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Archive for the ‘Acogimiento residencial de menores’ Category

Llevo semanas esperando para ver la película Short Term 12 pretitulada en España como Las vidas de Grace . “Short term” significa “Corto plazo” y es que el título hace referencia al nombre de un centro de menores en el que se supone que los jóvenes con problemas sociofamiliares que ingresan estarán allí hasta que la Administración encuentre una solución más estable o definitiva. ¿Cómo no me iba a interesar cuando trabajo en un Centro de Recepción de Menores o de Primera Acogida? También sabía que había ganado varios premios de cine independiente y que las críticas no eran malas.

Finalmente ayer pude hacerlo en versión original con subtítulos en castellano y no me arrepiento de haberlo hecho.

Pero no puedo dedicar el post a analizar la película puesto que entonces seguramente te desvelaría partes importantes del argumento.

Así que me limitaré a decirte que el director y guionista, Denis Cretton, trabajó antes de dedicarse al cine (este es su segundo largometraje) en un centro de tales características. Por tanto no sólo escribe o filma de oídas. Cuando estudiaba cinematografía ya realizó un Corto llamado Short Term 12 y ahora, con el apoyo financiero necesario, lo ha desarrollado en esta película.

Un tema que conoce por tanto y sobre el que debe estar sensibilizado  puesto que su tercera obra será una adaptación del libro El Castillo de Cristal en el que la periodista Jeannette Walls novela su infancia a cargo de unos padres bohemios y negligentes.

Espero que te guste cuando la puedas ver. Si trabajas en esto creo que te dejará un buen sabor de boca.

El que deja saber que la relación de ayuda nunca es unidireccional y que, a veces, los recursos de protección sí ayudan a romper el círculo.

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Suponiendo que trabajes o te relaciones con niños, niñas y adolescentes en situación de riesgo o desamparo y que vivas en España (preferentemente pero no exclusivamente)…

Imagina que tienes ante ti un auditorio lleno de Inspectores de educación, Directores de colegios o Profesores. No pueden huir. Te pasan un micrófono y tienes entre 30 y 60 segundos para decirles lo que quieras.

Pensando en el interés de los menores con los que trabajas, a los que atiendes  o a los que acoges, has adoptado o cualquier otra cosa que te una a ellos ¿Qué les dirías?

Yo no lo tengo que imaginar. El destino me concede 20 minutos para esto en unas Jornadas educativas el próximo día 31 de octubre en Cheste (Valencia)

Te cedo un trocito de mi tiempo. Si contestas a mi pregunta en un comentario lo tendré en cuenta.

En mi intervención que titularé como este post no podré leer los comentario que me lleguen (quizá alguno) pero me comprometo a antes o después redactar la intervención y añadirlos como un anexo.

Gracias y un saludo.

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Soñé que era mi último día de trabajo. Me jubilaba.

En realidad ese día ya no trabajaba. Era el día de la despedida. Al estilo tradicional. Una comida con compañeros y compañeras de ahora y de antes.

Mientras me dirigía a mi Centro de Recepción de Menores pensé que me había equivocado. Siempre pensé que nunca vería una serie de cosas en el Sistema de Protección de Menores. Pero tenía que reconocer que una sí que se había producido antes de que me jubilara.

Finalmente las administraciones habían apostado decididamente por el acogimiento familiar. La presión de muchos colectivos a favor del mismo había conseguido derribar el inmovilismo de políticos y ciertos funcionarios. O quizá fue un tema de dinero puesto que todo el mundo sabe que el acogimiento residencial es diez veces más costoso que el familiar.

El caso es que, desde aproximadamente el año 2020, en Valencia, ya no existían Centros de Acogida de Menores. Sólo quedaban dos Centros de Recepción, en los cuales ingresaban menores necesitados de atención inmediata o para valorar detenidamente su situación de desprotección y derivarlos. O volvían con su familia o pasaban a vivir con otra familia. Ya no podíamos proponer traslado de centro porque prácticamente todos se habían cerrado.

A las familias de acogida se les apoyaba mucho más. Más apoyo técnico; más facilidades para trámites escolares y sanitarios; más apoyo económico. Había más familias disponibles, incluso para adolescentes, grupos de hermanos y niños y niñas con necesidades especiales o de otras razas. Había familias semi-profesionalizadas que asumían estos casos más difíciles.

Cuando llegué a mi centro me encontré con una sorpresa. Una compañera había tenido la paciencia y la constancia de localizar a algunos y algunas jóvenes que habían pasado por “la resi” como le solíamos llamar. Al invitarlos la idea era que estos representaran en mi despedida a todos los niños que habían pasado por allí.

Supuse que los que vinieron lo habían hecho no por cariño a mi sino simplemente porque les pareció interesante revisitar un lugar donde vivieron durante un periodo de su vida. Pero en todo caso fue para mí una alegría.

Tras la secuencia típica de las fiestas de jubilación: saludos, comida, palabritas y detalles para el recuerdo, llegó el momento de la sobremesa y las conversaciones con unos y las despedidas con otros.

Fue el momento donde pude ir hablando unos minutos con los chavales y chavalas a las que atendimos en su día. Lógicamente no pude dejar de preguntarles cómo les había ido la vida.

A Quique le había ido bastante bien. Salió del centro para ir a un acogimiento permanente con una chica sin hijos y no tenía queja. Se sentía bien con ella y después de todos estos años la sentía como a su propia madre. A su madre biológica y legal la veía hasta cumplir los 18 una vez al mes en un punto de encuentro. Ahora que era mayor de edad la veía frecuentemente y cuando me lo contaba noté cierto tono de decepción. Finalmente me dijo:

“Mira, Javier… hicisteis bien en mandarme a una familia de acogida porque mi madre, entre otras cosas, tenía problemas graves con el alcohol. Pero hoy en día no puedo entender como con todo el dinero que la administración se gasta ahora para que haya recursos para las familias acogedoras, no los hay para ayudar a mi madre. A los cinco años de estar acogido mi madre, casi milagrosamente, pudo rehabilitarse pero claro no tenía trabajo, ni apoyo familiar, ni… Así que con los mismos apoyos que recibía mi acogedora, y sé que no lo hacía por dinero, mi madre habría podido tirar adelante mucho mejor. Hoy me tiene a mi y a mi otra madre para ayudarla en lo que podemos pero no me parece justo. Se cerraron los centros y gran parte de ese dinero sirvió para que hubiera familias suficientes pero ¿por qué no también para evitar que muchos no tuviéramos que salir de nuestra casa? O al menos para que cuando fuéramos mayores nos encontráramos a unos padres en mejor situación que cuando los dejamos”

No supe que decirle. Me alegré de haber acertado en el recurso pero entendí su sentimiento.

A Casandra las cosas le habían ido bastante peor. Yo la recordaba como una niña muy difícil. No tenía ningún trastorno pero su estilo de apego era ambivalente. Sus padres igual pedían un centro para ella porque decían que era “imposible” pero luego presionaban y presionaban para recuperarla porque sin ella “no podían vivir”. Así que estuvo un tiempo, al salir del centro, en un acogimiento simple pero acabó fracasando. Tenía unos cambios emocionales y de conducta tremendos y aparatosos. Cuando se fueron cerrando los centros no hubo más remedio que intentar otro acogimiento. Hasta ahí era lo que yo recordaba.

Me contó que hasta hacerse mayor de edad había pasado por siete familias. Reconocía que ella no se lo puso nada fácil a las mismas y que era una chica complicada. Me reconoció que siempre estaba tensa. Que vivía tan pendiente de que le quisieran o no que quemaba las relaciones. Y cuando la familia ya no podía más, como ya no había casi plazas en centros… otra familia. Pero con una fama cada vez peor.

A los 18 años tuvo suerte. Encontró una Trabajadora Social, Rosa,  que la miró de otra manera y le ayudó a buscarse la vida. Le pagó de su bolsillo una psicoterapia que le ayudo a entenderse y entender a los demás. Hoy en día va tirando como puede pero no se queja. A veces se pasa por el Centro de Servicios Sociales pero no como usuaria sino para tomarse un café con la que ella llama “mi mami social”.

Saray tenía 20 años y estaba en un evidente avanzado estado de gestación. Recordaba con cariño su paso por el centro. Estuvo unos 9 meses y, con 10 años, salió de él para irse a vivir con una familia cogedora compuesta por un matrimonio y dos hijos, chica y chico, más mayores que ella. Hasta los 18 años había vivido con ellos pero al cumplirlos prefirió salir de esa casa. Le pregunté el motivo y me contestó:

“No lo sé muy bien… me han tratado bien. No me puedo quejar… pero es que es un rollo… las normas… que si en esta casa no se qué… que si en esta casa no se que más. Que si el chico con el que vas… Un agobio… No mola. Preferí irme a vivir con mi novio… ¿que si trabaja?… No que va… Vive… bueno…vivimos con sus padres y dos hermanos… No, apenas tengo contacto con mis acogedores… bueno algún “guassap” con mi hermana… bueno mi hermana de acogida. Al principio fui alguna vez a casa pero siempre acabamos discutiendo….”

La conversación con Saray me dejó un sabor amargo y solo pude decirle acariciándole su abultada barriga: “Por favor, intenta que con éste o ésta no se repita la historia” Me contestó: “Los padres de mi novio dicen que no pueden hacerse cargo de uno más en la casa. Tienen una pensión muy pequeña. Hemos hablado con los servicios sociales de la zona. Dicen que no tienen muchos recursos para ayudarnos. Me han dejado caer la posibilidad de que cuando nazca aceptemos un acogimiento familiar simple hasta que…” No lo pude evitar y le interrumpí; “¡Pero Saray… si tu has pasado por ahí y me estás diciendo que…” Su contestación me cayó como un cubo de agua helada “No es lo mismo… yo tenía 10 años… este… es un chico por cierto… no se enterará y además… ¡ahora a las familias les pagan por tener a los niños!”

En ese momento me he despertado.

Cuando me despedía para venir al trabajo mi mujer me ha notado serio, pensativo. Le he dicho que no me pasaba nada importante. Que había soñado algo extraño.

Cuando me ha preguntado:

– ¿Una pesadilla? –

No he sabido que contestarle.

Y me he acordado de varios expertos ingleses y americanos advirtiéndonos que no les copiáramos en fomentar el acogimiento familiar a costa del residencial. Que no les ha salido bien.

Y he empezado a soñar despierto en poder dejar de hablar de “acogimiento familiar versus residencial”. Y hasta mi nuevo sueño tiene ya nombre: Acogimiento resi.liar.

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Alguna vez…

… has tenido una relación con una persona muy celosa?

… has querido tanto a alguien que has sentido miedo de que pudiera dejar de quererte?

… te ha llamado un jefe o jefa y no sabías si era para recriminarte algo o para felicitarte?

… has sentido ansiedad porque has notado que algo que has dicho le ha sentado muy mal a tu pareja, sabes que va a haber bronca y antes de que te diga nada ya estás a la defensiva?

… has vivido o trabajado con una persona con cambios de humor inexplicables?

 

Sandra, 11 años.

Quiero a mi madre y quiero vivir con ella. Si pudiera no habría dicho lo que dije. Estaba harta de que a veces se pusiera así conmigo y por eso lo hablé con mi profesora.

Lo que más me duele no es que a veces mi madre me pegue cuando se enfada. Me duele mucho más cuando me dice: “!Tendrías que haberte quedado en Colombia!¡Todos estaríamos mejor!”

Pero si llego a saber que iba a tener que salir de mi casa, de mi barrio y de mi cole no habría dicho nada.

Total yo ya sé las cosas que le ponen nerviosa.

 

Julia, 10 años.

No entiendo porque mi madre ahora tiene a ese novio al que siempre ha odiado. Y me gustaría que se cortaran un poco cuando yo estoy delante.

Quiero estar con ella. Me ha prometido que no volverá a tocarme.

Me aprendo las lecciones de memoria porque ella me obliga. Dice que ella estudio así y que no entiende porque ahora ya no se nos exige.

Mi madre quería estudiar Medicina pero nací yo y…

Se preocupa mucho por mí y quiero volver con ella aunque…

 

Miguel, 7 años.

¡Por favor, que mi madre no se enteré de lo que yo he contado de su novio!

Y no le voy a contar que he sacado un 6 y medio en inglés. Para ella eso es muy poco.

Cuando ella está bien, estamos bien pero cuando se enfada…

 

Para pensar

Imagina que paseas abrazada o abrazado a tu pareja. O a tu padre o a tu madre. O a un amigo o amiga.

Tiene su brazo izquierdo descansando sobre tus hombros en gesto de afecto, de familiaridad. Pero el derecho… ¡Ay! ¡El derecho!

Porque el derecho no lo ves. Y para ti el derecho es la vida o la muerte. Porque a veces de él recibes una caricia; una flor; un bombón… pero es el mismo brazo que a veces aparece inesperadamente con un cigarro encendido y te quema; o con el puño cerrado golpeando en tu cara; o haciendo presa en tu cuello….

Por eso nunca estás relajado o tranquila. Siempre miras de reojo intentando averiguar en su lado izquierdo de la cara si el brazo derecho está feliz o crispado. Cuando paseáis no miras el paisaje. No puedes despistarte . Tienes que mirar su cara para saber a qué atenerte. Y harás lo que sea para que en la comisura de sus labios, la que tú ves, se esboce una sonrisa.

Pero si percibes una pequeña mueca de desagrado te protegerás; protestarás y si pudieras huirías. Sólo que entonces te das cuenta de que su brazo izquierdo amorosamente te retiene.

Por eso te llaman La Persona que Siempre Vigila.

Y la gente no entiende porque ahora eres tú la persona que cambia de humor continuamente. Que puedes ser adorable u odiosa. No entienden que no soportas cualquier indicio de rechazo porque no pueden imaginar que quien más te tenía que querer más daño te hizo.

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¿Alguna vez…

… has sentido vergüenza por algo que no podías evitar?

… has evitado ir a un acto social porque no tenías ropa adecuada?

… has preferido no ir con alguien a tomar algo porque estabas sin dinero y no querías que te invitaran ni invitar? ¿O has dicho que no tomabas nada porque te molestaba el estómago sin ser cierto?

… te has sentido mal porque te parecía que un familiar o amigo estaba haciendo el ridículo?

 

Antonio, 10 años

!Lo peor era volver al colegio después de Navidades! Todos los niños y niñas contando lo que les habían traído Papá Noel o los Reyes Magos, y yo no podía decir ¡nada!. ¡No lo soporto! ¿Por qué me tenía que pasar eso a mí? El novio de mi madre si le compra cosas a ella ¿por qué no he tenido nunca un regalo de Reyes? Pero lo peor era el día siguiente….

Alegría, 9 años

– ¿Cómo explicas que tu tienes unos apellidos pero que vives con una familia que no es la tuya? –

  – ¡Ah! Yo digo que mi madre se ha muerto-

Esmeralda, 14 años

Me molesta que “papá” (acogedor) diga que soy acogida. Siempre que nos preguntan o nos presentan a alguien tiene que decir… Y Esmeralda y su hermana que viven con nosotros.

Pedro, 11 años.

Estoy bien con la familia los fines de semana pero ahora que me voy a vivir con ellos…. ¡no quiero cambiar de colegio! En el que estoy ya me conocen… Es un rollo conocer compañeros nuevos, tener que explicar…

Para pensar

Parece que la vergüenza es un sentimiento ajeno a los niños (excepto la vergüenza-timidez). La vergüenza “tierra trágame” parece que no les es propia.

Parece que los niños acogidos en centros o en familias tendrían que llevar con naturalidad el serlo. Pero no es así. No es fácil exponer públicamente las miserias de su familia igual que no nos gusta a nosotros exponer las pequeñas miserias cotidianas propias.

Nuestras mentirijillas, nuestras pequeñas deserciones están justificadas,… ¿y las de ellos o ellas?

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Por distintos motivos, unos como familia acogedora y otros como técnico de menores, en los últimos días no puedo dejar de pensar en lo crucial que es que tanto familias acogedoras como técnicos no perdamos de vista las experiencias por las que han pasado los niños acogidos en familias o en centros.

Es muy fácil perder la perspectiva histórica (“Todo eso ya pasó, ahora estás protegido, así que… mejor olvidar”). Pero es injusto. Porque tú y yo no hemos olvidado del todo experiencias que tuvimos. Al menos no con el cerebro emocional.

Quizá a ti te pase como a mí que me cuesta aceptar a los niños abusones porque en mi barrio había unos hermanos por los que me sentía intimidado (seguro que no llegó a bulling).

Y quizá por eso siempre he dicho que, puestos a elegir, no me gusta la experiencia fraterna de los gemelos. Hasta hace poco lo racionalizaba pero en realidad es que aquellos hermanos lo eran.

O quizá si eres el pequeño de varios hermanos (como yo) también tiendas a solucionar los problemas con la pasividad. Al final y al cabo siempre llegaba otro que te ayudaba.

O quizá te pase (¡Vaya que casualidad!) como a mí que en los primeros años de convivencia una discusión con tu pareja te parecía un drama porque nunca viste a tus padres discutir.

Y seguramente las primeras discusiones al inicio de una relación de pareja fueron en el hipermercado…  ¡Pues en mi casa se compraba para toda la semana… Pues mi madre…

Quizá te pasé que no soportas la mentira porque tus padres te llevaron engañado a ponerte una vacuna.

O quizá…

Si todos podemos ser, en un momento dado, conscientes del peso de nuestra historia (para mal o para bien) en nuestra manera actual de ser ¿Por qué, a veces, acogedores o técnicos parece que olvidemos el peso de la desprotección en las reacciones de nuestros niños y niñas acogidas o de nuestros centros?

Evidentemente porque las nuestras permanecen en eso que antes he llamado cerebro emocional (nunca me acuerdo en qué hemisferio vive el tipo este). Las nuestras sí. Pero evidentemente las de los demás no.

También porque la Administración no tiene una información con detalles concretos. Los informes tienden a generalizar con términos como negligencia, incapacidad parental,…

Además algunos técnicos (yo no lo comparto) consideran que es más importante la confidencialidad del expediente que el que la familia acogedora tenga muchos detalles.

Luego, con el niño o niña en nuestra casa, es posible que nos cueste hablar con él o ella de su pasado (incluso cuando ya tiene suficiente confianza) porque ¿para qué recordarle los malos momentos?

Por eso creo que es importante saber lo que les pasó a los Niños Perdidos, como yo los suelo llamar. Pero no solo conocerlo intelectualmente sino conectarlo con nuestro yo emocional.

Por eso propongo recopilar cosas que les pasaron a nuestros menores y que nos ayudan a entender como son y que hay detrás de sus comportamientos.

Porque mismos comportamientos pueden tener causas muy diferentes. Hay niños muy movidos por un trastorno de atención y hay otros igual de movidos por un trastorno de atención… familiar. Y no es lo mismo, la verdad.

Yo empiezo con el siguiente post.

¿Te apuntas?

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Preparando el taller que celebramos (lo de celebrar lo digo más por mi que por los asistentes) en El Valle de Abdalajis (Málaga) empecé a darle vueltas que no sólo es importante dar el sustento físico (incluido juego) a nuestros menores (o cualquier otro usuario o usuaria de un centro) sino que también deberíamos cuidar la apariencia y la calidad de cómo lo hacemos.

Podemos encontrar cientos de ejemplos sobre cómo esto ocurre habitualmente en nuestra vida. Por mucho que nos apetezca… no vamos a una boda de un familiar o de una amistad en chándal. La mayoría nos preocupamos al menos un poquito porque nuestra casa sea un lugar agradable. Y cualquier cocinero de cierta categoría cuidará no solo los sabores de la comida sino también la presentación.

Durante el taller vimos un montaje de video en el que he fusionado fragmentos de la historia de Jorge Font, Alice Herz-Sommer y Bosco Gutierrez Cortina. En el relato de este último sobre su secuestro cuando era joven descubrimos que, cuando gracias a un movimiento de revolución interior por el que pasó de prisionero en un zulo a rey de su espacio, decide limpiar su celda hasta el último milímetro.

Es curioso que, este arquitecto, antes de ser secuestrado escribiera un artículo centrado no en las forma externa de los edificios sino en el cuidado del diseño del “espacio interior”.

En su secuestro una revolución en su interior (el acto heroico de renunciar a un deseo concedido por los secuestradores) provocó una transformación en su espacio exterior.

Pero ¿puede darse este movimiento al revés?

Todas las grandes religiones han entendido que sí y por ello han buscado la belleza y grandeza en sus templos. Hasta el punto que el filósofo o pensador ateo Alain de Botton propone, en su libro “Religión para ateos”, copiar a las mismas en lo que él considera positivo para la humanidad aunque Dios no exista. Llega así a proponer la construcción de templos laicos que busquen, a través de su belleza, elevarnos hacia valores que él considera esenciales para el ser humano (interesante buscar en internet sus “10 mandamientos para ateos”)

No voy a valorar los planteamientos de este autor (al menos hay que reconocerle el mérito de cabrear tanto a creyentes como ateos lo cual ya es difícil). Simplemente es un ejemplo traído al hecho de que parece más fácil rezar, meditar o simplemente reflexionar en un entorno bello (que no necesariamente costoso) que en un cuarto trastero.

También me atrevo a afirmar que, se sea creyente o no, la Sagrada Familia de Gaudí, tanto en su exterior como en su interior, provoca una emoción que podemos llamar algo así como “sobrecogimiento”. Es lo que Jonathan Haidt un confeso “científico judío ateo” denomina percepción de lo “sagrado”.

Pero quiero añadir otra experiencia del pasado viernes en este sentido. Las Madres de los Desamparados y San José de la Montaña gestionan en El Valle de Abdalajis una residencia para alrededor de cien ancianos y ancianas. Tuvimos, al acabar el taller, la oportunidad de visitarlo.

Mi sorpresa fue descubrir que cada uno de sus espacios estaba amueblado y decorado como si fuera cualquier habitación de nuestra casa. Podría gustarnos o no el estilo decorativo (algo clásico es cierto) pero lo que me llamó la atención es que se notaba que alguien se había preocupado por lo bello y no sólo por lo funcional.

Lo funcional en una salita donde personas ancianas van a ver la televisión no es que haya una mesa camilla (¿Para qué si lo importante es que vean la tele?). Ni que en la mesa camilla haya un jarrón con flores (¿para que lo rompan al tambalearse?). No es funcional una estantería llena de libros (acumulan polvo y además ya casi ninguno lee). Ni otra sala de reunión en una buhardilla con vistas estupendas (¡Qué despacho magnífico para la dirección se habría podido montar allí!). Ni son funcionales los manteles de tela (que hay que lavar) o los centros de mesa.

Supongo que además de lo bonito (o intencionalmente bonito) no estará reñido con lo funcional. Las sillas de ruedas pasan por la puertas y los pasillos. Y si hace falta oxígeno… pues oxígeno. Y si… pues lo que haga falta.

No sé si fue sugestión pero me quedé con la sensación de que dentro de lo duro que debe ser eso de la vejez (yo ya estoy en el sprint final suponiendo que no me estrelle por el camino) más vale vivirla en un entorno como éste que en otros muchos que también he conocido.

Y eso me refuerza en mi pensamiento de que la vida es más llevadera si se consume una dosis suficiente de belleza.

Nuestros menores pueden sobrevivir sin problemas con bocatas de chóped y mortadela. Pueden ser felices en chándal. Pueden dormir en cuartos con posters con chinchetas y con luces blancas de clínica.

Pero quizá sea mucho más útil, para ayudarles a rehacerse de una infancia difícil, inocularles el gusto por el jamón serrano y los ibéricos; la experiencia de ir alguna vez “bien guapos” y el placer de acurrucarse en su cama para leer o mirar un cuento con la luz cálida de un pequeño flexo.

Y si quizá la belleza no sea funcional para su recuperación al menos sí para reconocerles su dignidad.

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