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Archive for the ‘Ideas Sugerentes Indelebles’ Category

Los hermanos Taylor-Rosenthal nacieron en Colorado (EEUU) a finales del siglo XIX. Se obsesionaron con la idea de conseguir volar hasta llegar a construir un artefacto a motor para ello. Sin embargo no pasaron ni a la historia de la aviación ni de la humanidad porque tenían tanta fe en su éxito que probaron el mismo lanzándose directamente sobre el Gran Cañón.

Por el contrario los hermanos Wright fueron mucho más escépticos sobre si mismos e hicieron innumerables pruebas hasta conseguir los primeros vuelos controlados de un ser humano.

Las dos parejas de hermanos, suponiendo que la primera existiera (¿puedes acaso negarlo?) fueron optimistas. Los cuatro se enfrentaron al reto con la idea de que era posible conseguirlo. Nadie les obligó a ello y si lo hicieron era porque pensaban que se podría conseguir. La diferencia es que los Taylor eran optimistas crédulos y los Wright eran optimistas escépticos.

Este cruce de la dimensión Pesimismo-Optimismo con la dimensión Credulidad-Escepticismo la he descubierto gracias a una referencia, en el newsletter de Adam Grant, a un artículo de Shane Snow. Este es un escritor de la corriente, cada vez más de moda, llamada de Contraintuición. Periodista, escritores, economistas que se dedican a descubrir fenómenos paradójicos de la vida.

Como cuando Malcolm Gladwell argumenta que la mejora de la calidad del aprendizaje gracias a la reducción de la ratio de alumnos y alumnas tiene un límite (y responde a una curva en forma de U invertida) de forma que una clase con un profesor y cinco alumnos no garantiza mejor aprendizaje que una clase con un profesor y diez alumnos (y lo argumenta)

Otro libro de Contraintuición

La hipótesis de Snow es que los grandes personajes que han innovado de forma indiscutible en la historia reciente de la humanidad han sido más optimistas escépticos que optimistas crédulos. Ha habido muchos de estos últimos que han podido triunfar (también lo han hecho pesimistas recalcitrantes) pero habrá que atribuirlo más a la fortuna o, en todo caso, su éxito quizá no haya aportado mucho a la sociedad, sino sólo a ellos mismos o a un pequeño grupo a su alrededor.

Sin embargo, el optimista escéptico es la persona que se cuestiona el status quo, desea cambiarlo y, para ello, también se cuestionará o dudará de cualquier idea que ella misma tenga al respecto. No dirá simplemente: “Lo que se me ha ocurrido es estupendo”. Sino que se planteará todas las dudas posibles sobre sus propias ideas y las pondrá a prueba una y otra vez.

El conocido chiste del hombre de Fe que espera ser rescatado por Dios mismo en una inundación ejemplificaría el optimismo crédulo. Sin embargo si fuera optimista escéptico no habría rechazado subirse a la primera lancha salvavidas.

Este matiz, esta doble dimensión, me parece que es la misma que nos permite diferenciar entre el positivismo, estúpido y perverso en mi opinión, que muchas veces se nos vende (si se quiere, se puede) de la esperanza realista que muchas veces se asocia a la resiliencia.

Boris Cyrulnik cuenta que cuando se escapó del campo de concentración por azar se generó en él la idea de que si había salido de esa situación podría salir de cualquier otra que le ocurriera en un futuro. Pero el niño Boris no se dedicó a dirigirse a todos los soldados alemanes que se encontraba insultándoles o tirándoles piedras. Ni cuando fue joven se tiró por una ventana confiando que una rama o un toldo le protegería de morir estampado contra el suelo.

O desde el otro lado: Cuando la víctima está noqueada por la tragedia es probable que entre en una postura de pesimismo crédulo (nada será igual) Hasta que poco a poco (y probablemente por una acción desde el exterior) pase a un pesimismo escéptico (nada será igual… o quizá sí) y así hasta rehacerse o retomar el (u otro) camino.

Así que les pido a los gurús del positivismo que no invoquen a mi credulidad. Y lo digo en una semana, santa para mi, no por mi fe ciega sino quizá, y precisamente, por mi poca fe.

 

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No cabe duda que la vida del salmón es asombrosa. Excepto para los propios salmones.

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Pero a nosotros los humanos nos fascina eso de remontar un rio para desovar en el mismo lugar donde se nació. Más allá del prodigioso mecanismo por el cual se orientan para encontrar el rio por el que descendieron, podemos incluso dotar a este fenómeno de un cierto sentido épico.

Pero en lugar de antropomofirzar la vida de los salmones esta vez quiero salmonizar la vida de una persona. Porque la imagino como un tipo, que diciendo cosas ya poco habituales, nada, en la educación y en la vida, contracorriente.

Hace pocas semanas una compañera me dijo un martes: “Mira que charla anuncian en mi pueblo para mañana”. Se titulaba “Educar con el co-razón”. Efectivamente me pareció un título muy sugerente. Le pregunté quien la daba pero no supo decirme y la cosa quedo ahí.

El jueves siguiente, cuando mi compañera llegó, empezó a hablarme entusiasmada de la charla a la que finalmente había podido asisitir. No supo explicarme el contenido concreto pero estaba encantada. Parecía que había estado más en un espectáculo que en una conferencia. Esta vez sí supo decirme el ponente: José Maria Toro.

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Así que cuando tuve un rato entré en Internet y puse el nombre del tipo. Descubrí que José María es maestro (mejor que profesor) pero que desde hace un tiempo se dedica a transmitir sus ideas sobre educación (básicamente escolar pero también familiar, social, etc) allí donde le invitan y a desarrollarlas en talleres y experiencias pedagógicas. Encontré muchas referencias y videos. Y sobre todo sus varios libros publicados en una editorial que sigo habitualmente: Desclée de Brouwer.

Es misma tarde, ya en casa, pude entrar a la propia web de José Maria y ver alguno de los videos (recomiendo, por ejemplo, éste) de entrevistas y charlas que circulan por la red. Y lo que descubrí en poco más de una hora es la mayor concentración posible de lo que yo llamo, y ya he explicado en este blog,”ideas sugerentes e indelebles” Es decir, ideas expresadas de una forma que te impactan y ya no se te olvidan en toda la vida. Son además ideas expansivas pues a partir de rumiarlas empiezas a descubrir cosas que van más allá de lo que la propia idea expresa.

Esa tarde (y en sucesivos días) recibí tantas de estas ideas de José Maria Toro que me cuesta poner algún ejemplo, pero me imagino que el post requiere alguno. Desde la idea misma de “Co-razón” para dinamitar la separación artificial entre lo racional y lo afectivo; a la idea, obvia pero silenciada, de que el o la maestra tienen que ser personas equilibradas o la también aplastante idea de que en educación (del tipo que sea) no es necesario que la vocación sea un punto de partida pero sí un punto de llegada (impresionante su crítica divertida y despiadada a un folleto de una Academia que prepara las oposiciones para plazas de magisterio)

El viernes por la tarde ya me había comprado en formato electrónico los cuatro libros que José María tiene en DDB y el domingo me descubrí usando dos de sus ideas en dos momentos distintos y en un contexto no educativo. Pensé que tenía que hacer un post para quien no lo conozca pero otros quehaceres y otros posts se cruzaron en mi camino.

Sin embargo, ayer mismo,  en el tiempo de espera del Centro de Salud y teniendo que revisar un curso que volveré a impartir el próximo mes (Bienestar en la miseria. Claves de psicología positiva para interventores sociales) seguí leyendo en mi móvil uno de sus libros que le venía al pelo (“DESCANSER, DESCANSAR PARA SER. Propuestas para liberarnos del secuestro del descanso”) Y volví a, como decían antes pero a mi se me ha quedado, a “alucinar en colores”. Con, por ejemplo, la idea de la diferencia, esta vez poco obvia pero tremenda, entre descanso y diversión o distracción o turismo o no tener que trabajar. Pero sobre todo con su propuesta para combatir diferentes tipos de cansancio con otro de sus queridos juegos de palabras, o mejor juegos, con palabras: DES-HACER, NO HACER y RE-HACER. Esto entra en el curso. Fijo.

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Así que esta vez he dejado en la cuneta otros proyectos de post para sacar éste. O reviento. Y sobre todo porque voy a citar tanto a José Maria a partir de ahora que, si seguís el blog, le vais a coger manía.

Y es que, aunque no lo conozco (sí un poquito a una persona muy importante para él) me lo imagino como un salmón.

En los remansos tranquilos de su infancia se fraguó su vocación de maestro, descendió el rio atravesando los avatares de su formación para llegar a serlo. Y tras unos años en el mar de la enseñanza reglada ha comenzado el retorno, contracorriente, al ser profundo de su vocación.

Para ello tiene que enfrentarse a muchas fuerzas que arrastran como la de la “tecnología educativa” con sus programaciones y objetivos de todo tipo. O evitar los zarpazos de un oso disfrazado de inspección educativa o administración escolar. Cada vez que le leo o escucho me lo imagino saliendo del agua en un portentoso salto y aprovechando para lanzarnos una de esas ideas que nos ayuden a ,como creo que él mismo diría, conectarnos con nosotros mismos y con los demás.

Podría parecer que Jose María es un nostálgico. No lo creo, incluso lo contrario. Pero al menos no es como muchos otros que idolatran al becerro de oro de la modernidad desdeñando cualquier cosa “de lo de antes”.

Por eso he querido hacerle un guiño con su propio estilo y le he llamado un tipo DIFER-RIENTE porque ha conseguido ser diferente a base de cosas corrientes (como Cesar Millán que ha triunfado diciéndole al mundo “Señores y señoras, un perro es un perro, no una persona”) O porque es diferente yendo a contracorriente. O simplemente porque en sus charlas, sonrie y hace reir, haciéndote pensar.

Sus libros están (virtualmente) en mi estanteria de salmónidos. Gente como Carl Honoré (“Elogio de la lentitud” o “Bajo presión”) o Catherine L´Ecuyer (“Educar en el asombro”) o Alain de Botton (“Religión para ateos” o “Cómo pensar más en el sexo”) Gente que se atreve a decir cosas tan sensatas que, con tanta globalización y capitalismo feroz, se han arrinconado en el armario de los trastos.

Sólo le deseo que siga su recorrido rio arriba y que el fruto de su esfuerzo sean cientos y cientos de nuevos profesionales de la educación con alma de salmón. Y no de salmonete.

Co razon

(Reconozco que a veces he pensado que José Mª Toro debía ser la reencarncación contemporánea y española del profesor japonés Toshiro Kanamori del famoso documental “Pensando en los demás”. Un tipo capáz de decirle a sus alumnos y alumnas que van a la escuela a ser felices y que sabe que en las dificultades de la vida lo más importante que tenemos son los vínculos que nos unen a los demás, y por tanto su prioridad es que sus chicos y chicas se conecten para toda la vida)

DESCANSAR PARA SER. Propuestas para liberarnos del secuestro del descanso

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Todo el mundo sabe que en la ficción existe (porque las historias no envejecen)una aldea gala en tiempos de los romanos que resiste a la conquista del Imperio. Y todos sabemos que Asterix y sus vecinos deben su invulnerabilidad a las fuerza que les da una poción mágica cuya receta sólo conoce su druida. Excepto Obelix que tuvo la desgracia de caer de pequeño en el caldero y…

En la realidad no existe tal poción pero quizá si exista un modo de generar invulnerabilidad. O mejor dicho: sensación de invulnerabilidad.

Todo esto viene a cuento de una idea muy sugerente que recoge Malcolm Gladwell en su último, y ya reseñado libro, “David y Goliat: Desvalidos, inadaptados y el arte de luchar contra gigantes”.  Es la distinción entre personas que, tras una catástrofe, se han salvado “por poco” o “por mucho” y fue planteada por primera vez por el psiquiatra canadiense J.T. MacCurdy quien. tras la II Guerra Mundial,  escribió libros como “Psicología de la Guerra” o “La estructura de la moral” (en los conflictos bélicos).

Según este autor las víctimas de una guerra se dividen en tres grupos: los muertos; los que se han salvado “de milagro” “por poco” o “por los pelos” ( “sienten la explosión, ven la destrucción, se horrorizan ante la carnicería; tal vez están heridos”…) y los que se salvaron “por mucho” (“es la gente que escucha las sirenas, observa el vuelo de los bombarderos enemigos y oye las detonaciones. Pero la bomba cae al final de la calle o en la siguiente manzana”).

De los primeros, los muertos, no hay mucho que decir. Los segundos, los “salvados por poco” salvan la vida pero está queda marcada por una “honda impresión”, pero los terceros, los “salvados por mucho” desarrollan según MacCurdy-Gladwell un “sentimiento de excitación con un ingrediente de invulnerabilidad”. O de otro modo: “los salvados por poco quedan traumatizados, los salvados por mucho comienzan a pensar que son invencibles”.

Es curioso pero también Boris Cyrulnik ha hablado de esto (y quizá necesite un post entero para comparar los dos puntos de vista) e incluso podemos afirmar que él fue un “salvado por mucho” ya que, en sus escritos autobiográficos, reconoce que cuando escapo de niño del campo de concentración quedó en su interior la sensación de que si se había librado esa vez se podría salvar de cualquier otra adversidad.

Me parece una idea muy interesante y esencial para no perder de vista el carácter evolutivo de la resiliencia. O de otra manera, igual que se suele decir “el dinero llama al dinero”, podríamos decir que “la resiliencia genera resiliencia”. Y en este blog ya he hecho referencia a algún ejemplo en este sentido.

Sin embargo hace poco empecé a pensar que este sentimiento de “invulnerabilidad” puede actuar para el bien pero también para el mal. ¿No podría esta diferencia entre “salvados por poco” o “salvados por mucho” servir para explicar las personalidades violentas, la violencia de género o incluso, la corrupción o la deshonestidad?

Mejor poner un ejemplo con una situación real que me contaron hace poco.

Reunión familiar. Abuelos, tíos, primos, sobrinos. En un momento dado alguien comenta que Fulanita de 17 años es muy guapa y que podría ser modelo. Un familiar bienintencionado se acerca a la misma y, con cámara de fotos en ristre, le ofrece hacerle unas cuantas fotos por si quisiera mandarlas a alguna agencia. Sin embargo antes de que ella conteste un joven de pelo rapado que está a su lado exclama: “¡Ni pensarlo. De eso nada!”  El familiar sorprendido le pregunta quién es él. Es su novio.

Hasta aquí la anécdota (y la preocupación de quien me la contó de estar ante un futuro maltratador). Pero imaginemos (ahora sí) un poco. Este chaval ha tenido una respuesta incuestionablemente desafortunada y reprobable. Nadie somos quien para decidir por el otro (excepto por nuestros hijos menores de edad o nuestros mayores incapaces). Pero lo ha hecho. Y debería caer el cielo sobre su cabeza, como diría el propio Asterix.

Podría caerle el cielo y matarlo como novio (la chica rompe con él sin más). O podría caerle una bronca de la misma o tres días sin hablarle, o una desaprobación pública y vergonzante por parte de los familiares…  A eso le llamaremos “salvado por poco”  A que no le caiga el cielo sobre su cabeza (la novia calla y consiente el comentario, nadie le dice nada… no pasa nada le llamaremos “salvado por mucho”.

En la primera hipótesis, ya no hay tema. En la segunda el chaval quizá quedará herido víctima de su propio escupitajo pero esa herida le llevará quizá, no lo afirmo, a pensárselo mejor antes de volver a lanzar un comentario como ese.

Pero en la segunda posibilidad (“salvado por mucho”) estoy convencido de que se generará un sentimiento de invulnerabilidad o de legitimidad para decidir por su novia.  Y ese sentimiento ¿no le permitirá pensar en un futuro que en una discusión puede insultarla pues… no pasará nada? Y si se vuelve a “salvar por mucho” de un insulto… ¿no pensará que puede golpearla porque… no pasará nada?

Por favor, que nadie piense que estoy diciendo que la culpa de la violencia de género es de la pasividad de las mujeres. Al revés. Estoy diciendo que la culpa es de la Hijoputez (perdonad la expresión, que por cierto es incorrecta desde el punto de vista de género) del agresor. Simplemente quiero plantear que si el “dinero llama al dinero” y la “resiliencia genera resiliencia”, la Hijoputez tiende a crecer si no recae sobre el propietario.

Quizá el sicario que pega palizas por encargo, el xenófobo, el maltratador, o el señor (o señora) de traje elegante que se apropia de unos cuantos millones de euros de los ciudadanos son como Obelix. Les ocurrió una desgracia. Nadie les partió la cara a su debido tiempo y los pobrecillos se creyeron inmunes.

O dicho de otra manera, la violencia que no te revienta en tus propias narices es probable que te genere sentimientos de invulnerabilidad y, por tanto, de poder y de ahí, quizá, surja más violencia.

He visto peleas de mis hijos, de mis sobrinos, de mis compañeros (de colegio)etc y he visto peleas o golpes en niños del Centro de Menores donde trabajo. Y no todos los golpes o intentos de golpes son iguales. Un niño o una persona que ha crecido en un ambiente no violento cuando pega lo hace con el freno puesto, por decirlo de una manera. Pega con contención por el propio miedo a recibir él. (Tengo mucha rabia pero si le doy IGUAL ME LA DEVUELVE). Pega “pero poco”.

Pero yo he visto lanzar puñetazos, tortas u objetos a niños de 6 o pocos más años que son golpes destructores, golpes sin límite. No son golpes tipo “te empujo y así recupero mi pelota”. Son golpes del tipo “te reviento porque PUEDO”

Y ese golpe sólo se puede lanzar cuando estás familiarizado con la violencia. La violencia no es tu enemiga. Es tu aliada. Cuando en la cuenta de resultados de peleas anteriores “te has salvado por mucho” y te sientes tan seguro que no necesitas protegerte, solo destrozar.

Por ello pienso que los que empiezan salvándose por mucho de situaciones conflictivas usando la violencia en realidad lo que están haciendo es perderse poco a poco, aunque ellos no lo sepan.

El otro día comentábamos en una tertulia espontánea como era posible que en algunos casos de corrupción que se han destapado en España en los últimos años las cantidades fueran tan desorbitadas. Llevándolo a un terreno que todos pudiéramos entender… Si no quieres que te llamen la atención, no parece inteligente llevarte 5 paquetes de folios de tu trabajo. Parece que lo “normal” sería llevarse “un taco” de folios de vez en cuando.

Pero alguien apuntó que quien ha desviado fondos para comprar hasta cuatro pisos es porque en su entorno lo normal es llevarse los folios en paquetes, en cajas y en camiones; y los euros en pisos. De nuevo algo así como que quien se ha salvado – salido de rositas-  por mucho de la corrupción llega a pensar que nunca pasará nada.

Desvié un euro y no me vieron. Desvié 100 y no me vieron. Desvié 1000 y no me vieron… ¡Soy invisible!

No sé. Es sólo una idea.

Como siempre.

Y como dirían algunos… para darle vueltas.

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En las últimas semanas varias veces me topé en librerías con el libro de Ferrán Ramón-Cortés “La química de las relaciones. El arte de construir vínculos personales” de la Editorial Planeta. A pesar de lo sugerente del título no me decidí a comprarlo (es lo que me sugirió la economía familiar al oído).

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Sin embargo el otro día paseando por las librerías virtuales de internet me volví a topar de él. Y como existe versión digital y Amazon tiene un maravilloso servicio  (en este caso Planeta también) por el que te puedes descargar las primeras páginas comencé a leerlo. Entonces si que no pude hacer otra cosa que comprarlo (convencí a la economía familiar con aquello de que el ebook es mucho más barato)

Y en solo día, y en mi móvil de pantalla de 4,7 pulgadas, leí el equivalente a sus 176 páginas en papel.

Y si digo en el título que me parece un libro distinto es porque:

1.- Es raro encontrarse un libro de no ficción sin bibliografía y que no la eches de menos. Ni citas de artículos, investigaciones, etc. Porque el autor no extrae el contenido de otros libros sino de la vida misma (de la suya y de otras personas de su entorno)

2.- No es habitual que cada capítulo comience con una historia, una anécdota (seguramente real pero cuanto menos realista) y que las reflexiones que se le siguen no suelan ocupar más espacio que la propia historia.

3.- Se agradece un libro sólidamente fundado en el sentido común y en la observación de reacciones humanas que todos podemos constatar en nuestra vida cotidiana.

4.- Utiliza una metáfora simple (la balanza) para entender algo muy complejo (las relaciones interpersonales) lo cual es una maravilla de eficacia ¿no? Y aunque capítulo a capítulo va matizándola o puliéndola, la misma metáfora se mantiene omnipresente a lo largo de todo el texto. Así que catalogaré este post también en la serie de Ideas Sugerente Indelebles.

En fin un libro, a mi entender, diferente y repletito de historias humanas, que tras un tiempo dándole vueltas a los recursos internos de la resiliencia y a las canalladas que nos gasta nuestro cerebro, me vuelve a recordar que no es probable la resiliencia sin vínculos.

Os dejo el enlace de la página web del autor.

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Vas conduciendo por una autovía o autopista en un tramo con tres carriles. Apenas hay tráfico. Circulas por el carril de la derecha. Mientras escuchas música ves que te vas acercando a otro coche y que pronto lo alcanzarás. No se ve a ninguno más. Pero el coche va por el carril de en medio. Te vas acercando y esperas que, al verte por el retrovisor, se sitúe a la derecha para que tú le rebases por el central.

Pero esto no ocurre. Te vas calentando y cuando ya lo estás alcanzando sigue en el mismo carril. Piensas que la persona que conduce estará distraída y decides ayudarle a que se dé cuenta. Aún arriesgándote a un accidente o una multa le adelantas por la derecha.

Después de tomar una distancia de seguridad miras por el retrovisor. ¡Sigue en el medio! E incluso ves como otros coches que le alcanzan, le adelantan. Casi todos por la izquierda o quizá algún descerebrado o descerebrada como tú, también por la derecha.

No hay forma. Sigue circulando por el centro a pesar de tener el carril derecho despejado.

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Y te empeñas y te empeñas en tu conducción pedagógica, incluso hasta el extremo de que, en alguna ocasión, al mismo tiempo que tú adelantas por la derecha otro coche le adelanta por la izquierda. Como tú si que miras el retrovisor lo has visto venir y te regocijas en la doble pasada.

Y si te indigna esta forma de entender el uso de los carriles y, te sigues empeñando en los “adelantamientos didácticos” te habrás dado cuenta de que no más de uno por cada diez corrige su posición.

Como eres una “cabeza pensante” que te gusta sacarle punta a todo piensas que quizá esa conducta sea un síntoma de rigidez mental. Debe ser que creen que los carriles de todo el mundo se regulan por la misma regla: hasta 80 km/h por el de la derecha; de 80 a 110 Km/h. por el central y más de 110 por el de la izquierda. No se te ocurre otra explicación.

Pero te das cuenta de que todo esto es una metáfora de la vida misma y de la resiliencia.

En la autovía de la vida algunos se ponen en un carril y de ahí no se mueven. Sea temerosamente o sea temerariamente pero siempre van por el mismo carril.

A veces la vida es una autovía despejada donde puedes conducir, cantar, hablar…. Otras veces es una autovía colapsada donde no tienes más remedio que esperar.

A veces en la vida te encuentras gente que te entorpece y tienes que cambiar de carril para dejarla atrás.

Otras veces tienes que seguir a alguien que te guía o tienes que moderar tu velocidad porque tú estás guiando a alguien.

A veces tienes que ser prudente y colocarte en el carril de la derecha porque si corres mucho puedes matarte.

A veces tienes que dar gracias porque un camión se empeña en adelantar a otro y bloquea la autovía. Quizá si no hubieras tenido que frenar te hubieras salido en la siguiente curva. Quizá eso que te molesta en la vida es lo que te salva.

Y a veces tendrás que parar en tus proyectos para ayudar a otra persona que está en la cuneta. Como cuando te quedaste tirado tú y alguien te recogió.

Desde este punto de vista el buen conductor no es el que más corre. Tampoco sería el que no ha tenido accidentes porque eso puede ser fortuna.

El buen conductor es el que adecúa su velocidad y su trayectoria a las circunstancias de la carretera. Y eso en la vida se llama flexibilidad. O resiliencia.

Y por cierto… Para la resiliencia como para la vida no es lo mismo el coche que tengas (recursos externos). Con un dos caballos de hace 40 años no se te ocurra salirte del carril derecho. Pero con un  Audi, Mercedes, etc. puedes elegir. Pero por mucho Ferrari que tengas si  eres mal conductor…

Intuyo que en la vida hay distintos carriles. A veces debemos estar en el carril del YO, pero de vez en cuando deberemos ser capaces de pasar al carril de TÚ y en otros momentos al del ÉL/ELLA (o a sus respectivos plurales).

Así que cuando vuelva adelantar a alguien que circula por el carril central, estando libre el de la derecha, intentaré no caer en la misma rigidez que él o ella  (¡te vas a enterar!) y lo pasaré por el carril de la izquierda. Porque sí. Porque es lo correcto.

No vaya a ser que se me atrofie el YO (esclerosis del ego) y me convierta en un viejo cascarrabias (debo vigilarme tengo indicadores de riesgo)

 

EPÍLOGO

(para desengrasar el post)

 

Una vez en mi trabajo se escuchó el siguiente diálogo:

– Fulanita, esta tarde, cuando venga la Jefa… dile que yo no vengo

– Menganito, la Jefa esta tarde no viene

– Tu dile que no vengo esta tarde

– Te estoy diciendo que la Jefa es la que no viene. Me lo ha dicho ella.

– ¡Es igual (Cabreado)! Tu dile que no vengo

 

Y redactando este post me acaban de contar esta llamada recién recibida:

– Por favor póngame con Fulanito

– Fulanito no trabaja aquí

– Sí, sí que trabaja ahí

– No, no trabaja aquí… Esta liberado sindicalmente

– Pues en el listado que tengo pone que trabaja ahí….

– Le digo que está liberado por el sindicato XZY

– Entonces … ¿no está ahí?

.- No, no está aquí

– ¡Pues deme el teléfono de XZY!

– Oiga, por favor, búsquelo usted…

– Entonces ¿no me lo va a dar?

….

¿Qué? Lo de la rigidez o la elasticidad del yo… ¿sólo es una entelequia?

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Hace un tiempo me di cuenta (es que soy mentalmente lento) que de los cursos, talleres o conferencias a las que asisto al cabo de un tiempo sólo recuerdo alguna idea que él o la docente expresó y que a mi me pareció tan sugerente o interesante que se me fijó en la memoria y ya no la he olvidado.

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Estas ideas permanecen en mi memoria incluso cuando, en alguna ocasión, se me borra el nombre de quien me las transmitió. Muchas veces van envueltas en forma de metáfora; otras envueltas en una anécdota; a veces en una experiencia personal…

Incluso he llegado a evaluar un curso, taller, etc. o a un autor en función del número de ideas sugerentes que me aportan. Incluso puedo decir que si de un curso me llevo dos ya me parece fantástico. Y con una… me conformo.

No cabe duda que las ISI (ideas sugerentes e indelebles) son personales e intransferibles. La que lo es para mí puede no serlo para otra persona. Entonces, y si para mi son indelebles y no necesito apuntármelas, y pueden no ser sugerentes para otros ¿por qué recogerlas?

Por lo mismo que cuando a una persona le chifla una canción le encanta que gente cercana a ella la escuche… ¡con ella! (aunque al otro quizá no le acabe gustando). Y ¿no es acaso un blog una forma de conectarse compartiendo ideas, experiencias, noticias…?

Un ejemplo, para mí muy claro, de ISI es la de la comparación que Boris Cyrulnik hace en algún lugar (recuerdo la idea pero no la fuente) de la salud mental de los ex-combatientes norteamericanos de la Guerra del Vietnam con los ex-combatientes norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial. Cuando intentas explicar su idea del doble golpe o la doble herida observas las caras de desconcierto o no entender del auditorio. Pero cuando lo explicas con el anterior ejemplo, ineludiblemente todas las caras al unísono se relajan y asienten.

Y hablando de doble herida quiero compartir otra ISI relacionada con ésta y que, ésta vez, no he escuchado sino leído en el libro de Bernard Rimé “La compartición social de las emociones” (DDB). En el capítulo 8 sobre respuestas bienvenidas y no bienvenidas al la expresión del sufrimiento se habla del fenómeno de la “muerte vudú”

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En las tribus o pueblos donde se practica el vudú en ocasiones el hechicero lanza alguna maldición sobre alguna persona y, en ocasiones, y al cabo de unos días esa persona llega a morir.

La explicación psicológica se basa en dos fenómenos. Un primer proceso de profecía auto-cumplida. La noticia de la maldición provoca síntomas ansiosos que son interpretados como las primeras manifestaciones del hechizo entrando en una espiral auto-mantenida. Pero esto se agrava con la reacción del entorno que sabedor de la maldición la evita, se aleja de ella y la aísla.

La persona se convierte así en un “muerto en vida” y esta brutal reacción del entorno lo empuja a la desesperación y el sinsentido.

No podemos olvidar que muchas personas víctimas de un acontecimiento trágico expresan que desde ese momento tienen un sentimiento de “no pertenencia” (ya no soy como los demás). Pero como bien señalan las investigaciones y trabajos que recoge Rimé también el que escucha a la víctima desarrolla un pensamiento de “no pertenencia” al mundo de la víctima (Lo que le ha pasado es horrible, a mi no me ha ocurrido y no puedo estar a su nivel. A él lo torturaron, a mi no; a ella se le ha muerto un hijo, a mí no….)

Por eso cuando en las Jornadas de ADDIMA se nos preguntaba cómo debemos reaccionar ante la expresión del dolor por parte del otro yo sólo me atreví a responder que: reconociendo su dolor + acompañándole+ ¡Nada más!

Pero debía haber añadido: desplegando un puente con él a efectos de prevenir la “muerte vudú”

 

Pero como una cosa es que una idea sea una ISI y otra bien distinta es que yo la explique bien voy a copiar las conclusiones del capítulo del mencionado libro, y que me parecen magistrales (las negritas son mías). Si te basta con mi torpeza expositiva puedes dejar de leer. Pero yo te recomiendo que sigas.

Todo ello esperando que la editorial no me riña sino que lo considere como propaganda del libro y homenaje a su publicación

“Conclusiones: la preservación del lazo social:

    Las situaciones desgraciadas les son extrañas a la gente sana. Por tanto, generan en ellos un buen número de actitudes inapropiadas: torpeza, ansiedad, evitación, minimización, denegación, reprobación o denigración. Un mismo motivo subtiende lo esencial de esas manifestaciones. Es el de la propia protección ante una amenaza simbólica difícilmente tolerable, que constituye para ellos la exposición a la desgracia humana.

Entre las respuestas inapropiadas de los sanos, aquellas de las que dicen sufrir más las víctimas son la falta de reconocimiento y de implicación. Podemos extraer indicaciones importantes sobre la demanda social implícita de aquellos que sufren. Éstos saben que su experiencia negativa forma a partir de ese momento un compuesto indisociable de su personalidad, pero al propio tiempo experimentan el carácter fundamentalmente alienante de esta nueva parte de sí mismos; los coloca al margen del mundo al que han pertenecido hasta entonces. Los sentimientos de soledad y de ansiedad que engendra esta alienación son difíciles de soportar. La demanda implícita que esas personas dirigen entonces a su entorno apunta a la invalidación radical de la alienación. Esta demanda se articula en dos tiempos. Primero, ellos quieren reconocimiento: que sus allegados e incluso la sociedad entera admitan y validen incondicionalmente esa parte nueva de su identidad. A continuación, quieren implicación: que sus allegados se comprometan en su caso, que le aporten amor, intimidad, adhesión, ayuda, apoyo y asistencia. Mediante tales actos, los allegados garantizarán el carácter inalterable del vínculo que los une a la víctima. Darán prueba de facto de que ese lazo transciende los riesgos del destino, y que aquel que sufre sigue siendo objeto de las mismas atenciones sociales que en el pasado.

rime ¿Por qué es tan importante preservar el lazo social para aquel que sufre? El análisis del fenómeno de la “muerte vudú” propuesto en otro tiempo por Walter Cannon permite responder a esta pregunta de manera ilustrativa. En la cultura vudú, se le reconoce al brujo el poder de echar una maldición a un miembro de la comunidad. Cuando quiere ejercer este poder, el brujo apunta con un instrumento simbólico hacia su víctima. Posteriormente, ésta se va deteriorando y muere en un plazo de tiempo relativamente corto. Las descripciones antropológicas de este fenómeno intrigaron al gran fisiólogo de la emoción. Su lúcido análisis puso en evidencia las condiciones para que sea posible esta condena a muerte (Cannon, 1942). La condición más fundamental es la creencia consensual en el poder del brujo: es el origen del impacto emocional de la condena en la víctima. Ella cree en esa condena. Los importantes cambios fisiológicos que resultan de ello alimentan a continuación en esta víctima un análisis confirmatorio: se toman los síntomas emocionales como las primeras manifestaciones de los efectos de la maldición. Pero lo esencial viene después, con las manifestaciones del entorno. En la comunidad que comparte esa creencia, la víctima del brujo es a partir de entonces tratada como alguien que ya no pertenece al mundo corriente, al mundo de los vivos. Desde ese momento, la situación evoluciona rápidamente: las emociones de la víctima se acentúan, los síntomas se agravan, deja de cuidarse a sí misma, su estado se degrada. Muere en algunos días. Dos procesos diferentes se han combinado así para desembocar en esta ejecución a muerte social: el primero se deduce del poder simbólico atribuido al brujo; el segundo es el efecto de la exclusión social consensual. El ejemplo muestra de manera caricaturesca las consecuencias confirmatorias dramáticas que pueden resultar de la exclusión social cuando ésta se manifiesta en dirección a una persona predispuesta ya a creer que su destino está sellado.

    A los ojos del que sufre, lo que acarrean las manifestaciones de su entorno de evitación, minimización, denegación, reprobación, denigración o ansiedad es claramente un sentido de aislamiento y de exclusión social. Y a la inversa, justamente sentirá su integración social salvaguardada mediante demostraciones de adhesión, escucha incondicional y comprensión empática con respecto a él. Toda manifestación del doble afán de reconocimiento-implicación será portadora de esta significación social. Cuando la víctima lo experimenta claramente, lo esencial está a salvo. No es entonces exagerado decir que el afán de reconocimiento-implicación representan el ABC de las respuestas que hay que dar ante la expresión de la desgracia.

    La doble tarea sobre la que acabamos de insistir está lejos no obstante de ser lo único que esperan las víctimas. Deben añadirse otras dimensiones importantes de apoyo social y, en particular, el enfoque cognitivo, con la información, el análisis y la ayuda para la comprensión de la experiencia emocional, así como las dimensiones de asistencia concreta e intervención pragmática. El desarrollo de los capítulos siguientes nos ayudarán a despejar lo que en profundidad está también en juego en esas dimensiones.”

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