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Juego y Vida (II)

En la anterior entrada (“Juego y Vida”) me permití  lanzar un anzuelo para que una persona a la que admiro y que sabe mucho de la utilización terapéutica del juego se animara a compartir en este blog parte de sus conocimientos.

Se trata de Concepción Martínez Vázquez que en varias ocasiones ha comentado y aportado material a las entradas de este blog. Es pedagoga y psicóloga. Además de su trabajo directo en Intervención Familiar y con menores ha tenido tiempo y capacidad de formarse en Barcelona con Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan en el Diplomado de Especialización en Trauma-psicoterapia Infantil Sistémica organizado por el IFIVF (Instituto de Formación e Investigación-Acción sobre las Consecuencias de la Violencia y la Promoción de la Resiliencia).

Me manda el siguiente texto sobre el potencial terapéutico del juego:

Hola, Javier:

Después de leer tu entrada me sale pensar: ¡Bendita  “Teoría del Caos Relativo de Romeu” que encuentra un sentido al sin sentido! Porque paradójico resulta que, siendo lo más esperable que la evolución de un niño en un centro fuera de desesperación por no estar con sus progenitores, se dé sin embargo una reducción de estrés. Estoy convencida que, como tú dices, en el centro no sólo juegan más y mejor, sino que… pueden “jugar a ser” como posiblemente antes nunca pudieron, en un contexto seguro, predecible, de confort a todos los niveles.

Pensemos que el juego es un medio de expresión natural del niño, una forma de experimentar y aprender, de ensayar a través de un “como si…”. Se ensaya para la vida. Se representan roles sociales que tienen que ver con las personas del entorno del niño, pero también se juega a representar seres mágicos que invitan a la creatividad, a hacer lo posible con lo imposible.

Además el juego es un medio facilitador de comunicación, de intercambio de relaciones, de vinculación afectiva con los otros.  Imagino la liberación que debe suponer para tus niños el poder sentir y sentirse sentido por los otros a través del juego, del “jugar por jugar” sin más.

Pero no podemos olvidar que, además, el juego puede tener, en un contexto de seguridad, un inestimable valor como recurso terapéutico. O lo que es lo mismo, cuando el juego es un medio para lograr un fin: ayudar a un niño herido a reparar las heridas emocionales, las que no se ven con escáneres potentes ni con análisis… las heridas del alma.

Cuando un niño representa una historia, de alguna manera está recreando un escenario en el que él mismo es escritor, actor, director y crítico. Este maremágnum de posibilidades, cuando se da dentro de un espacio de contención, de seguridad pero también de acompañamiento, le permite una nueva reorganización de los aspectos reales o imaginados (algunos incluso temidos) que proyecta en sus juegos.

Mediante el juego simbólico el niño nos da pistas muy valiosas acerca de cómo se ve a sí mismo, pero también una visión de cómo percibe a los demás, de sus deseos y preocupaciones, de los conflictos internos, de la forma en cómo ve el mundo mediante la expresión de patrones de razonamiento y afrontamiento ante los problemas.

Sobre la bandeja de arena, una de mis técnicas preferidas, los niños recrean historias  que son verdaderos calcos de su propia realidad/preocupación: el que su papá está en prisión simula escenas en las que (curiosamente) los malos son los policías que arrestan a los ladrones (es muy difícil comprender y aceptar que papá puede hacer cosas malas); aquellos que sus padres se han separado representan una y otra vez reencuentros y reconciliaciones que devuelven la imagen de familia feliz (que quizás nunca llegó a ser) con un papá encantador y una mamá princesa en el caso de las niñas, o un papá jugando al fútbol con el hijo en el caso de los chicos… También la desorganización se refleja en la caja de arena con representaciones de mundos violentos donde la agresión domina la escena en niños que en sus hogares presencian de manera repetida episodios de conflicto entre sus padres; o en el peor de los casos el impacto de la situación negligente y el abuso es tan grande que no son capaces de crear un mundo y hacen y deshacen continuamente su representación poniendo y quitando las figuras.

Es digno de ver también cómo se meten en su papel con las representaciones con marionetas. ¡Raro es el que después de cinco minutos no acaba hablando en primera persona “como si” el protagonista real fuera él o ella en lugar de la marioneta!.

En la “sala de valientes” como llaman Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan a la sala de juego donde se trabaja con el niño, éste es capaz de traspasar al territorio de la aceptación incondicional donde poder abrirse a algo tan difícil como es su mundo emocional. Es curioso como los niños perciben este espacio de la sala de valientes como una especie de  “entorno protegido”. Los padres o cuidadores me comentan, extrañados, cómo se reservan para sí lo que allí se trabaja, sin contar qué hacemos o decimos. Eso no significa que se olviden o no lo tengan en cuenta cuando se marchan. Es para ellos un lugar seguro, no amenazante, donde la crítica queda al otro lado de la puerta, donde pueden hablar con y sin palabras. Y ello posibilita realizar un trabajo terapéutico a través de los materiales que se transforman en vehículos de expresión para el niño.  ¡No hay nada más maravilloso e inexplicable  que el poder sanador de la caja de arena!

Y es que, si bien el juego es beneficioso para todos los niños, cuando no se puede hablar con palabras porque existe un bloqueo emocional o simplemente porque el daño se produjo en una etapa en la que no había contenido verbal y fueron registradas en el cerebro del niño emociones y sensaciones que no son accesibles a la consciencia, el juego tiene un papel reparador.

Esto es especialmente importante en el caso de niños que han sufrido malos tratos en los primeros años de su infancia como ocurre en muchos de los niños adoptados quienes padecieron situaciones horribles de negligencia, maltrato físico o abuso antes de llegar a un contexto familiar donde poder confiar. Durante mucho tiempo necesitan poner a prueba a los adultos, confirmar una y otra vez que el amor sin condiciones que dicen tenerle permanece cada día cuando se levantan.

Cuando los vínculos de apego se han formado de manera insegura o desorganizada se requiere paciencia y perseverancia, pero sobre todo, un trabajo terapéutico que ayude a estructurar y reparar el daño que incluya el juego.   Porque… ¿Cómo expresar abiertamente con palabras que las figuras que tendrían que ser base de seguridad no sólo no han desempeñado ese papel sino que han sido fuente de sufrimiento?¿Existe conflicto mayor que el de un niño que no puede entender la ambivalencia de afectos que surgen cuando se es víctima de una situación maltratante?

Hay una frase muy bonita de Bruno Bettelheim, quien dice que “el juego es el camino al mundo interno consciente e inconsciente del niño. Si queremos entender el mundo interno del niño y ayudarlo, tenemos que aprender a andar en este camino”. Sin embargo, para poder ser caminantes junto al niño en el proceso terapéutico necesitamos herramientas que no dañen aún más el pedregoso sendero que a veces acompaña sus vidas, como suele suceder cuando se emplean metodologías que revictimizan al niño en muchas ocasiones.

Otras veces se realizan diagnósticos sobrecargados de pruebas estandarizadas que, sin desmerecer su importancia, en muchas ocasiones, resultan insuficientes cuanto no ineficaces para lograr ayudar al niño que ha sufrido una experiencia traumática o ha sido víctima de malos tratos.  Algo así como dar aspirina para una neumonía.

¿Cómo pretender con metodologías tradicionales que un niño con  apego desorganizado se autocontrole, que trabaje en el colegio, que obedezca las indicaciones si necesita invertir gran parte de su tiempo en intentar comprender su mundo y expresar lo que siente, que le desborda sus propias capacidades personales? ¿Existen tests para medir el dolor que produce no sentirse querido?

En mi opinión, el juego, su utilización como UNA de la metodologías en la intervención con niños, es algo serio que requiere una visión suficientemente infantil para poder acceder a su modo de ser, estar y sentir pero al mismo tiempo necesariamente adulta como para ofrecer la seguridad y acompañamiento en el proceso de reinterpretar su historia en busca de un final feliz.

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Por varios motivos intento no referirme en el blog al Centro de Recepción de Menores en el que trabajo. En primer lugar, evidentemente, por salvaguardar la confidencialidad de las historias de los y las menores que residen en él. En segundo lugar por respeto al trabajo de mis compañeros y compañeras. Y por último porque la institución en la que trabajo no me paga por escribir un blog.

Pero cuando aprendo algo en él que no puedo dejar de compartirlo con la intención de añadir un granito de arena a la difusión de lo que es la infancia desprotegida.

Y si una cosa observamos en mi centro es que prácticamente todos los niños y niñas (hasta 12 años) que ingresan en él con una medida de protección experimentan una, a veces espectacular, mejora en las semanas y meses siguientes. También es cierto que si su estancia se prolonga más allá, por ejemplo, de seis meses esta mejoría se frena o incluso pueden involucionar.

¿Cómo es posible que un niño o niña pueda mejorar en una institución? ¿En un centro donde constantemente entran y salen menores y donde constantemente cambian las personas que los atienden (turnos de trabajo, sustituciones, etc.)?

Cuando tengo que dar una explicación a este fenómeno suelo bromear hablando de la “Teoría del Caos Relativo de Romeu” (¿a quien no le gustaría pasar a la posteridad?). Según esta teoría, por llamarle d e alguna manera, los y las niñas mejoran en el caos de un centro de recepción porque proceden de un caos mayor. Al ingresar, el caos y la incertidumbre asociada  se reduce y mejoran.

La institución puede ser impersonal (procuramos que sea lo menos posible) pero al menos es predecible. Muy predecible. Hay un horario. Siempre hay desayunos, almuerzos, comidas, meriendas y cenas. Nunca, nunca, nunca los niños están sin algún adulto responsable que los cuide o supervise. Todos los días de cole se les lleva al cole. Todos los días se duchan o bañan. Y todos los días tienen ocasión para jugar.

Y si algo rompe la rutina cotidiana suele ser para bien. Ir al cine, una tarta de cumpleaños, una excursión al parque o a la piscina…

Creo que nunca tendré pruebas experimentales para avalar “mi teoría” pero, sinceramente no me importa. Estoy tan acostumbradoa este fenómeno que me parece algo evidente. Más aún, apuesto a que, sin conocer a ninguno de los residentes, podría detectar, solo por sus reacciones y en pocos días, a aquel que por error garrafal del sistema de protección procediera de una familia “normalizada” (Tranquilos. Es solo una fantasía y una fantasmada, no una propuesta)

Otra cosa que he aprendido (soy lento y torpe y me ha costado un poco) es que para que el psicólogo del centro (un menda) conozca a los y las menores es más útil “estar con ellos” que “someterlos a pruebas”. Así que últimamente procuro estar más veces con ellos y ellas  y, además, hacer menos yo y dejarles a ellos hacer más.

Así que cada vez más los observo jugar. Vamos a una salita de juego de las varias que hay en el centro y, más allá de una pequeña prueba o algo que quiera hablar con ellos, ahí estamos. Y el otro día, mientras una niña de unos siete años jugaba a construir una especie de ciudad con piezas de plástico, pensé que quizá habría que refinar la Teoría del Caos Relativo.

Además de mejorar porque se reduce el estrés (probablemente sutil) de un contexto familiar, muy personal pero muy impredecible, empiezo a sospechar que el centro les devuelve la oportunidad de jugar mucho y bien.

Tienen muchos espacios para ello. Tienen a su disposición muchos juguetes. Sitios a los que trepar y gatos a los que perseguir. Y sobre todo muchos, muchos… compañeros y compañeras de juego.

Pero… se supone que estos niños y niñas, cuando estaban con sus padre,s debían jugar más ¿no?. Sus padres probablemente no les exigen hacer los deberes, incluso a lo peor muchos días no los llevan al cole, o les dejan bajar a la calle mucho más que a un niño de una familia “responsable”. Mucho tiempo y libertad para jugar.

Siempre he pensado que la desprotección infantil, al proceder de la falta de responsabilidad parental, afectaba a las cosas serias de la vida de los niños: su salud, el estímulo para el aprendizaje… Pero empiezo a sospechar que la negligencia también afecta a la parte lúdica de su vida.

Y para seguir esta sospecha debo plantearme qué significa en realidad el juego. Aunque no soy especialista en el tema (seguro que alguno o alguna nos ayuda con sus comentarios) pienso que el juego es, no solo en el ser humano sino en todas las especies, un simulación segura (y por tanto divertida) de la vida (real o imaginaria).

Con el juego se desarrollan destrezas, habilidades, actitudes… para la vida porque se pueden probar opciones sin miedo, reintentar cosas, corregir errores… y así modelar comportamientos y experimentar modelos.

Pero creo que esta experiencia requiere, para ser verdaderamente enriquecedora, un contexto de seguridad que permita olvidarse de la vida y sumergirse en el juego. Se puede jugar en la incertidumbre pero no será un juego de calidad.

Y aunque me apunto que en un futuro debería analizar como la desprotección infantil afecta al juego de los niños y niñas, de momento se me ocurre que:

No debe ser tan divertido jugar a cocinitas cuando luego hay que hacerse la cena suponiendo que haya algo en la nevera.

No debe ser tan divertido jugar a “policías y ladrones” cuando tu madre te utiliza para robar en el supermercado.

No debe ser divertido jugar a la consola si estás muerto de sueño pero tu padre necesita un contrincante.

No debe ser divertido jugar en la calle cuando perder te puede costar algo que quieres mucho (tu colección de cromos o tu honor)

No debe ser tan divertido jugar a las cartas sin cartas o al parchís sin parchís.

Y no es lo mismo jugar a “Papás y mamás” que a “Muchos, muchos papás y la mamá” o a “Mamá ¿y papá?”

Así que empiezo a sospechar que las niños en situación de riesgo o de desamparo juegan peor precisamente porque son sus padres los que se toman la paternidad o la maternidad como un juego.

No sé si los niños y niñas del centro donde trabajo juegan más que cuando estaban con su familia pero creo que sí juegan mejor. Y si juegan mejor… mejoran.

Por aquello del humor iba a titular este post como “La Teoría del Caos Relativo de Romeu revisada lúdicamente por… Romeu”. Por aquello del anhelo de posteridad. Pero esos anhelos a veces matan. Así que “me estoy quitando”.

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En la anterior entrada (Resiliencia y… juego) jugué (como parecía pertinente) a plantear una adivinanza. La de qué era lo que tenían en común ciertas escenas.

Escenas reales como la de un oso polar inhibiendo su instinto de caza para jugar con los perros de un campamento o población cercana.

O la de unos jóvenes que constituyen una agrupación o asociación cuyo objeto es imposible que tenga sentido en si mismo – excepto locura de todos su miembros- . Objeto (la liberación de enanos de jardín) que sólo puede ser entendido como la excusa para una actividad lúdica y relacional de sus asociados.

O la del auge de videojuegos que simulan una cierta realidad dándose la paradoja que descansemos de nuestro trabajo… ¡jugando a otro!

Pero no pude dejar de incluir también escenas salidas de la imaginación de alguna intuición artística genial.

Escenas que reflejan el inmenso potencial del juego para afrontar la adversidad. En un caso disfrazándola para escapar de ella (Tom Sawyer convenciendo a su amigo de que su castigo – pintar una vaya – era una cosa muy divertida). En otro (La vida es bella) convirtiendo el sinsentido en un juego para poder resistirlo. O de otra forma: utilizando el juego para dar sentido a lo que no lo tiene.

Es cierto que mi interés en este blog por el juego ya viene de largo. Sea porque un íntimo amigo, Gabriel Songel, artista reconvertido tempranamente en diseñador, es un experto en el juego y los juguetes y ya nos hemos cruzado un par de entradas (la de este blog la puedes leer pinchando aquí).

Pero además porque hace unos meses un cuñado (cuyo nombre no cito hasta que él no me autorice / Pepe Murgadas, que ya lo ha hecho) comenzó a hablarme de algo nuevo en lo que estaba trabajando: el gaming (yo lo traduciría por ludificación). Un planteamiento que trata de llevar los mecanismos característicos y propios del juego y lo lúdico a distintas facetas de la realidad con la intención de optimizarla.

Precisamente ahora la empresa en la que trabaja mi cuñado (Canales. Soluciones Digitales), junto con otras (BrainSINS y Gamemarketing) , organizan un Congreso en Valencia para el próximo día 20 de septiembre (puedes acceder a la web del mismo en http://gamificationworldcongress.com/) cuyo programa me parece apasionante.

Debo recordar que en la entrada “Otra vez a vueltas con el tiempo… y el jugar” incluí un párrafo de Stuart Brown, un médico estadounidense que se interesó en el tema del juego al descubrir, como perito en asesinos en serie, que algunos de ellos habían manifestado una carencia significativa de actividad lúdica en su infancia. El párrafo era el siguiente:

“Lo opuesto al juego no es el trabajo, es la depresión. Y creo que si uno piensa en una vida sin juego: sin humor, sin coquetería, sin películas, sin partidos, sin fantasía y demás… (debemos concluir que ) estamos diseñados para jugar durante toda la vida”.

Si esto es así, plantearse el gaming, la gamificación o la ludificación de la realidad tiene mucho más sentido que la mera chifladura de unos cuantos gurús de lo virtual, de los juegos online o del marketing empresarial.

Si realmente el juego, lo lúdico, es contrario a la depresión, su relación con la resiliencia es evidente. Se puede resistir y rehacerse de la adversidad inoculando pequeñas o grandes dosis de juego en ella.

Cómo prosperar en la era digitalLa relación de juego y realidad es mucho más compleja y difusa de lo que a primera vista puede parecer. No voy a detenerme ahora en ello. Pero no puedo dejar de terminar esta entrada con una reflexión que Tom Chatfield(escritor, comentarista y teórico de temas relacionados con la tecnología) hace en su libro “Como prosperar en la era digital” (Ediciones B. Colección The School of Life).

En su capítulo “El juego y el placer” recoge la diferencia hecha por Horst Rittel y Melvin Webber (1973) entre “problemas dóciles” y “problemas perversos”.

Los problemas dóciles son problemas en los que la persona que intenta resolverlos dispone de todos los datos necesarios y sabe desde un principio que existe una solución definitiva o un resultado correcto. Juegos como el ajedrez, el parchís, un crucigrama, etc. son ejemplos de problemas dóciles. Tenemos los datos, las reglas y habrá un desenlace tarde o temprano si manejamos, sin trampas, unos y otras. De igual manera, digo yo, reparar un coche o una lavadora será casi seguro un problema dócil para un buen mecánico o técnico en electrodomésticos.

Pero añade Chatfield: “Por otro lado, están los problemas «perversos»: los que no pueden enunciarse de un modo inequívoco y que no tienen una solución única o definitiva. Cada problema perverso consta de un conjunto singular de circunstancias, entrelazadas a su vez con otros conjuntos de problemas. Un problema perverso típico es el de la salud económica de un país o una empresa, o el intento de una persona de decidir qué medidas debe tomar en su vida personal”

En los problemas perversos lo único que podemos hacer es encontrar, no una solución, sino una estrategia que permita descomponerlo en problemas más sencillos en la esperanza de poder enfocar mejor cada uno de ellos o incluso que alguno acabe siendo un problema dócil.

La conclusión está servida para Chatfield:

Tom Chatfield“Cuando jugamos, dejamos a un lado lo perverso para concentrarnos en lo dócil. Esto explica en gran parte por qué nos gusta tanto el juego y por qué, desde una óptica evolucionista, este tiene tanta importancia en el reino animal. El juego es una actividad segura que nos ayuda a ejercitar destrezas que van desde la coordinación y el combate hasta la velocidad y la habilidad para escondernos. El propósito del juego es practicar para la vida, pues la vida en sí misma nunca es una práctica. En el mundo real, los momentos y las oportunidades solo se nos presentan una vez; de ahí «la insoportable levedad del ser», en palabras del escritor checo Milan Kundera”

Quizá, como mantiene el filósofo Alexandre Jollien, la vida no tiene solución… porque no es un problema. Pero desde luego, si fuera un problema, está claro que es un problema perverso y no un problema dócil.

Para mí el argumento de Chatfield es, junto con el de Stuart Brown, suficientemente estimulante para interesarnos en este blog por lo lúdico.

Es curioso. Hace un tiempo cuando decidí estructurar todos los factores de resiliencia en externos, internos y de significado (basándome, claro está, en Boris Cyrulnik) entre los primeros incluí el sustento físico. Era algo evidente (no hay resiliencia sin resistencia).

Y para definir el sustento físico recogí lo que se señalaba en la conocida “Casita de la resiliencia”. El suelo lo formaba la satisfacción de las necesidades físicas básicas: refugio (vivienda, ropa) alimentación, salud y … juego. No sé si la necesidad de juego es una necesidad material pero desde luego, en todo caso, será la necesidad psíquica más cercana a las físicas.

Seguiré atento a ver, si como algunos mantienen, se puede llegar a ludificar la realidad incluso en cosas tan serias como el trabajo, el comercio, la solidaridad, la salud pública…

No sé que pensar. Aunque desde hace unos meses algunos de mis hijos juegan en un ipod o un smartphone a un juego en el que obtiene chucherías virtuales. ¡Angelitos! – pensaba yo – Hasta que descubrí que luego podían ir a una determinada franquicia y canjearlas (sin coste) por chucherías… ¡reales!

(Y puedo prometer que no es porque les haga publicidad con la foto de abajo)

 

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CANADA. 1992.

Un fotógrafo alemán observa un grupo de perros usados para tirar de los trineos. Están atados por cadenas y la mayoría descansa tranquilamente. Pero, de repente, se alteran y empiezan a ladrar furiosamente mirando en una misma dirección. El fotógrafo mira hacia allí y observa un punto en el horizonte que se mueve. Con el objetivo de su cámara descubre que un oso polar se acerca rápidamente. Los perros están cada vez más alterados y nerviosos. Todos menos uno.

Una perra de raza Husky sigue tumbada tranquilamente. Y seguirá así incluso cuando el oso polar está a pocos metros. El oso parece haberse fijado en ella. Pero no se abalanza sobre ella sino que comienza a hacer pequeños y tímidos movimientos. La perra sigue sin dar muestras de tensión y mueve alegremente la cola. En unos minutos los dos animales están interactuando amistosamente.

El mismo oso volverá más o menos a la misma hora durante cuatro días consecutivos repitiéndose la escena con distintos perros del grupo.

 

ITALIA. Región del Piamonte. 2012.

Pier Giorgio está agazapado tras unos arbustos. Es noche cerrada y es verano. Está en tensión. La adrenalina le recorre el cuerpo produciéndole una sensación ambivalente. Mira a un lado y a otro para asegurarse que sus compañeros no le han dejado solo. No los diferencia bien porque todos visten ropa oscura y llevan pasamontañas cubriéndoles la cara.

De repente alguien dice ¡Vamos! y todos se levantan como impulsados por un resorte. El primero en llegar a la valla coloca una pequeña escalera y, uno a uno, suben por ella y con facilidad consiguen entrar en el jardín del chalet. El último sube la escalera y la prepara para la salida.

Una vez dentro y con ayuda de pequeñas linternas detectan su objetivo.

Tras recoger a todos los enanos de yeso o porcelana que han encontrado en el jardín los meten rápidamente en el coche y se dirigen hacia un bosque cercano donde los liberarán. Antes de ello y de nuevo encapuchados se harán fotos con los enanos para testimoniar la nueva acción del Frente de Liberación de Enanos de Jardín.

Después se reunirán con amigos y amigas la casa de uno de ellos para beber, comer, reír y comentar su nueva hazaña.

 

AUSTRALIA. 2012.

Thomas está muy cansado y todavía tiene que resolver algunos problemas antes de la cena. Necesita conseguir pienso para los cerdos de su granja. Tiene una vaca a punto de parir y no tienen dinero suficiente para terminar el nuevo cobertizo.

Sin embargo todos estos problemas, sentado en un cómodo sillón, con una cerveza fría, y conectado a Farmerana en su portátil le sirven para relajarse de una larga jornada en su trabajo en la construcción. Ocho horas de un trabajo físicamente muy duro pero muy abuurrido.

 

EEUU. Estado de Nueva York. 1876.

Samuel L. Clemens está escribiendo una novela.

El protagonista es un chaval, huérfano, que vive con su tía y que no para de hacer travesuras.

Esa mañana Samuel está inspirado o ha recordado algo de su propia infancia que le servirá para su novela. Su protagonista, Tom, ha sido castigado por su tía a pintar una vaya. Pero cuando su amigo Ben se acerca a ver lo que está haciendo, Tom no le dice que es un castigo. Más bien le dice que es algo muy divertido y acaba consiguiendo que sea su amigo quien la termine de pintar.

ITALIA. 1995.

Roberto es actor, guionista y director de cine y televisión. Está trabajando en una nueva película.

La idea le surgió de haber leído el libro “Al final derroté a Hitler” en el que su compatriota, Rubino Romeo, cuenta sus experiencias en los campos de concentración italianos y alemanes. Su lectura también le recordó lo que su padre le contaba a él y a su hermano sobre los dos años que también fue prisionero. Roberto no puede imaginar que tras ver esta película su padre exclamará "Hijo… ¡por fin has hecho una buena película!”

La misma se llamará “La vida es bella” y se desarrolla en ese momento tan trágico de la historia europea y mundial. Pero él es un comediante y quiere hacer una película que destaque que, aun en las situaciones más terribles, es posible encontrar la belleza, y sobre todo a través del amor por los que tenemos al lado. Ahora está dando los últimos retoques al guión.

En la escena final se ve al niño protagonista sonriente encima de un tanque aliado que, junto a centenares de presos liberados, salen del campo de concentración. 

Antes de morir de un disparo su padre le había explicado que el campo de concentración era un gran juego donde, siguiendo unas determinadas reglas, se obtenían puntos y se podía ganar un gran premio.

Pero Roberto imagina el plano y piensa que necesita una voz en off. Quiere destacar la idea de que el niño, como Rubino Romeo, también termina venciendo a Hitler. Piensa por un momento y finalmente escribe una anotación en el guión:

“Ésta es mi historia, ese es el sacrificio que hizo mi padre, aquél fue el regalo que tenía para mi… ¡Mil puntos! Es para morirse de risa… ¡Primeros!… ¡Volvemos a casa con el carro blindado!…¡Hemos ganado!"

(Hay ya en este blog una referencia a esta película en una entrada de Rosa Herrera)

 

EN DONDE ESTÉS. En este momento.

Tu mismo o misma. Deberías estar pensando ¿qué demonios tienen en común todas estas escenas? ¿Osos, liberadores de enanos de porcelana, granjeros virtuales…? ¿Escenas reales y escenas imaginadas?  y ¿qué tienen que ver con la resiliencia? ¿Cual es título que le falta a esta entrada?

Te invito a adivinarlo.

Te invito a un JUEGO.

 

RESILIENCIA Y …

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Esta entrada es un poco especial. No está referida al tema de la relación de ayuda interpersonal (la relación en la que una o unas personas quieren o necesitan ayuda y otras personas quieren o deben ayudarles). La entrada responde más bien a una relación de ayuda “entre blogs” pues  amplia la conexión de este blog con otro blog que aparentemente no tiene nada que ver.

Pero en el supuesto de que a alguien le interese el contenido de “disparefuturo” (lo cual dudo) le invito a leerla puesto que incursionaré de pleno en el núcleo de la llamada psicología positiva. Disciplina que va creciendo en mi interés por lo que creo que no tardaré en volver a cambiar el subtitulo de este blog añadiendo “y la psicología positiva” a la frase “La relación de ayuda desde el fenómeno de la resiliencia…”

El pasado mes de julio mi amigo Gabriel Songel, Catedrático de Diseño de la Universidad Politécnica de Valencia, tuvo a bien hacer una entrada en su blog (http://gabrielsongel.blogspot.com) utilizando a su vez mi referencia en este blog al libro de Zimbardo “La paradoja del tiempo”.

Una de sus especialidades es el diseño del juguete y la historia del mismo. Cuando conoció la idea básica de Zimbardo se percató del valor de los juguetes (y en concreto de los museos de juguetes) de enraizarnos con el pasado,

Para Zimbardo una postura sana respecto al pasado es la de centrarnos en todo aquello positivo que hemos vivido y que nos conecta con más gente: nuestra familia, nuestro país, nuestro barrio… Por el contrario es psicológicamente una postura insana la que tienen las personas que quedan atrapadas por una mala experiencia en el pasado a partir de la cual se configura toda o parte de su personalidad.

No cabe duda que los juguetes y los juegos son uno de esos anclajes claros con nuestro pasado y que normalmente será un anclaje positivo (excepto, claro está, que me atragantara con un juguete que me metí en la boca y estuviera a punto de asfixiarme).

Pero hoy me gustaría ofrecer algunas claves desde la psicología positiva para analizar la relación pasado – juguete – felicidad. Espero Gaby que quizá alguna des estas reflexiones te sean útiles para tus alumnos.

1.- Si quieres invertir en felicidad compra experiencias no objetos.

Richard Wiseman, psicólogo y mago, en su más que recomendable libro “59 segundos: piensa un poco, para cambiar mucho”  (Editorial RBA – Integral)

59 segundos - Piensa un poco, para cambiar mucho - RICHARD WISEMAN

señala que está comprobado que contribuye más a nuestra felicidad futura acumular experiencias positivas (viajes, relaciones…) que acumular objetos (ordenadores, coches, electrodomésticos…). (Mi mujer gastaría todo nuestro dinero en viajes, óperas….. yo lo gastaría en libros y eso que ahora se llama “gadgets”… Lo que demuestra que mi mujer es más sabia que yo)

Además de la comprobación experimental que Wiseman recoge en su libro, todos podemos comprobarlo intuitivamente. ¿En qué contribuye a mi “sentirme bien” actual el segundo ordenador portátil que me compré? Ni siquiera me acuerdo cual fue. Fui “feliz” cuando lo estrené pero a partir de ahí puedo asegurar que su contribución a mi felicidad siempre fue una línea descendiente (que además pasó a balance negativo cuando empezó a funcionar mal y dar problemas).Podría preguntarme lo mismo para mi tercer coche o mi cuarta casa (de alquiler).

Sin embargo la línea de contribución a la felicidad de la experiencia de nuestro viaje con todos nuestros hijos a París es justo la contraria: creciente. Empezó en negativo. Los preparativos complicados y tensos. El viaje en si con momentos maravillosos y otros complicados (alguna discusión, algún contratiempo…) Una vez finalizado los recuerdos negativos empiezan a evaporarse y prevalecen los positivos. Además queda el motivo: lo realizamos en memoria de mi madre y gracias a su herencia. Pero cuando creo que ya ha llegado a su techo “de buen recuerdo” descubro que no es así. Mi hija la mayor poco tiempo después decide ser monja de clausura y el viaje a París pasa a ser el último que hicimos todos juntos. Lejos de descender en su contribución a mi felicidad pasa a ser un recuerdo cargado de buen rollo y gratitud.

Evidentemente las cosas no son tan sencillas. Los objetos, unos más perecederos y otros menos, sirven para tener experiencias. El viaje a París fue posible por haber comprado un monovolumen nuevo (comprado también con la herencia materna). Pero mi “flagoneta” desaparecerá de mi vida (ya está dando los primeros indicios de despedida) pero nunca el viaje.

Corolario para diseñadores juguetes: no es lo mismo el diseño del objeto que el diseño de la experiencia lúdica.

Cuando pienso en mi infancia y las horas y horas de juego con mi vecino, amigo y casi hermano “Pepito” no recuerdo ni un solo juguete que me haya quedado fijado en mi “banco de felicidad” por su diseño como objeto. Sin embargo ocupa el primer puesto en la estantería “recuerdos felices de juego” un fuerte vaquero que construías con maderitas encajables que nos permitió horas y horas de batallas de indios contra vaqueros con gomas elásticas tensadas con reglas de madera. O unas chapas con razas de perros con las que jugábamos partidos de futbol empujándolas con los dedos.

2.- Existe una diferencia entre el “yo que experimenta” y el “yo que recuerda”

El psicólogo y Premio Nobel de … ¡Economía! Daniel Kahneman mantiene en una conferencia en TED que existe una diferencia entre el yo que experimenta y que vive el momento (fragmentos de tiempo de no más de 3 segundos) y el “yo que recuerda” que básicamente construye historias a partir de los momentos vividos anteriormente. Pero para el yo que recuerda no todos los momentos pesan lo mismo.

Pone un ejemplo muy claro: un melómano escucha una grabación maravillosa de una sinfonía durante media hora, sin embargo al final de la grabación un chirrido estridente en la misma le produce un momento de sobresalto y disgusto. Su “yo que experimenta” ha disfrutado de cientos de momentos de extasis musical y uno indeseable. Pero por culpa de ese último su yo que recuerda construirá la “historia de una experiencia decepcionante”.

Este ejemplo me hace pensar en el juego del “Risk”. No me cabe duda que es un juego que proporciona momentos muy divertidos. Sin embargo mi yo que recuerda ha construido la “historia de ese juego que nunca podemos terminar la partida”. Porque yo siempre he jugado en una casa llena de niños, de gente… donde siempre ha surgido alguna circunstancia que ha impedido que la partida termine. Sin embargo el “yo que recuerda” de mi propio amigo Gabriel Songel estoy seguro que ha construido la historia de “ese juego que me permitía largas noches de camadería con mis compañeros de piso en Milán”

3. Felicidad = placer + sentido

Está sencilla fórmula recoge la tesis de autores como Tal Ben Shahar, Catedrático de Psicología Positiva de la Universidad de Harvard. En su libro “Ganar felicidad”  (RBA Libros – Integral)

Ganar felicidad - TAL BEN-SHAHAR

utiliza una metáfora muy clara para explicar las 4 actitudes básicas frente a la felicidad:

Desde la actitud hedonista buscaré comer una maravillosa hamburguesa sin preocuparme por el efecto que en mi salud y en mi digestión tenga la misma. Lo que importa es simplemente el placer presente.

Sin embargo las personas con actitud competitiva renuncian al placer presente para conseguir el beneficio que desean en el futuro. Sería como comer una hamburguesa de pollo y verduras con pan integral. No es sabrosa pero mucho más sana.

La actitud nihilista, en base a una serie de experiencias o, mejor dicho,  decepciones, renuncia al placer presente y a luchar por el futuro. Sería como comerse una hamburguesa da mal sabor y encima completamente insana.

La actitud adecuada para la felicidad es la de equilibrar el placer presente con los proyectos de futuro. Eso sí, proyectos cargados de sentido en si mismos. La hamburguesa actual es por tanto aquella que siendo insuperable en sabor redujera nuestros niveles de colesterol y nos ayudara a adelgazar.

Según esto el juguete perfecto desde el punto de vista de la felicidad sería aquel que fuera extremadamente divertido y que además nos involucrara en una actividad con sentido en si misma (como desarrollar un proyecto vital importante para nosotros y satisfactorio en si mismo: aprender, desarrollar una vocación…)

Tengo claro que la hamburguesa perfecta (exquisita y sana) no existe. El juguete perfecto… no lo conozco.

Puede ser extremadamente divertido atropellar sicarios de la banda contraria pero no nos involucra en un proyecto vital lleno de sentido en si mismo. Si lo hace un terrario de hormigas que puede encender o alimentar nuestro amor por la naturaleza y una vocación de biólogo o naturalista. Pero está claro que no es el juguete más divertido del mundo.

Pero… ¿quien ha dicho que ser feliz deba ser fácil?

Desde luego, en este blog, no.

En definitiva, estas reflexiones explican porque el diseño del juguete y el juego trasciende el diseño del momento presente (del juego en si mismo) y debe considerar también el pasado (el antes) y el futuro (el después) del momento de juego.

Me viene a la cabeza que estas navidades pasadas encargamos a los Reyes Magos (a mi casa vienen) dos juguetes que nos hicieron mucha ilusión. Tanta que incluso yo le compré otro más a un hermano de más de 60 años: helicópteros teledirigidos. Cuando piensas en ellos te imaginas (proyectas futuro) en el salón de tu casa, sentado cómodamente y dirigiendo a media altura un helicóptero sin ningún problema. Ahora lo aterrizo en la mesa, ahora despega, ahora asusto al canario acercándolo a la jaula…. Pero cuando lo pruebas por primera vez, y aunque la caja diga que es apropiado para interiores, descubres que la fuerza de elevación (vertical) y la de desplazamiento (horizontal) interactúan más rápidamente de lo que tu puedes controlar y que el dichoso aparatito no es ese objeto que simplemente levita y tú, tranquilamete lo desplazas donde quieres. Así que lo que era un supuesto juego excitante es un factor de estrés, con el que para conseguir la destreza necesaria tienes que haber invertido horas de práctica y de accidentes domésticos.

Algo parecido, pero por otro motivo, pasa con los coches teledirigidos. Por lo que yo sé a todos los niños les encantan y sin embargo son el paradigma del juguete “abandonado” o infrautilizado. ¿Por qué?

Supongo que porque es un juguete adulto-dependiente. El suministro de pilas o carga eléctrica depende del adulto.Y pocas veces coincide la necesidad del niño de jugar con la disponibilidad del adulto (Ahora no… ya te compraré pilas… ¿dónde está el cargador?… No tienes otra cosa con la que jugar….)

En fin… si la psicología positiva consiste en el estudio del comportamiento humano óptimo, la psicología positiva del juego sería el estudio de la experiencia lúdica óptima.

Y acabo con una frese de Stuart Brown en otra conferencia en TED en la que afirma que el juego es más que diversión: “Lo opuesto al juego no es el trabajo, es la depresión. Y creo que si uno piensa en una vida sin juego: sin humor, sin coquetería, sin películas, sin partidos, sin fantasía y demás…Imaginen una cultura o una vida, de adultos o no,sin juego. Lo que es tan particular de nuestra especie es que estamos diseñados para jugar durante toda la vida”.

Querido Gabriel: esta cita por si sola da para una nueva entrada ¿en tu blog o en el mío?

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