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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Espero poder presentar pronto Disparefuturo 2.0.Pero antes debo darle la puntilla a la versión actual.

Soy un afortunado que acabó trabajando como funcionario en algo que deseaba y para lo que no me esforcé ni un pimiento. Así empecé a trabajar en esto de la Protección de Menores y pronto descubrí que era muy complicado y que cuanta más experiencia acumulabas menos claro lo tenías todo.

Luego se nos ocurrió en casa hacernos familia de acogida. Por pura inconsciencia. Sin saber lo que hoy sé: que eso no significa acoger a un niño o niña sino todo lo contrario. Que la realidad de ese niño o niña y todo el sistema de protección es el que acoge a tu familia, perdiendo parte del control que tu creías tener sobre la misma (yo le llamo Encogimiento familiar”)

Así que cree Diseñando Pasados Recordando Futuros pera “resiliar”: resistir y rehacerme de trabajar y vivir en un tema tan especial. Podría pasarme el día discutiendo con compañeros y compañeras (es a lo que dedicamos el 80% de nuestro tiempo los técnicos de menores). Podría desesperarme de decisiones que no entendía. Podría cargarme de un saco de fracasos de los que no sabría excusarme. Y por supuesto podría cansarme de hacer propuestas en el vacio. Pero nadie me podría impedir pensar y comunicarme. Eso es lo que me aportó durante varios años este blog.

Es curioso que muchas veces la resiliencia requiere romper el silencio (muchos textos de Boris Cyrulnik hablan del segundo golpe que produce un contexto que te encierra en el silencio) Pero, sin embargo, otras veces la resiliencia pide el silencio (Me acuerdo de Louis Zamperini a quien las conferencias sobre su experiencia militar heróica llevó al alcoholismo) Así que hace unos meses cerré el blog por resiliencia y me limité a cumplir unos compromisos con Milly  y Olga.

Pero el último post había sido “Acogimiento familiar: Cuestión de p_lot_s” en el que hacía una metáfora entre el sistema que regula la aviación civil y el acogimiento familiar de menores. Yo sabía que era el primer post de una serie en el que iba a intentar demostrar mi hipótesis de que las familias no acogen a los menores sino que ellas son acogidas en un sistema muy complicado y muy difícil de entender y aceptar en muchas ocasiones.

Pero no fue hasta unas semanas después cuando un comentario de Marta Llauradó del blog  urgènciaidiagnòstic pensar i repensar els acolliments familiars d´urgecia i diagnòstic me hizó pensar que la metáfora se iba a interpretar mal. Lo publiqué, le contesté y en privado le pedí permiso para usarlo en un post.

Este fue su comentario, que no dejo de agradecer (me he permitido traducir al catellano un fragmento que ella escribió en catalán):

Hola Javier.
Soy Marta del blog urgenciaidiagnostic.
Este post lo leí en su momento cuando lo publicaste y tengo que decir que, aunque tus aportaciones me parecen, en general, interesantisimas, en este caso tu texto me resultó inquietante por su excesivo mecanicismo. Quise hacer un comentario, pero me reprimí al leer el post en el que te dabas temporalmente de baja.

Días después tuve la oportunidad de escuchar una conferencia de Alberto Rodríguez González (Programa de Apoyo al Acogimiento Familiar en el País Vasco) en la que manifestaba lo siguiente:

  • Hay tantos modelos de intervención en Acogimiento Familiar como Comunidades Autónomas y tantas maneras de pensar el Acogimiento Familiar como profesionales que intervienen. No puede ser. No existe una cultura compartida del Acogimiento Familiar.
  • Un número excesivo de profesionales hacen el seguimiento administrativo y un número reducido y de escasa experiencia que hacen la intervención directa- Ausencia de dirección. Numerosos conflictos personales entre los profesionales por invasión de competencias. Necesidad de reducción, simplificación y unificación.

(INTERVENCIÖN DE ALBERTO RODRIGUEZ PARA ADAFA)

Mi experiencia como acogedora estaría más de acuerdo con lo expuesto por Alberto, que con el contenido de tu post. Dentro de este, el párrafo dedicado a los acogimientos de urgencia y diagnóstico es el que me resultó más inquietante: ” el niño o niña no se quedará en casa pase lo que pase”. Mi experiencia es que, por demora de las actuaciones de ese avión burocrático tan grande al niño le pasan cosas tales como que se encuentre esperando la decisión de pasar a acogimiento pre-adoptivo por parte de la compañía aérea tanto tiempo que acaba por apegarse a su familia de acogida. Y lo hace con tal intensidad que cuando llega el sí o sí, el niño no vuela sino que se estrella emocionalmente. Que te puedan reparar, o que tengas capacidad de resiliencia no justifica que te agredan.

No pretendo que publiques este comentario. Sólo que no tengo otra forma de “discutir” contigo. Un saludo afectuoso.

Me apresuré a contestarle:

Hola Marta. Me temo que no vamos a discutir.. jaja.. porque aunque no te lo creas ¡estoy de cuerdo contigo! Pero si me das permiso te lo explicaré en un nuevo post. Gracias por esta interesantísima aportación.

Y algo más de un mes después aquí estoy. Dándome cuenta de que no podía abrir Disparefuturo 2.0. (en el que no habrá protección de menores o no de la misma forma) sin aclarar lo siguiente (lo hago en puntos concretos para no alargarme)

1.- Las metáforas sirven para ayudarnos a entender otra realidad. Por tanto deben reflejar LO QUE ES. Está metáfora, sin embargo, refleja LO QUE NO ES PERO QUIZÁ DEBERÍA SER. Más que una metáfora es una utopía.

Es por esto que puede ser fácilmente malinterpretada. Y es que nació precisamente para contestar una pregunta muy concreta “¿Cuál es el papel de las familias de acogida en este puto maremagnum? (perdón por el taco) Y pretendía transmitir algo así como: “concentrate en pilotar” o te vas a volver mico. Haz bien lo que te toca, no hagas lo que no te toca, y no dejes que otros (profesionales, vecinos, familiares, profesores…) te mareen. Que lo van a hacer.Y si estás pensando en entrar a jugar a este juego, que sepas lo que hay.

2.- Otro peligro de esta metáfora es el de dónde sitúa a la familia de el o la menor. Colocarla como una simple condición atmosférica más es sencillamente desafortunado, injusto y peligroso. Plantear un acogimiento como un vuelo “sobre” o “a pesar” de la familia del menor es un malísimo comienzo, porque para eso ya hay otras medidas e protección como el acogimiento preadoptivo (ahora guarda con finalidad adoptiva) o la misma adopción.

3.- En el sistema de la aviación civil lo que se transmite entre la personas implicadas es fundamentalmente INFORMACIÓN. Cuando al comandante de un avión la torre de control le asigna pista para aterrizar contesta algo así como “Entendido” “Recibido” y no contesta “Gracias, majos”. Y el controlador aereo no piensa: “el gilipollas este ni me lo agradece”.

En el sistema de protección, y especialmente en el de acogimiento, lo que circula por el sistema son fundamentalmente EMOCIONES Y SENTIMIENTOS que a veces llevan un poquito de información (la idea no es mía sino sacada de la frase de Cyrulnik: “las palabras son trozos de emoción que a veces llevan algo de información”)

Cuando un técnico de menores coge una llamada de un o una acogedora que le dice “Hola, soy tal, por fin me hago contigo…” el cerebro superior del primero ya ha pensado “pues yo no me estaba tocando los…” y a su vez su amigdala le grita “¡Alerta, alerta!…a ver que marrón me cuenta este…” (el otro día una familia me llamó para decirme que ya había solucionado una cosa pero yo ya tenía el susto en el cuerpo)

Y si en una visita de un o una técnico la familia acogedora le cuenta  algo que les está haciendo sufrir, y este o esta empiza “Vosotros lo que teneis que hacer es…” el resto de la conversación sobra porque probablemente la familia ya no se va a SENTIR acompañada.Habrá desconectado.

Creo que estos tres puntos son suficientes para aclarar que el post de referencia tenía que haber sido la puerta de entrada para analizar todo lo que NO funciona en el sistema de protección de menores y del acogimeinto familiar. Si alguien lo ha interpretado como una descripción tiene, como Marta, todo el derecho a tirarme tomates.

Espero Marta que ahora sí puedas estar algo más de acuerdo conmigo y que sepas que gran parte de lo que pienso ahora lo aprendí precisamente de Alberto Rodriguez a quien admiro y  cito cada vez que tengo ocasión (os recomiendo el video de Vimeo)

Y, por fin, mato esta versión del blog con una confesión: Lo retiro. El acogimiento familiar no es cuestión de pilotos sino que, por el momento, sí es CUESTIÓN DE PELOTAS Y OVARIOS.

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Cerrado por resiliencia

Siempre he dicho que mantener este blog, junto con dar alguna charla, curso, etc era un mecanismo para resistir y rehacerme de trabajar en un tema tan complicado como la protección de menores en un sistema que no funciona nada más, y como mucho, medio bien. Y este mecanismo ha funcionado porque, al igual que la creatividad, la elaboración intelectual es una potente arma para la resiliencia. Nadie te puede impedir pensar.

Además descubrir, de mano de Boris Cyrulnik, el fenómeno de la resiliencia trajo aire fresco a un campo en donde el esquema que yo había conocido era: negligencia y maltrato – secuelas – nada más o catástrofe. Los ejemplos de resiliencia me volvieron a hablar de esperanza. Una esperanza realista pues la vida te cierra puertas pero muchas veces te abre otras que no esperabas. No todo depende de mi – No todo está perdido.

Pero esta vez, en mitad del sufrimiento personal y familiar por precisamente haber cruzado la frontera del profesionalismo intentando ayudar a menores en desamparo, hacen que la sóla idea de reflexionar sobre el acogimiento familiar de menores y la resiliencia me duela en el alma.

Es el momento de apoyar la cabeza no en si misma sino en el hombro de los que nos quieren y de refugiarse en otra potente arma para resistir: la trascendencia. He procurado que mis creencias no fueran un inconveniente para quien quisiera entrar en este blog. Por eso no las expondré en estas “páginas” pero me refugiaré en ellas para encontrar sentido al dolor y la sensación de sinsentido.

Es por eso que este blog esta vez va a estar cerrado, por el momento, por resiliencia.No es cuestión de estrés o incapacidad para mantenerlo. Esta vez es cuestión de supervivencia. Tengo algún compromiso de publicar algún texto que me han mandado. Eso si lo haré por respecto a su autora.

Un abrazo hasta que pase la tormenta.

 

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Si tras ver el título has empezado a leer es porque, de alguna manera, te interesa el tema del acogimiento familiar

Así que ahora te pido que pienses en la última vez que viajaste en avión.

Parece sencillo. Compras un billete, te presentas en el aeropuerto, te subes a un avión y ya está. Pero la realidad es muchísimo más compleja. Tú y yo podemos viajar en avión gracias a un sistema organizado a nivel internecional, nacional y local que implica a miles y miles de personas.

Cualquier variación en una parte del sistema, que ni siquiera conoces o sabes que existe, puede acabar afectándote: los precios de los billetes suben o bajan; llegas con retraso o ni siquiera llegas a volar.

1.- En primer lugar, si no hubiera unas normas internacionales y nacionales que regularan la aviación en general y la comercial en particular, los pasillos aéreos, etc nadie nos atreveríamos a subir a un avión.

trafico-aereo

En acogimiento familiar de menores también necesitamos (y tenemos) unas normas (códigos, leyes, decretos, órdenes…) al menos nacionales y autonómicas, que lo definen y enmarcan. Si no fuera así no podríamos distinguir el acogimiento de menores de un secuestro.

Supongo que el acogimiento de niños y niñas existe desde el principio de la humanidad pero hoy en día hacer un acogimiento al margen de lo establecido en las normas civiles sería una verdadera temeridad.

2.- Son fundamentales también los controladores aéreos. Los aviones son seguidos en todo momento por radares para garantizar al máximo la seguridad de cada vuelo. Todos sabemos, o hemos vivido en nuestras propias carnes, lo que significa una huelga de controladores aéreos.

controladores

Los acogimientos familiares necesitan de técnicos de la Administración que controlan que determinado acogimiento familiar es la mejor medida de protección para el menor en función del plan del caso que se haya establecido. Y, en definitiva, avalan que ese acogimiento es autorizado y respaldado por el organismo competente en protección de menores.

Por cierto, cuando se ponen de baja, se toman vacaciones, o son muchos menos de los que deberían haber también repercute en los acogimientos en vuelo o en los que tienen que despegar.

3.- De nada serviría que existiera todo lo anterior si no hubiesen compañias aéreas dispuestas a fletar aviones para cubrir determinados destinos. Ellas se beneficían, pues son un negocio,  y de paso nos brindan una posibilidad de llegar a sitios donde de otra manera sería costoso o imposible.

Al menos en España, las Comunidades Autónomas son las encargadas de promover y posibilitar en acogimiento familiar, especialmente aquel realizado por familias ajenas al niño. Así, por ejemplo,  hace tan sólo 25 años no en todas las autonomías españolas el acogimiento familiar de menores era algo real.

Al poner el recurso en marcha las Comunidades Autónomas salen beneficiadas (se ahorran una “pasta” frente al acogimiento residencial) y los menores, no cabe duda, también.

4.- Los aviones comerciales no despegan sin un plan de vuelo. No te subes al avión y se hace una encuesta entre los pasajeros para decidir el destino. El destino y la ruta del avión está bien definidos desde mucho antes de despegar y no depende ni de los pasajeros ni de la tripulación (excepto emergencia, claro está)

Cuando se decide que un menor esté acogido por una familia se supone que se hace en el marco de un plan del caso. Se ha determinado si es para que vuelva con su familia en un tiempo; si es hasta su mayoría de edad o si es para darle unos padres nuevos. A veces el destino puede cambiar durante el viaje porque acontecen cosas que no pudimos o supimos controlar.

Incluso se ha creado un acogimiento para cuando todavía no hay plan: el acogimiento de urgencia-diagnóstico. Curiosamente las familias que se ofrecen para este tipo son las que menos niveles de incertidumbre tienen: el niño o niña no se quedará en casa pase lo que pase.

5.- Las condiciones atmosféricas pueden facilitar o complicar los vuelos.

No será lo mismo un acogimiento familiar con la aceptación y colaboración de la familia de el o la menor que sin ella. Ni con la ayuda de los servicios sociales implicados o sin ella. Ni con la comprensión y el apoyo de la sociedad en general (“cultura del acogimiento“) que con su extrañeza o incluso su suspicacia.

6.- De momento un avión no vuela sólo todo el rato (si gran parte del vuelo). Se necesita una tripulación y especialmente de pilotos.

pilotos

Si eres familia acogedora, tu eres el/la piloto del acogimiento. ¡Ni más! ¡Ni menos! Y eso significa que hay cosas en la que eres soberano o soberana para decidir (una determinada maniobra, una actuación de emergencia…) y otras en las que, si todo va bien, no tienes opción de decidir (el destino o la ruta, por ejemplo)

7.- Pero los y las pilotos no pueden atender ellos solos al pasaje. Necesitan otras personas para completar la tripulación: los y las auxiliares de vuelo. Imagina que los pilotos tuvieran que servir el catering. Por mucho piloto automático que haya en los aviones nadie nos sentiríamos tranquilos pidiéndole un café al comandante de la aeronave.

auxiliares

Tus hijos, si los tienes, te acompañan en el acogimiento. También los familiares, amigos y conocidos te echan una mano en la atención al niño o niña acogida. Y a conciencia incluyo a los y las profesoras (más de la mitad de tu energía psiquica se va a consumir con cuestiones del ámbito escolar)

Tu mandas en el vuelo pero como el resto de la tripulación se te subleve te la pueden liar parda.

8.- Y para que tu avión haya despegado se ha necesitado un ejercito de personas que han tenido que hacer algo previamente o regularmente con el avión y los pasajeros: limpiarlo, repostarlo, revisarlo, arreglarlo, registrar y cargar los equipajes, comprobar los billetes… (personal de tierra, mecánicos, auxiliares de limpieza…)

mecanico

La Administración suele poner a disposición de los acogimientos equipos multidisciplinares para que estos lleguen a buen término. Su función es apoyar, mediar y controlar. No pilotan y no vuelan (no acogen) y no parecen esenciales. Pero un fallo de ellos puede poner en graves problemas un vuelo.

9.- Y todo esto sólo tiene sentido para llevar pasajeros. Puedo asegurar que nunca habrá una compañía que haga un puente áereo entre Valencia y Alicante porque tenemos opciones de hacer el viaje en coche, autobus o tren en menos tiempo del que nos llevaría el viajar en avión (incluyendo el tiempo previo necesario)

No tiene sentido promover el acogimiento de un o una menor para una situación que se puede solucionar con una ayuda económica a su familia, o con un auxiliar de ayuda a domiclio o con un centro de día de menores.

Los menores acogidos son indudablemente los beneficiarios de todo este complejo sistema. Pero que no se nos olvide que no todas las personas pueden volar. Las que tienen fobia grave a ello, las que tienen problemas coronarios muy serios; las borrachas y los terroristas no deben hacerlo. ¿Todo niño es acogible?

Esta metáfora, como toda metáfora, es imperfecta pero a mi ayuda a entender varias  cosas. Apunto solamente 4 de ellas.

A) La complejidad del acogimiento familiar de menores. Si piensas que acoger es tan sencillo como meter a un niño o niña desconocido (o hijo de un familiar) en tu casa para cuidarlo y quererlo, quizá también puedas atreverte a pilotar un Boing 747, el famoso “Jumbo”.

747

B) Sin pilotos no sirve de nada tener aviones. Pero sin el resto del sistema subir a un avión sería tan arriesgado como meter una bala en un revolver, girar el tambor y dispararse en la sien.

C) Está demostrado que la mayoría de los accidentes aéreos tienen una multicausalidad. Cada fracaso de un acogimiento (habría que analizar lo que es eso) está provocado por un fallo generalizado del sistema o un fallo múltiple en el mismo.

D) Si eres piloto lo mejor que puedes hacer por el niño o niña es pilotar bien. Si eres controlador, controlar bien. Si eres mecánico, arreglar. La cosa se pondrá mal si el mecánico, pilota; el piloto, controla el espacio aéreo, y el controlador arregla las averías.

En definitiva, en mi humilde opinión, ser familia de acogida no es cuestión de pelotas sino de pilotos.

Ahi lo dejo. Por si te sirve.

Y si no, lo tiras a la papelera de métaforas fallidas.

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Alguna vez, pocas gracias a Dios, me han presentado ante un auditorio como experto en resiliencia o en protección de menores. Me he sentido muy incómodo. Naturalmente mi vanidad se ha inflamado entusiasmada por un momento. Pero en milisegundos se ha deshinchado porque soy consciente de que yo no soy experto. Y no por humildad, sino por evidencia. En resiliencia, ni por asomo. En ese terreno sólo soy curioso. Y en protección de menores lo que me pasa no es que sea experto. Es que estoy resabiado. Que es muy distinto.

Es algo que, como casi siempre, descubro de la confluencia de experiencias personales y lecturas aparentemente sin relación.

Anoche empecé a leer el libro “Freakonomics” de Steven D. Leavitt y Stephen J. Dubner (Ediciones B) con el subtitulo “Un economista políticamente incorreto explora el lado oculto de lo que nos afecta”.

En la introducción los autores ponen varios ejemplos de fenómenos humanos a los que solemos dar una explicación sencilla pero que los datos se empeñan en demostrar que estamos equivocados. Eso es debido a que Levitt es un jóven y brillante economista al que no le interesa la macroeconomía sino la utiidad del análisis económico para entender lo que ocurre en la vida cotidiana de las personas.

Por ejemplo, casi todos confiamos la venta o compra de nuestras casas a agentes inmobiliarios en la creencia de que son expertos en el mercado y que su interés es el nuestro. Pero los datos no demuestran esto.

Los autores tuvieron acceso al registro de 100.000 ventas de viviendas en la ciudad de Chicago. Dentro de las cuáles 3.000 correspondían a viviendas de los propios agentes inmobiliarios. Los datos demuestran que los agentes inmobiliarios venden sus casas por precios mayores que las de sus clientes y que casi nunca aceptan la primera o segunda oferta, pero sí suelen aconsejar a sus clientes que lo hagan.

Hay una explicación muy clara. El agente inmobiliario es experto. No cabe duda. Pero hay un momento que su interés y el de su cliente entran en conflicto. Si yo quiero vender mi casa por 200.000 euros, la agencia se llevará, por ejemplo, 1.200 euros (según el libro el porcentaje habitual está alrededor del 6%). Si aparece un vendedor que ofrece 170.000 y vendo, yo perderé 30.000 euros (que darían para comprarme un coche, por ejemplo) y el o la agente dejará de ganar 198 euros (¿una buena cena familiar?) pero seguirá ganando 1.002 euros. Si la casa fuera suya seguramente mantendría el precio inicial en espera de otro cliente. Si yo fuera el agente inmobiliario, aceptaría a la primera. Nuestros intereses comunes se han desajustado.

Y pensaba yo si en protección de menores, un campo donde lo que se hace es tomar constantemente decisiones no podrá ocurrir lo mismo que en la venta inmobiliaria. Es decir, que en la toma de decisiones de los expertos (entendiendo estos simplemente como los que llevamos mucho tiempo trabajando en esto) se propongan cosas que, no es que perjudiquen a los menores, pero que en realidad nos proporciona a nosotros  una “pequeña tajada”. No me refiero, claro está, a una ganancia económica. Como explican Levitt y Dubner en su libro los incentivos pueden ser materiales, sociales o morales.

Siendo sincero tengo que responderme a mi mismo que sí. Qué quizá muchos menores están teniendo mala suerte a la hora de que sus vidas caigan en manos de profesionales (y me pongo el primero de la lista) no sé si expertos pero sí resabiados. Profesionales que llevamos a las propuestas no sólo el interés superior del menor sino también el interés, no tan superior, de mi institución, la entidad para la que trabajo, mis compañeros y compañeras o quizá, el propio (aunque sólamente sea el de la superioridad moral sobre los otros profesionales). Estoy seguro de que muchas veces el interés superior del menor más el interés inferior del profesional producen verdaderas distorsiones de los casos.

Precisamente por seguir en activo en este campo no puedo ni debo poner ejemplos concretos pero si señalar algunos fenómenos para mí, por desgracia, habituales (y vuelvo a incluirme como protagonista):

  • Coordinaciones que no se hacen simplemente por evitar una relación directa con otros profesionales. Puede haber una evidente ganancia en no tener que relacionarte con según que otros seres humanos. Porque no me caen bien o porque simplemente no me apetece.
  • Reuniones de coordinación a las que no se va aprender más del caso sino a convencer a los demás de mi visión del mismo.
  • Reuniones donde todos y cada uno de los participantes consideran que ellos tienen criterios pero los demás simples opiniones.
  • Propuestas para menores que no elijen el mejor camino para ellos y sus familias sino para el menor y para nosotros (al igual que los agentes inmobiliarios) O propuestas que ya no hacemos simplemente porque ya no creemos en los milagros (no divinos sino humanos)

Quiera o no quiera lo tengo que dejar ahí. Y cómo lo más probable es que no te dediques a la protección de menores te planteo que lo proyectes sobre tu trabajo si es que te dedicas de algun modo a la relación de ayuda. Y si ni siquiera eso ¿eres padre o madre? (es la gran relación de ayuda aunque no sea profesional)

Las actuaciones de las y los profesores ¿son siempre pensando en el o la alumna? ¿Las personas que trabajan en sanidad siempre miran por el o la paciente? (Levitt y Dubner aseguran que hay datos que demuestran que cuando los ginecólogos privados tienen menos partos acaban haciendo más cesáreas)  O cuando tu hija o tu hijo te pide ayuda para resolver un problema y le dices que tiene que intentar resolverlo él o ella sóla ¿es realmente así? ¿O puede tener que ver que has tenido un día agotador y te acababas de sentar a leer el periódico?

Se me ocurre una pregunta para cribar un exceso de ganancias colaterales en las decisiones y actuaciones de la relación de ayuda: ¿Habrías dicho, hecho o pensado lo mismo si tu “cliente” “paciente” “usuario” fuera una sobrina, tio o prima tuya? Al menos en las peliculas a los médicos se les dice: “Doctor, si fuera su hijo el que tuviera que pasar por esa operación ¿que haría?” ¿Podría yo pasar un filtro semejante en todas las propuestas que he hecho o posturas que he mantenido? Lo dudo.

No pretendo demostrar que todos los sistemas para la relación de ayuda son perversos (aunque sí pueden pervertirse) Simplemente pretendo poner de relieve que en este campo de la relación de ayuda lo de que “la experiencia es un grado” es una frase vacía porque puede ser que lo sea o que sea todo lo contrario.

Reconozco que algunas veces he alardeado de llevar mucho tiempo trabajando en lo que trabajo. Pero que lo sepas. No soy un experto. Soy un profesional resabiado que no sé si es lo mejor para los casos en los que participo.

Quizá deba dedicarme a otra cosa.

Mientras tanto deberé vigilarme.

Al menos para que el lado oculto no llegue a ser el lado oscuro.

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Microcasos (7)

El arte de desconcertar

El discípulo le preguntó al maestro:

-¿Qué puedo decirle a alguien para ayudarle a ver las cosas de otra manera?

– ¿De qué manera? ¿Cómo las ves tú?- preguntó el maestro.

-¡No!… no… De la manera que le ayude a estar mejor.

-Quieres darle un nuevo punto de vista ¿pero no sabes cual?- volvió a preguntar el maestro.

El discípulo se sintió desconcertado:

-Sí… bueno… claro… visto así… quizá no sea posible.

-Déjame que te pregunte de nuevo- añadió el maestro- ¿ves esto igual que al principio?

-No, ya no.

-¿Te he dicho algo yo algo para que cambiaras tu punto de vista?

-No, maestro- y añadió con cara de entender- Usted sólo me ha hecho preguntas.

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Preguntas que ayudan

– ¡Tengo que dejar de comer tanto! No sé si podré.

– Tanto… ¿qué?

– Tengo que dejar de comer tanto… pan. ¡Venga! ¡Hoy no lo compro!

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Preguntas que relativizan

– ¡Estoy fatal!

– ¿Comparado con quién?

– Estoy…

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Preguntas “bisturí”

-¡Este niño esta fatal! ¡No se le puede aguantar! Habría que ver si es necesaria la medicación

-¿Para quién?

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La gran pregunta

-¡Dios mío!¡Este post es una mierda!

-¿Y?

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Neurotontería

Vivo a un tiro de piedra del Mestalla, el estadio del Valencia C.F. Pero literalmente. Desde mi balcón, y a pesar de que no soy ni jovencito ni estoy en buena forma física, podría hacer aterrizar una piedra en su tribuna principal.

Eso me permite conocer por el oido un determinado lance de un partido antes de que las imágenes lleguen a mi televisor. Cuando veo en ella que el arbitro pita para que el jugador del Valencia lance un penalty, yo ya sé si va a marcar o no en función de que haya escuchado o no un clamor estruondoso.

Y no es que yo oiga a un tipo cantar ¡Goooool! o a otro gritar ¡Arbitro, fuera de juego! Yo no escucho voces. En mi casa oimos una sóla voz o, mejor dicho, un sonido. El del estadio, el del público en general, sin entender una sóla palabra.

De esta manera, si a ti o a mi nos preguntarán por el resultado del Valencia nada más terminar el partido y sin haber tenido acceso a ninguna otra fuente de información, tu tendrás que recurrir al azar y yo podré basarme en mi experiencia en decodificar los sonidos del estadio.

Me parece indudable que mis probabilidades de acertar serían muy superiores a las tuyas, pero eso no significaría que mi conocimiento fuera muy fino. Los goles del Valencia probablemente no los fallaría (incluso podría adivinar un gol anulado) pero, en los del contrario por ejemplo, mi margen de error sería mucho mayor. También podría conocer si había sido un partido intenso, bronco, aburrido… pero no me pidas muchos más detalles. Ni alineaciones, ni cambios, ni tarjetas. En eso estaría como tú en mi conocimiento de lo ocurrido en el partido.

¿Es algo parecido a lo que está pasando con el auge o la moda de las neurociencias?

No me cabe duda que las técnicas de neuroimagenes se han acercado lo suficiente al funcionamiento del cerebro como para tirar una piedra y ver dónde cae. Pero ¿nos pueden contar ya, o de forma inminente, el partido de lo que pasa por nuestra mente como si estuvieramos dentro del estadio o viéndolo por la tele? ¿O simplemente nos permiten interpretar toscamente, desde fuera, los sonidos de miles de neuronas gritando?

En un programa presentado por Chicote se realizó un experimento (¡Vaya por donde!¡En Valencia!) Cuando a una persona dentro de un tubo de ¿resonancia magnética? se le daba una cucharadita de helado de chocolate se iluminaba una determinada área del cerebro (¡Gooool del Valencia!) Pero cuando se le daba una cucharadita de agua, nada ocurría. Se concluía que el chocolate parece estimular el área del cerebro asociada al placer. Pero de ahí a que un neurólogo adivine lo que he comido viendo una imagen de mi cerebro va un trecho ¿no?

Así que, por mi parte, bienvenidos sean los avance de las neurociencias pero no nos volvamos locos. Por eso me me he comprado con gusto un libro llamado “El cerebro idiota”  (Editorial Planeta,2016) donde su autor, el neurólogo Dean Burnett, mantiene que “para tratarse de algo supuestamente tan brillante y evolutivamente avanzado, el cerebro humano es bastante desordenado, falible y desorganizado”.

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Un argumento en la linea de un libro más antiguo: “Kluge. La azarosa construcción de la mente humana” (Ed. Ariel, 2010) donde su autor, Gary Marcus, mantiene que el cerebro humano no es el resultado de un refinamiento evolutivo sino un conjunto de chapuzas (kluge en inglés) para conseguir su objetivo esencial que es la supervivencia. Algo que intentará aunque para ello deba engañarnos a nosotros mismos.

En todo caso el “El cerebro idiota” tiene para mi una virtud. Su autor tiene una característica bastante sorprendente. No sólo es científico sino también humorista. Basta leer la dedicatoria para darse cuenta del estilo del libro:

“Dedicado a todos los seres humanos con cerebro. No es fácil aguantarlo, así que ¡les felicito!”

O estos dos epígrafes del índice:

“La memoria es un regalo de la naturaleza (pero no tiren la factura de compra)”

“Las muchas maneras que encuentra el cerebro de mantenernos constantemente asustados”

Y teniendo en cuenta que me he desvelado a las tres de la mañana, cabreado con una mona por la toma de decisiones de un caso de mi trabajo, he decidido que además de lo idiotas que me parecen algunas personas debo contemplar que mi cerebro también lo es. Intenta convencerme de que me va la vida en que me hagan caso en mis propuestas o las de mis compañeros y compañeras.

No, imbécil cúmulo de neuronas mal alienadas, no me va la vida. Tampoco puedes asegurar presuntuosamente que le va la vida a los menores con los que trabajas. Quizá tu propuesta sea la errónea.

Ni parece buena idea ponerte como un niño pequeño enfadado, con los brazos cruzados y refunfuñar: ¡Yo así no juego!

Se trata, neurona solitaria, de escribir en un blog para resistir y rehacerte de trabajar en algo tan complicado, yendo a tortas dialécticas con todo el mundo y dónde no se quiere poner solución a lo que todos sabemos: las perversiones del sistema en la toma de decisiones tan importantes en la vida de los menores.

Pero en cualquier caso, se trata “puto cerebro” de que te duermas porque mañana trabajas. Poco, pero trabajas.

Así que dejemos que Emilio, al que aprecio muchísimo, detecte los probabilísimos errores del post y se lo agradeceremos dejándole el libro si le apetece leerlo. A ver si así a su idiota cerebro le deja de alterar la tensión arterial.

Vámonos a la cama.

 

 

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La relación de ayuda es algo muy sencillo: “tú necesitas ayuda, yo te la doy”

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¡JA! Al menos en la acción social esto casi nunca es así.

Pero al menos en la vida cotidiana la relación de ayuda es algo muy sencillo: “yo necesito ayuda y tú me la das!

¡JA!

¿Alguna vez te han ayudado sin que lo pidieras?¿Alguna vez te han ayudado sin que lo pidieras y, lo que es más, sin que realmente lo necesitaras? ¿Cómo te sentistes?

No hace falta que pienses mucho. Seguramente como algún miembro de la familia de la Señora Atareada (las negritas son mías)

Pienso en la señora Atareada, que falleció hace unos meses. Es realmente asombroso ver cómo su familia se ha recuperado del golpe. Ha desaparecido la expresión adusta del rostro de su marido, y ya empieza a reír. El hijo menor, a quien siempre consideré como una criaturita amargada e irritable, se ha vuelto casi humano. El mayor, que apenas paraba en casa, salvo cuando estaba en cama, ahora se pasa el día sin salir y hasta ha comenzado a reorganizar el jardín.
La hija, a quien siempre se la consideró «delicada de salud» (aunque nunca supe exactamente cuál era su mal), está ahora recibiendo clases de equitación, que antes le estaban prohibidas, y baila toda la noche, y juega largos partidos de tenis. Hasta el perro, al que nunca dejaban salir sin correa, es actualmente un conocido miembro del club de las farolas de su barrio. La señora Atareada decía siempre que ella vivía para su familia, y no era falso. Todos en el vecindario lo sabían. «Ella vive para su familia» —decían— «¡Qué esposa, qué madre!» Ella hacía todo el lavado; lo hacía mal, eso es cierto, y estaban en situación de poder mandar toda la ropa a la lavandería, y con frecuencia le decían que lo hiciera; pero ella se mantenía en sus trece. Siempre había algo caliente a la hora de comer para quien estuviera en casa; y por la noche siempre, incluso en pleno verano. Le suplicaban que no les preparara nada, protestaban y hasta casi lloraban porque, sinceramente, en verano preferían la cena fría. Daba igual: ella vivía para su familia. Siempre se quedaba levantada para «esperar» al que llegara tarde por la noche, a las dos o a las tres de la mañana, eso no importaba; el rezagado encontraría siempre el frágil, pálido y preocupado rostro esperándole, como una silenciosa acusación. Lo cual llevaba consigo que, teniendo un mínimo de decencia, no se podía salir muy seguido.
Además siempre estaba haciendo algo; era, según ella (yo no soy juez), una excelente modista aficionada, y una gran experta en hacer punto. Y, por supuesto, a menos de ser un desalmado, había que ponerse las cosas que te hacía. (El Párroco me ha contado que, desde su muerte, las aportaciones de sólo esta familia en «cosas para vender» sobrepasan las de todos los demás feligreses juntos.) ¡Y qué decir de sus desvelos por la salud de los demás! Ella sola sobrellevaba la carga de la «delicada» salud de esa hija. Al Doctor —un viejo amigo, no lo hacía a través de la Seguridad Social— nunca se le permitió discutir esta cuestión con su paciente: después de un brevísimo examen, era llevado por la madre a otra habitación, porque la niña no debía preocuparse ni responsabilizarse de su propia salud. Sólo debía recibir atenciones, cariño, mimos, cuidados especiales, horribles jarabes reconstituyentes y desayuno en la cama.
La señora Atareada, como ella misma decía a menudo, «se consumía toda entera por su familia». No podían detenerla. Y ellos tampoco podían —siendo personas decentes como eran— sentarse tranquilos a contemplar lo que hacía; tenían que ayudar: realmente, siempre tenían que estar ayudando, es decir, tenían que ayudarla a hacer cosas para ellos, cosas que ellos no querían.
En cuanto al querido perro, era para ella, según decía, «como uno de los niños». En realidad, como ella lo entendía, era igual que ellos; pero como el perro no tenía escrúpulos, se las arreglaba mejor que ellos, y a pesar de que era controlado por el veterinario, sometido a dieta, y estrechamente vigilado, se las ingeniaba para acercarse hasta el cubo de la basura o bien donde el perro del vecino.
Dice el Párroco que la señora Atareada está ahora descansando. Esperemos que así sea. Lo que es seguro es que su familia sí lo está.

Este texto tiene la misma edad que yo: 55 años porque fue escrito por C.S. Lewis en 1960

Aunque el texto lo conocí hace unas semanas leyendo su libro “Los cuatro amores” para ayudar a un hijo agobiado con el final del 2º de Bachiller. Podría comentar la historia de la Señora Atareada desde la perspectiva de este blog: la relación de ayuda. Pero mi inteligencia, al lado de la de este autor, es similar a la de un paramaecio. Así que dejaré que el mismo lo haga y concluiré el post. Ya habrá tiempo para usarlo si viene al caso.

Aquí está toda la cuestión: si tratamos de vivir sólo de afecto, el afecto «nos hará daño». Me parece que rara vez reconocemos ese daño. ¿Podía la señora Atareada estar realmente tan ajena a las innumerables frustraciones y aflicciones que infligía a su familia? Es difícil de creer. Ella sabía, ¡claro que lo sabía!, que echaba a perder toda la alegría de una velada fuera de casa cuando, al volver, uno la encontraba ahí sin hacer nada, acusadoramente, «en pie, esperándole». Seguía actuando así porque, si dejaba de hacerlo, se tendría que enfrentar al hecho que estaba decidida a no ver: habría sabido que no era necesaria. Ese es el primer motivo. Luego, además, la misma laboriosidad de su vida acallaba sus secretas dudas respecto a la calidad de su amor. Mientras más le ardieran los pies y le doliera la espalda de tanto trabajar, mejor, porque esas molestias le susurraban al oído: «¡Cuánto debes quererles por hacer todo eso!» Este es el segundo motivo; pero me parece que hay algo más profundo: la falta de reconocimiento de los demás, esas terribles e hirientes palabras —cualquier cosa puede herir a la señora Atareada— con que ellos le rogaban que mandara a lavar la ropa fuera, le servían de motivo para sentirse maltratada y, por tanto, para estar constantemente ofendida, y para poder saborear los placeres del resentimiento. Si alguien dice que no conoce esos placeres o es un mentiroso o un santo. Es cierto que esos placeres sólo se dan en quienes odian; pero es que un amor como el de la señora Atareada contiene una buena cantidad de odio. Lo mismo sucede con el amor erótico, del que el poeta romano dice «Yo amo y odio»; e incluso otros tipos de amor admiten esa misma mezcla, pues si se hace del afecto el amor absoluto de la vida humana, la semilla del odio germinará; el amor, al haberse convertido en dios, se vuelve un demonio.

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Cada “favor” de la Señora Atareda hacía sin que le pidieran era como el enorme caballo de madera que los griegos dejaron a las puertas de Troya, como supuesta señal de reconocimiento y rendición. Los miembros de su familia los aceptaban y por la noche, en sus mentes, la Señora Atareada salía a invadirlos.

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