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Afectos y efectos

¿Puede un niño o niña querer a su madre o padre y preferir no vivir con ella o con él?
Desde luego si nos hacemos esta pregunta a nosotros mismos podremos descubrir que hay mucha gente a la que queremos con la que preferiríamos no vivir.
Parece ser que los vínculos afectivos, o al menos los que unen a los niños y niñas con las personas responsables de ellos y ellas, tienen más dimensiones de lo que parece a primera vista.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define “Afecto” como “cada una de las pasiones del ánimo, como la ira, el amor, el odio, etc., y especialmente el amor o el cariño”. Es decir que cuando hablamos de vinculaciones afectivas parece que estamos hablando de vínculos basados en emociones.

No cabe duda de que el ser humano es un ser afectivo. Somos seres racionales y emocionales pero sobre todo afectivos. La indeterminación con que nacemos nos hace dependientes de los otros para poder sobrevivir, lo cual requiere el desarrollo de una vinculación afectiva, con unos adultos “suficientemente disponibles y accesibles” como señalan Jorge Barudy y Maryorie Dantagnan.

Así, a través de un apego que permita desarrollar una seguridad de base y la exploración del mundo que le rodea, el niño llegará a ser una persona capaz de vincularse y aprender en la relación con los demás.

Pero…¿Qué ocurre cuando el adulto que ha de proveer de afecto al niño (sentirse querido, amado,…) no lo hace en la forma, frecuencia e intensidad que garanticen el “efecto” deseado? ¿Puede un niño o niña de corta edad a un planteamiento como “mi mamá me quiere mucho, me ama, aunque no me dé de comer o me trate mal”?

No nos cabe duda de que un adulto si puede llegar a un argumento parecido (“me insulta porque soy todo para él o para ella”). Los adultos tenemos muchas opciones para atribuir intenciones al comportamiento de los demás y una gran habilidad para el autoengaño. Pero ¿puede un niño o niña pequeña desligar el afecto de su padre o su madre del efecto del trato de su padre?

Huyendo de posiciones “si A entonces B”, lo que nos lleva a pensar en interpretaciones no causales y no deterministas (como que si un niño no recibe de sus progenitores en forma e intensidad el afecto que precisa para su desarrollo será necesariamente un ser desgraciado) y partiendo de un posicionamiento realista como el que apuntaba José Ortega y Gasset, quien definía al ser humano con la célebre expresión “yo soy yo y mis circunstancias” (nos situamos siempre en un tiempo y en un lugar, en un contexto que nos influye, pero que no nos impide ser libres) podemos intentar analizar la relación entre afectos y efectos en las relaciones de apego.

Ese “yo”, al que se han referido desde hace mucho tiempo los filósofos, y que los científicos que estudian la conducta humana lo han llamado “la mente”, “la conciencia” o “el sujeto consciente” se construye de maneras diferentes en circunstancias diferentes.

El niño no es un ente pasivo, sino que desarrolla una conciencia de sí mismo y de los otros, piensa sobre sus sentimientos pero sobre todo siente la relación con el adulto de una manera u otra. Y en base a ello desarrolla modelos internos que le guiarán en sus relaciones con los demás.

Las circunstancias, el entorno, harán que dichos modelos internos sean más o menos adaptativos al desarrollar un estilo u otro de apego tras la “reflexión” interna de su experiencia. Y el resultado de esa relación vincular no va a estar genéticamente determinado “tener un hijo no le convierte a uno en padre de igual modo que tener un piano no te convierte en pianista”), sino que va a depender de la forma y las circunstancias en que se den los afectos y cómo estos sean sentidos.

Pero además, hay que tener en cuenta que las circunstancias del niño, si bien en los primeros años están más limitadas a sus figuras cuidadoras, estarán abiertas a lo largo de su desarrollo a la interacción interpersonal con los otros, que también serán proveedores y facilitadores de afecto y por tanto podrán actuar, si no contrarrestando el efecto de experiencias de negligencia o maltrato, ayudando al menos a desarrollar los recursos personales de forma adaptativa.

Así pues, cuando hablamos de vinculación ésta se encuentra relacionada con afectos y efectos de manera axiomática. Pero si nos fijamos especialmente en los segundos podemos encontrar metáforas quizá útiles para entender la vinculación afectiva de niños y niñas con las personas responsables de su cuidado.

En primer lugar podemos hablar de la vinculación “efecto invernadero”, propia de los niños con estilo de apego evitativo.

Sabemos que la Tierra está formada por una manta de gases que la protegen de las oscilaciones bruscas de temperatura. Esta capa de gases retiene el calor que garantiza la supervivencia, ya que, si no existieran, la temperatura descendería hasta 20º bajo cero. De igual modo, los niños con estilo de apego evitativo, se autoprotegen evitando o inhibiendo los elementos conductuales que buscan la proximidad con su figura de apego. Cuando las respuestas obtenidas por parte de éstas no sólo no satisfacen las necesidades afectivas del niño, sino que también son generadoras de estrés, angustia o dolor (mayor cantidad de radiación siguiendo la metáfora), la inhibición de sus conductas de apego le proporcionan una vivencia de seudoseguridad.

La inmensa mayoría de las plantas aprovecha el CO2 de la atmósfera para realizar el proceso de fotosíntesis en el cual la materia inorgánica se convierte en materia orgánica. Los niños con vínculos evitativos sin embargo se defienden del CO2 de sus padres (la negligencia) no esperando nada especial de ellos. Y por generalización, de nadie. Y así se encuentran bien. El exceso de luz (afecto) puede llegar a incomodarlos. O al menos, e inicialmente a desconcertarlos. No saben que hacer con él. Se desenvuelven mejor en las relaciones de poca intensidad, de baja luz, de penumbra… Aunque en apariencia puedan ser muy sociables y adaptativos (están muy bien con todo el mundo siempre que las relaciones no suban demasiado de intensidad) hay algo en su mecanismo de apego que no ha salido como debería.

Santiago tiene 8 años. Si su tutora tuviera que explicar como es diría de él que es un niño tranquilo, independiente e incluso trabajador. Cuando tiene un problema nunca pide ayuda, ya sea ésta de tipo académico como cuando tiene rencillas con sus compañeros. Sin embargo, en ocasiones tiene explosiones de ira por cosas que son aparentemente sin importancia, como cuando un niño en el patio pasó por su lado y le empujó sin querer, despertando en él una respuesta exagerada que acabó tumbando en el suelo a su compañero. Su madre dice de él que es muy reservado y que nunca cuenta lo que le pasa, que “se lo traga todo el sólo”. Cuando se le pregunta que en quien confía dice que en sí mismo, que no necesita contarle a nadie nada porque todo está bien. De pequeño estuvo con sus padres los dos primeros años hasta que tuvieron que entrar en prisión por un robo, pasando a vivir con unos tíos maternos hasta el año pasado. Esos dos primeros años de vida Santiago pasaba mucho tiempo en casa de unos amigos de los padres donde había otros niños. Aunque sus necesidades físicas en cuanto a higiene y alimentación estaban básicamente atendidas, no había ningún adulto sensible a sus necesidades afectivas, pasando mucho tiempo llorando sin que atendieran sus demandas, por lo que tuvo que desarrollar la estrategia de inhibir sus conductas de apego.

En segundo lugar podemos identificar la vinculación “efecto boomerang”.

Los aborígenes australianos descubrieron un arma arrojadiza que, por su forma y en determinadas condiciones de viento, dirección, etc. tenía la propiedad de que, si no alcanzaba el blanco, iba girando en el aire y acaba cayendo cerca de quien lo había lanzado, con las ventajas evidentes que esto suponía. Dadas estas propiedades tan curiosas, el boomerang, hoy en día se ha convertido también en un entretenimiento e incluso en un motivo de competición.

Los niños con un apego ansioso ambivalente lanzan de manera continuada llamadas de atención a los adultos encargados de su cuidado, esperando que ese lanzamiento en busca de afecto les sea retornado… Estos niños esperan de manera incansable la llegada de un afecto que no está siempre de forma consistente y predecible, generando así sentimientos de frustración y de rabia que alientan una y otra vez al niño a seguir lanzando “por si acaso retorna”.

Se deberá ayudar a estos niños o niñas a diseñar unas palas para que su boomerang alcance un vuelo majestuoso así como controlar las corrientes de aire que permitan un perfeccionamiento (resiliencia secundaria) y con él una mayor precisión en el lanzamiento, así como la búsqueda de espacios abiertos donde éste sea más seguro.

Amparo, de 6 años, tiene desde hace mucho tiempo un comportamiento preocupante. Su abuela, con la que está en acogimiento desde hace año y medio, se encontraba con ella en un centro comercial y de repente dejó de verla por unos momentos. Cuando la encontró después de buscar ansiosamente alrededor, comprobó que se encontraba a unos metros abrazada a una mujer que le había dicho que tenía un pelo muy bonito. Ana busca en sus relaciones con los adultos el que estos le hagan caso y para ello no duda en lanzar numerosas sonrisas ni desaprovechar la ocasión de elogiarles. Su estrategia de acercamiento es la seducción, la búsqueda de una mirada, un gesto o una palabra que le hagan sentir que se han dado cuenta que ella está ahí. De pequeñita, cuando nació, su mamá padeció depresiones recurrentes que la mantenían postrada durante un tiempo. Relatan de Ana que tenía un carácter difícil, muy demandante, que sus movimientos corporales mostraban rigidez muchas veces como si estuviera siempre enfadada. En los períodos en que su madre estaba más disponible para la niña, tenía un fuerte sentimiento de culpa por no poder cuidarla cuando estaba enferma, y entonces permanecía pegada a ella todo el tiempo, cogiéndola, acostándola en su misma cama. La separación de su marido fue un duro golpe para la mamá de Amparo y requirió una hospitalización, por lo que se acordó con la familia que la abuela acogiese por un tiempo a la pequeña. Desde que está con ella hay una pregunta que incesantemente realiza, incluso también a los profesores del colegio: ¿”Tú me quieres”?

Otro tipo de vinculación identificada es la vinculación “efecto dominó”.

En la seguridad industrial se denomina “efecto dominó” a la concatenación de efectos que multiplica las consecuencias, debido a que los fenómenos peligrosos pueden afectar, además de los elementos vulnerables exteriores (daño físico), otros recipientes, tuberías o equipos del mismo establecimiento o de otros establecimientos próximos, de tal manera que se produzca una nueva fuga, incendio, reventón, estallido en los mismos, que a su vez provoque nuevos fenómenos peligrosos.

Los niños con apego desorganizado han vivido situaciones como hambre, aislamiento, falta de estimulación y/o muchos cambios de cuidadores o malos tratos físicos por lo que no han podido desarrollar una relación positiva, continua y estable en el tiempo con una figura adulta. Por ello, la falta de seguridad de base, unida a la ausencia de regulación emocional (no le enseñaron como hubieron de hacerlo) y la vivencia de sentir el entorno como algo hostil, hacen que la estabilidad de todos sus sistemas (cognitivo, emocional, físico, etc.) se tambaleen continuamente como las fichas de dominó.

Luis es un chico adoptado de 14 años. Pasó cuatro años en un orfanato de otro país, después de haber sido retirada la custodia a sus padres por los servicios sociales cuando él tenía tres años. Hasta ese momento, fue testigo de continuas discusiones y conflictos. Ambos eran toxicómanos y pasaban mucho tiempo yendo de un lado a otro, de manera itinerante, buscando un lugar donde estar. Cuando se personaron en la casa los servicios sociales tras la denuncia de una vecina, encontraron que el niño se encontraba en un estado deplorable, falto de higiene, desnutrido. La adopción le ofreció una nueva oportunidad, un entorno de afecto y seguridad, pero… sus padres adoptivos están asustados por la conducta de Luis. Al principio la adaptación pareció ser buena, mostrándose cariñoso y obediente, pero pronto aparecieron los problemas en forma de conducta muy irritable, comportamientos agresivos hacia su madre, trastornos del sueño, etc. En el colegio no tardaron en aparecer los problemas, principalmente por su falta de empatía cogiendo a los demás sus cosas o insultando, negándose a trabajar. Además parecía no aprender lo que se le enseñaba en cuanto a hábitos y normas. Cada día era la misma cantinela conseguir que se vistiera solo, que desayunara tranquilo, que recogiera sus cosas, que estudiara… Era como si una y otra vez se borraran de su mente los mapas mentales que le podían guiar para tener una vida organizada. Todo ello llevaba a continuas discusiones en casa, a conflictos que se fueron agravando con su entrada en la adolescencia.

Estos tres tipos de efectos ejemplifican los principales tipos de apegos no seguros pero también hay un efecto que provoca niños con apegos seguros. Encontramos así la que podemos llamar vinculación “efecto mariposa”.

En el desarrollo de la mariposa, al igual que ocurre en el ser humano, tiene lugar la sucesión de una serie de cambios fundamentales: huevo, oruga, crisálida y adulto. Tanto en uno (el niño) como en otra (la mariposa), el conocimiento por parte de los progenitores de las características de estas etapas dan lugar a un crecimiento armonioso, progresivo, fortalecedor. Si las mamás y papás mariposa pudieran dar un consejo a los humanos seguramente dirían que es fundamental no tener mucha prisa ayudando a cortar el capullo antes de que las alas estén suficientemente formadas y preparadas para volar, al igual que no es adecuado para la crisálida sujetar fuertemente la estructura protectora ya que de este modo las antenas no podrán percibir las señales del entorno que marcarán posteriormente su ruta de viaje.

Además, señalarían la importancia de las primeras fases del proceso porque es cuando se va formando lo que luego será el increíble ejemplar adulto, por lo que habrán de buscar un lugar seguro, protegido de peligros, con el suficiente calor para mantener al pequeño gusano en las condiciones más óptimas, atender al lenguaje no verbal de las crías, etc. Este proceso en el que tiene lugar la transformación llamada metamorfosis (resiliencia primaria) es sin duda la vinculación afectiva y efectiva más valiosa, ya que provee de unos patrones seguros para lograr que emerjan los colores más vivos y vistosos así como unas amplias alas que les permitan explorar el territorio.

En definitiva, la vinculación mantiene una relación intrínseca con efectos y afectos, en la que no sólo ocupa un papel muy importante el entorno o circunstancias en las que se den (adulto) sino también la actuación activa de un yo infantil que mentaliza, opera y siente en relación consigo mismo y a los otros.

Estas metáforas tienen la utilidad no solo de ayudarnos a entender los procesos de vinculación afectiva sino también de orientarnos en los procesos de ayuda terapéutica a estos niños: provocar procesos capaces de lograr transformaciones actuando sobre algunos efectos perversos y modificando las circunstancias.

En definitiva podemos entender el trabajo terapéutico como un proceso de fotosíntesis (en el caso de los niños evitativos), de perfeccionamiento de la demanda de afecto (en los niños ambivalentes) y de reparación (en los apegos desorganizados), siempre teniendo como referencia el proceso de transformación (metamorfosis) que convierte a un gusano en mariposa y a un o una menor necesitados de protección en un adulto que será capaz de dar seguridad a sus propios hijos e hijas.

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Una aclaración. Cuando hablo de distintos tipos de “niños perdidos” (o si se prefiere “en ortodoxo”, los niños necesitados de protección) no pretendo hacer categorías claras o una taxonomía. Simplemente pretendo reflejar  en una palabra o etiqueta una característica esencial. Es el mecanismo que mi cabeza, al disponer de una sola neurona, ha tenido que buscarse comprender o estructurar la experiencia de relacionarnos con ellos en el centro donde trabajo.

Por tanto un niño puede ser “post-it” y niño “maleta” a la vez. O una niña “mamá” puede ser una niña “on/of”. O pueden tener una cosita de cada uno. Es decir, esta “tipología” no sirve para clasificar sino para entender mejor. Pero sobre todo sirve para reflejar cual ha sido la falla (o el fallo) fundamental de sus padres en su crianza.

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Así en la entrada dedicada a los niños “papá” lo que pretendía explicar (casi seguro que sin éxito) es que son niños que, al ser tratados como iguales por sus padres (debido a propias carencias) han conseguido una madurez precoz de sus hijos (justo la que ellos probablemente no tengan). Es algo paradójico pero es así.

Un padre o una madre deben proteger a los hijos de los avatares o problemas de la vida. Si en vez de ello, por soledad, por inestabilidad emocional, o por criterios educativos inapropiado los hacen coparticipes de sus problemas o inquietudes adultas conseguirán que su hijo o hija (que sí está en fase de desarrollo) llegue a ser tan maduro o más que ellos mismos Eso sí, a costa de un determinado precio que no es el momento de analizar.

Aclarado esto puedo explicar cuál es la característica más frecuente de los menores que llegan a nuestro centro. Son en su mayoría… niños “post-it”.

El invento de los papelitos “poss.it”, que tanto han triunfado, se debe a un fracaso. Se cuenta que en un determinado laboratorio estaban experimentando con la intención de crear un superpegamento. Una de las pruebas resultó en un fracaso estrepitoso y quedo relegada a un almacén. Resultó ser un pegamento que casi no pegaba.

Cuentan que alguien cercano al inventor del mal pegamento tenía la costumbre de utilizar pequeños papelitos para señalar determinadas páginas de los libros. Pero claro, si el libro caía, podía perder en un instante muchas de las referencias que ya tenía. Se le ocurrió ponerles un poco de aquel pegamento que casi no pegaba. Y así, cuentan, se inventaron los post-it.

En la naturaleza existe un pegamento que une a unas personas con otras. Se trata de la conducta de apego. (Debería llamarla conducta de “apegamento”). Este pegamento se construye de una manera muy simple. Un adulto (de cualquier especie) da protección y seguridad a una o varias crías. Y estas al sentirse seguras se dedican a explorar y jugar. No es una relación recíproca (uno cuida y el otro no) y no debe confundirse con el querer o el amor. Se trata de que alguien da protección a otro y ese otro se puede dedicar a otras cosas necesarias para un buen desarrollo. Si todo va bien, la cría al crecer abandonará a su fuente de seguridad y, en su día, se dedicará a dar protección a su cría (el amor es básicamente recíproco- yo te quiero a ti, tu me quieres a mí-; el apego es básicamente transitivo – yo te cuido a ti y tu cuidarás a otro).

Pero este mecanismo a veces falla. Resulta que el cuidador o, mejor dicho, la  base de seguridad resulta no ser capaz de dar seguridad. No sabe responder sensiblemente a las necesidades del niño o niña. El niño necesita jugar pero el padre dice que hay que dormir. El niño necesita dormir y el padre decide jugar….
Cuando esto se produce, frecuente y sistemáticamente, el niño aprende una cosa. A no esperar nada especial de su cuidador. Porque a veces funciona y a veces no. Y aprende que da igual que esté esa persona que cualquier otro. O si se prefiere. Espera recibir protección o no, de nadie o de cualquiera. Por eso le dará igual su padre o su madre que cualquier otro adulto que le pueda proporcionar lo que necesita.

Y al igual que los post-its estos niños se pueden quitar y poner de un sitio a otro porque que se adaptan, rápida y suficientemente, a todo. Se pegan inmediatamente pero poco. Apenas protestan. Su seguridad es mínima así que cualquiera puede proporcionársela. El pegamento del post-it es tan débil que se puede despegar sin que los papeles de rompan, pero es lo suficiente para que donde lo coloque se sujete. Si que hay un apego (pegamento) pero es inseguro (débil).

Esto explica que el 90% de los niños que llegan a un centro de recepción de menores se adaptan rápidamente. Pero no es adaptación. Es apego inseguro. Y por eso trabajo en un centro no de niños tristes, desesperados por haber sido separados de sus padres. Trabajo en un centro de niños alegres que juegan, ríen, se pelean, etc. No digo que no lo puedan pasar mal. Digo que no lo pasan tan mal como lo pasarían si hubieran tenido unos padres sensibles a sus necesidades.

(Ubicación en el Blog-rrador: 4.a.)

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