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Hace ya tiempo conseguí en formato digital el libro “No hay silencio que no termine” en el que Ingrid Betancourt relataba su experiencia de cautiverio tras ser secuestrada por las FARC en su país natal, Colombia.

No hay silencio que no termine

Pero sus algo más de 700 páginas en papel me persuadieron de dejarlo para no se sabe cuándo.

Ahora descubro una intervención reciente de ella en TED titulada “Lo que 6 años de cautiverio me enseñaron sobre el miedo y la fe” Una interesante reflexión sobre su experiencia y condensada en menos de 20 minutos. Me ha traído a la cabeza la idea del “realismo de la esperanza” de Stefan Vanistendael.

Os dejo el link debajo de la foto (pínchalo y se abrirá en otra página). El audio es en castellano y puedes leerla e imprimirla activando la transcripción en Español

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https://embed.ted.com/talks/lang/es/ingrid_betancourt_what_six_years_in_captivity_taught_me_about_fear_and_faith

 

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FranÇoise Dolto (1908-1988) fue una famosa pediatra y psicoanalista infantil que escribió numerosos libros sobre el sano desarrollo infantil. En España se han traducido muchos de ellos. En 1994 la editorial Paidos publicó la 4º edición del libro “Niño deseado, niño feliz” que consiste en una recopilación de respuestas de la autora a asuntos planteados por padres y madres en cartas a la misma. En el primer punto el núcleo temático es la interesante y provocativa delimitación de lo que es o no un hijo deseado (¿bebés programados o bebés por sorpresa?) y en primer lugar contesta a la siguiente cuestión:

“Antes había más familias numerosas que ahora. Hoy la gente tiene tendencia a decidir si el niño debe venir o no; de alguna manera se lo “programa”.

En efecto, ese es un resultado de la liberación de las medidas anticonceptivas – (consideradas por ella en otros apartados como un indiscutible avance social) – Muchos padres programan a sus hijos de la misma manera en que programan la compra de una máquina de lavar o un aparato de televisión; desgraciadamente, se llama a estos hijos, hijos deseados. El hijo deseado es, en realidad, el que viene por añadidura y a causa del deseo de una pareja que es ya muy feliz sin hijos. Entonces, de pronto, los miembros de la pareja se encuentran convertidos en padres.”

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Si el hijo o hija deseada es el hijo del deseo, no del niño o niña, sino del deseo -no sólo sexual- entre dos adultos me pregunto cómo valoraría el acceso a la maternidad o la paternidad “sin el otro o la otra” hoy mucho más fácil que en su tiempo. Y en el caso más específico de los hombres solos, y con una situación económica desahogada, que acceden a la paternidad por subrogación (vientre de alquiler) ¿lo consideraría “onanismo afectivo”?

Janus Korczak (Varsòvia, 1878- Treblinka, 1942)es el pseudònim de Henryķ Golszmidt, metge pediatra, escriptor i pedagog . Va deixar la medicina clínica per dedicar-se a la direcció de un orfenat a Varsòvia, La Llar dels Orfes (Dom Sierot). Autor de nombrosos articles i llibres, tenia un programa de pedagogia a la radio: Xerrades del Vell […]

a través de KORCZAK (1990), Andrzej Wajda. — urgènciaidiagnòstic

Me parece un acierto de la Editorial Gedisa el haber incluido en su serie DIÁlogos un encuentro entre Boris Cyrulnik y Carles Capdevila.

En realidad no se trata de un diálogo, sino más bien de una entrevista. Pero es entendible puesto que no provienen del mismo campo profesional. Carles Capdevila es periodista y una persona que ha reflexionado, seriamente pero con humor, sobre la parentalidad y la educación. Cyrulnik es psiquiatra, etólogo, neurólogo, psicoanalista.

Una entrevista que se lee en un par de horas más o menos y que hace un repaso por la vida y la obra de Cyrulnik. Así que no encontrarás seguramente nada que no le hayas oido o leido antes. Pero que vuelve a ofrecer, en un lenguaje muy sencillo, un ramillate de ideas e incluso de frases brillantes (“No tengo miedo a morir ni a vivir, tengo miedo a no vivir antes de morir”)

Vuelve a dar una de las definiciones más sencillas y potentes de la resiliencia: retomar de nuevo un buen desarrollo después de una agonía psíquica, traumática. Es cierto que desde este planteamiento no puede haber resiliencia si no hay trauma. Y muchos hemos querido usar la resiliencia como paradigma para otras cosas donde la idea trauma no encaja bien, como en el caso de la intervención social.

Como el mismo indica en este libro, el término entró tan rápido en lo social que se puso de moda y se deformó aunque en al ámbito de la investigación hoy se sigue avanzando en su justo término. Pero si tenemos en cuentra que trauma es aquella detención o bloqueo del desarrollo provocado por la reacción, del entorno y propia, a una desgracia, resiliencia sería el proceso opuesto al trauma. Y con ello diferenciar la resiliencia de la fortaleza, de la curación o de la superación se hace muy sencillo.

Por otra parte no he conocido otro autor que en su pensamiento se integre tan indisolublemente lo fisiológico, lo psicológico y lo cultural. No hay manera de pillarlo. Siempre acaba conectando estas tres dimensiones.

Está muy bien el avance de las neurociencias pero la diferencia entre un “neurociéntifico y punto” y Cyrulnik es que el primero se quedará en lo que observa en su ordenador y Boris tendrá en cuenta también lo que ocurre en el sistema representacional del sujeto observado y que, excepto que sea un perro, será una representación mediada por las palabras, esas emociones que a veces llevan algo de información (otra de sus frases celebres)

El cerebro no reacciona a estímulos físicos y ya está. El cerebro reacciona a estímulos que han sido modelados por la cultura. Me atrevería a decir que Cyrulnik entendería mi idea de que la cultura es como un exo-cerebro invisible.  Si alguna vez se ha utilizado la metáfora del cerebro como un ordenador, al menos habría que matizarla con la idea de que ese ordenador está conectado en red con miles y milies de otros ordenadores.

Las celulas y neuronas forman el sistema nervioso humano y el funcionamiento global de este afecta a cada una de sus neuronas. La actividad de los seres humanos crea la cultura y la cultura afecta a cada una de las personas inmersa en ella. Eso sí, teniendo en cuenta que “cultura es aquello que cambia cada 10 años y cada 10 kilómetros” (Otra de sus perlas)

En fin, ¡Bien por Gedisa, bien! (No recibo comisón de la misma ni me envian los libros para reseñarlos. Ya me gustaría)

NOTA: Aunque quizá no te lo creas y pienses que es un toque de efecto para el post, cuando entro en la web de Gedisa para copiar la imagen del libro, recibo el mazazo de la noticia de la muerte hace tan sólo unos días de Carles Capdevila. Sabía que estaba luchando contra el cáncer. No puedo dejar de recoger un párrafo de la crónica de La Vanguardia de hace tan sólo dos días (2/6/2017) en el que se citan sus palabras cuando anunció a su equipo que padecía esta enfermedad

“Ahora, me toca luchar, vivir, reír y escribir, y lo quiero hacer dedicando todas mis energías a estas cuatro causas, y conciliándolo con la proximidad total a la gente que quiero. No veáis ninguna complicación en un tratamiento médico que va muy bien, ni ninguna renuncia. En mi libreta de ideas y proyectos ya salen libros a escribir, charlas a preparar, gente de quién aprender. Abrazo mi nueva vida con alegría y convencido de que será todavía mejor”

Leyendo estas palabras me atrevo a afirmar que Carles, al igual que Boris, no tenía miedo a morir sino a no vivir antes de morir.

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No veo mejor forma de retomar este blog después de meses de silencio que con la letra de una canción que le va como anillo al dedo. Con una música genial y una circunstancia afectiva que me mueve también a hacerle un hueco de honor en este re-estreno: El inquieto Roque es mi cuñado Roque Estebán y también participa Pepe Murgadas, otro de mis cuñados, a la guitarra y a los coros. Dos grandes músicos y dos grandes tipos a los que quiero mucho.

Roque y Pepe perdonad la calidad de alguna foto. Es lo que había. He tenido que dejar el enlace a Youtube porque mi plan de WordPress (gratuito) no me permite ya incrustar videos.

Canción “Pasemos al Plan B” de El inquieto Roque

ADVERTENCIA: Los y las  “freakies” que visitais este blog  no vais a notar seguramente las diferencias entre el Plan B y el Plan A. Són sólo detalles que marcan la diferencia entre que el blog sea un estresor para el menda o un elemento para mi resiliencia (Y de momento esta canción me ha levantado el ánimo. Buen pronóstico)

Un saludo.

Espero poder presentar pronto Disparefuturo 2.0.Pero antes debo darle la puntilla a la versión actual.

Soy un afortunado que acabó trabajando como funcionario en algo que deseaba y para lo que no me esforcé ni un pimiento. Así empecé a trabajar en esto de la Protección de Menores y pronto descubrí que era muy complicado y que cuanta más experiencia acumulabas menos claro lo tenías todo.

Luego se nos ocurrió en casa hacernos familia de acogida. Por pura inconsciencia. Sin saber lo que hoy sé: que eso no significa acoger a un niño o niña sino todo lo contrario. Que la realidad de ese niño o niña y todo el sistema de protección es el que acoge a tu familia, perdiendo parte del control que tu creías tener sobre la misma (yo le llamo Encogimiento familiar”)

Así que cree Diseñando Pasados Recordando Futuros pera “resiliar”: resistir y rehacerme de trabajar y vivir en un tema tan especial. Podría pasarme el día discutiendo con compañeros y compañeras (es a lo que dedicamos el 80% de nuestro tiempo los técnicos de menores). Podría desesperarme de decisiones que no entendía. Podría cargarme de un saco de fracasos de los que no sabría excusarme. Y por supuesto podría cansarme de hacer propuestas en el vacio. Pero nadie me podría impedir pensar y comunicarme. Eso es lo que me aportó durante varios años este blog.

Es curioso que muchas veces la resiliencia requiere romper el silencio (muchos textos de Boris Cyrulnik hablan del segundo golpe que produce un contexto que te encierra en el silencio) Pero, sin embargo, otras veces la resiliencia pide el silencio (Me acuerdo de Louis Zamperini a quien las conferencias sobre su experiencia militar heróica llevó al alcoholismo) Así que hace unos meses cerré el blog por resiliencia y me limité a cumplir unos compromisos con Milly  y Olga.

Pero el último post había sido “Acogimiento familiar: Cuestión de p_lot_s” en el que hacía una metáfora entre el sistema que regula la aviación civil y el acogimiento familiar de menores. Yo sabía que era el primer post de una serie en el que iba a intentar demostrar mi hipótesis de que las familias no acogen a los menores sino que ellas son acogidas en un sistema muy complicado y muy difícil de entender y aceptar en muchas ocasiones.

Pero no fue hasta unas semanas después cuando un comentario de Marta Llauradó del blog  urgènciaidiagnòstic pensar i repensar els acolliments familiars d´urgecia i diagnòstic me hizó pensar que la metáfora se iba a interpretar mal. Lo publiqué, le contesté y en privado le pedí permiso para usarlo en un post.

Este fue su comentario, que no dejo de agradecer (me he permitido traducir al catellano un fragmento que ella escribió en catalán):

Hola Javier.
Soy Marta del blog urgenciaidiagnostic.
Este post lo leí en su momento cuando lo publicaste y tengo que decir que, aunque tus aportaciones me parecen, en general, interesantisimas, en este caso tu texto me resultó inquietante por su excesivo mecanicismo. Quise hacer un comentario, pero me reprimí al leer el post en el que te dabas temporalmente de baja.

Días después tuve la oportunidad de escuchar una conferencia de Alberto Rodríguez González (Programa de Apoyo al Acogimiento Familiar en el País Vasco) en la que manifestaba lo siguiente:

  • Hay tantos modelos de intervención en Acogimiento Familiar como Comunidades Autónomas y tantas maneras de pensar el Acogimiento Familiar como profesionales que intervienen. No puede ser. No existe una cultura compartida del Acogimiento Familiar.
  • Un número excesivo de profesionales hacen el seguimiento administrativo y un número reducido y de escasa experiencia que hacen la intervención directa- Ausencia de dirección. Numerosos conflictos personales entre los profesionales por invasión de competencias. Necesidad de reducción, simplificación y unificación.

(INTERVENCIÖN DE ALBERTO RODRIGUEZ PARA ADAFA)

Mi experiencia como acogedora estaría más de acuerdo con lo expuesto por Alberto, que con el contenido de tu post. Dentro de este, el párrafo dedicado a los acogimientos de urgencia y diagnóstico es el que me resultó más inquietante: ” el niño o niña no se quedará en casa pase lo que pase”. Mi experiencia es que, por demora de las actuaciones de ese avión burocrático tan grande al niño le pasan cosas tales como que se encuentre esperando la decisión de pasar a acogimiento pre-adoptivo por parte de la compañía aérea tanto tiempo que acaba por apegarse a su familia de acogida. Y lo hace con tal intensidad que cuando llega el sí o sí, el niño no vuela sino que se estrella emocionalmente. Que te puedan reparar, o que tengas capacidad de resiliencia no justifica que te agredan.

No pretendo que publiques este comentario. Sólo que no tengo otra forma de “discutir” contigo. Un saludo afectuoso.

Me apresuré a contestarle:

Hola Marta. Me temo que no vamos a discutir.. jaja.. porque aunque no te lo creas ¡estoy de cuerdo contigo! Pero si me das permiso te lo explicaré en un nuevo post. Gracias por esta interesantísima aportación.

Y algo más de un mes después aquí estoy. Dándome cuenta de que no podía abrir Disparefuturo 2.0. (en el que no habrá protección de menores o no de la misma forma) sin aclarar lo siguiente (lo hago en puntos concretos para no alargarme)

1.- Las metáforas sirven para ayudarnos a entender otra realidad. Por tanto deben reflejar LO QUE ES. Está metáfora, sin embargo, refleja LO QUE NO ES PERO QUIZÁ DEBERÍA SER. Más que una metáfora es una utopía.

Es por esto que puede ser fácilmente malinterpretada. Y es que nació precisamente para contestar una pregunta muy concreta “¿Cuál es el papel de las familias de acogida en este puto maremagnum? (perdón por el taco) Y pretendía transmitir algo así como: “concentrate en pilotar” o te vas a volver mico. Haz bien lo que te toca, no hagas lo que no te toca, y no dejes que otros (profesionales, vecinos, familiares, profesores…) te mareen. Que lo van a hacer.Y si estás pensando en entrar a jugar a este juego, que sepas lo que hay.

2.- Otro peligro de esta metáfora es el de dónde sitúa a la familia de el o la menor. Colocarla como una simple condición atmosférica más es sencillamente desafortunado, injusto y peligroso. Plantear un acogimiento como un vuelo “sobre” o “a pesar” de la familia del menor es un malísimo comienzo, porque para eso ya hay otras medidas e protección como el acogimiento preadoptivo (ahora guarda con finalidad adoptiva) o la misma adopción.

3.- En el sistema de la aviación civil lo que se transmite entre la personas implicadas es fundamentalmente INFORMACIÓN. Cuando al comandante de un avión la torre de control le asigna pista para aterrizar contesta algo así como “Entendido” “Recibido” y no contesta “Gracias, majos”. Y el controlador aereo no piensa: “el gilipollas este ni me lo agradece”.

En el sistema de protección, y especialmente en el de acogimiento, lo que circula por el sistema son fundamentalmente EMOCIONES Y SENTIMIENTOS que a veces llevan un poquito de información (la idea no es mía sino sacada de la frase de Cyrulnik: “las palabras son trozos de emoción que a veces llevan algo de información”)

Cuando un técnico de menores coge una llamada de un o una acogedora que le dice “Hola, soy tal, por fin me hago contigo…” el cerebro superior del primero ya ha pensado “pues yo no me estaba tocando los…” y a su vez su amigdala le grita “¡Alerta, alerta!…a ver que marrón me cuenta este…” (el otro día una familia me llamó para decirme que ya había solucionado una cosa pero yo ya tenía el susto en el cuerpo)

Y si en una visita de un o una técnico la familia acogedora le cuenta  algo que les está haciendo sufrir, y este o esta empiza “Vosotros lo que teneis que hacer es…” el resto de la conversación sobra porque probablemente la familia ya no se va a SENTIR acompañada.Habrá desconectado.

Creo que estos tres puntos son suficientes para aclarar que el post de referencia tenía que haber sido la puerta de entrada para analizar todo lo que NO funciona en el sistema de protección de menores y del acogimeinto familiar. Si alguien lo ha interpretado como una descripción tiene, como Marta, todo el derecho a tirarme tomates.

Espero Marta que ahora sí puedas estar algo más de acuerdo conmigo y que sepas que gran parte de lo que pienso ahora lo aprendí precisamente de Alberto Rodriguez a quien admiro y  cito cada vez que tengo ocasión (os recomiendo el video de Vimeo)

Y, por fin, mato esta versión del blog con una confesión: Lo retiro. El acogimiento familiar no es cuestión de pilotos sino que, por el momento, sí es CUESTIÓN DE PELOTAS Y OVARIOS.

El 16 de octubre publiqué una reseña del nuevo Seminario en Resiliencia que organiza todos los años Milly Cohen en su país y que, en este 2017, se celebrará en menos de un mes.

Reconozco que me aproveché de su gratitud para sacarle un texto suyo para este blog y no tardó ni dos días en mandármelo. Pero decidí retrasar su publicación para que el nuevo post sirviera también de recordatorio del Seminario.

Luego la vida hizo que decidiera tomarme unas vacaciones de reflexionar en público. A día de hoy le doy vueltas a la posibilidad de un Disparefuturo 2.0 pero de momento sólo os dejo este maravilloso (no exagero) texto de Milly. Espero que lo disfruteis tanto como lo hice yo.

Gracias, Cohen. (Al final os dejo de nuevo el “flyer” de ConoSer)

 

HIJOS VALIENTES

DRA MILLY COHEN

Dra en educación, docente de postgrado, escritora

millyask@gmail.com

 

Nuestra cultura no es una cultura emocional. A pesar de Goleman, a pesar de las  múltiples investigaciones en torno al tema, de cursos y talleres que nos invitan a la expresión sana de nuestros sentimientos, la realidad es que seguimos evitando que éstos realmente afloren. Y si estos sentimientos no son de felicidad, de júbilo o de armonía, ¡mucho menos!

Si introduces en el buscador de Google “libros-sobre-felicidad” te encontrarás con más de 2 millones de entradas. Títulos como “El proyecto felicidad”, “Te mereces ser feliz”, “La guía completa para ser feliz”, “El viaje de la felicidad” y muchos más sobre cómo encontrar la felicidad abundan en el mercado. Esto no es malo, por el contrario, me parece que encontrar ese estado de goce, de paz, de satisfacción con la vida, es algo que buscamos todos. El problema reside en la creencia errónea de considerar que cuando no tenemos dicha, forzosamente debemos sentir desesperanza, si no estamos en éxtasis, es porque estamos en tormento. La falta de dificultades nunca equivale a la felicidad. Y si bien existen blancos y negros en la vida, los grises no son tan malos ni parcos como parecen.

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Esos grises son la lluvia, que nos moja pero no nos hunde, son la adversidad que nos cimbra pero no nos derrumba, son el “aprieta pero no ahorca”. Y esos grises, cuando dejamos que pinten nuestras emociones, permiten que salgan a la superficie aquellas emociones desagradables que estaban bajo el agua.

Hablemos de nuestros hijos. La realidad es que nos duele tremendamente que se sientan infelices y haremos lo que esté en nuestro poder por “en-contentarlos”, como si estuviera en nuestras manos realmente sustituir una emoción por otra.  Cuando uno de nuestros hijos se siente triste le compramos un juguete, lo llevamos de viaje, hacemos la tarea por él, lo defendemos ante los demás. Hacemos lo que sea con tal de verlo bien porque esa (creemos) es nuestra labor más importante: hacer felices a nuestros hijos. Sin embargo, en esa lucha (porque es cansado intentar mantener contento a uno o a varios hijos), se nos olvida algo importante: que no ser feliz no es sinónimo de agonía permanente, no estar en un estado de bienestar, no significa miseria ni disgusto. Solamente es un color distinto, es un tono de gris, y hay que saber cómo responder ante esta tonalidad. Eso si sería favorecer la inteligencia emocional.

Para lograrlo, creo que debemos empezar por reconocer en nosotros qué nos sucede cuando no nos salen las cosas como quisiéramos. ¿Qué hago cuando pierdo? ¿Cuando no acierto? ¿Cuando me equivoco? ¿Cuando me siento incómodo? ¿Lo abrazo? ¿Lo acepto? ¿Lo ignoro? ¿Lo evito? ¿Lo escondo? De alguna forma nos han transmitido desde chicos (y lo pasamos nosotros a nuestros hijos) un fuerte mensaje cultural: si sientes una emoción negativa, debes tener algún problema y necesitas liberarte rápidamente de esa emoción. No nos hemos dado cuenta que nuestra tendencia a mantener a raya los sentimientos desagradables o nuestra lucha activa contra ellos, es la razón por la que muchos estamos estresados. Y el estrés es hoy una de las fuentes más importantes de enfermedad. Si tu hijo está estresado, por favor no le pidas que no lo esté. Mejor explícale que al latir rápido, su corazón se está preparando para la acción, y que el respirar más rápido no es un problema, sino que está llegando más oxígeno al cerebro. Que viva el estrés y lo use a su favor.

Debemos comenzar a formar seres valientes, más que seres felices. Los que son valientes son los que lloran y aceptan su fragilidad enfrente de muchos, no los que parecen fuertes y no dejan que se refleje realmente quiénes son. Los valientes son los que luego de atreverse a compartir cómo se sienten, se recomponen y vuelven a buscar el placer, el gozo, la alegría. Son osados, intrépidos, audaces. Los valientes son los que reconocen que hay batallas que se ganan pero que las que se pierden, también sirven de algo. Los valientes son rojos, y negros, y blancos, pero también grises.

¿Cómo comenzar a desarrollar esa valentía? A continuación les comparto algunas sugerencias que me parecen importantes, que he experimentado yo misma, o que leído de algunos de mis autores favoritos. Espero que algunas les acomoden.

  1. En lugar de volcar elogios, tiempo, o dinero, en hacer que nuestros hijos se sientan felices cuando no lo están, hay que permitir que luego de dejar aflorar sus sentimientos, los validemos. La validación dará un enorme alivio a los niños y a los jóvenes porque cuando se les ayuda a reconocer que no son los únicos que se sienten de esa manera, que está bien sentirse triste, solo, acongojado, sensible, enojado, o frustrado, el niño o joven se siente acompañado, más que sobreprotegido. Además, hay que dejar que sean ellos los que se expresen, libremente. Cuando los padres se abstienen de hacer suposiciones acerca de lo que sus hijos piensan y sienten, sus hijos dan el paso para comunicarlo por voluntad propia. Eso es valentía. Goleman dice que justamente es la capacidad de reconocer un sentimiento en el mismo momento en que aparece, la piedra angular de la inteligencia emocional.
  1. ¡No reemplaces un pez muerto! Si la mascota se muere, si se pierde el juguete, si se poncha el balón, no lo reemplaces inmediatamente, permite que el niño sienta la frustración, la tristeza, la pérdida. Si perdió la competencia, si reprobó el examen, si no lo invitaron a la fiesta, deja que tu hijo o tu hija ponga en palabras su sentir y permite que lo viva. Muchos padres tienen un fuerte deseo de proteger a sus hijos de crecer demasiado rápido, por ello, evitan temas importantes como la muerte, la pérdida, el fracaso, la decepción. La exposición a estos temas debe darse de manera natural, pero debe darse, ya que son temáticas que forman parte de la vida cotidiana. Ningún padre puede cambiar los sentimientos de sus hijos, mucho menos evitar que estos surjan, pero si puede modelar su comportamiento ante ellos. Ayudarlos a reconocer cómo se sienten, hacerles saber que puede no ser cómoda una emoción negativa, pero que es inevitable, y adecuada, hasta necesaria, los ayudará el día de mañana a entender que éstas pasan. Que el sol sale después de las tormenta. Que hay un resurgimiento luego de las crisis. Que el amanecer aparece justo después del momento de más oscuridad.

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  1. Tenemos que pedir a nuestros hijos que resuelvan problemas, eso los empodera, y cuando los dejamos solos (en lugar de hacerlo nosotros) les enviamos un mensaje tan simple como poderoso: “confío en ti”. De acuerdo a Pozatek, la mejor manera de enfrentar a los niños a los dilemas de la vida es frente a la naturaleza. En los espacios naturales los chicos tienen que aprender a emplear la demora a la gratificación al caminar hacia una cumbre, recolectar leña o tener que esperar a que piquen los peces. La solución a los problemas y la motivación interna se presentan de manera instintiva cuando un fuerte viento golpea o cuando a un mochilero se le acaba la comida. A diferencia de las actividades en el hogar, cuando se convive con  la naturaleza, el chico o la chica no tiene la computadora que la distrae, el celular con el que se refugia, no hay puertas que se azotan ni televisiones que se prenden con volumen alto, para redirigir la frustración o el enojo. En un bosque, en una montaña, en el campo, tienen que madurar de formas distintas, sin distractores ni escapes. Y con los beneficios del espacio exterior. Lleva a tus hijo a una excursión, acampen, cocinen juntos, carguen con sólo lo necesario, y frústrense juntos, diviértanse juntos y elógialo por el esfuerzo, no por el producto final.
  1. Colabora para que tus hijos sean personas diferentes, originales, invítalos a salir de la norma, que no le teman al fracaso, que se atrevan a echar a andar sus ideas (por más locas ideas que éstas sean). Dice Adam Grant en su nuevo libro titulado Originals que la creatividad puede ser difícil de fomentar pero es fácil de coartar. Es verdad. Los alumnos con necesidades educativas especiales, por ejemplo, son los más atrevidos y originales, están tan acostumbrados al fracaso, que han perdido el temor. Para desarrollar la valentía en nuestros hijos debemos permitir que aporten ideas novedosas al mundo y esto sólo ocurre cuando ellos desarrollan sus pasiones, no las nuestras y cuando se atreven a hacer lo que su instinto les dicta. Ser original es apostar: quizá funcione, quizá no. De mientras, tú déjalos ser. Suelta un poco el control. Apuesta por ellos para que ellos apuesten por sí mismos.

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  1. Ayuda a tu hijo a construirle muchas patas a su mesa, a enriquecerse con muchos hobbies y quehaceres, a fortalecerse desarrollando virtudes y cualidades, a construir una red de vínculos afectivos que lo acompañen. Así, cuando la vida le quiebre una pata a su mesa, quizá se tambalee, pero no se caerá. Justo el joven que ha probado levantarse es más fuerte que el que nunca se ha tropezado. Para los japoneses, una pieza que se ha roto, que ha sufrido un daño, tiene una historia, es más hermosa. No se ocultan las grietas, ni los defectos, más bien se enmiendan con oro, convirtiendo la parte restaurada en la parte más fuerte de la pieza. ¿Y si hacemos eso con nuestros hijos? Cuando sufra, no te asustes. Mejor ayúdalo a enmendar lo que se quiebra, con amor, con mucho amor.

Al final,  las emociones, sin importar lo poderosas que sean, no son abrumadoras si se les concede el espacio para desplegarse. Generalmente, nos sentimos más cómodos con las acciones que con los sentimientos porque cuando vemos que se acerca uno incómodo, tendemos a darle la vuelta, a esconderlo, a disfrazarlo o distraerlo, lo que se nos ocurra con tal de no sentirnos tristes o permitir que así se sientan nuestros hijos. Por ello la invitación es a detener nuestro trajín diario, nuestra prisa, para que cuando arribe un sentimiento incómodo, lo dejemos respirar, y podamos abrazarlo con quietud, entenderlo, y luego permitirle que se aleje. Con valentía. Estoy segura que eso nos traerá mucha felicidad.

Krissy Pozatek (2015). Hijos Valientes. Editorial Planeta.

Adam Grant (2016). Originals. Editorial Viking.

 

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