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Microcasos (2)

Extra-escolares

Ella se lo propuso mientras bajaban en el ascensor para irse a trabajar. A él le pareció bien llevar a los niños a practicar Mindfulness. Cuando por la noche se sentaron derrotados en el sillón intentaron ver cuándo podría ser. No pudieron encontrar un hueco entre las clases particulares, el conservatorio, las clases de tenis y las de chino. Pero acordaron no darse por vencidos. Harían todo lo posible por que su hija y su hijo deasarrollaran una atención plena en una agenda plena. Así cuando se estresaran sabrían entender y controlar sus pensamientos y sus emociones.

 

Acompañar

Mi dolor me llevó a contar lo que me sucedió a diez personas. Tres de ellas no me creyeron. Dos sí lo hicieron pero me dijeron que no sería para tanto. Una me dijo que lo suyo había sido peor y me lo contó de cabo a rabo. Otras dos me dijeron bien clarito lo que tenía que hacer y una me sugirió que si yo no hubiera… Y tu no me dijiste nada. Pero aquí estás.

 

Basado en hechos reales

La abuela apenas ya salía de si misma. Pero algo cambiaba cuando Juanito estaba en la habitación. Parecía asomarse de nuevo a las ventanas de sus ojos para verlo corretear de un sitio a otro. Quizá porque él ni sabia ni le importaba un pimiento que estuviera secuestrada por el Sr. Alzheimer.

Abuela con Alzheimer

Premio

Aquella mujer tenía tanto y tan buen sentido del humor que cuando le dieron un premio por ello no le hizo ninguna gracia.

 

Sobran las palabras

He regresado a los microcuentos y ahora me apasiona lo micro. Sueño con un microblog, microposts, microcharlas, microlibros, microconferencias, microcursos, micromasters. Ya se me pasará.

 

 

 

Casualidad, Dios, destino o simplemente un cerebro que une acontecimientos ¿Qué más da?

Tengo una amiga (ella sabe quien es) a quien la adversidad ha vuelto a llamar a su puerta. No como en su infancia que fue una amiga inseparable. Ahora de imprevisto, sin ser invitada, sin modales, casi pegando una patada en la puerta.

Por mi cabeza pasó la idea de escribir algo por y para ella. Lo había descartado porque… ¡Qué dificil es acompañar en el sufrimiento! ¡Qué facil hablar por hablar! ¡Qué fácil escribir desde la barrera! Así que lo descarté.

Y entonces otra amiga, Reyes Adorna, me manda un texto por si le quiero dar vueltas para un post. Pero es un texto rotundo y redondo. Cualquier cosa que yo escribiera sería una malísima versión. Así que le pido un favor. Déjame que lo publique tal cual y se lo dedique a mi otra amiga. Y con su permiso y su generosidad, que va más allá del texto, aquí esta y lo copio con mi admiración hacia las dos.

LA VIDA COMO TUTOR DE RESILIENCIA

Quería hablarte de una obra de teatro, breve y tremenda, de Camus, y de su interpretación del personaje que le da título al libro: Calígula.

Calígula es el emperador de Roma. Al conocer la muerte de su hermana, despierta a la realidad de su propia vulnerabilidad, y sobre todo, descubre lo imprevisible de la vida. Trastornado, decide comportarse como los mismos dioses, y ser el “pedagogo” que le abra los ojos al mundo, sembrando la tiranía, el caos, o la tortura en su pueblo. Su objetivo es que todos despierten cada mañana con la certeza de que puede ocurrirles cualquier cosa, a ellos o a los que les rodean. Sus consejeros tratan de disuadirle. La gente no quiere saber, le dicen, queremos vivir con nuestra ingenuidad, sin el temor constante hacia un sufrimiento posible… Pero Calígula se mantiene firme. Él debe responder a su “misión”, debe enseñar al pueblo lo que él ha aprendido. Al final, cuando lo asesinan, se mira en el espejo y dice algo así como: “Calígula vive”, porque sabe perfectamente que aunque la gente quiera “matar”, silenciar, o evitar la voz de lo imprevisible, ella estará con nosotros siempre, acompañándonos en nuestro recorrido vital.

Esto lo saben muy bien aquellos que atraviesan una enfermedad, o los que pasan o han pasado por una situación límite o han vivido la experiencia de un accidente casi mortal, porque estas circunstancias nos hacen casi siempre despertar, y son como ese Calígula que nos recuerda que cada día puede ser el último, un Calígula que nos enseña que la muerte nos mira de reojo a todos.

Podría tomar la perspectiva que me lleve a pensar que es terrible vivir con esta certeza, pero no lo voy a hacer. Porque pienso que descubrir a la muerte a nuestro lado nos amplía la mirada, y nos hace ver a la otra compañera de viaje que a menudo pasa desapercibida, que es la vida. Ella también estará a nuestro lado hasta el final, ella puede convertirse en nuestro tutor de resiliencia cuando todo falla, ella puede regalarnos esa “otra” libertad de la que hablan los sabios, aquella que nadie nos puede quitar, que es la profunda admiración del extraño milagro de estar vivos. Ningún Calígula puede destruir eso mientras lo estemos.

Reyes Adorna

(1) Reyes es la autora del libro “PRACTICANDO LA ESCRITURA TERÁPEÚTICA. 79 EJERCICIOS”,  de la editorial DDB, que ya hemos reseñado en este blog

Microcasos

Yo, mi, me, conmigo

Le encontraron muerto sepultado por cientos de libros de autoayuda y desarrollo personal. Sólo quedaba al descubierto su mano derecha que agarraba un móvil. En el rigor mortis el pulgar seguía apretando la tecla de llamada. Sólo había un número en sus contactos. El de su Coach.

Asertividad

Aquel día explotó y se dijo así misma que ya no iba a callarse. Diría todo lo que pensará. Empezó a hacerlo y desde entonces sólo ha parado de hablar cuando duerme. Están pensando en internarla.

¡Yes, We can!

El equipo había remontado ya tres goles. Necesitaba uno más para superar la eliminatoria y el estadio entero gritaba: ¡Sí-se-puede!¡Sí-se-puede! ¡Sí-se…! Cuando el arbitro pito el final se hizo un gran silencio. De repente se oyó una voz: ¡No-se-ha-podido…Y-no-pasa-ná¡ Poco a poco toda la afición se fue sumando y de nuevo el estadio gritó como una sola alma: ¡No-se-ha-podido… Y-no-pasa-ná! ¡No-se-ha-podido.. Y-no-pasa-ná!

Fantasía íntima

- A veces me imagino que estoy con una mujer madura-

- Bueno a muchos hombres les pasa, no es…-

- Disculpe, me he expresado mal. A veces me imagino que estoy con mi mujer madura. Y fantaseo que cumplimos las “Bodas de Plata”… y “de Oro”

El psicólogo no supo que decirle

Pareja de ancianos paseando por un parque con árboles y unas vallas

El regreso

Empecé a escribir este blog para mí. Cuando me di cuenta de que alguien lo leía empecé a medir lo que escribía en él. Pero de vez en cuando hay que volver a los orígenes.

POST POST

Después de publicar este post Reyes Adorna fue tan amable de enviarme un microcuento de Jordi Cebrián de su colección Cien palabras y que la propia Reyes colgó en su día en su blog (parado por el momento). Me parece genial y con la misma idea de fondo que Yo, mi, me, conmigo

“Tengo una amiga que ha caído víctima de los libros de autoayuda. Empezó como un pasatiempo inocente, pero pronto empezó a criticar a todos por no sé qué zonas erróneas que tenían. Luego se volvió asertiva, tanto que daba miedo, y así fue perdiendo amistades. La fui a ver ayer, y estaba haciendo tai-chi, creo, en una posición muy rara, y me dijo que había aprendido a respirar, que hasta ahora no sabía. Como se ha vuelto autosuficiente y segura de sí misma, tanto le da todo, sin miedo alguno a decir que no, pero sin nadie a quien decírselo”.

No he tenido un lapsus en el título. No he puesto la erre de profesionales en un acto deliberado.

Porque quitándole la erre a esa palabra se consigue un efecto similar a ponerse inesperadamente una nariz de payaso. Si quieres comprobarlo ves a un espejo y di primero en voz alta: “Soy un (o una) profesional”.  Luego sin cambiar la cara di: “Soy un (o una) pofesional”. A las comisuras de tus labios les costará no elevarse.

Lo que si es seguro es, si lo has hecho, cosa que dudo, que pensarás probablemente: ¿Pero que idiotez estoy haciendo porque un tipo en un blog…? Tranquilízate pensando que a veces el humor y una imagen es más potente que las nosecuantas palabras que van a venir a continuación.

Todo esto viene a cuento de que el otro día quise comprobar una frase atribuida a Teresa de Ávila y que yo recordaba como “la humildad es la verdad”  y que siempre me había llamado la atención. Así que le pedí ayuda al Sr. Google que me indicó que la frase, que corresponde a su obra Las Moradas, es en realidad “La humildad es andar en la verdad”. Que en el contexto de su pensamiento es lo mismo que decir «andar en verdad ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos»

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O de otro modo, el que tiene humildad tiene una visión más certera de la realidad y por tanto está más en la verdad.  Tienes su lógica. Si yo me enorgullezco de mi mismo es posible que me vea superior a lo que en realidad soy y que de paso vea inferior a muchos otros (deformo mi visión de mi mismo y de los demás). Y de igual modo podríamos pensar que si me siento inferior, que puede parecer humildad pero no lo es, también veré la realidad deformada por mi pequeñez.

Por eso es importante señalar que en Teresa de Jesús esta última postura no es exactamente de humildad porque para ella la verdad (que viene de andar en la humildad) es “conocer cada uno lo que puede y lo que Dios puede en él” Por tanto para ella la verdadera humildad nada tiene que ver con el autodesprecio o la minusvaloración. Es más puede que esta actitud sea una verdadera ofensa a Dios al negar su omnipotencia. Lo que yo, ser limitado, no puedo, lo puede en mi el mismísimo Dios. Y si niego esto último es que no creo en Dios.

Pero, antes de que pienses que te has equivocado de blog y que has entrado en uno de teología en vez de uno sobre uno sobre la relación de ayuda a la luz del fenómeno de la resiliencia, quita la palabra Dios y cámbiala por Vida. Y es aquí donde podemos hacer una reflexión para la relación de ayuda profesional.

Según lo anterior un verdadero profesional es aquel que conoce lo que puede hacer y conseguir como tal pero también lo que la Vida puede hacer con la persona a la que intentamos ayudar. Por tanto un buen profesional es capaz de ver, intuir o sugerir  posibilidades para su paciente, cliente, alumno o alumna…. más allá de su propia intervención.

O desde el prisma contrario, el profesional orgulloso no es capaz de aceptar que, además de su propia actuación, la vida en ocasiones nos cambia el escenario de un día para otro. Unas veces para mal, pero otras para bien. A veces la vida es muy cabrona (por eso mucha gente necesita ayuda) pero como dice maravillosamente Juan Manuel Serrat:

De vez en cuando la vida
nos besa en la boca
y a colores se despliega
como un atlas,
nos pasea por las calles
en volandas,

y nos sentimos en buenas manos;
se hace de nuestra medida,
toma nuestro paso
y saca un conejo de la vieja chistera
y uno es feliz como un niño
cuando sale de la escuela.

El profesional engreído, está tan metido en su papel que, olvidándose de la vida, se carga a sus espaldas la responsabilidad de ser la única opción de salir adelante de la persona que le pide ayuda. Y si la cosa no resulta sentenciará: “Es un caso sin solución”

Hace no mucho estaba tomando un café con una persona a la que intentaba ayudar a entender que los ataques de pánico se generan cada vez que paradójicamente intentamos frenarlos o evitarlos. Estábamos en un bar porque no me dedico a la clínica. Pero como no dejo de ser persona (y de momento no cobro por serlo) a veces me tomo un café o refresco con quien necesita algo de mi.

La situación estaba un poco bloqueada por el hecho de que esta persona no tenía trabajo y eso le deslizaba también hacia la falta de motivación para afrontar sus problemas. Pensé para mis adentros: ¡Ojala la vida le regalara un trabajo!  que le obligara a no hacerle caso a sus ataques de pánico.

No tengo poderes ni enchufe celestial pero a los cinco minutos le sonó el teléfono. Era una llamada para pedirle que el lunes fuera a una entrevista para sustituir a una persona en el sitio donde la persona que llamaba trabajaba. El trabajo se concretó y anteayer pude comprobar que efectivamente, la necesidad de mantener un trabajo que le encanta le ha hecho experimentar que todos los ataques de pánico se pasan, y sobre todo si los aceptas y abrazas como a un amigo inoportuno, cosa que yo no había conseguido en dos meses.

Por eso creo que estudiar la resiliencia no resta nada a los profesionales de la relación de ayuda sino que suma. Nos ayuda a pensar más allá de nuestras técnicas concretas y ayudar a las personas a abrir y desarrollar posibilidades.

Cuando leí “La maravilla del dolor” de Boris Cyrulnik donde empecé a conocer la resiliencia lo viví como aire fresco para mi profesión. Una brisa suave que resumo parafraseando un refrán judío: “No puedes salvar a todo el mundo, pero si salvas a uno, salvas el mundo entero”

Por eso prefiero quitarle la erre de resiliencia a la palabra profesional. Porque un profesional es importante, muy importante en muchos casos. Pero la vida y la resiliencia se desencadena tanto a partir del trabajo de un buen profesional (que sabe y acompaña) como desde otros muchas circunstancias de la vida de los que necesitan ayuda.

El o la pofesional (sin erre) es, por tanto, a mi entender el que, tomándose suficientemente en serio, sabe lo que puede y lo que no puede conseguir, pero también, no pasándose en su orgullo (nariz de payaso) ayuda también a la persona a mirar la vida para detectar potenciales tutores de resiliencia.

Cómo aquel catedrático de medicina (ya lo he contado) que no teniendo tratamiento que ofrecerle a un chaval le sugirió que estudiase medicina ofreciéndole, probablemente sin saberlo, un tutor de resiliencia. Catedrático y ¡todo un pOfesional! que consiguió mirar a su paciente más allá de su profesionalidad.

Porque muchas veces no situamos como profesionales con una prepotencia que tira de espaldas. Yo al menos.

¡A cuántas reuniones he asistido, no a recabar información de otros profesionales, sino a defender a capa y espada mis puntos de vista!

¡Cuantas catástrofes he pronosticado simplemente porque yo (o mis compañeras/os) no hemos encontrado las claves para ayudar a alguien!

¡Cuántas veces he recurrido al concepto de “resistencia al cambio” para poder digerir mi incompetencia!

¡Cuánto “proteccionismo ilustrado”! (todo por el niño pero sin el niño)

Quizá haya que proponer a las Universidades un módulo de créditos libres llamado “Concepción teresiana de la humildad y profesionalidad”.

El título tira para atrás pero en realidad se trataría de analizar la relación de ayuda (profesional) a la luz del fenómeno de la resiliencia”

¡Anda! ¡Cómo se parece esto al título de este blog!

Me imagino (porque no la conozco personalmente, aunque creo haber coincidido con ella en más de una ocasión) que Pepa Horno no tenía ninguna necesidad de escribir este libro que acaba de publicar la editorial Desclée de Brouwer (DDB). Pepa es una profesional reconocida a nivel nacional e internacional en el ámbito, entre otros, de la defensa y protección a la infancia. Y, por otra parte, ya tiene un buen número de artículos y libros publicados que le abren las puertas del mundo editorial. Se trata del libro “Elegir la vida. Historias de vida de familias acogedoras”

ELEGIR LA VIDA. Historias de vida de familias acogedoras

Por eso mismo creo que Pepa se merece un aplauso especial. Porque ha aceptado el encargo de escribir un libro acallando su voz experta para darle volumen al de las familias acogedoras que se han brindado a contarle sus historias.

Me puedo imaginar también que Pepa, si leyera este post, diría que en realidad el mérito es de ellas, de las familias. Tendría toda la razón pero como yo formo parte de una de ellas no voy a “tirar flores sobre mi propio tejado”. Lo nuestro no es mérito sino inconsciencia irreversible.

Si podríamos estar plenamente de acuerdo que hay que agradecer a la Fundación Acrescere la idea de este libro. Nada que objetar. La idea de recoger experiencias variadas, reales y realistas de familias acogedoras para, entre otras cosas, servir a familias que están pensando la posibilidad de acoger a menores con medidas de protección, me parece absolutamente acertada puesto que apenas existen publicaciones en este sentido en España (si algo más sobre adopción).

De hecho conocía (y tengo) el libro de María Arauz de Robles “Adivina quién llama a la puerta. La aventura de ser un niño acogido” (Cinco historias reales para comprender el sentido de las familias de acogida) publicado en 2011 por la editorial Sekotia pero que curiosamente no se encuentra ¡ni en la web de la editorial!

Por ello, y teniendo en cuenta que con cierta frecuencia recibo emails de familias acogedoras que han leído alguno de los posts sobre acogimiento en este blog,  es para mi una maravilla tener ahora la posibilidad de recomendar este libro, en una editorial de primera línea y a un precio totalmente atípico y asequible.

Y termino con el deseo de que la joven Fundación Acrescere se consolide en su contribución a la protección de menores en España y en la Cooperación internacional.

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No hace falta que te guste el rugby para quedarte asombrado viendo alguno de los videos que recogen las mejores jugadas del ex-jugador neozelandés Jonah Lomu. Aquí te dejo un video pero si no tienes tiempo, tu conexión es mala o no te apetece te cuento yo mismo lo que verás en él.

Verás a un tipo originario de Toga (Polinesia) de 1,96 metros de altura y 120 kg de peso (lo que se suele decir “un armario ropero”) correr como si fuera un velocista (100 metros en 10´3 segundos) y a veces incluso con dos o tres contrincantes enganchados a él sin conseguir pararlo. También verás que, aunque es extrañamente ágil para su tamaño, a Jonah no le va mucho eso de esquivar. Prefiere simplemente derribar al que pretende pararlo. Para qué cambiar de rumbo si, antes de que me cojan, puedo cogerlos a ellos y empujarlos o desequilibrarlos. Y si no puedo y un tipo se interpone en mi camino siempre queda el recurso de seguir corriendo y pasar por encima de él.

Puede parecer que esta asombrosa capacidad para seguir adelante a empujón limpio se deba sólo a su envergadura y velocidad. Pero hay una explicación más. Jonah proyectaba en el campo de rugby una ira interna acumulada a lo largo de su infancia (es é y no yo quien lo dice). La ira contra un buen padre que cuando bebía, y lo hacía frecuentemente, se convertía en un hombre violento y maltratador.

En un documental sobre él reconoce que su infancia no fue normal y que se crió en un barrio muy difícil, donde vio morir acuchillado a un amigo, y donde se iba a dormir debajo de un puente cuando sus padres se peleaban. Pero lo que más le costó aceptar fue que su padre cada vez que bebía se convertía en un monstruo.

Cuando su madre se interponía, lo que ocurría casi siempre, la que recibía era ella, algo que golpeaba el alma de Jonah con igual violencia o más violencia que los puños de su padre.

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Es curioso pero el otro día volví a ver en televisión la historia de Michael Oher, también jugador de rugby (esta vez americano) y donde se refleja (la película es The Blind Side) como la rabia interior puede canalizarse en la práctica del deporte.

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Pero volviendo a la historia de Lomu hay que señalar que no sólo es una historia de recibir y dar golpes sino también de los golpes de la vida, que a veces también parece beber lo suyo.

En plena carrera deportiva a Jonah Lomu se le diagnosticó una enfermedad en sus riñones que le obligó a la diálisis y le sentó en una silla de ruedas. Dicen que Jonah rechazó cualquier trato de favor por su fama cuando estaba en espera de un donante de riñón. Finalmente, en un acto de esos que te dejan con la boca abierta, un periodista amigo suyo le  ofreció uno de los suyos. La noche antes del trasplante Jonah trató de disuadirle pero fracasó. Lomú se recuperó y volvió, tras cuatro años inactivo, a jugar al rugby pero ya no al nivel que antes.

Una historia que ADIDAS recogió en un spot para su campaña “Nada es imposible”.

No hay que quitarle  un ápice de mérito a Jonah, pero el anuncio hubiera sido mucho más realista si hubiera aparecido en él Grant Kareama, el donante del riñon. Me hubiera gustado más si el lema hubiera sido “Nadie es imposible… Ni aunque cueste un riñon”

En todo caso Jonah (“With the little helps from my friends”) consiguió zafarse de la muerte. Pero hace dos años la vida le volvió a placar y sus riñones dejaron de funcionar. Volvió a la diálisis.

No he podido averiguar si se le ha realizado un segundo trasplante pero internet demuestra que está vivito y coleando. Por lo visto sigue a trompazos con la vida. En una entrevista reciente, y a sus 38 años, ha manifestado:

Los últimos dos años (con 6 horas de diálisis 4 días a la semana) han sido un infierno. Ha habido días en que sólo he querido que todo se detuviera, días que no quería vivir más. Así que tener a los niños y Nadene (su mujer) me ha salvado. Sin ellos, simplemente no estaría aquí”. Estas declaraciones pueden parecer una simple expresión de agradecimiento y cariño. Por eso impacta cuando ves que no, que para Jonah es algo concreto y objetivable: “Mi meta es llegar a  los 21 años de los chicos. No hay garantías de que va a pasar, pero es mi objetivo ” En el rugby siempre hay un objetivo claro: cruzar la línea de ensayo. Así que Lomu parece haber cogido un carro de cal y haber marcado la linea de ensayo para su propia vida.

En la misma entrevista reconoce el papel fundamental de su mujer en su vida hasta en temas tan íntimos como la reconciliación con su propio padre que murió hace un año. De lo que en el documental “With Anger Within” (“Con ira dentro”) comenta que lo hizo por “construir un puente entre sus hijos y su abuelo”. Un gran ejercicio de altruismo: comerse el propio orgullo y dolor para regalarles un abuelo a sus hijos.

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Al acabar de contar toda esta historia descubro que para conseguir puntuar en la vida no sólo basta la fortaleza sino que se necesita un buen equipo. Jonah Lomu fue un prodigio fisíco pero no nos olvidemos que jugó en el estadio en los míticos All Blacks. Y que tuvo la fortuna de saludar a Nelson Mandela en la famosa final de Copa del Mundo de 1995 en Sudáfrica algo que le dejó huella.

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Y en la vida, y que sepamos, ha jugado con una madre que recibió los golpes por él; con un amigo que le donó un riñon; con una mujer que le guió hasta su padre; y unos hijos que le marcan la línea de ensayo.

Perros ladrando

Desde hace unas semanas llevo en mi cartera un pequeño texto manuscrito. A él pertenecen estas líneas:

“… más te asaltarán ideas malas, de manera violenta, repentina y malvada; ideas que vienen ya sea del exterior, ya de un miedo tuyo personal (…) No les prestes ninguna atención, no les resistas (…) Supera esos pensamientos vanos y malos como si no hicieras más que escuchar a un perro ladrando o a una oca cacareando; nadie hace caso ni se para a disputar por ello, sino que sigue derecho su camino, lo ignora o, como mucho, se ríe. Si haces así evitarás estos pensamientos con facilidad y los olvidarás rápidamente. Pero si intentas oponerles resistencia activa, debatirte con ellos, prestarles atención, temerlos, desembarazarte de ellos, descubrirás que aún se imprimen más fuertemente en tu espíritu y te hacen caer en tormentos y en depresión. “

Mi mujer fue la primera que lo escuchó y me lo comentó. Luego por la noche mi hija mayor, como no era fácil de conseguir, nos lo copió en una cuartilla. Desde entonces lo llevo encima para no perderlo.

Pero también anoche leí en un libro unos párrafos que me impactaron:

“Los humanos pueden estar abrigados, bien alimentados, secos, físicamente bien y, aún así, sentirse desgraciados. Los humanos pueden disfrutar de medios de diversión y entretenimiento desconocidos en el mundo no humano y sólo al alcance de una pequeña parte de la población – TV de alta definición, coches deportivos, viajes exóticos al Caribe- y, aun así, experimentar un dolor psíquico extremo. Cada mañana, un ejecutivo de éxito llega a la oficina, cierra la puerta y busca calladamente en el fondo del cajón de su escritorio la botella de ginebra que tiene allí escondida; cada día, un ser humano con privilegios inimaginables, toma una pistola, la carga con una bala, cierra el tambor y aprieta el gatillo”

Para mí la relación entre un texto y otro es clara. Muchos sufrimientos de los seres humanos se originan, no por lo que pasa fuera de ellos, sino por lo que pasa dentro de su mente. Hay pensamientos que son como perros que ladran y ladran y que si te paras a hacerles caso estás perdido. Pensamientos capaces de llevarte hasta la petaca o hasta la pistola.

Por ello estoy convencido de que si Steven C. Hayes, Kirk Strosahl y Kelly G. Wilson los autores del libro donde aparece esta contundente referencia al sufrimiento humano conocieran el primer texto estarían plenamente de acuerdo con su autor.

Pero es muy probable que no lo conozcan porque fue escrito hace cinco siglos por un monje cartujo llamado Juan Justo Lanspergio. Nació en 1489 e ingresó en la cartuja de Colonia con poco más de 18 años. LLegó a ser maestro de novicios y posteriormente prior. Escribió distintas cartas de acompañamiento espiritual y el fragmento primero corresponde a la más popular de ellas, la llamada Carta de Jesucristo, dirigida a las monjas Premonstratenses de Heinsberg.

Así que, como no puedo recomendar en este blog las cartas de Lanspergio, a no ser que tengas intención de retirarte a la vida contemplativa (nunca se sabe) te recomendaré el siguiente libro de Steven C. Hayes y compañía que además éste sí que es una novedad editorial y no como la del cartujo.

El libro se titula “Terapia de Aceptación y Compromiso” con el subtitulo “Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness)” y está editado, como no, por la Editorial Desclée De Brouwer.

TERAPIA DE ACEPTACIÓN Y COMPROMISO. Proceso y práctica del cambio consciente (Mindfulness)

Es evidente que, tras dedicarle tres post a reseñar “Sal de tu Mente, entra en tu Vida”, no podía dejar pasar esta novedad editorial (un lujo tener traducido un libro publicado en inglés en el 2012) y que es mucho más que una revisión del que se escribió allá por el año 2000.

Todavía lo estoy empezando pero ya me quedé flipado al encontrar en el prólogo la siguiente afirmación:

“Por todas estas razones, el presente volumen tiene un aspecto y un toque distinto al que escribimos hace ya más de una década. Esta edición se centra en el modelo de flexibilidad psicológica como modelo unificado del funcionamiento humano”

Es decir, que cuando hace meses empecé a pensar y a escribir sobre un concepto tan poco científico como “yo elástico” vinculado a las condiciones internas para la resiliencia, quizá no estaba muy desencaminado.

Tendré que seguir leyendo para confirmarlo y seguramente seguiré dando la vara con este librito de algo más de 500 páginas. Libro que tiene una considerable ventaja. No está escrito como un manual o guía de aplicación de una terapia concreta (ACT o Terapia de Aceptación y Compromiso) sino como un compendio de las ideas fundamentales que subyacen a la misma pero que van más allá de ella misma.

Por tanto es un libro que puede interesar tanto a un terapeuta como a cualquiera que quiera entender ese sufrimiento humano aparentemente incomprensible porque no se justifica por las condiciones externas de quien lo padece.

Sirva este pequeño párrafo de ejemplo:

“Irónicamente, la mayoría de la gente acude a terapia buscando defender su yo-concepto  particular, aunque éste sea detestable, nocivo o constituya, precisamente, el motivo principal para buscar tratamiento (…) En principio, la mayoría de los clientes están tan atrapados en esta prisión conceptual que ni siquiera saben que están atrapados- y no creen estarlo”

Al hilo de esto tengo que reconocer que cada vez me cuido más de emplear la expresión “Yo soy…” porque nunca me lleva a nada bueno. Primero porque hay muchas probabilidades de hacer el ridículo (a cuántas personas has oído decir, por ejemplo, “yo soy muy trabajador” que es justo lo contrario de lo que piensas de ellas). Y en segundo lugar, porque cuando uno se afirma de tal manera delante del otro lo más probable es que consiga distanciarse de él (todo “yo soy” lleva implícito un ¿y tú?).

Así que me lo vigilo en mí y desconfío cuando oigo a otro definirse constantemente. Cuando una persona se autorreferencia constantemente… ponte a temblar. (Lo digo YO que tengo un blog “pa MI SOLITO” ¿No es un blog un gran ejercicio de autodefinición?)

En fin, que me interesa, la idea de estos autores de “flexibilidad psicológica”.

Pero para aligerar un poco…  me viene a la cabeza el conocido chiste en que un tipo que le pregunta a otro cómo hace para estar siempre tan feliz. Este le contesta: “No discuto con nadie” A lo que su interlocutor exclama: ¡Eso no es posible! Y el interrogado concluye: “Pues bueno, no será por eso…”

Recuerdo las memorias del cómico del cine mudo Buster Keaton llamadas “Slapstick” que significa payasada o bufonada, y es una palabra compuesta de Slap (bofetada, cachete) y Stick (palo, pegar).

Porque el pequeño Buster adquirió desde muy joven y con la enorme ilusión de trabajar en las funciones de vodevil de su padres, la habilidad de aprender a caer sin hacerse daño cuando su padre lo lanzaba de un lado a otro del escenario simulando una persecución por alguna trastada infantil.

¿Y si fuera posible desarrollar también la flexibilidad del yo y ya desde bien pequeñitos? ¿No tendríamos adultos más saludables en el futuro? Y si esto fuera así, ¿no deberíamos revisar con cuidado los mensajes que estamos dando a nuestros hijos? ¿Les estamos ayudando a ser resilientes o resistentes? (que no es lo mismo)

Hace unos meses acompañé a un Juzgado a una niña o niño de unos 12 años a retirar la denuncia de malos tratos sobre su madre. Tras pasar una semana viviendo en el centro en el que trabajo decidió que echaba de menos estar en su casa, con sus amigos, e incluso con su propia madre (porque no es lo mismo maltratar que poner límites). Mientras bajamos del juzgado, donde comprobé que  había una buena conexión afectiva a pesar de lo sucedido, la madre sí le reprochó suavemente que circulará por ahí un vídeo donde él o ella se pegaba con otra chavala o chaval.

Tranquilamente el muchacho o muchacha simplemente respondió: ¿no me dijiste tú que si se metían conmigo me defendiera?

La madre calló y yo pensé para mis adentros: ¡Ahí te han dado!

¿Queremos criar chicas y chicos duros o personas flexibles?

Así que me pienso leer este libro no tanto por mi (que ya no tengo solución) sino por mis hijos e hijas. O casi mejor, por mis nietas o nietos. Quizá cuando, si Dios quiere, en julio nazca mi primera nieta le empezaré a decir: “Hola, Candela, YO SOY tu abuelo”….

…”o no”

(No os preocupéis familia… es sólo una idea más de las mías. Pero no le haré caso y me reiré de ella como si fuera un perro ladrando o una oca cacareando. Gracias, Lanspergio)