Es muy improbable que visites habitualmente este blog. Y más improbable que además seas psicoterapeuta. Y sin embargo voy a recomendarte un libro sobre el apego en la terapia.

Porque sí es probable que – por la temática del blog – tengas, voluntaria o profesionalmente, que desenvolverte en alguna relación de ayuda o apoyo a alguien.

También es muy probable que tengas alguna persona cercana que te importa y a la que te gustaría ayudar pero que no consigues entender alguna de sus reacciones.

Y por último, apostaría que, como nos pasa a todos, hay algunas reacciones tuyas que ni tu mismo sabes explicar.

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Pero antes permíteme una confesión. Aunque intente disimularlo… no soy muy buen profesional.

Trabajar en un Centro de Menores implica relacionarse no sólo con los niños, niñas y adolescentes que viven en él sino también relacionarse, de una manera u otra, con sus padres y familiares, quienes en muy pocas ocasiones entienden o reconocen las medidas de protección. Suelen ser frecuentes los dèficits intelectuales, las patologías mentales, la desestructuración familiar y, en todo caso, una gran tensión emocional debido al hecho de la separación de sus hijos.

Me he visto más de una vez enredado en una fuerte discusión con alguno de ellos que no supe o no quise evitar o que yo mismo provoqué con algún comentario. Después tuve que hacer un esfuerzo titánico para reconducir la relación y llevarla a un terreno constructivo o, al menos, sereno. Y ni siquiera sé si lo conseguí.

En esos casos suelo engañarme a mi mismo e intentar convencerme que entrar al trapo, o ponerlo, es lo que tocaba. Que yo estoy ahí para proteger a los niños, no a los adultos. Pero ¿es posible hacerlo atacando o no ayudando a los padres a serenarse y poner toda la carne en el asador para recuperar a sus hijos?

Me autoengaño pensando que yo debo ser base de seguridad para el niño, no para el padre o la madre. Pero sé que no es verdad. Aunque sea por la evidencia de que yo puedo criticar a mis seres queridos pero si lo haces tú me tendrás de frente. Cómo te pasa a ti también. Y como les pasa a los niños tutelados. Por muy negligentes que sean sus padres son eso: sus padres.

Y también sé que no es verdad porque he leído este libro.

Dicen Jeremy Holmes y Arietta Slade en él (la negrita es mía):

«Y también sugerimos que, contrariamente a lo que afirma la terapia clásica del apego, muchos tipos de relación próxima, incluida la relación entre terapeuta y paciente, pueden ser consideradas, en nuestra opinión, relaciones de apego«

Y en otro lugar:

«Para nosotros, sin embargo, el apego es un término cuya validez aparente se limita a la descripción de conexiones emocionales reguladoras profundas e íntimas aplicables a un amplio abanico de las relaciones importantes en la vida de la persona. Por ello proponemos ampliar la definición hasta llegar a incluir cualquier relación íntima en cuyo núcleo está la regulación o corregulación del afecto (tanto negativo como positivo). (…) Esto nos permite ampliar la idea de apego más allá de la relación entre padre (o madre) e hijo y llegar a incluir la existente entre componentes de una pareja, hermanos, amistades, compañeros de un equipo deportivo, colegas del ejercito y a la existente entre también entre terapeuta y paciente.»

Que me lo digan a mi que estoy viendo como un niño de dos años tiene como principal base de seguridad a sus hermanos de 7, 10 y 11 años. Que me lo digan a mi cuando a un niño de 12 se le plantea que tiene que salir de su casa y lo único que pide es seguir en su Instituto con sus compañeros y compañeras. ¿Por capricho? No. Por seguridad y afecto.

Pero volviendo al libro, tanto si eres psicólogo/a, psiquiatra, trabajador/a o educador/a social; profesor/a, familia de acogida… te puede interesar lo que dicen esta pareja de terapeutas. Y si no fueras nada esto, y excepto que seas un hongo o una seta, seguro que eres amigo o amiga, hermano o hermana, compañero o compañera o pareja sentimental.

Desde esta perspectiva a cualquiera de nosotros, con un mínimo interés por el tema de las relaciones interpersonales, puede enriquecernos leer un libro donde se nos hace patente que recurrir al «¡Hijo de puta éste!» o al «¡Que gilipollas soy!» es simplificar mucho las cosas. Como aprenderás en este libro ese tipo de pensamientos tienen el nivel de mentalización -algo muy de moda ahora- equivalente al de un protozoo.

John Bowlby ya señaló que el apego está presente «desde la cuna hasta la sepultura«. No desaparece por arte de magia en la adolescencia (que es lo que parece que nos pasa a los profesionales). Lo seguimos llevando encima e incluso puede cambiar su direccionalidad. Cuando yo tenía 8 años mis padres eran mi base segura. Cuando mi madre tenía 80 años mis hermanos y yo lo eramos para ella tanto como ella para nosotros. Y si yo me encuentro con un conocido por la calle no le diré: «Te presento a Pilar, mi figura de apego«. Es poco romántico. Pero te aseguro que, tras treinta y pico años juntos, es mi principal base de seguridad.

Así que las ideas de estos autores nos permiten pasar, a la hora de aplicar la teoría del apego, del:

(a+b)

al

(a+b+c+d+e….)

Donde

a=Cualquier persona (infante, adolescente, joven, madura o anciana)

b=Cuidador/es Principal/es

c=Hermano/s/a/s

d= Abuelo/s/a/s, tio/a/s

e= Maestro/s/a/s,

etc

Ya podemos dejar de hablar de apego para hablar de matriz de apegos.

Pero ya puestos con la matemáticas podemos seguir elucubrando y pensar que en el apego hay también potencias. Para que un profesional pueda serlo, y no desrregularse -como yo- interactuando con la persona que tiene que atender y ayudar, necesita a su vez su propia base o bases de seguridad:

(a + b elevado a c)

siendo

a: Persona atendida;

b: El o la profesional que le atiende y

c: La/s base/s de seguridad del profesional.

A propósito de esto también afirman Holmes y Slade, tras poner el ejemplo de pautas de reacción de madres o padres que no son capaces de mentalizar la conducta de su hijo:

«Pautas comparables se encuentran a veces en la reacción de profesionales de la salud mental que se enfrentan a la conducta perturbada en pacientes hospitalizados (…) Las reacciones se ven a menudo dominadas por sentimientos contratransferenciales de aversión y ansiedad que obstaculizan la mentalización llegando incluso, en ocasiones a impedirla. El paciente puede ser visto como alguien malvado que estuviera engañándonos deliberadamente lo que, a su vez, puede provocar respuestas no mentalizadas como la reacción refleja o, por el contrario, el uso sobreprotector de la represión. Con el apoyo y supervisión de los miembros del personal, sin embargo, estas reacciones (…) pueden desactivarse y abrir la puerta a actitudes más mentalizadoras»

Cualquier familia de acogida que ya haya pasado la etapa de «luna de miel» conoce con que facilidad cambian sentimientos y pensamientos sobre el niño o niña acogida en función de su propio estrés y circunstancias. Del «¡Cómo me quiere!» al «Sólo me utiliza» se pasa en un plis-plas. Y también saben como cuando los demonios danzan sin parar nos les ayuda nada que los técnicos vayamos dándoles criterios de actuación. Porque para asumirlos, primero hay que regularse emocionalmente. La fuerza centrífuga de una tormenta emocional lanza al exterior cualquier indicación conductual que se te ofrezca desde fuera.

Así que a lo mejor es que no soy tan mal profesional. A lo mejor es que simplemente soy un ser humano. Y por lo tanto a veces estando trabajando me desrregularizo emocionalmente. Por mi propio patrón de apego, por las circunstancias estresantes o, por ejemplo, porque la Administración para la que trabajo no me ofrece nada más que seguridad económica. Y sí otras veces sí lo consigo es porque me siento arropado por compañeros y compañeras. Y porque al llegar a casa Pilar me escucha cuando le cuento lo que me ha pasado.

O porque me acuerdo, porque lo tengo reciente, del libro de Holmes y Slade. Y puedo pasar del «!Soy un burro!» al «¡Qué burro he sido!«. El primer pensamiento mata la esperanza y suele llevar a la autojusticación. El segundo mantiene la esperanza y abona la humildad, mucho más productiva que la prepotencia.

Me he divertido mucho leyendo las páginas sobre mentalización. Para introducir una definición de Bateman y Fonagy escriben Holmes y Slade: «la mentalización es la capacidad de reconocer el estado mental en el que se halla tanto uno mismo como otra persona» (Clarito ¿no?) y entonces copian la definición de los primeros literalmente. No te la transcribo pero te aseguro que es larga (5 líneas) y difícil de procesar. Después nos ofrecen la definición de Fearon y colegas. Más larga (13 lineas) y más difícil de entender todavía. Pero cuando todo parece perdido Holmes nos ofrece una suya: «La mentalización es la capacidad para verse a uno mismo desde fuera y a los demás desde dentro» ¿A que lo pillas?

Y aunque un lenguaje claro es una de las cualidades que quiero resaltar del libro (se entiende sin dejar de ser científicamente impecable) la principal de todas es que te ayudará a verte a ti desde fuera y al otro desde dentro. Si hay alguna relación estrecha (personal o profesional) que te preocupa pégale un vistazo.

Varias cosas más hacen que no sea un libro ni aburrido ni pesado.

No es un manual de terapia. Es más bien un conjunto ordenado de artículos sobre aspectos del apego que los autores quieren explorar. Como la ya citada mentalización, la resiliencia, la importancia de la oxitocina y del enfoque neurocientífico, el trabajo con los padres, el apego en la pareja y la familia e incluso aspectos sociales del tema. Muchos de estos temas son frecuentes en este blog. Puedes ver el índice en el «echa un vistazo» de la editorial.

Así que los capítulos, además de ser cortos y con una síntesis final con las ideas básicas, se pueden leer de forma independiente.

No encontrarás tediosas y frecuentes descripciones de los tipos de apego. Si nunca has leído nada al respecto es mejor que recurras a otro libro primero, incluyendo algún capítulo del anterior libro del propio Holmes y editado también en Descleé.

Pero si ya conoces lo básico con este libro disfrutarás.

.

Holmes 1

Sí podrás encontrar estupendas pinceladas sobre las principales aportaciones de las figuras más relevantes en la Teoría del Apego. Yo al menos no sabía que Bowlby desarrolló la teoría a partir de que en su práctica profesional inicial, con formación psicoanalítica, trabajó con muchos adolescentes que habían delinquido y observó que la mayoría de ellos habían sufrido la pérdida temprana de su madre. Su artículo de 1944 «Cuarenta y cuatro ladrones juveniles. Carácter y vida familiar» le valió el sobrenombre entre los colegas de «Ali Bowlby y los cuarenta y cuatros ladrones».

La selección de estos toques de humor, como cuando Arietta Slade en los agradecimientos incluye en su familia a Esther (una máquina canina generadora de oxitocina) no es algo superficial sino certeros retazos de cómo entienden el apego.

Y por último, los frecuentes ejemplos sacados de la terapia no son, como en otros libros de psicoterapia, la reproducción en páginas y páginas del diálogo con el paciente, sino una pequeña síntesis del caso, nunca de más de una página, con el único objetivo de ilustrar algún aspecto de su exposición teórica.

En definitiva un libro serio pero ameno, teórico pero práctico y extrapolable del contexto clínico a otros muchos.

12 comentarios en “De la cuna a la sepultura y del binomio a otros polinomios

  1. Desde mi experiencia como madre que ha tenido que ceder a sus hijos porque no pude lograr que fueran a clase, que se ducharan y que no se hicieran daño…no sé que decirte. El apego sigo sin entenderlo bien. Sólo sé que si no te reestructuras como persona, emocionalmente, no logras nada. Ellos se pierden y te toman el pelo. Yo tengo una licenciatura pero estaba viviendo una crisis como mujer y como persona y ellos la vivieron conmigo. Un desastre.Los libros de esta editorial, a la que sigo, me suelen gustar mucho.Tomo nota de este.Muchas graciadEnviado de Samsung Mobile

    1. Bieeeen… !Esa es mía! Ja, ja,… Siempre he dicho que la mejor forma de tener bronca con tu pareja es simplemente decir…. «…por cierto… Ha llamado el idiota de tu hermano…» Porque aunque tú pareja sepa positivamente que su hermano es idiota de remate se enfadara contigo. Y luego queremos que los niños acogidos ni se enfaden si se nos escapa un comentario despectivo de su familia. Así que si nos escapa al menos pidámosle perdón ¿No?

  2. Suscribo a milly: excelente post. Voy a buscar estos libros.
    Es cierto que los vínculos afectivos o apegos son muy importantes para nuestra salud emocional. Sin embargo, lo que variaría a lo largo de una vida “sana” es la dependencia de los apegos. Una cosa es estar apegado y otra es ser dependiente.

    En los adultos las rupturas son dolorosas, pero su capacidad de autoregulación emocional evitará que se conviertan en delincuentes. Los niños no sólo estarían apegados, muy apegados, sino que son totalmente dependientes de las personas que los cuidan, mal o bien. Cuando las pierden, en edades tempranas, cabe esperar que se rompan por dentro.
    Por todo ello, creo que sería importante reservar un nombre para el apego infantil, ya que no es un apego más: es el vínculo fundamental que influirá en todos los vínculos futuros. O eso pienso yo.
    Muchas gracias, Javier.

  3. Muchísimas gracias, Javier, por tus recomendaciones bibliográficas y apreciaciones personales y profesionales.
    Considero fundamental, entre los profesionales que trabajamos en la Protección Infantil,el respeto hacia sus padres, ya que éste surge desde la comprensión de sus historias personales (ellos también han sido víctimas a los que, o no ayudaron o estaban tan dañados que no se consiguió ayudarles). Ello no quiere decir que no les situemos en su daño y en su incapacidad para ejercer sus funciones parentales, pero siempre desde el respeto y la aceptación como padres de «nuestros» niños.
    ufffff, más libros para leer!!!Mil Gracias

    1. Totalmente de acuerdo Ana. Yo creo que el problema es que para tener esa actitud respetuosa es necesario poder ponerse en el estado mental de los padres y como explican en el libro, aunque tengas la capacidad de hacerlo, el estrés, la ansiedad, etc pueden bloquear temporalmente esa capacidad. Mi experiencia es que nos pasamos más del 50% del tiempo intentando entendernos entre los distintos intervinientes y, muchas veces, cabreados unos con otros. Y así es muy difícil mantenerse regulado emocionalmente también con los padres. Una de las cosas que más me ha gustado del libro es la idea, implícita en él, de que los profesionales también necesitamos sólidas bases de seguridad. Y en eso no soy muy optimista, la verdad. Un abrazo y gracias por tu inestimable aportación.

  4. Ya me he comprado el libro!! Gracias por todo lo que nos enseñas en tu blog,que lástima que no te sigan todos los que trabajan con menores, porque sin duda las cosas irían mucho mejor. Nos vemos pronto seguro.

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