Ortodoncias envenenadas y radiografías reconfortantes

Llego a casa sabiendo que tengo el tiempo justo para dar un bocado y marcharme con P. a empezar su tratamiento de ortodoncia. Me da tiempo a ver que ha llegado un paquete e identificarlo como un libro que estoy esperando. Así que simplemente le hago una foto y se la envío a su autor para que sepa que ya me ha llegado.

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En una Escuela de Odontología esperamos a que nos atiendan. Un joven odontólogo, que luego sabré que es alumno en el Máster en Ortodoncia de la misma, pregunta en voz alta por R. Nos levantamos y le aclaro que R, es acogido y que le llamamos P.

No nos saluda ni nos hace pasar a una consulta. Allí mismo, de pie, me hace una pregunta: ¿Por qué han venido a hacer la ortodoncia? Me quedo tan sorprendido que no sé que decirle. Insiste: ¿Quien les ha mandado? Cuando consigo reponerme  titubeando le contesto: No lo sé. Vosotros mismos. Fue aquí donde nos dijisteis que necesitaba ortodoncia y hasta nos la habéis financiado con un banco. Luego me daré cuenta, cuando le vea pedirle a la enfermera el expediente o historial, que no había tenido a bien leérselo antes de empezar.

Me pide que cumplimente una anamnesis (Yo creía que las anamnesis se preguntaban no se rellenaban por el paciente) Le advierto que muchas preguntas no se las podré contestar porque no sé los antecedentes familiares. Con un semblante digno de Buster Keaton me dice que rellene lo que pueda. Quizá exagero pero me siento un poquito cómo si me perdonara la vida.

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Le dice a P. que vaya con él y me brindo a acompañarle. Me dice que no hace falta y yo pienso: ¡Ya veremos!

A los dos minutos sale y me pide que baje a comprar un cepillo de dientes y que se quedará en la clínica para otras ocasiones. Le digo que OK pero sigo rellenando el cuestionario. Me apremia y me dice que ya lo acabaré luego. Me pregunto porque no nos habían avisado al citarnos. Bajo los cinco pisos, lo compro y vuelvo a subir.

Entrego el cepillo y sigo con la anammesis en la que reflejo que P. tiene un retraso mental ligero. Al acabar prefiero caminar a volver a sentarme. Al llegar al otro extremo del pasillo, por un cristal traslúcido, veo la sombra de P. cepillándose los dientes con el joven odontólogo al lado. Un minuto, dos minutos, cinco minutos, diez minutos. Finalmente desaparecen.

Al cabo de otros diez minutos se acerca hacia mi el joven profesional con una cámara reflex en la mano, mirando las fotos hechas en la pantalla y bufando. Mientras empieza a enseñármelas comienza también un discurso algo trágico sobre la higiene bucal de P. Le informo que sí se lava los dientes todos los días y es entonces cuando le digo: ¿Te has dado cuenta de que tiene una discapacidad psíquica? Pone cara de sorpresa pero balbucea: “Me ha parecido que le costaba entender”. Le aclaro que tiene algo menos de la mitad de edad mental que de edad cronológica. Entonces angustiado me pregunta: Pero ¿me entiende lo que le digo? Incapaz de contestar sí o no, contesto: “No lo sé. Según lo que le digas y como se lo digas”

Finalmente me dice en tono que a mi me suena un poquito a amenaza que si no se le desinflaman las encías la ortodoncia…  y yo me comprometo a supervisar en casa sus cepillados. No he querido justificarme en la discapacidad de P. Sólamente que entienda que no es tan sencillo como si se cepilla o no. Por su cara apostaría a que no lo he conseguido.

Me bajo con P. y con dos litros de mala leche. Son detalles quizá ínfimos pero mi sensación es que a este chico le han enseñado a tratar bocas pero no a personas.

En la planta baja tenemos cita para hacerle dos tipos de radiografías de la boca. Cuando entramos en la sala veo a la profesional encargada, esta vez no tan joven, atendiendo a otro niño. Su semblante es relajado y alegre. Nos saluda y nos invita a sentarnos y esperar. Le tiene que repetir la placa al niño, de la misma edad que P., porque se ha movido.

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Cuando nos toca el turno le advierto, esta vez sí, de que P. tiene una discapacidad psíquica. Su cara refleja un poquito de preocupación pero mucho interés. Lo trata con muchísimo cariño y tras colocarlo adecuadamente se brinda a quedarse dentro con él si yo disparo la máquina de rayos como ella me indica. No puedo dejar de pensar que se va a exponer a los rayos por P. Sé que es asumible pero también soy muy consciente de que no tiene porqué hacerlo. Noto que me recorre por el cuerpo una sensación agradable. Debe ser el correlato fisiológico del agradecimiento.

Sin embargo como la técnico ve que P. muerde bien y se está quieto no hace falta que dispare yo. Le cambia de máquina para la otra radiografía. Ambas salen bien a la primera (Orgulloso de P. me entran ganas de buscar al niño anterior y restregárselo por la cara) Se despide de P. de forma muy cariñosa y alabándole por su colaboración

Llegamos a casa y saco el libro de su envoltorio. “Profesionales portadores de oxitocina. Los buenos tratos profesionales” de Iñigo Martínez de Mandojana Valle publicado por Ediciones El Hilo. Conozco ya su contenido porque Iñigo fue tan amable de compartir conmigo los primeros borradores.

Así que como sólo tengo un ejemplar dudo de si volver a la Clínica y arrojárselo a la cabeza al odontólogo o regalárselo con agradecimiento a la técnico de radiología. Opto por quedármelo, leerlo de nuevo (dominando las ganas de subrayar pues me ha encantado la edición) y tenerlo en casa como un libro de referencia.

Eso sí. Si me toca la lotería pediré 20, 30 o 50 ejemplares. Y me daré el gustazo de lanzarlo o regalarlo a diestro y siniestro.

EPÍLOGO

He usado esta estrategia narrativa para el post en primer lugar porque todo lo que cuento es absolutamente cierto (subjetivo pero por eso cierto… para mí)

Y en segundo lugar porque he querido que tuviera un poco del estilo canalla y barrio-bajero que algunas veces se le escapa a Iñigo y que me encanta. Hace bien en controlarse. Lo sé. Pero a mi me gusta. Mucha oxitocina con ligerísimos toques de mala leche. Una combinación perfecta.

Pero como no sé si este enfoque es el mejor para invitar a su lectura me quedo más tranquilo añadiendo algunas ideas de forma sintética:

  • Lo que plantea el libro no es una elucubración teórica. Todos nosotros, todos los días, nos cruzamos con profesionales que, como díria Tim Guenard, nos arrugan el alma o nos la planchan.
  • Y no se trata de algo tan simple como el “buen rollito” sino de algo tan profundo y tan concreto como el “buen trato”. Algo que no sólo  se traduce en bienestar sino también en eficacia de la intervención.
  • .Lo que pretende este libro debería ser un eje fundamental en la formación de cualquier profesional, del campo que sea, que deba tratar con personas.
  • Y como sugiere Iñigo Ochoa de Alda en su estupendo prólogo también sirve para que los que ya estamos un poco pasaditos de vuelta podamos ver reflejados lo que no supimos hacer bien. No para flagelarnos sino para rehacernos

Ahí lo dejo.

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5 Comments

  1. Fantastica sintesis. Gracias JavierEl 22/9/2017 2:31 PM, Diseñando pasados Recordando futuros <comment-reply@wordpress.com> escribió:

    F. Javier Romeu Soriano posted: "Llego a casa sabiendo que tengo el tiempo justo para dar un bocado y marcharme con P. a empezar su tratamiento de ortodoncia. Me da tiempo a ver que ha llegado un paquete e identificarlo como un libro que estoy esperando. Así que simplemente le hago una f"

  2. Genial!!!!; aunque desgraciadamente hay muchas especies similares al odontólogo, ya sea una cajera de mercadona, un director o empleado de banca, o bien un gerente o jefe de compras de una empresa ). Afortunadamente hay gente, tú entre ellos, que saben manejarse en estas situaciones, o por lo menos se lo toman a risa.

  3. hola javier! me ha encantado!! con una narrativa cercana identificas y subrayas la importancia del buen trato en cualquier situación.
    Leeré el libro con sumo interés.
    Las ideas finales ayudan a enmarcar los contenidos del libro, y son una buena invitación para la lectura.

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