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Posts Tagged ‘Cyrulnik’

Los hermanos Taylor-Rosenthal nacieron en Colorado (EEUU) a finales del siglo XIX. Se obsesionaron con la idea de conseguir volar hasta llegar a construir un artefacto a motor para ello. Sin embargo no pasaron ni a la historia de la aviación ni de la humanidad porque tenían tanta fe en su éxito que probaron el mismo lanzándose directamente sobre el Gran Cañón.

Por el contrario los hermanos Wright fueron mucho más escépticos sobre si mismos e hicieron innumerables pruebas hasta conseguir los primeros vuelos controlados de un ser humano.

Las dos parejas de hermanos, suponiendo que la primera existiera (¿puedes acaso negarlo?) fueron optimistas. Los cuatro se enfrentaron al reto con la idea de que era posible conseguirlo. Nadie les obligó a ello y si lo hicieron era porque pensaban que se podría conseguir. La diferencia es que los Taylor eran optimistas crédulos y los Wright eran optimistas escépticos.

Este cruce de la dimensión Pesimismo-Optimismo con la dimensión Credulidad-Escepticismo la he descubierto gracias a una referencia, en el newsletter de Adam Grant, a un artículo de Shane Snow. Este es un escritor de la corriente, cada vez más de moda, llamada de Contraintuición. Periodista, escritores, economistas que se dedican a descubrir fenómenos paradójicos de la vida.

Como cuando Malcolm Gladwell argumenta que la mejora de la calidad del aprendizaje gracias a la reducción de la ratio de alumnos y alumnas tiene un límite (y responde a una curva en forma de U invertida) de forma que una clase con un profesor y cinco alumnos no garantiza mejor aprendizaje que una clase con un profesor y diez alumnos (y lo argumenta)

Otro libro de Contraintuición

La hipótesis de Snow es que los grandes personajes que han innovado de forma indiscutible en la historia reciente de la humanidad han sido más optimistas escépticos que optimistas crédulos. Ha habido muchos de estos últimos que han podido triunfar (también lo han hecho pesimistas recalcitrantes) pero habrá que atribuirlo más a la fortuna o, en todo caso, su éxito quizá no haya aportado mucho a la sociedad, sino sólo a ellos mismos o a un pequeño grupo a su alrededor.

Sin embargo, el optimista escéptico es la persona que se cuestiona el status quo, desea cambiarlo y, para ello, también se cuestionará o dudará de cualquier idea que ella misma tenga al respecto. No dirá simplemente: “Lo que se me ha ocurrido es estupendo”. Sino que se planteará todas las dudas posibles sobre sus propias ideas y las pondrá a prueba una y otra vez.

El conocido chiste del hombre de Fe que espera ser rescatado por Dios mismo en una inundación ejemplificaría el optimismo crédulo. Sin embargo si fuera optimista escéptico no habría rechazado subirse a la primera lancha salvavidas.

Este matiz, esta doble dimensión, me parece que es la misma que nos permite diferenciar entre el positivismo, estúpido y perverso en mi opinión, que muchas veces se nos vende (si se quiere, se puede) de la esperanza realista que muchas veces se asocia a la resiliencia.

Boris Cyrulnik cuenta que cuando se escapó del campo de concentración por azar se generó en él la idea de que si había salido de esa situación podría salir de cualquier otra que le ocurriera en un futuro. Pero el niño Boris no se dedicó a dirigirse a todos los soldados alemanes que se encontraba insultándoles o tirándoles piedras. Ni cuando fue joven se tiró por una ventana confiando que una rama o un toldo le protegería de morir estampado contra el suelo.

O desde el otro lado: Cuando la víctima está noqueada por la tragedia es probable que entre en una postura de pesimismo crédulo (nada será igual) Hasta que poco a poco (y probablemente por una acción desde el exterior) pase a un pesimismo escéptico (nada será igual… o quizá sí) y así hasta rehacerse o retomar el (u otro) camino.

Así que les pido a los gurús del positivismo que no invoquen a mi credulidad. Y lo digo en una semana, santa para mi, no por mi fe ciega sino quizá, y precisamente, por mi poca fe.

 

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Lo reconozco. El titulo tiene trampa.

Aunque ya no entro compulsivamente a ver el número de visitas del blog, si puedo enganchar a alguien con el título de un post lo haré.

Y este post ni es un verdadero post, ni es que me he puesto trascendente o poético.

Pero aguantaré el tirón unas lineas más.

Sin renunciar al placer de leer un libro de papel, hay cosas que los libros electrónicos te permiten o te facilitan. Puedes plantearte comprar libros que no se han publicado en España (y quizá, y dado que las descargas no tienen fronteras, dentro de poco una editorial francesa o americana decidirá traducir sus libros a otros idiomas, y el español estará entre ellos).

Así que ayer estuve trasteando en Amazon y en un momento en el buscador puse resilience + cyrulnik+ kindle (para que me buscara sólo libros electrónicos) descubrí que mi admirado Boris tiene libros en francés y en inglés que no han sido publicados en España (todavía, espero). Algunos como coautor, otros como  como compilador. Algunos más antiguos pero alguno de este mismo año como “Resiliencia: de la investigación a la practica” (que son las actas del Primer Congreso Mundial sobre Resiliencia) o, junto con Louis Plotón “Resiliencia y personas mayores” (2014).

Además Amazon te permite descargar las primeras páginas de los libros (digitales) y así, muchas veces, consultar el índice lo que en este caso sirvió para quedarme “con la miel en los labios”.

Pero el caso es que, yendo de aquí para allá y por casualidad, descubrí que el pasado septiembre se publicó en Francia “Las almas heridas”. Nada más y nada menos que la continuación de “Salvaté, la vida te espera” y que se centra en su refugio en la psiquiatría para curar… y curarse.

Y ahora ya puedo corregir el título: Deseo leer “Las almas heridas”. Espero que la editorial Destino ya haya comprado los derechos.

Un guiño.

 

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el móvil

Desde que leo y escucho sobre el tema de la resiliencia tengo claro que la trascendencia es importante para la misma. Pero es un tema complicado de abordar, y por eso a penas lo he tocado, pues tiende a confundirse con las creencias (religiosas o laicas, como le gusta matizar a Boris Cyrulnik) y no es mi intención meter, conscientemente, el blog en arenas demasiado movedizas.

Pero esta mañana me ha ocurrido un hecho aparentemente insignificante que me ofrece una metáfora para abordarlo “en modo seguro”.

A las ocho y media de la mañana, en uno de los momentos más álgidos del habitual estrés matutino de la locura cotidiana de mi casa, el móvil de mi mujer ha sonado. Era una persona muy querida por nosotros y que está pasando unos momentos objetivamente muy, muy difíciles.

A mi mujer, que tiene el superpoder de convertirse en Earwoman (“la mujer oído”) o “la oreja que siempre escucha”, ni siquiera se le ha pasado por la cabeza decirle “Me pillas acabando de arreglarme y con mi marido histérico por las prisas…” El resultado es que se ha acabado de arreglar; hemos bajado al coche; me ha reñido con un gesto por mosquearme con otro conductor; hemos hecho todo el trayecto hasta su trabajo; nos hemos despedido con otro gesto, y durante veinte minutos (saludar a los compañeros, encender el ordenador, etc) ha seguido la conversación con esta persona totalmente ajena a lo que mi mujer estaba haciendo mientras hablaba con ella.

Si mi mujer hubiera dicho algo por lo que su interlocutor o interlocutora pudiera adivinar las circunstancias de mi mujer estoy seguro que habría reaccionado diciéndole algo como: “Ya te llamo luego”… “habérmelo dicho”… Pero como no tenía ningún indicio, lo normal es que se haya imaginado a mi mujer cómodamente sentada en la mesa de su trabajo o en casa. Normal.

Como normal es que que cuando la vida nos va suficientemente bien y, en nuestro cercano alrededor, no hay grandes desgracias (la vida no nos dice que está jodida) no pensamos en los sufrimientos. Ni nuestros, ni de nadie. Es como si al otro lado del teléfono todo estuviera tranquilo.

Pero cuando la adversidad nos visita y nos deja grogui, tambaleándonos,… sentimos que algo nos desgarra de ese mundo sin sufrimiento en el que creíamos y anhelamos vivir. Podemos incluso sentirnos desterrados. Yo ya no pertenezco a ese mundo porque mi sufrimiento es insufrible. La vida es bella pero la mía es una putada. Nadie puede entenderme.

Pero poco a poco, cuando la quemazón va lentamente enfriándose, te das cuenta de que sí había alguien al otro lado del teléfono pasándolo mal. No eres el primero al que le diagnostican esa dichosa enfermedad; no eres la primera a la que se le muere un ser tan querido; no eres el único o única a la que… Y de ellos podrás quizá recibir: consuelo, ejemplo, modelos… pero sobre todo conexión. Ya perteneces de nuevo a algo o alguien.

Ni serás la única persona a la que le pase. Otros se tendrán que enfrentar a lo mismo que tú…. Y de ellos quizás recibas… una misión, un sentido (dirección) para tu NUEVA vida (porque ya no es la misma).

Es aquí donde creo que entra en juego la trascendencia en la resiliencia.  La acepción filosófica de la palabreja que recoge la Real Academia Española de la Lengua es “aquello que está más allá de los límites naturales y desligado de ellos”.

Los límites naturales son los que percibes con tus sentidos. Pero tu mente, en la desgracia, puede ir más allá de ellos y… pensar. Pensar: YO estoy muerto, TÚ no me puedes ayudar (nadie puede hacerlo) Pero quizá esto sirva para algo para ÉL, para ELLA, para ELLOS. Soy una VÍCTIMA pero puedo llegar a ser un SALVADOR, un HÉROE para ALGUIEN.

En definitiva el sentido trascendente no es más que el sentimiento que hay algo (lo que sea) que es más importante que nosotros mismos. Llámale Dios, llámale Sociedad, llámale Justicia, llámale Humanidad, llámale Hijo… Mi desgracia es una putada de la vida, YO no me repondré del todo, pero quizá… quizá sirva para ÉL o ELLA.

Personalmente una de las cosas que más me consuela en momentos complicados es pensar que ese sufrimiento no es baldío. Que algún día mis hijos se beneficiarán de él (no por sus resultados sino por el sufrimiento mismo: si ellos tienen que pasar por ese fuego yo estaré ahí para acompañarles porque ya he estado allí).

Puede ser un autoengaño. Tiene toda, toda la pinta. Pero me mosquea que alguna vez se me ha concedido poder comprobarlo. De tocarlo con mis manos. Pero esto ya no lo puedo contar.

Como mi mujer no pudo contar esta mañana que no era el momento. Porque su momento no era el importante. El momento importante era el de quien estaba… al otro lado del teléfono.

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Hace poco publiqué un post que parecía que iba a hablar de sexo pero no era así.

El título de este que estás leyendo te puede llevar a pensar que trata sobre el sistema educativo. Pero no. Va de sexo. Puro, o más bien, duro.

Permíteme recordar que el tema del blog, no es solamente la resiliencia sino algo más amplio:  la relación de ayuda entre los seres humanos. Pero, de una forma u otra, también va de la relación de “no ayuda”. Es decir, de cuando habría que hacer algo para ayudar a alguien y nadie lo hace, o unos por otros, se deja pasar el tema.

Por desgracia hace unos meses tuvimos un ejemplo dramático de los efectos de la “no ayuda” con la muerte de centenares de seres humanos en las costas de Lampedusa, Italia. En los últimos años han habido muchos naufragios de barcazas repletas de inmigrantes, pero en este caso horroriza más aún saber que varios pesqueros se inhibieron de ayudar pues podían ser multados o imputados si socorrían a los náufragos. Todas las muertes de este tipo son igual de terribles pero cuando piensas que una ley está luchando contra el más elemental gesto humanitario y que los capitanes tuvieron que elegir entre la vida de personas y no arriesgar su medio de subsistencia y de los suyos…

Pero también hay naufragios que no se ven. Por ejemplo cuando un o una adolescente se desliza poco a poco hacia una adicción y nadie hace nada por evitarlo. Y cuando digo nadie no me refiero a sus padres o familiares, que probablemente son los que están tan cerca del problema que ni lo ven. Me refiero a la sociedad o ¿por qué no? a la cultura dominante.

Todos sabemos que en España es legal comprar tabaco, alcohol, y las drogas que utilizan los médicos para ayudarnos (y en el caso del tabaco el primero que te lo vende es el mismo Estado). Pero al menos hay un mensaje claro en la sociedad de que el tabaco es perjudicial para la salud y que el alcohol y ciertas medicinas pueden crear adicción.

Todo o toda adolescente sabe esto, excepto que haya aterrizado de Marte, y por tanto se enfrenta a su libertad con la información sobre los efectos de estas sustancias.

Pero ¿podemos asegurar que los adolescentes actuales saben que la pornografía puede crear adicción?

¿Podemos asegurar que saben que si se guían por lo que han visto en Internet, como un mapa para la sexualidad en pareja, pueden tener serios problemas de relación?

¿Saben las adolescentes que no es cierto que una mujer tenga que hacer en la cama lo que no le apetece por mucho que sea de práctica habitual en el cine porno?

Yo creo particularmente que, en general, no lo saben. O al menos no se lo estamos diciendo con claridad.

Y por eso me es muy fácil creerme lo de aquella niña de 12 años que, hace un par de años, se acercó tras una charla sobre sexualidad a la profesional que la había dado, la misma que me lo contó, para confesarle algo. Mi conocida esperaba que le relatara un abuso sexual pero se encontró a una niña totalmente angustiada porque era la única de su clase que todavía no se había acostado con ningún chico.

Tampoco me cuesta entender que el número de embarazos adolescentes siga aumentando. Cuando este dato se hace público se sigue achacando a la falta de educación sexual. Algo no me cuadra. No sé cuánta educación sexual falta todavía pero seguro que hay mucha más que hace años.

Pues me imagino al buen o buena profesora abordando este tema en clase y la ola enorme del tsunami de la pornografía en internet pasando por encima de él, de ella y de sus alumnos o alumnas.

Creo sinceramente que somos los padres (y yo no soy precisamente un buen ejemplo de ello) los que tenemos la obligación de informar a nuestros hijos de los peligros del acceso sin más a contenidos pornográficos. No es fácil pero precisamente porque no hay una voz social potente en este tema.

(si en este momento me estás buscando un adjetivo para calificarme te ruego que me concedas dos o tres párrafos más).

Gracias.

Porque no querría que este post estuviera en el terreno de lo ideológico, lo moral o lo legal (nadie ha dicho nada de prohibir o limitar algo) sino en el territorio de lo psicológico y lo neurológico.

El periodista inglés Martin Daubney ha relatado como quedó estupefacto al ir descubriendo, durante la preparación de un documental, como el acceso directo y sin restricciones de púberes a contenido pornográfico estaba teniendo un efecto devastador en algunos de ellos. Quiso entonces consultar con el doctor Valerie Voon, neurocientífico de la Universidad de Cambridge, que había realizado un estudio con personas que veían pornografía de manera compulsiva.

Su conclusión fue que los cerebros de estas personas mostraban “un claro paralelismo con las personas  con adicciones a sustancias” como la droga o el alcohol.

Podríamos ahora matizar esa frase que se dice mucho, medio en broma, de que “los hombres solo tienen sexo en el cerebro”. Según este estudio es probablemente una generalización injusta pero parece ser que, en algunos casos es… literal.

En esta línea puedo entender mejor la preocupación de uno de mis héroes de la psicología, Philip Zimbardo, cuando tras estudiar temas como la maldad y la bondad humana (“El efecto Lucifer”) o la importancia de la orientación temporal de las personas, dedicó una de sus intervenciones en TED a analizar las cada vez mayores dificultades que están teniendo los adolescentes (hombres) frente a las chicas en muchos campos y en concreto para establecer relaciones personales e íntimas.

Como recordarán, Cindy Gallop dijo que los hombres no conocen la diferencia entre hacer el amor y hacer porno. El joven promedio ahora mira 50 videoclips porno por semana. (…) El efecto es un nuevo tipo de excitación. Los cerebros de los jóvenes se reestructuran digitalmente de maneras muy diferentes hacia el cambio, la novedad, la emoción y la excitación constante. Eso quiere decir que están (en el terreno del aprendizaje) completamente fuera de sincronía en las clases tradicionales, que son analógicas, estáticas, interactivamente pasivas. También están totalmente fuera de sincronía en las relaciones amorosas, que se construyen gradual y sutilmente”

La referencia de Zimbardo a Cindy Gallop es debida a que esta británica dedicada al mundo de la publicidad y la estrategia empresarial, aprovechando la plataforma TED, lanzó un mensaje al mundo (4 minutos y 17 segundos) de “HAZ EL AMOR; NO EL PORNO” (MakeLoveNotPorn) que pronto se convirtió una de las charlas más vistas en la misma y se recogió en una pequeña publicación.

Dice Boris Cyrulnik que “la cultura es aquello que cambia cada 10 kilómetros y cada 10 años”. No reclamo prohibir nada. Pero espero que la cultura respecto a la pornografía empiece a cambiar. Quizá algún día y, permitirme la broma, todos los videos porno comiencen con una advertencia: “Este video puede perjudicar seriamente a tu educación sexual y a tus relaciones. Además puede crear adicción”

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No. Este postecillo no va de pornografía.

Aunque no pasaría nada, porque en la línea del libro del filosofo Alain de Botton “Como pensar más en el sexo” creo es bueno dedicarle un tiempo a reflexionar sobre el sexo sino queremos que el sexo nos piense a nosotros. Pero ni es el momento ni yo el indicado.

Esta humilde introspección va de como las nuevas tecnologías son estupendas para muchas cosas pero tenemos que pagar el precio de perder pequeños placeres.

Anoche, ya bien tarde, entre en Facebook a dar una vuelta por el grupo sobre resiliencia que coordina Pilar Surjo de Burnes. Y precisamente ella misma nos daba el aviso de que por fin una editorial española (Debate) había publicado las memorias de Boris Cyrulnik que ya hace meses se publicaron en Francia. Uno de los libros más esperados por mi.

Sálvate, la vida te espera (Boris Cyrulnik)

Así que, tras agradecérselo, pinche el link que nos había puesto. Era el de la Casa del Libro y estuve a punto de decir: “Pilar…” (mi mujer, no Surjo) “… mañana por la tarde, si no te importa, me escapo un momentito a…“ y mi mente comenzó a anticipar el placer de escaparse a buscar un libro que quieres; la duda de si lo habrían distribuido ya;  el placer de verlo en el expositor; de hojearlo y, ya de paso, ver otras novedades, para finalmente volver a casa con el objeto del deseo.

Pero de repente mis ojos descubrieron que había versión en ebook. Sentí ambivalencia.

Mi cerebro racional decía: “más barato, no ocupa espacio en la casa, lo puedes llevar en el móvil…¡lo puedes tener ya!”

Mi cerebro emocional replicaba: “sabes los libros que tienes en tus estanterías, pero no los libros en tus PCs, tablets, smartphones… ¿y el placer de subrayar?… Tanto tiempo esperando y no lo vas a poder tocar, coger, llevar…”

Finalmente el racional pegó duro: “Con lo que te ahorras en dos libros puedes comprar otro” (el poderoso argumento del 2×3) y me dirigí a Amazom pues tienen una opción de “comprar en 1 Click” Así de fácil.

Di el golpe de ratón y de un plumazo me cargué la ilusión del viernes por la tarde, el paseo, la adrenalina de la búsqueda, la oportunidad de curiosear por las librerías.

Y me acordé de mi admirado cuñado Roque Esteban (alias El inquieto Roque), estupendo músico, que se aferra a los CDs (frente a la música descargada) con valentía guerrera pero, quizá pronto, nostalgia valiente .

Tienes razón cuñado. No es lo mismo comprar que descargar. Aunque se pague por la descarga.

Después de todo quizá este post si tenga algo que ver con la sexualidad y la pornografía.

Quizá lo inmediato no sea siempre lo más placentero.

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Desde hace años han sido muy orientadores para mi los comentarios de Boris Cyrulnik (llevaba unas cuantas entradas sin citarlo) sobre la importancia de la reacción del entorno ante el dolor de la víctima.

Siempre me ha parecido que la idea de que la reacción del entorno ante el sufrimiento de una persona puede ser tan dolorosa o más como la desgracia en si misma era algo que saltaba a la vista.

Y cuando quiero convencer a alguien del argumento (en alguna charla o curso) sólo tengo que poner el ejemplo (o mejor dicho EL EJEMPLO con mayúsculas por inapelable). El de los ex-combatientes norteamericanos en la guerra del Vietnam.

Como el propio Cyrulnik señala estos tuvieron un porcentaje muchísimo mayor de trastornos mentales en los años siguientes a su regreso que los ex-combatientes de su mismo país en la Segunda Guerra Mundial. No parece que esto se pueda explicar por las características de las dos contiendas. Las escenas vividas por unos y por otros no debieron ser muy diferentes. Emboscadas, explosiones, compañeros mutilados, conflictos morales, miedo, pánico….

Sin embargo cuando los de la primera guerra regresaron fueron recibidos y tratados como héroes. Homenajes, monumentos… Y una población receptiva a escuchar sus relatos.

Pero los segundos tuvieron la desgracia que gran parte de la sociedad norteamericana se puso en contra de la participación en el conflicto en Vietnam. Y aunque resulte paradójico el movimiento pacifista causó estragos en los ex-combatientes. Les dijeron que iban a defender no sé qué valores pero cuando regresaron no eran héroes sino “asesinos de niños vietnamitas”. El patio no estaba para ir contando su dolor. Ellos ya no eran las víctimas sino los verdugos.

Pero no hace falta irse a la guerra para experimentar todo esto. Todos tenemos experiencias de relatar a alguien un sufrimiento y nada más empezar a hablar darnos cuenta de que mejor hubiera sido quedarnos calladitos.

Pero esta entrada no es para volver a darle vueltas a lo mismo sino para compartir que he descubierto que existen investigaciones concretas sobre todo esto.

Se pueden conocer en el libro “La compartición social de las emociones” de Bernard Rimé (2011) editado por DDB. El autor es doctor en Psicología, profesor de psicología en la Universidad de Lovaina e investigador del Centro de Investigación para el Estudio del Comportamiento Social de esta universidad.

En la tercera parte del libro se analizan la expresión de las experiencias emocionales negativas. Y el capítulo primero de esta parte (el 8 del libro) tiene un título muy significativo “Respuestas bienvenidas, respuestas no bienvenidas”

El autor nos introduce claramente:

El malestar ante el sufrimiento ajeno

El encuentro con una persona afectada por una experiencia emocional negativa importante es un problema para cualquiera. Muchos datos muestran que en presencia de víctimas, los comportamientos de las personas “no víctimas” están generalmente lejos de ser apropiados (…) Toda persona que es “víctima de las circunstancias” o que ha sido “golpeada por el destino”, ya se trate de un accidente, una enfermedad, malevolencia, duelo, u otros tipos de dramas, también desencadena manifestaciones de este tipo y se encuentra pues confrontada a la angustia y al malestar que suscita a su alrededor de forma totalmente involuntaria.” (No sé si tiene sentido citar la página cuando se consulta en una edición digital “comprada-lo-prometo”, que puede depender del software para su lectura)

En los últimos decenios, la psicología social ha mostrado interés por estas dificultades que todos experimentamos ante víctimas de experiencias penosas. Wortman y Lehman (1985) han descubierto tres causas principales.”

Me salgo de las comillas para sintetizar:

1.- La ignorancia.

No se tiene un bagaje experiencial suficiente para ponerse en lugar de la víctima y lo más probable es que se subestime el tiempo que se necesita para reponerse de un acontecimiento de esa índole (“Vale, vale… es muy gordo lo que le ha pasado pero ya ha pasado una semana y todavía…”)

2.- El espectro de la vulnerabilidad humana.

Tendemos a vivir cotidianamente como si fuéramos invulnerables, como si nada malo nos fuera a pasar. Por eso cuando la desgracia cae en alguien cercano cual disparo de francotirador, tomamos conciencia repentina de nuestra propia vulnerabilidad.

Si además la persona que escucha el dolor del otro tiene en su interior la teoría implícita del “mundo justo” (cada uno tiene lo que se merece) es muy probable que nos defendamos haciendo a la víctima responsable de su desgracia. (“No te habrían agredido si…”)

3.- La alienación.

Vuelvo a las comillas porque es imposible decirlo mejor.

“El mundo de la vida cotidiana es un mundo donde todo va bien. La fatalidad y la desgracia están activamente descartadas por efecto del consenso social. La gente no cesa de confirmarse mutuamente que forma parte de este mundo privilegiado. En cada encuentro, nos preguntamos los unos a los otros “¿va todo bien?” y todos respondemos a esta pregunta ritual afirmativamente. Y es especialmente así cómo se constituye el tranquilizador mundo de la vida cotidiana. En este contexto, la confrontación con alguien a quien “no le va bien” equivale pues a encontrarse ante un extraño. Esa persona es diferente. Forma parte de otro mundo. Ha atravesado acontecimientos o circunstancias que no pertenecen a la vida ordinaria. Es extraña al tranquilizador mundo de la vida cotidiana. El sentimiento de alienación que surge en el encuentro con ese persona será tangible por ambas partes”

La última frase me trae a la memoria el testimonio de Jorge Font (ya reseñado en este blog) cuando dice que tras su accidente de esquí acuático que le dejó paralítico le invadió un sentimiento angustioso de no pertenecía. (“Yo ya no soy como el resto”).

Pero nunca había pensado que ese mismo sentimiento es el que puede distanciarme de la víctima (“Ha pasado por algo terrible. Ya nunca será normal como yo”)

Y termino esta entrada con la investigación a la que en realidad me refería al principio:

Los efectos conjugados de la ignorancia, del sentimiento de vulnerabilidad y de alienación convierten en innumerables las respuestas inapropiadas que pueden tener lugar en el encuentro con una persona angustiada. Una lista establecida a partir de varios autores (Ingram, Betz, Mindes, Schmitt y Smith, 2001; Wortman y Lehman, 1985) recuerda particularmente los siguientes elementos:

    • la molestia, el malestar o la evitación física propiamente dicha;

    • el examen curioso, la insistente fijación visual;

    • la evitación de la comunicación franca;

    • la distancia, las manifestaciones de insensibilidad, la rudeza que puede derivar de la falta de compromiso emocional;

    • la expresión de una inquietud exagerada, el pesimismo;

    • las manifestaciones provocadas por las reacciones como alegría forzada, optimismo de fachada, minimización (“no es nada”; “podría ser peor”), la denegación (“no veo problema”; “va a ir bien”):

    • el desaliento de la libre expresión (“vale más no hablar de ello”);

    • el recurso a comportamientos de ayuda estereotipados como dar opiniones o consejos (“tienes que salir”), apelar a fórmulas que banalizan (“es el destino”) o que normalizan la situación (“eso puede ocurrirle a cualquiera”), identificarse con los sentimientos de la persona o intentar acercarse de forma artificial (“yo sé lo que sientes”);

    • las manifestaciones proteccionistas o actitudes hiperproteccionistas, particularmente frecuentes cuando los comportamientos de ayuda se utilizan como recurso con el fin de gestionar la propia angustia;

    • la censura, la crítica o el juicio; la búsqueda de faltas y la atribución de responsabilidades; el aliento para una rápida recuperación y la expresión de expectativas inapropiadas sobre el proceso de adaptación.

   Para la persona afectada, las respuestas de este tipo resultan abrumadoras. Significan que no existe reconocimiento sobre la experiencia que está atravesando y que se desestiman sus sentimientos, que son muy reales. Se confirma así la alienación que presiente: se encuentra sola, abandonada a su suerte, y precisamente en el momento en que su necesidad de consuelo y de apoyo social es mayor.”

Mejor quedarse callado.

O tampoco.

(Continuará)

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(Esta entrada iba a ser una simple reseña bibliográfica pero se me ha ido de las manos. Lo siento)

Si cada vez que redacto un post me acordará de etiquetarlo, cosa que muchas veces no ocurre, la etiqueta Cyrulnik permitiría averiguar el numero de entradas en la que este autor ha sido citado por mil. Calculo, a ojo, que en cada tres post un contiene su nombre. Y eso por no decir una de cada dos.

En realidad este blog podría considerarse un eco continuo de su obra.

Sé que no todo a todo el mundo interesado en la resiliencia le gusta su obra como a mi. Y que hay quien no comparte ciertos planteamientos suyos. Pero bueno… Es lo que hay.

Así que yo de vez en cuando intento averiguar si está escribiendo algo. Y esta vez me he llevado la alegría de que en Francia se acaba de publicar una nueva obra suya.

Sauve-toi, la vie t'appelle

Según lo que el Sr. Traductor de Google me ha contado en su pésimo castellano se trata de unas memorias. A las que ha titulado algo así como “Sálvate, la vida te llama” (o “Sálvate, la vida te está esperando”) y lo ha publicado la editorial Odile Jacob.

Cuando se publicó su librito “Me acuerdo…” ya expresó que había pasado 60 años elaborando intelectualmente el tema de la resiliencia porque no podía expresar abiertamente su historia.

Aquel libro, de muy pocas páginas, estaba motivado por el impacto de haber vuelto a visitar los lugares donde ocurrieron los acontecimientos más importantes de su infancia durante la 2ª Guerra Mundial. Pero la ficha del libro recién publicado señala que tiene 300 páginas. Parece que estamos ante unas verdaderas memorias.

Pero ¿qué son unas memorias? En una reseña de su nuevo libro, también gracias a Google aunque creo haberla mejorado, se dije:

Para Boris Cyrulnik la palabra "Memorias" no es sólo un género literario. También se refiere a nuestra capacidad para recoger recuerdos. ¿Cómo funciona la memoria, cómo selecciona, cómo se equivoca, cómo reconstruye la historia? Porque ella es crucial para la construcción de nuestra personalidad, sobre todo cuando, al comienzo de la vida, una emoción violenta y fundamental grabó el trauma insoportable. Los falsos recuerdos no son mentiras.  Son las mejores opciones para lo mejor y no para lo peor. La verdad narrativa no es la verdad histórica, es la remodelación que hace la vida soportable."

Ya al final de “Me acuerdo…” relata su propia experiencia con un falso recuerdo.

Siempre había recordado escapar, en su infancia, del cautiverio nazi gracias a que, una enfermera francesa le hizo una señal y, se escondió bajo un colchón en una ambulancia en el que yacía una moribunda. Tras lo cual el oficial alemán dio la orden de arrancar.

Según ese recuerdo se salvó gracias a una enfermera y a un oficial nazi benévolo que se ocupó de que la ambulancia cumpliera rápidamente con su cometido.

Sin embargo hace unos años se reencontró con la enfermera y habló con la mujer herida. Y descubrió que no se trataba de una ambulancia sino de una camioneta y que el oficial no había dado ninguna orden. Y que la camioneta arrancó porque, a quien lo ordenó, le daba igual lo que pasara con la mujer herida. Lo que quería era salir rápido de allí. Por propio interés.

Y Boris concluye:

“(…) Al manipular mi historia, es probable que sintiera la necesidad de pensar que siempre hay hombres indulgentes, cualesquiera que sean las circunstancias. De hecho, es el falso recuerdo el que sostuvo la coherencia de mi historia, puesto que el auténtico era la locura. Tuve por tanto que encontrar una coherencia que se pudiera dividir en partes: puesto que era una enfermera, entonces el vehículo, naturalmente, era una ambulancia, y puesto que se había puesto en marcha, ese oficial no podía ser más que un alemán amable. Ahora bien, ¡nada de todo eso era cierto!”

Por eso cuando se le plantea qué es lo que quiere compartir con los lectores con este nuevo libro contesta: “Me gustaría compartir una duda: La memoria que nos constituye verdaderamente ¿es una representación del pasado o la verdad pasada?

Y también el tema del silencio.

“Como la mayoría de los deportados que regresan de los campamentos, Boris Cyrulnik se refugió en el silencio después de la guerra. Él tenía que sobrevivir, y se quedó en silencio para ganarse la vida”. De hecho según el propio Cyrulnik su nuevo libro “…trata sobre la dificultad de hablar con aquellos que no quieren oír nada” .

Uno de los temas claves de su obra. La idea otra vez de la doble herida. Si mi tragedia no quiere ser escuchada por la gente que me rodea el trauma está a las puertas. Él se libro dedicándose a la psiquiatría.

No puedo cerrar este post sin recoger su humor cargado de profundidad como cuando en una entrevista, colgada en internet y a la que ya me he referido en otra ocasión, decía acerca de su pronóstico sobre la evolución del cuidado a la infancia: “Soy optimista. porque vamos hacia el desastre”.

En esta ocasión esta ha sido la pregunta y la respuesta que ha hecho que mientras las comisuras de mis labios se levantaban yo siguiera rumiando el contenido de su respuesta:

¿Qué es usted?
Mi editor dice que soy un gran escritor. Mi esposa dice que soy un marido perfecto. Mis hijos dicen que soy un padre adorable.
Sólo aquellos que no me conocen pueden decir que soy.

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