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Archive for the ‘Suicidio’ Category

Bill O´Hanlon explica que hay dos características del cerebro humano que hay que tener en cuenta a la hora de entender cómo se construye una depresión. Una es el aprendizaje asociativo y otra es la utilidad neurológica de la repetición.

Por la primera es más probable que aprobemos un examen en un aula de color azul si hemos estudiado la materia en una habitación azul. O de una forma más sencilla, si oímos por primera vez o muchas veces una canción cuando estamos en una ruptura sentimental, cuando la oigamos al cabo de unos años algunas sensaciones asociadas al estado de ánimo que teníamos entonces reaparecerán (e incluso, en algún caso, puede ser que no seamos conscientes de que derivan de la canción) A veces le llamamos a eso “gatillar” el recuerdo.

La segunda característica es que el cerebro cada vez hace mejor y más fácilmente lo que hace muchas veces. En la autoescuela necesitábamos “pensar” cada acción al volante. Tras meses y años conduciendo lo hemos automatizado.

No te acuestas un día con un sentimiento de plenitud en la vida y cuando abres los ojos nada tiene sentido y no te quieres levantar. Los pensamientos, sentimientos y conductas depresivas van ganando terreno (a veces muy rápido pero no por ello de golpe) a las ideas, sentimientos y conductas no depresivas.

Si esos elementos depresivos se presentan más frecuentemente en la soledad de mi cuarto y poco a poco yo salgo menos de mi cuarto, el crecimiento de los mismos se acelerará. Si cada vez que voy al terapeuta me paso una hora revisando mi depresión lo que, probable y paradójicamente, aprenderé es a deprimirme cada vez mejor y más rápido.

Para evitar lo anterior (y en especial lo segundo) O´Hanlon propone vetear la depresión en las sesiones terapéuticas. La forma en que las vetas de grasa se incrustan entre la carne puede suponer la diferencia entre un buen jamón curado o uno no tan bueno. Un trozo de grasa pura a la plancha no es sano ni delicioso. Un filete sin nada de grasa puede ser muy sano pero algo insípido o seco. Un bistec veteado o marmorizado de una cierta cantidad de grasa puede ser exquisito.

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Las personas que sufren una depresión no están el cien por cien del tiempo deprimidas. No todos y cada uno de sus pensamientos son lúgubres. No siempre no se levantan de la cama. No siempre les falta el sentido. Alguna vez incluso pueden sonreír o reír. Pero el propio proceso depresivo lleva a que, poco a poco su cerebro, se focalice en lo depresivo, dejando fuera de su campo preceptivo los pensamientos, ideas, sentimiento y acciones no depresivas. Es lo que al final del capítulo O´Hanlon compara con un “trance hipnótico” pues para eso tiene formación en hipnosis. La idea de un “trance depresivo” del que debemos ayudar a salir a quien lo padece me perece muy sugerente. ¡Cuantas veces vivimos la vida en estado de trance, con el piloto automático puesto! (Perdona la digresión filosófica, no he podido evitarlo)

Propone que durante las sesiones el terapeuta equilibre con sumo cuidado el repaso de lo disfuncional del cliente con lo funcional del pasado. del presente o de las expectativas de futuro. Las personas deprimidas tienden a la generalización (“Nada me apetece” “No tengo ilusión por nada” “No merece la pena vivir”…) Es muy posible que en la actualidad nada le apetezca pero si en la sesión el terapeuta dedica un rato a repasar lo que le apetecía cuando no estaba deprimido estará ayudándole a no focalizarse en lo negativo y, al menos, no contribuirá a hacer más grande la depresión.

Muchos psiquiatras (aquellos que sólo tienen puesta su esperanza en que la medicación haya hecho efecto desde la última sesión) se pasarán la sesión oyendo como el paciente dice que todo está mal. Y si el paciente por si mismo no es capaz de ver (lo cual es probable) ni una ligerísima mejoría la sesión habrá cavado medio metro más la fosa depresiva, valga la redundancia. Y además saldrá, seguramente, con más medicación lo que le susurrará al oído al paciente: “No se ha atrevido a decírtelo pero es evidente que te encuentra peor porque te ha subido la medicación”

Y es que – esto no lo dice O´Hanlon sino Romeu – me parece bien que un psiquiatra no sea terapeuta sino quiere o no tiene formación pero al menos que sea consciente que lo que el dice y hace en la consulta no es neutro. O levanta o hunde

Para vetear la depresión Bill (como si fuera amiguete mio) propone una serie de técnicas (con la que estarás familiarizado si has leído otros libros de este autor) y que señalo por aquello de que el libro está en inglés y ya puestos…

Técnicas que introducen pequeñas variaciones en el discurso de la persona deprimida

1. Devolver en pasado

El paciente dice “Yo no quiero ver a nadie” y el terapeuta le contesta “De acuerdo, usted no ha querido ver a nadie” El paciente dice “Pienso en el suicidio” pero el terapeuta lo reconvierte “Usted ha pensado seriamente en quitarse la vida

Excepto que el o la paciente, y permíteme la broma – diga las dos frases anteriores tapándose los ojos – para no ver ni al o la terapeuta – y apuntándose con un revolver en la sien con la otra mano, la forma de hablar del paciente está proyectando su pasado sobre el presente. Con su sutil corrección el terapeuta intenta liberar el presente del paciente encerrando la experiencia de éste en el pasado, que es donde en realidad está.

2. Devolver de lo global a lo parcial

El o la paciente dice “Nada tiene sentido” Y el terapeuta cuando lo recoja lo convertirá en “No muchas cosas tienen sentido para usted estos días” (En este caso, muchas es menos que nada)

3. Validar las percepciones pero no invalidar la verdad o la realidad.

Debemos aceptar que la vida no tenga sentido para el o la paciente pero eso no significa que debamos aceptar que eso sea verdad. En otro libro Bill O´Hanlon ha contado como a los dos primeros amigos que les comunicó su intención de suicidarse en su juventud le dijeron que estaban de acuerdo con él en que la vida no tenía sentido y, que si fueran valientes, también lo harían. No fue ninguno de ellos a quien les debe haber salido de la depresión.

Y por el contrario, negar las verdades o realidades de paciente no debe llevarnos a que él o ella no se sienta comprendido (“¡No diga usted tonterías!¡La vida es bella!”)

Así si la persona dice “Nunca mejoraré” bastará convertirla en otro momento (no se trata de corregir) en “Usted piensa que no mejorará” (No cuestiono su pensamiento pero lo sitúo como lo que es: un pensamiento no una realidad)

Por supuesto estas tres técnicas no son excluyentes sino que pueden y deben combinarse unas con otras.

Técnicas de inclusión

1. Permiso

Las personas deprimidas no tienen sólo que lidiar con sus pensamientos y sentimientos deprimidos sino también con la culpa por tenerlos o por las conductas a las que les llevan. Podemos ayudar dándoles permiso para sentir, ser o pensar en la manera que lo hacen o para no sentir, pensar o ser de la manera que ellas no lo hacen. En realidad son dos permisos: para sentirse deprimido y para no tener esperanza por el momento.

Estos permisos son necesarios no por una cuestión moral o humana sino por algo completamente estratégico derivado del funcionamiento de la mente: cuando nos prohíben pensar en “osos blancos” sólo consiguen que pensemos en ellos. Cuando nos dan permiso para pensar en “osos blancos” es muy posible que dejemos de hacerlo al cabo de un rato. “No debería pensar usted esas barbaridades” es la mejor manera de avocar a las mismas.

No quiere decir que debamos decir “Es perfecto que piense en matarse” Pero el permiso lo podemos dar diciendo “No es raro que la gente que se siente tan mal como usted piense en suicidarse. No pasa nada. Que lo piense no significa que usted lo hará”

Bill O´Hanlon explica como algunos psiquiatras usan “contratos anti-suicidios” cuando creen que existe riesgo. No los critica pero se avisa del efecto paradójico que pueden tener aumentando la frecuencia de las ideas suicidas al focalizar al cliente sobre las mismas.

En definitiva, a la persona que te dice “Me siento vacía” se le puede responder “Sentirse vacío es muy común en las personas deprimidas. No tienes por qué sentirse de otra manera por el momento”

2. Inclusión de opuestos

Es una variación un poco más compleja de lo anterior pues supone dar permiso para sentir de dos maneras opuestas o contradictorias. A veces una persona deprimida siente que querría desaparecer del mapa pero al mismo tiempo no quiere hacer daño a los suyos. O puede no desear levantarse ningún día pero sin embargo lo hace para ir a terapia. Si valoro lo segundo solamente, puede sentirse culpable por sentir lo primero. Si reconozco lo primero, puede sentir que no reconozco lo segundo.

La conjunción “y” nos permite elegantemente no entrar en este conflicto: “Usted no puede encontrar sentido y usted piensa que usted estad pasando por esta depresión para algo”Usted no quiere morir y usted no quiere vivir así”

O´Hanlon reconoce que esta forma de pensar no es lógica para los occidentales pero nos recuerda que es mucho más normal en las culturas orientales.

Otra manera transmitir que es normal e incluso beneficioso tener percepciones contradictorias o ideas opuestas es el uso de oxymoros, una figura literaria por la que se combinan dos adjetivos o términos antagónicos (“dulce amargura” “la maravilla del dolor”…) El resultado serían expresiones como:”Es importante acordarse de olvidar ciertas cosas y no olvidarse de recordar otras”Parece que usted ha pasado tanto tiempo en la oscuridad que sus ojos se han adaptado y ahora puede ver cosas en ella que otros no pueden” “Usted está esperando contra toda esperanza que esta depresión desaparezca”

3. Incluyendo el No con el Sí

Se refiere al empleo de preguntas en las que se combina lo afirmativo con la negación: “Usted no piensa que conseguirá estar mejor ¿es así?” “Usted está empezando a sentirse mejor ¿no es así?”

En el próximo post de la serie resumiré el tercer gran grupo de técnicas, el que intenta sacar a la luz las excepciones a la depresión, y trataré de llevar todo lo anterior al terreno no terapéutico. Al terreno de los familiares, amigos, compañeros, etc de las personas que padecen una depresión.

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26/03/2015 (Jueves)

09:00

Han pasado dos días desde el desastre del avión de Germanwings y ya se conoce por una de las cajas negras que el copiloto estrelló conscientemente el aparato.

No deja de ser paradójico que los aviones tengan un sinfín de mecanismos de seguridad;  que volar sea, a pesar de lo antinatural que es, el medio de transporte más seguro, y que, sin embargo no podamos poner límite a un cerebro que se desbarata.

Se confirma aquello de que el cerebro es un órgano maravilloso para incidir en la realidad externa pero un verdadero desastre para entenderse y manejarse a sí mismo.

27/03/2015 (Viernes)

09:00

Me levanto oyendo en la radio otros casos de accidentes aéreos de la historia que se conoce que el piloto estrelló el avión intencionadamente.

No son muchos pero ni uno ni dos. A pesar de lo espantoso se me escapa una sonrisa involuntaria cuando oigo el caso de un avión ruso estrellado por el piloto contra la casa de su ex-pareja, que por cierto, no estaba en ella. Quizá porque me recuerda el inicio de la película argentina “Relatos salvajes”. No puedo evitar este ramalazo de humor negro.

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La información lógicamente se está centrando en la figura del copiloto, Andreas Lubitz, de 27 años. Los primeras noticias hablan de un joven normal que había conseguido “el sueño de su vida: trabajar en lo que le apasionaba”

Y una idea se dispara en mi mente: ¿Y si fuera esa la clave de todo? ¿Qué pasa cuando uno alcanza el sueño de su vida ya en el primer tercio o cuarto de la misma?

Lufthansa ha asegurado que 630 horas de vuelo (parecen nada al lado de las más de 6000 del piloto)  son suficientes para el puesto de copiloto.

No lo dudo pues yo de esto no entiendo. Pero ¿serán también suficientes para que “el sueño” se convierta en monotonía?. Una cosa es volar a tu rollo y haciendo virguerías y otra llevar a turistas y ejecutivos estresados de aquí para allá.

¿Y si la vida a Andreas le fue tan extraordinariamente bien que cualquier pequeña decepción ha sido como una grieta en el fuselaje de su avión provocando una especie de despresurización mental que se ha llevado todo por delante?

Como me decía una vez una persona muy querida: “Cuando te crees que tienes una vida perfecta cualquier contratiempo es insoportable” ¿Y si cuando lo tienes todo, ya no te queda nada?

No es la primera vez que mantengo que existe un reverso de la resiliencia que no es la “no resiliencia” sino la “antiresiliencia” y que son como el anverso y el reverso de una misma página dependiendo probablemente de las mismas variables.

Tan sorprendente como que personas en situaciones límite puedan resurgir a una vida satisfactoria para ellos y los demás es que personas con unas circunstancias objetivamente favorables o privilegiadas entren en claros procesos autodestructivos (y en el caso de Andreas no sólo “auto-”)

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14:00

Me llegan las primeras noticias de un posible proceso depresivo de Andreas. Que si no salió de la cabina entre el viaje de ida y el de vuelta. Que si contestaba lacónicamente al piloto antes de que éste saliera de la cabina. Que si han encontrado en su casa un parte de baja laboral para ese mismo día pero roto en pedazos. Que si ya interrumpió su formación como piloto durante unos meses…Que si su novia le había dejado…

Aún así mantengo la hipótesis de la despresurización mental ¡Es tan interesante!… Todo es perfecto: soy joven, sano, gano dinero, tengo novia y trabajo en lo que he soñado siempre… Pero la vida que es muy puñetera te tumba una de las piezas, te rasga un poquito el fuselaje de ese mundo perfecto, y todo se viene abajo…

En todo caso no se trata de tener razón. Se trata de elaborar el asombro que tengo ante esa fuerza de la naturaleza que es la mente humana.

21:00

Algo preocupante en las noticias. Todas ellas se empiezan a centrar en aclarar sí Andreas sufría un “trastorno mental”.

En nada avanzaremos mientras nos paremos a ponerle nombre al trastorno porque muchas veces es lo que ocurre. Si nombramos lo incomprensible podemos pensar que ya lo comprendemos. No sirve de mucho saber que tras un suicidio o un atentado hay un trastorno mental. En realidad lo que necesitamos es saber cómo se genera y cómo crece en la mente de la persona la idea “lo mejor que puedo hacer es desaparecer” o “muchos deben morir para alcanzar el ideal”.

28/03/2015 (Sábado)

10:00

Estoy escribiendo lo anterior y al buscar el Internet leo noticias según las cuales una ex-amante y auxiliar de vuelo de la misma compañía ha declarado:  “Andreas Lubitz me dijo que algún día iba a hacer algo que cambiaría todo el sistema y que todo el mundo conocería su nombre y lo recordaría”

La idea de la despresurización mental se me va literalmente a la mierda (no pasa nada, tengo otras). Su idea asesina no parece el fruto de una simple pero arrolladora decepción. La chica mantiene que Andreas tenía miedo de cumplir su sueño pues su sueño no era sólo copilotar sino llegar a comandante y realizar vuelos transoceánicos.

Tendré que descartar catalogarlo como un caso de antiresiliencia para contemplarlo como un caso de “no resiliencia”. Andreas tenía un sueño pero la vida, a través de algún problema físico (se habla de un problema en la vista) y de un problema psíquico le dice:

– Va a ser que no, chaval

Y Andreas, con poca flexibilidad mental, sin recursos personales, ni de apoyo ni de sentido, no es capaz de contestar:

– Vale, guapa, lo que tu quieras pero entonces ¿qué me ofreces, reina?

La clave de la resiliencia está muchas veces en reconocer cuando un camino está agotado y que es hora de darse la vuelta y buscar otro camino lo más chulo posible. Quizá Andreas era hijo de la época del “Yes, we can”, del “Sí, se puede” y nadie le enseñó a añadirle el sanísimo “… o no, y no pasa ná”.

Mientras escribo un psiquiatra o psicólogo en televisión mantiene que probablemente Andreas padecía un trastorno narcisista de la personalidad.

Ya van dos diagnósticos.

30/03/2015 (Lunes)

10:00

Todo el fin de semana ha sido un aluvión de noticias (telediarios, radio y prensa escrita) en el que fluyen datos que, por un lado, reafirman la idea de que el copiloto era consciente de que tenía muy difícil que le renovaran la licencia el próximo mes de Junio, y por otro lado, que señalan “claros problemas psiquiátricos” pues afloran antecedentes de prescripción de fármacos de dicha índole.

Entre las noticias se habla de un trastorno de ansiedad generalizada (ya van tres) y alguien cita medicación prescrita que se usa para la… esquizofrenia (ya van cuatro)

Como es de esperar las miradas se vuelven hacia Lufthansa ¿cómo es posible que se les haya colado un desequilibrado? A una empresa alemana, del país europeo puntero en economía, en tecnología y en responsabilidad se les ha colado un enfermo mental en la tripulación de un avión. A la mentalidad cartesiana de los alemanes no les cabe en la cabeza que a alguien le den la baja y decida no cogerla.

Y mientras tanto los familiares de las víctimas haciendo esfuerzos titánicos para elaborar lo sucedido. Como los padres de un chico español que dicen buscar consuelo en su fe religiosa o la del padre de un joven inglés que reclama ante las cámaras un para qué.  Que la muerte de su hijo y sus compañeros de viaje sirva para algo. Es algo incipiente que no le permite no derrumbarse ante las mismas cámaras. El sentido se busca con ansia pero se encuentra poco a poco.

21:00

Todos los telediarios dan la noticia. El fiscal encargado del caso comunica que se ha conocido que Andreas, antes de obtener el título de piloto estuvo en tratamiento psicoterapéutico. Se detectaron tendencias suicidas.

La segunda hipótesis, la de la no resiliencia, también la puedo tirar por la ventana. Porque ya no estamos ante un tipo más o menos normal que ante una dificultad empieza a no saber como afrontarla o resurgir, sino un tipo infectado de ideas suicidas desde hace mucho tiempo. No pasa nada. Sigo teniendo más ideas.

Hoy hemos visto a Andreas de jóven, pilotando una avioneta con la supervisión de su instructor y bromeando con la idea de seguir volando hasta quedarse sin combustible.

Me estremezco de pensar la posibilidad de que en realidad el sueño de Andreas no fuera volar, sino el de matarse volando.

Y me sigo preguntando si no había que desarrollar un especie de oncología mental. El estudio de como, entre otras, una idea destructiva anida y crece y crece en una persona hasta provocar su muerte o la de otros.

En una tertulia de radio alguien con sentido común aclara: no todos los deprimidos o ansiosos se matan o matan (es lo que les faltaba… ahora ¡sospechosos!) Pero otro contertulio zanja el asunto: Por supuesto, Andreas lo que tenía era el “gen de la maldad”, simplemente era un ser humano pérfido. Estoy seguro que este contertulio no se habrá dado cuenta de como se parece su argumento al de Adolf Hitler para justificar el exterminio de los judios.

Y sólo a algunos “frikis” nos seguirá interesando más saber cómo se genera un monstruo. Como ciertas ideas asesinas infectan la mente de una persona y se replican hasta conseguir que se maten, maten a otros seres humanos o las dos cosas.

Quizá algún día sabremos combatir no sólo alterando la química del cerebro sino inoculando en mentes “enfermas” o “sufrientes” ideas que paren y deshagan las ideas destructivas. O, de otro modo, para que quien se suicide sea la idea suicida y no la persona

Seguiremos invirtiendo, gracias a Dios, miles de euros en la lucha contra el cáncer pero no tengo tan claro que lo hagamos en conocer y neutralizar el crecimiento en una mente de las  ideas de muerte. 

Pero estoy por apostar que algún día en los aeropuertos habrá controladores aéreos y controladores mentales para que esto no vuelva a ocurrir. Es muy probable que Lubitz acertara con su profecía.

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Crímenes perfectos

(Este es un post de Rosa Herrera. Amiga, psicóloga y miembro del “Grupo Resiliencia Valencia”. Le agradezco de todo corazón su colaboración. En la esperanza de que le vaya cogiendo el gusto)

Recogiendo el guante que me lanzó Javier en el post de principio de año retomo este antiguo proyecto que ambos teníamos pendiente y que, como el mismo dijo, nuestras ajetreadas vidas han hecho que lo dejáramos en la recámara. Nuestras colaboraciones generalmente se inician junto a un café lanzando ideas de temas que nos interesan a ambos y que hacen que nuestras neuronas se pongan en marcha. Uno de estos temas es el suicidio como una forma de manifestación de lo que Javier ha bautizado como antiresiliencia y que a mí me parece un término muy acertado.

En este post no voy a analizar a la luz de la resiliencia el fenómeno del suicidio pero sí algunas de las consecuencias que este hecho tiene en las personas más cercanas.

Tenía 17 años, era una chica guapa, simpática, con una familia estructurada y un grupo de amigos que le apoyaban y le querían. Se enamoró locamente de un chico con el que estuvo saliendo dos años. La relación acabó, fue él el que decidió dejarla, y ella continuaba obsesionada. Intentó en varias ocasiones volver con él hasta el punto que necesitó irse a estudiar fuera para que dejara de acosarlo. Ella le amenazó: “Si me dejas me suicidaré”. Lo intentó varias veces y todo el mundo a su alrededor se movilizó. Estaban pendientes, la acompañaban, la apoyaban, la protegían, pero no fue suficiente. El día que se enteró de que él había iniciado una nueva relación acabó con su vida definitivamente.

Sus padres comenzaron a acusar a su grupo de amigos de no haberle hecho caso, el chico se hundió en una profunda depresión, los amigos se sentían culpables y a la vez lo culpabilizaban a él. 30 años después su habitación continúa como la dejó el último día que salió de casa, sus padres no han perdonado todavía ni a sus amigos ni al chico. Sus amigos son incapaces de reunirse sin recordarle y alguno de ellos todavía tiene abierto un duelo que no ha podido cerrar y aflora en todas las reuniones anuales que el grupo ha decidido hacer. A partir de ese momento nadie fue el mismo, la vida les cambió y llenó de cadáveres invisibles su familia y sus amigos. Sólo unos pocos se atrevieron a hablar del tema, a compartir sus sentimientos, los demás eligieron el silencio, mal compañero en estos casos.

En este caso concreto la chica no sobrevivió, en otros la vida sorprende y aparece una nueva oportunidad de continuar adelante, de aprender de los errores y valorar las pequeñas cosas que la vida te ofrece.

Ante una noticia de intento o consumación de un suicidio aparecen diferentes sentimientos encontrados en las personas cercanas, sobre todo en la familia.

En primer lugar la negación, “no puede ser”, “lo tenía todo”, esto fue lo primero que apareció en mi mente al recibir una llamada donde me confirmaban que la madre de una compañera de mi hija se había suicidado. La razón intenta comprender, el corazón no lo permite. La lucha entre estos dos motores de nuestra vida es encarnizada. Y comienzan las preguntas:

¿Por qué? ¿Que lleva a una persona con una vida aparentemente estructurada a tomar una decisión de este tipo? Como en otras muchas ocasiones esta pregunta es de difícil resolución. Quizá ni la misma persona podría contestarnos, no podemos entender porque una persona llega a ese punto de desesperación para no encontrar otra salida en su vida que su propia muerte. Todos en momentos determinados podemos haber sentido la necesidad de desaparecer, cuando los problemas nos abruman y no nos vemos capaces de encontrar soluciones plausibles, pero pequeños gestos, miradas, sonrisas de nuestro entorno, nos ayudan a encontrar un significado a nuestro sufrimiento, lo que permite que continuemos hacia delante.

Curiosamente el suicidio aparece como una huida del sufrimiento, como un no puedo más, no merece la pena seguir luchando, como una solución a los problemas y en algunos casos incluso como un intento de que los demás no sufran, no se avergüencen, y aquí nos encontramos con una gran paradoja de la vida: por evitar el sufrimiento propio y el de los demás el suicida genera un sufrimiento en la vida de los de su alrededor, su familia y sus allegados se convierten en cadáveres invisibles que intentan retomar una vida truncada por este acontecimiento.

Después de la negación aparece la rabia, el enfado absoluto, que produce no entender, la impotencia ante la situación, acompañada de sentimientos de culpa; se sienten responsables por no haberse dado cuenta, por haberlo dejado solo, por aquella discusión que acabó en pelea.

La gente de alrededor sin darse cuenta acaban convertidos en jueces de la situación sentenciando, la familia se siente señalada y culpada, prefieren el silencio como forma de protección hacia sí mismos y, en caso de que la persona haya sobrevivido en su intento, también hacia la propia persona.

Pero, como en otros muchos casos, no hablar de algo no significa que no haya ocurrido y es muy difícil retomar una vida después de un acontecimiento tan traumático como este sin poder vaciar los sentimientos que cada uno tiene. El estigma está servido, la mirada de los demás ya no es la misma, parece cargada de acusación, de incomprensión quizá también porque la mirada de ellos hacia sí mismos tampoco es la misma, quizá proyectan en los demás lo que ellos mismos sienten.

Como Cyrulnik señala en su último libro, el silencio les permite sobrevivir. Es un código no escrito pero hace menos daño que continuar dándole vueltas al porqué y a la culpa. El problema es que el silencio no cura, la herida cicatriza en falso y, cuando se toca, duele demasiado.

El porqué tiene difícil respuesta y como en otras muchas ocasiones otra pregunta puede ayudar a entender: ¿para qué? Y quizá, y sobre todo, ¿contra quién? ¿contra sí mismos? ¿contra su familia? ¿contra la sociedad? ¿contra el banco…?

Preguntas quizá difíciles de plantear pero que pueden ayudar a entender y sobre todo a, en caso de supervivencia, ayudar a la persona a encontrar otros mecanismos de solución de problemas. Preguntas que no se deben plantear desde la rabia, desde la impotencia o desde la exigencia y mucho menos desde la culpa, sino desde la reflexión.

Cuando una persona sobrevive a un intento de suicidio, la familia y personas cercanas se sienten obligadas a protegerle. El miedo se instaura, la desconfianza se apodera de todos los miembros de la familia que se divide repartiendo culpas, se produce una lucha encarnizada entre la rabia y el miedo. ¿Cómo normalizar la vida en una familia después de un acontecimiento así? Nunca he creído en las recetas mágicas, pero la experiencia de personas que han pasado por esta situación puede ayudar.

Quizá un primer paso puede ser no negar los sentimientos, mostrar el enfado, compartir la impotencia que se siente, verbalizar la culpa, la rabia, ponerse en marcha para ayudarle en caso de supervivencia, y sobre todo parece indispensable el perdón hacia la persona y hacia sí mismo. Pero este perdón aparece cuando uno ha podido curar sus propias heridas. Como escuché en una ocasión el perdón no se puede exigir sino que tiene que nacer y, quizá en este caso, para que aparezca es necesario primero perdonarse a sí mismo y poder reconocer sin temor los sentimientos que ha generado este hecho.

Hace algún tiempo en una supervisión de casos clínicos una compañera compartió una idea que me hizo reflexionar. En una de las últimas entrevistas que concedió Alfred Hitchcock le preguntaron si existía el asesino perfecto. Después de unos momentos de duda declaró: sí existe el crimen perfecto: el suicidio, sólo hay una muerte que deja muchos cadáveres a su alrededor y el asesino nunca vuelve a la escena del crimen.

Aunque el único responsable de un intento de suicidio es la propia persona, la culpa, la rabia y la impotencia es una carga quizá demasiada pesada para los de alrededor. La persona que decide acabar con su vida, en su camino hacia la huida de esa vida que no le gusta, deja a su alrededor montones de cadáveres invisibles, personas que parece que continúan su vida pero que realmente este acontecimiento ha supuesto un punto de inflexión muy importante. Escuchar a la familia, que no se sienta juzgada y sentenciada parece un paso fundamental para poder ayudarlas.

Al fin y al cabo no podemos convertir en Verdugos a quien seguramente han sido Víctimas de la situación.

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