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Posts Tagged ‘RESILIENCIA’

Al ser este blog de WordPress y el de Reyes Adorna de Blogger no PUEDO o no SÉ rebloguearlo directamente.

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Es un post con el que coincido al 99% con ella. Solo discrepo en la recomendación de un blog ¡Nadie es perfecto!

http://elorigendelainfelicidad.blogspot.com.es/2015/08/resiliencia-fortaleza-interior.html

EL LIBRO

http://www.edesclee.com/products.php/ISBN9788433026767/cPath,7_21

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(Como siempre tan amable y tan entregada Conchi Martínez Vázquez responde a una sugerencia mía enviándome este texto. Espero que os guste)

Siempre me han fascinado las estrellas de mar. La forma con la que se nos muestran se asemeja a sus homólogos astros, pero tras su aparente frágil aspecto, gran cantidad de espinas pueden cubrir su cuerpo para protegerse de depredadores. Alrededor de esas espinas tienen unas pequeñas pinzas que utilizan para mantener limpia la piel de algas u otros restos que intentan adherirse a ella.

Pero sin duda alguna, lo que más me sorprende de este increíble animal es su capacidad de regeneración cuando se ha escindido por causa de un agente externo como un golpe o una agresión. A partir de un solo brazo, es capaz de regenerase y con ello volver a estar completa. Podría decirse, en términos de resiliencia – nunca mejor dicho- aquello de Michael Manciaux de “resistir y rehacerse”…

Empleando el pensamiento mágico de los niños, podríamos pensar que las estrellas de mar quizás fueran en otro tiempo estrellas del firmamento que han caído al océano porque no se dieron las circunstancias para que allí permanecieran. Una atmósfera irrespirable donde la violencia celestial mermara el oxígeno necesario para sobre-vivir, un asfixiante calor intrusivo que las incapacitara para desarrollarse como astro único, un posicionamiento inadecuado en un lugar donde no podían brillar con luz propia porque dedicaban todos sus esfuerzos a buscar la luz de las estrellas grandes sin éxito … les hicieron ir a parar a otro lugar, a otro mundo, a otro espacio.

Un astro rey Sol o una brillante Luna, no pudieron, no supieron o quizás no quisieron que formara parte de ese firmamento en el que surgió. Algo muy parecido a lo que ocurre con niños y niñas acogidos o adoptados. Si las estrellas de mar tuvieran que encontrar su otro yo en el mundo humano, lo encontrarían en este enorme puñado de pequeños que, como ellas, desarrollaron espinas para protegerse, pinzas para limpiar las heridas del alma y fuerza arrolladora para seguir adelante, para regenerarse aunque el trauma provocado por su historia de vida haya roto alguna de sus partes. Gracias al poder sanador de los elementos del nuevo medio podrán sanar y restablecer nuevos vínculos, minimizar sus mecanismos de defensa como la huida y el ataque, porque ya no será necesario, y así, brillar con luz propia. Aunque por un tiempo se sentirán desterradas hasta que puedan adaptarse y encontrar su sitio.

Conozco muchas estrellas de mar. María fue adoptada cuando tenía cinco años, después de pasar la mitad de su vida institucionalizada en un orfanato de otro país. Relata cómo sufría cada vez que venían los domingos nuevos papás a elegir un niño o niña. Mostraba su mejor sonrisa, hacía gala de sus encantos, pero una y otra vez se frustraban sus esfuerzos porque siempre ganaba alguno de sus competidores de amor.

Sin embargo llegó el gran día y encontró lo que necesitaba, una familia que le diera el afecto y los medios para sanar sus heridas producidas por el abandono y malos tratos a los que estuvo expuesta. Cuando llegó a su nuevo “océano” no fue fácil. Al igual que la estrella de mar, la niña necesitaba protegerse de un medio percibido como hostil, del desconocimiento de costumbres, formas de relación, normas y límites que no formaban parte de su repertorio. A la pérdida de su figura de apego se le sumaba entonces la segunda ruptura del que se había convertido su hogar en los últimos años. Tardó tiempo en poder comprobar que este océano nuevo tenía ciertamente algunos peligros reales y otros que eran sombras del pasado, que además de depredadores podía encontrar a su alrededor un colorido espectacular que podía despertar en ella emociones positivas. También descubrió que existen cuevas marinas que sirven de refugio donde sentirse segura y protegida. Como una red en el amplio sentido del término que le permite sostenerse, encontrar el equilibrio, agarrarse a tierra firme. Además de sus padres adoptivos, su profesora de mates, la monitora del comedor, la psicóloga, la mamá de su amiga Clara, etc. todo un ejército de tutores de resiliencia van a ayudarle a regenerar sus partes dañadas. María tiene hoy 10 años y brilla cada vez más con luz propia.

Hay una historia por la cual tengo predilección y en la que pienso muchas veces ante situaciones que tienen que ver con la falta de sensibilidad de algunos adultos ante determinadas conductas de un niño quien, debido a las consecuencias de haber vivido situaciones de violencia de manera directa o vicariamente, abandono, situaciones de estrés extremo o cualquier otro ataque a su persona, presenta un comportamiento agitado, agresivo, poco empático.

Ante esto muchas veces desde el contexto familiar y/o escolar se le atribuye maldad en sus actos sin pararse a pensar que, además de ser imprescindible separar la persona de la conducta –todos necesitamos una aceptación incondicional de la persona aunque la conducta sea inadecuada-, es necesario comprender que para poder regenerarse necesita que haya elementos en su entorno que le ayuden a cerrar su herida, que no es un monstruo marino, sino una estrella de mar dañada a la que escuece su herida y sólo la sal del afecto, la comprensión, los límites y la aceptación pueden curar. Ahí va la historia:

Cierto día, caminando por la playa, reparé en un hombre que se agachaba a cada momento, recogía algo de la arena y lo lanzaba a la mar. Hacía lo mismo una y otra vez.

Tan pronto como me aproximé, me di cuenta de que lo que el hombre agarraba eran estrellas de mar que las olas depositaban en la arena, y una a una, las arrojaba de nuevo al mar.

Intrigada, le pregunté sobre lo que estaba haciendo, y me respondió:
-Estoy lanzando estas estrellas marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea baja y estas estrellas han quedado en la orilla. Si no las arrojo al mar, morirán aquí por falta de oxígeno.

-Entiendo -le dije-, pero debe haber miles de estrellas de mar sobre la playa. No puedes lanzarlas a todas. Son demasiadas y quizás no te des cuenta de que esto sucede seguramente en cientos de playas a lo largo de la costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?

El hombre sonrió, se inclinó y tomó una estrella marina, y mientras la lanzaba al mar, me respondió:

-Para ésta sí lo tuvo.”

Encontraré en mi camino muchas estrellas de mar y, aunque no podré lanzarlas todas al océano, confiaré en que cada vez que me agache para coger una, habré contribuido un poco a que su luz destelle hilos de esperanza y algún día brille con fuerza, seguramente la suficiente como para que no deje que caigan del firmamento más estrellas al mar.

Concepción Martínez Vázquez

Pedagoga, psicóloga y terapeuta familiar e infantil

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Hay triunfadores, personas destacadas y reconocidas internacionalmente que tuvieron una infancia difícil. ¿Son por ello resilientes? Veamos.

Un niño nace en Inglaterra durante la II Guerra Mundial. Su padre, para no combatir, huye abandonándolo a él y a su madre. Unos años después ésta decide casarse de nuevo y dejar a su hijo con una hermana y su marido.

El chaval se refugia en la música. Forma un grupo que llegará a ser el más famoso de la historia de la música pop. Tras la separación del mismo, años después, nuestro protagonista, llamado John, y apellidado Lennon, se convierte en un icono de la no violencia y del movimiento por la paz. Compone una canción donde nos invita a imaginar un mundo más allá de todas las limitaciones del que conocemos.

Aparentemente, un resiliente.

Quizá deberíamos preguntarle a su primer hijo, Julian. Y si nos basamos en lo que ha declarado en varias entrevistas debemos deducir que la historia se repite. John sufrió el abandono de su padre. Julian, también. Su padre nunca pareció interesarse por él y por su madre tras su separación. De hecho uno de sus discos está dedicado al segundo marido de su madre a quien el considera su “verdadero padre”.

¿Se puede considerar resiliente a quien reproduce en su hijo la misma adversidad que el vivió y que aparentemente había superado? Yo creo que no.

Pablo Picasso. ¿Quién pude cuestionar su éxito? Pero si leemos “Picasso, mi abuelo” de su nieta Marina (Plaza y Janés Editores) descubriremos un sinfin de tragedias, suicidios incluidos, fruto de una actitud ególatra y endiosada del famoso pintor. Éxito social y resiliencia no son términos equivalentes.

(Ubicación en el Blog-rrador:7)

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Fueras de serieEl 17 y 18 de marzo escucho a Boris Cyrulnik y a Jorge Barudy en Madrid. Y en el hotel y en el tren disfruto del divertido e interesantísimo libro de Malcolm Gladwell “Fueras de serie” (Porque unas personas tienen éxito y otras no) de la Editorial Taurus. Y las dos cosas se complementan. Y surge la metáfora.

Imaginemos una carrera de cinco mil metros en un estadio olímpico. En la segunda vuelta un corredor tropieza con otro y cae al suelo. Queda desconcertado y dolorido pero, poco a poco, se incorpora. Cojeando comienza a trotar de nuevo. El resto de los corredores ya está a más de 200 metros de distancia.

A mitad de carrera un corredor se destaca poco a poco del grupo. Algún otro intenta seguirle pero su ritmo es endiablado. Tres vueltas más tarde se ha distanciado cien metros de todos los demás.

Pero la atención del público está en otro puesto. El corredor rezagado ha recuperado sensiblemente la distancia perdida. El público comienza a murmurar. Unas vueltas más adelante el murmullo se convierte en gritos de ánimo. El corredor parece responder a los mismos. A falta de mil metros para el final, está a tan sólo diez del penúltimo corredor. El estadio vibra.

Cuando el primero entra en meta nadie lo celebra. Todo el mundo está absorto viendo como el corredor caído, con restos de sangre en una de sus rodillas, está adelantando corredores y en un último esfuerzo consigue llegar… ¡en tercera posición!

El primero es un fuera de serie. No cabe duda. Pero el resiliente es el tercero. El que tuvo que superar la adversidad de la caída.

Han corrido dos carreras diferentes. En realidad el ganador ha corrido una carrera y el tercero ha corrido dos. Una desde la salida hasta la caida. Otra, a partir de la caida.

El corredor que cayó sufrió una adversidad. Después por su propios recursos comenzó una nueva carrera, y después, con el apoyo y el estímulo del público alcanzó un resultado más que aceptable.

¿Y el ganador? ¿el fuera de serie? Según Malcolm Gladwell no deberíamos considerarlo como un ser especial, como un portento. Si analizamos sus circunstancias y su historia seguro que encontramos que ha llegado a destacar porque tuvo, y supo aprovechar, algunas… oportunidades.

Ni la resiliencia, ni el éxito son características individuales sino interpersonales.

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