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Imagina que un compañero o compañera de trabajo ha estado ausente un tiempo porque ha recibido un golpe brutal de la vida. Inesperadamente ha muerto su pareja o, lo que quizá sea peor, un hijo o una hija.

Pero hoy se ha incorporado y te ves venir a esta persona de cara. Empiezas a pensar en qué decirle, cómo saludarla y mostrarle tus condolencias. Piensa bien lo que vas a decir porque de cada diez frases que se te ocurran es muy probable que en nueve metas la pata hasta el fondo. Pero eres una persona prudente y consigues decirle que lo sientes mucho y poco más. Con ello te quedas a la retaguardia esperando su reacción.

Es muy probable que te conteste con agradecimiento sincero pero sin profundizar más en su dolor. Y tu respirarás aliviado o aliviada por dos motivos. El primero: no la has cagado (que no es fácil) El segundo: al no contarte su sufrimiento te ha evitado tener que salir de algunos de los autoengaño en los que solemos vivir para protegernos de la angustia existencial. Como por ejemplo que la creencia de que la vida es justa (¿dónde está escrito?) o que a ti no te pueden pasar esas cosas. El sufrimiento ajeno nos hace sentirnos mal no sólo porque seamos personas muy majas sino porque nos recuerda nuestra propia vulnerabilidad.

Pero ahora veamos la escena desde la otra perspectiva. Ponte en el lugar de qué tu eres quien ha regresado al trabajo después de perder a un ser muy querido. Tus compañeros y compañeras se acercan e intentan mostrarte empatía. Algunos o algunas usan frases hechas para salir del paso (por una oreja te entran y por la otra te salen). Otros y otras, queriéndote ayudarte te meten el dedo en la herida pero disimulas como puedes y sigues adelante. Y el resto son correctos y cariñosos como lo has sido tu antes.

El resultado es que en las siguientes horas, días y semanas una cortina de silencio se cernirá sobre tu dolor. Todo  el mundo sabe que estás sufriendo pero todo el mundo, bienintencionadamente, te tratará como si no ocurriera nada. Y a veces tendrás ganas de compartir tu dolor pero es muy posible que no encuentres con quién ni el momento.

Si esto ocurriera estarías ante el fenómeno que en inglés se suele indicar con la expresión “Elephant in the room” (Un elefante en la habitación) Según Wikipedia “es una expresión metafórica que hace referencia a una verdad evidente que es ignorada o pasa inadvertida. También se aplica a un problema o riesgo obvio que nadie quiere discutir. Se basa en la idea de que sería imposible pasar por alto la presencia de un elefante en una habitación; entonces, las personas en la habitación que fingen que el elefante no está ahí han elegido evitar lidiar con el enorme problema que implica”

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Las personas que afrontan un público y gran sufrimiento pueden sentirse como quien tiene que vivir con un elefante (la desgracia) pero que todo el mundo prefiere hacer como si el elefante no estuviera allí. En castellano podríamos decir que la desgracia se convierte en un tabú o que estamos ante el fenómeno de “El nuevo traje del Emperador” (todo el mundo ve al Rey desnudo pero nadie se atreve a decírselo) Todo el mundo ve la enorme desgracia que ha sufrido una persona pero casi nadie se la reconoce por miedo a herirle o por miedo a sufrir uno mismo.

En el documental “Happy” (lo puedes ver en Youtube o Netflix con subtítulos en castellano) se cuenta la historia de Melissa Moody. Ella misma recuerda como había sido una joven hermosa y como era feliz criando a sus tres hijos, criando caballos en su rancho y haciendo voluntariado. Hasta que un día se le enganchó el guante en la manilla de una camioneta que arrancó rápidamente y fue arrastrada unos metros hasta que, finalmente, la rueda trasera le pasó por encima aplastando su columna y cabeza. Nueves años incapacitada; su marido la abandonó y se refugió en el alcohol; treinta operaciones a pesar de las cuales su cara sigue siendo asimétrica.

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Además el trauma psíquico derribó el mecanismo de negación de otro más antiguo: los abusos y violaciones por parte de su padre durante su infancia. Pensó en el suicidio pero se dio un tiempo pensando en sus hijos.

En el documental valora su estado actual de felicidad y de mayor bienestar consigo mismo y con los demás tras un proceso de recuperación o, si lo prefieres, de resiliencia. Pero lo que me llamó poderosamente la atención fue las palabras dedicadas a su actual marido: “Lo había visto en la boda de mi hijastra. Nos conocíamos desde hacía años. Y él me preguntó cosas como si mi nariz funcionaba.  Y cómo era haber sido hermosa y luego no. Y me gustó, lo aprecié ¿sabes? Él no tenía miedo de hablar conmigo, de hablar de estas cosas. Y nos casamos a los dos años. Su nombre es Feliz y tenemos una maravillosa vida juntos. Me llama “preciosa” y me encanta.” Estas dos personas conectaron no gracias a obviar al elefante sino precisamente gracias a él. Subiéndose a sus lomos con naturalidad lo sacaron de la habitación, de la casa y de sus vidas.

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El dilema está servido. Si soy imprudente puedo hacer mucho daño. Si me paso de prudente puedo hacerlo también aunque de otra manera. ¿Qué hacer?

Ya me gustaría saberlo. Supongo que estar ahí haciendo que la persona se sienta cómoda tanto para mantenerse en silencio como para hablar si lo necesita. ¡Qué difícil!

Pero hoy en día tenemos la suerte de tener buenos maestros. Mucha gente que tiene elefantes en su salón han querido compartir su experiencia con los demás a través de Internet.

Cuando ya tenía más que pensado este post me llegó el aviso de un nuevo post de Ana. Ana tiene un elefante llamado cáncer y esta viendo a ver como lo saca de su salón. Ana es la hija mayor de Conchi Martínez Vázquez. Estoy seguro que si estáis en este blog conocéis también el suyo (Resiliencia infantil) Ana escribió hace muy poco en su blog “Sin perder la sonrisa. Momentos, vivencias y confesiones de mi paso por el cáncer” un impresionante post llamado ¡Oh, tiene cáncer! ¿y ahora qué le digo? Cómo comunicarse con una persona que tiene cáncer” 

 

Por favor, no dejes de leerlo. Hazlo por todas las personas que conoces que están en la misma batalla que Ana.

NOTA: La expresión “un elefante en la habitación” la conocí leyendo el libro “Option B” de Sheryl Sandberg al que me referí en el post anterior. El segundo capítulo se llama “Pateando al elefante fuera de la habitación” y no tiene desperdicio.

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Hace pocas semanas una familia muy cercana a la mía sufrió un abandono. Un abandono voluntario, inesperado, brutal. Sin opción a la esperanza. Alguien querido que decidió abandonar el barco.

Esta semana mi familia ha sufrido otro abandono. Éste, esperado, pero antes de tiempo. Voluntario y equivocado, a nuestro entender. Muchísimo más suave que el anterior pero de los que te hacen plantearte si has hecho o está haciendo algo mal.

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La vida tiene una gran variedad de golpes. Te puede tumbar en la lona con impacto en la cara o  con un golpe bajo, con un directo o con un gancho. También te puede desgastar y ganar a los puntos con golpes ligeros pero continuos, de los que no encuentras formas de protegerte.

 

Un tipo especial de golpe es el que se recibe cuando alguien abandona tu barco porque así lo desea (y tú, no). Porque ya no quiere seguir ningún viaje o porque no quiere seguir el viaje contigo. Y al dejarte te inunda con un montón de emociones y pensamientos que van y vienen y que te abruman o te desolan.

¿Qué hacer entonces?

Sheryl Sandberg perdió a su marido de repente debido a un accidente cerebro – vascular y ha compartido su experiencia en el libro “Option B” escrito junto con el psicólogo social Adam Grant (de momento sólo en inglés)

 

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Cuenta como, en un momento dado, hablando con su suegro sobre  quien podría suplir a su marido en un cierto rol paterno sobre sus hijos, ella se aferraba al recuerdo del mismo. Su suegro le abraza y le dice: “La opción A no está disponible. Así que vamos a sacar la mierda de la opción B

Siempre me ha parecido que la resiliencia tiene mucho de reconocer que un plan A se ha caído o se ha agotado y buscar y comenzar a caminar en un plan B.

¿Pero sirve esta estrategia – no ensuciar la opción B – también para los abandonos voluntarios?

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Los abandonos voluntarios tienen una dificultad añadida. La bofetada de un abandono voluntario es como el golpe que te parte la nariz o el labio y la sangre sale disparada dejándolo todo perdido.

 

 

¿Que es lo que salpica en ellos más allá de la metáfora? La rabia y la culpa.

En el abandono voluntario puede haber o puede percibirse un punto de “mala leche” por parte de quien se va. Un “¡Ahí os quedáis!”. Pero aunque no fuera así puede ser que el punto de rabia lo pongamos nosotros al sentirnos decepcionados, traicionados o simplemente solos.

Centrarse (tú y los tuyos) en mantener limpio el plan B es entonces una buena estrategia para retomar el camino tras el golpe. No puedo evitar el hundimiento del plan A pero quizá pueda no poner perdido el plan B de culpa y de rabia.

En la película “La última cima” los amigos de Pablo Domínguez, el sacerdote que murió en un accidente de montaña y sobre el que gira el documental, recuerdan la experiencia de confesarse con él.

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Pablo Domínguez adoptaba una actitud en el confesionario muy clara: focalizarse totalmente en la misericordia y no en la culpa.

Podrías decirle:

-“He matado a mi padre”-

Y te contestaría:

-“¡Bien, ánimo! ¿Qué más?” .

Llego a casa sabiendo que tengo el tiempo justo para dar un bocado y marcharme con P. a empezar su tratamiento de ortodoncia. Me da tiempo a ver que ha llegado un paquete e identificarlo como un libro que estoy esperando. Así que simplemente le hago una foto y se la envío a su autor para que sepa que ya me ha llegado.

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En una Escuela de Odontología esperamos a que nos atiendan. Un joven odontólogo, que luego sabré que es alumno en el Máster en Ortodoncia de la misma, pregunta en voz alta por R. Nos levantamos y le aclaro que R, es acogido y que le llamamos P.

No nos saluda ni nos hace pasar a una consulta. Allí mismo, de pie, me hace una pregunta: ¿Por qué han venido a hacer la ortodoncia? Me quedo tan sorprendido que no sé que decirle. Insiste: ¿Quien les ha mandado? Cuando consigo reponerme  titubeando le contesto: No lo sé. Vosotros mismos. Fue aquí donde nos dijisteis que necesitaba ortodoncia y hasta nos la habéis financiado con un banco. Luego me daré cuenta, cuando le vea pedirle a la enfermera el expediente o historial, que no había tenido a bien leérselo antes de empezar.

Me pide que cumplimente una anamnesis (Yo creía que las anamnesis se preguntaban no se rellenaban por el paciente) Le advierto que muchas preguntas no se las podré contestar porque no sé los antecedentes familiares. Con un semblante digno de Buster Keaton me dice que rellene lo que pueda. Quizá exagero pero me siento un poquito cómo si me perdonara la vida.

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Le dice a P. que vaya con él y me brindo a acompañarle. Me dice que no hace falta y yo pienso: ¡Ya veremos!

A los dos minutos sale y me pide que baje a comprar un cepillo de dientes y que se quedará en la clínica para otras ocasiones. Le digo que OK pero sigo rellenando el cuestionario. Me apremia y me dice que ya lo acabaré luego. Me pregunto porque no nos habían avisado al citarnos. Bajo los cinco pisos, lo compro y vuelvo a subir.

Entrego el cepillo y sigo con la anammesis en la que reflejo que P. tiene un retraso mental ligero. Al acabar prefiero caminar a volver a sentarme. Al llegar al otro extremo del pasillo, por un cristal traslúcido, veo la sombra de P. cepillándose los dientes con el joven odontólogo al lado. Un minuto, dos minutos, cinco minutos, diez minutos. Finalmente desaparecen.

Al cabo de otros diez minutos se acerca hacia mi el joven profesional con una cámara reflex en la mano, mirando las fotos hechas en la pantalla y bufando. Mientras empieza a enseñármelas comienza también un discurso algo trágico sobre la higiene bucal de P. Le informo que sí se lava los dientes todos los días y es entonces cuando le digo: ¿Te has dado cuenta de que tiene una discapacidad psíquica? Pone cara de sorpresa pero balbucea: “Me ha parecido que le costaba entender”. Le aclaro que tiene algo menos de la mitad de edad mental que de edad cronológica. Entonces angustiado me pregunta: Pero ¿me entiende lo que le digo? Incapaz de contestar sí o no, contesto: “No lo sé. Según lo que le digas y como se lo digas”

Finalmente me dice en tono que a mi me suena un poquito a amenaza que si no se le desinflaman las encías la ortodoncia…  y yo me comprometo a supervisar en casa sus cepillados. No he querido justificarme en la discapacidad de P. Sólamente que entienda que no es tan sencillo como si se cepilla o no. Por su cara apostaría a que no lo he conseguido.

Me bajo con P. y con dos litros de mala leche. Son detalles quizá ínfimos pero mi sensación es que a este chico le han enseñado a tratar bocas pero no a personas.

En la planta baja tenemos cita para hacerle dos tipos de radiografías de la boca. Cuando entramos en la sala veo a la profesional encargada, esta vez no tan joven, atendiendo a otro niño. Su semblante es relajado y alegre. Nos saluda y nos invita a sentarnos y esperar. Le tiene que repetir la placa al niño, de la misma edad que P., porque se ha movido.

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Cuando nos toca el turno le advierto, esta vez sí, de que P. tiene una discapacidad psíquica. Su cara refleja un poquito de preocupación pero mucho interés. Lo trata con muchísimo cariño y tras colocarlo adecuadamente se brinda a quedarse dentro con él si yo disparo la máquina de rayos como ella me indica. No puedo dejar de pensar que se va a exponer a los rayos por P. Sé que es asumible pero también soy muy consciente de que no tiene porqué hacerlo. Noto que me recorre por el cuerpo una sensación agradable. Debe ser el correlato fisiológico del agradecimiento.

Sin embargo como la técnico ve que P. muerde bien y se está quieto no hace falta que dispare yo. Le cambia de máquina para la otra radiografía. Ambas salen bien a la primera (Orgulloso de P. me entran ganas de buscar al niño anterior y restregárselo por la cara) Se despide de P. de forma muy cariñosa y alabándole por su colaboración

Llegamos a casa y saco el libro de su envoltorio. “Profesionales portadores de oxitocina. Los buenos tratos profesionales” de Iñigo Martínez de Mandojana Valle publicado por Ediciones El Hilo. Conozco ya su contenido porque Iñigo fue tan amable de compartir conmigo los primeros borradores.

Así que como sólo tengo un ejemplar dudo de si volver a la Clínica y arrojárselo a la cabeza al odontólogo o regalárselo con agradecimiento a la técnico de radiología. Opto por quedármelo, leerlo de nuevo (dominando las ganas de subrayar pues me ha encantado la edición) y tenerlo en casa como un libro de referencia.

Eso sí. Si me toca la lotería pediré 20, 30 o 50 ejemplares. Y me daré el gustazo de lanzarlo o regalarlo a diestro y siniestro.

EPÍLOGO

He usado esta estrategia narrativa para el post en primer lugar porque todo lo que cuento es absolutamente cierto (subjetivo pero por eso cierto… para mí)

Y en segundo lugar porque he querido que tuviera un poco del estilo canalla y barrio-bajero que algunas veces se le escapa a Iñigo y que me encanta. Hace bien en controlarse. Lo sé. Pero a mi me gusta. Mucha oxitocina con ligerísimos toques de mala leche. Una combinación perfecta.

Pero como no sé si este enfoque es el mejor para invitar a su lectura me quedo más tranquilo añadiendo algunas ideas de forma sintética:

  • Lo que plantea el libro no es una elucubración teórica. Todos nosotros, todos los días, nos cruzamos con profesionales que, como díria Tim Guenard, nos arrugan el alma o nos la planchan.
  • Y no se trata de algo tan simple como el “buen rollito” sino de algo tan profundo y tan concreto como el “buen trato”. Algo que no sólo  se traduce en bienestar sino también en eficacia de la intervención.
  • .Lo que pretende este libro debería ser un eje fundamental en la formación de cualquier profesional, del campo que sea, que deba tratar con personas.
  • Y como sugiere Iñigo Ochoa de Alda en su estupendo prólogo también sirve para que los que ya estamos un poco pasaditos de vuelta podamos ver reflejados lo que no supimos hacer bien. No para flagelarnos sino para rehacernos

Ahí lo dejo.

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Microcasos (11)

MADUREZ

Por las mañanas sentía que la vida le arrastraba. Al final de la tarde sentía en su cuerpo que se arrastraba por la vida. Y al acostarse pensaba: “Paciencia con la vida”

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TIERNA MADUREZ

– Hola, Belén… ¿qué quieres, cariño?

– ¿Puedo ir esta tarde a ver a mi mamá?

– No.  La mamá vendrá mañana a verte como los papás de los otros niños de la resi.

– ¡Ah! Vale… pero… ¿me tengo que ir con ella?

–  No, Belén, te quedas con nosotros. ¿Estás bien aquí?

– ¡Síííí!

– ¿Y entonces para qué querías que te lleváramos a ver a tu mamá?

– Por nada. Para saber que está bien.

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JUVENIL MADUREZ

Buscaba una persona joven pero madura para trabajar en su centro de menores. Había juntado a todas las personas candidatas a la misma hora. Y les había entregado un folio donde sólo tenían que poner su teléfono y contestar a lo siguiente:

“Imagine que hoy es el día de su jubilación en este puesto de trabajo. Reflexione y piense en para cuántos niños o niñas usted ha marcado la diferencia entre repetir su historia o romper el círculo de la desprotección ¿Podría explicar que sucedió entre ellos y usted?”

Pasó rápidamente los folios. Estaba llegando a los últimos cuando leyó: “Uno. No lo sé seguro. Me dijo algo de que le había mirado de forma diferente”. Cogió el teléfono y marcó el móvil que estaba escrito encima.

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MADUREZ MADURA

– Cada vez me duelen más los huesos y las articulaciones. Tendré que ir al psicólogo.

– ¡Querrás decir al médico! Probablemente te recomiende que hagas un ejercicio adecuado a tu edad, quizá masajes para la artrosis…

– ¿Y el médico sabrá tratarme el ego para que pueda tener la humildad necesaria para la vejez?

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¿Son todas las piezas de un puzzle igual de importantes?

Imagina que ves en casa de un amigo o amiga un puzzle cuya imagen te encanta y te dice que te lo puedes llevar pero que cree que le faltan dos o tres piezas ¿lo descartarías?

A la hora de hacer el rompecabezas las piezas con un lado recto, suponiendo que sea cuadrado o rectangular, nos permiten delimitar la imagen. Las piezas internas monocromas nos las dejaremos para el final pues sólo las ubicaremos por la forma.Y todos sabemos que algunas piezas son clave porque, al tener dos colores claramente diferentes, nos permiten identificar su posición estratégica en la imagen y a partir de ella seguir avanzando.

Pero a la hora de contemplar el puzzle tampoco todas las piezas son exactamente igual de importantes. Por ejemplo, si me faltan piezas del borde puedo solucionarlo quitando todas las del borde. Probablemente la imagen no se verá afectada y puede quedar un efecto artístico. Tampoco pasara mucho si la pieza o piezas que faltan no afectan a elementos sustanciales de la imagen. Incluso un vacío en un lugar concreto de la imagen puede llegar a aportar un cierto valor simbólico.

Sin embargo la ausencia de una sola pieza en un punto determinado puede alterar completamente la impresión que cause la imagen. En la imagen de un rostro las piezas de las comisuras de los labios pueden afectar totalmente a la identificación de la expresión. Por tanto hay piezas de un puzzle que son clave para su construcción y hay piezas claves para su contemplación.

Lo mismo pasa con algunos libros. Y “Educando la alegría” de Pepa Horno recién publicado por la Editorial Desclée De Brouwer es a mi entender un libro clave. No sólo porque ocupa un espacio vacío sino, además, tanto por lo que muestra como por lo que permitirá que se construya después y alrededor de él.

Educando la alegría

Libros sobre inteligencia emocional tenemos muchos desde que Daniel Goleman abrió el melón ya hace años. Y libros sobre educación de las emociones en general nos han llegado bastantes a modo de ola o a ola de moda en los últimos años. Pero no conozco ningún libro específicamente dedicado a proponer y guiar en el cultivo de la alegría en nuestros niños y niñas.

Por eso cuando a través de www.espiralesci.es me enteré de su publicación me apresuré a apuntar en un comentario que me parecía un libro sugerente y necesario.

Ahora que lo estoy leyendo podría reseñarlo comentando su contenido pero ¿no será mejor que vayáis a la fuente directamente? Podría también desarrollar una reflexión personal a partir de su libro pero… ¿quien me ha dado vela en este entierro?

Pero sí puedo afirmar, ya con conocimiento de causa, que el planteamiento del libro, efectivamente, es sugerente, conveniente y necesario. Usaré solo dos argumentos.

Aunque Pepa cuestiona con razón la clasificación que la psicología positiva hace entre emociones negativas y positivas, pues es muy engañosa, podemos admitirla por un breve momento. El momento necesario para recordar la imagen de Barbara Fredrickson de un velero.

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Las llamadas emociones negativas (miedo, ira…), con su valor fundamental para la supervivencia serían el casco y estructura del barco. Las emociones positivas (alegría, amor, curiosidad…) son las velas. Son la base de la motivación, de la exploración… Educar con las emociones negativas pero no hacerlo con y para las positivas es como dotar a nuestros niños y niñas de un velero sin velas. Quizá no se ahoguen pero no irán a ninguna parte. “Educando la alegría” nos lo recuerda y nos proporciona material para tejer.

En segundo lugar y recurriendo de nuevo a la psicología positiva. Si fuera cierto lo que se apunta desde ésta de que más o menos el 50% de nuestra felicidad viene de serie con nosotros; un 10% de la misma depende de las circunstancias y el 40% restante depende de que hagamos cosas concretas que la fomenten, la idea vertebradora del libro de Pepa de que la alegría se puede cultivar (sin caer en planteamientos ingenuos e irreales) es crucial.

Tenemos la responsabilidad de enseñar o no a nuestros niños una manera de manejarse en la vida que puede suponer pasar de un 0 en felicidad a un 4, o de un 5 a un 9. Por tanto educar la alegría puede marcar la diferencia claramente entre la desesperación y un mínimo bienestar o entre una vida mediocre o una vida plena.

Quizá me ha quedado algo exagerado. Pero prefiero pasarme de largo que de corto.

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Quiero aclarar que yo no conozco personalmente a Pepa. Pero si pudiera definir nuestra relación virtual diría, y espero que ella esté de acuerdo, que consiste en que “nos seguimos la pista” y por eso nos cruzamos en el ciberespacio con cierta frecuenciaAl menos, cuando yo anuncié que cerraba el blog por un tiempo por, digamoslo así, saturación, Pepa estuvo ahí para acompañarme en mi dolor. 

Así que es lícito que pienses que hablo de este libro por agradecimiento y en parte es cierto. No importa. Este post lo vais a leer cuatro gatos. Ni Pepa ni Desclée de Brouwer necesitan mi publicidad. Sólo me importa que te plantees que “Educar en la alegría” tiene mucho sentido. Es un libro aparentemente “ligero” pero, a mi entender, clave a la hora de plantearnos la educación de nuestros niños y niñas.

Me pasó con “Educar en el asombro” de Catherine L´Ecuyer; he visto nacer “Profesionales portadores de Oxitocina” de Iñigo Martinez de Mandojana (del que ya hablaremos) y me ha pasado ahora con “Educar en la alegría” de Pepa Horno.

Son libros que ya ayudan sólo por el mero hecho de haber sido escritos y estar ahí. Si los tienes en tu estantería o en tu tablet o libro electrónico mejor que  mejor.

Pero con que una de tus neuronas los tenga registrados ya es mucho.

Es lo que pretendo.

 

 

 

 

 

 

 

Este verano he visto en mi móvil o tablet varios documentales de los cuales tres han valido la pena. En este post voy a destripar uno de ellos. Al final te diré cuáles han sido los otros dos.

Se trata de un documental estrenado el año pasado y que se llama “The Bad Kids” (“Los malos chicos”). Yo lo vi, subtitulado, en la plataforma Netflix pero lo puedes encontrar e incluso descargar en Internet (puede que te cueste encontrar la copia subtitulada pero te aseguro que está. Yo ya la tengo en mi portátil)

Decide tú ahora si paras de leer ahora para verlo cuando puedas o si sigues adelante y ya lo verás o no.

El documental recoge escenas de la vida en un Instituto de EEUU (“Black Rock High School”) especializado en conseguir que alumnos y alumnas que han fracasado o abandonado los estudios sin graduarse o están en riesgo de ello (y por lo tanto sin poder acceder a estudios superiores) lo consigan.

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El documental no explica su metodología sino que se limita a recoger distintas escenas de las interacciones humanas que se producen en este instituto situado en el desierto californiano de Mojave.

Lo que más me ha llamado la atención es que, a lo largo de sus 101 minutos, vemos muy diversos ejemplos de apoyo emocional y cómo el sentido último de todas las actuaciones del claustro de profesores y alumnos está perfectamente definido.

Empezaré por lo último. El objetivo único y para todos los alumnos y alumnas es obtener la graduación en secundaria que les permita el acceso a estudios superiores. Nada de rehabilitar delincuentes, o de intervenir con las familias o de…

Se parte de la idea de que el chaval o chavala que consigue graduarse aumenta exponencialmente sus posibilidades de integración social. Como se dice en una presentación dirigida a miembros de la comunidad local “los graduados de la Secundaria viven más, son menos propensos a ser padres prematuros, y más propensos a criar niños sanos y educados, a involucrarse en actividades cívicas como votar o hacer voluntariado”. A eso le llamo yo “coger el toro por los cuernos”.

El planteamiento no es: hagamos que los chavales o chavalas tengan más bienestar familiar y social para que puedan seguir estudiando sino ayudémosles a graduarse que así podrán acceder a mayor bienestar. Es más: el mensaje de la directora en muchas conversaciones con diferentes alumnos o alumnas podría resumirse, no literalmente, en “Tienes razón tu vida es una puta mierda, pero si te gradúas podrás salir adelante sin ese padre, madre, padrastro… que te está haciendo la vida imposible” 

Pero además, en ese pequeñísimo fragmento de la presentación se hace un interesantísimo diagnóstico del abandono escolar: “Los estudiantes se van – de los institutos – por varias razones. Pero la razón principal es que no tienen una relación personal con ningún adulto que se preocupe (por ellos)”. Y eso es justo lo que vamos a ver durante todo el documental: profesionales implicados e interesados en sus alumnos dejándose la piel por apoyarles emocionalmente y materialmente.

Ya sé que no se puede uno autoproclamar tutor de resiliencia de nadie. Pero al estar el objetivo tan claro la oferta es mucho más fácil: “Tú ven al instituto y nosotros te ayudamos a graduarte”. Algo así como “Mira el objetivo te parece inalcanzable pero si trepas por nosotros puedes llegar”.

Aparecen varios ejemplos de apoyo material: la directora ofreciendo leche por los pasillos a primera hora; yendo a recoger a un alumno a su casa; permitiéndole que acuda a clase con su bebé; u ofreciendo la posibilidad de comida en situaciones extremas, etc. No son grandes apoyos materiales pero sí parecen tener un valor importante de apoyo emocional (como me importas dejo lo que estoy haciendo y voy a recogerte con el coche a casa si hace falta)

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Pero también el apoyo emocional se expresa directamente. La directora recibe y saluda a los alumnos y alumnas por la mañana; los profesores y profesoras abrazan y besan a los alumnos en momentos de alegría; y- como una alumna afirma- todos en el instituto saben que cuando te desmoronas vas a ser escuchado aunque sólo sea porque todos los alumnos y alumnas saben que todos tienen problemas parecidos. En un Instituto “al uso normal” tener una madre alcohólica puede ser una excepción difícil de llevar. En “Black Rock” nadie se va a escandalizar de ello.

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Es cierto que todo esto puede ser el resultado de una directora carismática y nada más. Una directora que no dudara en compartir con una alumna su propia experiencia de sentirse rechazada por su padre si con ello consigue ayudarla.

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Pero el documental da pistas de que hay un uso intencionado de estrategias colectivas. Señalaré las tres más evidentes.

  • La motivación para el graduado se refuerza con la celebración colectiva por cada alumno o alumna que lo consigue (cada uno lo hace en un tiempo distinto- algo también interesante de reflexionar) Y para ello basta algo tan sencillo como que el resto de los alumnos hacen el pasillo a la directora y al alumno o alumna que alcanza el objetivo. Sin descartar reconocimientos intermedios, como al alumno o alumna con mejor progresión temporal, etc.

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  • La ausencia de castigos fundamentada en un argumento aplastante: en la vida laboral no te van a castigar cuando hagas algo mal. Directamente te tiran o te descuentan de la nómina. El instituto “Black Rock” no castiga, sólo expulsa sino hay más remedio. Eso sí. A la directora se le saltarán las lágrimas al hacerlo.
  • El programa para los profesores “Adopta un estudiante”. Que no te puedas implicar emocionalmente con todos los alumnos o alumnas suele llevar- la reflexión es mía- a que acabes no implicándote con ninguno o ninguna. Que tomes distancia. Es una manera normal de protegerte. Al fin y al cabo “Eres un o una profesional ¿no?”. Se intuye que el programa “Adopta un estudiante” es una forma de que cada profesor exprese su intención de implicarse especialmente con algún o algunos alumnos. Es una forma evidente de prevenir que un o una estudiante “no tenga ningún adulto en el instituto que se preocupe por él o por ella”.

Sólo me queda reconocer que este documental es una buena bala para disparar cuando alguien se empeña en que la resiliencia es una cualidad individual (lo que no quiere decir que no haya actitudes internas que la favorezcan). Si eres de los o las que cree que la resiliencia es un fenómeno que se da o no se da en función de que concurran ciertas condiciones este documental te puede interesar. Si piensas que el contexto y las relaciones interpersonales son esenciales para la resiliencia este documental te puede dar muchos ejemplos.

Y lo más divertido. No aparece en él ni una sola vez la palabra resiliencia.

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Lo prometido es deuda. También me ha gustado mucho el documental “Twinsters” sobre la  experiencia de una chica norteamericana adoptada en Corea que descubre que en Londres vive una chica nacida el mismo día en Corea y adoptada por un matrimonio francés y que son ¡idénticas!.

 

 

Y también Dis(Honesty) sobre los conocidos estudios del psicólogo social Dan Ariely.

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Quizá den para otros posts.

Microcasos (10)

EL CAMBIO DEL NO CAMBIO

Todo el mundo le aconsejaba que cambiara en su forma de vestir así que se dirigió decidido a su armario. Descolgó cinco camisas blancas y tres pantalones vaqueros azules. Luego llenó tres grandes bolsas de plástico con el resto de su ropa y las dejó al lado de la puerta para llevarla a una ONG.

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CAMBIO CLIMÁ(X)TICO

Apretó el interruptor del micrófono que tenía delante y dijo:

“Bienvenidos todos a la Organización Mundial de la Salud. Les agradecemos que hayan dado respuesta a tan inesperada y urgente convocatoria. Ya tendremos tiempo para las presentaciones. Sólo decirles que entre ustedes hay especialistas de renombre de distintas disciplinas de las ciencias naturales y sociales pero también personas de gran relevancia en el mundo empresarial y social.

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Evitaré los preámbulos. Hace unas semanas un trabajador de nuestros laboratorios se pinchó accidentalmente con una jeringuilla que contenía un virus experimental. Al día siguiente descubrió sus efectos. Lo sorprendente es que su pareja quiso contagiarse. En la actualidad ya son, que conozcamos, más de una veintena de personas infectadas. Cuando se haga público nos enfrentaremos, por tanto, a una más que probable epidemia donde el miedo al contagio no estará de nuestra parte. Les hemos llamado para que nos ayuden a predecir las consecuencias para la Humanidad pues algunos consultores han llegado a hablar de peligro de extinción.

 

Por ello les pido que tras la sorpresa y las sonrisas iniciales, que son inevitables, pongan todos sus conocimientos al servicio de esta tarea. Muchas gracias”

Se retiró del micrófono y dejó pasar unos segundos. Y suspirando, al imaginarse la reacción del auditorio, se acercó de nuevo y sentenció:

“El virus V253, para el que no tenemos cura, provoca en la persona infectada orgasmos de no menos de una hora de duración. Y de momento este efecto no se ha revertido en ninguna de las personas afectadas”

Un murmullo salpicado de risas corrió por todo el salón de actos. Pero rápidamente se fue haciendo el silencio.

Las comisiones de trabajo comenzaron esa misma mañana.

Los empresarios del negocio del sexo pidieron poder reunirse también al margen de la OMS.

 

CAMBIO DE ORDEN

La terapeuta le dijo: “A veces un pequeño cambio, basta”

La paciente se quedó con la frase pero por la noche la había olvidado. Intentó recomponerla y se dijo a si misma: “A veces un pequeño basta… produce un gran cambio”

Y dejó la terapia.

 

CAMBIO DE TRAYECTORIA

Recordaba como disparó estando seguro de acertar y recordó también como su víctima solamente se sobresaltó por el ruido y siguió con lo que estaba haciendo. Imaginaba esa bala continuando su camino hasta perforar su orgullo de asesino a sueldo cuando unas palabras le sacaron de su ensimismamiento

-Ave María Purísima

Mecánicamente contestó mientras se inclinaba a su izquierda para escuchar mejor:

-Sin pecado concebida-

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