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Microcasos (8)

Fenix 2.0

Aquella noche varios animales del bosque vieron como un pájaro, huyendo de un lince, caía en la hoguera de unos campistas. Cuando todos lo dieron por muerto lo vieron resurgir en llamas. El buho exclamó:

-¡Es el ave Fenix! ¡El ave Fenix!

Pero mientras se restregaba por la arena para apagar el fuego el ave exclamó:

-¡Qué Fenix, ni qué Fenix!¡Soy una perdiz!

Pero al verse totalmente desplumado añadió:

-¡Bueno! En realidad soy la primera perdiz no voladora del mundo ¿Alguien me puede ayudar a excavar una madriguera antes de que vuelva el cabrón del gato?

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Soberbia

La desaparición de los dinosaurios provocó una gran conmoción en la Asamblea General de los Seres Vivos. Así que algunos de sus miembros propusieron, para levantar la moral de los asociados, convocar el Primer Premio Resiliencia. Se pidió al Gabinete de la Creación que nombrara un jurado neutral.

Algunas especies estaban convencidas de ganar y especialmente, y dentro de los moluscos, las ostras. También dentro de las plantas había muy buenas candidaturas.

Sin embargo el jurado dio un veredicto sorprendente: el premio quedaba desierto. Su argumentación fue la siguiente:

“Sabéis que estamos preparando un nuevo ser, el humano, que dispondrá de muchas capacidades nuevas que le permitirán ver en vosotros metáforas maravillosas de la resiliencia.

Pero mientras tanto la perla de la ostra es sólo un pedrusco suave, una forma de adaptarse a  una invasión. Todos los concursantes sois increibles ejemplos de adaptación, pero no de resiliencia. Lo del cactus en el desierto es adaptación. La resiliencia la tendría si fuera capaz de sobreponerse a un mes de imprevistas lluvias torrenciales.

El concurso queda sin premio porque habéis olvidado que la resiliencia no es una cualidad particular de una especie. Es una característica de la vida. Por eso cuando se quema un bosque y queda calcinado, poco a poco, si se dan unas mínimas condiciones la vida volverá a desarrollarse. No será exactamente el mismo bosque pero surgirá otro bosque. La resiliencia es algo que ocurre o no. El resultado posible de un prodigioso duelo entre la vida y la muerte”.

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Resiliencia celestial

El angelillo se acercó a Dios y le preguntó si le podía dar un ejemplo de resiliencia. Dios le dijo que se diera un paseo por un hospital y que intentara adivinarlo el mismo. Cuando regresó el angelillo dijo:

– La  doctora Álvarez… su familia era muy humilde pero con tesón consiguió estudiar medicina y ha llegado a dirigir el hospital

-No – contestó Dios – eso es superación

-Vale… Pues el Señor Martínez… le detectaron un cáncer de…

-No – le interrumpió Dios – eso es curación

-¡Ya!… Pues la celadora de la planta de contagiosos… nunca se ha puesto enferma

-¡Eso es invulnerabilidad! – le dijo Dios con tono burlón

-El joven triste de la diálisis-

-Podría ser… pero no, de momento es sólo resignación

-No sé… ¡El guardia de seguridad! ¡Es enorme!

-Fortaleza – sonrió Dios

-¡Me rindo!

-¿Te acuerdas de la fisioterapeuta? Fue una de las mejores judokas del mundo. Cuando estaba a punto de poder ganar el campeonato mundial sufrió una gravísima lesión que le impidió participar. Hoy se siente feliz de ayudar a otras personas a volver a caminar.

-¡Pero a veces le he visto llorar cuando recuerda sus tiempos de gloria!- protestó el angel

-¿Y? – contestó Dios

Al angelillo le fastidiaba esa rara costumbre divina de contestar preguntando ¿y?

Pero ésta vez le sirvió para entender.

 

 

Hace un tiempo vi un documental (“Entrevista a un canibal”) acerca de un caso de muerte violenta muy macabra. Un hombre se había desangrado en una bañera después de que, a petición suya, otro hombre le hubiera seccionado el pene y luego se lo hubieran comido juntos en un ritual grabado en vídeo con tintes masoquistas en el primero y obsesiones caníbales especialmente en el segundo.

El crimen se descubrió por la confesión del ejecutor, Armin Meiwes, tras haberse comido casi totalmente a su víctima tras trocearlo y congelarlo. El documental contaba los hechos intercalándolo con fragmentos de una entrevista en prisión al ejecutor. Me llamó la atención que éste confesaba que lo que sintió al desarrollar su fantasía fue bastante decepcionante frente a lo sentido mientras fantaseaba con hacerlo. Algo así como “¿Sólo era esto?” (¡No hacían falta estas alforjas para este viaje, pero así somos!)

Pero lo traigo a colación porque para experimentar el placer de que te corten tu miembro sólo necesitas encontrar a alguien que desee intensamente probar un pene a la plancha. Hace 50 años estos dos tipos probablemente no se habrían encontrado jamás y, ni uno estaría muerto, ni el otro en prisión. Pero Internet ha cambiado el contexto.

¿Y si el contexto mundial actual ha cambiado de tal manera que ahora tenga más sentido matar para matarse que matarse a secas? ¿O que sea más fácil encontrar sentido a la muerte violenta que a la vida pacífica?

Ayer me desperté con la noticia – y es literal porque tengo el mal hábito de dormir con una radio bajo la almohada – de que un chico de 19 años había matado con un cuchillo a una desconocida en una céntrica plaza de Londres y había herido a varias personas. No se descartaba el atentado pero también se apuntaban problemas de salud mental. A lo largo del día se confirmó la patología psiquica y me atrevo a decir que muchos hemos suspirado aliviados. Aunque no creo que a los familiares de la fallecida y a los heridos les consuele lo más mínimo.

Me pregunto si este chico, mentalmente trastornado, habría salido a dar cuchilladas indiscriminadas en la calle en otro momento o lugar. ¿No estarán los atentados terroristas y su exhibición (informativa, propagandística o simplemente morbosa) siendo un caldo de cultivo para que personas con pulsiones violentas, suicidas o patologías mentales lleguen al tope de sus fantasías u obsesiones?

¿No habrá tenido el terrorismo yihadista la “suerte” de encontrarse con una legión de personas trastornadas, desintegradas, fragmentadas o atormentadas que les van a hacer la faena “de gratis”? Cuánto menos personas ya fascinadas de antemano por la violencia, el dolor y la muerte.

Deseos como “les reventaría la cara” “no quisiera morirme sin pegarle alguien cuatro tiros a…” “yo me mato pero me llevo por delante a…” ya no parecen tan irrealizables cuando todos los días te llegan noticias de que es posible y te enteras que hay seres humanos – por decir algo- que alardean de degollar o encerrar a varias personas en jaulas y hundirlas en agua y encima dicen hacerlo por un ideal.

Un número significativo de autores de los últimos atentados en Europa tenía antecedentes de violencia de género y problemas con la justicia al margen de las ideas que ahora esgrimieran. Algunos de los jóvenes autores de las últimas acciones violentas en el mundo occidental se habían radicalizado en un tiempo récord y al margen de las ideas y creencias recibidas de sus padres o familia. Otros estaban obsesionados por las matanzas colectivas.

Puede que existan los “lobos solitarios” que serán violentos en su momento para supuestamente defender una causa. Pero también es posible que los”locos” o desequilibrados, en el actual contexto, pueden sentirse unidos en una especie de fraternidad de la violencia que les permite dar el paso hacia el culmen de su obsesión o, incluso, encontrar un sentido, no a su vida, pero si a su muerte y la de otros.

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Me decía una vez Rosa Herrera que en algunos suicidios puede haber no sólo un estado depresivo sino, o también, de rabia. Porque a veces la mejor manera de joderle – perdón – la vida a alguien cercano es matándote tú. ¿No podrían ser los atentados terroristas y las ideologías o creencias que supuestamente los justifican una manera de señalar el objetivo – cual láser – a misiles sin rumbo? ¿Han sembrado y cultivado terroristas o simplemente han conseguido activar bombas de relojería que ya existían?

Es muy posible que nada de esto tenga sentido. Es muy posible que siempre hayan existido personas locas que se han llevado por delante a inocentes. Es casi seguro que hace 5 años un joven con un brote psicótico apuñalara y matara a una mujer en Londres y que ni nos enteráramos. Pero el terror sembrado en los atentados brutales y el acceso instantáneo a la información ha cambiado el agua de la pecera. Cada vez que hay una muerte violenta sinsentido en un país occidental (los atentados en otras partes del mundo no nos afectan emocionalmente ni una décima parte) nos podemos descubrir deseando ¡que sea un loco! Porque si lo es: “muerto el perro, se acabó la rabia” Pero si no lo es… Si nuestra reacción ante estas noticias está condicionado por el contexto ¿por qué no puede estarlo el comportamiento de quien las produce?.

No pretendo descubrir las causas del terrorismo (seguro que son múltiples y sistémicas). No es el objetivo de este post. Pero nunca he aceptado que el análisis de las conductas humanas irracionales y dañinas se despache de un plumazo aludiendo simplemente a la salud mental de sus autores (por no decir a su bondad o maldad) Para mí es como no decir nada. Sólo estoy dispuesto a hablar de locura, maldad, etc si incluimos el contexto en la ecuación (sin negar los determinantes internos)

No digo que no haya “lobos solitarios”. Sólo mantengo que quizá también hay locos y violentos gregarios, que ahora, por el contexto, lo tienen mucho más fácil para conocerse, admirarse, reforzarse e incluso, comunicarse. Leí que los dos jóvenes que hace unos días degollaron a un cura y a un parroquiano en Francia se conocieron momentos antes de su crimen. Puede que alguien les pusiera en contacto desde no sé dónde. Pero el tema es que ya no necesitan de un inductor y planificador. Ellos mismos pueden encontrarse y quizá fue así.

Seguramente –y disculpad el toque de humor negro- que el preso come-penes después de la difusión del documental (y gracias a él, paradójicamente) ha tenido alguna que otra oferta de miembro bueno, bonito y barato.

EPÍLOGO

Si la resiliencia es el fenómeno por el que te rehaces de un golpe infringido por la vida o por alguien, el fenómeno por el que eres tú el que golpea duro a otras personas y les destrozas la vida ¿tiene puntos de conexión?

No lo sé. Pero de primeras creo que hay variables o condiciones internas comunes. Los verdugos, amateurs o profesionales, probablemente no puntúen muy alto ni en flexibilidad mental, ni en sentido del humor constructivo ni, por supuesto, en altruismo. Y en algunos casos quizá se han pasado mucho de la raya en trascendencia, hasta el punto que sus ideales son supuestamente tan altos que ya no ven ni a los que tienen al lado.

Y si analizo las condiciones externas ¿han tenido los pueblos donde germinan estas ideologías de la muerte los suficientes apoyos materiales, emocionales u oportunidades para que prospere una cultura de la paz y el bien común?

 

Alguna vez, pocas gracias a Dios, me han presentado ante un auditorio como experto en resiliencia o en protección de menores. Me he sentido muy incómodo. Naturalmente mi vanidad se ha inflamado entusiasmada por un momento. Pero en milisegundos se ha deshinchado porque soy consciente de que yo no soy experto. Y no por humildad, sino por evidencia. En resiliencia, ni por asomo. En ese terreno sólo soy curioso. Y en protección de menores lo que me pasa no es que sea experto. Es que estoy resabiado. Que es muy distinto.

Es algo que, como casi siempre, descubro de la confluencia de experiencias personales y lecturas aparentemente sin relación.

Anoche empecé a leer el libro “Freakonomics” de Steven D. Leavitt y Stephen J. Dubner (Ediciones B) con el subtitulo “Un economista políticamente incorreto explora el lado oculto de lo que nos afecta”.

En la introducción los autores ponen varios ejemplos de fenómenos humanos a los que solemos dar una explicación sencilla pero que los datos se empeñan en demostrar que estamos equivocados. Eso es debido a que Levitt es un jóven y brillante economista al que no le interesa la macroeconomía sino la utiidad del análisis económico para entender lo que ocurre en la vida cotidiana de las personas.

Por ejemplo, casi todos confiamos la venta o compra de nuestras casas a agentes inmobiliarios en la creencia de que son expertos en el mercado y que su interés es el nuestro. Pero los datos no demuestran esto.

Los autores tuvieron acceso al registro de 100.000 ventas de viviendas en la ciudad de Chicago. Dentro de las cuáles 3.000 correspondían a viviendas de los propios agentes inmobiliarios. Los datos demuestran que los agentes inmobiliarios venden sus casas por precios mayores que las de sus clientes y que casi nunca aceptan la primera o segunda oferta, pero sí suelen aconsejar a sus clientes que lo hagan.

Hay una explicación muy clara. El agente inmobiliario es experto. No cabe duda. Pero hay un momento que su interés y el de su cliente entran en conflicto. Si yo quiero vender mi casa por 200.000 euros, la agencia se llevará, por ejemplo, 1.200 euros (según el libro el porcentaje habitual está alrededor del 6%). Si aparece un vendedor que ofrece 170.000 y vendo, yo perderé 30.000 euros (que darían para comprarme un coche, por ejemplo) y el o la agente dejará de ganar 198 euros (¿una buena cena familiar?) pero seguirá ganando 1.002 euros. Si la casa fuera suya seguramente mantendría el precio inicial en espera de otro cliente. Si yo fuera el agente inmobiliario, aceptaría a la primera. Nuestros intereses comunes se han desajustado.

Y pensaba yo si en protección de menores, un campo donde lo que se hace es tomar constantemente decisiones no podrá ocurrir lo mismo que en la venta inmobiliaria. Es decir, que en la toma de decisiones de los expertos (entendiendo estos simplemente como los que llevamos mucho tiempo trabajando en esto) se propongan cosas que, no es que perjudiquen a los menores, pero que en realidad nos proporciona a nosotros  una “pequeña tajada”. No me refiero, claro está, a una ganancia económica. Como explican Levitt y Dubner en su libro los incentivos pueden ser materiales, sociales o morales.

Siendo sincero tengo que responderme a mi mismo que sí. Qué quizá muchos menores están teniendo mala suerte a la hora de que sus vidas caigan en manos de profesionales (y me pongo el primero de la lista) no sé si expertos pero sí resabiados. Profesionales que llevamos a las propuestas no sólo el interés superior del menor sino también el interés, no tan superior, de mi institución, la entidad para la que trabajo, mis compañeros y compañeras o quizá, el propio (aunque sólamente sea el de la superioridad moral sobre los otros profesionales). Estoy seguro de que muchas veces el interés superior del menor más el interés inferior del profesional producen verdaderas distorsiones de los casos.

Precisamente por seguir en activo en este campo no puedo ni debo poner ejemplos concretos pero si señalar algunos fenómenos para mí, por desgracia, habituales (y vuelvo a incluirme como protagonista):

  • Coordinaciones que no se hacen simplemente por evitar una relación directa con otros profesionales. Puede haber una evidente ganancia en no tener que relacionarte con según que otros seres humanos. Porque no me caen bien o porque simplemente no me apetece.
  • Reuniones de coordinación a las que no se va aprender más del caso sino a convencer a los demás de mi visión del mismo.
  • Reuniones donde todos y cada uno de los participantes consideran que ellos tienen criterios pero los demás simples opiniones.
  • Propuestas para menores que no elijen el mejor camino para ellos y sus familias sino para el menor y para nosotros (al igual que los agentes inmobiliarios) O propuestas que ya no hacemos simplemente porque ya no creemos en los milagros (no divinos sino humanos)

Quiera o no quiera lo tengo que dejar ahí. Y cómo lo más probable es que no te dediques a la protección de menores te planteo que lo proyectes sobre tu trabajo si es que te dedicas de algun modo a la relación de ayuda. Y si ni siquiera eso ¿eres padre o madre? (es la gran relación de ayuda aunque no sea profesional)

Las actuaciones de las y los profesores ¿son siempre pensando en el o la alumna? ¿Las personas que trabajan en sanidad siempre miran por el o la paciente? (Levitt y Dubner aseguran que hay datos que demuestran que cuando los ginecólogos privados tienen menos partos acaban haciendo más cesáreas)  O cuando tu hija o tu hijo te pide ayuda para resolver un problema y le dices que tiene que intentar resolverlo él o ella sóla ¿es realmente así? ¿O puede tener que ver que has tenido un día agotador y te acababas de sentar a leer el periódico?

Se me ocurre una pregunta para cribar un exceso de ganancias colaterales en las decisiones y actuaciones de la relación de ayuda: ¿Habrías dicho, hecho o pensado lo mismo si tu “cliente” “paciente” “usuario” fuera una sobrina, tio o prima tuya? Al menos en las peliculas a los médicos se les dice: “Doctor, si fuera su hijo el que tuviera que pasar por esa operación ¿que haría?” ¿Podría yo pasar un filtro semejante en todas las propuestas que he hecho o posturas que he mantenido? Lo dudo.

No pretendo demostrar que todos los sistemas para la relación de ayuda son perversos (aunque sí pueden pervertirse) Simplemente pretendo poner de relieve que en este campo de la relación de ayuda lo de que “la experiencia es un grado” es una frase vacía porque puede ser que lo sea o que sea todo lo contrario.

Reconozco que algunas veces he alardeado de llevar mucho tiempo trabajando en lo que trabajo. Pero que lo sepas. No soy un experto. Soy un profesional resabiado que no sé si es lo mejor para los casos en los que participo.

Quizá deba dedicarme a otra cosa.

Mientras tanto deberé vigilarme.

Al menos para que el lado oculto no llegue a ser el lado oscuro.

Microcasos (7)

El arte de desconcertar

El discípulo le preguntó al maestro:

-¿Qué puedo decirle a alguien para ayudarle a ver las cosas de otra manera?

– ¿De qué manera? ¿Cómo las ves tú?- preguntó el maestro.

-¡No!… no… De la manera que le ayude a estar mejor.

-Quieres darle un nuevo punto de vista ¿pero no sabes cual?- volvió a preguntar el maestro.

El discípulo se sintió desconcertado:

-Sí… bueno… claro… visto así… quizá no sea posible.

-Déjame que te pregunte de nuevo- añadió el maestro- ¿ves esto igual que al principio?

-No, ya no.

-¿Te he dicho algo yo algo para que cambiaras tu punto de vista?

-No, maestro- y añadió con cara de entender- Usted sólo me ha hecho preguntas.

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Preguntas que ayudan

– ¡Tengo que dejar de comer tanto! No sé si podré.

– Tanto… ¿qué?

– Tengo que dejar de comer tanto… pan. ¡Venga! ¡Hoy no lo compro!

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Preguntas que relativizan

– ¡Estoy fatal!

– ¿Comparado con quién?

– Estoy…

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Preguntas “bisturí”

-¡Este niño esta fatal! ¡No se le puede aguantar! Habría que ver si es necesaria la medicación

-¿Para quién?

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La gran pregunta

-¡Dios mío!¡Este post es una mierda!

-¿Y?

Neurotontería

Vivo a un tiro de piedra del Mestalla, el estadio del Valencia C.F. Pero literalmente. Desde mi balcón, y a pesar de que no soy ni jovencito ni estoy en buena forma física, podría hacer aterrizar una piedra en su tribuna principal.

Eso me permite conocer por el oido un determinado lance de un partido antes de que las imágenes lleguen a mi televisor. Cuando veo en ella que el arbitro pita para que el jugador del Valencia lance un penalty, yo ya sé si va a marcar o no en función de que haya escuchado o no un clamor estruondoso.

Y no es que yo oiga a un tipo cantar ¡Goooool! o a otro gritar ¡Arbitro, fuera de juego! Yo no escucho voces. En mi casa oimos una sóla voz o, mejor dicho, un sonido. El del estadio, el del público en general, sin entender una sóla palabra.

De esta manera, si a ti o a mi nos preguntarán por el resultado del Valencia nada más terminar el partido y sin haber tenido acceso a ninguna otra fuente de información, tu tendrás que recurrir al azar y yo podré basarme en mi experiencia en decodificar los sonidos del estadio.

Me parece indudable que mis probabilidades de acertar serían muy superiores a las tuyas, pero eso no significaría que mi conocimiento fuera muy fino. Los goles del Valencia probablemente no los fallaría (incluso podría adivinar un gol anulado) pero, en los del contrario por ejemplo, mi margen de error sería mucho mayor. También podría conocer si había sido un partido intenso, bronco, aburrido… pero no me pidas muchos más detalles. Ni alineaciones, ni cambios, ni tarjetas. En eso estaría como tú en mi conocimiento de lo ocurrido en el partido.

¿Es algo parecido a lo que está pasando con el auge o la moda de las neurociencias?

No me cabe duda que las técnicas de neuroimagenes se han acercado lo suficiente al funcionamiento del cerebro como para tirar una piedra y ver dónde cae. Pero ¿nos pueden contar ya, o de forma inminente, el partido de lo que pasa por nuestra mente como si estuvieramos dentro del estadio o viéndolo por la tele? ¿O simplemente nos permiten interpretar toscamente, desde fuera, los sonidos de miles de neuronas gritando?

En un programa presentado por Chicote se realizó un experimento (¡Vaya por donde!¡En Valencia!) Cuando a una persona dentro de un tubo de ¿resonancia magnética? se le daba una cucharadita de helado de chocolate se iluminaba una determinada área del cerebro (¡Gooool del Valencia!) Pero cuando se le daba una cucharadita de agua, nada ocurría. Se concluía que el chocolate parece estimular el área del cerebro asociada al placer. Pero de ahí a que un neurólogo adivine lo que he comido viendo una imagen de mi cerebro va un trecho ¿no?

Así que, por mi parte, bienvenidos sean los avance de las neurociencias pero no nos volvamos locos. Por eso me me he comprado con gusto un libro llamado “El cerebro idiota”  (Editorial Planeta,2016) donde su autor, el neurólogo Dean Burnett, mantiene que “para tratarse de algo supuestamente tan brillante y evolutivamente avanzado, el cerebro humano es bastante desordenado, falible y desorganizado”.

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Un argumento en la linea de un libro más antiguo: “Kluge. La azarosa construcción de la mente humana” (Ed. Ariel, 2010) donde su autor, Gary Marcus, mantiene que el cerebro humano no es el resultado de un refinamiento evolutivo sino un conjunto de chapuzas (kluge en inglés) para conseguir su objetivo esencial que es la supervivencia. Algo que intentará aunque para ello deba engañarnos a nosotros mismos.

En todo caso el “El cerebro idiota” tiene para mi una virtud. Su autor tiene una característica bastante sorprendente. No sólo es científico sino también humorista. Basta leer la dedicatoria para darse cuenta del estilo del libro:

“Dedicado a todos los seres humanos con cerebro. No es fácil aguantarlo, así que ¡les felicito!”

O estos dos epígrafes del índice:

“La memoria es un regalo de la naturaleza (pero no tiren la factura de compra)”

“Las muchas maneras que encuentra el cerebro de mantenernos constantemente asustados”

Y teniendo en cuenta que me he desvelado a las tres de la mañana, cabreado con una mona por la toma de decisiones de un caso de mi trabajo, he decidido que además de lo idiotas que me parecen algunas personas debo contemplar que mi cerebro también lo es. Intenta convencerme de que me va la vida en que me hagan caso en mis propuestas o las de mis compañeros y compañeras.

No, imbécil cúmulo de neuronas mal alienadas, no me va la vida. Tampoco puedes asegurar presuntuosamente que le va la vida a los menores con los que trabajas. Quizá tu propuesta sea la errónea.

Ni parece buena idea ponerte como un niño pequeño enfadado, con los brazos cruzados y refunfuñar: ¡Yo así no juego!

Se trata, neurona solitaria, de escribir en un blog para resistir y rehacerte de trabajar en algo tan complicado, yendo a tortas dialécticas con todo el mundo y dónde no se quiere poner solución a lo que todos sabemos: las perversiones del sistema en la toma de decisiones tan importantes en la vida de los menores.

Pero en cualquier caso, se trata “puto cerebro” de que te duermas porque mañana trabajas. Poco, pero trabajas.

Así que dejemos que Emilio, al que aprecio muchísimo, detecte los probabilísimos errores del post y se lo agradeceremos dejándole el libro si le apetece leerlo. A ver si así a su idiota cerebro le deja de alterar la tensión arterial.

Vámonos a la cama.

 

 

La relación de ayuda es algo muy sencillo: “tú necesitas ayuda, yo te la doy”

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¡JA! Al menos en la acción social esto casi nunca es así.

Pero al menos en la vida cotidiana la relación de ayuda es algo muy sencillo: “yo necesito ayuda y tú me la das!

¡JA!

¿Alguna vez te han ayudado sin que lo pidieras?¿Alguna vez te han ayudado sin que lo pidieras y, lo que es más, sin que realmente lo necesitaras? ¿Cómo te sentistes?

No hace falta que pienses mucho. Seguramente como algún miembro de la familia de la Señora Atareada (las negritas son mías)

Pienso en la señora Atareada, que falleció hace unos meses. Es realmente asombroso ver cómo su familia se ha recuperado del golpe. Ha desaparecido la expresión adusta del rostro de su marido, y ya empieza a reír. El hijo menor, a quien siempre consideré como una criaturita amargada e irritable, se ha vuelto casi humano. El mayor, que apenas paraba en casa, salvo cuando estaba en cama, ahora se pasa el día sin salir y hasta ha comenzado a reorganizar el jardín.
La hija, a quien siempre se la consideró «delicada de salud» (aunque nunca supe exactamente cuál era su mal), está ahora recibiendo clases de equitación, que antes le estaban prohibidas, y baila toda la noche, y juega largos partidos de tenis. Hasta el perro, al que nunca dejaban salir sin correa, es actualmente un conocido miembro del club de las farolas de su barrio. La señora Atareada decía siempre que ella vivía para su familia, y no era falso. Todos en el vecindario lo sabían. «Ella vive para su familia» —decían— «¡Qué esposa, qué madre!» Ella hacía todo el lavado; lo hacía mal, eso es cierto, y estaban en situación de poder mandar toda la ropa a la lavandería, y con frecuencia le decían que lo hiciera; pero ella se mantenía en sus trece. Siempre había algo caliente a la hora de comer para quien estuviera en casa; y por la noche siempre, incluso en pleno verano. Le suplicaban que no les preparara nada, protestaban y hasta casi lloraban porque, sinceramente, en verano preferían la cena fría. Daba igual: ella vivía para su familia. Siempre se quedaba levantada para «esperar» al que llegara tarde por la noche, a las dos o a las tres de la mañana, eso no importaba; el rezagado encontraría siempre el frágil, pálido y preocupado rostro esperándole, como una silenciosa acusación. Lo cual llevaba consigo que, teniendo un mínimo de decencia, no se podía salir muy seguido.
Además siempre estaba haciendo algo; era, según ella (yo no soy juez), una excelente modista aficionada, y una gran experta en hacer punto. Y, por supuesto, a menos de ser un desalmado, había que ponerse las cosas que te hacía. (El Párroco me ha contado que, desde su muerte, las aportaciones de sólo esta familia en «cosas para vender» sobrepasan las de todos los demás feligreses juntos.) ¡Y qué decir de sus desvelos por la salud de los demás! Ella sola sobrellevaba la carga de la «delicada» salud de esa hija. Al Doctor —un viejo amigo, no lo hacía a través de la Seguridad Social— nunca se le permitió discutir esta cuestión con su paciente: después de un brevísimo examen, era llevado por la madre a otra habitación, porque la niña no debía preocuparse ni responsabilizarse de su propia salud. Sólo debía recibir atenciones, cariño, mimos, cuidados especiales, horribles jarabes reconstituyentes y desayuno en la cama.
La señora Atareada, como ella misma decía a menudo, «se consumía toda entera por su familia». No podían detenerla. Y ellos tampoco podían —siendo personas decentes como eran— sentarse tranquilos a contemplar lo que hacía; tenían que ayudar: realmente, siempre tenían que estar ayudando, es decir, tenían que ayudarla a hacer cosas para ellos, cosas que ellos no querían.
En cuanto al querido perro, era para ella, según decía, «como uno de los niños». En realidad, como ella lo entendía, era igual que ellos; pero como el perro no tenía escrúpulos, se las arreglaba mejor que ellos, y a pesar de que era controlado por el veterinario, sometido a dieta, y estrechamente vigilado, se las ingeniaba para acercarse hasta el cubo de la basura o bien donde el perro del vecino.
Dice el Párroco que la señora Atareada está ahora descansando. Esperemos que así sea. Lo que es seguro es que su familia sí lo está.

Este texto tiene la misma edad que yo: 55 años porque fue escrito por C.S. Lewis en 1960

Aunque el texto lo conocí hace unas semanas leyendo su libro “Los cuatro amores” para ayudar a un hijo agobiado con el final del 2º de Bachiller. Podría comentar la historia de la Señora Atareada desde la perspectiva de este blog: la relación de ayuda. Pero mi inteligencia, al lado de la de este autor, es similar a la de un paramaecio. Así que dejaré que el mismo lo haga y concluiré el post. Ya habrá tiempo para usarlo si viene al caso.

Aquí está toda la cuestión: si tratamos de vivir sólo de afecto, el afecto «nos hará daño». Me parece que rara vez reconocemos ese daño. ¿Podía la señora Atareada estar realmente tan ajena a las innumerables frustraciones y aflicciones que infligía a su familia? Es difícil de creer. Ella sabía, ¡claro que lo sabía!, que echaba a perder toda la alegría de una velada fuera de casa cuando, al volver, uno la encontraba ahí sin hacer nada, acusadoramente, «en pie, esperándole». Seguía actuando así porque, si dejaba de hacerlo, se tendría que enfrentar al hecho que estaba decidida a no ver: habría sabido que no era necesaria. Ese es el primer motivo. Luego, además, la misma laboriosidad de su vida acallaba sus secretas dudas respecto a la calidad de su amor. Mientras más le ardieran los pies y le doliera la espalda de tanto trabajar, mejor, porque esas molestias le susurraban al oído: «¡Cuánto debes quererles por hacer todo eso!» Este es el segundo motivo; pero me parece que hay algo más profundo: la falta de reconocimiento de los demás, esas terribles e hirientes palabras —cualquier cosa puede herir a la señora Atareada— con que ellos le rogaban que mandara a lavar la ropa fuera, le servían de motivo para sentirse maltratada y, por tanto, para estar constantemente ofendida, y para poder saborear los placeres del resentimiento. Si alguien dice que no conoce esos placeres o es un mentiroso o un santo. Es cierto que esos placeres sólo se dan en quienes odian; pero es que un amor como el de la señora Atareada contiene una buena cantidad de odio. Lo mismo sucede con el amor erótico, del que el poeta romano dice «Yo amo y odio»; e incluso otros tipos de amor admiten esa misma mezcla, pues si se hace del afecto el amor absoluto de la vida humana, la semilla del odio germinará; el amor, al haberse convertido en dios, se vuelve un demonio.

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Cada “favor” de la Señora Atareda hacía sin que le pidieran era como el enorme caballo de madera que los griegos dejaron a las puertas de Troya, como supuesta señal de reconocimiento y rendición. Los miembros de su familia los aceptaban y por la noche, en sus mentes, la Señora Atareada salía a invadirlos.

 

A mis 55 años ya he aprendido que para clavar un clavo necesito un martillo, para cortar una madera, una sierra. A veces lo he hecho al revés y ha sido un desastre.

Pero si me preguntas que herramientas tenemos los interventores sociales para ayudar a las personas víctimas, directas o indirectas, de violencia, y en especial a los menores, te diré que una percha, unas gafas y un cuaderno.

 

UNAS GAFAS

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Casi todos los que le damos vueltas a esto de la resiliencia solemos hablar de la importancia de la mirada. ¡Somos unos cursis! Pero en la facultad seguro que no te enseñaron a mirar. Quizá te enseñaron a planificar, programar, actuar… pero me la juego que no a mirar. Y como dice Jorge Font “nos reconfiguramos en la mirada de los demás”

Necesitas unas gafas para cambiar tu mirada y ver más allá o de otra forma. Porque si no puedes mirar más lejos, más cerca, a otro lugar o de otra manera quizá consigas proteger a ese niño o niña. Pero igual no consigues que no repita el desastre cons sus hijos.

 

UNA PERCHA

 

Si quieres favorecer la resiliencia de alguien (de todos es imposible) necesitarás una percha. Para en un momento dado quitarte la bata, el mono, el traje de profesional. Cuesta mucho llegar a ser un buen educador social, una buena trabajadora social; una eficaz psicóloga en la acción social. Pero cuesta mucho más dejar de serlo en un caso que lo requiere.

La resiliencia muchas veces empieza por un encuentro personal. Algo de lo que a veces algunos nos parapetamos detras del título o el cargo.

Tener una percha nos da la flexibilidad para ponernos y quitarnos la profesión según que caso. No digo que renuncies a lo que eres sino que no se te pegue la profesión a la piel.

 

UN CUADERNO

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Para escribir. “No sé lo que pienso hasta que no lo escribo” decía Augusto Monterroso. Pues no pienses tanto. No hables tanto. Escribe.

Para darte cuenta de cosas que no habías pensado.

Para darte el gusto de pensar lo que te dé la gana.

Para resistir y rehacerte de un trabajo tan duro.

Y si quieres para compartir tus ideas, tus éxitos pero sobre todo tus fracasos.

 


 

Hoy mismo me tengo que enfrentar a un grupo de profesionales de la acción social para intentar convencerles que sí hay un márgen de maniobra para intentar favorecer la resiliencia de menores testigos o víctimas de violencia.

No sé si lo conseguiré. No sé si lo he conseguido.

Pero si me tienes que aguantar o ya lo has hecho esta tarde puedes descargar un dossier complementario pinchando en el enlace de abajo. Está compuesto de materiales que muchos ya se pueden encontrar en este blog. Pero lo compactado para ti y por eso lo he protegido con la contraseña que te daré o que te di.

PoliBienestar Resiliencia Menores Violencia Javier Romeu