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Archive for the ‘Resiliencia y Sociedad’ Category

No he tenido un lapsus en el título. No he puesto la erre de profesionales en un acto deliberado.

Porque quitándole la erre a esa palabra se consigue un efecto similar a ponerse inesperadamente una nariz de payaso. Si quieres comprobarlo ves a un espejo y di primero en voz alta: “Soy un (o una) profesional”.  Luego sin cambiar la cara di: “Soy un (o una) pofesional”. A las comisuras de tus labios les costará no elevarse.

Lo que si es seguro es, si lo has hecho, cosa que dudo, que pensarás probablemente: ¿Pero que idiotez estoy haciendo porque un tipo en un blog…? Tranquilízate pensando que a veces el humor y una imagen es más potente que las nosecuantas palabras que van a venir a continuación.

Todo esto viene a cuento de que el otro día quise comprobar una frase atribuida a Teresa de Ávila y que yo recordaba como “la humildad es la verdad”  y que siempre me había llamado la atención. Así que le pedí ayuda al Sr. Google que me indicó que la frase, que corresponde a su obra Las Moradas, es en realidad “La humildad es andar en la verdad”. Que en el contexto de su pensamiento es lo mismo que decir «andar en verdad ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos»

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O de otro modo, el que tiene humildad tiene una visión más certera de la realidad y por tanto está más en la verdad.  Tienes su lógica. Si yo me enorgullezco de mi mismo es posible que me vea superior a lo que en realidad soy y que de paso vea inferior a muchos otros (deformo mi visión de mi mismo y de los demás). Y de igual modo podríamos pensar que si me siento inferior, que puede parecer humildad pero no lo es, también veré la realidad deformada por mi pequeñez.

Por eso es importante señalar que en Teresa de Jesús esta última postura no es exactamente de humildad porque para ella la verdad (que viene de andar en la humildad) es “conocer cada uno lo que puede y lo que Dios puede en él” Por tanto para ella la verdadera humildad nada tiene que ver con el autodesprecio o la minusvaloración. Es más puede que esta actitud sea una verdadera ofensa a Dios al negar su omnipotencia. Lo que yo, ser limitado, no puedo, lo puede en mi el mismísimo Dios. Y si niego esto último es que no creo en Dios.

Pero, antes de que pienses que te has equivocado de blog y que has entrado en uno de teología en vez de uno sobre uno sobre la relación de ayuda a la luz del fenómeno de la resiliencia, quita la palabra Dios y cámbiala por Vida. Y es aquí donde podemos hacer una reflexión para la relación de ayuda profesional.

Según lo anterior un verdadero profesional es aquel que conoce lo que puede hacer y conseguir como tal pero también lo que la Vida puede hacer con la persona a la que intentamos ayudar. Por tanto un buen profesional es capaz de ver, intuir o sugerir  posibilidades para su paciente, cliente, alumno o alumna…. más allá de su propia intervención.

O desde el prisma contrario, el profesional orgulloso no es capaz de aceptar que, además de su propia actuación, la vida en ocasiones nos cambia el escenario de un día para otro. Unas veces para mal, pero otras para bien. A veces la vida es muy cabrona (por eso mucha gente necesita ayuda) pero como dice maravillosamente Juan Manuel Serrat:

De vez en cuando la vida
nos besa en la boca
y a colores se despliega
como un atlas,
nos pasea por las calles
en volandas,

y nos sentimos en buenas manos;
se hace de nuestra medida,
toma nuestro paso
y saca un conejo de la vieja chistera
y uno es feliz como un niño
cuando sale de la escuela.

El profesional engreído, está tan metido en su papel que, olvidándose de la vida, se carga a sus espaldas la responsabilidad de ser la única opción de salir adelante de la persona que le pide ayuda. Y si la cosa no resulta sentenciará: “Es un caso sin solución”

Hace no mucho estaba tomando un café con una persona a la que intentaba ayudar a entender que los ataques de pánico se generan cada vez que paradójicamente intentamos frenarlos o evitarlos. Estábamos en un bar porque no me dedico a la clínica. Pero como no dejo de ser persona (y de momento no cobro por serlo) a veces me tomo un café o refresco con quien necesita algo de mi.

La situación estaba un poco bloqueada por el hecho de que esta persona no tenía trabajo y eso le deslizaba también hacia la falta de motivación para afrontar sus problemas. Pensé para mis adentros: ¡Ojala la vida le regalara un trabajo!  que le obligara a no hacerle caso a sus ataques de pánico.

No tengo poderes ni enchufe celestial pero a los cinco minutos le sonó el teléfono. Era una llamada para pedirle que el lunes fuera a una entrevista para sustituir a una persona en el sitio donde la persona que llamaba trabajaba. El trabajo se concretó y anteayer pude comprobar que efectivamente, la necesidad de mantener un trabajo que le encanta le ha hecho experimentar que todos los ataques de pánico se pasan, y sobre todo si los aceptas y abrazas como a un amigo inoportuno, cosa que yo no había conseguido en dos meses.

Por eso creo que estudiar la resiliencia no resta nada a los profesionales de la relación de ayuda sino que suma. Nos ayuda a pensar más allá de nuestras técnicas concretas y ayudar a las personas a abrir y desarrollar posibilidades.

Cuando leí “La maravilla del dolor” de Boris Cyrulnik donde empecé a conocer la resiliencia lo viví como aire fresco para mi profesión. Una brisa suave que resumo parafraseando un refrán judío: “No puedes salvar a todo el mundo, pero si salvas a uno, salvas el mundo entero”

Por eso prefiero quitarle la erre de resiliencia a la palabra profesional. Porque un profesional es importante, muy importante en muchos casos. Pero la vida y la resiliencia se desencadena tanto a partir del trabajo de un buen profesional (que sabe y acompaña) como desde otros muchas circunstancias de la vida de los que necesitan ayuda.

El o la pofesional (sin erre) es, por tanto, a mi entender el que, tomándose suficientemente en serio, sabe lo que puede y lo que no puede conseguir, pero también, no pasándose en su orgullo (nariz de payaso) ayuda también a la persona a mirar la vida para detectar potenciales tutores de resiliencia.

Cómo aquel catedrático de medicina (ya lo he contado) que no teniendo tratamiento que ofrecerle a un chaval le sugirió que estudiase medicina ofreciéndole, probablemente sin saberlo, un tutor de resiliencia. Catedrático y ¡todo un pOfesional! que consiguió mirar a su paciente más allá de su profesionalidad.

Porque muchas veces no situamos como profesionales con una prepotencia que tira de espaldas. Yo al menos.

¡A cuántas reuniones he asistido, no a recabar información de otros profesionales, sino a defender a capa y espada mis puntos de vista!

¡Cuantas catástrofes he pronosticado simplemente porque yo (o mis compañeras/os) no hemos encontrado las claves para ayudar a alguien!

¡Cuántas veces he recurrido al concepto de “resistencia al cambio” para poder digerir mi incompetencia!

¡Cuánto “proteccionismo ilustrado”! (todo por el niño pero sin el niño)

Quizá haya que proponer a las Universidades un módulo de créditos libres llamado “Concepción teresiana de la humildad y profesionalidad”.

El título tira para atrás pero en realidad se trataría de analizar la relación de ayuda (profesional) a la luz del fenómeno de la resiliencia”

¡Anda! ¡Cómo se parece esto al título de este blog!

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Todo el mundo sabe que en la ficción existe (porque las historias no envejecen) una aldea gala en tiempos de los romanos que resiste a la conquista del Imperio. Y todos sabemos que Asterix y sus vecinos deben su invulnerabilidad a las fuerza que les da una poción mágica cuya receta sólo conoce su druida. Excepto Obelix, que tuvo la desgracia de caer de pequeño en el caldero y…

En la realidad no existe tal poción pero quizá si exista un modo de generar invulnerabilidad. O mejor dicho: sensación de invulnerabilidad.

Todo esto viene a cuento de una idea muy sugerente que recoge Malcolm Gladwell en su último, y ya reseñado libro, “David y Goliat: Desvalidos, inadaptados y el arte de luchar contra gigantes”.  Es la distinción entre personas que, tras una catástrofe, se han salvado “por poco” o “por mucho” y fue planteada por primera vez por el psiquiatra canadiense J.T. MacCurdy quien, tras la II Guerra Mundial,  escribió libros como “Psicología de la Guerra” o “La estructura de la moral” (en los conflictos bélicos).

Según este autor, las víctimas de una guerra se dividen en tres grupos: los muertos; los que se han salvado “de milagro” “por poco” o “por los pelos” ( “sienten la explosión, ven la destrucción, se horrorizan ante la carnicería; tal vez están heridos”…) y los que se salvaron “por mucho” (“es la gente que escucha las sirenas, observa el vuelo de los bombarderos enemigos y oye las detonaciones. Pero la bomba cae al final de la calle o en la siguiente manzana”).

De los primeros, los muertos, no hay mucho que decir. Los segundos, los “salvados por poco” salvan la vida pero está queda marcada por una “honda impresión”, pero los terceros, los “salvados por mucho” desarrollan según MacCurdy-Gladwell un “sentimiento de excitación con un ingrediente de invulnerabilidad”. O de otro modo: “los salvados por poco quedan traumatizados, los salvados por mucho comienzan a pensar que son invencibles”.

Es curioso pero también Boris Cyrulnik ha hablado de esto (y quizá necesite un post entero para comparar los dos puntos de vista) e incluso podemos afirmar que él fue un “salvado por mucho” ya que, en sus escritos autobiográficos, reconoce que cuando escapo de niño del campo de concentración quedó en su interior la sensación de que si se había librado esa vez se podría salvar de cualquier otra adversidad.

Me parece una idea muy interesante y esencial para no perder de vista el carácter evolutivo de la resiliencia. O de otra manera, igual que se suele decir “el dinero llama al dinero”, podríamos decir que “la resiliencia genera resiliencia”. Y en este blog ya he hecho referencia a algún ejemplo en este sentido.

Sin embargo, hace poco empecé a pensar que este sentimiento de “invulnerabilidad” puede actuar para el bien pero también para el mal. ¿No podría esta diferencia entre “salvados por poco” o “salvados por mucho” servir para explicar las personalidades violentas, la violencia de género o incluso, la corrupción o la deshonestidad?

Mejor poner un ejemplo con una situación real que me contaron hace poco.

Reunión familiar. Abuelos, tíos, primos, sobrinos. En un momento dado alguien comenta que Fulanita de 17 años es muy guapa y que podría ser modelo. Un familiar bienintencionado se acerca a la misma y, con cámara de fotos en ristre, le ofrece hacerle unas cuantas fotos por si quisiera mandarlas a alguna agencia. Sin embargo, antes de que ella conteste, un joven de pelo rapado que está a su lado exclama: “¡Ni pensarlo. De eso nada!”  El familiar sorprendido le pregunta quién es él. Es su novio.

Hasta aquí la anécdota y la preocupación de quien me la contó de estar ante un futuro maltratador. Pero imaginemos (ahora sí) un poco. Este chaval ha tenido una respuesta incuestionablemente desafortunada y reprobable. Nadie somos quien para decidir por el otro (excepto por nuestros hijos menores de edad o nuestros mayores incapaces). Pero lo ha hecho. Y debería caer el cielo sobre su cabeza, como diría el propio Asterix.

Podría caerle el cielo y matarlo como novio (la chica rompe con él sin más). O podría caerle una bronca de la misma o tres días sin hablarle, o una desaprobación pública y vergonzante por parte de los familiares…  A eso le llamaremos “salvado por poco”  A que no le caiga el cielo sobre su cabeza (la novia calla y consiente el comentario, nadie le dice nada… no pasa nada) le llamaremos “salvado por mucho”.

En la primera hipótesis, ya no hay tema. En la segunda el chaval quizá quedará herido víctima de su propio escupitajo pero esa herida le llevará quizá, no lo afirmo, a pensárselo mejor antes de volver a lanzar un comentario como ese.

Pero en la segunda posibilidad (“salvado por mucho”) estoy convencido de que se generará un sentimiento de invulnerabilidad o de legitimidad para decidir por su novia.  Y ese sentimiento ¿no le permitirá pensar en un futuro que en una discusión puede insultarla pues… no pasará nada? Y si se vuelve a “salvar por mucho” de un insulto ¿no pensará que puede golpearla porque no pasará nada?

Por favor, que nadie piense que estoy diciendo que la culpa de la violencia de género es de la pasividad de las mujeres. Al revés. Estoy diciendo que la culpa es de la Hijoputez (perdonad la expresión, que por cierto es incorrecta desde el punto de vista de género) del agresor. Simplemente quiero plantear que si el “dinero llama al dinero” y la “resiliencia genera resiliencia”, la Hijoputez tiende a crecer si no recae sobre el propietario.

Quizá el sicario que pega palizas por encargo, el xenófobo, el maltratador, o el señor (o señora) de traje elegante que se apropia de unos cuantos millones de euros de los ciudadanos son como Obelix. Les ocurrió una desgracia. Nadie les partió la cara a su debido tiempo y los pobrecillos se creyeron inmunes.

O dicho de otra manera, la violencia que no te revienta en tus propias narices es probable que te genere sentimientos de invulnerabilidad y, por tanto, de poder y de ahí, quizá, surja más violencia.

He visto peleas de mis hijos, de mis sobrinos, de mis compañeros (de colegio) etc y he visto peleas o golpes en niños del Centro de Menores donde trabajo. Y no todos los golpes o intentos de golpes son iguales. Un niño o una persona que ha crecido en un ambiente no violento cuando pega lo hace con el freno puesto, por decirlo de una manera. Pega con contención por el propio miedo a recibir él. Tengo mucha rabia pero si le doy IGUAL ME LA DEVUELVE. Pega “pero poco”.

Pero yo he visto lanzar puñetazos, tortas u objetos a niños de 6 o pocos más años que son golpes destructores, golpes sin límite. No son golpes tipo “te empujo y así recupero mi pelota”. Son golpes del tipo “te reviento porque PUEDO”

Y ese golpe sólo se puede lanzar cuando estás familiarizado con la violencia. La violencia no es tu enemiga. Es tu aliada. Cuando en la cuenta de resultados de peleas anteriores “te has salvado por mucho” y te sientes tan seguro que no necesitas protegerte, solo destrozar.

Por ello pienso que los que empiezan salvándose por mucho de situaciones conflictivas usando la violencia en realidad lo que están haciendo es perderse poco a poco, aunque ellos no lo sepan.

El otro día comentábamos en una tertulia espontánea como era posible que, en algunos casos de corrupción que se han destapado en España en los últimos años, las cantidades fueran tan desorbitadas. Llevándolo a un terreno que todos pudiéramos entender… Si no quieres que te llamen la atención, no parece inteligente llevarte 5 paquetes de folios de tu trabajo. Parece que lo “normal” sería llevarse “un taco” de folios de vez en cuando.

Pero alguien apuntó que quien ha desviado fondos para comprar hasta cuatro pisos es porque en su entorno lo normal es llevarse los folios en paquetes, en cajas y en camiones; y los euros en pisos. De nuevo algo así como que quien se ha salvado – salido de rositas-  por mucho de la corrupción llega a pensar que nunca pasará nada.

Desvié un euro y no me vieron. Desvié 100 y no me vieron. Desvié 1000 y no me vieron… ¡Soy invisible!

No sé. Es sólo una idea.

Como siempre.

Y como dirían algunos… para darle vueltas.

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En las últimas semanas varias veces me topé en librerías con el libro de Ferrán Ramón-Cortés “La química de las relaciones. El arte de construir vínculos personales” de la Editorial Planeta. A pesar de lo sugerente del título no me decidí a comprarlo (es lo que me sugirió la economía familiar al oído).

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Sin embargo el otro día paseando por las librerías virtuales de internet me volví a topar de él. Y como existe versión digital y Amazon tiene un maravilloso servicio  (en este caso Planeta también) por el que te puedes descargar las primeras páginas comencé a leerlo. Entonces si que no pude hacer otra cosa que comprarlo (convencí a la economía familiar con aquello de que el ebook es mucho más barato)

Y en solo día, y en mi móvil de pantalla de 4,7 pulgadas, leí el equivalente a sus 176 páginas en papel.

Y si digo en el título que me parece un libro distinto es porque:

1.- Es raro encontrarse un libro de no ficción sin bibliografía y que no la eches de menos. Ni citas de artículos, investigaciones, etc. Porque el autor no extrae el contenido de otros libros sino de la vida misma (de la suya y de otras personas de su entorno)

2.- No es habitual que cada capítulo comience con una historia, una anécdota (seguramente real pero cuanto menos realista) y que las reflexiones que se le siguen no suelan ocupar más espacio que la propia historia.

3.- Se agradece un libro sólidamente fundado en el sentido común y en la observación de reacciones humanas que todos podemos constatar en nuestra vida cotidiana.

4.- Utiliza una metáfora simple (la balanza) para entender algo muy complejo (las relaciones interpersonales) lo cual es una maravilla de eficacia ¿no? Y aunque capítulo a capítulo va matizándola o puliéndola, la misma metáfora se mantiene omnipresente a lo largo de todo el texto. Así que catalogaré este post también en la serie de Ideas Sugerente Indelebles.

En fin un libro, a mi entender, diferente y repletito de historias humanas, que tras un tiempo dándole vueltas a los recursos internos de la resiliencia y a las canalladas que nos gasta nuestro cerebro, me vuelve a recordar que no es probable la resiliencia sin vínculos.

Os dejo el enlace de la página web del autor.

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Me encanta decir que abro una nueva serie de entradas en el blog. Supongo que será por un subidón de “ego” al pensar que uno está haciendo algo importante (gracias a Dios ya se encargará alguien de bajarme los humos).

Pero también hay un motivo legítimo. La apertura de una nueva serie significa que la mirada a la vida desde la resiliencia permite reinterpretar casi todos los aspectos de la misma.

En ese sentido creo que hay un sitio en este blog para algo así como Resiliencia y Sociedad. La resiliencia no es sólo aplicable a los individuos sino también a las familias , a los grupos, a las naciones, a las sociedades, a las culturas…. Y además la relación de ayuda también puede ser entre grupos, de individuo a grupo, de grupo a individuo, de nación a nación…

Pero voy a empezar por un fenómeno doméstico reciente.

Hace unos meses, Pablo, que tiene 8 años dijo que una de sus profesoras recogía tapones para ayudar a una niña que le pasaba no sé qué. Así que empezamos a no tirar los muchos tapones de plástico que entran en una familia de nueve miembros. Hasta aquí nada del otro mundo.

Bueno sí. Sólo ese hecho modificaba el significado otorgado al gesto de recoger un tapón de plástico de la mesa de la cocina. A partir de ese momento, si tu mano lo dejaba en la basura… te sentías un miserable. Si tu mano lo dejaba en una caja o una bolsa… te sentías bien contigo mismo.

Pero no es esto lo que quería reseñar. Lo verdaderamente extraño es que en pocos días o semanas empezaron a llegarnos bolsas enteras de tapones de plástico. Habría el capó del coche y me encontraba una bolsa de plástico llena hasta los topes de tapones. Al parecer alguien se la había hecho llegar a uno de mis hijos conductores. Otro día estando en el trabajo una compañera me deja una bolsa de tapones encima de la mesa. Lo curioso es que yo no recuerdo haber comentado a nadie que los recogíamos. Pero según ella misma, simplemente se lo imaginó… ¿?

Entonces me di cuenta que por mi casa fluían tapones y tapones que, más tarde o más temprano, Pablo los llevaba a su profesora. Entonces pensé que su profesora también era seguramente una simple transmisora. Sin embargo cuando Pablo pidió recoger que le llevaran tapones pensé que ésta conocería a la niña necesitada de ayuda. Pero visto lo visto empecé a sospechar que esto no tenía que ser así. Que probablemente la profesora le pasada los tapones a otra persona que igual conocía a la niña… o no.

Pasó por mi cabeza que quizá al final del rio de tapones sólo hubiera un desalmado aprovechándose del buen corazón de la gente. Pero ¿por eso iba a cortar el flujo de mi casa? A fin de cuentas, ¡si eso servía para reciclar plástico…!

Y también recordé un comentario de Teresa de Calcuta que decía algo así como que si pensábamos ayudar a una multitud acabaríamos por no hacer nada pero sí pensamos en ayudar a una persona concreta encontraremos rápidamente la forma de hacerlo y lo haremos.

Quizá por eso fluyen los tapones de plástico. Porque pienso que estoy ayudando a un niño o niña concreto, aunque no sepa ni su  nombre, ni su enfermedad, ni nada más.

Con todo esto el otro día decidí entrar en internet y encontré bastantes referencias que me decían que si había una o varias iniciativas solidarias que habían promovido la recogida de tapones. Incluso en algunas web se señalaban puntos concretos de recogida. Pero claro ¿quien está detrás de una web? (o de un blog… je, je…) El engaño podría seguir existiendo.

Todo esto podría ser algo puramente anecdótico pero a veces es de las anécdotas y de las historias concretas de donde puedes aprender mucho. Y esto de la solidaridad fluida de los tapones me recuerda que, a veces, nos empeñamos en promover formas de solidaridad “tremendas”.

Por ejemplo. Queremos conseguir familias de acogida con campañas donde se te pide que, estando tan tranquilo en tu casa – es un decir- te comprometas de golpe a acoger a cualquier menor. Y si tiene necesidades especiales mejor. Es algo así como pedir – perdón por el ejemplo – “Crie un paralítico cerebral que es muy chulo”

Al mismo tiempo los técnicos decimos que “no tenemos familias para niños con necesidades especiales o para niños de más de 7 ú 8 años, o para grupos de hermanos…”.

Y sin embargo cuando se repasa el listado de familias acogedoras encontramos que muchas de ellas tienen a niños con necesidades especiales o con las otras características ¿Cómo cuadran estas dos realidades?

Porque un porcentaje de esos acogimientos surgieron de forma fluida. La familia primero conoció al niño o niña y después se decidió a acogerlo. Quien captó a la familia fue… el o la menor. Ya no se trataba de acoger una necesidad especial. Se trataba de acoger a Kevin, Saray o Alex. Y con él o ella  a su discapacidad.

En otros casos la familia no conocía al niño o niña pero se enteró (en el colegio, en la parroquia, en el barrio…) que había UN o UNA niña concreta que necesitaba una familia (como los tapones de plástico PARA AITANA)

En el mundo anglosajón, que nos llevan, para bien o para mal, muchos años de adelanto en “foster care” (acogimiento) esto es sabido y no dudan en “enseñar” a los niños susceptibles de ser acogidos o sus historias. Esto que yo sepa, en España, es inconcebible y seguramente calificado de inmoral. A mi me parece más inconcebible que los niños crezcan en centros. Pero no defenderé las estrategias anglosajonas porque sé que ellos también han metido la pata hasta el fondo en muchas cosas y no hay porque copiarles todo.

Lo que sí me ratifico, y el rio de tapones que fluye por mi casa así me lo subraya, es que hay maneras de implicar a familias con lo que yo llamo “los Niños Perdidos” mucho más sencillas y que no estamos explorando ni usando en la captación de familias acogedoras. Quizá sea porque trabajo en un centro donde vemos que constantemente profesores, familiares de profesionales del centro, estudiantes en prácticas…. se interesan por los menores que viven temporalmente en él.

En todo caso esta entrada no pretendía tratar de la captación de familias acogedoras sino de sacarle punta, sobre la relación de ayuda, a un fenómeno curioso que muchos hemos podido vivir en primera persona.

Y para terminar dos anotaciones más sobre los tapones:

Desde que guardo los tapones he empezado a reciclar las botellas de los tapones ¿será casualidad?

Y en segundo lugar  ayer escuché en Antena 3 (y se puede leer en su web):

Aitana podrá costearse una operación de corazón gracias a 450 toneladas de tapones

La acción ‘Tapones para una vida’, enmarcada en la campaña ‘Una sonrisa para Aitana’, que busca sufragar las intervenciones cardíacas que requiere la joven Aitana García, ha recopilado unas 450 toneladas de tapones que, tras ser reciclados y vendidos por una empresa de Ibi (Alicante), ha proporcionado 135.000 euros para la causa.

Podéis leer la noticia completa y ver la entrega simbólica del cheque AQUÍ

 

Están emergiendo otras formas de relación de ayuda que me gustaría analizar pero eso será en otro momento. Pero a modo de adelanto… ¿sabías que sin saberlo ya estás ayudando – si usas internet – a digitalizar libros y que pronto ayudarás a traducir toda la web a todos los idiomas mientras tu aprendes un idioma gratis?

(Si no te puedes esperar te recomiendo este video: http://www.youtube.com/watch?v=x1ShVyBm8GU )

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