Vi-viendo doble y perder la perspectiva.

Alguien se preguntará: ¿Por qué este tipo publica cosas en el blog y luego los post del Proyecto “Estrategias para la resiliencia” parecen parados? Lo aclaro rápido.

En primer lugar, el Proyecto es del Grupo de Trabajo de Resiliencia de Valencia y el blog es un proyecto personal. Así que el primero requiere coordinarse, hablar para pulir criterios, redactar y revisar… y una cierta autodisciplina de la que yo, en concreto, carezco. Sin embargo en el blog escribo lo que quiero y cuando quiero. Pero en todo caso aprovecho para deciros que Rosa, Eugenio (ahora en la distancia) y yo seguimos muy ilusionados en poder aportar estrategias, que se están redactando, y que seguimos recibiendo aportaciones de fuera (como por ejemplo de la gente de IRSE-Álava) que se están valorando.

Pero hay un segundo motivo. Y es que algunas entradas del blog surgen de repente y tu mismo te sorprendes. Y necesitas escribirlas. Redactarlas no es un esfuerzo, es una manera de entender (“No sé lo que pienso hasta que no lo escribo” que diría A. Monterroso).

Me temo que ésta entrada es de ese tipo. Y si no la escribo no deja de darme vueltas en el coco..

Hace un rato iba en el coche a una tutoría con el profesor de una de las niñas acogidas en mi casa e iba pensando lo complicado que debe ser vivir en una familia acogedora.

Todo viene de que recuerdo a alguien que escuché hace años que decía que nuestros padres eran nuestro eje porque nos pasamos la vida o bien intentando ser como ellos, o  bien intentado no ser como ellos. Y si esto es así (y a mi me parece casi obvio) un niño o niña acogida ¿qué tiene? ¿dos ejes? ¿dos referencias al unísono?

¿Quiero ser o no ser como mis padres y quiero ser o no ser como mis acogedores que además pertenece a “mundos” bastante diferentes? Si quiero ser como mis acogedores y, por tanto y probalemente, no ser como mis padres, quizá me sienta un traidor. Si quiero ser como mis padres y, por tanto y probablemente, no ser como mis acogedores, quizá tenga problemas serios.

¿No es todo esto una especie de Diplopía Bifamiliar?

La visión doble de tipo binocular se produce porque los músculos (o los nervios que controlan esos músculos) no pueden o consiguen que los globos oculares enfoquen al mismo punto y se produzca la integración de las imágenes en el cerebro.

Así que si cierro o tapo un ojo la visión doble desaparecerá ipso facto (ese es el sencillo diagnóstico diferencial para la diplopía binocular y la monocular) Pero también desaparecerá la percepción del relieve, la perspectiva. Tendré una visión plana.

Así que puedo hacer que el niño o niña acogida deje de mirar a su familia de origen cuando está con sus acogedores y que cuando vaya a las visitas con su familia deje de mirar a sus acogedores. No le molestará. Los niños o niñas cambian el chip con pasmosa facilidad. En cada momento sólo ve una familia. Pero quizá pierda la perspectiva o el sentido de su situación, de su acogimiento. Hasta que un día se produzca el conflicto y quizá el mismo decida resolverlo por inaguantable.

Yo creo que es obligación de los técnicos conseguir que los niños o niñas acogidas puedan tener perspectiva. Y para ello alguien tiene que dirigir a los dos ojos hacia un mismo punto. Alguien debe dirigir… ¡a las dos familias! hacia un mismo objetivo: el bienestar de el o la menor. Alguien debe asegurarse que el menor consigue integrar sus mundos y que de esta forma el acogimiento adquiere perspectiva, sentido o significado. Una de las tres patas de la resiliencia.

Como ya he propuesto hasta el aburrimiento, existen modelos de trabajo en España, donde no sólo se trabaja el acogimiento desde la diada menor – familia acogedora, sino desde la triada familia acogedora – menor – familia de origen. Y por eso sé que lo que propongo no es utopía. Es difícil y duro (me consta) pero no imposible.

En todo caso no es reivindicar lo que pretendía. Lo que quisiera es compartir una metáfora que me ha ayudado a poder entender mejor lo que debe ser vivir al mismo tiempo dos realidades familiares tan dispares. No renuncio a seguir proponiendo otras en el futuro.

Por eso propongo que no admiremos tanto a las familias acogedoras (y yo lo soy) y admiremos cada vez más a los y las menores que van a vivir con ellas.

Me viene a la cabeza a J. Cuando ya llevaba un año o año y medio viviendo con nosotros, en la mesa recordábamos la primera noche que, junto con su hermana, pasó en nuestra casa. Le preguntamos ¿Y tú que pensabas? Y con sólo 8 años contestó: No sé. Yo sólo tenía miedo.

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