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Espero poder presentar pronto Disparefuturo 2.0.Pero antes debo darle la puntilla a la versión actual.

Soy un afortunado que acabó trabajando como funcionario en algo que deseaba y para lo que no me esforcé ni un pimiento. Así empecé a trabajar en esto de la Protección de Menores y pronto descubrí que era muy complicado y que cuanta más experiencia acumulabas menos claro lo tenías todo.

Luego se nos ocurrió en casa hacernos familia de acogida. Por pura inconsciencia. Sin saber lo que hoy sé: que eso no significa acoger a un niño o niña sino todo lo contrario. Que la realidad de ese niño o niña y todo el sistema de protección es el que acoge a tu familia, perdiendo parte del control que tu creías tener sobre la misma (yo le llamo Encogimiento familiar”)

Así que cree Diseñando Pasados Recordando Futuros pera “resiliar”: resistir y rehacerme de trabajar y vivir en un tema tan especial. Podría pasarme el día discutiendo con compañeros y compañeras (es a lo que dedicamos el 80% de nuestro tiempo los técnicos de menores). Podría desesperarme de decisiones que no entendía. Podría cargarme de un saco de fracasos de los que no sabría excusarme. Y por supuesto podría cansarme de hacer propuestas en el vacio. Pero nadie me podría impedir pensar y comunicarme. Eso es lo que me aportó durante varios años este blog.

Es curioso que muchas veces la resiliencia requiere romper el silencio (muchos textos de Boris Cyrulnik hablan del segundo golpe que produce un contexto que te encierra en el silencio) Pero, sin embargo, otras veces la resiliencia pide el silencio (Me acuerdo de Louis Zamperini a quien las conferencias sobre su experiencia militar heróica llevó al alcoholismo) Así que hace unos meses cerré el blog por resiliencia y me limité a cumplir unos compromisos con Milly  y Olga.

Pero el último post había sido “Acogimiento familiar: Cuestión de p_lot_s” en el que hacía una metáfora entre el sistema que regula la aviación civil y el acogimiento familiar de menores. Yo sabía que era el primer post de una serie en el que iba a intentar demostrar mi hipótesis de que las familias no acogen a los menores sino que ellas son acogidas en un sistema muy complicado y muy difícil de entender y aceptar en muchas ocasiones.

Pero no fue hasta unas semanas después cuando un comentario de Marta Llauradó del blog  urgènciaidiagnòstic pensar i repensar els acolliments familiars d´urgecia i diagnòstic me hizó pensar que la metáfora se iba a interpretar mal. Lo publiqué, le contesté y en privado le pedí permiso para usarlo en un post.

Este fue su comentario, que no dejo de agradecer (me he permitido traducir al catellano un fragmento que ella escribió en catalán):

Hola Javier.
Soy Marta del blog urgenciaidiagnostic.
Este post lo leí en su momento cuando lo publicaste y tengo que decir que, aunque tus aportaciones me parecen, en general, interesantisimas, en este caso tu texto me resultó inquietante por su excesivo mecanicismo. Quise hacer un comentario, pero me reprimí al leer el post en el que te dabas temporalmente de baja.

Días después tuve la oportunidad de escuchar una conferencia de Alberto Rodríguez González (Programa de Apoyo al Acogimiento Familiar en el País Vasco) en la que manifestaba lo siguiente:

  • Hay tantos modelos de intervención en Acogimiento Familiar como Comunidades Autónomas y tantas maneras de pensar el Acogimiento Familiar como profesionales que intervienen. No puede ser. No existe una cultura compartida del Acogimiento Familiar.
  • Un número excesivo de profesionales hacen el seguimiento administrativo y un número reducido y de escasa experiencia que hacen la intervención directa- Ausencia de dirección. Numerosos conflictos personales entre los profesionales por invasión de competencias. Necesidad de reducción, simplificación y unificación.

(INTERVENCIÖN DE ALBERTO RODRIGUEZ PARA ADAFA)

Mi experiencia como acogedora estaría más de acuerdo con lo expuesto por Alberto, que con el contenido de tu post. Dentro de este, el párrafo dedicado a los acogimientos de urgencia y diagnóstico es el que me resultó más inquietante: ” el niño o niña no se quedará en casa pase lo que pase”. Mi experiencia es que, por demora de las actuaciones de ese avión burocrático tan grande al niño le pasan cosas tales como que se encuentre esperando la decisión de pasar a acogimiento pre-adoptivo por parte de la compañía aérea tanto tiempo que acaba por apegarse a su familia de acogida. Y lo hace con tal intensidad que cuando llega el sí o sí, el niño no vuela sino que se estrella emocionalmente. Que te puedan reparar, o que tengas capacidad de resiliencia no justifica que te agredan.

No pretendo que publiques este comentario. Sólo que no tengo otra forma de “discutir” contigo. Un saludo afectuoso.

Me apresuré a contestarle:

Hola Marta. Me temo que no vamos a discutir.. jaja.. porque aunque no te lo creas ¡estoy de cuerdo contigo! Pero si me das permiso te lo explicaré en un nuevo post. Gracias por esta interesantísima aportación.

Y algo más de un mes después aquí estoy. Dándome cuenta de que no podía abrir Disparefuturo 2.0. (en el que no habrá protección de menores o no de la misma forma) sin aclarar lo siguiente (lo hago en puntos concretos para no alargarme)

1.- Las metáforas sirven para ayudarnos a entender otra realidad. Por tanto deben reflejar LO QUE ES. Está metáfora, sin embargo, refleja LO QUE NO ES PERO QUIZÁ DEBERÍA SER. Más que una metáfora es una utopía.

Es por esto que puede ser fácilmente malinterpretada. Y es que nació precisamente para contestar una pregunta muy concreta “¿Cuál es el papel de las familias de acogida en este puto maremagnum? (perdón por el taco) Y pretendía transmitir algo así como: “concentrate en pilotar” o te vas a volver mico. Haz bien lo que te toca, no hagas lo que no te toca, y no dejes que otros (profesionales, vecinos, familiares, profesores…) te mareen. Que lo van a hacer.Y si estás pensando en entrar a jugar a este juego, que sepas lo que hay.

2.- Otro peligro de esta metáfora es el de dónde sitúa a la familia de el o la menor. Colocarla como una simple condición atmosférica más es sencillamente desafortunado, injusto y peligroso. Plantear un acogimiento como un vuelo “sobre” o “a pesar” de la familia del menor es un malísimo comienzo, porque para eso ya hay otras medidas e protección como el acogimiento preadoptivo (ahora guarda con finalidad adoptiva) o la misma adopción.

3.- En el sistema de la aviación civil lo que se transmite entre la personas implicadas es fundamentalmente INFORMACIÓN. Cuando al comandante de un avión la torre de control le asigna pista para aterrizar contesta algo así como “Entendido” “Recibido” y no contesta “Gracias, majos”. Y el controlador aereo no piensa: “el gilipollas este ni me lo agradece”.

En el sistema de protección, y especialmente en el de acogimiento, lo que circula por el sistema son fundamentalmente EMOCIONES Y SENTIMIENTOS que a veces llevan un poquito de información (la idea no es mía sino sacada de la frase de Cyrulnik: “las palabras son trozos de emoción que a veces llevan algo de información”)

Cuando un técnico de menores coge una llamada de un o una acogedora que le dice “Hola, soy tal, por fin me hago contigo…” el cerebro superior del primero ya ha pensado “pues yo no me estaba tocando los…” y a su vez su amigdala le grita “¡Alerta, alerta!…a ver que marrón me cuenta este…” (el otro día una familia me llamó para decirme que ya había solucionado una cosa pero yo ya tenía el susto en el cuerpo)

Y si en una visita de un o una técnico la familia acogedora le cuenta  algo que les está haciendo sufrir, y este o esta empiza “Vosotros lo que teneis que hacer es…” el resto de la conversación sobra porque probablemente la familia ya no se va a SENTIR acompañada.Habrá desconectado.

Creo que estos tres puntos son suficientes para aclarar que el post de referencia tenía que haber sido la puerta de entrada para analizar todo lo que NO funciona en el sistema de protección de menores y del acogimeinto familiar. Si alguien lo ha interpretado como una descripción tiene, como Marta, todo el derecho a tirarme tomates.

Espero Marta que ahora sí puedas estar algo más de acuerdo conmigo y que sepas que gran parte de lo que pienso ahora lo aprendí precisamente de Alberto Rodriguez a quien admiro y  cito cada vez que tengo ocasión (os recomiendo el video de Vimeo)

Y, por fin, mato esta versión del blog con una confesión: Lo retiro. El acogimiento familiar no es cuestión de pilotos sino que, por el momento, sí es CUESTIÓN DE PELOTAS Y OVARIOS.

El 16 de octubre publiqué una reseña del nuevo Seminario en Resiliencia que organiza todos los años Milly Cohen en su país y que, en este 2017, se celebrará en menos de un mes.

Reconozco que me aproveché de su gratitud para sacarle un texto suyo para este blog y no tardó ni dos días en mandármelo. Pero decidí retrasar su publicación para que el nuevo post sirviera también de recordatorio del Seminario.

Luego la vida hizo que decidiera tomarme unas vacaciones de reflexionar en público. A día de hoy le doy vueltas a la posibilidad de un Disparefuturo 2.0 pero de momento sólo os dejo este maravilloso (no exagero) texto de Milly. Espero que lo disfruteis tanto como lo hice yo.

Gracias, Cohen. (Al final os dejo de nuevo el “flyer” de ConoSer)

 

HIJOS VALIENTES

DRA MILLY COHEN

Dra en educación, docente de postgrado, escritora

millyask@gmail.com

 

Nuestra cultura no es una cultura emocional. A pesar de Goleman, a pesar de las  múltiples investigaciones en torno al tema, de cursos y talleres que nos invitan a la expresión sana de nuestros sentimientos, la realidad es que seguimos evitando que éstos realmente afloren. Y si estos sentimientos no son de felicidad, de júbilo o de armonía, ¡mucho menos!

Si introduces en el buscador de Google “libros-sobre-felicidad” te encontrarás con más de 2 millones de entradas. Títulos como “El proyecto felicidad”, “Te mereces ser feliz”, “La guía completa para ser feliz”, “El viaje de la felicidad” y muchos más sobre cómo encontrar la felicidad abundan en el mercado. Esto no es malo, por el contrario, me parece que encontrar ese estado de goce, de paz, de satisfacción con la vida, es algo que buscamos todos. El problema reside en la creencia errónea de considerar que cuando no tenemos dicha, forzosamente debemos sentir desesperanza, si no estamos en éxtasis, es porque estamos en tormento. La falta de dificultades nunca equivale a la felicidad. Y si bien existen blancos y negros en la vida, los grises no son tan malos ni parcos como parecen.

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Esos grises son la lluvia, que nos moja pero no nos hunde, son la adversidad que nos cimbra pero no nos derrumba, son el “aprieta pero no ahorca”. Y esos grises, cuando dejamos que pinten nuestras emociones, permiten que salgan a la superficie aquellas emociones desagradables que estaban bajo el agua.

Hablemos de nuestros hijos. La realidad es que nos duele tremendamente que se sientan infelices y haremos lo que esté en nuestro poder por “en-contentarlos”, como si estuviera en nuestras manos realmente sustituir una emoción por otra.  Cuando uno de nuestros hijos se siente triste le compramos un juguete, lo llevamos de viaje, hacemos la tarea por él, lo defendemos ante los demás. Hacemos lo que sea con tal de verlo bien porque esa (creemos) es nuestra labor más importante: hacer felices a nuestros hijos. Sin embargo, en esa lucha (porque es cansado intentar mantener contento a uno o a varios hijos), se nos olvida algo importante: que no ser feliz no es sinónimo de agonía permanente, no estar en un estado de bienestar, no significa miseria ni disgusto. Solamente es un color distinto, es un tono de gris, y hay que saber cómo responder ante esta tonalidad. Eso si sería favorecer la inteligencia emocional.

Para lograrlo, creo que debemos empezar por reconocer en nosotros qué nos sucede cuando no nos salen las cosas como quisiéramos. ¿Qué hago cuando pierdo? ¿Cuando no acierto? ¿Cuando me equivoco? ¿Cuando me siento incómodo? ¿Lo abrazo? ¿Lo acepto? ¿Lo ignoro? ¿Lo evito? ¿Lo escondo? De alguna forma nos han transmitido desde chicos (y lo pasamos nosotros a nuestros hijos) un fuerte mensaje cultural: si sientes una emoción negativa, debes tener algún problema y necesitas liberarte rápidamente de esa emoción. No nos hemos dado cuenta que nuestra tendencia a mantener a raya los sentimientos desagradables o nuestra lucha activa contra ellos, es la razón por la que muchos estamos estresados. Y el estrés es hoy una de las fuentes más importantes de enfermedad. Si tu hijo está estresado, por favor no le pidas que no lo esté. Mejor explícale que al latir rápido, su corazón se está preparando para la acción, y que el respirar más rápido no es un problema, sino que está llegando más oxígeno al cerebro. Que viva el estrés y lo use a su favor.

Debemos comenzar a formar seres valientes, más que seres felices. Los que son valientes son los que lloran y aceptan su fragilidad enfrente de muchos, no los que parecen fuertes y no dejan que se refleje realmente quiénes son. Los valientes son los que luego de atreverse a compartir cómo se sienten, se recomponen y vuelven a buscar el placer, el gozo, la alegría. Son osados, intrépidos, audaces. Los valientes son los que reconocen que hay batallas que se ganan pero que las que se pierden, también sirven de algo. Los valientes son rojos, y negros, y blancos, pero también grises.

¿Cómo comenzar a desarrollar esa valentía? A continuación les comparto algunas sugerencias que me parecen importantes, que he experimentado yo misma, o que leído de algunos de mis autores favoritos. Espero que algunas les acomoden.

  1. En lugar de volcar elogios, tiempo, o dinero, en hacer que nuestros hijos se sientan felices cuando no lo están, hay que permitir que luego de dejar aflorar sus sentimientos, los validemos. La validación dará un enorme alivio a los niños y a los jóvenes porque cuando se les ayuda a reconocer que no son los únicos que se sienten de esa manera, que está bien sentirse triste, solo, acongojado, sensible, enojado, o frustrado, el niño o joven se siente acompañado, más que sobreprotegido. Además, hay que dejar que sean ellos los que se expresen, libremente. Cuando los padres se abstienen de hacer suposiciones acerca de lo que sus hijos piensan y sienten, sus hijos dan el paso para comunicarlo por voluntad propia. Eso es valentía. Goleman dice que justamente es la capacidad de reconocer un sentimiento en el mismo momento en que aparece, la piedra angular de la inteligencia emocional.
  1. ¡No reemplaces un pez muerto! Si la mascota se muere, si se pierde el juguete, si se poncha el balón, no lo reemplaces inmediatamente, permite que el niño sienta la frustración, la tristeza, la pérdida. Si perdió la competencia, si reprobó el examen, si no lo invitaron a la fiesta, deja que tu hijo o tu hija ponga en palabras su sentir y permite que lo viva. Muchos padres tienen un fuerte deseo de proteger a sus hijos de crecer demasiado rápido, por ello, evitan temas importantes como la muerte, la pérdida, el fracaso, la decepción. La exposición a estos temas debe darse de manera natural, pero debe darse, ya que son temáticas que forman parte de la vida cotidiana. Ningún padre puede cambiar los sentimientos de sus hijos, mucho menos evitar que estos surjan, pero si puede modelar su comportamiento ante ellos. Ayudarlos a reconocer cómo se sienten, hacerles saber que puede no ser cómoda una emoción negativa, pero que es inevitable, y adecuada, hasta necesaria, los ayudará el día de mañana a entender que éstas pasan. Que el sol sale después de las tormenta. Que hay un resurgimiento luego de las crisis. Que el amanecer aparece justo después del momento de más oscuridad.

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  1. Tenemos que pedir a nuestros hijos que resuelvan problemas, eso los empodera, y cuando los dejamos solos (en lugar de hacerlo nosotros) les enviamos un mensaje tan simple como poderoso: “confío en ti”. De acuerdo a Pozatek, la mejor manera de enfrentar a los niños a los dilemas de la vida es frente a la naturaleza. En los espacios naturales los chicos tienen que aprender a emplear la demora a la gratificación al caminar hacia una cumbre, recolectar leña o tener que esperar a que piquen los peces. La solución a los problemas y la motivación interna se presentan de manera instintiva cuando un fuerte viento golpea o cuando a un mochilero se le acaba la comida. A diferencia de las actividades en el hogar, cuando se convive con  la naturaleza, el chico o la chica no tiene la computadora que la distrae, el celular con el que se refugia, no hay puertas que se azotan ni televisiones que se prenden con volumen alto, para redirigir la frustración o el enojo. En un bosque, en una montaña, en el campo, tienen que madurar de formas distintas, sin distractores ni escapes. Y con los beneficios del espacio exterior. Lleva a tus hijo a una excursión, acampen, cocinen juntos, carguen con sólo lo necesario, y frústrense juntos, diviértanse juntos y elógialo por el esfuerzo, no por el producto final.
  1. Colabora para que tus hijos sean personas diferentes, originales, invítalos a salir de la norma, que no le teman al fracaso, que se atrevan a echar a andar sus ideas (por más locas ideas que éstas sean). Dice Adam Grant en su nuevo libro titulado Originals que la creatividad puede ser difícil de fomentar pero es fácil de coartar. Es verdad. Los alumnos con necesidades educativas especiales, por ejemplo, son los más atrevidos y originales, están tan acostumbrados al fracaso, que han perdido el temor. Para desarrollar la valentía en nuestros hijos debemos permitir que aporten ideas novedosas al mundo y esto sólo ocurre cuando ellos desarrollan sus pasiones, no las nuestras y cuando se atreven a hacer lo que su instinto les dicta. Ser original es apostar: quizá funcione, quizá no. De mientras, tú déjalos ser. Suelta un poco el control. Apuesta por ellos para que ellos apuesten por sí mismos.

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  1. Ayuda a tu hijo a construirle muchas patas a su mesa, a enriquecerse con muchos hobbies y quehaceres, a fortalecerse desarrollando virtudes y cualidades, a construir una red de vínculos afectivos que lo acompañen. Así, cuando la vida le quiebre una pata a su mesa, quizá se tambalee, pero no se caerá. Justo el joven que ha probado levantarse es más fuerte que el que nunca se ha tropezado. Para los japoneses, una pieza que se ha roto, que ha sufrido un daño, tiene una historia, es más hermosa. No se ocultan las grietas, ni los defectos, más bien se enmiendan con oro, convirtiendo la parte restaurada en la parte más fuerte de la pieza. ¿Y si hacemos eso con nuestros hijos? Cuando sufra, no te asustes. Mejor ayúdalo a enmendar lo que se quiebra, con amor, con mucho amor.

Al final,  las emociones, sin importar lo poderosas que sean, no son abrumadoras si se les concede el espacio para desplegarse. Generalmente, nos sentimos más cómodos con las acciones que con los sentimientos porque cuando vemos que se acerca uno incómodo, tendemos a darle la vuelta, a esconderlo, a disfrazarlo o distraerlo, lo que se nos ocurra con tal de no sentirnos tristes o permitir que así se sientan nuestros hijos. Por ello la invitación es a detener nuestro trajín diario, nuestra prisa, para que cuando arribe un sentimiento incómodo, lo dejemos respirar, y podamos abrazarlo con quietud, entenderlo, y luego permitirle que se aleje. Con valentía. Estoy segura que eso nos traerá mucha felicidad.

Krissy Pozatek (2015). Hijos Valientes. Editorial Planeta.

Adam Grant (2016). Originals. Editorial Viking.

 

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En el último post (“Cierre por resiliencia”) explique que estaría un tiempo “en silencio” pero que tenía el compromiso de publicar textos que no eran mios. Cumplo en parte ese compromiso con un texto elaborado con una persona que se cruzó este año en mi vida y a la que me atreví a pedirle que compartiera su historia con todo el que visite este blog. Después de leerlo podrás entender además porque he elegido el día de Navidad para hacerlo.

Aprovecho esto también para aclarar que mi silencio temporal es sólo mio. El blog sigue abierto para aquellos que quieran utilizarlo. Si quieres compartir ideas, experiencias o reflexiones con nosotros no tienes más que mandarmelas.

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Si la resiliencia es un fenómeno que ocurre ¿por qué no preguntarle a aquellas personas en las que se ha dado o se está dando? Olga, le sugerí cambiar el nombre pero me insiste que no es necesario, ha tenido el valor de sentarse delante del ordenador y enfrentarse a dolorosos recuerdos y vivencias. Nunca se lo podré agradecer suficientemente y ambos esperamos que pueda servir para algo o alguien. Es por ello un post de más extensión de lo normal. Vale la pena que así sea y además no podría ser de otra manera.

Olga, hemos pasado varios ratos dándole vueltas a cómo una infancia difícil o dolorosa puede condicionarnos en la vida adulta y cómo puede tomarse un camino vital positivo y satisfactorio a pesar de ella. Yo desde la teoría y lo poco que sé sobre la resiliencia y tú desde tu experiencia.

Has compartido conmigo cómo, sin unas circunstancias objetivas trágicas o difíciles, la relación entre tus padres y de ellos con sus hijos, definen tu infancia como infeliz o, al menos, “no todo lo feliz que debería haber sido” ¿Cómo podrías resumir esta situación y tu vivencia de la misma.

Resumiría la situación vivida como una infancia traumática por la falta de modelos estables y la ausencia de empatía de mis padres hacia nuestras necesidades para el desarrollo y estabilidad: amor incondicional, comprensión, escucha, respeto, atención, etc.

Recuerdo una infancia donde mis padres habían hecho de la disputa diaria y las malas contestaciones su modo de vida, integrándolo como lo normal, pero guardando las formas de cara al exterior. Un modo de vida completamente desestructurado e  inestable, con carencias básicas como el respeto entre ambos y hacia sus hijos; la imposición en vez del diálogo; la falta de comprensión y de espíritu de sacrificio par nuestras necesidades frente a las suyas.

Ninguna situación de dificultad habitual de la vida se afrontaba desde el diálogo y el cariño o desde la unión, sino todo lo contrario: con imposiciones y discusiones de las que siempre nos hacían partícipes a sus hijos hasta de los más mínimos e íntimos detalles, algo que un niño no tiene madurez para asimilar. Mis hermanos y yo crecimos en medio de todo ese entorno hostil y con muchas carencias, ya que nuestras necesidades emocionales no importaban, no se reparaba nunca en ellas, eran las grandes olvidadas. Y así me sentía yo: “emocionalmente abandonada”.

Pienso que su malestar interior y su ego debían ser tan grandes, que la humildad y el espíritu de sacrificio por el otro, inclusive por sus hijos, se habían esfumado, pendientes solo de quien quedaba por encima en las disputas emprendidas a veces por la tontería más absurda. Era una batalla campal rutinaria que se saldaba casi siempre con estímulos externos casi siempre económicos en vez de con diálogo, humildad, o simplemente amor. La buena posición económica les permitía discutir y al rato, o al día siguiente, guardar las apariencias y salir a cenar, a comer o de vacaciones e integrarlo todo como el modus operandi normal.

Respecto a mí, recuerdo una infancia en la que reinaba una soledad absoluta y sentimientos de miedo. Nunca estaba bien nada de lo que yo hiciera, ni el esfuerzo que conllevase, porque era mi obligación, y experimentaba una sensación de exigencia por parte de ellos que me ahogaba a diario. La manera de comunicarse conmigo siempre era de forma exigente, a gritos si no obedecías a la primera, con amenazas continuas para infundirnos miedo, chantajes y un autoritarismo absoluto evitando así que nos saliéramos del camino marcado. Desobedecer o expresar tu opinión era ir en contra suya y tenías la condena y consecuencias de inmediato, siendo especialmente dolorosos los insultos de ambos, pero especialmente los de mi madre hacia mi.

Vivía en continuas contradicciones porque no entendía como un día podían insultarse hasta el extremo y al día siguiente actuar como si de una rencilla sin importancia se tratara. Del mismo modo nos trataban a nosotros. yo no entendía por qué ellos eran respetuosos de puertas hacia afuera y pedían la cosas por favor, daban las gracias y nos exigían muchas normas de educación en las sitios para que vieran que éramos niñas muy educadas y, sin embargo, ellos nunca nos daban las gracias y nunca nos pedían las cosas por favor.

Recuerdo una infancia infeliz en la que no me dejaron ser niña, con miedo, buscando la aceptación de tus padres y su cariño haciendo lo mejor posible las cosas y teniendo que madurar forzosamente a base de presenciar e intentar mediar en sus continuos conflictos, lo que para mis hermanos y para mi era prioritario para evitar así males mayores.

El miedo y la falta de empatía hacia mí como persona me acompañaron durante mi infancia y adolescencia. No conté con padres que se preocuparan de mis inquietudes y necesidades, me vi desprotegida y sola. Para ellos, paradójicamente, pensar en tus necesidades era un acto de egoísmo que te llevaba a duras represalias  psicológicas. Con lo cual integré que no debía pensar en ti, ni en lo que yo necesitara. Tenía que dar el máximo en todo. Aún hoy no soy capaz de permitirme simplemente descansar a veces, y me puedo llegar a sentir culpable si lo hago.

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¿Qué crees que te ayudó a sobrellevar esa situación en aquellos momentos y en tu adolescencia?

La verdad, no lo sé. Mis padres me llevaron a un colegio religioso pero no significó para mí un espacio para la resiliencia en ningún sentido.

Lo que sé es que, en general, me invadía una sensación de ira y rencor en la que mi objetivo era terminar mis estudios y salir de allí para vengarme. Es decir ellos se sostenían sobre nosotros y mi único objetivo creo que era darles lo que se merecían y dejarlos solos para que entre ellos se lapidaran.

Nos hacían partícipes de sus discusiones y yo creía que mi venganza sería dejarlos solos el uno con el otro. Pensé que cuando saliera de mi casa todo quedaría atrás, pero no fue así. Quedé tan trastornada que curar todas las heridas que arrastraba era un largo y duro recorrido. Y así ha sido

Ellos, pese a salir de la casa donde me crié, han seguido machacándonos y no nos han dejado escapar. La culpabilidad que han alimentado tanto desde mi niñez, no lo ha permitido y me ha mantenido enganchada diría casi que hasta hoy en día.

 Es cierto que, poco a poco, he ido soltando amarras y trabajando mi historia personal para que los chantajes que, a día de hoy aún a veces permanecen, no hagan mella en mi persona y me incapaciten o hundan emocionalmente.

Me viene a la memoria que yo tenía una amiga en la adolescencia que era mi mejor amiga y que hoy lo sigue siendo. Es la menor de 6 hermanos y su casa estaba llena de armonía. Para era un sitio donde encontraba mucha paz porque precisamente sus padres eran todo lo contrario, la otra cara de la moneda y yo lo recuerdo como un modelo que en mi cabeza se quedó grabado. Veía que otra forma era posible a la vez que la comparación me provocaba mucho dolor e impotencia, pero me sirvió para tener la esperanza de que yo podría encontrar algo así. Sus padres eran muy amables y respetuosos conmigo.

A pesar de que no nos conocemos desde hace mucho tiempo, podría afirmar que hoy en día llevas una vida personal, familiar y social perfectamente satisfactoria para ti y para los tuyos. ¿Podrías contarnos si has tenido o tienes para ello uno o varios de lo que solemos llamar “tutores de resiliencia”?

Creo que sí y que dos han sido mis tutores esenciales en este largo túnel. A ambos los encontré a la vez y aún hoy El Señor permite que sean mis guías.

Primero encontré al que es hoy mi marido, un ser con sus carencias como todos pero que me hizo comprender que, a pesar del ejemplo de mis padres, otra forma de comunicarse entre una pareja es posible. Él, con mucha paciencia, me ayudó a superar la tendencia a la falta de respeto que tenía en mis discusiones, pues así lo había aprendido, y me hizo abrir los ojos a una vida donde la escucha y el diálogo, es vital. Es una persona paciente y muy generosa, emocionalmente hablando, con todo lo que hace y da.

Al poco tiempo de conocerlo también conocí a quien yo considero una madre, mi madre Adela. Ella es mi mentora en el camino de la Fe Cristiana, y con su ejemplo ha sabido resolver todas esas dudas que en el colegio religioso, y a lo largo de mi vida, me hicieron alejarme de la Fe.

Ella con su ejemplo, su paciencia y su falta de censura ha sabido hacerme entender como nos quiere Dios, su amor incondicional. Ella es madre de seis hijos y su vida ha sido bastante dura en algunos aspectos. Pero me ha transmitido sus vivencias y en ella he encontrado mi manera de comprender y de entender la vida y lo que nos toca vivir con aceptación, apreciando tantas cosas bonitas que las nubes que creamos no nos dejan ver.

Ella lleva diez años a mi lado y creo que sin ella no hubiera conseguido llegar a este punto. Creo que Dios te va poniendo los medios bien a través de personas, vivencias etc. para ayudarte a crecer. Ella vive en otra ciudad, lejos de mí, pero con nuestras interminables conversaciones siempre me ha acompañado en mis duelos, me ha escuchado y me ha aconsejado desde el gran amor que Dios le ha dado a ella y que reparte a todo el que se cruza en su camino. Es un ejemplo para mí, de aceptación ante las adversidades de la vida, de humildad, de amor y de entrega hacia todo lo que Dios le va poniendo en el camino. Es un testimonio de Fe.

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Hemos hablado varias veces del miedo a “repetir la historia”. Cuando finalmente pudiste emanciparte ¿crees que estuviste en peligro de qué esto ocurriera? ¿Y qué recursos internos o propios crees que te ayudan hoy en día a la resiliencia?

Creo que lo de los recursos internos ya está contestado en la pregunta anterior puesto que el encuentro con Adela me ha dejado un sentido trascendente de la vida que me ayuda a mirar más allá de lo que me pasó o me sigue pasando.

Respecto a lo de repetir la historia creo que estuve en peligro de hacerlo e incluso hoy aún puedo estarlo. Es inevitable, diría yo. Solamente con la ayuda de Dios, en quien yo he encontrado refugio y paz, conseguimos liberarnos de repetir la historia en su totalidad. Porque Él te va poniendo en el camino las situaciones que te ayudan a crecer y las personas en quien te tienes que fijar para borrar tanto dolor y lecciones mal aprendidas.

Cuando hago balance observo con claridad que cuánto más avanzo en mi persona hacia la humildad, la caridad, el perdón, el amor incondicional, me voy liberando de esa losa que me han puesto durante años y por consiguiente voy dejando de repetir la historia. Pero la lucha no desaparece del todo.

Cuando me alejo de los valores que he aprendido a través de Adela y que son los del Evangelio Cristiano, veo que sale esa parte oculta de mi persona que repite lo aprendido. Solo puedo borrar lo aprendido escribiendo encima  con los valores que Dios me está transmitiendo, bien a través de vivencias, o de personas, inclusive de la evolución de mis padres y agarrándome a diario a un sentimiento muy difícil de sacar cuando el de enfrente es el que te machaca: el Perdón y la Misericordia. Porque si Dios me está ayudando a mí, tengo que tener la capacidad de perdonar diariamente a mis padres, si Dios no me juzga a mí sino que me ama y me perdona no puedo ser tan juez de mis padres ¿quién soy yo para ello?.

El camino que me toca vivir es el que es y no encontraría consuelo en pedir explicación de porqué me ha tocado esto. Creo que me toca aprender para crecer y salir del agujero y como ya he dicho antes, para salir del rencor, la ira, el dolor, la frustración el desasosiego… lo primero es la aceptación de que esto está y estará. Tener compasión, amor y evidentemente, intentar salir del círculo que te envenena para proteger tu estabilidad, entendiendo que el rencor, odio y todos esos sentimientos son autodestructivos y se retroalimentan.

Tengo que decir que son muchos los años que intenté especialmente con mi madre con la que por circunstancias tengo más trato, que reconociera lo ocurrido y aún a día de hoy, me encuentro una negativa alegando que hemos tenido una infancia muy feliz.

Durante muchos años esa falta de reconocimiento me ha mantenido con una gran ira y un fuerte rencor. Pero, a día de hoy, entiendo que mi felicidad no puede depender del reconocimiento de mis padres de la situación vivida, ellos son víctimas de su propio desasosiego y llevan su propia lucha contra su infelicidad, que les autodestruye, pienso ahora que soy madre que debe ser muy duro enfrentarse a ese reconocimiento ¡pobrecitos!

No necesito el reconocimiento del dolor vivido, ese sosiego solo me lo da Dios a través del perdón hacia ellos y la falta de rencor.

El Señor me ha puesto esta prueba grande y el perdonarlos me hace ser más rica. Imagino que lo que explico es complicado de entender, pero es difícil explicar con palabras la alegría y la sensación de amor que me invade el corazón cuando pienso en ellos con cariño, cuando en vez de compadecerme me alegro y doy gracias por mi aprendizaje y cuando la compasión es mi pensamiento hacia ellos. Lástima que no me pase siempre porque es muy bonito experimentarlo.

Hace unos días hablé con mi madre y pocos minutos le costó el comenzar a agredirme verbalmente. Pues cuando colgué el teléfono anticipadamente para evitar que la situación se dilatase, pedí al Señor que esto pasase como un soplo y que no quedara rencor en mi corazón. Es así como encuentro consuelo, sin venganza alguna ni siquiera en mis pensamientos. No siempre lo consigo, pero es dónde empiezo a discernir con claridad que esta la salida.

Según algunos autores la resiliencia no es un fenómeno de “todo o nada” o “de una vez para siempre” Por lo que veo hay circunstancias concretas que te traen de nuevo tu dolor a un primer plano ¿Es así?

Claro. Ocurre muy a menudo. Hay una cosa que siempre me ha perseguido, un sentimiento que no se explicar muy bien, es un sentimiento de dependencia.

Una vez me preguntaste que si mi padre había sido tan cruel como podía preocuparme lo que le pasara, y aunque es difícil de entender, creo que mas allá de lo que podemos explicar, hay un sentimiento inexplicable de unión hacia tus padres por muy malos que hayan sido. Es como un cordón que permanece y que te ata sin que te permita soltarte por mucho que te auto-convenzas de que para ti han muerto o que dejes de hablar con ellos. Es algo que no te deja en paz.

Siempre pongo el ejemplo de que es como el hijo bastardo del torero que pese a que su padre nunca lo quiso busca el reconocimiento una y otra vez aunque sea en los tribunales y aun así te planteas: ¡Pero si ni siquiera lo ha conocido como persona! ¿qué más le da? Pues no sé que pasa, pero algo pasa y la solución no está en hacer como si no existieran y simplemente cortar la comunicación. Creo que la solución está, como he dicho antes, en enfrentarte a tu rencor, miedo y hacerle frente con la misericordia, el perdón y el amor. Esa es la forma de combatir ese dolor tan, tan grande como es el del maltrato parental. No se quita solo alejándose del foco. Las heridas no se sanan y tu sensación de abandono aumenta.

Una vez me dijo un sacerdote tras hablarle del comportamiento de mi madre, que mi labor no era juzgar y arreglar, solo acompañar. El resto era cosa de Dios con ella. Me sentí aliviada pues llevaba años dándome contra un muro para hacerle ver a mi madre lo mal que se portaba. Ahora intento no guardarle rencor, perdonarla ya que aún no ha encontrado la paz y rezar para que antes de irse la encuentre.

Cuanto más juez te haces de tus padres, más juez te conviertes de todo lo que haces en la vida y tu exigencia y desasosiego no dejan de crecer llevándote a la autodestrucción.

Has aceptado el compartir tu experiencia no sólo conmigo sino con quién pueda leer estas líneas ¿qué es lo que te lleva a ello? Y ¿en qué medida crees que todo esto te puede facilitar el ayudar a niños y niñas con “infancias” tan o más difíciles como las tuyas?

La verdad es que cada historia es tan diferente y los sentimientos que se generan tan difíciles de explicar que no hay recetas.

A mí lo que me gustaría es transmitir que la salida está en que tu corazón encuentre ese amor que te faltó y ese amor tan grande creo que solo lo da Dios.

En mi caso, agarrarse a las palabras de Jesús es la manera de salvarme de una vida de agonía. Lamentarse es negarse y negar tu historia. Crecer con ella y con los sentimientos que te genera, reconocerlos, aceptarlos y combatirlos con la mayor humildad que se pueda sacar, es para mí, la puerta de salida del laberinto.

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Cerrado por resiliencia

Siempre he dicho que mantener este blog, junto con dar alguna charla, curso, etc era un mecanismo para resistir y rehacerme de trabajar en un tema tan complicado como la protección de menores en un sistema que no funciona nada más, y como mucho, medio bien. Y este mecanismo ha funcionado porque, al igual que la creatividad, la elaboración intelectual es una potente arma para la resiliencia. Nadie te puede impedir pensar.

Además descubrir, de mano de Boris Cyrulnik, el fenómeno de la resiliencia trajo aire fresco a un campo en donde el esquema que yo había conocido era: negligencia y maltrato – secuelas – nada más o catástrofe. Los ejemplos de resiliencia me volvieron a hablar de esperanza. Una esperanza realista pues la vida te cierra puertas pero muchas veces te abre otras que no esperabas. No todo depende de mi – No todo está perdido.

Pero esta vez, en mitad del sufrimiento personal y familiar por precisamente haber cruzado la frontera del profesionalismo intentando ayudar a menores en desamparo, hacen que la sóla idea de reflexionar sobre el acogimiento familiar de menores y la resiliencia me duela en el alma.

Es el momento de apoyar la cabeza no en si misma sino en el hombro de los que nos quieren y de refugiarse en otra potente arma para resistir: la trascendencia. He procurado que mis creencias no fueran un inconveniente para quien quisiera entrar en este blog. Por eso no las expondré en estas “páginas” pero me refugiaré en ellas para encontrar sentido al dolor y la sensación de sinsentido.

Es por eso que este blog esta vez va a estar cerrado, por el momento, por resiliencia.No es cuestión de estrés o incapacidad para mantenerlo. Esta vez es cuestión de supervivencia. Tengo algún compromiso de publicar algún texto que me han mandado. Eso si lo haré por respecto a su autora.

Un abrazo hasta que pase la tormenta.

 

Si tras ver el título has empezado a leer es porque, de alguna manera, te interesa el tema del acogimiento familiar

Así que ahora te pido que pienses en la última vez que viajaste en avión.

Parece sencillo. Compras un billete, te presentas en el aeropuerto, te subes a un avión y ya está. Pero la realidad es muchísimo más compleja. Tú y yo podemos viajar en avión gracias a un sistema organizado a nivel internecional, nacional y local que implica a miles y miles de personas.

Cualquier variación en una parte del sistema, que ni siquiera conoces o sabes que existe, puede acabar afectándote: los precios de los billetes suben o bajan; llegas con retraso o ni siquiera llegas a volar.

1.- En primer lugar, si no hubiera unas normas internacionales y nacionales que regularan la aviación en general y la comercial en particular, los pasillos aéreos, etc nadie nos atreveríamos a subir a un avión.

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En acogimiento familiar de menores también necesitamos (y tenemos) unas normas (códigos, leyes, decretos, órdenes…) al menos nacionales y autonómicas, que lo definen y enmarcan. Si no fuera así no podríamos distinguir el acogimiento de menores de un secuestro.

Supongo que el acogimiento de niños y niñas existe desde el principio de la humanidad pero hoy en día hacer un acogimiento al margen de lo establecido en las normas civiles sería una verdadera temeridad.

2.- Son fundamentales también los controladores aéreos. Los aviones son seguidos en todo momento por radares para garantizar al máximo la seguridad de cada vuelo. Todos sabemos, o hemos vivido en nuestras propias carnes, lo que significa una huelga de controladores aéreos.

controladores

Los acogimientos familiares necesitan de técnicos de la Administración que controlan que determinado acogimiento familiar es la mejor medida de protección para el menor en función del plan del caso que se haya establecido. Y, en definitiva, avalan que ese acogimiento es autorizado y respaldado por el organismo competente en protección de menores.

Por cierto, cuando se ponen de baja, se toman vacaciones, o son muchos menos de los que deberían haber también repercute en los acogimientos en vuelo o en los que tienen que despegar.

3.- De nada serviría que existiera todo lo anterior si no hubiesen compañias aéreas dispuestas a fletar aviones para cubrir determinados destinos. Ellas se beneficían, pues son un negocio,  y de paso nos brindan una posibilidad de llegar a sitios donde de otra manera sería costoso o imposible.

Al menos en España, las Comunidades Autónomas son las encargadas de promover y posibilitar en acogimiento familiar, especialmente aquel realizado por familias ajenas al niño. Así, por ejemplo,  hace tan sólo 25 años no en todas las autonomías españolas el acogimiento familiar de menores era algo real.

Al poner el recurso en marcha las Comunidades Autónomas salen beneficiadas (se ahorran una “pasta” frente al acogimiento residencial) y los menores, no cabe duda, también.

4.- Los aviones comerciales no despegan sin un plan de vuelo. No te subes al avión y se hace una encuesta entre los pasajeros para decidir el destino. El destino y la ruta del avión está bien definidos desde mucho antes de despegar y no depende ni de los pasajeros ni de la tripulación (excepto emergencia, claro está)

Cuando se decide que un menor esté acogido por una familia se supone que se hace en el marco de un plan del caso. Se ha determinado si es para que vuelva con su familia en un tiempo; si es hasta su mayoría de edad o si es para darle unos padres nuevos. A veces el destino puede cambiar durante el viaje porque acontecen cosas que no pudimos o supimos controlar.

Incluso se ha creado un acogimiento para cuando todavía no hay plan: el acogimiento de urgencia-diagnóstico. Curiosamente las familias que se ofrecen para este tipo son las que menos niveles de incertidumbre tienen: el niño o niña no se quedará en casa pase lo que pase.

5.- Las condiciones atmosféricas pueden facilitar o complicar los vuelos.

No será lo mismo un acogimiento familiar con la aceptación y colaboración de la familia de el o la menor que sin ella. Ni con la ayuda de los servicios sociales implicados o sin ella. Ni con la comprensión y el apoyo de la sociedad en general (“cultura del acogimiento“) que con su extrañeza o incluso su suspicacia.

6.- De momento un avión no vuela sólo todo el rato (si gran parte del vuelo). Se necesita una tripulación y especialmente de pilotos.

pilotos

Si eres familia acogedora, tu eres el/la piloto del acogimiento. ¡Ni más! ¡Ni menos! Y eso significa que hay cosas en la que eres soberano o soberana para decidir (una determinada maniobra, una actuación de emergencia…) y otras en las que, si todo va bien, no tienes opción de decidir (el destino o la ruta, por ejemplo)

7.- Pero los y las pilotos no pueden atender ellos solos al pasaje. Necesitan otras personas para completar la tripulación: los y las auxiliares de vuelo. Imagina que los pilotos tuvieran que servir el catering. Por mucho piloto automático que haya en los aviones nadie nos sentiríamos tranquilos pidiéndole un café al comandante de la aeronave.

auxiliares

Tus hijos, si los tienes, te acompañan en el acogimiento. También los familiares, amigos y conocidos te echan una mano en la atención al niño o niña acogida. Y a conciencia incluyo a los y las profesoras (más de la mitad de tu energía psiquica se va a consumir con cuestiones del ámbito escolar)

Tu mandas en el vuelo pero como el resto de la tripulación se te subleve te la pueden liar parda.

8.- Y para que tu avión haya despegado se ha necesitado un ejercito de personas que han tenido que hacer algo previamente o regularmente con el avión y los pasajeros: limpiarlo, repostarlo, revisarlo, arreglarlo, registrar y cargar los equipajes, comprobar los billetes… (personal de tierra, mecánicos, auxiliares de limpieza…)

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La Administración suele poner a disposición de los acogimientos equipos multidisciplinares para que estos lleguen a buen término. Su función es apoyar, mediar y controlar. No pilotan y no vuelan (no acogen) y no parecen esenciales. Pero un fallo de ellos puede poner en graves problemas un vuelo.

9.- Y todo esto sólo tiene sentido para llevar pasajeros. Puedo asegurar que nunca habrá una compañía que haga un puente áereo entre Valencia y Alicante porque tenemos opciones de hacer el viaje en coche, autobus o tren en menos tiempo del que nos llevaría el viajar en avión (incluyendo el tiempo previo necesario)

No tiene sentido promover el acogimiento de un o una menor para una situación que se puede solucionar con una ayuda económica a su familia, o con un auxiliar de ayuda a domiclio o con un centro de día de menores.

Los menores acogidos son indudablemente los beneficiarios de todo este complejo sistema. Pero que no se nos olvide que no todas las personas pueden volar. Las que tienen fobia grave a ello, las que tienen problemas coronarios muy serios; las borrachas y los terroristas no deben hacerlo. ¿Todo niño es acogible?

Esta metáfora, como toda metáfora, es imperfecta pero a mi ayuda a entender varias  cosas. Apunto solamente 4 de ellas.

A) La complejidad del acogimiento familiar de menores. Si piensas que acoger es tan sencillo como meter a un niño o niña desconocido (o hijo de un familiar) en tu casa para cuidarlo y quererlo, quizá también puedas atreverte a pilotar un Boing 747, el famoso “Jumbo”.

747

B) Sin pilotos no sirve de nada tener aviones. Pero sin el resto del sistema subir a un avión sería tan arriesgado como meter una bala en un revolver, girar el tambor y dispararse en la sien.

C) Está demostrado que la mayoría de los accidentes aéreos tienen una multicausalidad. Cada fracaso de un acogimiento (habría que analizar lo que es eso) está provocado por un fallo generalizado del sistema o un fallo múltiple en el mismo.

D) Si eres piloto lo mejor que puedes hacer por el niño o niña es pilotar bien. Si eres controlador, controlar bien. Si eres mecánico, arreglar. La cosa se pondrá mal si el mecánico, pilota; el piloto, controla el espacio aéreo, y el controlador arregla las averías.

En definitiva, en mi humilde opinión, ser familia de acogida no es cuestión de pelotas sino de pilotos.

Ahi lo dejo. Por si te sirve.

Y si no, lo tiras a la papelera de métaforas fallidas.

Post/eridad

(Como nunca se sabe… he preparado este borrador para Wikipedia)

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Psicoflexología

Psicoflexología (Del griego psique; del latin, flexum y del griego logos) Rama de la psicología que se interesa, teóricamente y de forma aplicada, por la flexibilidad cognitiva o mental, como un elemento esencial del fenómeno de la resiliencia humana.

Orígen

Con independencia de distintas tradiciones religiosas y filosóficas que habían abordado el tema, así como otras disciplinas o escuelas psicológicas modernas o contemporáneas (como la Terapia de Aceptación y Compromiso, por ejemplo) se puede fechar el inicio de la Psicoflexología el 16 de octubre de 2016 cuando el psicólogo valenciano (España) Francisco Javier Romeu Soriano (1960 –        ) publica un post un su blog http://www.disparefuturo.wordpress.com recomendando un libro de Matteo Rampin para favorecer la flexibilidad mental de un potencial interlocutor.

El autor propuso este nombre dado que ya aparecían en Internet expresiones como “Pilates Mental”

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Fundamentos

Romeu mantenía que:

  • la resiliencia es un fenómeno complejo en el que se interrelacionan aspectos culturales, sociales, afectivos, cognitivos, biológicos…
  • consideraba que los aspectos cognitivos han sido los menos estudiados hasta el momento y por ello se decide a impulsar esta nueva disciplina.
  • desde el punto de vista cognitivo o mental la cualidad favorecedora de la resiliencia no es la fortaleza sino la flexibilidad, es decir, la capacidad de adaptarnos mentalmente a una nueva situación cuando la vida nos ha golpèado con fuerza o persistentemente.
  • mantenía que se pueden reconocer en las personas en las que se ha dado la resiliencia movimientos mentales caracteristicos de dicha flexibilidad mental. Algunos de ellos son:
    • el reconocimiento de límites
    • el contraste o la comparación. Puede ser temporal o histórica o no, real o imaginada
    • el cambio de lenguaje
    • el cambio de perspectiva

Desarrollos posteriores

Aunque F. J. Romeu fue capaz de intuir aplicaciones comerciales en terrenos hoy en voga como el Coaching o el tirón editorial de la felicidad, y a pesar de su privilegiada pero ajustada economía familiar, renunció a cualquier aventura en este terreno.

Más bien, y en consonancia con el título y subtitulo de su blog (“Diseñando pasados Recordando Futuros. La relación de ayuda desde el fenómeno de la resiliencia) estába más interesado en las aplicaciones encaminadas a mejorar la relación de ayuda, profesional o no. Es célebre su frase: “Dejémonos de una vez de buscar y vender la puñetera felicidad personal y esforcémonos en preparar a nuestros hijos, alumnos… para una vida cambiante y en ayudar a quien ha sido golpeado por ella. Y quizá de paso consigamos lo primero. O no.”

Lenguaje y resiliencia

Aún hoy en día, Romeu da una gran importancia al lenguaje como elemento modulador de la realidad. No obstante, como algunos pretenden, no recomendaría enfrentarse a un tigre repitiendose hasta la saciedad “¡Qué lindo gatito! ¡Que lindo…!

Resultado de imagen de matteo rampin miralo maneraMuchos ejemplos de cómo un cambio en el lenguaje puede provocar una interpretación de la realidad mucho más adaptativa se pueden encontrar en el libro motivo al post iniciatico de la Psicoflexología:  “Míralo de esta manera. Prontuario para cambiar la realidad cambiando las palabras” (Editorial Alianza, 2016) del terapetua estratégico italiano Matteo Rampin (Había sido ya publicado por la misma editorial con el título de “El trigo y la cizaña” y el mismo subtitulo)

Este autor ya había publicado en España “Vender la moto. Trucos de la manipulación del lenguaje” y “Pensar como un mago. Resolver problemas con el pensamiento ilusionista” (Alianza Editorial) y “La palabra justa. Aforsimos para una comunicación eficaz” (Editorial Paidos) todos ellos recomendados por Romeu.

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Libros muy paradójicos, especialmente el ahora reeditado, pues con un tamaño siempre de bolsillo y muy pocas páginas (y un precio en consonancia) se tarda mucho en leerlos dado que es muy fácil que tras cada capítulito el lector se quede unos minutos dándole vueltas al contenido. Son libros de “leer y rumiar” ha afirmado Romeu.

En “Míralo de esta manera…” (con una portada acertadísima) Rampín nos condensa, en una o dos frases, una manera de ayudar a un interlocutor atrapado en una situación mental que no favorece para nada su bienestar. Rampin ofrece 72 respuestas a otras tantas “frases-trampa” muy habituales. Por ejemplo si alguien afirma que “No tengo la fuerza para cambiar” le podemos reconocer que “Ello requiere un gran esfuerzo” porque es prácticamente imposible no cambiar dado que en la vida todo cambia. O a quien te dice que siempre fracasa le podrás preguntar cómo consigue no fracasar en fracasar.

Otro ejemplo de la relación entre lenguaje y resiliencia, pero en el sentido inverso, es el de como algunas personas que han experimentado la resiliencia han sido capaces de condensarla en una sóla frase para titular el relato de las mismas.

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Tres ejemplos de una gran flexibilidad mental. La necesaria para dejar todo para cuidar a una hija con una enfermedad incurable; para pasar de campeón de esquí acuático a campeón de la silla de ruedas; y para pasar de médico a enfermo.

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Milly Cohen lleva ya varios años asomandose desde México por este blog. Primero con comentarios a algunos post, luego con un post redactado a medias con un servidor, y por tercer año consecutivo para anunciaros ya el próximo seminario intensivo que coordina para ayudar a los asistentes a desarrollar fortalezas y construir resiliencia.Os dejo la información sobre el mismo.

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Es para mi un honor poder difundir este semimario que se celebrará el próximo mes de febrero.

Aunque en la serie “Cruzando el umbral digital” suelo reflexionar sobre los peligros de no adaptar nuestro comportamiento al contexto virtual, no puedo dejar de reconocer que este blog no ha dejado de darme alegrías al ponerme en contacto con gente tan interesante como, por ejemplo, Milly.

Un beso, Milly. Te deseo mucho éxito en la edición del 2017.

P.D. Aprovecho para informarte que la tasa por publicidad en este blog es un texto tuyo sobre resiliencia que me permitas publicar en él.

(Es broma)

(O no)