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Archive for the ‘Testimonios’ Category

Imagina que un compañero o compañera de trabajo ha estado ausente un tiempo porque ha recibido un golpe brutal de la vida. Inesperadamente ha muerto su pareja o, lo que quizá sea peor, un hijo o una hija.

Pero hoy se ha incorporado y te ves venir a esta persona de cara. Empiezas a pensar en qué decirle, cómo saludarla y mostrarle tus condolencias. Piensa bien lo que vas a decir porque de cada diez frases que se te ocurran es muy probable que en nueve metas la pata hasta el fondo. Pero eres una persona prudente y consigues decirle que lo sientes mucho y poco más. Con ello te quedas a la retaguardia esperando su reacción.

Es muy probable que te conteste con agradecimiento sincero pero sin profundizar más en su dolor. Y tu respirarás aliviado o aliviada por dos motivos. El primero: no la has cagado (que no es fácil) El segundo: al no contarte su sufrimiento te ha evitado tener que salir de algunos de los autoengaño en los que solemos vivir para protegernos de la angustia existencial. Como por ejemplo que la creencia de que la vida es justa (¿dónde está escrito?) o que a ti no te pueden pasar esas cosas. El sufrimiento ajeno nos hace sentirnos mal no sólo porque seamos personas muy majas sino porque nos recuerda nuestra propia vulnerabilidad.

Pero ahora veamos la escena desde la otra perspectiva. Ponte en el lugar de qué tu eres quien ha regresado al trabajo después de perder a un ser muy querido. Tus compañeros y compañeras se acercan e intentan mostrarte empatía. Algunos o algunas usan frases hechas para salir del paso (por una oreja te entran y por la otra te salen). Otros y otras, queriéndote ayudarte te meten el dedo en la herida pero disimulas como puedes y sigues adelante. Y el resto son correctos y cariñosos como lo has sido tu antes.

El resultado es que en las siguientes horas, días y semanas una cortina de silencio se cernirá sobre tu dolor. Todo  el mundo sabe que estás sufriendo pero todo el mundo, bienintencionadamente, te tratará como si no ocurriera nada. Y a veces tendrás ganas de compartir tu dolor pero es muy posible que no encuentres con quién ni el momento.

Si esto ocurriera estarías ante el fenómeno que en inglés se suele indicar con la expresión “Elephant in the room” (Un elefante en la habitación) Según Wikipedia “es una expresión metafórica que hace referencia a una verdad evidente que es ignorada o pasa inadvertida. También se aplica a un problema o riesgo obvio que nadie quiere discutir. Se basa en la idea de que sería imposible pasar por alto la presencia de un elefante en una habitación; entonces, las personas en la habitación que fingen que el elefante no está ahí han elegido evitar lidiar con el enorme problema que implica”

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Las personas que afrontan un público y gran sufrimiento pueden sentirse como quien tiene que vivir con un elefante (la desgracia) pero que todo el mundo prefiere hacer como si el elefante no estuviera allí. En castellano podríamos decir que la desgracia se convierte en un tabú o que estamos ante el fenómeno de “El nuevo traje del Emperador” (todo el mundo ve al Rey desnudo pero nadie se atreve a decírselo) Todo el mundo ve la enorme desgracia que ha sufrido una persona pero casi nadie se la reconoce por miedo a herirle o por miedo a sufrir uno mismo.

En el documental “Happy” (lo puedes ver en Youtube o Netflix con subtítulos en castellano) se cuenta la historia de Melissa Moody. Ella misma recuerda como había sido una joven hermosa y como era feliz criando a sus tres hijos, criando caballos en su rancho y haciendo voluntariado. Hasta que un día se le enganchó el guante en la manilla de una camioneta que arrancó rápidamente y fue arrastrada unos metros hasta que, finalmente, la rueda trasera le pasó por encima aplastando su columna y cabeza. Nueves años incapacitada; su marido la abandonó y se refugió en el alcohol; treinta operaciones a pesar de las cuales su cara sigue siendo asimétrica.

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Además el trauma psíquico derribó el mecanismo de negación de otro más antiguo: los abusos y violaciones por parte de su padre durante su infancia. Pensó en el suicidio pero se dio un tiempo pensando en sus hijos.

En el documental valora su estado actual de felicidad y de mayor bienestar consigo mismo y con los demás tras un proceso de recuperación o, si lo prefieres, de resiliencia. Pero lo que me llamó poderosamente la atención fue las palabras dedicadas a su actual marido: “Lo había visto en la boda de mi hijastra. Nos conocíamos desde hacía años. Y él me preguntó cosas como si mi nariz funcionaba.  Y cómo era haber sido hermosa y luego no. Y me gustó, lo aprecié ¿sabes? Él no tenía miedo de hablar conmigo, de hablar de estas cosas. Y nos casamos a los dos años. Su nombre es Feliz y tenemos una maravillosa vida juntos. Me llama “preciosa” y me encanta.” Estas dos personas conectaron no gracias a obviar al elefante sino precisamente gracias a él. Subiéndose a sus lomos con naturalidad lo sacaron de la habitación, de la casa y de sus vidas.

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El dilema está servido. Si soy imprudente puedo hacer mucho daño. Si me paso de prudente puedo hacerlo también aunque de otra manera. ¿Qué hacer?

Ya me gustaría saberlo. Supongo que estar ahí haciendo que la persona se sienta cómoda tanto para mantenerse en silencio como para hablar si lo necesita. ¡Qué difícil!

Pero hoy en día tenemos la suerte de tener buenos maestros. Mucha gente que tiene elefantes en su salón han querido compartir su experiencia con los demás a través de Internet.

Cuando ya tenía más que pensado este post me llegó el aviso de un nuevo post de Ana. Ana tiene un elefante llamado cáncer y esta viendo a ver como lo saca de su salón. Ana es la hija mayor de Conchi Martínez Vázquez. Estoy seguro que si estáis en este blog conocéis también el suyo (Resiliencia infantil) Ana escribió hace muy poco en su blog “Sin perder la sonrisa. Momentos, vivencias y confesiones de mi paso por el cáncer” un impresionante post llamado ¡Oh, tiene cáncer! ¿y ahora qué le digo? Cómo comunicarse con una persona que tiene cáncer” 

 

Por favor, no dejes de leerlo. Hazlo por todas las personas que conoces que están en la misma batalla que Ana.

NOTA: La expresión “un elefante en la habitación” la conocí leyendo el libro “Option B” de Sheryl Sandberg al que me referí en el post anterior. El segundo capítulo se llama “Pateando al elefante fuera de la habitación” y no tiene desperdicio.

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En el último post (“Cierre por resiliencia”) explique que estaría un tiempo “en silencio” pero que tenía el compromiso de publicar textos que no eran mios. Cumplo en parte ese compromiso con un texto elaborado con una persona que se cruzó este año en mi vida y a la que me atreví a pedirle que compartiera su historia con todo el que visite este blog. Después de leerlo podrás entender además porque he elegido el día de Navidad para hacerlo.

Aprovecho esto también para aclarar que mi silencio temporal es sólo mio. El blog sigue abierto para aquellos que quieran utilizarlo. Si quieres compartir ideas, experiencias o reflexiones con nosotros no tienes más que mandarmelas.

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Si la resiliencia es un fenómeno que ocurre ¿por qué no preguntarle a aquellas personas en las que se ha dado o se está dando? Olga, le sugerí cambiar el nombre pero me insiste que no es necesario, ha tenido el valor de sentarse delante del ordenador y enfrentarse a dolorosos recuerdos y vivencias. Nunca se lo podré agradecer suficientemente y ambos esperamos que pueda servir para algo o alguien. Es por ello un post de más extensión de lo normal. Vale la pena que así sea y además no podría ser de otra manera.

Olga, hemos pasado varios ratos dándole vueltas a cómo una infancia difícil o dolorosa puede condicionarnos en la vida adulta y cómo puede tomarse un camino vital positivo y satisfactorio a pesar de ella. Yo desde la teoría y lo poco que sé sobre la resiliencia y tú desde tu experiencia.

Has compartido conmigo cómo, sin unas circunstancias objetivas trágicas o difíciles, la relación entre tus padres y de ellos con sus hijos, definen tu infancia como infeliz o, al menos, “no todo lo feliz que debería haber sido” ¿Cómo podrías resumir esta situación y tu vivencia de la misma.

Resumiría la situación vivida como una infancia traumática por la falta de modelos estables y la ausencia de empatía de mis padres hacia nuestras necesidades para el desarrollo y estabilidad: amor incondicional, comprensión, escucha, respeto, atención, etc.

Recuerdo una infancia donde mis padres habían hecho de la disputa diaria y las malas contestaciones su modo de vida, integrándolo como lo normal, pero guardando las formas de cara al exterior. Un modo de vida completamente desestructurado e  inestable, con carencias básicas como el respeto entre ambos y hacia sus hijos; la imposición en vez del diálogo; la falta de comprensión y de espíritu de sacrificio par nuestras necesidades frente a las suyas.

Ninguna situación de dificultad habitual de la vida se afrontaba desde el diálogo y el cariño o desde la unión, sino todo lo contrario: con imposiciones y discusiones de las que siempre nos hacían partícipes a sus hijos hasta de los más mínimos e íntimos detalles, algo que un niño no tiene madurez para asimilar. Mis hermanos y yo crecimos en medio de todo ese entorno hostil y con muchas carencias, ya que nuestras necesidades emocionales no importaban, no se reparaba nunca en ellas, eran las grandes olvidadas. Y así me sentía yo: “emocionalmente abandonada”.

Pienso que su malestar interior y su ego debían ser tan grandes, que la humildad y el espíritu de sacrificio por el otro, inclusive por sus hijos, se habían esfumado, pendientes solo de quien quedaba por encima en las disputas emprendidas a veces por la tontería más absurda. Era una batalla campal rutinaria que se saldaba casi siempre con estímulos externos casi siempre económicos en vez de con diálogo, humildad, o simplemente amor. La buena posición económica les permitía discutir y al rato, o al día siguiente, guardar las apariencias y salir a cenar, a comer o de vacaciones e integrarlo todo como el modus operandi normal.

Respecto a mí, recuerdo una infancia en la que reinaba una soledad absoluta y sentimientos de miedo. Nunca estaba bien nada de lo que yo hiciera, ni el esfuerzo que conllevase, porque era mi obligación, y experimentaba una sensación de exigencia por parte de ellos que me ahogaba a diario. La manera de comunicarse conmigo siempre era de forma exigente, a gritos si no obedecías a la primera, con amenazas continuas para infundirnos miedo, chantajes y un autoritarismo absoluto evitando así que nos saliéramos del camino marcado. Desobedecer o expresar tu opinión era ir en contra suya y tenías la condena y consecuencias de inmediato, siendo especialmente dolorosos los insultos de ambos, pero especialmente los de mi madre hacia mi.

Vivía en continuas contradicciones porque no entendía como un día podían insultarse hasta el extremo y al día siguiente actuar como si de una rencilla sin importancia se tratara. Del mismo modo nos trataban a nosotros. yo no entendía por qué ellos eran respetuosos de puertas hacia afuera y pedían la cosas por favor, daban las gracias y nos exigían muchas normas de educación en las sitios para que vieran que éramos niñas muy educadas y, sin embargo, ellos nunca nos daban las gracias y nunca nos pedían las cosas por favor.

Recuerdo una infancia infeliz en la que no me dejaron ser niña, con miedo, buscando la aceptación de tus padres y su cariño haciendo lo mejor posible las cosas y teniendo que madurar forzosamente a base de presenciar e intentar mediar en sus continuos conflictos, lo que para mis hermanos y para mi era prioritario para evitar así males mayores.

El miedo y la falta de empatía hacia mí como persona me acompañaron durante mi infancia y adolescencia. No conté con padres que se preocuparan de mis inquietudes y necesidades, me vi desprotegida y sola. Para ellos, paradójicamente, pensar en tus necesidades era un acto de egoísmo que te llevaba a duras represalias  psicológicas. Con lo cual integré que no debía pensar en ti, ni en lo que yo necesitara. Tenía que dar el máximo en todo. Aún hoy no soy capaz de permitirme simplemente descansar a veces, y me puedo llegar a sentir culpable si lo hago.

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¿Qué crees que te ayudó a sobrellevar esa situación en aquellos momentos y en tu adolescencia?

La verdad, no lo sé. Mis padres me llevaron a un colegio religioso pero no significó para mí un espacio para la resiliencia en ningún sentido.

Lo que sé es que, en general, me invadía una sensación de ira y rencor en la que mi objetivo era terminar mis estudios y salir de allí para vengarme. Es decir ellos se sostenían sobre nosotros y mi único objetivo creo que era darles lo que se merecían y dejarlos solos para que entre ellos se lapidaran.

Nos hacían partícipes de sus discusiones y yo creía que mi venganza sería dejarlos solos el uno con el otro. Pensé que cuando saliera de mi casa todo quedaría atrás, pero no fue así. Quedé tan trastornada que curar todas las heridas que arrastraba era un largo y duro recorrido. Y así ha sido

Ellos, pese a salir de la casa donde me crié, han seguido machacándonos y no nos han dejado escapar. La culpabilidad que han alimentado tanto desde mi niñez, no lo ha permitido y me ha mantenido enganchada diría casi que hasta hoy en día.

 Es cierto que, poco a poco, he ido soltando amarras y trabajando mi historia personal para que los chantajes que, a día de hoy aún a veces permanecen, no hagan mella en mi persona y me incapaciten o hundan emocionalmente.

Me viene a la memoria que yo tenía una amiga en la adolescencia que era mi mejor amiga y que hoy lo sigue siendo. Es la menor de 6 hermanos y su casa estaba llena de armonía. Para era un sitio donde encontraba mucha paz porque precisamente sus padres eran todo lo contrario, la otra cara de la moneda y yo lo recuerdo como un modelo que en mi cabeza se quedó grabado. Veía que otra forma era posible a la vez que la comparación me provocaba mucho dolor e impotencia, pero me sirvió para tener la esperanza de que yo podría encontrar algo así. Sus padres eran muy amables y respetuosos conmigo.

A pesar de que no nos conocemos desde hace mucho tiempo, podría afirmar que hoy en día llevas una vida personal, familiar y social perfectamente satisfactoria para ti y para los tuyos. ¿Podrías contarnos si has tenido o tienes para ello uno o varios de lo que solemos llamar “tutores de resiliencia”?

Creo que sí y que dos han sido mis tutores esenciales en este largo túnel. A ambos los encontré a la vez y aún hoy El Señor permite que sean mis guías.

Primero encontré al que es hoy mi marido, un ser con sus carencias como todos pero que me hizo comprender que, a pesar del ejemplo de mis padres, otra forma de comunicarse entre una pareja es posible. Él, con mucha paciencia, me ayudó a superar la tendencia a la falta de respeto que tenía en mis discusiones, pues así lo había aprendido, y me hizo abrir los ojos a una vida donde la escucha y el diálogo, es vital. Es una persona paciente y muy generosa, emocionalmente hablando, con todo lo que hace y da.

Al poco tiempo de conocerlo también conocí a quien yo considero una madre, mi madre Adela. Ella es mi mentora en el camino de la Fe Cristiana, y con su ejemplo ha sabido resolver todas esas dudas que en el colegio religioso, y a lo largo de mi vida, me hicieron alejarme de la Fe.

Ella con su ejemplo, su paciencia y su falta de censura ha sabido hacerme entender como nos quiere Dios, su amor incondicional. Ella es madre de seis hijos y su vida ha sido bastante dura en algunos aspectos. Pero me ha transmitido sus vivencias y en ella he encontrado mi manera de comprender y de entender la vida y lo que nos toca vivir con aceptación, apreciando tantas cosas bonitas que las nubes que creamos no nos dejan ver.

Ella lleva diez años a mi lado y creo que sin ella no hubiera conseguido llegar a este punto. Creo que Dios te va poniendo los medios bien a través de personas, vivencias etc. para ayudarte a crecer. Ella vive en otra ciudad, lejos de mí, pero con nuestras interminables conversaciones siempre me ha acompañado en mis duelos, me ha escuchado y me ha aconsejado desde el gran amor que Dios le ha dado a ella y que reparte a todo el que se cruza en su camino. Es un ejemplo para mí, de aceptación ante las adversidades de la vida, de humildad, de amor y de entrega hacia todo lo que Dios le va poniendo en el camino. Es un testimonio de Fe.

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Hemos hablado varias veces del miedo a “repetir la historia”. Cuando finalmente pudiste emanciparte ¿crees que estuviste en peligro de qué esto ocurriera? ¿Y qué recursos internos o propios crees que te ayudan hoy en día a la resiliencia?

Creo que lo de los recursos internos ya está contestado en la pregunta anterior puesto que el encuentro con Adela me ha dejado un sentido trascendente de la vida que me ayuda a mirar más allá de lo que me pasó o me sigue pasando.

Respecto a lo de repetir la historia creo que estuve en peligro de hacerlo e incluso hoy aún puedo estarlo. Es inevitable, diría yo. Solamente con la ayuda de Dios, en quien yo he encontrado refugio y paz, conseguimos liberarnos de repetir la historia en su totalidad. Porque Él te va poniendo en el camino las situaciones que te ayudan a crecer y las personas en quien te tienes que fijar para borrar tanto dolor y lecciones mal aprendidas.

Cuando hago balance observo con claridad que cuánto más avanzo en mi persona hacia la humildad, la caridad, el perdón, el amor incondicional, me voy liberando de esa losa que me han puesto durante años y por consiguiente voy dejando de repetir la historia. Pero la lucha no desaparece del todo.

Cuando me alejo de los valores que he aprendido a través de Adela y que son los del Evangelio Cristiano, veo que sale esa parte oculta de mi persona que repite lo aprendido. Solo puedo borrar lo aprendido escribiendo encima  con los valores que Dios me está transmitiendo, bien a través de vivencias, o de personas, inclusive de la evolución de mis padres y agarrándome a diario a un sentimiento muy difícil de sacar cuando el de enfrente es el que te machaca: el Perdón y la Misericordia. Porque si Dios me está ayudando a mí, tengo que tener la capacidad de perdonar diariamente a mis padres, si Dios no me juzga a mí sino que me ama y me perdona no puedo ser tan juez de mis padres ¿quién soy yo para ello?.

El camino que me toca vivir es el que es y no encontraría consuelo en pedir explicación de porqué me ha tocado esto. Creo que me toca aprender para crecer y salir del agujero y como ya he dicho antes, para salir del rencor, la ira, el dolor, la frustración el desasosiego… lo primero es la aceptación de que esto está y estará. Tener compasión, amor y evidentemente, intentar salir del círculo que te envenena para proteger tu estabilidad, entendiendo que el rencor, odio y todos esos sentimientos son autodestructivos y se retroalimentan.

Tengo que decir que son muchos los años que intenté especialmente con mi madre con la que por circunstancias tengo más trato, que reconociera lo ocurrido y aún a día de hoy, me encuentro una negativa alegando que hemos tenido una infancia muy feliz.

Durante muchos años esa falta de reconocimiento me ha mantenido con una gran ira y un fuerte rencor. Pero, a día de hoy, entiendo que mi felicidad no puede depender del reconocimiento de mis padres de la situación vivida, ellos son víctimas de su propio desasosiego y llevan su propia lucha contra su infelicidad, que les autodestruye, pienso ahora que soy madre que debe ser muy duro enfrentarse a ese reconocimiento ¡pobrecitos!

No necesito el reconocimiento del dolor vivido, ese sosiego solo me lo da Dios a través del perdón hacia ellos y la falta de rencor.

El Señor me ha puesto esta prueba grande y el perdonarlos me hace ser más rica. Imagino que lo que explico es complicado de entender, pero es difícil explicar con palabras la alegría y la sensación de amor que me invade el corazón cuando pienso en ellos con cariño, cuando en vez de compadecerme me alegro y doy gracias por mi aprendizaje y cuando la compasión es mi pensamiento hacia ellos. Lástima que no me pase siempre porque es muy bonito experimentarlo.

Hace unos días hablé con mi madre y pocos minutos le costó el comenzar a agredirme verbalmente. Pues cuando colgué el teléfono anticipadamente para evitar que la situación se dilatase, pedí al Señor que esto pasase como un soplo y que no quedara rencor en mi corazón. Es así como encuentro consuelo, sin venganza alguna ni siquiera en mis pensamientos. No siempre lo consigo, pero es dónde empiezo a discernir con claridad que esta la salida.

Según algunos autores la resiliencia no es un fenómeno de “todo o nada” o “de una vez para siempre” Por lo que veo hay circunstancias concretas que te traen de nuevo tu dolor a un primer plano ¿Es así?

Claro. Ocurre muy a menudo. Hay una cosa que siempre me ha perseguido, un sentimiento que no se explicar muy bien, es un sentimiento de dependencia.

Una vez me preguntaste que si mi padre había sido tan cruel como podía preocuparme lo que le pasara, y aunque es difícil de entender, creo que mas allá de lo que podemos explicar, hay un sentimiento inexplicable de unión hacia tus padres por muy malos que hayan sido. Es como un cordón que permanece y que te ata sin que te permita soltarte por mucho que te auto-convenzas de que para ti han muerto o que dejes de hablar con ellos. Es algo que no te deja en paz.

Siempre pongo el ejemplo de que es como el hijo bastardo del torero que pese a que su padre nunca lo quiso busca el reconocimiento una y otra vez aunque sea en los tribunales y aun así te planteas: ¡Pero si ni siquiera lo ha conocido como persona! ¿qué más le da? Pues no sé que pasa, pero algo pasa y la solución no está en hacer como si no existieran y simplemente cortar la comunicación. Creo que la solución está, como he dicho antes, en enfrentarte a tu rencor, miedo y hacerle frente con la misericordia, el perdón y el amor. Esa es la forma de combatir ese dolor tan, tan grande como es el del maltrato parental. No se quita solo alejándose del foco. Las heridas no se sanan y tu sensación de abandono aumenta.

Una vez me dijo un sacerdote tras hablarle del comportamiento de mi madre, que mi labor no era juzgar y arreglar, solo acompañar. El resto era cosa de Dios con ella. Me sentí aliviada pues llevaba años dándome contra un muro para hacerle ver a mi madre lo mal que se portaba. Ahora intento no guardarle rencor, perdonarla ya que aún no ha encontrado la paz y rezar para que antes de irse la encuentre.

Cuanto más juez te haces de tus padres, más juez te conviertes de todo lo que haces en la vida y tu exigencia y desasosiego no dejan de crecer llevándote a la autodestrucción.

Has aceptado el compartir tu experiencia no sólo conmigo sino con quién pueda leer estas líneas ¿qué es lo que te lleva a ello? Y ¿en qué medida crees que todo esto te puede facilitar el ayudar a niños y niñas con “infancias” tan o más difíciles como las tuyas?

La verdad es que cada historia es tan diferente y los sentimientos que se generan tan difíciles de explicar que no hay recetas.

A mí lo que me gustaría es transmitir que la salida está en que tu corazón encuentre ese amor que te faltó y ese amor tan grande creo que solo lo da Dios.

En mi caso, agarrarse a las palabras de Jesús es la manera de salvarme de una vida de agonía. Lamentarse es negarse y negar tu historia. Crecer con ella y con los sentimientos que te genera, reconocerlos, aceptarlos y combatirlos con la mayor humildad que se pueda sacar, es para mí, la puerta de salida del laberinto.

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Antes, cuando sólo existían los libros en papel, si veía un libro interesante pero que no me venía bien comprarlo o sabía que no iba a leer, por estar liado o tener otros pendientes, intentaba recordar el título o el autor para en un futuro quizá comprarlo o buscarlo en una biblioteca. Luego normalmente se me olvidaba o perdía el papel donde lo había apuntado. ¡Cuantas referencias bibliográficas interesantes habré perdido en mi vida! Pero ahora las cosas han cambiado.

El otro día surgió esa oportunidad de dedicarme media horita al placer de entrar en una librería y ver las novedades. En mis secciones habituales (no ficción) descubrí 3 ó 4 libros que me llamaron la atención pero que estaban en la categoría de libros que acabo definir. Así que, y esta es la realidad actual, saqué mi smartphone y entré en Kindle. Tecleé el titulo de uno de ellos y comprobé que sí estaba editado en castellano en formato electrónico. Pulsé la opción “leer un fragmento” y al instante las primeras páginas del mismo estaban en el carrusel de Mi Kindle (Android) al que además puedo acceder desde cualquier dispositivo (por si alguien está pensando en que se me puede perder el móvil)

De los 4 libros, 2 estaban en formato electrónico en castellano y 2 en otros idiomas. También decirte, por si no estás puesto o puesta en esto del libro electrónico, que con lo que valía uno en papel podía comprar tres en digital (el epub se cargará a los libreros, es cierto, pero no a las editoriales, a los y las autoras, ni a la cultura) Y no desprotejo y envio a alguien un libro electrónico más veces que las que pueda dejar un libro en papel (sólo que ahora no me preocupa que no me lo devuelvan)

Así que ahora los libros interesantes que quizá nunca lea están guardados en un lugar de “mi nube” esperando que un día quizá haga un click y los compre (en electrónico o en digital) para leerlos.

Y he pensado que si a mi me parecen interesantes quizá a ti también. A lo mejor ya lo has leído y puedes darme o darnos tu opinión. A lo mejor tú sí quieres y puedes leerlo ahora y el post seguirá aquí. Igual conozcas algo de los y las autores que nos pueda interesar.El arte de pedir

No conocía a esta artista neoyorkina que hace punk-cabaret pero me llamó la atención el título. De partida estoy de acuerdo que pedir es un arte, porque si te pasas te quedarás sólo pero si te quedas corto a lo mejor te mueres de asco. Orgulloso u orgullosa, pero muerto o muerta.

Dado que el tema del equilibrio entre el dar y el recibir es uno de mis preferidos lo estuve ojeando (virtualmente)

No descarto descargarlo entero pero de momento he podido ver una charla de ella en TED que en apenas 14 minutos nos cuenta sus planteamientos.

Te la recomiendo

 de cómo me convertí en alcalde y cambié el mundo-jon gnarr-9788494367618

¿Votarías a un partido llamado el Mejor Partido que promete un oso polar para el zoológico de tu ciudad o que las piscinas municipales regalen las toallas? Pues eso ocurrió hace unos años en la capital de Islandia, ganaron con mayoría simple y gobernaron durante 4 años en coalición. El alcalde y fundador del partido era un conocido humorista.

No tenía muy claro si poner este libro en este post puesto que la relación con el tema general del blog está cogidita por los pelos, como no sea ¿es el sentido del humor una vía para recuperar el sentido perdido de la política? Pero indagando en Internet me encuentro un artículo en La Vanguardia y leo estos párrafos:

Nació en 1967, en el seno de una familia de clase media. Su madre trabajaba en una cafetería y su padre era policía. Su nombre original no era Jón Gnarr sino Jón Gunnar Kristinsson. Pero su difícil infancia, en la que llegó a sufrir violencia doméstica y tuvo que hacer frente a varios estigmas como la dislexia o el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), le llevaron a cambiarse de nombre cuando tenía 14 años.

“Jón Gunnar Kristinsson era un niño pequeño abandonado que consideraban un retrasado mental. Jón Gnarr, por el contrario, es un adulto optimista, creativo, honrado y valiente”, explica ahora. Sin embargo, las férreas leyes islandesas sobre nombres y apellidos nunca le han dejado oficializar el cambio.

(…) Tal desenlace revela, por ejemplo, lo equivocado que estaba uno de sus profesores de adolescencia cuando le decía que con sus “tonterías” nunca llegaría a nada. “Desde entonces y hasta ahora, he constatado todo lo contrario. Sin mi sólido sentido del humor, hoy quizá estaría metido en algún psiquiátrico”, bromea.

¿A qué cambia la cosa? Por cierto en pocos meses es el segundo caso  que conozco de persona que cambia de nombre para marcar un renacer. El otro lo tienes en el caso de Édouard Louis antes Eddie Belleguele y que puedes conocer en este otro post.

Y por cierto, por ser también un caso de resistencia y resurgimiento, ante una situación de acoso por la condición sexual, es también interesante el libro…

Resultado de imagen de andraka uno bastaSe trata de la historia de Jack Andraka un adolescente y científico amateur quien parece (hay cierta polémica al respecto) haber dado con la clave para un sistema de detección temprana del cáncer de páncreas y quizá otros tipos de enfermedad oncológica.

Pero la historia de Jack no es solo la del éxito internacional debido a sus capacidades inventivas, sino que también nos muestra como se ha sobrepuesto a la depresión por el bullying homofóbico sufrido en el colegio y la resiliencia necesaria para poder sortear esos obstáculos y salirse con la suya y perseguir sus propios sueños. (De la reseña editorial del libro)

Puedes ver un video de 20 minutos en la que el mismo explica la clave de su descubrimiento ciéntifico.

Quizá también te interese esta otra charla de Josef Schovanec que habla sobre el autismo (Asperger) Le avala para ello padecer (el no estaría de acuerdo con este verbo) dicho Síndrome

Lo menciono porque el último libro de este post es de él y se llama “Yo pienso diferente”. Después de ver el vídeo creo que el titulo del libro es preciso pues, como el mismo explica, no hay mucha diferencia entre interesarse por los decimales del número Pi que por recordar los resultados de los partidos de fútbol. ¡Ahí me has dado!

Yo pienso diferente

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Domingo mañana. Centro comercial. Pablo y yo tenemos que esperar a que llegue mi mujer. Veo un establecimiento que tiene sección de librería. Paso por un expositor de novelas, en los que no me suelo fijar demasiado pues prefiero la no ficción.

Pero el título de una me llama la atención: “Para acabar con Eddie Belleguele” de la Editorial Salamandra y en la faja de papel que rodea la portada y contraportada leo la palabra Autobiografía. Así que me intriga y vuelvo a mirar el autor: Édouard Louis.

Édouard Louis

Está escrita en primera persona y el protagonista es Eddie pero el autor es Édouard. ¿Cómo es posible que un tipo escriba la autobiografía de otra persona? Intento resolver el enigma leyendo la contraportada y las solapas.

Salí corriendo de repente. Sólo me dio tiempo a oír a mi madre, que decía Pero ¿qué hace ese idiota? No quería estar con ellos, me negaba a compartir con ellos ese momento. Yo estaba ya lejos, había dejado de pertenecer a su mundo, la carta lo decía. Salí al campo y estuve andando gran parte de la noche: el ambiente fresco del norte, los caminos de tierra, el olor de la colza, muy intenso en esa época del año. Dediqué toda la noche a elaborar mi nueva vida, lejos de allí.

«La verdad es que la rebelión contra mis padres, contra la pobreza, contra mi clase social, su racismo, su violencia, sus atavismos, fue algo secundario. Porque, antes de que me alzara contra el mundo de mi infancia, el mundo de mi infancia se había alzado contra mí. Para mi familia y los demás, me había convertido en una fuente de vergüenza, incluso de repulsión. No tuve otra opción que la huida. Este libro es un intento de comprenderla.»

Édouard Louis

Ojeo el libro y me atrapa lo que voy leyendo. Me cuesta poco descubrir el motivo del rechazo familiar y social: el protagonista tuvo desde muy pequeño una expresividad muy femenina y más tarde una orientación sexual hacia las personas de su mismo sexo.

La opresión y el rechazo familiar y vecinal es tan intenso que no queda otra solución que romper con todo. Una huida mucho más que física. Una huida hasta cambiar de nombre. De Eddie Belleguele a Édouard Louis. Un cambio de nombre entendido y confirmado con un libro.

Habrá que leerlo.

No sé si encontraré en él un ejemplo de resiliencia. Prefiero no prejuzgar. Pero últimamente siempre me viene a la cabeza que en la resiliencia se puede detectar casi siempre un punto de inflexión y un cambio de rumbo.

¿Puede haber un cambio mayor que cambiar de identidad?

Para acabar con Eddie Bellegueule

 

 

 

 

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¡Kanamori vuelve!

Desde que alguien me recomendó al documental “Pensando en los demás” es rara la charla o el curso donde no haga referencia a él o cite los especiales planteamientos y métodos del profesor japonés Toshiro Kanamori.

Estoy preparando una sesión sobre emociones y resiliencia para un grupo de profesores y profesoras, y como es más que probable que lo conozcan sólo quería usarlo de excusa para lanzar una sospecha que empiezo a tener (¿No nos estarán vendiendo una cabra con lo de la “Inteligencia emocional”? pero eso es para quizá otro post)

Y para ello pensaba usar el contraste entre los comentarios elogiosos a éste profesor de un columnista digital con uno de los comentarios de un lector (seguramente profesor o profesora) mucho más hostil:

51 .- Con que los nenes escriben sobre lo que sienten respecto a determinados acontecimientos. . . y ¿no hay ninguno que se niegue a escribir? ¿a ninguno se le ha olvidado el boli? ¿ninguno le dice al maestro Kanamori que eso es un coñazo? ¿ninguno pregunta que para qué tienen que hacer eso? ¿ninguno faltó a clase ese día? ¿ninguno le pregunta qué significa “acontecimiento”? En fin, aquí lo quería yo ver.

Y en esto estoy cuando descubro que existe más material sobre Kanamori. Se trata de un video con un monólogo del propio Toshiro sobre su manera de entender la educación. A pesar de que “voy pillao de tiempo” con lo que tengo que abordar el lunes, no he podido dejar de traer este material al blog.

 Emociones

http://whatonline.org/i/what-sobre-el-futuro-toshiro-kanamori/

Por si no te apetece verlo tre copio el texto de presentación del video de la plataforma propietaria (WHAT)

 ‘La felicidad viene de la conexión entre seres humanos’.

Después de ejercer como profesor de primaria durante 38 años en diferentes escuelas, se retiró en marzo de 2007 y actualmente es profesor del Departamento de Educación Infantil en la Universidad de Hokuriku Gakuin (Japón). A través de su idea de educación ‘Empatiza con tus amigos para ser feliz’, Kanamori investiga, desde los años 80, diferentes vías para trabajar directamente con las personas y la naturaleza. En el documental ‘Pensando en los demás’(Children Full of Life), producido por la NHK (Televisión Nacional de Japón) se muestra lo que sucedió en una de sus clases a lo largo de todo un curso. Este documental obtuvo un gran éxito que se tradujo en la obtención de varios premios y una gran difusión y repercusión mundial. Su trabajo ha conseguido llamar la atención de la comunidad educativa, pero también ha logrado el reconocimiento de otros sectores que pueden parecer más alejados, como el de la salud.

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El término “Escatología” tiene en castellano dos acepciones muy distintas.

Por un lado se refiere al conjunto de creencias sobre una supuesta vida más allá de la muerte. Ideas, en definitiva, sobre el destino final de la Humanidad en general y del estado de los seres humano tras su muerte.

Pero por otro, y por aquello de dos etimologías griegas distintas pero con el mismo sonido en castellano, también es la parte de la fisiología  dedicada al estudio de los excrementos y los desechos corporales, como la materia fecal , la orina o la menstruación, por ejemplo. Y por extensión y en un contexto popular el conjuntos de chistes, anécdotas, etc. relacionados con los excrementos.

No es muy difícil encontrar una relación entre la resiliencia y la primera acepción de Escatología. Hay que reconocer que muchas personas han podido resistir y rehacerse de grandes tragedias gracias a sus creencias laicas o religiosas, y entre las últimas lo escatológico tendrá casi seguro un lugar importante.

Permítaseme la broma pero aquellas personas en las que la dimensión religiosa es un punto importante para su resiliencia, y sobre todo si son cristianas, aspiran a la Gran Resiliencia que sería: la Resurrección.

Quien ha seguido la trayectoria vital de Tim Guenard más allá de leer su libro “Más fuerte que el odio” sabe que aunque la resiliencia, según él mismo, se debió a una serie de encuentros personales reparadores, en la actualidad él atribuye los mismos u orienta su vida en función de su creencia en lo que el llama el “Big Boss” (El gran Jefe)

Pero ¿sería posible una resiliencia en el sentido escatológico de la fisiología? No conozco un caso en sentido literal pero sí un caso donde el mecanismo psicológico esencial para la resiliencia (no la adaptación) se rige por una metáfora clara con la fisiología de las sustancias de desecho de nuestro cuerpo.

Y esto ha sido gracias a la editorial Herder que acaba de traducir y publicar la obra “El quinto principio. Experiencias de lo innombrable” (el subtítulo no es original pero sí ilustrativo). Se trata de un pequeño libro de Paul Williams que es un reputado psicoanalista británico.

No es fácil encontrar referencias personales a él en Internet aunque sí muchas sobre su obra escrita y su labor como coeditor durante siete años de la International Journal of Psychoanalysis.

Pero no importa porque con esta obra y otras dos todavía no traducidas sobre su adolescencia y su vida adulta Paul Williams ha contado a quien quiera leerle la historia del brutal maltrato que recibió junto con dos hermanas (una de ellas murió a los pocos meses de nacer) por parte de sus padres. Aunque en realidad sería más ajustada la expresión “brutal NO trato”

El libro no es exactamente un relato de los hechos sino el resultado de un largo proceso de autoanálisis (tras años de experiencia en los dos lados del diván). Por ello encontrarás en las páginas del libro párrafos de muy difícil comprensión, al menos para mí, pues creo que se transmiten ideas para las que quizá la mayoría de nosotros no tengamos pistas suficientes para la descodificación. Pero también otros, en los que describe sus experiencias, cuya concreción es casi insultante.

De hecho había pensado hacer esta reseña copiando algunos párrafos o frases de la descripción de su escalofriante experiencia (al nivel de lo ya leído en el libro del propio Guenard o de “El niño sin nombre”  de Steve Pelzer). Pero hay dos problemas para ello. Uno, y menos importante, el post saldría de una longitud para mi gusto inadecuada. Dos, necesitaría horas para decidir qué frases o párrafos reflejarían mejor la intensidad de los malos tratos. Y no precisamente por (como en el caso de Pelzer) las formas rebuscadas de castigo, sino por la intensidad del desamor.

No creo que el autor haya escrito esta obra como un intento desesperado de entender a sus padres, algo que deja ver que no le llevó siempre al resultado esperado. Creo que se trata más de compartir los principios rectores de su identidad y de su comportamiento que se generaron en su situación particular. Cinco Principios que si me atrevo a reproducir, incluso el que da nombre al libro y que en alguna otra reseña han considerado que debían ocultar como si estuviéramos ante una película de suspense (de terror sí, pero de suspense no entiendo por qué)

1. Todo lo que digo y hago está mal.

2. No creo en lo que me dicen. La verdad es lo opuesto a lo que me dicen.

3. La rabia me mantendrá vivo.

4. Si trabajo duramente, el doble que los demás, tal vez logre llevar una vida que se aproxime a una vida normal.

5. ¡A la mierda!

Y en este “quinto principio” es donde aparece la resiliencia fisiológicamente escatológica. Reconozco que no sé si he conseguido entender la verdadera naturaleza de este principio y he tenido que leer alguna reseña de algún psicoanalista para entender que la “solución” de Paul Williams es extraña ( y controvertida entre los del gremio psicodinámico) pues cabalga al límite de la disociación.

Leo en Wikipedia (a mi el título de psicólogo me tocó en una tómbola) que la principal característica de todos los fenómenos disociativos consiste en el distanciamiento de la realidad, en contraste con la pérdida de la realidad, como ocurre en la psicosis Y también “una sintomatología donde elementos inaceptables son eliminados de la autoimagen o negados de la conciencia”.

¿Es que Paul Williams ha decidido imitar a gran parte de sus pacientes, muchos de ellos psicóticos? ¿Ha cerrado el círculo? (“Yo debí ser un psicótico pero conseguí ser un sanador de psicóticos pero para sanarme a mi mismo voy a imitar a mis pacientes mandando a la mierda (expulsando de mi mismo) lo que viví) 

No tengo formación en psicoanálisis pero da la impresión que la expresión ¡A la mierda! como principio de supervivencia (y quizá reconstrucción)  mental es como una una especie de disociación lúcida o quizá también, una disociación estratégica. No puedo negar lo que me pasó pero puedo… expulsarlo de mí.

Al fin y al cabo ¿no es lo que hace nuestro cuerpo? Cuando ingerimos algo nuestro organismo intentará aprovechar todas y cada una de las sustancias que lo componen. Y para ello tendrá que hacer un complicado y refinado proceso por todo el aparato digestivo. A pesar de lo cual una parte de lo ingerido resultará “indigerible”. Y todos sabemos cómo y dónde acabarán esas sustancias.

Y me viene a la cabeza una ocasión en que Trufa, una perra que vive con nosotros, estuvo a punto de morir por tragarse una cabeza de plástico de un muñequito de Caillou (¿quien dice que es un personaje angelical?). Le obstruyó el intestino y casi la palma. Porque el plástico no se digiere. Hasta que, unos días después y con vigilancia veterinaria, consiguió ca….

Paul Williams ha pasado años y años intentando digerir experiencias inhumanas para, al parecer, llegar a la conclusión que hay cosas que ni la mente más preparada puede asimilar. Pero ¿quien ha dicho que haya que digerirlo todo para continuar con una vida satisfactoria y productiva para si mismo y los demás? No será que todo eso simplemente hay que mandarlo… ¡A la mierda!

Creo que no me equivoco mucho cuando insisto en charlas y cursos que no es lo mismo resiliencia que curación. Quizá Paul no esté técnicamente  curado ¿Y?

Pero prefiero terminar el post con una idea del propio Paul Williams que me parece que los profesionales de la protección de menores no deberíamos olvidar.

“Además, cada maltratador es diferente, lo que significa que, para establecer la verdad, se necesita una investigación detallada de las circunstancias de cada caso. Obviamente, los temas aparecen, como sabe cualquiera que estudia la literatura existente sobre abuso infantil, pero no expresan la experiencia del niño implicado.” (pag. 44)

Espero recordar esta última frase cada vez que “me pase de listo” y crea que ya he entendido del todo a alguno de los niños y niñas con los que trabajo. Necesitamos teorías, modelos y conocimientos para trabajar con ellos y para ellos pero difícilmente podré conocer su experiencia profunda. Y quizá deba estar abierto siempre a trabajar con lo… inombrable.

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No hace falta que te guste el rugby para quedarte asombrado viendo alguno de los videos que recogen las mejores jugadas del ex-jugador neozelandés Jonah Lomu. Aquí te dejo un video pero si no tienes tiempo, tu conexión es mala o no te apetece te cuento yo mismo lo que verás en él.

Verás a un tipo originario de Toga (Polinesia) de 1,96 metros de altura y 120 kg de peso (lo que se suele decir “un armario ropero”) correr como si fuera un velocista (100 metros en 10´3 segundos) y a veces incluso con dos o tres contrincantes enganchados a él sin conseguir pararlo. También verás que, aunque es extrañamente ágil para su tamaño, a Jonah no le va mucho eso de esquivar. Prefiere simplemente derribar al que pretende pararlo. Para qué cambiar de rumbo si, antes de que me cojan, puedo cogerlos a ellos y empujarlos o desequilibrarlos. Y si no puedo y un tipo se interpone en mi camino siempre queda el recurso de seguir corriendo y pasar por encima de él.

Puede parecer que esta asombrosa capacidad para seguir adelante a empujón limpio se deba sólo a su envergadura y velocidad. Pero hay una explicación más. Jonah proyectaba en el campo de rugby una ira interna acumulada a lo largo de su infancia (es é y no yo quien lo dice). La ira contra un buen padre que cuando bebía, y lo hacía frecuentemente, se convertía en un hombre violento y maltratador.

En un documental sobre él reconoce que su infancia no fue normal y que se crió en un barrio muy difícil, donde vio morir acuchillado a un amigo, y donde se iba a dormir debajo de un puente cuando sus padres se peleaban. Pero lo que más le costó aceptar fue que su padre cada vez que bebía se convertía en un monstruo.

Cuando su madre se interponía, lo que ocurría casi siempre, la que recibía era ella, algo que golpeaba el alma de Jonah con igual violencia o más violencia que los puños de su padre.

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Es curioso pero el otro día volví a ver en televisión la historia de Michael Oher, también jugador de rugby (esta vez americano) y donde se refleja (la película es The Blind Side) como la rabia interior puede canalizarse en la práctica del deporte.

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Pero volviendo a la historia de Lomu hay que señalar que no sólo es una historia de recibir y dar golpes sino también de los golpes de la vida, que a veces también parece beber lo suyo.

En plena carrera deportiva a Jonah Lomu se le diagnosticó una enfermedad en sus riñones que le obligó a la diálisis y le sentó en una silla de ruedas. Dicen que Jonah rechazó cualquier trato de favor por su fama cuando estaba en espera de un donante de riñón. Finalmente, en un acto de esos que te dejan con la boca abierta, un periodista amigo suyo le  ofreció uno de los suyos. La noche antes del trasplante Jonah trató de disuadirle pero fracasó. Lomú se recuperó y volvió, tras cuatro años inactivo, a jugar al rugby pero ya no al nivel que antes.

Una historia que ADIDAS recogió en un spot para su campaña “Nada es imposible”.

No hay que quitarle  un ápice de mérito a Jonah, pero el anuncio hubiera sido mucho más realista si hubiera aparecido en él Grant Kareama, el donante del riñon. Me hubiera gustado más si el lema hubiera sido “Nadie es imposible… Ni aunque cueste un riñon”

En todo caso Jonah (“With the little helps from my friends”) consiguió zafarse de la muerte. Pero hace dos años la vida le volvió a placar y sus riñones dejaron de funcionar. Volvió a la diálisis.

No he podido averiguar si se le ha realizado un segundo trasplante pero internet demuestra que está vivito y coleando. Por lo visto sigue a trompazos con la vida. En una entrevista reciente, y a sus 38 años, ha manifestado:

Los últimos dos años (con 6 horas de diálisis 4 días a la semana) han sido un infierno. Ha habido días en que sólo he querido que todo se detuviera, días que no quería vivir más. Así que tener a los niños y Nadene (su mujer) me ha salvado. Sin ellos, simplemente no estaría aquí”. Estas declaraciones pueden parecer una simple expresión de agradecimiento y cariño. Por eso impacta cuando ves que no, que para Jonah es algo concreto y objetivable: “Mi meta es llegar a  los 21 años de los chicos. No hay garantías de que va a pasar, pero es mi objetivo ” En el rugby siempre hay un objetivo claro: cruzar la línea de ensayo. Así que Lomu parece haber cogido un carro de cal y haber marcado la linea de ensayo para su propia vida.

En la misma entrevista reconoce el papel fundamental de su mujer en su vida hasta en temas tan íntimos como la reconciliación con su propio padre que murió hace un año. De lo que en el documental “With Anger Within” (“Con ira dentro”) comenta que lo hizo por “construir un puente entre sus hijos y su abuelo”. Un gran ejercicio de altruismo: comerse el propio orgullo y dolor para regalarles un abuelo a sus hijos.

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Al acabar de contar toda esta historia descubro que para conseguir puntuar en la vida no sólo basta la fortaleza sino que se necesita un buen equipo. Jonah Lomu fue un prodigio fisíco pero no nos olvidemos que jugó en el estadio en los míticos All Blacks. Y que tuvo la fortuna de saludar a Nelson Mandela en la famosa final de Copa del Mundo de 1995 en Sudáfrica algo que le dejó huella.

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Y en la vida, y que sepamos, ha jugado con una madre que recibió los golpes por él; con un amigo que le donó un riñon; con una mujer que le guió hasta su padre; y unos hijos que le marcan la línea de ensayo.

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