Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘La vida no es lógica’ Category

En un ataque de arrogancia sin parangón (paro un momento para buscar esta palabra en el diccionario) voy a recomendar un libro en inglés pues no sé  si se traducirá al castellano (espero y creo que que sí).

Si tuviera que elegir ser fan intelectual de alguien lo sería de Malcolm Gladwell. No creo que llegara a poner su foto en un marco y colgarla entre la de los cuatro componentes de los Beatles que adornan el comedor de mi casa, aunque sólo sería porque Malcolm parece un Billy Cristal al que le hubiera caído un rayo encima.

Pero sus libros anteriores ocupan un lugar destacado (metafórico) en mi biblioteca (metafórica también). Desde que leí “Fuera de éxito. Porque unas personas tienen éxito y otras no” (Editorial Taurus, 2009) quedé fascinado por la forma de mirar la realidad de este periodista, escritor y sociólogo nacido en Gran Bretaña, nacionalizado canadiense y afincado en EEUU.

Así que rápidamente leí también “Inteligencia intuitiva ¿Por qué sabemos la verdad en dos segundos?”(2005) y “La clave del éxito” (2007). Su última obra traducida es “Lo que el perro vio y otras aventuras” (2010) que es una recopilación de artículos. Todos estos libros traducidos y publicados en España por Taurus y todos ellos recomendables según mi gusto.

A Malcolm parece gustarle, como a mí, el lado paradójico de la vida y parece como un Indiana Jones de los fenómenos humanos al menos desconcertantes.

Acaba de publicarse en EEUU “David y Goliath: Underdogs, Misfits, and the Art of Battling Giants” (algo así como “David y Goliath: Marginados, inadaptados y el arte de batallar con gigantes”)

 

Existe una pequeña conferencia en TED de Gladwell donde explica su obsesión con la historia bíblica de David y Goliath (de momento no está subtitulada en español pero en un tiempo lo estará).image Mantiene en ella que siempre se ha presentado esta historia como el triunfo sorprendente del más débil sobre alguien mucho más fuerte. Sin embargo cuando se analiza detenidamente lo que aflora en esta historia es justo, y sorprendentemente, todo lo contrario.

Según él fue un combate desigual pero justo al contrario: David tenía todas las de ganar y Goliat era probablemente un inadaptado con gigantismo al que mandaron a enfrentarse a una de las armas más mortíferas de la época: una piedra lanzada a una velocidad tremenda con una onda.

A partir de esta idea central Gladwell, en su nuevo libro, va presentando a una serie de personas (unas más conocidas que otras) y analiza, entre otras cosas, como la veces as ventajas esconden desventajas y las desventajas, ventajas.

La misma reseña del libro dice (lo siento, la traducción es de Romeu – Google):

“En David y Goliat, Malcolm Gladwell cuestiona la forma en que pensamos acerca de los obstáculos y desventajas y ofrece una nueva interpretación de lo que significa ser discriminado, o hacer frente a una discapacidad, o perder un padre, o asistir a una escuela mediocre, o sufrir cualquier número de otros contratiempos aparentes.

Pensaba yo a raíz de esto que si el colegio en el que trabajaba cuando me casé, dando clases de EGB,  no se hubiera trasladado a otra localidad y yo no hubiera optado por no seguir e irme al paro,  hoy no tendría un puesto en la administración en un tema que me mata pero me encanta y seguiría dando clases de sociales, lengua… (algo dignísimo pero para lo que sé por experiencia que no sirvo).

O Israel no sería uno de los países más desarrollados económicamente del mundo si sus jóvenes no tuvieran que prestar 3 años de servicio en el ejército a ser un país en permanente estado de guerra. Esta idea no es mía sino que me la contó un amigo que está leyendo el libro “STAR-UP NATION: La historia del milagro económico de Israel” de Dan Señor y Saul Singer (editorial AUTOR-EDITOR, 2012)

Espero que el libro de Gladwell no sea una apología del “hacerse a si mismo a pesar de los pesares”. Al contrario estoy seguro, después de haber leído “Fueras de Serie” de que es todo lo contrario. Intuyo, casi apuesto mi honor, que Malcolm nos va a decir: ese señor o señora que aparentemente es un titán de la superación personal en realidad encontró en su desventaja algo que le sirvió de trampolín.

¿No va a interesarte un libro así si te interesa el fenómeno de la resiliencia o su contrario, se llame como se llame? (por cierto, si sabes inglés puedes comprarlo en epub para Kindle y leerlo ya)

Read Full Post »

El otro día, con el abrigo puesto y la perra al otro lado de la correa suplicándome con la mirada (“Bájame de una puñetera vez que me revienta la vejiga”) me paré a ver y escuchar una entrevista a Eduardo Punset.

El presentador (Pablo Motos) le preguntó que cómo era que había pasado por un cáncer y que le habían contado que estaba más preocupada la gente de su alrededor que el mismo. Punset confirmó esto y empezó a desgranar lo que parecía ser el pensamiento que estaba en la base de su serenidad. Se refirió a la conciencia de que el tiempo que el ser humano lleva en el universo es apenas nada… pero como su discurso estaba siendo espeso y el programa (El Hormiguero) no es el más serio de la TV aparecieron dos hormigas de peluche que interrumpieron su argumentación.

La perra y yo nos quedamos con las ganas de conocer cual era la fuente de serenidad de Punset. A “Trufa” la verdad es que no pareció importarle demasiado, y más en su estado de necesidad, y yo pensé que Punset se estaba situando en un planteamiento, por decirlo de alguna manera, estoico.(“estoy es lo que hay” “somos una insignificancia” “una cagarruta en el espacio-tiempo”) pero sin que explicara porque ese pensamiento le sosegaba (a otros les produce pavor).

Al final del programa (Trufa ya había descansado) Pablo Motos le preguntó cuál era, según él, la clave para salir de la crisis. De forma algo confusa para mí gusto Punset dijo que ya estaba llegando una idea que nos iba a sacar a todos del agujero. Y me pareció entender que esa idea es la de que el conocimiento, el conocimiento científico es el que iba a llevarnos inexorablemente hacia el bienestar. En resumen: “El conocimiento (racional) de la vida es lo que nos va a permitir vivirla mejor” (la frase es mía no de Punset)

Es el punto donde mi punsetmanía se deshincha. Me encanta seguir sus programas y todo lo que hace pues entrevista a gente interesantísima. Pero no comparto su “fe en la racionalidad”, valga lo paradójico de la expresión, como fuente universal de bienestar.

Fuente parcial e importante de bienestar sí (si me tienen que operar quiero al médico más racional del mundo por muy antipático que sea). Sería estúpido negar los avances impresionantes en temas de salud por ejemplo. Pero panacea, no (al salir del hospital no me iría de copas con ese cirujano).

Últimamente se publican muchos libros en los que se evidencia que siendo animales racionales estamos llenos de errores de percepción, de interpretación, de análisis… Me encantan los libros donde se señalan las limitaciones de nuestro cerebro y los múltiples sesgos que tenemos a la hora de interpretar la realidad. Casi todos comparten la idea de que la conciencia de nuestros sesgos nos permitirá reducirlos. Pero en ese punto los autores se diversifican en dos grandes grupos.

Unos piensan que la reducción de los sesgos nos llevará a un mayor bienestar porque la racionalidad es un valor en si mismo. Otros, sin embargo, consideran que la conciencia de los sesgos es muy útil pero no llegan a propugnar su eliminación total como camino hacia la felicidad, la plenitud o el bienestar. Estos autores reconocen, por tanto, que el bienestar puede pasar en ocasiones por el autoengaño.

Por decirlo de manera metafórica: para los primeros para llegar al bienestar en cada cruce de caminos en la vida hay que elegir el camino lógico (¿Qué es más razonable el camino de la derecha o el de la izquierda?).

Para los segundos la lógica no es siempre la mejor brújula para el bienestar (A veces el camino más largo es más bonito y agradable. Más vale andar mucho por un camino agradable que poco por uno árido. Y sobre todo si vas con el chico o chica que te gusta).

Pero podemos poner un ejemplo sacado de la realidad (elegido sesgadamente advierto). El valor de la racionalidad me lleva a pensar que debo ser una persona racional que toma sus decisiones libremente, sin influencias ni ataduras. Por tanto cuando alguien supuestamente se ofrece a hacerme un pequeño favor o un pequeño regalo debería negarme pues es muy probable que nos sintamos obligados a devolvérselo y por tanto nuestra libertad de decisión estará condicionada.

Este planteamiento lleva a Rolf Dobellli  en su libro “El arte de pensar” (Ediciones B)  a proponernos evitar hacer favores o evitar recibir para no tener que dar. Si acepto la invitación a cenar de una persona que aun no conozco demasiado quizá luego no pueda dejar de invitarle yo. Si quiero ser libre, mejor no deber nada a nadie. Lo razonable es evitar recibir favores o regalos si no quiero caer en el sesgo que el llama “dar y recibir”.

También Gerard Apefeldorfer en su estupendo y descatalogado libro  “Las relaciones duraderas. Amorosas, de amistad y profesionales” (Paidos) reconoce el efecto del desequilibrio entre el dar y el recibir cuando analiza las dádivas (palabra medio extinguida que significa “cosa que se da gratuitamente”).

En un ejemplo, para mi gusto contundente, este psiquiatra francés explica que si el carnicero de mi barrio es extremadamente amable conmigo, me sentiré incómodo o incluso traidor el día que compre el pollo en un hipermercado.

Pero la diferencia entre Dobelli y Apefeldorfer es que el segundo no llega a la conclusión de que hay que cortarle de cuajo la amabilidad al carnicero. Al contrario más bien, si nos muestra este ejemplo de reciprocidad humana es para hablar de los procesos de seducción y de los mecanismos que apuntalan las relaciones duraderas.

Estoy seguro que si estos dos autores se sentaran el uno frente al otro a tomar un café comprobaríamos que no están tan distantes. Pero la diferencia de matiz que se desprende de sus libros me viene al pelo para lo que quiero expresar.

Corregir sesgos lógicos nos acerca a lo racional. Nos hace organismos más precisos, más ecuánimes, más eficaces… pero quizá no más felices, no más plenos, no más fuertes, no más resilientes.

Quizá por ello Giorgio Nardone, terapeuta estratégico, expresa en una entrevista a propósito de su libro “Pienso, luego sufro” : “Es una perversión de la inteligencia creer que la razón lo solventa todo"

Es más, argumenta que, aunque resulte paradójico, con la llegada del razonamiento apareció también la duda… y muchas veces con la duda, con la incertidumbre… la ansiedad, el sufrimiento e incluso el bloqueo.

En la misma entrevista el periodista le pregunta: ¿Todavía somos víctimas de los postulados de Platón y Aristóteles, quienes apostaban por un control racional de la realidad? A lo que Nardone contesta: Efectivamente. Aristóteles decía: verdadero o falso, y excluía una tercera posibilidad. Pero en la realidad hay cosas que no son ni verdaderas ni falsas, sino que son las dos cosas al mismo tiempo.

Y es que quien conoce la escuela de terapia breve estratégica sabe que ésta se fundamenta en el carácter no lógico, sino paradójico de la realidad o de la vida (más cercano a la forma de entender la vida en culturas orientales).

Por tanto frente a “El conocimiento (racional) de la vida es lo que nos va a permitir vivirla mejor” existe otra postura “Vivir la vida es la que nos va a permitir conocerla mejor”.

Y por ello, en la Escuela de Terapia Breve de Arezzo dirigida por Nardone, los protocolos se establecen a partir de la experiencia de aquello que produce cambios de forma consistente. Es una forma de “conocer a través del cambio”. Determinadas técnicas (no saberes) o estrategias que hacen muy frecuentemente que la gente salga de la depresión nos enseñan muchas cosas sobre la depresión.

Incluso el que determinadas estrategias funcionen para patologías aparentemente distintas nos pueden descubrir conexiones entre las mismas que no habríamos descubierto por la vía del “saber”.

Acaba de publicarse “Hartarse, vomitar y torturarse” de Giorgio Nardone y Matthew D. Selekman (Ed. Herder)  en el que se defiende que “es posible demostrar que bulimia y autolesión, cada vez más extendidas entre jóvenes y adolescentes, no son categorías diagnósticas distintas sino dos caras de la misma moneda, y como tales han de ser tratadas”.

Y sigue la contraportada… “Los autores plantean la posibilidad de una intervención rápida y estratégica, de un modelo terapéutico construido a medida del paciente que permite dar un vuelco a la lógica perversa del trastorno. Según este enfoque tecnológico, son las soluciones más eficaces, elaboradas sobre el terreno, las que definen y describen la patología; en otras palabras, el conocimiento deriva del cambio concreto en la vida del paciente, y no de un cuadro teórico o estadístico que se supone infalible e inmutable”. (La negrita es mía)

Un racionalista extremo pensaría que no es que exista una lógica perversa del trastorno sino que la persona de lo padece no es lógica. Y que si lo fuera no tendría el trastorno. Y que si lo fuera sería más feliz.

Puedo admitir la primera, e incluso la segunda, premisa. La tercera no tanto. Pero en todo caso hay que reconocer, dada la cantidad de personas que padecen trastornos neuróticos (no entremos en los psicóticos) que las personas no son lógicas. Por tanto su salvación estará en enseñarles lo irracional de su conducta.

Pero me temo que quien necesita lavarse 6 veces después de darle la mano a alguien ya sabe, ya conoce… que su conducta es irracional. Por tanto la razón no le ayudará. Pero sí le ayudará que el terapeuta le prescriba “Muy bien. Puede usted lavarse las manos pero si lo hace lo tiene que hacer 10 veces no 6. Puede no hacerlo, pero si lo hace, hágalo 10”

Precisamente lo original de la Terapia Breve Estratégica es que reconoce lo paradójico de la realidad y combate las patologías y los problemas humanos desde ese mismo carácter no lógico.

Quizá por mi gusto por este acercamiento a la realidad la primera serie de post de este blog se tituló “La vida no es lógica… gracias a Dios”. Y cada vez que reflexiono sobre la resiliencia descubro que la mayoría de las veces su trampolín no es la razón sino la emoción o el sentimiento.

Por eso en mi particular mitomanía Nardone le gana a Punset por goleada. Y me consta que el segundo conoce al primero porque ya hace años lo entrevisto para su programa “Redes” (programa 212)

Y quizá por ello será que, entre los recursos internos para la resiliencia junto con el sentido del humor, la creatividad, la trascendencia, la humildad… de momento y mientras nadie me DEMUESTRE… je, je… lo contrario, no voy a incluir a la razón.

Quizá la resiliencia tenga gran parte de autoengaño.

Pues viva el autoengaño.

Read Full Post »

No es un peliculón (aunque tiene buenas críticas) ni la película de mi vida. Es solo una comedia simpática y agradable de ver. Ni excesivamente dulzona ni excesivamente satírica.

Se llama “Tímidos Anónimos” (2010) y es una comedia francesa dirigida por Jean Pierre Améris.

Como su nombre indica trata de un hombre y una mujer, ambos extremadamente tímidos que se encuentran (otra vez el dichoso encuentro). Cada uno de ellos recurre a una estrategia para intentar superar su timidez. Ella en un grupo de autoayuda (la relación de ayuda a través del grupo) y él con un terapeuta (ayuda profesional)

Pero si la traigo a colación es porque por fin una película nos muestra un terapeuta que no se limita a oir al paciente o a darle consejos. A lo largo de la película el terapeuta le pondrá tres simples ejercicios: invitar a alguien a cenar; tocar a alguien y ofrecer algo a alguien.

No voy a destripar la película pero sí decir que cada uno de estos ejercicios pondrá al protagonista en un escenario diferente que le encamina hacia la superación de su miedo a la intimidad con la mujer amada.

He dudado de si incluir esta entrada en la serie “Ayudar a cambiar” (como finalmente he hecho) o en la serie “La vida no es lógica, gracias a Dios”. Porque la vida está constituida de numerosos encuentros (y desencuentros) y de efectos y reacciones inesperados a nuestras acciones (u omisiones).

Read Full Post »

Hoy ha sido un buen día. Cansado, pero ha valido la pena. Hoy he conocido dos profesionales sospechosos.

He conocido a una profesora se ha atrevido a ir más allá de lo profesional en el interés por ayudar a un alumno. Se ha atrevido a implicarse en su desgracia y en su dolor. Y se ha llevado su sufrimiento a su casa y ha llorado de impotencia por no poder ayudarle como ella quisiera.

O eso cree ella. Porque yo sé, como profesional que cada vez miro más la vida desde la lógica de la vida y no de la razón, que tiene toda la pinta de haberse constituido como tutor de resiliencia para un niño que no quiere que le quieran porque quizá tiene miedo a un nuevo abandono.

Un tutor (esa vara que se pone a ciertas plantas para guiarlas en su desarrollo) es un punto de apoyo. En este caso un punto de apoyo emocional. La profesora ha sido capaz de anteponer el bienestar emocional del niño a los logros académicos. Capaz de ver a un niño sufriente detrás de un comportamiento complicado. Y capaz de decirle a un alumno que le quiere.

Sé que la dirección de su colegio le apoya pero no me extrañaría que algún compañero o compañera (con la mejor intención) le haya sugerido que no se implique tanto. Que no es profesional. Por eso les llamo profesionales “bajo sospecha”.

Yo por mi parte le agradezco su implicación. Pero esta implicación va más allá de lo profesional porque está en la esfera de lo personal. Esto no se puede exigir y no lo hago. No lo aplaudo porque sea un ejemplo. Esta corriente de simpatía no surge siempre. Surge cuando surge. Pero hay que ser muy valiente para no parapetarse en la profesionalidad para no entregarse como persona.

Después he recibido un e-mail de una persona que conocí hace unas semanas en un curso sobre resiliencia. Ya allí sintonizamos por una circunstancia personal que nos unía. Pero hoy me cuenta que profundizar en la resiliencia  le está ayudando a desculpabilizarse. ¿De qué se sentía culpable? De traspasar lo profesional para decidir ayudar a un o una usuaria más allá de lo que le exige su trabajo y su profesión.

No estoy manteniendo que es profesional dejar de serlo para ayudar en lo personal a un cliente, paciente, usuario, alumno…. Eso sería contradictorio. Simplemente mantengo que la relación de ayuda no se agota en lo profesional y que criticar a quien pasa de lo profesional a lo personal para ayudar a alguien no es justo. No es criticable. Es admirable. Y si no…. apaga y vámonos.

Así que la amiga (ya la considero así) que me ha escrito hoy ha dado con la perla maravillosa que yo descubrí en la resiliencia. Hay que escuchar a las personas que se han rehecho de grandes adversidades de la vida y estar atento a lo que dicen que les ayudó. Y si lo hacemos sólo podemos llegar a una conclusión: es necesario re-humanizar nuestras profesiones si nos dedicamos a la relación de ayuda.

Evidentemente prefiero que me opere un imbécil que domina la técnica que un cirujano majísimo inexperto. Pero ¿quien ha dicho que nuestro modelo tenga que ser la medicina? Estamos hablando de dolores del alma no del duodeno.

Le contestaba en el email que este verano descubría una canción llamada “titulitis” que habla de lo que nos van a servir nuestros diplomas y títulos en un hipotético juicio final. Tan divertida como la canción es la presentación que su autor, Migueli, hace en este video (Ojo: el estribillo es pegadizo y te puedes descubrir en el trabajo canturreando a ritmo de blues… “Yo tengo un culo… yo tengo un culo…”)

(Ubicación en el Blog-rrador: 15)

Read Full Post »

Una aclaración. Cuando hablo de distintos tipos de “niños perdidos” (o si se prefiere “en ortodoxo”, los niños necesitados de protección) no pretendo hacer categorías claras o una taxonomía. Simplemente pretendo reflejar  en una palabra o etiqueta una característica esencial. Es el mecanismo que mi cabeza, al disponer de una sola neurona, ha tenido que buscarse comprender o estructurar la experiencia de relacionarnos con ellos en el centro donde trabajo.

Por tanto un niño puede ser “post-it” y niño “maleta” a la vez. O una niña “mamá” puede ser una niña “on/of”. O pueden tener una cosita de cada uno. Es decir, esta “tipología” no sirve para clasificar sino para entender mejor. Pero sobre todo sirve para reflejar cual ha sido la falla (o el fallo) fundamental de sus padres en su crianza.

note 4 300x279 Camerons Post It Test

Así en la entrada dedicada a los niños “papá” lo que pretendía explicar (casi seguro que sin éxito) es que son niños que, al ser tratados como iguales por sus padres (debido a propias carencias) han conseguido una madurez precoz de sus hijos (justo la que ellos probablemente no tengan). Es algo paradójico pero es así.

Un padre o una madre deben proteger a los hijos de los avatares o problemas de la vida. Si en vez de ello, por soledad, por inestabilidad emocional, o por criterios educativos inapropiado los hacen coparticipes de sus problemas o inquietudes adultas conseguirán que su hijo o hija (que sí está en fase de desarrollo) llegue a ser tan maduro o más que ellos mismos Eso sí, a costa de un determinado precio que no es el momento de analizar.

Aclarado esto puedo explicar cuál es la característica más frecuente de los menores que llegan a nuestro centro. Son en su mayoría… niños “post-it”.

El invento de los papelitos “poss.it”, que tanto han triunfado, se debe a un fracaso. Se cuenta que en un determinado laboratorio estaban experimentando con la intención de crear un superpegamento. Una de las pruebas resultó en un fracaso estrepitoso y quedo relegada a un almacén. Resultó ser un pegamento que casi no pegaba.

Cuentan que alguien cercano al inventor del mal pegamento tenía la costumbre de utilizar pequeños papelitos para señalar determinadas páginas de los libros. Pero claro, si el libro caía, podía perder en un instante muchas de las referencias que ya tenía. Se le ocurrió ponerles un poco de aquel pegamento que casi no pegaba. Y así, cuentan, se inventaron los post-it.

En la naturaleza existe un pegamento que une a unas personas con otras. Se trata de la conducta de apego. (Debería llamarla conducta de “apegamento”). Este pegamento se construye de una manera muy simple. Un adulto (de cualquier especie) da protección y seguridad a una o varias crías. Y estas al sentirse seguras se dedican a explorar y jugar. No es una relación recíproca (uno cuida y el otro no) y no debe confundirse con el querer o el amor. Se trata de que alguien da protección a otro y ese otro se puede dedicar a otras cosas necesarias para un buen desarrollo. Si todo va bien, la cría al crecer abandonará a su fuente de seguridad y, en su día, se dedicará a dar protección a su cría (el amor es básicamente recíproco- yo te quiero a ti, tu me quieres a mí-; el apego es básicamente transitivo – yo te cuido a ti y tu cuidarás a otro).

Pero este mecanismo a veces falla. Resulta que el cuidador o, mejor dicho, la  base de seguridad resulta no ser capaz de dar seguridad. No sabe responder sensiblemente a las necesidades del niño o niña. El niño necesita jugar pero el padre dice que hay que dormir. El niño necesita dormir y el padre decide jugar….
Cuando esto se produce, frecuente y sistemáticamente, el niño aprende una cosa. A no esperar nada especial de su cuidador. Porque a veces funciona y a veces no. Y aprende que da igual que esté esa persona que cualquier otro. O si se prefiere. Espera recibir protección o no, de nadie o de cualquiera. Por eso le dará igual su padre o su madre que cualquier otro adulto que le pueda proporcionar lo que necesita.

Y al igual que los post-its estos niños se pueden quitar y poner de un sitio a otro porque que se adaptan, rápida y suficientemente, a todo. Se pegan inmediatamente pero poco. Apenas protestan. Su seguridad es mínima así que cualquiera puede proporcionársela. El pegamento del post-it es tan débil que se puede despegar sin que los papeles de rompan, pero es lo suficiente para que donde lo coloque se sujete. Si que hay un apego (pegamento) pero es inseguro (débil).

Esto explica que el 90% de los niños que llegan a un centro de recepción de menores se adaptan rápidamente. Pero no es adaptación. Es apego inseguro. Y por eso trabajo en un centro no de niños tristes, desesperados por haber sido separados de sus padres. Trabajo en un centro de niños alegres que juegan, ríen, se pelean, etc. No digo que no lo puedan pasar mal. Digo que no lo pasan tan mal como lo pasarían si hubieran tenido unos padres sensibles a sus necesidades.

(Ubicación en el Blog-rrador: 4.a.)

Read Full Post »

Un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Todo es miseria, desolación y degradación de la dignidad humana. Pero un niño acaba de llegar y parece feliz. Juega, corre de un lado a otro y sonríe. Habla con todo el mundo. Parece radiante.

Una calle en un barrio elegante de una gran ciudad, quizá París, a finales de los años 40. Un caballero bien vestido pasea por ella. De repente se detiene ante una papelera. Se acerca. Mira en su interior. Descubre algo. Inesperadamente coge algo con delicadez y se lo lleva a la boca. Mientras lo mastica sigue su paseo.

Una psiquiatra de una unidad de salud hospitalaria de salud mental infantil se reúne con la madre de J., de 15 años, y con la familia educadora con la que éste vivió unos años. Con gran delicadeza les informa que J. padece un claro trastorno mental. La familia educadora, con la que ahora viven dos hermanas de J., sale del hospital consolada.

Los dos primeros casos los cuenta Boris Cyrulnik en uno de sus libros. El tercero lo he vivido personalmente. Todos ellos desconciertan si se ven como una descripción, como si fueran una instantánea tomada fortuitamente. Son desconcertantes.

En los dos primeros casos Cyrulnik nos ofrece la perspectiva histórica.

El niño que corretea eufórico por el campo de concentración había estado escondido durante unos meses en un cubículo. Sus vecinos lo alimentaban pasándole comida cada día pero nadie hablaba con él durante horas y horas. Finalmente fue descubierto por la SS. El campo de concentración significó para él el fin de la soledad.

El señor que pasea por la calle de París no padecía Síndrome de Diógenes u otra alteración mental importante. Era un superviviente de otro campo de concentración. Durante su cautiverio, encontrar el mínimo de resto de comida significa la diferencia entre la vida y la muerte. Ahora, ya libre, con sus necesidades materiales cubiertas, un resto de bocadillo en una papelera sigue teniendo para él una carga emocional tremenda: es el símbolo de la vida, de la supervivencia.

Tras semanas de pesar y tristeza por el estado de J. es un alivio saber que su conducta desbocada de las últimas semanas responde a un trastorno bipolar y que ya está recibiendo el tratamiento adecuado. ¿Quién sabe si esta tragedia no es la única forma de que abandone su ya disparada carrera de delincuencia juvenil y de relaciones poco convenientes?

De nuevo la vida nos demuestra que ella responde mejor a la pregunta del “¿para qué?” que a la del “¿por qué?”.

(Ubicación en el Blog-rrador: 7)

Read Full Post »

Leo que en los casos que se detecta en el embarazo que el niño o niña padece el síndrome de Down, el 90% son abortados. Sin embargo cuando hablas con padres de personas con este Síndrome, la mayoría te valoran su experiencia de forma satisfactoria. Te dicen que son los hijos más cariñosos, que recompensan con creces, que son una bendición… O al menos no te suelen decir que su vida se ha echado a perder por culpa de la discapacidad de su hijo o hija.

Al parecer hay una tendencia de la mente humana a pensar que de lo malo no puede surgir lo bueno. Un niño “defectuoso” no puede producir una vida “más plena”. No puede ser.

Sin embargo la vida no parece funcionar así. Quizá porque a ella no le atañen las categorías “bueno / malo”. Por eso me gusta el tema de la resiliencia. Porque demuestra que malos principios pueden tener buenos finales.

Como la vida misma.

Read Full Post »