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Esta tarde en uno de los jardines de mi ciudad. En una zona destinada a que los niños circulen en bicicleta, patines o monopatín.

Presentación1

Ato a la perra y me siento a leer. Estoy con los “Mitos de la felicidad” de Sonja Lyubomirsky (Editorial Urano).  Frecuentemente levanto la mirada pues estoy en “modo supervisor”. Tengo a mi cargo a tres niños. En una de estas exploraciones paternas me llama la atención algo.

Cerca de mí, un poco a la derecha, una niña hace unos gestos raros de cara a la pared de un quiosco que está cerrado. La niña tiene las manos frente a su cara, palma contra palma, y realiza un balanceo suave con todo el cuerpo, se inclina un poquito y se vuelve a incorporar. La sombra de su cabeza y sus manos se proyecta sobre la chapa metálica de la caseta.

Como la veo casi desde atrás sólo veo que es muy morena. Se me ocurre pensar que es hindú y que está realizando alguna forma de oración o ritual. Pero lo descarto porque ¿de cara a una pared en un parque lleno de niños?

Me mantengo atento y descubro que el balanceo es para coger impulso, abrir los brazos y desde atrás proyectar sus manos al suelo. Ya lo tengo. La niña está intentando lo que por aquí se llama “hacer el pino” es decir, conseguir ponerse en posición invertida, con las manos en el suelo y las piernas en alto apoyando los talones en la pared.

Imagino que es un ejercicio que le van a exigir en Educación Física o simplemente es que quiere hacer lo que alguna de sus amigas hace con facilidad y ella no.

La niña no es gordita pero no tiene tipo de gimnasta ni parece especialmente ágil. Además ya he podido comprobar que no es hindú sino que parece recién aterrizada del altiplano boliviano o peruano.

Empieza a lanzarse con las palmas hacia el suelo. Tímidamente. Pero se vuelve a incorporar porque sus piernas apenas despegan del suelo. Una y otra vez. Le falta decisión. Pero insiste.

Mi memoria se dispara a cuando yo, como ella, tenía unos 9, 10 u 11 años. También era un niño rellenito. Sólo conseguí el valor suficiente para proyectar las piernas contra la pared cuando el profesor de gimnasia estaba examinándonos de “el pino” y dijo mirando en la lista: “Romeu”. Uno de los pequeños momentos memorables de mi infancia. La necesidad de aprobar me levantó las piernas. Por cierto, jamás he vuelto a hacerlo ni intentarlo.

La niña sí lo intenta. No una, ni dos, ni tres veces. Se pasa al menos 10 minutos dale que te pego. Observo que ya despega los pies del suelo. Cada vez más aunque las deja encogidas y por tanto vuelve a caer. Sin embargo me deja perplejo su constancia. Pienso, no sé muy bien porqué,  que esta cría llegará a donde le de la gana.

Finalmente la niña, toda sudada, se inclina y coge unas gafas que estaban en el suelo. Se las pone y se va tranquilamente hacia otra zona del parque.

Así que vuelvo a leer. Me está gustando la idea de “adaptación hedonista” por la cual nos acostumbramos muy rápido a lo bueno y cómo contrarrestarla.

Pero al rato veo volver a la niña. Ahora acompañada de la que indudablemente es su madre. Viste chándal y es bajita, robusta y con un trasero plano muy propio de su etnia.

La madre se coloca de lado junto a la pared y mirando a su hija. Ésta vuelve a intentar el pino. Las piernas no llegan a ponerse en vertical. La madre observa. Al segundo intento las piernas casi llegan a su objetivo. Rápidamente la madre le sujeta las mismas y con con suave empujón las proyecta sobre la pared. Será la última vez que la toque.

La niña se incorpora y vuelve a intentarlo. A veces no se levanta suficientemente y otras sí, pero se desploma hacia la pared y el culo queda apoyado en el quiosco. La madre con expresión serena pero firme le hace indicaciones a su hija. A veces golpea con la mano el lugar de la plancha donde deberían caer los pies.

En dos ocasiones oigo algo. En una ocasión le oigo decir “estás insegura y por eso colocas las manos así…” En otra ocasión oigo la palabra miedo. La niña cada vez que se incorpora escucha a su madre. Nunca protesta. Simplemente asiente con la cabeza. Y lo vuelve a intentar. En pocos intentos el porcentaje de éxitos aumenta. La madre mantiene la misma expresión. Cuando la niña lo consigue no da saltitos de alegría ni le dice nada especial. Simplemente cuando cree que su hija ya lo ha conseguido tranquilamente se dirige a la valla donde ha dejado sus cosas.

Pero la niñas sigue practicando. La madre se detiene y espera. Tras varios intentos y algún éxito más la niña parece convencerse que ya le ha cogido el truco. Finalmente la niña se vuelve para irse con su madre.

Me tengo que reprimir seriamente para no acercarme a ellas y felicitarlas. A la niña por su constancia y a la madre por su forma de ayudar a su hija. Finalmente no lo hago pero me da rabia no haberme atrevido.

Acabo de presenciar una escena de una relación de ayuda perfecta. Una coreografía de sinergia interrelacional.

Una niña que se propone un reto. Una niña que lo intenta y lo intenta, progresando poco a poco. Una niña que reconoce que necesita una pequeña ayuda y la pide o la acepta. Una madre que no hiperprotege. Que no se altera. Que da el empujoncito oportuno y perfecto. Una madre que reconoce rápidamente que el problema de su hija está en la actitud y no en la aptitud. Pero que no se lo reprocha sino la estimula. Una madre que no celebra neuróticamente el éxito de su hija.

La madre ha hecho lo justo para que su hija haga el pino. Ha dado un pequeño empujón y le ha insuflado seguridad pero dejando que ella lo resolviera. Ni más ni menos.

Quizá en este momento estén en casa y la madre le pegue una bronca descomunal por haberse equivocado en una división. O quizá le haga la redacción para que su hijita no tenga que hacer tantos deberes. Pero, visto lo visto, no lo creo.

Si tuviera esta escena grabada en un video la pondría en más de un curso o charla. Pero como no es así, aquí la dejo.

Microcasos (2)

Extra-escolares

Ella se lo propuso mientras bajaban en el ascensor para irse a trabajar. A él le pareció bien llevar a los niños a practicar Mindfulness. Cuando por la noche se sentaron derrotados en el sillón intentaron ver cuándo podría ser. No pudieron encontrar un hueco entre las clases particulares, el conservatorio, las clases de tenis y las de chino. Pero acordaron no darse por vencidos. Harían todo lo posible por que su hija y su hijo deasarrollaran una atención plena en una agenda plena. Así cuando se estresaran sabrían entender y controlar sus pensamientos y sus emociones.

 

Acompañar

Mi dolor me llevó a contar lo que me sucedió a diez personas. Tres de ellas no me creyeron. Dos sí lo hicieron pero me dijeron que no sería para tanto. Una me dijo que lo suyo había sido peor y me lo contó de cabo a rabo. Otras dos me dijeron bien clarito lo que tenía que hacer y una me sugirió que si yo no hubiera… Y tu no me dijiste nada. Pero aquí estás.

 

Basado en hechos reales

La abuela apenas ya salía de si misma. Pero algo cambiaba cuando Juanito estaba en la habitación. Parecía asomarse de nuevo a las ventanas de sus ojos para verlo corretear de un sitio a otro. Quizá porque él ni sabia ni le importaba un pimiento que estuviera secuestrada por el Sr. Alzheimer.

Abuela con Alzheimer

Premio

Aquella mujer tenía tanto y tan buen sentido del humor que cuando le dieron un premio por ello no le hizo ninguna gracia.

 

Sobran las palabras

He regresado a los microcuentos y ahora me apasiona lo micro. Sueño con un microblog, microposts, microcharlas, microlibros, microconferencias, microcursos, micromasters. Ya se me pasará.

 

 

 

Casualidad, Dios, destino o simplemente un cerebro que une acontecimientos ¿Qué más da?

Tengo una amiga (ella sabe quien es) a quien la adversidad ha vuelto a llamar a su puerta. No como en su infancia que fue una amiga inseparable. Ahora de imprevisto, sin ser invitada, sin modales, casi pegando una patada en la puerta.

Por mi cabeza pasó la idea de escribir algo por y para ella. Lo había descartado porque… ¡Qué dificil es acompañar en el sufrimiento! ¡Qué facil hablar por hablar! ¡Qué fácil escribir desde la barrera! Así que lo descarté.

Y entonces otra amiga, Reyes Adorna, me manda un texto por si le quiero dar vueltas para un post. Pero es un texto rotundo y redondo. Cualquier cosa que yo escribiera sería una malísima versión. Así que le pido un favor. Déjame que lo publique tal cual y se lo dedique a mi otra amiga. Y con su permiso y su generosidad, que va más allá del texto, aquí esta y lo copio con mi admiración hacia las dos.

LA VIDA COMO TUTOR DE RESILIENCIA

Quería hablarte de una obra de teatro, breve y tremenda, de Camus, y de su interpretación del personaje que le da título al libro: Calígula.

Calígula es el emperador de Roma. Al conocer la muerte de su hermana, despierta a la realidad de su propia vulnerabilidad, y sobre todo, descubre lo imprevisible de la vida. Trastornado, decide comportarse como los mismos dioses, y ser el “pedagogo” que le abra los ojos al mundo, sembrando la tiranía, el caos, o la tortura en su pueblo. Su objetivo es que todos despierten cada mañana con la certeza de que puede ocurrirles cualquier cosa, a ellos o a los que les rodean. Sus consejeros tratan de disuadirle. La gente no quiere saber, le dicen, queremos vivir con nuestra ingenuidad, sin el temor constante hacia un sufrimiento posible… Pero Calígula se mantiene firme. Él debe responder a su “misión”, debe enseñar al pueblo lo que él ha aprendido. Al final, cuando lo asesinan, se mira en el espejo y dice algo así como: “Calígula vive”, porque sabe perfectamente que aunque la gente quiera “matar”, silenciar, o evitar la voz de lo imprevisible, ella estará con nosotros siempre, acompañándonos en nuestro recorrido vital.

Esto lo saben muy bien aquellos que atraviesan una enfermedad, o los que pasan o han pasado por una situación límite o han vivido la experiencia de un accidente casi mortal, porque estas circunstancias nos hacen casi siempre despertar, y son como ese Calígula que nos recuerda que cada día puede ser el último, un Calígula que nos enseña que la muerte nos mira de reojo a todos.

Podría tomar la perspectiva que me lleve a pensar que es terrible vivir con esta certeza, pero no lo voy a hacer. Porque pienso que descubrir a la muerte a nuestro lado nos amplía la mirada, y nos hace ver a la otra compañera de viaje que a menudo pasa desapercibida, que es la vida. Ella también estará a nuestro lado hasta el final, ella puede convertirse en nuestro tutor de resiliencia cuando todo falla, ella puede regalarnos esa “otra” libertad de la que hablan los sabios, aquella que nadie nos puede quitar, que es la profunda admiración del extraño milagro de estar vivos. Ningún Calígula puede destruir eso mientras lo estemos.

Reyes Adorna

(1) Reyes es la autora del libro “PRACTICANDO LA ESCRITURA TERÁPEÚTICA. 79 EJERCICIOS”,  de la editorial DDB, que ya hemos reseñado en este blog

Microcasos

Yo, mi, me, conmigo

Le encontraron muerto sepultado por cientos de libros de autoayuda y desarrollo personal. Sólo quedaba al descubierto su mano derecha que agarraba un móvil. En el rigor mortis el pulgar seguía apretando la tecla de llamada. Sólo había un número en sus contactos. El de su Coach.

Asertividad

Aquel día explotó y se dijo así misma que ya no iba a callarse. Diría todo lo que pensará. Empezó a hacerlo y desde entonces sólo ha parado de hablar cuando duerme. Están pensando en internarla.

¡Yes, We can!

El equipo había remontado ya tres goles. Necesitaba uno más para superar la eliminatoria y el estadio entero gritaba: ¡Sí-se-puede!¡Sí-se-puede! ¡Sí-se…! Cuando el arbitro pito el final se hizo un gran silencio. De repente se oyó una voz: ¡No-se-ha-podido…Y-no-pasa-ná¡ Poco a poco toda la afición se fue sumando y de nuevo el estadio gritó como una sola alma: ¡No-se-ha-podido… Y-no-pasa-ná! ¡No-se-ha-podido.. Y-no-pasa-ná!

Fantasía íntima

- A veces me imagino que estoy con una mujer madura-

- Bueno a muchos hombres les pasa, no es…-

- Disculpe, me he expresado mal. A veces me imagino que estoy con mi mujer madura. Y fantaseo que cumplimos las “Bodas de Plata”… y “de Oro”

El psicólogo no supo que decirle

Pareja de ancianos paseando por un parque con árboles y unas vallas

El regreso

Empecé a escribir este blog para mí. Cuando me di cuenta de que alguien lo leía empecé a medir lo que escribía en él. Pero de vez en cuando hay que volver a los orígenes.

POST POST

Después de publicar este post Reyes Adorna fue tan amable de enviarme un microcuento de Jordi Cebrián de su colección Cien palabras y que la propia Reyes colgó en su día en su blog (parado por el momento). Me parece genial y con la misma idea de fondo que Yo, mi, me, conmigo

“Tengo una amiga que ha caído víctima de los libros de autoayuda. Empezó como un pasatiempo inocente, pero pronto empezó a criticar a todos por no sé qué zonas erróneas que tenían. Luego se volvió asertiva, tanto que daba miedo, y así fue perdiendo amistades. La fui a ver ayer, y estaba haciendo tai-chi, creo, en una posición muy rara, y me dijo que había aprendido a respirar, que hasta ahora no sabía. Como se ha vuelto autosuficiente y segura de sí misma, tanto le da todo, sin miedo alguno a decir que no, pero sin nadie a quien decírselo”.

No he tenido un lapsus en el título. No he puesto la erre de profesionales en un acto deliberado.

Porque quitándole la erre a esa palabra se consigue un efecto similar a ponerse inesperadamente una nariz de payaso. Si quieres comprobarlo ves a un espejo y di primero en voz alta: “Soy un (o una) profesional”.  Luego sin cambiar la cara di: “Soy un (o una) pofesional”. A las comisuras de tus labios les costará no elevarse.

Lo que si es seguro es, si lo has hecho, cosa que dudo, que pensarás probablemente: ¿Pero que idiotez estoy haciendo porque un tipo en un blog…? Tranquilízate pensando que a veces el humor y una imagen es más potente que las nosecuantas palabras que van a venir a continuación.

Todo esto viene a cuento de que el otro día quise comprobar una frase atribuida a Teresa de Ávila y que yo recordaba como “la humildad es la verdad”  y que siempre me había llamado la atención. Así que le pedí ayuda al Sr. Google que me indicó que la frase, que corresponde a su obra Las Moradas, es en realidad “La humildad es andar en la verdad”. Que en el contexto de su pensamiento es lo mismo que decir «andar en verdad ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos»

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O de otro modo, el que tiene humildad tiene una visión más certera de la realidad y por tanto está más en la verdad.  Tienes su lógica. Si yo me enorgullezco de mi mismo es posible que me vea superior a lo que en realidad soy y que de paso vea inferior a muchos otros (deformo mi visión de mi mismo y de los demás). Y de igual modo podríamos pensar que si me siento inferior, que puede parecer humildad pero no lo es, también veré la realidad deformada por mi pequeñez.

Por eso es importante señalar que en Teresa de Jesús esta última postura no es exactamente de humildad porque para ella la verdad (que viene de andar en la humildad) es “conocer cada uno lo que puede y lo que Dios puede en él” Por tanto para ella la verdadera humildad nada tiene que ver con el autodesprecio o la minusvaloración. Es más puede que esta actitud sea una verdadera ofensa a Dios al negar su omnipotencia. Lo que yo, ser limitado, no puedo, lo puede en mi el mismísimo Dios. Y si niego esto último es que no creo en Dios.

Pero, antes de que pienses que te has equivocado de blog y que has entrado en uno de teología en vez de uno sobre uno sobre la relación de ayuda a la luz del fenómeno de la resiliencia, quita la palabra Dios y cámbiala por Vida. Y es aquí donde podemos hacer una reflexión para la relación de ayuda profesional.

Según lo anterior un verdadero profesional es aquel que conoce lo que puede hacer y conseguir como tal pero también lo que la Vida puede hacer con la persona a la que intentamos ayudar. Por tanto un buen profesional es capaz de ver, intuir o sugerir  posibilidades para su paciente, cliente, alumno o alumna…. más allá de su propia intervención.

O desde el prisma contrario, el profesional orgulloso no es capaz de aceptar que, además de su propia actuación, la vida en ocasiones nos cambia el escenario de un día para otro. Unas veces para mal, pero otras para bien. A veces la vida es muy cabrona (por eso mucha gente necesita ayuda) pero como dice maravillosamente Juan Manuel Serrat:

De vez en cuando la vida
nos besa en la boca
y a colores se despliega
como un atlas,
nos pasea por las calles
en volandas,

y nos sentimos en buenas manos;
se hace de nuestra medida,
toma nuestro paso
y saca un conejo de la vieja chistera
y uno es feliz como un niño
cuando sale de la escuela.

El profesional engreído, está tan metido en su papel que, olvidándose de la vida, se carga a sus espaldas la responsabilidad de ser la única opción de salir adelante de la persona que le pide ayuda. Y si la cosa no resulta sentenciará: “Es un caso sin solución”

Hace no mucho estaba tomando un café con una persona a la que intentaba ayudar a entender que los ataques de pánico se generan cada vez que paradójicamente intentamos frenarlos o evitarlos. Estábamos en un bar porque no me dedico a la clínica. Pero como no dejo de ser persona (y de momento no cobro por serlo) a veces me tomo un café o refresco con quien necesita algo de mi.

La situación estaba un poco bloqueada por el hecho de que esta persona no tenía trabajo y eso le deslizaba también hacia la falta de motivación para afrontar sus problemas. Pensé para mis adentros: ¡Ojala la vida le regalara un trabajo!  que le obligara a no hacerle caso a sus ataques de pánico.

No tengo poderes ni enchufe celestial pero a los cinco minutos le sonó el teléfono. Era una llamada para pedirle que el lunes fuera a una entrevista para sustituir a una persona en el sitio donde la persona que llamaba trabajaba. El trabajo se concretó y anteayer pude comprobar que efectivamente, la necesidad de mantener un trabajo que le encanta le ha hecho experimentar que todos los ataques de pánico se pasan, y sobre todo si los aceptas y abrazas como a un amigo inoportuno, cosa que yo no había conseguido en dos meses.

Por eso creo que estudiar la resiliencia no resta nada a los profesionales de la relación de ayuda sino que suma. Nos ayuda a pensar más allá de nuestras técnicas concretas y ayudar a las personas a abrir y desarrollar posibilidades.

Cuando leí “La maravilla del dolor” de Boris Cyrulnik donde empecé a conocer la resiliencia lo viví como aire fresco para mi profesión. Una brisa suave que resumo parafraseando un refrán judío: “No puedes salvar a todo el mundo, pero si salvas a uno, salvas el mundo entero”

Por eso prefiero quitarle la erre de resiliencia a la palabra profesional. Porque un profesional es importante, muy importante en muchos casos. Pero la vida y la resiliencia se desencadena tanto a partir del trabajo de un buen profesional (que sabe y acompaña) como desde otros muchas circunstancias de la vida de los que necesitan ayuda.

El o la pofesional (sin erre) es, por tanto, a mi entender el que, tomándose suficientemente en serio, sabe lo que puede y lo que no puede conseguir, pero también, no pasándose en su orgullo (nariz de payaso) ayuda también a la persona a mirar la vida para detectar potenciales tutores de resiliencia.

Cómo aquel catedrático de medicina (ya lo he contado) que no teniendo tratamiento que ofrecerle a un chaval le sugirió que estudiase medicina ofreciéndole, probablemente sin saberlo, un tutor de resiliencia. Catedrático y ¡todo un pOfesional! que consiguió mirar a su paciente más allá de su profesionalidad.

Porque muchas veces no situamos como profesionales con una prepotencia que tira de espaldas. Yo al menos.

¡A cuántas reuniones he asistido, no a recabar información de otros profesionales, sino a defender a capa y espada mis puntos de vista!

¡Cuantas catástrofes he pronosticado simplemente porque yo (o mis compañeras/os) no hemos encontrado las claves para ayudar a alguien!

¡Cuántas veces he recurrido al concepto de “resistencia al cambio” para poder digerir mi incompetencia!

¡Cuánto “proteccionismo ilustrado”! (todo por el niño pero sin el niño)

Quizá haya que proponer a las Universidades un módulo de créditos libres llamado “Concepción teresiana de la humildad y profesionalidad”.

El título tira para atrás pero en realidad se trataría de analizar la relación de ayuda (profesional) a la luz del fenómeno de la resiliencia”

¡Anda! ¡Cómo se parece esto al título de este blog!

Me imagino (porque no la conozco personalmente, aunque creo haber coincidido con ella en más de una ocasión) que Pepa Horno no tenía ninguna necesidad de escribir este libro que acaba de publicar la editorial Desclée de Brouwer (DDB). Pepa es una profesional reconocida a nivel nacional e internacional en el ámbito, entre otros, de la defensa y protección a la infancia. Y, por otra parte, ya tiene un buen número de artículos y libros publicados que le abren las puertas del mundo editorial. Se trata del libro “Elegir la vida. Historias de vida de familias acogedoras”

ELEGIR LA VIDA. Historias de vida de familias acogedoras

Por eso mismo creo que Pepa se merece un aplauso especial. Porque ha aceptado el encargo de escribir un libro acallando su voz experta para darle volumen al de las familias acogedoras que se han brindado a contarle sus historias.

Me puedo imaginar también que Pepa, si leyera este post, diría que en realidad el mérito es de ellas, de las familias. Tendría toda la razón pero como yo formo parte de una de ellas no voy a “tirar flores sobre mi propio tejado”. Lo nuestro no es mérito sino inconsciencia irreversible.

Si podríamos estar plenamente de acuerdo que hay que agradecer a la Fundación Acrescere la idea de este libro. Nada que objetar. La idea de recoger experiencias variadas, reales y realistas de familias acogedoras para, entre otras cosas, servir a familias que están pensando la posibilidad de acoger a menores con medidas de protección, me parece absolutamente acertada puesto que apenas existen publicaciones en este sentido en España (si algo más sobre adopción).

De hecho conocía (y tengo) el libro de María Arauz de Robles “Adivina quién llama a la puerta. La aventura de ser un niño acogido” (Cinco historias reales para comprender el sentido de las familias de acogida) publicado en 2011 por la editorial Sekotia pero que curiosamente no se encuentra ¡ni en la web de la editorial!

Por ello, y teniendo en cuenta que con cierta frecuencia recibo emails de familias acogedoras que han leído alguno de los posts sobre acogimiento en este blog,  es para mi una maravilla tener ahora la posibilidad de recomendar este libro, en una editorial de primera línea y a un precio totalmente atípico y asequible.

Y termino con el deseo de que la joven Fundación Acrescere se consolide en su contribución a la protección de menores en España y en la Cooperación internacional.

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No hace falta que te guste el rugby para quedarte asombrado viendo alguno de los videos que recogen las mejores jugadas del ex-jugador neozelandés Jonah Lomu. Aquí te dejo un video pero si no tienes tiempo, tu conexión es mala o no te apetece te cuento yo mismo lo que verás en él.

Verás a un tipo originario de Toga (Polinesia) de 1,96 metros de altura y 120 kg de peso (lo que se suele decir “un armario ropero”) correr como si fuera un velocista (100 metros en 10´3 segundos) y a veces incluso con dos o tres contrincantes enganchados a él sin conseguir pararlo. También verás que, aunque es extrañamente ágil para su tamaño, a Jonah no le va mucho eso de esquivar. Prefiere simplemente derribar al que pretende pararlo. Para qué cambiar de rumbo si, antes de que me cojan, puedo cogerlos a ellos y empujarlos o desequilibrarlos. Y si no puedo y un tipo se interpone en mi camino siempre queda el recurso de seguir corriendo y pasar por encima de él.

Puede parecer que esta asombrosa capacidad para seguir adelante a empujón limpio se deba sólo a su envergadura y velocidad. Pero hay una explicación más. Jonah proyectaba en el campo de rugby una ira interna acumulada a lo largo de su infancia (es é y no yo quien lo dice). La ira contra un buen padre que cuando bebía, y lo hacía frecuentemente, se convertía en un hombre violento y maltratador.

En un documental sobre él reconoce que su infancia no fue normal y que se crió en un barrio muy difícil, donde vio morir acuchillado a un amigo, y donde se iba a dormir debajo de un puente cuando sus padres se peleaban. Pero lo que más le costó aceptar fue que su padre cada vez que bebía se convertía en un monstruo.

Cuando su madre se interponía, lo que ocurría casi siempre, la que recibía era ella, algo que golpeaba el alma de Jonah con igual violencia o más violencia que los puños de su padre.

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Es curioso pero el otro día volví a ver en televisión la historia de Michael Oher, también jugador de rugby (esta vez americano) y donde se refleja (la película es The Blind Side) como la rabia interior puede canalizarse en la práctica del deporte.

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Pero volviendo a la historia de Lomu hay que señalar que no sólo es una historia de recibir y dar golpes sino también de los golpes de la vida, que a veces también parece beber lo suyo.

En plena carrera deportiva a Jonah Lomu se le diagnosticó una enfermedad en sus riñones que le obligó a la diálisis y le sentó en una silla de ruedas. Dicen que Jonah rechazó cualquier trato de favor por su fama cuando estaba en espera de un donante de riñón. Finalmente, en un acto de esos que te dejan con la boca abierta, un periodista amigo suyo le  ofreció uno de los suyos. La noche antes del trasplante Jonah trató de disuadirle pero fracasó. Lomú se recuperó y volvió, tras cuatro años inactivo, a jugar al rugby pero ya no al nivel que antes.

Una historia que ADIDAS recogió en un spot para su campaña “Nada es imposible”.

No hay que quitarle  un ápice de mérito a Jonah, pero el anuncio hubiera sido mucho más realista si hubiera aparecido en él Grant Kareama, el donante del riñon. Me hubiera gustado más si el lema hubiera sido “Nadie es imposible… Ni aunque cueste un riñon”

En todo caso Jonah (“With the little helps from my friends”) consiguió zafarse de la muerte. Pero hace dos años la vida le volvió a placar y sus riñones dejaron de funcionar. Volvió a la diálisis.

No he podido averiguar si se le ha realizado un segundo trasplante pero internet demuestra que está vivito y coleando. Por lo visto sigue a trompazos con la vida. En una entrevista reciente, y a sus 38 años, ha manifestado:

Los últimos dos años (con 6 horas de diálisis 4 días a la semana) han sido un infierno. Ha habido días en que sólo he querido que todo se detuviera, días que no quería vivir más. Así que tener a los niños y Nadene (su mujer) me ha salvado. Sin ellos, simplemente no estaría aquí”. Estas declaraciones pueden parecer una simple expresión de agradecimiento y cariño. Por eso impacta cuando ves que no, que para Jonah es algo concreto y objetivable: “Mi meta es llegar a  los 21 años de los chicos. No hay garantías de que va a pasar, pero es mi objetivo ” En el rugby siempre hay un objetivo claro: cruzar la línea de ensayo. Así que Lomu parece haber cogido un carro de cal y haber marcado la linea de ensayo para su propia vida.

En la misma entrevista reconoce el papel fundamental de su mujer en su vida hasta en temas tan íntimos como la reconciliación con su propio padre que murió hace un año. De lo que en el documental “With Anger Within” (“Con ira dentro”) comenta que lo hizo por “construir un puente entre sus hijos y su abuelo”. Un gran ejercicio de altruismo: comerse el propio orgullo y dolor para regalarles un abuelo a sus hijos.

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Al acabar de contar toda esta historia descubro que para conseguir puntuar en la vida no sólo basta la fortaleza sino que se necesita un buen equipo. Jonah Lomu fue un prodigio fisíco pero no nos olvidemos que jugó en el estadio en los míticos All Blacks. Y que tuvo la fortuna de saludar a Nelson Mandela en la famosa final de Copa del Mundo de 1995 en Sudáfrica algo que le dejó huella.

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Y en la vida, y que sepamos, ha jugado con una madre que recibió los golpes por él; con un amigo que le donó un riñon; con una mujer que le guió hasta su padre; y unos hijos que le marcan la línea de ensayo.