No recuerdo el día ni la situación que provocó el momento, pero el momento lo puedo ver como en una película. Sentados en la cocina de nuestra casa. A mi derecha mi mujer. A mi izquierda M. adolescente acogida por nosotros desde los 3 o 4 años y ahora con 15 o casi 15. Es el momento exacto en que, como acogedor, me caí rodando de la primera montaña y, días después, pude vislumbrar que había otra montaña que escalar.

El momento era tenso porque no estábamos dispuestos a consentir algunas conductas de M. que además, pese a dedicarme a esto, no conseguía entender. El momento en que cogí el teléfono para llamar a Belén, que era quien llevaba el seguimiento del acogimiento. Hablaba con ella y me temblaba la voz y los ojos me lloraban.

Los meses anteriores no habían sido fáciles. A pesar de tener cinco hijos y otros acogimientos no estábamos familiarizados en tratar con la mentira pertinaz y, a nuestro entender, innecesaria. Pero la inversión de energía emocional con M. había sido descomunal y, en ese momento justo, el dolor del fracaso se sentó a la mesa con nosotros. O mejor dicho, se sentó encima de mi puesto que esta es mi vivencia, no la de mi mujer. Para que lo entiendas fácilmente ese momento parecía ser el que había temido desde meses atrás. El momento en que Javier Romeu, el psicólogo, el que trabajaba en protección a la infancia, el que había dado charlas y cursos… tenía que solicitar el cese del acogimiento. Y por lo tanto el momento en que se evidenció que Javier estaba acogiendo como una tarea más en la que conseguir el éxito o el reconocimiento social. Sería evidente para muchas personas que no había sido capaz. Su imagen por los suelos. Y todo por ser incapaz de sacar de la mochila de M. el recurso al engaño como patrón habitual de comportamiento.

Pero la situación, con el apoyo emocional de Belén, se superó y M. siguió con nosotros. Y también las mentiras. Pero ahora yo ya no estaba en la primera montaña, la de escalar hasta el éxito, sino en la segunda, la del compromiso y el sentido. En esa montaña lo que te da las fuerzas para seguir subiendo no es el deseo de conseguir la meta que alimente tu autoestima. En la segunda la ascensión se mantiene por el compromiso que has adquirido con otros. Y desde ella, semanas o meses después, pude expresarle a M. que nosotros no ibamos a solicitar el cese puesto que habíamos firmado un compromiso con la Administración y, sobre todo, con ella. Si ella prefería solicitar otro lugar donde vivir puesto que nuestra manera de entender la educación chocaba con sus intereses le ayudaríamos a ello ante “el sistema”. El desenlace posterior que algunos conocéis o que he apuntado en algún otro post es lo de menos, o al menos no es pertinente para este. Lo que si toca es que explique esto de las dos montañas.

David Brooks en su libro “La segunda montaña” explica que nos pasamos la primera parte de nuestra vida escalando una montaña. Es la montaña de la realización personal, social y laboral. De niños empujados por nuestros padres, nuestra familia, en un deseo de que nos “vaya bien la vida”. Tras la rebelión adolescente en un deseo personal de encontrar un lugar, de ser. Pero Brooks observa que muchas personas un día descubren que algo falla en esa montaña. Unos porque cuando menos se lo esperaban la vida les manda un alud en forma de despido, enfermedad o ruptura que los tira ladera abajo. Otros porque llegan a la cima y una pregunta rebota en su cerebro: ¿Y ahora qué? ¿Esto era todo?

Y algunos de ellos descubren que hay una segunda montaña que sí les da sentido a sus vidas y que tiene una ventaja: no se agota. En la primera, cuando llegas a la cima ya has consumido el 100% de tu anhelo. Vas a necesitar otra cima. Muchos deportistas destacados lo pasan muy mal psicológicamente mirando la medalla o medallas de oro guardada en una vitrina de su casa.

Pero en la segunda montaña la meta está fuera de ti, de tu ego: son los otros. Y tienes “otros” para aburrirte. No otros para recibir (eso es la primera montaña) sino otros a los que ayudar. ¿Por qué? Por que sí. Por compromiso. ¿Para qué? Para tener un motivo por el que levantarte al día siguiente.

Viví muchos años el acogimiento de M. como un reto. Iba en ello la vida. La mía, no tanto la de ella. Ese día, en la cocina de mi casa, viéndome impotente caí rodando por la ladera. Y con la ayuda de mi mujer, y ella con la mía, nos levantamos y seguimos caminando. Ya no como algo en lo que nos iba la vida sino como un compromiso adquirido con M. y con la sociedad. Mantuvimos el compromiso pero no el miedo al fracaso. Te puedo asegurar que se camina de otra forma.

Cuando encontré la conexión entre el libro de Brooks y el acogimiento pensé hacer un post pero no tan personal. Pero el momento en la cocina de mi casa no dejaba de venirme a la cabeza. Quizá le sirva a alguien. No lo sé. Pero también quería dar una pincelada por si es útil a los que trabajan en esto. Yo lo hago y también trato con muchas familias que quieren a acoger o que están empezando a hacerlo. Es difícil, lo sé, que una familia empiece a acoger directamente desde la segunda montaña. Pero los que informamos , formamos y valoramos a las mismas deberíamos preguntarnos ¿desde que montaña quieren acoger?

Las familias de la primera montaña son aquellas que en su desarrollo individual y familiar están cerca de la cima pero necesitan un aliciente más: de familia satisfecha a familia admirable. No es un juicio. Te recuerdo que yo fui esa familia. Pero el problema es cuando lo que está en juego es la propia autoestima. Cuando la mochila del niño o niña les descomponga el acogimiento estará en alto riesgo.

Por el contrario la motivación de las familias de la segunda montaña se mueve por claves mucho más sencillas. Estos niños, niñas y adolescentes están ahí. Es un hecho. Pero la forma de entender la vida de estas familias es más Ubuntu -no puedo ser feliz si los que rodean no lo son- que los de la primera montaña. Y una vez han entrado en el acogimiento se mantienen en virtud del compromiso adquirido. Lo han firmado.

Pero si es difícil que una familia entre directamente al acogimiento en la segunda montaña ¿es que apenas las hay?. No. Yo conozco muchas. Pero la mayoría de ellas empezaron en la primera hace tiempo y ahora están despellejadas por la experiencia. Ya han llorado todo lo que tenían que llorar y han deseado matar muchas veces al niño, a su familia de origen, al técnico o a la “administración”. Pero se mantienen porque los niños, niñas, chavales o chavalas están ahí. Han perdido el miedo al fracaso porque ya no les va su vida en el acogimiento. Les interesa la vida de el o la acogida. Pero en libertad. Esto es lo que hay – niño, técnico. Administración – si quieres lo coges, y si no, no pasa nada. Te ofrezco mi ayuda pero eres libre de aceptarla. Eso sí, si la quieres me comprometo a dártela. No solo han perdido el miedo al fracaso. Han perdido el miedo al que dirán y el miedo al niño, al técnico o a la Administración. De hecho dejan de protestar todo el rato de esta última. No porque no tengan motivos sino por que prefieren centrarse en lo que depende de ellos, centrarse en lo que se han comprometido. Si los otros no mantienen sus compromisos es su problema.

No quiero que pienses que estoy haciendo un traje a mi medida. He utilizado una experiencia personal para dar vidilla al post. Mi capacidad actual de compromiso es cero. Ni para acoger ni siquiera con la Administración que me paga. Mis compromisos en la vida van ahora por otros derroteros. Mi historia sólo quería ejemplificar ese momento en el que descubrí que, en el acogimiento de M., en realidad me estaba buscando a mi mismo.

Y si el acogimiento te importa un carajo al menos espero que la metáfora de las dos montañas te sea sugerente.

Un abrazo (si no lo quieres no pasa nada)

10 comentarios en “Acogimientos en la primera o en la segunda montaña

  1. La escalada de las montañas con independencia de su tamaño o el momento en el que se haga siempre entraña perdidas y ganancias. La naturaleza es así, incluso la naturaleza humana.
    Un abrazo siempre.

  2. Javier lo has descrito tal cual…así es….llevo 11 años con Santi. Un acogimiento muy muy especializado….ahora que tiene 14 años estamos en una adolescencia muy difícil. No me voy a rendir porque se lo debo a el, porque he conseguido mucho y porque la adolescencia pasara pero si te digo que, al igual que tu escribes, son .muchas las lágrimas de impotencia y de rabia …y de preguntas sin respuestas….porque la administración no se lo retiró antes a su familia, porque consistieron que fuera de un sitio a otro…porque y porqués….pero ahí estamos en una montaña rusa de emociones…
    Marina

  3. wowwww, me tocas fibras sensibles Javier, gracias, me encanta la metáfora, me encanta la honestidad, me encanta recordar que ese ego maldito, a veces es tan necesario, es el trampolín para brincar a la otra montaña, somos humanos, no super héroes, y en la humildad reside la fragilidad, y en el reconocimiento de esa fragilidad, la resiliencia, me quedo con tu abrazo que bien me viene, gracias.

  4. Al sistema de protección le falta, entre otras cosas, un “algo/alguien” que durante la caída nos haga saber, si es así, que lo estamos haciendo bien. Que amortigüe el golpe; que nos ayude a ponernos en pie y nos acompañe a la siguiente montaña. Aunque luego volvamos a subir solos.

  5. Has descrito la situación tal cual la he vivido en mi yo más íntimo. No sabía ponerla en palabras, y al leerte me he reconocido.
    Y no sabes cuánto me reafirma en mi SÍ (más si cabe) leer esto.
    Gracias.

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