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A mis 55 años ya he aprendido que para clavar un clavo necesito un martillo, para cortar una madera, una sierra. A veces lo he hecho al revés y ha sido un desastre.

Pero si me preguntas que herramientas tenemos los interventores sociales para ayudar a las personas víctimas, directas o indirectas, de violencia, y en especial a los menores, te diré que una percha, unas gafas y un cuaderno.

 

UNAS GAFAS

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Casi todos los que le damos vueltas a esto de la resiliencia solemos hablar de la importancia de la mirada. ¡Somos unos cursis! Pero en la facultad seguro que no te enseñaron a mirar. Quizá te enseñaron a planificar, programar, actuar… pero me la juego que no a mirar. Y como dice Jorge Font “nos reconfiguramos en la mirada de los demás”

Necesitas unas gafas para cambiar tu mirada y ver más allá o de otra forma. Porque si no puedes mirar más lejos, más cerca, a otro lugar o de otra manera quizá consigas proteger a ese niño o niña. Pero igual no consigues que no repita el desastre cons sus hijos.

 

UNA PERCHA

 

Si quieres favorecer la resiliencia de alguien (de todos es imposible) necesitarás una percha. Para en un momento dado quitarte la bata, el mono, el traje de profesional. Cuesta mucho llegar a ser un buen educador social, una buena trabajadora social; una eficaz psicóloga en la acción social. Pero cuesta mucho más dejar de serlo en un caso que lo requiere.

La resiliencia muchas veces empieza por un encuentro personal. Algo de lo que a veces algunos nos parapetamos detras del título o el cargo.

Tener una percha nos da la flexibilidad para ponernos y quitarnos la profesión según que caso. No digo que renuncies a lo que eres sino que no se te pegue la profesión a la piel.

 

UN CUADERNO

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Para escribir. “No sé lo que pienso hasta que no lo escribo” decía Augusto Monterroso. Pues no pienses tanto. No hables tanto. Escribe.

Para darte cuenta de cosas que no habías pensado.

Para darte el gusto de pensar lo que te dé la gana.

Para resistir y rehacerte de un trabajo tan duro.

Y si quieres para compartir tus ideas, tus éxitos pero sobre todo tus fracasos.

 


 

Hoy mismo me tengo que enfrentar a un grupo de profesionales de la acción social para intentar convencerles que sí hay un márgen de maniobra para intentar favorecer la resiliencia de menores testigos o víctimas de violencia.

No sé si lo conseguiré. No sé si lo he conseguido.

Pero si me tienes que aguantar o ya lo has hecho esta tarde puedes descargar un dossier complementario pinchando en el enlace de abajo. Está compuesto de materiales que muchos ya se pueden encontrar en este blog. Pero lo compactado para ti y por eso lo he protegido con la contraseña que te daré o que te di.

PoliBienestar Resiliencia Menores Violencia Javier Romeu

 

 

Link del primer post de la serie

Link del segundo post de la serie

Link dek tercer post de la serie

Seguimos compartiendo los elementos esenciales del programa “Signs of Safety” para la protección de menores.

Entramos ya en los SEIS PRINCIPIOS O ELEMENTOS BÁSICOS PARA LA PRÁCTICA del mismo. Creemos que el conjunto de los mismos es lo que marca la esencia misma del programa por lo que hemos preferido exponerlos en un mismo post, a pesar de que eso pueda hacerlo más extenso de lo habitual.

En opinión de Steve y Andrew, el mapa por el que se guían los trabajadores del sistema de protección infantil suele girar en torno a la recopilación de información relacionada con el daño y el peligro. Desde su punto de vista estos mapas son demasiado injustos e imparciales ya que ponen el foco exclusivamente en cosas como la severidad y el patrón del maltrato, la percepción de la familia acerca del abuso o la negligencia, la vulnerabilidad de los niños, la posibilidad de una repetición del maltrato, etc.

Pero poner la atención sólo en estos aspectos es como hacer el mapa de un territorio fijándose sólo en los valles más inhóspitos y sombríos de ese territorio y olvidando las montañas y las bellas llanuras. El resultado sería un mapa pero incompleto.

Esto no significa que no haya que recopilar información del daño producido y de los déficits de las familias pero hay que equilibrarlo con otros aspectos como las fortalezas familiares y sus recursos para generar seguridad.

Los autores proponen, para poder llevar a la práctica su visión, seis principios o elementos prácticos cuya finalidad es explicitar, amplificar, evaluar las capacidades más positivas y constructivas de las familias. De manera que, al considerar ambos aspectos, peligros y protección, se tiene un cuadro más completo y equilibrado de la situación.

Los seis elementos básicos para la práctica del programa son:

1.- ENTENDER LA POSICIÓN DE LA FAMILIA RESPECTO AL PROBLEMA, SU SOLUCIÓN Y LOS SERVICIOS SOCIALES.

Es vital que los trabajadores escuchen las historias de las familias y entiendan la “posición” de cada miembro de las mismas, entendiendo ésta como los valores, las creencias, y los significados firmemente sostenidos por los individuos y que manifiestan a través de sus historias.

Prestar atención a la posición de las familias no significa estar de acuerdo con ellas o con sus creencias. Pero es crucial para que exista una colaboración entre profesionales y familias. Esta no será posible sin tener en cuenta la posición de éstas en relación a la seguridad, a posibles soluciones así como su posición respecto al propio trabajador y los servicios sociales.

Esto es así porque no hay dos situaciones iguales. Los hechos pueden ser parecidos, pero la posición, las circunstancias y las percepciones de cada familia son diferentes y requieren de respuestas diferentes.

Las siguientes preguntas pueden ayudar a explorar la posición de los miembros de la familia…

… respecto al problema:

  • Como usted ya conoce el informe puede ver cuál es la opinión de otros. ¿Cuál es su punto de vista de la situación?
  • ¿Cómo describiría lo que está ocurriendo en su familia como resultado de este tema?
  • ¿Cómo es esto un problema para usted?
  • ¿Qué sentido le da usted a lo que él niño o la niña hace? 
  • ¿Cómo puede explicar lo que usted hizo?
  • ¿Cómo cree usted que su hijo o hija explicaría lo que ocurrió?

…respecto a la solución:

  • ¿Por qué piensa que esa forma de actuar sería más útil?
  • ¿Qué le hace pensar que estos planes no van a conseguir nada diferente?
  • Algunas personas podrían decir que usted necesita hacer_____en esta situación. ¿Qué piensa usted de esto?
  • Si sugiriéramos que él haga_____o que nosotros haremos____, ¿cuál sería la mejor manera de explicarle esto él/ella?

…respecto al trabajador y los servicios sociales:

  • ¿Qué esperanza tiene de que yo/nosotros podamos ser de ayuda para usted?
  • Estoy seguro de que mucha gente dirá que nosotros no estamos interesados en sus opiniones y en lo que quiere. ¿Piensa que esto es cierto?
  • Me parece que su opinión podría resumirse en_______(introducir la opinión). ¿Es correcto?

2.- BÚSQUEDA DE EXCEPCIONES AL BUSO/MALTRATO/NEGLIGENCIA.

El programa adopta como parte esencial del mismo una técnica propia de la terapia breve o de la terapia enfocada a la solución, la “pregunta de la excepción”.

Por ejemplo, a un padre maltratador se le puede preguntar: “¿Ha habido alguna vez en la que usted haya estado enojado pero haya resistido la necesidad de pegar a su hija?

Esta forma de preguntar está basada en dos premisas: una, que el problema no ocurre todo el tiempo, y dos, que la persona probablemente enfrenta el problema de manera apropiada alguna vez. Las “preguntas de excepción” permiten discutir y reconocer el problema de una manera constructiva y sin necesidad de una confrontación.

Así, es importante que, cuando un miembro de la familia describe este tipo de conductas excepcionales, el trabajador realice preguntas que ayuden a ampliar la descripción de las mismas, incluyendo el cuándo, cómo, dónde y qué de la situación descrita. También es importante averiguar cuánta confianza tiene el usuario en sí mismo para poder repetir esas conductas excepcionales y protectoras.

Algunas preguntas útiles para explorar excepciones pueden ser:

  •  Usted dijo anteriormente que las cosas no son siempre así. ¿Puede contarme algo más acerca de esas otras ocasiones?
  • ¿Cuándo fue la última vez que surgió este problema? ¿Cómo ha conseguido que no surja otra vez desde entonces?
  • ¿Qué fue diferente en las ocasiones en las que usted sintió que manejaba la situación adecuadamente?
  • (A otro profesional) ¿Puede decirme ocasiones cuando estos padres han respondido apropiadamente para mantener a su hijo protegido? ¿Qué es lo que hicieron para conseguirlo?
  • ¿Cuándo fue la última vez que usted sintió que tenía energía para cuidar a su hijo de manera adecuada? ¿Cómo era capaz de conseguirlo?

Un aspecto importante a la hora de realizar las preguntas de excepción, es tener en cuenta el momento adecuado para poder realizarlas. Éstas deben ser realizadas una vez hay un reconocimiento de las acusaciones o, al menos, un reconocimiento de que existe un problema.

Antes de que la persona entrevistada pueda entrar en una conversación acerca de las excepciones, primero, necesitan sentir que han sido entendidas. El trabajador debe ser consciente de que cambiar la conversación desde una “perspectiva del problema” hacia una “perspectiva de solución” es un cambio significativo.

Un aspecto muy importante es la persistencia en la búsqueda de excepciones. Steve y Andrew recalcan la importancia de la siguiente regla: “Realiza la pregunta tres veces antes de aceptar que no hay una respuesta para ella”

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3.- DESCUBRIR LAS FORTALEZAS Y RECURSOS DE LA FAMILIA.

Michael White (1988) acuñó el término “descripción saturada de problemas” para referirse a situaciones donde la aparente enormidad de problemas desbordaba o saturaba el punto de vista de todo el mundo acerca de la situación, llevando a sentimientos de desesperanza e impotencia y evitando que todos los implicados pudieran visualizar una solución. Esto ocurre frecuentemente en protección infantil.

Por eso es importante intentar ampliar el cuadro. Una de las maneras más fáciles de hacer esto es explorar aspectos positivos y fortalezas de la familia identificadas por los propios miembros o reconocidas por otras personas o servicios. Esto no debería ser visto como un intento de minimizar el maltrato. Al revés, debería reforzar la idea de que la vida de la familia y su experiencia son una base a partir de la cual se puede construir el cambio.

Preguntas que pueden ayudar a explicitar, hacer emerger las fortalezas de la familia y sus recursos son:

  •  Hemos estado hablando acerca de algunos asuntos muy graves o serios. Para poder tener un cuadro más completo y equilibrado, ¿puede decirme algunas de las cosas que usted siente/piensa que son buenas en esta familia o te gustan de ella?
  • Si usted estuviera describiéndose a otros, ¿qué tipo de cosas diría usted de sí mismo en las que es bueno o buena?
  • ¿Qué es lo que más le gusta de ser padre/madre? ¿Qué ha aprendido de esta experiencia?
  • ¿Me puedes decir qué es lo que te gusta de tu padre (o madre)/de tu hijo/a? ¿Qué tipo de cosas le/te gusta hacer juntos? ¿En qué dirías que es bueno o buena?
  • ¿Cómo resolvéis habitualmente los problemas familiares? ¿Quién hace qué? ¿Qué hacéis para enfrentar las situaciones de estrés?
  • ¿A quién recurres o recurrirías en busca de ayuda para abordar los problemas? ¿Cómo te ayudan o podrían hacerlo?
  • Claramente, las cosas han sido muy difíciles para ti. ¿Cómo te has enfrentado a estos problemas/presiones? ¿Qué te ha mantenido avanzando/funcionando?
  • ¿Puedes contarme acerca de las veces en las que te has llevado bien con tu pareja/hijos? ¿Qué es lo que más te gusta de esos momentos?
  • ¿Qué piensas que dirán ellos (el resto de la familia) acerca de qué hay de bueno en la relación contigo?

Las respuestas a preguntas como éstas (o a las de excepción) proporcionan información en dos posibles direcciones. Por un lado proporcionan una comprensión de los aspectos constructivos o positivos de las relaciones familiares. Pero, por otra parte, si los miembros de la familia identifican poco o nada que sea positivo (o no encuentran excepciones) esto puede indicar que el problema es más severo de lo pensado previamente.

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4.- CENTRARSE EN LOS OBJETIVOS.

Toda la tarea en protección de menores se reduce a un objetivo, a saber, generar suficiente protección o seguridad para los menores. En palabras de  otros autores (Weick et al. 1989): “La cuestión no es qué tipo de vida ha tenido uno sino qué tipo de vida quiere uno, y desde este punto, lograr todos los recursos personales y sociales disponibles para conseguir este objetivo”

Muy a menudo en el trabajo en protección infantil es evidente lo que se tiene que parar (el maltrato o la negligencia) pero las preguntas que permanecen inexploradas son: ¿Cómo se parará? ¿Qué ocurrirá en su lugar? ¿Cómo sabrán los servicios sociales y la familia que esto ha ocurrido?

Es esencial que, a lo largo del caso, los servicios sociales articulen claramente –en términos conductuales concretos- qué es lo que indicará que existe suficiente protección en el o la menor para cerrar el caso.

Los objetivos claros permiten la evaluación del progreso y ayudan a los trabajadores y familia a estar de acuerdo cuándo el caso debe ser cerrado. Para Steve y Andrew este apartado es, probablemente, el más difícil del modelo para ser implementado.

Preguntas que pueden ayudar a la familia a explicitar sus objetivos relacionados con la protección son:

  • Vale… ambos vemos la necesidad de lograr más protección para su hijo. Estoy realmente interesado en las ideas que usted tiene para conseguir esto.
  • ¿Cómo podemos ayudarle a que las cosas estén mejor y lograr que su hijo esté más seguro?
  • ¿Qué piensa usted que pueden hacer usted mismo, su compañero, sus hijos, otros miembros de la familia… para incrementar la protección del niño o niña?
  • Cuando le preguntemos a su hijo/a qué le haría sentirse más seguro/a¿qué piensa usted que dirá?
  • Para que nuestro trabajo con su familia sea útil, ¿qué necesita que ocurra? ¿qué debe cambiar en su familia? ¿Qué cambiaría en relación a su pareja/sus hijos?
  • Es evidente que no quiere que los servicios sociales estemos continuamente en su vida. ¿Qué piensa que necesitamos ver para poder cerrar el caso?

Tristemente, a menudo, los usuarios no están entusiasmados con la idea de cambiar sólo por satisfacer a la sociedad o a los servicios sociales. O incluso se pueden dar situaciones en las que los progenitores reconocen el problema de una manera muy limitada o incluso defienden su manera de actuar.

Los autores sugieren para estos casos proponer “motivaciones indirectas” que ayuden a estas familias a engancharse con la intervención. Una de ellas puede ser incluso que los servicios sociales, la policía, la escuela… dejen de estar pendientes de ellos, ya que para muchas de estas familias, la intervención de estos sistemas es una intromisión en su vida. En estos casos hay que estar muy atentos a que los objetivos de la familia se ajusten a los objetivos de los servicios sociales para incrementar la protección de los menores.

Ejemplos de preguntas que se podrían realizar en una situación en la que los progenitores defienden el derecho de pegar a sus hijos como una estrategia educativa son:

  • ¿Qué espera conseguir cuando pega a su hijo?
  • ¿Qué le diría a usted que ha obtenido el resultado que quería cuando pega a su hijo?
  • ¿Es esto algo que usted quiere continuar haciendo o hay otras manera de conseguir que su hijo responda o reaccione?
  • ¿Qué piensa usted que le enseña a su hijo cuando le pega?
  • ¿Hay otras maneras de enseñarle esto a su hijo?

Por último, señalar que para los autores, el reto de los trabajadores en relación a la creación de objetivos, tanto generales como relacionados con la protección, es triple:

a.- Elicitar los objetivos de la familia incluso si la familia parece que minimiza o niega los problemas.

b.- Concretar los objetivos de manera que se expresen por la presencia de conductas específicas, medibles y observables; y

c.- Establecer el alcance de coincidencia de estos objetivos con los que los servicios de protección consideran necesarios para la seguridad del niño.

5.- BAREMAR O GRADUAR EL PROGRESO Y LA PROTECCIÓN.

La información recopilada en protección infantil debería ser lo más específica y detallada posible. Para ello las “preguntas de escala” (otra técnica de la terapia enfocada a la solución) son una herramienta muy valiosa.

Es muy útil preguntar de manera continua a los miembros de la familia cosas como: En una escala de 0 a 10 –donde 10 significa que las cosas en esta familia son como os gustaría que fueran, y 0, que la vida no podría ser peor- ¿dónde situaríais vuestra familia en estos momentos?

O una pregunta más centrada específicamente en la seguridad o protección podría ser : En una escala donde 10 significa que tú estás seguro/a de que este tipo de incidente no volverá a ocurrir nunca más y tu hijo/a está seguro/protegido, y 0 significa que tú piensas que con toda probabilidad ocurrirá otra vez, ¿cómo puntuarías la situación en este momento?

Las preguntas de escala son de un enorme beneficio para los trabajadores, ya que crean un diálogo que asume automáticamente un contínuo que va desde el daño/peligro a la protección/seguridad.

En el trabajo en protección infantil, una garantía de absoluta seguridad es imposible. La intervención con familias es llevada adelante en algún punto en el espacio entre el completo peligro y la absoluta seguridad. Al utilizar este contínuo peligro-seguridad, las preguntas de escala, por la naturaleza de su construcción, llevan consigo la posibilidad de cambio.

Además las escalas permiten preguntas del tipo: Si la situación la valora con un 7 ¿qué tendría que pasar para que le pudiera poner un 8? Y con ello seguir operativizando el cambio.

6.- VOLUNTAD, CONFIANZA Y CAPACIDAD.

La voluntad (querer), la capacidad (saber) y la confianza (poder) de los usuarios en relación a cualquier plan de acción son buenos indicadores de protección y seguridad o de, por el contrario, peligro.

Poder explorar estos tres aspectos es una parte esencial para poder asegurarse de que los planes de intervención formulados serán llevados a cabo.

Preguntas que se pueden realizar, en relación a estos tres aspectos:

Voluntad

  • En una escala de 0 a 10, donde 10 significa que usted tiene la voluntad de hacer cualquier cosa para que su hijo esté seguro y 0 significa que usted no tiene ninguna voluntad de hacer nada, ¿dónde se situaría usted en esa escala?
  • Si yo (el trabajador) le pidiera hacer ________, en una escala de 0 a 10, ¿cuántas ganas de hacerlo tendría?
  • Usted habló anteriormente acerca de la posibilidad de hacer________. En una escala de 0 a 10, ¿cuántas ganas tiene de intentar hacerlo?
  • ¿Qué incrementaría, si es que hay algo que lo hiciera, su voluntad de hacer algo acerca de estos problemas?

Capacidad para actuar

  • En una escala de 0 a 10, ¿cómo puntuaría usted su habilidad para hacer algo en relación a estos problemas?
  • ¿Qué aspectos de estos problemas se siente usted más capacitado de enfrentar?
  • En una escala de 0 a 10, ¿cómo puntuaría su capacidad de implementar los planes de los que hemos hablado previamente?
  • ¿Qué partes de estos planes se siente usted más capaz de intentar?
  • ¿Qué o quiénes podrían ayudarle a llevar adelante estos planes?
  • ¿Cuánto control o influencia piensa que tiene usted sobre esta situación?
  • Veo que usted tiene realmente ganas de cambiar las cosas, y está deseando hacer casi cualquier cosa para que eso ocurra. ¿Hasta qué punto piensa usted que puede hacer algo que pueda marcar una diferencia?

Confianza

  • En una escala de 0 a 10, donde 10 significa que usted está seguro de que ciertas cosas mejorarán en su familia y 0 indica que usted piensa que las cosas nunca estarán mejor, ¿cómo lo puntuaría? ¿En qué se basa para puntuar así?
  • De 0 a 10 ¿Cuánta confianza tiene en que usted/es, o la persona negligente o maltratadora, pueda/n hacer cosas que hagan que su hijo/a esté más seguro/a? ¿Qué aumentaría su confianza? 
  • Si piensa concretamente en hacer ______. En una escala de 0 a 10 ¿cuánta confianza tiene en que esto mejorará las cosas?

Para finalizar este post, indicar que, para los autores, todas las preguntas que se proponen, relacionadas con cada uno de los elementos para la práctica, no deben ser vistas como prescriptivas o como las preguntas correctas a realizar. Las mejores preguntas y diálogos surgen  cuando los trabajadores ajustan el modelo, su filosofía, sus elementos y sus técnicas a cada familia concreta.

EUGENIO:

Considero esta parte del libro como la parte central, el “meollo de la cuestión”. Después de consideraciones varias y reflexiones más teóricas y abstractas creo que en esta parte, los autores, consiguen aplicar y dar un grado de concreción detallado (que curiosamente –o no tanto- es lo que piden con la utilización de su método/enfoque) de sus postulados y planteamientos, de manera que uno sabe a qué atenerse y cómo poder manejarse en la práctica diaria. Y lo hacen a través de la generación de decenas y decenas de preguntas, herramienta que considero imprescindible e indispensable en la intervención terapéutica.

Me gusta mucho porque uno acaba la lectura del capítulo con la sensación:“me llevo algo útil y práctico, algo que puedo utilizar en mi trabajo”. Siendo consciente de que los milagros no existen y de que sigue siendo difícil generar cambios. Pero al menos, esto es una herramienta más que puedo utilizar y detrás de la cual hay una filosofía que me gusta y que tiene que ver con el respeto e interés genuino por las familias y personas que sufren – e incluso a veces generan-  situaciones vitales terribles.

JAVIER:

Estoy tan de acuerdo con Eugenio que sólo quiero reseñar que cualquiera que haya tenido una conversación con la familia de un o una menor en riesgo o desamparo puede haber constatado que el enfoque que nosotros (los profesionales) adoptemos en la misma nos puede llevar en una dirección o en otra totalmente diferente.

Lo cómodo es pensar “la familia es el problema” Creo que estos 6 principios básicos nos están diciendo, además de darnos herramientas concretas, que “el profesional también puede ser el problema”

eugenioap@cop.es

javier.romeu@gmail.com

Fe ciega

Los hermanos Taylor-Rosenthal nacieron en Colorado (EEUU) a finales del siglo XIX. Se obsesionaron con la idea de conseguir volar hasta llegar a construir un artefacto a motor para ello. Sin embargo no pasaron ni a la historia de la aviación ni de la humanidad porque tenían tanta fe en su éxito que probaron el mismo lanzándose directamente sobre el Gran Cañón.

Por el contrario los hermanos Wright fueron mucho más escépticos sobre si mismos e hicieron innumerables pruebas hasta conseguir los primeros vuelos controlados de un ser humano.

Las dos parejas de hermanos, suponiendo que la primera existiera (¿puedes acaso negarlo?) fueron optimistas. Los cuatro se enfrentaron al reto con la idea de que era posible conseguirlo. Nadie les obligó a ello y si lo hicieron era porque pensaban que se podría conseguir. La diferencia es que los Taylor eran optimistas crédulos y los Wright eran optimistas escépticos.

Este cruce de la dimensión Pesimismo-Optimismo con la dimensión Credulidad-Escepticismo la he descubierto gracias a una referencia, en el newsletter de Adam Grant, a un artículo de Shane Snow. Este es un escritor de la corriente, cada vez más de moda, llamada de Contraintuición. Periodista, escritores, economistas que se dedican a descubrir fenómenos paradójicos de la vida.

Como cuando Malcolm Gladwell argumenta que la mejora de la calidad del aprendizaje gracias a la reducción de la ratio de alumnos y alumnas tiene un límite (y responde a una curva en forma de U invertida) de forma que una clase con un profesor y cinco alumnos no garantiza mejor aprendizaje que una clase con un profesor y diez alumnos (y lo argumenta)

Otro libro de Contraintuición

La hipótesis de Snow es que los grandes personajes que han innovado de forma indiscutible en la historia reciente de la humanidad han sido más optimistas escépticos que optimistas crédulos. Ha habido muchos de estos últimos que han podido triunfar (también lo han hecho pesimistas recalcitrantes) pero habrá que atribuirlo más a la fortuna o, en todo caso, su éxito quizá no haya aportado mucho a la sociedad, sino sólo a ellos mismos o a un pequeño grupo a su alrededor.

Sin embargo, el optimista escéptico es la persona que se cuestiona el status quo, desea cambiarlo y, para ello, también se cuestionará o dudará de cualquier idea que ella misma tenga al respecto. No dirá simplemente: “Lo que se me ha ocurrido es estupendo”. Sino que se planteará todas las dudas posibles sobre sus propias ideas y las pondrá a prueba una y otra vez.

El conocido chiste del hombre de Fe que espera ser rescatado por Dios mismo en una inundación ejemplificaría el optimismo crédulo. Sin embargo si fuera optimista escéptico no habría rechazado subirse a la primera lancha salvavidas.

Este matiz, esta doble dimensión, me parece que es la misma que nos permite diferenciar entre el positivismo, estúpido y perverso en mi opinión, que muchas veces se nos vende (si se quiere, se puede) de la esperanza realista que muchas veces se asocia a la resiliencia.

Boris Cyrulnik cuenta que cuando se escapó del campo de concentración por azar se generó en él la idea de que si había salido de esa situación podría salir de cualquier otra que le ocurriera en un futuro. Pero el niño Boris no se dedicó a dirigirse a todos los soldados alemanes que se encontraba insultándoles o tirándoles piedras. Ni cuando fue joven se tiró por una ventana confiando que una rama o un toldo le protegería de morir estampado contra el suelo.

O desde el otro lado: Cuando la víctima está noqueada por la tragedia es probable que entre en una postura de pesimismo crédulo (nada será igual) Hasta que poco a poco (y probablemente por una acción desde el exterior) pase a un pesimismo escéptico (nada será igual… o quizá sí) y así hasta rehacerse o retomar el (u otro) camino.

Así que les pido a los gurús del positivismo que no invoquen a mi credulidad. Y lo digo en una semana, santa para mi, no por mi fe ciega sino quizá, y precisamente, por mi poca fe.

 

Domingo, tarde-noche. Vuelvo andando hacia mi casa. Al llegar al cauce del rio veo a una mujer, junto a la puerta de un coche, despidiéndose cariñosamente de un hombre y de un niño de unos nueve o diez años.

El niño lleva una bufanda del Valencia y el hombre dice: “A las diez y cuarto quedamos aquí”. Justo a la hora que termina el Valencia-Athetic de Bilbao que se que se juega justo enfrente de mi casa. Con estos pequeños detalles, y como Sherlock Holmes a mi lado era un lerdo, deduzco que se trata de un padre y un hijo que se dirigen al futbol. Lo cual tiene mérito estando el Valencia CF tal como está.

La afición recibe al Valencia CF en Mestalla/ Foto: F. Estellés

Sigo absorto en mis pensamientos mientras cruzo el puente y en el primer semáforo en rojo oigo detrás de mi una conversación de quien luego me daré cuenta que son el padre y el hijo de la bufanda. El padre le está contando la conversación que tuvo recientemente con varios de sus profesores: Qué si eres listo, que si tienes buenas notas, que si a veces te despistas un poco pero sin importancia, que si está todo bien.

En ese momento ya me han adelantado y oigo:

– “Y yo les dije que para cualquier cosa que necesitaran que me llamarán. Para cualquier problema. QUE MI HIJO TENIA QUE SER UN CRACK y que si hacía falta…” La frase del crack me golpea en la cara como si al chaval se le hubiera volado la bufanda y me hubiera dado de pleno. Pero aún atontado veo como el padre recula y matiza:

– “Bueno… ya tengo un hijo que es un crack pero habrá que…  sacarlo (me parece oir)”

A partir de ahí no les oigo más pero observo la interacción entre padre e hijo. Cogidos de la mano, el niño mirando para arriba hacia su padre que es bastante alto, se les ve felices… De un buen rollo envidiable. Me planteo si alguna vez he tenido yo una escena tan idílica con alguno de mis hijos e hijas naturales o en almibar.

Para colmo se paran en un bar donde han colocado en la acera una mesa repleta de bocadillos envueltos en papel de plata. Se ponen en cola para comprar la cena. El colmo de la unión paterno-filial: compartir un bocadillo en un estadio en el descanso de un partido del equipo de sus amores.

Y al sobrepasarlos me invade la ambivalencia. No me cabe duda de que ese niño recordará toda su vida los días en que iba con su padre al futbol. Pero ¿cómo afectará a su vida la idea de su padre “Mi hijo tiene que ser un crack“? ¿Qué le pasará a este chaval si no consigue estar a la altura de las expectativas paternas? ¿Qué puñetas es ser un crack? ¿Por qué mi padre no quiso que yo lo fuera? (Me llevaba a las carreras de galgos pero no recuerdo que me dijera nada parecido. Bendigo a Dios por ello)

La historia puede tener dos finales de película: el chaval SERÁ un crack o HARÁ crack. En los dos casos pagará un alto precio. Menos mal que la vida no necesita ganar premios ni llenar las salas de un cine. Con un poco de suerte esta historia tiene un final anodino. Porque yo deseo que a medida que el niño crezca su padre vaya bajando el listón. Estoy casi seguro que lo hará. ¿Y por qué lo estoy?

Porque es del Valencia CF. Seguro que vuelve al campo el próximo partido a pesar de que esa noche el Valencia CF perdió 1 a 3 haciendo el ridículo. Y seguirá siendo del Valencia aunque baje a Segunda.

 

A mi biblioteca Kindle han entrado en las últimas semanas dos libros que llevan en el titulo la palabra GRATITUD. Pero no pueden ser más diferentes el uno del otro.

Uno de ellos, de hecho, no lleva más palabras. Se llama así “Gratitud” y el autor es Oliver Sacks (Editorial Anagrama)

Se trata de una recopilación póstuma de cuatro cartas o textos que el famoso neurólogo escribió tras terminar, con 80 años, de escribir sus memorias. Y tres de ellos tras conocer, unos meses después, que los médicos no podrían hacer mucho más ante la metástasis de un cáncer con el que habían estado luchando los últimos años.

El libro se lee literalmente en veinte minutos o media hora como mucho. En los cuatros textos, y especialmente en el llamado como el resto del libro, la gratitud aparece como el resultado de una persona que, conociendo que la vida se le acaba, se siente agradecido por lo vivido. La gratitud en este caso es algo que parece brotar de forma natural en una persona afortunada o con un carácter y una entereza envidiable.

Sin embargo el libro El Diario de la Gratitud (Editorial Planeta) es casi lo contrario. La autora, Janice Kaplan, editora y escritora, se propone un día de Año Nuevo aumentar su nivel de felicidad y la de los suyos practicando conscientemente la gratitud. Una elección que hace al recordar un estudio sobre la misma que conoció gracias a su actividad como editora.

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El libro es por tanto la crónica de un esfuerzo deliberado de la autora de, por un lado, ejercitar la gratitud (como quien ejercita la resistencia aeróbica haciendo running) y, por otro, investigar acerca de lo que sabemos de la misma.

Y yo lo que le agradezco a ella de todo corazón es que no haya escrito un libro de autoayuda más. Porque no nos dice lo que tenemos que hacer sino que nos cuenta lo que ella hizo. De tal modo que cuando lo empecé pensé que el libro no podía dar para mucho más de 15 páginas. Pero llevo un tercio del mismo y todavía no me he cansado.  Por sus páginas aparecen no sólo sus ejercicios para aumentar la gratitud sino entrevistas con reconocidos investigadores del tema como el mismísimo Martin Seligman.

Me ha gustado especialmente el capítulo en el que se trata de la especial dificultad de los adolescentes para agradecer algo a sus padres, no como fruto de locura transitoria sino por su propia posición vital. También la larga referencia a las investigaciones, que yo conocía pero no su autor,  y que demuestran que se invierte más en felicidad gastándose el dinero en experiencias que en cosas.

Por tanto, los dos libros me parecen de interés pero… ¿Cuál de los dos ejemplifica la verdadera esencia de la gratitud? Todos podemos conocer personas como Sacks que parecen disfrutar hasta en un funeral, y personas que, por el contrario, viven prisioneras de la queja. Es difícil negar que las personas somos muy diferentes en nuestra capacidad de ser agradecidos.

Pero si Kaplan tiene razón, la gratitud es un hábito como otro cualquiera. Igual que podemos entrenar a nuestro cuerpo para resistir 42 kilómetros corriendo podemos entrenar nuestra mente para ser o estar agradecidos.

La solución a este dilema la da el propio Martin Seligman en el libro de Kaplan: hay personas que de forma natural son agradecidas, pero eso no significa que quien no es así no tenga un margen de maniobra para, mediante la práctica, aumentar su nivel de gratitud.

Me viene a la memoria una investigación que atribuye el 50% de la felicidad de una persona a factores individuales o propios de la persona; sólo un sorprendente 10% a las circunstancias, y un 40% a lo que se haga en la práctica para cultivarla.

Olver Sacks representaría quizá al tipo que trae puesta casi la mitad de su felicidad en sus propios rasgos de personalidad. Janice Kaplan a la persona que se ha dado cuenta de que hay maneras más sabias de vivir que otras y ha optado por una de las mejores según la filosofía, la teología y ahora la psicología social y positiva.

Pero hay un punto por el cual el libro de Kaplan me interesa especialmente. En su introspección sobre sus sentimientos y pensamientos de queja o de gratitud, la autora va desgranando muchos matices clave para poder entrar en el agradecimiento. Me interesa mucho la revolución interior que se produce casi siempre en las víctimas de la adversidad. Se trata de una especie de movimiento mental. Por eso siempre he defendido que la resiliencia no necesita de fortaleza mental sino de flexibilidad mental.

Y por ello me atrevo a mantener que quién no se consuela no es porque no quiere… sino porque no puede pero también porque no sabe. Dicen que existen “trucos” para tener una mente más creativa. ¿Los habrá para ser más resiliente (aunque odie este adjetivo)? Soy un convencido de que cambios en el contexto pueden favorecer la resiliencia (que no provocarla). Pero también de que la resiliencia necesita un movimiento interior ¿podremos encontrar pistas para favorecerlo?

Deberé consultar, cuando lo compre, también el libro de Brené Brown llamado “Más fuertes que nunca” (ediciones Urano) a pesar de que no me gusta el modo “yankee” de entender la resiliencia que se desprende de título y planteamiento, pues “examina el complejo viaje que requiere trascender las catástrofes de la vida con valor y resiliencia, ya sea el final de una relación o un colapso profesional. (…) la autora examina las cualidades, patrones emocionales y hábitos mentales que permiten a las personas transformar el desastre en coraje, generosidad y sentido de la propia valía…” (La cita es de la sinopsis editorial y la negrita mía)

P.D.: Parece ser que hablar o leer sobre la gratitud ya tiene de por si un efecto favorecer de  la misma. Así que aprovecho para señalar que gracias a Emilio he podido corregir un montón de errores tipográficos, ortográficos, gramaticales, etc del post. Y encima me envía esta viñeta que le viene “al pelo” (de perro)

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Llevo trabajando en protección de menores desde principios de los años 90 y siendo Familia Acogedora desde un poquito después. Muchas cosas han cambiado desde entonces, al menos por las tierras en las que vivo, y ya las he analizado en otros momentos (como por ejemplo en este post sobre los acogimientos permanentes). Pero entre ellas no están los modos, estrategias y procedimientos técnicos para abordar el acogimiento de menores en familia ajena.

Probablemente se deba a que en la acción social hay una clara tendencia a andar una y otra vez por el camino ya marcado sin plantearse si es el mejor. Pero ¿y si, además, se trata de que tenemos una visión del acogimiento atractiva y sugerente pero totalmente desajustada de la realidad?

Quien acoge a quien 5.0 (2)

¿Representan estas imágenes bien al acogimiento familiar?

No soy ningún innovador ni un revolucionario. Como mucho soy curioso. Esa curiosidad me permitió disfrutar hace unos años de “a dos tipos requete finos, medios chiflaos, casi divinos y desbarataos” (porque al ser de Bilbao se pueden permitir ser lo que quieran) que no se encontraban en una esquina sino en una misma Cooperativa de Iniciativa Social (Agintzari).

Javier

Alberto

Cuando conocí a Javier Múgica él ya estaba trabajando más en el campo de la adopción, pero su enorme generosidad y calidad humana me permitió acceder a muchos de sus materiales que son una gozada.

Por su parte Alberto Rodríguez se pasó algunas veces por aquí para avisarnos con amabilidad y un admirable sentido del humor: “Me parece que tenéis, suponiendo que lo tengáis, un modelo equivocado sobre el acogimiento familiar”. Sus argumentos me convencieron de inmediato y, en la medida de mis posibilidades, he intentado actuar como un eco del modelo que ellos tenían (seguro que lo han perfeccionado o cambiado pero eso no es lo que importa, lo que importa es tomar conciencia del modelo que tenemos en la cabeza).

Ahora hay dos hechos que me invitan a volver al ataque. Por un lado mi propia experiencia como acogedor. ¿Cómo es posible, que si no me arrepiento de ella, cada vez me cueste más entender a quien está empezando su camino como familia acogedora? Es como si pensará: “La caminata vale la pena pero… ¡no tienes ni idea de lo que te espera!”.

Me da la sensación que es como el torero que sueña con la gran faena de su vida. Esa en la que la plaza en pie le aclama, le aplaude y lo sacan a hombros por la puerta grande. Pero antes tendrá que pasar por un montón de tardes en las que recibirá pitos, almohadillas y alguna cornada que otra. Si es que no muere en el intento.

¿Y si resulta que nos hemos creído y hemos vendido un modelo en que los únicos sustos te los puede dar el niño o la niña acogida? Creo que hacerlo así es preparar a las familias para torear un novillo y no el toro de 400 kilos y afilados pitones que les espera y que se llama “Relaciones de acogimiento”

Sólo pondré un ejemplo que además servirá para explicar el título del post. La mayoría de las personas que se ofrecen a acoger a menores lo proyectan como una forma u otra de “desarrollo familiar”. Yo, si vivo sólo o sóla, o nosotros o nosotras, vamos a construir, con el acogimiento, una realidad familiar mejor (nadie se “apunta” para empeorar) Sin embargo la realidad es que lo que va a ocurrir es que él, ella o su familia van a pasar a estar condicionados, no sólo por lo que haga el niño o niña acogida, sino por lo que haga: la familia de el o la menor; los técnicos implicados, la Administración e incluso la reacción de su propio entorno sociofamiliar. ¡Vaya desarrollo! A  esto es lo que yo llamo, con todo el sentido del humor del que soy capaz, encogimiento familiar. Es más, en los acogimientos permanentes se te va a pedir algo paradójico: “sé para él o ella como un padre o una madre aunque yo, todos los días, te recordaré que no lo eres

No se nos acaba de meter en la cabeza que el acogimiento familiar no es una solución. Es simplemente un problema con el que intentamos solucionar o paliar otro problema. Pero claro… ¿Cómo vamos a captar nuevas familias con el eslogan “Este niño tiene problemas ¿quiere acompañarle en los mismos? (Y si no tiene bastante con esos… ¡no se preocupe!  ¡Nosotros le proporcionaremos más!)”

No pienses que estoy en una posición emocional de frustración o decepción. Acoger a mis “chonis pijas” y a mi “taruguete” ha sido probablemente lo único valioso que yo haya aportado y aporte jamás al sistema de protección, sin obviar lo que ellas y él, junto con mis hijos, han aportado a nuestra vida. Hasta el punto de que no podría asegurar quién ha acogido a quien.

Mi posición es, como buen estudioso de la resiliencia, de esperanza realista. Porque he dado, por mi dichosa curiosidad, con un modelo teórico que permite analizar las cosas de otra manera. Es poco conocido y, lo reconozco, muy controvertido por su radicalidad. Ya me he referido muchas veces a él. Cada vez que he citado el impacto de la lectura del libro “El ser relacional. Más allá deñ yo y de la comunidad” (Editorial DDB) de Kenneth J. Gergen.DSC_0004

Todo esto lo escribo en un tren de camino de Valencia a Zaragoza donde mañana por la mañana saltaré al ruedo de una sesión de formación de ADAFA (ASOCIACIÓN DE ACOGIMIENTOS FAMILIARES DE ARAGÓN) quienes han cometido la imprudencia de invitarme. Les propuse el tema ¿Quién acoge a quién? ¡Y va y me lo aceptan! ¡Qué gente! Y he disfrutado mucho preparándolo. Así que les doy las gracias de todo corazón.

Me gustaría redactar el trabajo preparado y compartirlo pero no sé cuándo podrá ser y cómo (pdf, serie de post…) así que al menos dejó aquí la presentación, que aunque no se entiende por si sola, sí puede dar una idea de por dónde van los tiros.

Por favor, Nines, ya que tú eres la responsable de esta corrida, si quedo tendido por los golpes del tendido, llama a mi mujer y dile que la quiero mucho.

P.D. No me gustan los toros ni soy antitaurino. Simplemente me encantan las metáforas. Sin ellas yo no entendería nada.

Link del primer post de la serie

Link del segundo post de la serie

BUSCANDO RESPUESTAS A PREGUNTAS DIRECTAS.

Un taxista, después de conocer la profesión de Steve y Andrew, los creadores del Programa “Signs of Safety” y refiriéndose a los casos de maltrato infantil, les pregunta “¿Está ocurriendo más, como dicen los periódicos, o es que simplemente hablamos más de eso ahora? ¿Cómo puede nadie hacer eso a sus propios hijos?” Y para rematar:”No se puede hacer nada por personas como esas, sólo se les puede encerrar, ¿verdad?”. De esta manera tan directa este taxista planteó tres cuestiones fundamentales que los profesionales que trabajan en protección infantil se llevan haciendo los últimos 30 años.

Cuando, en palabras de los autores, se “redescubrió” el fenómeno del abuso infantil, allá por los años 60-70, los profesionales que se dedicaban a esto lo hacían con gran energía, seguros de poder hallar respuestas y con una visión clara de lo que se debía hacer y apoyados por su comunidad.  Sin embargo, treinta años después –en el momento en el que se crea este enfoque- las respuestas ya no estaban tan claras, y los profesionales se hallaban, en muchas ocasiones, atrapados por una sobrecarga de casos y de trabajo burocrático, además de estar hastiados y a la defensiva, siendo el punto de mira de las críticas que se realizaban desde la sociedad.

En 1991, la Comisión Nacional sobre la Infancia en Estados Unidos concluyó que: “si la nación hubiera diseñado deliberadamente un sistema que frustrara a los profesionales que emplea, enfadara a la sociedad que lo financia, y abandonara a los niños que dependen de él, no habría haber hecho un trabajo mejor que el actual sistema de protección infantil”. Es en este contexto en el que surge el enfoque Señales de Seguridad.

2016 International Signs of Safety Gathering

Pero volvamos a las preguntas del taxista: “¿Está ocurriendo más, como dicen los periódicos, o es que simplemente hablamos más de eso ahora?” Los autores sostienen que una cosa no parece cuestionable, y es que los profesionales se enfrentan cada vez más a un incremento en la carga de trabajo. Si esto se debe a un incremento del fenómeno del maltrato, es algo que ya no está tan claro. Pero sí parece que ese incremento se puede deber a que hay una mayor atención a este fenómeno a lo largo de todo el mundo. Como ejemplo, exponen que, lo que empezó en los años 60, poniéndose el foco en el fenómeno de los bebés que eran maltratados físicamente, ha evolucionado y se ha ido ampliando llegando a definir hasta cuatro categorías de maltrato: físico, psicológico, abuso sexual y negligencia, que, además, son motivo de legislación penal.

“¿Cómo puede nadie hacer eso a sus propios hijos?”. Los autores indican que la respuesta a esta pregunta ha ido variando, desde los primeros estudios, que planteaban el tema desde una perspectiva médica y localizaban el problema en algún tipo de patología de los padres, hasta planteamientos más complejos, ecológicos, que ven el maltrato como un fenómeno en el que se entremezclan variables individuales, familiares, comunitarias, sociales y culturales.

Además, ha habido, en diferentes momentos, conceptos que han estado más de moda, como por ejemplo, por nombrar dos, “el ciclo del maltrato” (en el que se mantenía –y mantiene- que una persona que había sido maltratada tenía más probabilidad de maltratar), o la “correlación entre pobreza y maltrato”. Y para añadir más controversia al tema, hay autores que han argumentado que el problema del maltrato no es un tema objetivo sino que es un fenómeno construido en la interacción entre los profesionales – que están influenciados por sus creencias y conocimientos- con las familias que son investigadas. Argumentan, que lo que ahora es considerado maltrato, hace 100 años podría haber sido algo rechazable por la sociedad pero no hubiera sido considerado como tal maltrato y, menos, hubiera sido motivo de acción por parte de las autoridades.

Y así pasamos a la tercera pregunta: “¿Qué se puede hacer?”. De nuevo, los intentos por afrontar el problema son tan complejos como los intentos por definirlo. Las respuestas, siempre según los autores, deben operar en diferentes niveles incluyendo la identificación, investigación, tratamiento y cuidado alternativo, por nombrar cuatro de ellos.

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Dependiendo del marco teórico desde el que se define el maltrato se propone un tipo de intervención acorde con aquél. Así desde el modelo médico-psicológico se responde proporcionando tratamiento especializado a la madre, al progenitor maltratador y/o a la familia para que puedan tratar con la disfunción psicológica o familiar que causa el maltrato.

Sin embargo, en los últimos años ha habido un cambio de este modelo hacia un modelo más socio-legal en el que se pone una mayor atención en los protocolos para valorar el riesgo. Añadido a esto, siempre ha habido controversia respecto de los casos más serios de maltrato en los que se ha argumentado que algunas familias son intratables, incurables y peligrosas y, por tanto, no se podía establecer una relación de colaboración con ellas y había que colocar a los niños en otro lugar lejos de su casa.

Con toda esta complejidad surge la gran pregunta: “¿Colaboración o Paternalismo?”, y que es la que lleva a los autores a plantearse la creación del enfoque SOS. Steve, que ya llevaba trabajando 16 años en la protección de menores, se da cuenta de que existe una gran brecha entre los planteamientos teóricos y la práctica diaria, y además, siente que los primeros no le ayudan mucho en su labor. Además, se ven influenciados por la tradición de la terapia breve, una de cuyas máximas es: “Si lo que estás haciendo no funciona, no sigas haciéndolo, haz algo distinto”. Piensan que la lógica paternalista deja de lado a las familias y hace que el profesional asuma toda la responsabilidad de la intervención, y esto no está funcionando.

Así que, para ellos, hacer algo diferente significa rellenar el hueco que existe entre, por un lado, la teoría y la práctica, y por otro, entre los profesionales y los usuarios. Esto no significa que se opongan al conocimiento profesional y a su experiencia, lo que proponen es utilizar ese conocimiento profesional y además, utilizar, el conocimiento de la familia de su propia situación. Eso requiere que el profesional deje a un lado su rol de experto (aunque lo utilice) y se acerque a las familias con una actitud de respeto y de colaboración.

En los años 90 se realizaron estudios que buscaban la opinión de los usuarios de los Servicios Sociales. Los resultados de estos estudios no eran agradables de leer para los profesionales ya que los usuarios calificaban su experiencia como chocante y generadora de miedo, furia, humillación y resentimiento hacia la intervención que habían sufrido. El énfasis excesivo en los aspectos negativos y disfuncionales de la familia contribuía a que éstas se pusieran a la defensiva además de crearles una sensación de incapacidad e inhabilidad. En cambio, los usuarios reconocían que se podían fiar de los trabajadores que transmitían compasión, compromiso, preocupación, respeto… Una relación positiva era más probable que ocurriera si los progenitores entendían que el objetivo del trabajador era conseguir la seguridad de los niños JUNTO con la ayuda de los padres y no CONTRA los padres.

Esto lleva a los autores a plantearse más preguntas como “¿qué significa “colaborar?” y no sólo eso sino también “¿cómo se puede implementar esa colaboración de manera segura?”, ya que un fallo en la protección de los niños como resultado de un mayor riesgo en nombre de una mayor colaboración, sería castigado por la sociedad.

También a principios de los años 90, Reino Unido, Nueva Zelanda y EEUU aprueban leyes que ubican el principio de la participación de la familia en la toma de decisiones como un elemento central de la intervención. Y además, algunas de ellas, por ejemplo Nueva Zelanda, ofrecen un modelo de trabajo concreto llamado Conferencias de Grupos Familiares (Family Group Conferences). En este caso, si existe una investigación acerca de la seguridad de un niño se debe convocar una conferencia familiar en la que la familia extensa y otras personas significativas deben reunirse para hablar junto con los profesionales de la situación del niño/a y elaborar un plan de actuación.

También en EEUU, diversos profesionales, como Insoo Kim Berg, desarrollaron modelos de intervención en los que la cooperación entre familias y profesionales era una noción fundamental. Además, en algunos estados se desarrollaron otros modelos de colaboración entre familia y profesionales como los “Community partnerships for protecting children” de Farrow.

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Pero Steve y Andrew se dan cuenta de que no sólo los usuarios buscan una mayor colaboración con los profesionales. Éstos, si tienen la oportunidad, también la quieren. En los talleres que les imparten, cuando les preguntan cuál sería su trabajador ideal y cuáles serían sus cualidades, de manera consistente las respuestas describen a un trabajador que sea capaz de escuchar y construir una relación con la gente con la que trabaja, que además pueda y sea capaz de ejercer su autoridad con honestidad y claridad. En palabras de una trabajadora “que trate a cada niño como si fuera propio”.

Así, las premisas para unas buenas prácticas (propuestas por los trabajadores) y en las que se basa el modelo Señales de Seguridad son:

– Se mostrará respeto y confianza a la familia, y se utilizará su punto de vista siempre que sea posible.

– La cooperación entre trabajadores y familia se debe desarrollar desde el principio.

– Se pondrá especial énfasis en la construcción de fortalezas de la familia.

JAVIER:
La lectura de la síntesis de esta parte del libro de “Signs of Safety” me provoca una cierta desazón. ¿Cómo es posible que muchos de los problemas detectados por Turnell y Edwards me resulten tan familiares? Pero lo que es peor: Si SOS es un intento de solucionar dichos problemas ¿dónde están nuestros intentos? A mis 55 años mi jubilación ya se vislumbra en el horizonte y no soy nada optimista al respecto de que deje de trabajar en un sistema de protección muy diferente al que llegué con 22. Sigo percibiendo las mismas incoherencias que entonces y pienso que hay cosas que sólo se mantienen por costumbre.

Podría comentar algunas de ellas pero no es el momento. Me limitaré a apoyar la idea de “SOS” de buscar fórmulas constructivas de cooperación con los padres. Y lo hago a pesar de trabajar yo desde una posición y en un recurso donde el porcentaje de menores que regresan con sus padres es mínimo.

Sea posible o no, buscar la cooperación con su familia es simplemente una obligación moral que tenemos de cara a los propios menores aunque sólo sea porque la medida de protección sólo tiene vigor mientras lo sean. Excepto en los casos de adopción, que son los mínimos, los padres seguirán siendo sus padres y por ello tendríamos que procurar, siempre que sea posible, situarnos en una posición de cooperación tal como el programa SOS propone y en el que, como más adelante veremos, se combina el apoyo a la familia con la asunción de la responsabilidad para asegurar la seguridad del menor.

Algo tan complicado como la vida misma. Pero proteger a un niño a base de simplificar la vida (te lo quito o no, te lo cuido o no, etc.) no me parece “el interés superior del menor”.

EUGENIO:
A mí, aunque llevo bastantes menos años trabajando,también me produce la misma desazón que a ti esta parte del libro que, de alguna manera, es un diagnóstico de los sistemas de protección a nivel internacional. ¿Cómo es posible que durante casi 50 años ya, no hayamos sido capaces de implementar un sistema que proteja realmente a nuestros niños? Me parece demoledora la conclusión de la comisión nacional sobre la infancia en EEUU que en los años 90 ya decía que si hubiéramos tenido el propósito deliberado de hacer un sistema menos protector para nuestros niños no lo habríamos hecho peor que el actual sistema. Brutal.

Me gusta ser utópico, y creo, como los autores, que para acabar con el maltrato infantil en todos los estamentos y niveles se necesita de una transformación radical de nuestra injusta, desigual, irracional, competitiva y alienante sociedad en una más justa, igualitaria, cooperativa y realmente democrática. Pero hasta que consigamos esto, nos tenemos que enfrentar día a día con las horribles situaciones que viven nuestros niños, y tenemos que hacer algo.

Creo que demonizar a las familias no es el camino adecuado. Pienso que debemos desarrollar algún grado de cooperación con ellas e intentar ayudarles a transformar algo de su realidad ya que, al final del camino de la ¿protección?  institucional, una parte importante de nuestros niños vuelven con ellas. Y, si su realidad sigue siendo la misma que cuando fueron acogidos por el sistema, significará volver a un contexto de maltrato aunque eso sea con unos cuantos años más. Y el trabajo realizado no tendrá tanto sentido.

javier.romeu@gmail.com

eugenioap@cop.es