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Posts Tagged ‘Vida’

Es preciso seguir insistiendo. Si una persona que partió de la adversidad, de la dificultad, incluso de la tragedia, se repone y acaba incluso destacando de forma evidente, con el reconocimiento de la sociedad, no necesariamente podremos hablar de resiliencia. La resiliencia, al menos la que a mi me interesa o fascina, implica que la persona retoma un desarrollo enriquecedor u constructivo no solo para él sino también para lo que les rodea. Y el éxito social no necesariamente es enriquecedor ni constructivo.

Cuando hablamos de la adversidad todos la entendemos como circunstancias de la vida. Por tanto deberemos hablar de resiliencia cuando el resultado sirva para, por decirlo de alguna manera, restablecer el equilibrio vital que se trastocó con las circunstancias adversas.

En la vida no hay competición como la solemos entender nosotros (¿quien es el mejor?). En la vida puede haber competencia pero en el sentido de intercambio (te doy, me das; te como, me comes…) Pero al guepardo le importa tres pitos ser el animal terrestre más rápido. Ser el mejor, destacar sobre la media no es algo que en la naturaleza tenga sentido. Porque al guepardo no le va a aplaudir nadie cuando consiga alcanzar una gacela. No va a ser admirado.

El éxito social (al igual que el trauma, paradójicamente) va a depender como diría Cyrulnik de la “mirada de los otros”

A partir de un cuento judío que leí hace poco se me ocurre algo que puede explicarlo.

Cuando los niños juegan al escondite lo que importa no es ser el mejor escondiéndose. Lo que importa es el juego en si mismo. Porque jugar al escondite con un niño que se escondiera tan bien que nadie lo encontrara no sería divertido. Se juega al escondite para que te encuentren.

Si me escondo tan maravillosamente bien que no me encuentran mis compañeros de juego se irán y me quedaré solo. Si me escondo muy mal el juego no será divertido. Yo me escondo para que tu tengas el placer de encontrarme.

Si he resistido la adversidad y me he rehecho de ella de forma que tú puedas beneficiaste de mi dolor me podré llamar resiliente. La vida fue cruel y ahora la vida es dulce, favorable.

Si resisto la adversidad y, gracias a ella, acabo triunfando yo. Seré un triunfador admirable pero no necesariamente un resiliente.

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Un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Todo es miseria, desolación y degradación de la dignidad humana. Pero un niño acaba de llegar y parece feliz. Juega, corre de un lado a otro y sonríe. Habla con todo el mundo. Parece radiante.

Una calle en un barrio elegante de una gran ciudad, quizá París, a finales de los años 40. Un caballero bien vestido pasea por ella. De repente se detiene ante una papelera. Se acerca. Mira en su interior. Descubre algo. Inesperadamente coge algo con delicadez y se lo lleva a la boca. Mientras lo mastica sigue su paseo.

Una psiquiatra de una unidad de salud hospitalaria de salud mental infantil se reúne con la madre de J., de 15 años, y con la familia educadora con la que éste vivió unos años. Con gran delicadeza les informa que J. padece un claro trastorno mental. La familia educadora, con la que ahora viven dos hermanas de J., sale del hospital consolada.

Los dos primeros casos los cuenta Boris Cyrulnik en uno de sus libros. El tercero lo he vivido personalmente. Todos ellos desconciertan si se ven como una descripción, como si fueran una instantánea tomada fortuitamente. Son desconcertantes.

En los dos primeros casos Cyrulnik nos ofrece la perspectiva histórica.

El niño que corretea eufórico por el campo de concentración había estado escondido durante unos meses en un cubículo. Sus vecinos lo alimentaban pasándole comida cada día pero nadie hablaba con él durante horas y horas. Finalmente fue descubierto por la SS. El campo de concentración significó para él el fin de la soledad.

El señor que pasea por la calle de París no padecía Síndrome de Diógenes u otra alteración mental importante. Era un superviviente de otro campo de concentración. Durante su cautiverio, encontrar el mínimo de resto de comida significa la diferencia entre la vida y la muerte. Ahora, ya libre, con sus necesidades materiales cubiertas, un resto de bocadillo en una papelera sigue teniendo para él una carga emocional tremenda: es el símbolo de la vida, de la supervivencia.

Tras semanas de pesar y tristeza por el estado de J. es un alivio saber que su conducta desbocada de las últimas semanas responde a un trastorno bipolar y que ya está recibiendo el tratamiento adecuado. ¿Quién sabe si esta tragedia no es la única forma de que abandone su ya disparada carrera de delincuencia juvenil y de relaciones poco convenientes?

De nuevo la vida nos demuestra que ella responde mejor a la pregunta del “¿para qué?” que a la del “¿por qué?”.

(Ubicación en el Blog-rrador: 7)

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