ok. Presupuéstala” Y a una comisión diciendo “Hay que reducir el presupuesto pero esa rotonda no se toca”

Es decir que mi satisfacción presente era el fruto de la decisión y voluntad de otras personas de construir una rotonda. Y, por otra parte, para llegar a esa escena también había sido necesario aguantar meses de incomodidad por las obras.

Dentro de unos día me habré habituado y ya no bendeciré por el o la persona  “pensadora de rotondas” Pero en el coche pensé que  ¿no es esto en lo que consiste la paternidad o maternidad responsable?

Responder “sensiblemente a las necesidades” de nuestros hijos es algo más que satisfacer sus necesidades presentes. Implica también planificar o responder ahora a las necesidades futuras, aunque no nos venga bien, no nos apetezca o nos moleste.

Y no me refiero a mandar todos los años a tu hija o hijo de 12 años a Irlanda un mes para que de adulto domine el inglés. Que también. Me refiero a algo mucho más cotidiano.

Todos los días los padres tenemos que “hacer obras” por muy costosas y molestas que sean. Porque cuando  tu hijo o hija tiene una conducta o reacción tienes que proyectarla sobre su futuro y plantaerte “¿Necesita corrección?” o “¿Quiero que esa conducta sea típica de su yo futuro?” “¿Quiero que mi hijo o hija sea una persona maleducada, o colérica?”.

Y así, una y otra vez, aparece el combate entre dejarlo estar y no violentarte (seguir descansando o con lo tuyo) o salir de ti mismo y tensionar la convivencia con tu hijo o hija para construir una futura rotonda.No es nada diferente de cuando quieres mejorar tu casa. Sabes que la cocina necesita una reforma pero que cuesta dinero y vas a pasar un mes o dos de perros.

Por eso la paternidad o maternidad responsable me parece que es como “pensar rotondas y decidir hacerlas” Luego nadie se acordará de que te has dejado la vida en ello. En un futuro cuando alguien te diga “Qe maja es tu hija” “Que buen chaval es tu hijo” ni tu mismo o misma te acordarás de los tiempos en que estaba insoportable pero tú no lo dejaste pasar y le hiciste ver que no es lo que querías de él o de ella.

Trabajo con niños que sus padres y madres han respondido muy deficitariamente  a las necesidades presentes de sus hijos. Eso es valorable. Pero te puedo asegurar que ni siquiera se han planteado el yo futuro de sus hijos. Y por ello sus hijos o hijas son como un país lleno de carreteras infames y llenas de peligros. No matarse es una cuestión de suerte.

Hace ya más años de lo que yo quisiera daba charlas en una Escuela de Padres itinerante. Es decir el grupo de “profesores” íbamos a la localidad donde la hubieran solicitado. Pronto aprend , y así empecé a decírselo, que las madres (y algún padre) que me esperaban en el local asignado a las 9 ó 10 de la noche eran precisamente las y los que menos necesitaban la charla. Estos al menos habían vencido su cansancio e incomodidad para intentar mejorar sus habilidades marentales o parentales. Al menos se planteaban “Quizá mis hijos e hijas necesitan alguna rotonda” ¡Los que probablemente necesitaran la charla  eran los que se quedaron viendo el partido de fútbol o la película de turno.

Compré hace poco el libro de Stephen R. Covey “Los 7 hábitos de las familias altamente efectvas” (Ed. Palabra)

Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas

 No lo he leído todavía pero sí la introducción y en ella leí algo que me hizo pensar “Las familias altamente efectivas se pasan el 90% de su tiempo fuera de la ruta”. Una familia altamente efectiva no es aquella en la que todo fluye armoniosamente. Juan recoge tu ropa. Sí,mamá, ya mismo (Y lo hace).Cariño, ¿Qué tal el trabajo? Muy pesado pero gracias por preguntar, amor. Déjame un minuto y te ayudo con eso…

De eso nada. Las familias altamente efectivas tienen decenas de parones en su viaje. O parais de discutir o paro el coche y os dejo. Ya voy, no ¡Ya! A mi no me contestes así. De eso nada, monada, si quieres un móvil nuevo…

Lo que diferencia a las familias altamente efectivas de las menos efectivas y de las negligentes no son precisamente el número de paradas (igual hasta salen ganando) Lo que las diferencia es ¡que hay una ruta muy clara! Y que ningún parón imprevisto las desvía de la misma.

Os puedo asegurar que los padres y madres de los niños y niñas con los que trabajo en un Centro de Protección de Menores no han trazado ninguna ruta para sus hijos o hijas. Y muchas veces, ni para ellos o ellas mismas.

“Uy, ahora estoy bien. Tengo dinero ahorrado… ¡Tengo 50 euros!” me decía una madre a la que conozco muy bien. Esa frase me reveló que para ella con tener para ir a comprar la comida del día siguiente era más que suficiente. Porque del resto del viaje de sus 4 hijos (comprar libros escolares, material escolar, y otras muchas cosas) ¡ya se encargarían, como siempre, los servicios sociales! Y así les va a estos últimos… todo el santo día marcando rutas a padres que no las interiorizan como propias. No es de extrañar que se paren a ir al WC y luego cojan una dirección equivocada.

Pero no hace falta irse a la desprotección para sacarle el jugo a la metáfora. También la hiperprotección entra perfectamente en ella. Porque cuando una madre o padre es incapaz de frustrar ni un solo segundo a un hijo o hija, en realidad lo que hay de fondo es lo mismo. No hay ruta marcada por los adultos. Se va siempre donde el niño o niña quiere. Puede que se llegué a un sitio chulo, no niego esa posibilidad, pero en todo caso será una cuestión de suerte.

Y todo esto lo digo yo que odio las reformas y planificar viajes. No soy ejemplo de nada. Pero vivo felizmente con una gran “pensadora de rotondas” Un ejemplo.  Este verano está previsto que yo  vaya a cocinar a un campo de trabajo para jóvenes al que irán tres de mis hijos o hijas “naturales o en almíbar”. Pero no y una de ellas van contra su voluntad y ya han protestado y lo van a seguir haciendo. Sería más cómodo y más barato que no fueran.

Como hubiera sido más barato y menos molesto dejar el Stop como estaba. Pero a costa de alguna vida humana.

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