Cambiar… ¿el mundo o tú?

Nos pasamos gran parte de nuestro tiempo deseando, e incluso intentando, que cambie el otro.

Intentamos cambiar a la pareja para que desaparezca eso que no nos gusta de ella. A nuestros hijas o hijos porque los queremos perfectos. A nuestro compañero de trabajo o nuestra jefa. A la alumna o alumno que no aprende o que te desbarata la clase. Al paciente que no adelgaza. Al vecino, nuestra ciudad o la sociedad en general.

Nos cuesta más, sin embargo, desear e intentar nuestro propio cambio porque, en general y está comprobado por muchos estudios, tendemos a valorarnos por encima de la realidad. Incluso teniendo bajo autoconcepto, la realidad será seguramente peor. Además nos encanta autodefinirnos «Yo soy…» algo que dificulta el cambio y que es probable que provoque risa en las personas que lo oyen y nos conocen bien.

Además la mayoría de nuestros deseos de cambio propio suelen ser pequeños retoques estéticos para amoldarnos a las modas o para que nos admiren más. Hoy en día si no terminas al menos una media maratón eres un mierda. Pero si no sitúas Zamora en el mapa de España no pasa nada (cambia la provincia y el país si no eres o vives aquí). Nos avergüenza no dominar el inglés pero maltratamos nuestra propia lengua sin escrúpulo alguno (tienes una muestra en este post).

(Puedes seguir leyendo oyendo música. Esta canción esta unida a un momento crucial de mi vida y mi familia y su letra tiene que ver con lo que estamos «hablando») 

Y sin embargo, como decían Jordi Grané y Ana Forés en la presentación en Valencia de su último libro, el cambio es inevitable. No podemos no cambiar.

Si no has cambiado de la adolescencia hasta ahora tienes un verdadero problema. Si no has cambiado tras comprometerte en una relación o tener un hijo o hija, tu pareja o tu descendencia tienen un problema.

De los 60 a los 90: como del cielo a la tierra

Así que cambiamos aunque no queramos y, al mismo tiempo, no siempre cambiamos cuando queremos o en lo que deberíamos. Pero además la cosa se complica. La sociedad, la cultura, el mundo si que cambian. Y mucho.

Cuando supimos que íbamos a tener un quinto hijo o hija empezamos a informar a nuestras familias de lo que, para nosotros, era una buena noticia. Tanto mi madre como mi suegra, cada una en su casa, tuvieron la misma reacción: pusieron una cara, que si no fue de disgusto, tampoco fue de alegría. Un respingo, diría yo.

Lo más curioso es que… ¡las dos habían tenido cinco hijos! Y ante ese argumento las dos contestaron exactamente lo mismo: ¡Eran otros tiempos!. Al parecer Boris Cyrulnik tiene toda la razón cuando escribe: «Cultura es eso que cambia cada 10 kilómetros y cada 10 años».

A veces, incluso, la cultura cambia tanto que volvemos al mismo sitio que hace 30 ó 40 años. Yo fui a un colegio «religioso sin uniforme» pero lo habitual en ese tipo de coles en mi infancia es que los niños y niñas llevaran uniforme. En los años 70 eso era connotado desde determinadas posiciones ideológicas como clasista y elitista. Décadas después hasta en colegios públicos se empezó a imponer el uniforme como un recurso para integrar mejor a los niños y niñas procedentes de otras naciones y culturas. Así que he vivido los «uniformes segregadores» y los «uniformes integradores». Pero unos y otros eran eso: uniformes escolares.

Foto sacada de un artículo de 2017 en relación a este fenómeno https://www.elmundo.es/sociedad/2017/03/20/58c94998ca4741103d8b460f.html

Recuerdo a Cristina Almeida, abogada y política española, censurar en los 70 u 80 las recomendaciones de «los curas» de las «duchas frías» para la contención sexual, por considerarlo una forma de represión sexual. No hace mucho, ella misma en una entrevista, y con indudable razón, proponía literalmente esa misma técnica y exigía la represión a los hombres que molestan o agreden sexualmente a las mujeres.

No entro en el fondo de las cuestiones pues es obvio que cada cosa debe valorarse en su contexto (algo que últimamente se olvida fácilmente) y que esos extremos que se tocan pueden ser ambos razonables y entendibles.

Pero el hecho es que la cultura te quita cosas y a veces te las devuelve. El cambio del cambio te puede colocar en el mismo punto.

Cambiar ¿de chaqueta o de compañeros de viaje?

Hace unos meses Josep Antoni Durán i Lleida, un político catalán antes en el parlamento español, en una entrevista radiofónica a propósito de la publicación de un nuevo libro suyo, le echaba en cara a un compañero de partido (Artur Mas) el haberse asociado con un partido anti-sistema, pero no el hecho de haber girado al independentismo «porque todo el mundo tiene derecho a cambiar de forma de pensar«.

Sin embargo, por las mismas fechas, en un programa de «Salvados» otro político, Alfonso Guerra, mantenía que muchos antiguos compañeros del Partido Socialista Obrero Español en realidad «nunca fueron socialistas». Simplemente es que si estabas contra Franco sólo lo podías hacer desde el socialismo o el comunismo. Pero cuando se superó la Dictadura cada uno de ellos se fueron a partidos afines a sus verdaderas ideas. El mensaje de Guerra era claro: la gente no cambia, simplemente cambia de posición.

¿Quien tiene razón?

¿Prepararse para el cambio o preparase para tu cambio?

Siempre me han interesado las terapias llamadas «breves» precisamente por buscar formas efectivas y breves de ayudar a las personas a cambiar cosas que les hacen sufrir.

De hecho esta novedad editorial acaba de entrar en mis dispositivos previo pago

nardone

Por otra parte muchos autores (entre ellos Forés y Grané en su último libro) nos están advirtiendo de la necesidad de prepararnos, a nosotros y a nuestros descendientes, para adaptarnos a una época en que todo evoluciona a una velocidad nunca vista.

gerver

Pero ¿qué pasa con la preparación para nuestro inevitable cambio propio? Por ejemplo, a parte de un plan de pensiones ¿qué más hacemos para prepararnos para nuestra vejez? ¿O simplemente improvisamos sobre la marcha?

Cambiar y permanecer

Stephen R. Covey, en su libro sobre las familias altamente efectivas indica que paradójicamente éstas, el 90% de su tiempo, están fuera de ruta, es decir en paradas o en desvíos inevitables. Pero lo que las distingue es que no por eso cambian de destino. Siguen teniendo muy claro el punto donde quieren llegar. Y en cuanto puedan lo retomarán.

Al parecer vivir en tiempos cambiantes no está reñido con valores claros y sólidos. Quizá, por eso que los tiempos cambian tan rápido, necesitamos un rumbo bien establecido. ¿Compraríamos un billete de avión a «No se sabe dónde»? (lo decidirá el piloto según las condiciones cambiantes del tiempo)

Podemos deducir que toda verdadera flexibilidad requiere de anclajes sólidos. Cambio y permanencia no necesariamente son incompatibles. Quizá sean las dos caras de una misma moneda.

Cambios sintomáticos y terroríficos

Tampoco podemos hacer una apología sin más del cambio. No siempre el cambio es algo bueno.

Si notas un cambio muy brusco en tu hijo o hija adolescente harás bien en estar atento a si pudiera estar consumiendo algo más que tabaco o si pudiera estar metiéndose en líos fuera de casa.

Si conoces a un niño o niña que a veces te idolatra y te absorbe y otras veces te desprecia y te maltrata, hasta el punto que piensas que es como si fuera dos niños o niñas distintas, deberías plantearte si este cambio es fruto de un apego ambivalente.

Si conoces a alguien que estaba deprimido o deprimida pero de la noche a la mañana se come el mundo harás bien en pensar que tiene un trastorno bipolar.

Está bien cambiar para adaptarte pero también se puede cambiar para desadaptarse.

Incluso alguien puede cambiar porque la adaptación le mata y alguien le ofrece un «más allá», un algo que le destaque de la masa, un motivo no para vivir sino para morir. Y de paso llevarse a cuantos más «enemigos» por delante. Le llaman radicalización y, aunque deplorable, es una forma de cambio más.

Cambiar es dejar de permanecer para permanecer en el cambio

Así que nos va la vida en conocer cómo se produce el cambio. Tanto para provocarlo como para evitarlo. Conocer como cambiar en lo malo, sea esto lo que sea, pero también como permanecer en lo bueno (idem)

Y también es crucial conocer la relación entre cambio y tiempo. ¿Es posible provocar cambios instantáneos? ¿Son las mismas variables las que actúan en el cambio inmediato, que en el cambio a corto plazo, que a medio plazo, que a largo plazo?

¿Qué aspectos o áreas de la persona están implicados en cada uno de esos tipos de cambio? ¿Siempre las mismas? ¿Las emociones, la conducta, el razonamiento, las creencias?

Nardone mantiene en todos sus libros que para un cambio rápido es necesaria una «experiencia emocional correctiva».

Recuerdo a un padre en la cola del supermercado explicarle a su hijo de dos años el derecho a la propiedad privada para que este dejara de cogerle los yogures a la señora de delante. Mientras lo hacía el niño le miraba extrañado aferrado a los lácteos. Hasta el punto que la propietaria desconcertada casi renunció a ellos.

Este padre no  había leído a Nardone. La única experiencia emocional correctiva que su hijo necesitaba es un padre que le dijera !No! con firmeza (que no sin cariño), le quitara los yogures de la mano y se los devolviera a la dueña.

Y no recuerdo a ningún aficionado al futbol, por ejemplo, que cambie de equipo cada dos años en función de meticulosos análisis estadísticos. La fidelidad a «tus colores» parece profundamente anclada en experiencias y emociones de tu infancia. Y probablemente tu ideología dependa de la de tus padres porque nos construimos queriendo ser o no ser como ellos. Una cosa u otra  pero una de ellas.

Por otra parte, Iñigo Martínez de Mandojana, educador social, me comentaba una vez que se había dado cuenta de que por mucho que ayudemos a regularse emocionalmente a chavales y chavalas fruto de parentalidades deficitarias, sí no logramos que desarrollen una mínima capacidad de introspección, sí el cerebro superior no entra verdaderamente en juego seguirán dependiendo de sus circunstancias.

Así que cambio y permanencia además parecen estar en una constante dinámica. Porque como decía este ex-discípulo de Nardone…

41sZVAbP0UL._SX324_BO1,204,203,200_

Necesitamos no sólo una teoría del cambio sino también una teoría complementaria de la permanencia.

Le seguiré dando vueltas.

Pero de momento esta es mi intuición. Lo que te propicia el cambio rápido es lo que te propicia la permanencia a largo plazo. Y lo que te asegura la permanencia a corto plazo es lo que te facilita el cambio a largo plazo.

Se agradece cualquier comentario que permita perfilar, o incluso dinamitar, esta intuición fruto del aburrimiento o de la procrastinación de las cosas importantes.

Cambio Permanencia

 

 

 

Un comentario en “Cambiar: Ser y no ser… esa sí es la cuestión

  1. Ahhhh, el cambio, ese monstruo que atemoriza a tantos, que seduce a unos cuantos, y que está en boca de todos. Muy buen post Javier, creo que el piloto automático es cómodo y el cambio asusta, creo que el cambio es inevitable pero aferrarse a uno mismo es primordial. Gracias.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s