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Archive for the ‘Relación de ayuda’ Category

El teatro ofrece muchos ejemplos de pequeñas tareas que, si no se realizan bien, pueden tener consecuencias catastróficas.

Imagina un tramoyista que levanta el fondo del escenario antes de que haya bajado el telón. O un apuntador que canta el texto cuando el actor o actriz no lo necesita distrayéndole. O un telón que no baja cuando la representación ha terminado, dejando a actores y público desconcertados. O, lo que sería, peor: justo lo contrario.

Estas tareas requieren dos cosas esenciales. La primera, claro está, la precisión. Una precision en forma de estar atento. Si el encargado o encargada de lanzar el trueno y el humo que permite al alcalde de El diluvio que viene ser fulminado por un rayo delante de todos los espectadores se retrasa un solo segundo el gag perderá toda su eficacia.

Resultado de imagen de el diluvio que viene

Pero este tipo de tareas requiere también algo no tan obvio, algo más sutil: aprender, tanto o más, a no hacer que a hacer. Aparentemente es un trabajo donde apenas tienes que hacer nada. En dos horas tienes que intervenir en, a lo mejor, dos, tres, cuatro o cinco instantes. Pero implica un gran trabajo de no hacer y de esperar.

En la relación de ayuda emocional  es muchísimo más difícil aprender a no hacer o decir, aprender a esperar, que a lo contrario. Ante el sufrimiento de un interlocutor es muy dificil quedarse callado. Cuando empatizamos el sufrimiento se hace también un poco nuestro y nuestra mente no para de buscar soluciones. Y si no controlamos la lengua, el órgano mas peligroso de todo el cuerpo, es probable que vomitemos algún consejo, sugerencia o incluso  recriminación (eso te pasa por… si no hubieras….) Quizá con el consejo o la sugerencia tengamos suerte y acertemos. Es posible. Pero no probable.

Por eso pienso que la mejor preparación para una persona que quiera dedicarse a la psicología, psiquiatría, educación o trabajo social, etc. es la que viene de acompañar a personas con problemas que no tienen solución. Es lo que ocurre, por ejemplo, en las Unidades de Cuidados Paliativos.

Pero es evidente que los y las pacientes que se encuentran en ellas no estan precisamente para hacer de conejillos de indias. Y sin embargo hay una solucion: leer un libro.

COUNSELLING Y CUIDADOS PALIATIVOS

Un libro concreto editado en España hace tan solo unas semanas.

Se titula Counselling y cuidados paliativos, y está escrito por Esperanza Santos y José Carlos Bermejo, publicado hace unas semanas por Descleé De Brouwer.

No conocía a Esperanza pero sí le sigo la pista a José Carlos desde hace tiempo a través de sus muchos (más de 40) libros publicados. Me interesa mucho su interés por re-humanizar la atención sanitaria, comparto su pasión por los cuentos como instrumento terapéutico y su interés por la resiliencia.

Es difícil poner en tan pocas paginas (no es un libro voluminoso) un material tan interesante y práctico sobre el acompañamiento humano en las escenas finales de la vida cuando la medicina ya no tiene argumentos para retrasar el desenlace.

Con pinceladas teóricas concisas y precisas para introducirnos en muchos ejemplos, ejercicios y preguntas para la reflexión, su lectura es una experiencia de inmersión en el acompañamiento a pacientes y familiares.

Se nota que no es un libro escrito desde la teoría o la investigación sino que me atrevo a decir, sin conocerlos personalmente, que es el resultado de haber exprimido al máximo la experiencia de muchos años de sus autores y colaboradores.

Esperanza SANTOS - José Carlos BERMEJO

Se nota también la experiencia de los autores en la formación pues podría ser perfectamente la transcripción de un taller práctico. Un taller donde encontraremos temas esenciales como la conspiración del silencio ante la enfermedad sin solución, la claudicación familiar, la comunicación de malas noticias, el sentido y el perdón, o el propio desgaste psíquico de los profesionales implicados. ¿Qué más se puede pedir?

Un libro imprescindible no solo para los que se dediquen o se dedicarán algún día a los Cuidados Paliativos sino para toda persona que le interese el Counselling en general, definido por la OMS como un proceso dinámico de diálogo a través del cual una persona ayuda a otra en una atmósfera de entendimiento mutuo (tomado del mismo libro)

Un libro que se complementa maravillosamente con otro que tengo entre manos. Se trata de “Ser mortal” del medico y escritor Atul Gawande y editado en Galaxia Gutenberg.

Un libro en el que no me detengo solamente por no desviar la atención de el de Esperanza y José Carlos y porque seguro que lo citaré en más ocasiones dado el impacto que me está produciendo

Sólo te dejaré su hipótesis central: hemos dejado la atención a las personas con enfermedades crónicas; terminales o en la tercera edad en manos de criterios exclusivamente médicos. Un gran error que hay que remediar cuanto antes.

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Sabemos que cuando un tutor de resiliencia es una persona que ofrece un apoyo emocional para la persona en dificultad o adversidad gracias a que le mira de una manera especial y distinta a la habitual. Como dice Jorge Font “todos nos reconfiguramos en la mirada de los otros”

Pero ¿qué es ese cambio de mirada más allá de una frase bonita o sugerente? Al igual que existe una neurociencia de la vista y la mirada física ¿podría haber una explicación neurológica del “cambio de mirada” psicológica?

Dos experiencias recientes me invitan a pensar que sí. Sirvan las líneas que siguen para compartir la primera y explorar este territorio.

Hace unos días me propuse, y así se lo dije al grupo de profesionales de la educación que me aguantaron en una Jornadas de Formación, llegar a su cerebro emocional a través de su cerebro racional. Probablemente no lo conseguí. Pero ¿por qué este empeño?

Simplemente porque sabía que una charla académica sobre los efectos a medio y largo plazo de la negligencia y el maltrato en las estructuras neuronales de los niños duraría en ellos y ellas lo que tardaran en llegar a sus casas. Sin embargo, si conseguía que durante la charla su amígdala o su hipocampo reaccionara de alguna manera, aunque fuera con la pena, se produciría una emoción y los datos quedarían mucho mejor fijados. Quería sensibilizarlos, no hacerlos más sabios.

Amígdala cerebral

Cuando al día siguiente hice un post con la síntesis de la intervención David Montejo que trabaja de director de un Centro de Menores aportó, en varios interesantísimos  comentarios, la idea de lo difícil que es poder ver más allá de la conducta de los y las menores con los que trabaja cuando cuestiones administrativas, convivenciales, etc te ponen la propia amígdala y cerebro emocional al rojo vivo. Quizá la lectura del post le había ayudado, cual extintor intelectual, a apagar su quemazón de una larga y estresante jornada laboral (no olvidemos que uno de los componentes esenciales del Cansacio de los buenos – antes llamado Burnout – es el cinismo y la despersonalización)

Pero ¿es suficiente este viaje del cerebro emocional al cerebro superior o racional? (Probablemente es el cielo que proponen los idólatras de la ciencia: la felicidad proviene de conocer) Para distanciarse sí. Pero para para cambiar de mirada, no.

Porque dejaremos de ver a ese niño o niña, usuario o usuaria, cliente o clienta… como alguien que me fastidia todo el rato y podremos verlo o verla de una manera más objetiva, como una víctima y no como un verdugo. Y quedará clavado con alfileres en una tabla de madera para nuestra regocijo intelectual. Hasta que en un movimiento inesperado libere una de sus brazos y nos suelte un nuevo bofetón en plena cara.

Me temo que el apoyo emocional que ofrece el o la tutora de resiliencia sólo es posible si se da un viaje a la inversa. De las neuronas del cortex superior otra vez al cerebro inferior, de forma que, al menos alguna neurona apartada de nuestro cerebro emocional, se encienda cual cerilla. Basta una simple cerilla para ayudar a alguien a encontrar la salida de una habitación a oscuras. De la misma manera que bastaron los ojos llorosos de compasión de una jueza para que el jóven Tim Guenard la empezara a llamar “madre”.

Y dado que el cerebro emocional reacciona cuando algo nos asusta, sorprende, desconcierta, etc ¿qué mejor que intentar conectar la situación de la persona a la que tenemos que ayudar con alguna vivencia (experiencia+emoción) propia? (algunos psicólogos y neurocientíficos empiezan a afirmar que la felicidad proviene del conectarse con otros y otras)

En conclusión: Cuando alguien que debe recibir tu ayuda te mate, inflamando tu cerebro emocional, enfriate mandándolo a tu razón intentando comprenderlo. Pero si lo dejas allí la siguiente embestida producirá el mismo efecto. Así que intenta mandarlo de nuevo al cerebro emocional y encontrarle un sitio más adecuado. Y desde allí quizá surja una nueva mirada.

El cerebro emocional reacciona a un ataque con emociones y sentimientos negativos y probablemente con una muy de moda: la indignación. Pero también es el territorio de la compasión y de una emoción muy poco tratada e interesante: el asombro. Para profundizar en ella me remito a Catherine L´Ecuyer, su blog o su libro.

¡Que fácil es indignarse ante un hijo o hija adolescente! (yo lo hago tres o cuatro veces al día) Pero también lo es asombrarse y admirar la transformación de niño a hombre, de niña a mujer (yo lo hago tres o cuatro veces al mes) Pero todo es ponerse.

Dice magistralmente el cantautor Migueli en una de sus canciones “Según me coloco, me encuentro a la gente o no veo ni a Dios” Podríamos parafrasearle:  “Según me colocó (en mi cerebro) me encuentro a la gente o no veo ni a Dios“.

En el próximo post intentaré analizar la influencia del tiempo (pasado, presente y futuro) en el cambio de mirada.

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No he tenido un lapsus en el título. No he puesto la erre de profesionales en un acto deliberado.

Porque quitándole la erre a esa palabra se consigue un efecto similar a ponerse inesperadamente una nariz de payaso. Si quieres comprobarlo ves a un espejo y di primero en voz alta: “Soy un (o una) profesional”.  Luego sin cambiar la cara di: “Soy un (o una) pofesional”. A las comisuras de tus labios les costará no elevarse.

Lo que si es seguro es, si lo has hecho, cosa que dudo, que pensarás probablemente: ¿Pero que idiotez estoy haciendo porque un tipo en un blog…? Tranquilízate pensando que a veces el humor y una imagen es más potente que las nosecuantas palabras que van a venir a continuación.

Todo esto viene a cuento de que el otro día quise comprobar una frase atribuida a Teresa de Ávila y que yo recordaba como “la humildad es la verdad”  y que siempre me había llamado la atención. Así que le pedí ayuda al Sr. Google que me indicó que la frase, que corresponde a su obra Las Moradas, es en realidad “La humildad es andar en la verdad”. Que en el contexto de su pensamiento es lo mismo que decir «andar en verdad ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos»

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O de otro modo, el que tiene humildad tiene una visión más certera de la realidad y por tanto está más en la verdad.  Tienes su lógica. Si yo me enorgullezco de mi mismo es posible que me vea superior a lo que en realidad soy y que de paso vea inferior a muchos otros (deformo mi visión de mi mismo y de los demás). Y de igual modo podríamos pensar que si me siento inferior, que puede parecer humildad pero no lo es, también veré la realidad deformada por mi pequeñez.

Por eso es importante señalar que en Teresa de Jesús esta última postura no es exactamente de humildad porque para ella la verdad (que viene de andar en la humildad) es “conocer cada uno lo que puede y lo que Dios puede en él” Por tanto para ella la verdadera humildad nada tiene que ver con el autodesprecio o la minusvaloración. Es más puede que esta actitud sea una verdadera ofensa a Dios al negar su omnipotencia. Lo que yo, ser limitado, no puedo, lo puede en mi el mismísimo Dios. Y si niego esto último es que no creo en Dios.

Pero, antes de que pienses que te has equivocado de blog y que has entrado en uno de teología en vez de uno sobre uno sobre la relación de ayuda a la luz del fenómeno de la resiliencia, quita la palabra Dios y cámbiala por Vida. Y es aquí donde podemos hacer una reflexión para la relación de ayuda profesional.

Según lo anterior un verdadero profesional es aquel que conoce lo que puede hacer y conseguir como tal pero también lo que la Vida puede hacer con la persona a la que intentamos ayudar. Por tanto un buen profesional es capaz de ver, intuir o sugerir  posibilidades para su paciente, cliente, alumno o alumna…. más allá de su propia intervención.

O desde el prisma contrario, el profesional orgulloso no es capaz de aceptar que, además de su propia actuación, la vida en ocasiones nos cambia el escenario de un día para otro. Unas veces para mal, pero otras para bien. A veces la vida es muy cabrona (por eso mucha gente necesita ayuda) pero como dice maravillosamente Juan Manuel Serrat:

De vez en cuando la vida
nos besa en la boca
y a colores se despliega
como un atlas,
nos pasea por las calles
en volandas,

y nos sentimos en buenas manos;
se hace de nuestra medida,
toma nuestro paso
y saca un conejo de la vieja chistera
y uno es feliz como un niño
cuando sale de la escuela.

El profesional engreído, está tan metido en su papel que, olvidándose de la vida, se carga a sus espaldas la responsabilidad de ser la única opción de salir adelante de la persona que le pide ayuda. Y si la cosa no resulta sentenciará: “Es un caso sin solución”

Hace no mucho estaba tomando un café con una persona a la que intentaba ayudar a entender que los ataques de pánico se generan cada vez que paradójicamente intentamos frenarlos o evitarlos. Estábamos en un bar porque no me dedico a la clínica. Pero como no dejo de ser persona (y de momento no cobro por serlo) a veces me tomo un café o refresco con quien necesita algo de mi.

La situación estaba un poco bloqueada por el hecho de que esta persona no tenía trabajo y eso le deslizaba también hacia la falta de motivación para afrontar sus problemas. Pensé para mis adentros: ¡Ojala la vida le regalara un trabajo!  que le obligara a no hacerle caso a sus ataques de pánico.

No tengo poderes ni enchufe celestial pero a los cinco minutos le sonó el teléfono. Era una llamada para pedirle que el lunes fuera a una entrevista para sustituir a una persona en el sitio donde la persona que llamaba trabajaba. El trabajo se concretó y anteayer pude comprobar que efectivamente, la necesidad de mantener un trabajo que le encanta le ha hecho experimentar que todos los ataques de pánico se pasan, y sobre todo si los aceptas y abrazas como a un amigo inoportuno, cosa que yo no había conseguido en dos meses.

Por eso creo que estudiar la resiliencia no resta nada a los profesionales de la relación de ayuda sino que suma. Nos ayuda a pensar más allá de nuestras técnicas concretas y ayudar a las personas a abrir y desarrollar posibilidades.

Cuando leí “La maravilla del dolor” de Boris Cyrulnik donde empecé a conocer la resiliencia lo viví como aire fresco para mi profesión. Una brisa suave que resumo parafraseando un refrán judío: “No puedes salvar a todo el mundo, pero si salvas a uno, salvas el mundo entero”

Por eso prefiero quitarle la erre de resiliencia a la palabra profesional. Porque un profesional es importante, muy importante en muchos casos. Pero la vida y la resiliencia se desencadena tanto a partir del trabajo de un buen profesional (que sabe y acompaña) como desde otros muchas circunstancias de la vida de los que necesitan ayuda.

El o la pofesional (sin erre) es, por tanto, a mi entender el que, tomándose suficientemente en serio, sabe lo que puede y lo que no puede conseguir, pero también, no pasándose en su orgullo (nariz de payaso) ayuda también a la persona a mirar la vida para detectar potenciales tutores de resiliencia.

Cómo aquel catedrático de medicina (ya lo he contado) que no teniendo tratamiento que ofrecerle a un chaval le sugirió que estudiase medicina ofreciéndole, probablemente sin saberlo, un tutor de resiliencia. Catedrático y ¡todo un pOfesional! que consiguió mirar a su paciente más allá de su profesionalidad.

Porque muchas veces no situamos como profesionales con una prepotencia que tira de espaldas. Yo al menos.

¡A cuántas reuniones he asistido, no a recabar información de otros profesionales, sino a defender a capa y espada mis puntos de vista!

¡Cuantas catástrofes he pronosticado simplemente porque yo (o mis compañeras/os) no hemos encontrado las claves para ayudar a alguien!

¡Cuántas veces he recurrido al concepto de “resistencia al cambio” para poder digerir mi incompetencia!

¡Cuánto “proteccionismo ilustrado”! (todo por el niño pero sin el niño)

Quizá haya que proponer a las Universidades un módulo de créditos libres llamado “Concepción teresiana de la humildad y profesionalidad”.

El título tira para atrás pero en realidad se trataría de analizar la relación de ayuda (profesional) a la luz del fenómeno de la resiliencia”

¡Anda! ¡Cómo se parece esto al título de este blog!

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Hace poco publiqué un post que parecía que iba a hablar de sexo pero no era así.

El título de este que estás leyendo te puede llevar a pensar que trata sobre el sistema educativo. Pero no. Va de sexo. Puro, o más bien, duro.

Permíteme recordar que el tema del blog, no es solamente la resiliencia sino algo más amplio:  la relación de ayuda entre los seres humanos. Pero, de una forma u otra, también va de la relación de “no ayuda”. Es decir, de cuando habría que hacer algo para ayudar a alguien y nadie lo hace, o unos por otros, se deja pasar el tema.

Por desgracia hace unos meses tuvimos un ejemplo dramático de los efectos de la “no ayuda” con la muerte de centenares de seres humanos en las costas de Lampedusa, Italia. En los últimos años han habido muchos naufragios de barcazas repletas de inmigrantes, pero en este caso horroriza más aún saber que varios pesqueros se inhibieron de ayudar pues podían ser multados o imputados si socorrían a los náufragos. Todas las muertes de este tipo son igual de terribles pero cuando piensas que una ley está luchando contra el más elemental gesto humanitario y que los capitanes tuvieron que elegir entre la vida de personas y no arriesgar su medio de subsistencia y de los suyos…

Pero también hay naufragios que no se ven. Por ejemplo cuando un o una adolescente se desliza poco a poco hacia una adicción y nadie hace nada por evitarlo. Y cuando digo nadie no me refiero a sus padres o familiares, que probablemente son los que están tan cerca del problema que ni lo ven. Me refiero a la sociedad o ¿por qué no? a la cultura dominante.

Todos sabemos que en España es legal comprar tabaco, alcohol, y las drogas que utilizan los médicos para ayudarnos (y en el caso del tabaco el primero que te lo vende es el mismo Estado). Pero al menos hay un mensaje claro en la sociedad de que el tabaco es perjudicial para la salud y que el alcohol y ciertas medicinas pueden crear adicción.

Todo o toda adolescente sabe esto, excepto que haya aterrizado de Marte, y por tanto se enfrenta a su libertad con la información sobre los efectos de estas sustancias.

Pero ¿podemos asegurar que los adolescentes actuales saben que la pornografía puede crear adicción?

¿Podemos asegurar que saben que si se guían por lo que han visto en Internet, como un mapa para la sexualidad en pareja, pueden tener serios problemas de relación?

¿Saben las adolescentes que no es cierto que una mujer tenga que hacer en la cama lo que no le apetece por mucho que sea de práctica habitual en el cine porno?

Yo creo particularmente que, en general, no lo saben. O al menos no se lo estamos diciendo con claridad.

Y por eso me es muy fácil creerme lo de aquella niña de 12 años que, hace un par de años, se acercó tras una charla sobre sexualidad a la profesional que la había dado, la misma que me lo contó, para confesarle algo. Mi conocida esperaba que le relatara un abuso sexual pero se encontró a una niña totalmente angustiada porque era la única de su clase que todavía no se había acostado con ningún chico.

Tampoco me cuesta entender que el número de embarazos adolescentes siga aumentando. Cuando este dato se hace público se sigue achacando a la falta de educación sexual. Algo no me cuadra. No sé cuánta educación sexual falta todavía pero seguro que hay mucha más que hace años.

Pues me imagino al buen o buena profesora abordando este tema en clase y la ola enorme del tsunami de la pornografía en internet pasando por encima de él, de ella y de sus alumnos o alumnas.

Creo sinceramente que somos los padres (y yo no soy precisamente un buen ejemplo de ello) los que tenemos la obligación de informar a nuestros hijos de los peligros del acceso sin más a contenidos pornográficos. No es fácil pero precisamente porque no hay una voz social potente en este tema.

(si en este momento me estás buscando un adjetivo para calificarme te ruego que me concedas dos o tres párrafos más).

Gracias.

Porque no querría que este post estuviera en el terreno de lo ideológico, lo moral o lo legal (nadie ha dicho nada de prohibir o limitar algo) sino en el territorio de lo psicológico y lo neurológico.

El periodista inglés Martin Daubney ha relatado como quedó estupefacto al ir descubriendo, durante la preparación de un documental, como el acceso directo y sin restricciones de púberes a contenido pornográfico estaba teniendo un efecto devastador en algunos de ellos. Quiso entonces consultar con el doctor Valerie Voon, neurocientífico de la Universidad de Cambridge, que había realizado un estudio con personas que veían pornografía de manera compulsiva.

Su conclusión fue que los cerebros de estas personas mostraban “un claro paralelismo con las personas  con adicciones a sustancias” como la droga o el alcohol.

Podríamos ahora matizar esa frase que se dice mucho, medio en broma, de que “los hombres solo tienen sexo en el cerebro”. Según este estudio es probablemente una generalización injusta pero parece ser que, en algunos casos es… literal.

En esta línea puedo entender mejor la preocupación de uno de mis héroes de la psicología, Philip Zimbardo, cuando tras estudiar temas como la maldad y la bondad humana (“El efecto Lucifer”) o la importancia de la orientación temporal de las personas, dedicó una de sus intervenciones en TED a analizar las cada vez mayores dificultades que están teniendo los adolescentes (hombres) frente a las chicas en muchos campos y en concreto para establecer relaciones personales e íntimas.

Como recordarán, Cindy Gallop dijo que los hombres no conocen la diferencia entre hacer el amor y hacer porno. El joven promedio ahora mira 50 videoclips porno por semana. (…) El efecto es un nuevo tipo de excitación. Los cerebros de los jóvenes se reestructuran digitalmente de maneras muy diferentes hacia el cambio, la novedad, la emoción y la excitación constante. Eso quiere decir que están (en el terreno del aprendizaje) completamente fuera de sincronía en las clases tradicionales, que son analógicas, estáticas, interactivamente pasivas. También están totalmente fuera de sincronía en las relaciones amorosas, que se construyen gradual y sutilmente”

La referencia de Zimbardo a Cindy Gallop es debida a que esta británica dedicada al mundo de la publicidad y la estrategia empresarial, aprovechando la plataforma TED, lanzó un mensaje al mundo (4 minutos y 17 segundos) de “HAZ EL AMOR; NO EL PORNO” (MakeLoveNotPorn) que pronto se convirtió una de las charlas más vistas en la misma y se recogió en una pequeña publicación.

Dice Boris Cyrulnik que “la cultura es aquello que cambia cada 10 kilómetros y cada 10 años”. No reclamo prohibir nada. Pero espero que la cultura respecto a la pornografía empiece a cambiar. Quizá algún día y, permitirme la broma, todos los videos porno comiencen con una advertencia: “Este video puede perjudicar seriamente a tu educación sexual y a tus relaciones. Además puede crear adicción”

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Lo reconozco. Aunque me gusta vivir en “Posibility World” a veces visito “Positive Park”. Supongo que fue porque durante muchos años trabajé en protección de menores en “Traumatic King”.

Conocer el fenómeno de la resiliencia y los planteamientos de la psicología positiva (más ciertos planteamientos de terapia breve) me dirigió hacia “Posibility World”.

Hasta que un día me volví para atrás y descubrí que mi amada resiliencia y la psicología positiva habían sido seducidas por un gran parque de atracciones que estaban montando las editoriales y organizadores de eventos pidiéndole a empresarios, economistas, entrenadores personales (curioso concepto) y personas famosas que revelaran el secreto del éxito y de la felicidad.

Me acerco a Positive Park porque autores serios (terapeutas reconocidos, profesores de universidad o divulgadores sensatos) también tienen derecho a compartir su conocimiento con “el gran público”. Así que a veces en este parque puedes encontrar paseando por allí a Seligman, Bill O´Hanlon, Nardone, Tal Ben-Shahar, Nassim Taleb o Carl Honoré (cuyo libro, que aparece a la izquierda recomiendo encarecidamente a todos los padres. Por cierto que el subtitulo es de la editorial y en realidad debería ser “Como No educar….” puesto que no es un libro de autoayuda sino una crónica documentada de como nos estamos cargando la infancia como etapa de la vida)

 

¿Qué dónde está Positive Park?

No lo sé muy bien puesto que más que un lugar es un estado mental, una forma de ver la vida o una antropología, una visión del hombre.

Pero sé muy bien donde hay puertas de entrada al mismo. En la sección de autoayuda de cualquier tienda de libros (física o virtual).

Y al asomarme asiduamente a Positive Park he descubierto que en él hay olas. Como en está de moda en las piscinas artificiales.

No puedo, ni quiero hacer un recuento de las olas o modas que he visto pasar pero al menos sí me vienen unas cuantas a la cabeza.

Creo recordar que los primeros libros de ayuda venían muy directamente de la experiencia de, sobre todo, profesionales de la salud mental y que se dirigían a personas que tenían problemáticas personales concretas (dependencia emocional, baja autoestima, dificultades de relación…). Parecía un intento honrado de ayudar a la gente que pudiera estar sufriendo.

Pero la psicología positiva abrió un melón con una pepita de oro en su interior: felicidad. Y tras una primera embestida de autores procedentes de la universidad se abrió la espita para que cualquier persona con un cierto éxito o popularidad nos revele el gran secreto: cómo ser felices. Esta ola hoy mismo se ha echo gigantesca (al menos por aquí por España).

El domingo pasado estuve en una librería y en las novedades de la sección de autoayuda vi libros escritos por: corredores de maratón, economistas, empresarios (estos dos últimos llegaron para los tiempos de crisis pero no estuvieron ahí para predecirla) presentadoras y presentadores de televisión, … y personas que sufrieron una desgracia.

Un ejemplo muy significativo es lo que vi el otro día en televisión. Se daba la noticia de la presentación de un libro escrito por una famosa. Famosa por ser hija de un ganadero de reses bravas y, en su día, casada con un torero. En un primer corte, ella misma explicaba que cuando le propusieron escribirlo no estaba convencida. Ella no quiere ser ejemplo de nada. Planteamiento muy sensato y admirable. El problema es que hubo un segundo corte donde la famosa decía algo así como “yo soy una mujer muy valiente y muy fuerte… que es como deben ser todas las mujeres”. Vaya que casualidad.

Pero en todo caso no estoy criticando ni a la gente que escribe estos libros (ya me gustaría a mi poder y saber hacerlo y que alguien me lo quisiera publicar). Ni siquiera critico a las editoriales. Son un negocio y tienen que vender.

Lo que me preocupa es la filosofía que está en el interior de la ola. Y para explicarlo no tengo más que recurrir a Reyes y Roser que tuvieron la amabilidad de comentar otra entrada, tanto en el blog como por email:

Reyes escribía (la negrita es mía):

“Este tipo de reflexiones no son solo interesantes, sino totalmente necesarias en estos momentos, porque contribuyen por fin a desmontar toda esta dictadura del pensamiento positivo y porque cada vez más este supuesto poder omnipotente de la mente sobre todo lo que ocurre, está haciendo un daño impensable en aquellos que creen en él.(…)

Cuando lo que pedimos no sucede, ya no le echamos la culpa a nuestros dioses que no nos escuchan, ya no pensamos que es la voluntad divina, o como los ateos, no pensamos que es el azar el que ha tenido algo que ver con eso. No. El que cree en el pensamiento positivo, piensa que él es el responsable, el culpable, el torpe que no ha sabido o no ha podido realizar esa proeza. Entonces, no solo tiene que quitarse el problema que le preocupa, sino también la culpabilidad y la frustración de no haber podido conectar correctamente con el Universo. En el pensamiento religioso o ateo, al menos te libras de esa angustia, puesto que el responsable último de que las cosas no sucedan es dios o el azar. Tengo varias amigas psicólogas que dicen que cada vez más acuden a sus consultas personas traumatizadas por estas creencias, que tienen que sanar no solo sus problemas, sino el sentido de culpa originado por ellas. Y no solo eso. A veces vienen con un temor irracional a los pensamientos negativos, como si estos tuvieran la facultad de materializar lo que pasa por la cabeza. Demasiada responsabilidad, demasiada carga, para nuestra frágil, misteriosa y humilde, aunque maravillosa, existencia.”

Pocos días después encontré de casualidad (término ya sospechoso en Positive Park) una conferencia en TED de Alain de Botton, pensador autodefinido como ateo, que decía lo mismito que Reyes (he cambiado la secuencia de los párrafos para darle más coherencia a lo seleccionado):

“Nuestros héroes son héroes humanos. Eso es una situación muy nueva. La mayoría de sociedades tuvo en su centro la adoración de algo trascendente, un dios un espíritu, una fuerza natural, el universo. (…)

En la Edad Media, en Inglaterra cuando conocías una persona muy pobre esa persona sería descrita como un "desafortunado" literalmente, alguien que no ha sido bendecido por la fortuna, un desafortunado. Hoy, en particular en Estados Unidos si conoces a alguien del fondo de la sociedad él sería, cruelmente, descrito como un "perdedor". Hay una auténtica diferencia entre ser un desafortunado y ser un perdedor. Y eso muestra 400 años de evolución social y de la creencia de quién es responsable de nuestras vidas. Ya no son los dioses, somos nosotros. Nosotros estamos al mando. (…)

“Existe una auténtica correlación entre una sociedad que le dice a la gente que pueden hacer cualquier cosa y la existencia de la baja autoestima. Así que esa es otra forma en la que algo muy positivo puede tener un feo efecto. (…)

También Roser nos hizo unos excelentes aportes (videos y comentarios) y en especial me hizo mucha gracia que me confesó que conocía a una persona (española) que vive en estados unidos y ha sido abducida por el “Yes, we can” (el lema oficial de Positive Park).

Pero creo intuir que hemos llegado a la cresta de la ola y vamos a empezar a descender. Aunque sea porque las editoriales, necesitadas de seguir vendiendo van a pasarse del elogio de la fortaleza al elogio de la debilidad.

La propia Roser hizo en este blog  una referencia positiva al libro de Susana Méndez Gaos titulado “La bondad de los malos sentimientos” (Ediciones B). Este es el link de su página web.

Y a mi reseña del libro del interesante “Antifrágil” de Nassim Nicholas Taleb (lo fuerte no es lo opuesto a lo frágil sino que lo fuerte es lo no frágil, para lo opuesto no hay palabra y él lo llama lo antifrágil, es decir lo que mejora en circunstancias inciertas, impredecibles, difíciles) debo ahora añadir dos novedades de la editorial Urano.

“Frágil” de la trabajadora social e investigadora Brené Brown acerca de lo bueno de ser vulnerables. Puedes ver su conferencia “El poder de la vulnerabilidad” pinchando aquí (deberás elegir el idioma de los subtítulos).

“El antídoto". Felicidad para gente que no soporta el pensamiento positivo” de Oliver Burkeman (divulgador de temas relacionados con la psicología) y que plantea la siguiente pregunta: ¿Y si tanta búsqueda de la felicidad nos estuviera haciendo desgraciados?

Frágil

Puedes descargar el primer capítulo de estos dos libros en la página de la editorial.

Así que tras el subidón del “pensamiento positivo” auguro (de gurú o viceversa) la bajada al pensamiento negativo definido como “aquel que pasa por aceptar la inseguridad, la incertidumbre y ciertas dosis de pesimismo”.

Y si digo el descenso de la ola y no la desaparición del oleaje es porque las mismas editoriales van a encontrar, si no lo han hecho ya, el filón (¿que mejor ejemplo que el subtitulo de “Bajo presión”).

Mientras tanto intentaré refugiarme en “Posibility World” un mundo donde el dolor y el sufrimiento se miran a la cara, donde se sabe que nadie sale a solas de él (por mucho que se empeñen algunos), y donde se deja espacio a las oportunidades y ¿por qué no?… a los milagros (divinos o azarosos).

 

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Me encantaría. Pero va a ser que no.

Pagaría por tener una fórmula para generar la resiliencia.

Llamaría corriendo a mis seres queridos que están sufriendo y les diría: No puedo quitarte el dolor ni volver el tiempo atrás. Pero si me haces caso te garantizo que aunque nada será igual, todo será estupendo.

Me temo (o quizá me alegro) que, en este sentido, no existe fórmula o fórmulas para la resiliencia.

Pero sí podemos desarrollar fórmulas (matemáticas) para transmitir de forma rápida, eficaz y quizá divertida las ideas esenciales sobre la resiliencia.

Desde que llevo con “esto de la resiliencia” he oído o leído que la mejor manera de traducirla al castellano ortodoxo (hoy por hoy la palabra resiliencia no está en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española – Ver comentario abajo) era como resistir y rehacerse. O lo que es lo mismo:

Resiliencia = Resistir + Rehacerse

Y con esta sencilla expresión se dejaba patente que la resiliencia es algo o mucho más que resistir o aguantar la adversidad. Además la idea de rehacerse lleva implícita la idea de volver a empezar.

También hace unos años buscaba un esquema para recoger todos los aspectos o variables facilitadores de resiliencia. Hasta que Boris Cyrulnik en una conferencia me lo regaló. Y su idea se podría resumir en la fórmula:

Posibilidad de resiliencia = Disposición de recursos externos + Adquisición de recursos internos + Significado

Es una expresión que, como tal, aporta un plus al contenido de sus partes y es la idea de que si falta uno de los términos la resiliencia deja de ser posible. Es cierto que esta idea es esencial para la forma “francófona” o europea de concebir la resiliencia y no para otros muchos autores. Pero es la manera que yo defiendo en este blog.

Así que, de una forma u otra, ya estábamos usando fórmulas matemáticas como estrategia didáctica.

Lo mismo le debió pasar a un tipo americano llamado Chip Conley.

Cuenta que, en unos momentos bien jo…robados de su vida, leyó el libro de Viktor Frankl “El hombre en busca de sentido” y que de alguno de sus párrafos destilo esta sencilla fórmula (por cierto muy relacionada con la resiliencia):

Desesperación = Sufrimiento – Sentido

Esta fórmula se instaló en su cabeza y que le ayudó a darse cuenta de que no podía reducir el sufrimiento pero sí podía buscarle sentido y con ello disminuir la desesperación. A partir de ahí comenzó a utilizar las fórmulas matemáticas para analizar el mundo de las emociones y los sentimientos y la relación entre ellos.

Acaba de publicarse en España su libro “Ecuaciones Emocionales” (Ediciones B) y que aun estoy pensando sí recomendar o no (muy buenas anécdotas, fórmulas sugerentes… pero mensaje “todo depende de ti” que no acaba de encajar en la 2 fórmula que he señalado)

Y entonces pensé: ¿puedo encontrar fórmulas sugerentes para la resiliencia?. Rápidamente (tan rápido como mi neurona puede trabajar multitarea) me vinieron algunas a la cabeza .

Es mi intención ir compartiéndolas y empezaré por la que más orgullo me provocó por un ligero toque de humor.

Apoyo emocional = Reconocimiento del dolor + Acompañamiento + ¡Nada más!

He pasado muchas horas (la dichosa neurona) reflexionando sobre lo que es eso del apoyo emocional y a una conclusión sí he llegado. ¡Qué difícil es callarse cuando una persona te expresa su sufrimiento!

Somos seres empáticos (menos el psicópata de turno) y, cuando alguien nos importa, escuchar su sufrimiento nos mata. Queremos salir corriendo pero se supone que debemos seguir con el ser querido. Y es muy posible que:

  • le demos un consejo (dirigir su conducta)
  • le digamos que no es para tanto (quitar importancia)
  • preguntarle detalles (morbo o sospecha)
  • le digamos que se le pasará (obvio)
  • intentemos distraerle (quizá la opción menos mala pero no siempre respetuosa)
  • etc..

Cuando tengo la fortuna de dar una clase, curso o charla siempre le pido a la gente que imagine una situación de intenso dolor y que valore el efecto que le produce cada una de estas reacciones de los demás. Es contundente y, la verdad, nos solemos “echar unas risas”. Nos imaginamos cagándonos (perdón por la expresión) en nuestra bientencionada persona benefactora.

La anterior fórmula pretende ser un mantra que al evidenciar el término “Nada más” nos frene a la hora de relacionarnos con la persona que sufre. Porque como a veces digo, en esos momentos, digas lo que digas tienes todos los puntos para meter la pata hasta el fondo. Y si no nos mandan a esparragar es porque el sufrimiento será mayor que la asertividad o la rabia.

¿No es bastante con escuchar y reconocer su dolor y con permanecer a su lado?

Y como soy el primero que no aprendo a quedarme calladito (ya habrá oportunidad de hablar) espero que esta fórmula me ayude en el futuro a recordar que no soy salvador de nadie. Por mucha resiliencia que estudie o por mucho blog que escriba.

Y cuando escribo esto el dolor de personas muy queridas me duele a mí.

(No me hago responsable de que te guste si te lo compras aunque, ya ves, yo le he sacado partido)

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Hasta el momento hay dos motivos por los cuales reseñamos películas en este blog.

El primero es que se trate de una película basada o inspirada en hechos reales que ejemplifiquen, de un modo u otro, el fenómeno de la resiliencia o algún aspecto relacionado con ella (como la reciente referencia a la película “Intocables”).

El segundo, como por ejemplo “Gran Torino”, es que se trate de una película totalmente de ficción (guión original) pero que recoge aspectos de la relación de ayuda, o la resiliencia interesantes y realistas (las de superhéroes no nos interesan a estos efectos).

El otro día vi una película de la segunda categoría que merece un “post” aunque no sea un estreno ni haya ganado un óscar (aunque si ha estado nominada para varios premios).

Se trata de “WIN WIN (Ganamos todos)” que se estrenó en España el año pasado.

Es complicado escribir sobre una película cuando no se sabe de cine y cuando no se quiere “destripar” la misma. Así que en primer lugar haré un ejercicio introspectivo sobre las sensaciones que la misma me iba provocando a medida que la iba viendo y, en segundo lugar, destacaré algunos aspectos de la relación de ayuda que me parece que quedan muy bien reflejados en la misma.

Comencé a verla sin ningún dato sobre la historia y solamente con las referencias de sus nominaciones; la calidad de su actor principal (Paul Giamatti) y, que estaba catalogada como comedia dramática.

Los primeros minutos transcurrían, en esa fase en que estás esperando que te presenten abruptamente la trama, entre situaciones cotidianas y diálogos muy naturales. Nada de asesinatos, robos, infidelidades… Así que me preguntaba de qué iba la peli pero precisamente por eso decidí seguir viéndola a pesar de que era tarde.

Y efectivamente (de efectivo) el nudo de la trama fue apareciendo suavemente como en una lenta fusión de dos fotogramas. Un pequeño dilema moral como muchos que se nos presentan en muchas ocasiones en la vida. Y que solemos resolver como podemos.

Y también, como en la vida misma, a partir de la elección del protagonista, el guión (la vida) toma otra dirección, otro rumbo para llevarnos a… ¡otro dilema!. A estas alturas yo ya estaba sorprendido de una historia tan normal, tan natural… Quizá este sea su mérito. Quizá es que esté tan harto de películas con tramas tremendas que ya sé como van a terminar (el protagonista lo resolverá épicamente) que no podía creer que estuviera viendo una historia como las de mi vida y sin embargo no tuviera ni idea de lo que iba a pasar.

Aún así me resistía a esta posibilidad y seguía esperando que se destapara la pedofilia de tal personaje, el adulterio del otro, el accidente inesperado… Y no. Los minutos pasaban y todo seguía transcurriendo como la vida misma. Todo seguía avanzando inexorablemente. No podía haber final feliz porque no había habido demasiado drama. Sólo pequeñas miserias.

Y de nuevo el director y guionista demuestra pericia volando por los aires el esquema clásico: ganan (WIN) los buenos, pierden (LOSS) malos. Porque en esta historia los supuestos malos tienen gestos buenos y los supuestos buenos tienen que pedir perdón por sus deslices.

¡Realmente sorprendente! (No sólo de “muy sorprendente” sino también de “real y sorprendente al mismo tiempo”)

En fin… estas fueron mis sensaciones al ver la película y que ahora pienso que a ¿a quien le pueden interesar? Pero lo escrito, escrito está y, en su caso, lo leído, leído está.

En todo caso la película recoge algunas cosas interesantes sobre ayuda y resiliencia:

1.-En la relación de ayuda podemos ganar todos aunque quizá las intenciones originales no sean las más nobles.

2.- Muchas veces la resiliencia se debe un encuentro personal imprevisto siempre y cuando entendamos por encuentro “el interés mutuo que surge entre dos personas después de haberse conocido por cualquier motivo”

3.- Sobresalir en un deporte (u otra actividad) puede ser un magnífico tutor de resiliencia.

El chaval protagonista dice algo así como: “En esto controlo yo” Porque en el resto de su vida nada depende de él.

Cuando acabé de ver la película busqué información sobre ella. ¡Oh! ¡Sorpresa! Escrita y dirigida por Thomas McCarthy. El mismo guionista y director de “The Visitor”. Una de las primeras películas reseñadas en este blog.

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