Introduciendo

Espero se me permita llamar virusmagineria a la actividad o resultado de imaginar síntomas insospechados de virus inexistentes.

Al igual que en terapia la «pregunta milagro» (imagínese que mientras duerme esta noche se produce un milagro y su problema desaparece ¿cómo y en qué lo notaría al levantarse?) facilita que la persona se enfoque hacia la solución, la virusmagineria puede facilitarnos la toma de conciencia de cosas que solemos dar por hechas.

En este mismo blog hay un ejemplo en un microcaso publicado en agosto de 2017 llamado «Cambio Clima(x)tico». Partía de imaginar una pandemia mundial por un virus que provocaba orgasmos de aproximadamente una hora de duración.

Luego el COVID-19 afectó a otro tipo de gusto y mucha gente infectada perdió el sabor y el olfato. Pero aún así sigue habiendo espacio para la imaginación. Podía haber sido peor. ¿Qué pasaría con las personas y la sociedad si ese síntoma fuera crónico, si no se recuperara nunca más?

Animales con categoría/s (o sin ella/s)

Hoy propongo imaginar un nuevo virus. Imagina que una mañana te levantas y has perdido una capacidad cognitiva a la que no le damos ninguna importancia: la de categorizar.

Desde ese momento serias incapaz de ponerle a cada cosa que percibieras la etiqueta que te permite ubicarla más o menor ordenadamente en el mundo. Cada cosa que te encontraras no podrías adscribirla a ninguna categoría: ¿alimento? ¿herramienta? ¿utensilio? ¿ser vivo? ¿comestible? ¿peligroso? ¿familiar? ¿amigo?… El mundo se te convertiría en un conjunto caótico de formas, sonidos, sensaciones en el que difícilmente te podrías desenvolver. El solo hecho de sacar y guardar la vajilla y cubertería del lavaplatos sería desesperante porque cada pieza necesitaría su cajón o estante. Todos los cajones de tu casa serían cajones de sastre.

La realidad imita a la ficción

Pero en realidad no es necesario imaginar que pierdes la capacidad de categorizar. A veces nos pasa. El mecanismo falla por unos instantes. Seguro que te ha pasado que alguien te para por la calle, te saluda y comienza a hablar contigo pero tú, de primeras, no sabes de qué le conoces. Y quizá aguantas el tirón mientras empiezas a abrir cajones: ¿ del trabajo? ¿deporte? ¿vecindad? ¿amigo de un amigo?… Hasta que por fin dice: «Precisamente ayer estuve con Julia». Y como da la casualidad que tienes una hermana que se llama Julia vas corriendo al supercajón de «Conocidos» y abres el subcajón de «amistades de mi hermana Julia» y salen de un tirón todos las escenas de tus interacciones anteriores con esa persona.

Categorizar bien, categorizar mal

También puede pasar que tengamos la categoría pero incompleta o mal definida. Por ejemplo, si un día vieras a tu abuela intentar recoger las migas de la mesa con un «Satisfyer», no deberías pensar que significa que ha perdido todo apetito sexual. Puede ser que, a falta de información, simplemente lo ha ubicado en el cajón general de «aspirador» lo cual, por cierto, no está desencaminado. Su categorización en este caso no sería incorrecta pero no todo lo completa posible para los tiempos que corren.

Otro ejemplo es el de las personas que han adquirido una categoría pero «de oídas». Si nunca te han hecho un «tacto rectal» es muy posible que tengas una definición y una serie de imágenes vistas o imaginadas con base en los frecuentes chistes o chascarrillos al respecto. Seguramente tu categoría tendrá una imagen prototípica: varón de pie con los pantalones bajados e inclinado sobre la camilla. Si te toca pasar la experiencia quizá te sorprendas cuando oigas al urólogo o uróloga decir «túmbese en la camilla mirando hacia arriba».

O lo contrario. Hay categorías que no se pueden crear en tu cabeza sólo con base en la experiencia. Entré al colegio con 7 años (eran otros tiempos) Cuando el primer día el profesor dijo «Vamos a hacer unas operaciones» levanté la mano angustiado para avisar que yo no sabía hacer «operaciones». Respiré aliviado cuando el profesor me preguntó si sabía sumar y restar y pude responder que sí.

Vida o muerte

Pero la categorización no sólo sirve para dar orden al caos de la realidad o para archivar eficazmente experiencias o recuerdos. Si no la haces bien te puede costar la vida.

¿A quien incluyes en la categoría «peatón»? Si en ella metes a todas las personas viandantes no hay problema. Pero mucha gente, a pesar del nombre, incluye en «peaton» a las personas viadeslizantes (patinete) y a las pedaleantes (bicicleta). La consecuencia es que entienden que el «paso de peatones» les permite cruzarlo en cualquiera de esos dos artefactos. Allá ellos. Hay muchas probabilidades de que vayan al hospital o al cementerio. Y lo harán con cara de indignación, pero irán.

Y de la misma que una mala categorización te puede costar la vida, una correcta te la puede salvar. No necesitas haber visto a antes a un esmurlo rayado para salir corriendo. Y seguro que no lo has visto porque no existe, me lo he inventado. Pero si existiera y al verlo frente a ti por su aspecto lo categorizas como «ser vivo», «animal», «felino», y dentro de esta categoría como «muy grande», me apuesto que, de momento, no irías a acariciarlo. La supervivencia del ser humano desde los albores de la Humanidad ha pivotado según Kevin Dutton alrededor de tres supercategorías: Luchar / Huir; Nosotros / Ellos y Bien (o bueno) / Mal (o malo)

(A pesar del subtitulo de su último libro, Dutton no niega que a veces la caracterización en Blanco o Negro puede ser muy útil. De hecho mantiene que existe siempre, en función del contexto o circunstancias, un número óptimo de categorias)

No solo filogenia, también ontogenia

La categorización no sólo está al principio de la diferenciación del ser humano del resto de los animales, sino que también está muy al principio del desarrollo evolutivo individual. Si a un bebé de aproximadamente un año (aún le falta bastante para comunicarse hablando u oyendo) le muestras una serie de dibujos en la que una elipse grande se desplaza con una elipse pequeña a su lado, comienzan a ascender por una supuesta escalinata y, en los últimos dibujos, la elipsota sigue subiendo dejando atrás o abajo a la elipsita, el bebé que mira se sorprenderá. Algo que podemos saber midiendo el tiempo que los ojos del bebe se fijan en el dibujo (a más sorpresa más tiempo). Este experimento real parece indicar que el bebé ya está categorizando: «algo mayor que cuida de/acompaña a algo menor» versus «algo mayor que abandona a algo menor».

Unos pocos meses o años después el niño o niña verá programas televisivos infantiles, como el famoso «Barrio Sésamo», que mezclarán diversión con enseñarle muchas categorías útiles: de colores, matemáticas, lejos-cerca, arriba-abajo, etc.

Incluso hay juegos basados en la categorización según la capacidad evolutiva para ello. Si estás leyendo este post puedo afirmar que una partida a «¿Quién es quien?» puede ser soporífera para ti y que sólo la harás si te toca entretener a un niño o niña (uso los dos para que no solo pienses en niños o simplemente para que no me acuses de sexista). Categorizar en hombre/mujer; rubia/morena; calva; con/sin bigote… es demasiado fácil para ti.

Pero cuando quieras jugar con jóvenes o adultas te recomiendo «Código Secreto» o «Código Secreto Imágenes» donde gana el equipo capaz de categorizar más eficazmente. Algo difícil pero tremendamente divertido.

Categorización y lenguaje

A estas alturas espero que haya quedado claro que el lenguaje es un arma fabulosa para la categorización pero que no es exactamente lo mismo. Por ejemplo hay categorías experienciales que han existido siempre pero que ahora tenemos un término muy específico para ellas. ¿O es que las personas no empezaron a experimentar resiliencia hasta que Werner y Smith cogieron el término de la física? En tiempos de Cervantes ¿la gente no tenía traumas psíquicos? ¿o es que simplemente le llamaban sentirse o reaccionar «como gato escaldado que del agua fría huye»?

O también puede ocurrir que la forma como categorizas revele cosas de ti aunque tu no hayas dicho nada. El pasado 24 de diciembre voy en el coche y tengo la radio puesta. Están interviniendo personas que llaman y cuentan como van a pasar la Nochebuena. Un hombre de mediana edad explica: «Cenaremos mi mujer, nuestra perrita Lía, mi suegra y yo» Tras unos segundos añade: «Los cuatro solos» (No dice «los 3 y la perra«). Al escucharlo cual bebé viendo elipses negligentes mi cerebro se sorprende. Él no ha nombrado la palabra «familia» pero no me cabe duda de que incluye a Lia en la categoría familia, subcategoría «la mía». Por mi como si quiere incluir al robot aspirador pero te aseguro que en mi categoría «familia», y a pesar de haber tenido perros, solo entran seres humanos. De ahí mi sorpresa.

Categorización y empatía

La categorización también facilita la empatía más allá de las experiencias compartidas o similares. Como mis padres nunca me pegaron no puedo saber como se siente un niño o niña al que los suyos le pegan habitualmente. Pero al menos puedo ir a la categoría «Experiencias» y buscar aquellas categorizadas de «Con un ser querido» y dentro de ellas «decepcionantes». Eso me permitiría recuperar emociones y sensaciones e intentar conectar con el niño o niña.

Como cuando leí a Boris Cyrulnik hablar del abuso sexual como de una «estafa moral» pude acercarme un poquito más a lo que sienten las víctimas del abuso. Por esto Hosftadter y Sander mantienen que las analogías son el motor del pensamiento. Precisamente saltando de categoría en categoría a través de ellas.

Sociedad y categorización

Y es que la categorización no sólo permite ordenar la realidad física y la realidad mental o personal. También permite poner orden en la realidad social. Cada vez que votamos en unas elecciones se nos pide que «nos categoricemos», por ejemplo como «votantes de». Durante muchos años tuvimos en España, al menos como voto útil, solo dos cajones para votar (no digamos si votáramos en EEUU). Sin embargo, en los últimos años tenemos 5, 6, 7… opciones. Lo curioso es que luego los partidos se encargan de volver a solo dos cajones: «izquierdas» y «derechas»; «constitucionalistas» e «independentistas»… Como plantea Sutton a veces el pensamiento en blanco y negro tiene alguna ventaja.

Por otra parte las Administraciones también necesitan categorizarnos. Por ejemplo como «persona con minusvalía». Y lo hará solo cuando se nos haya valorado según un baremo publicado en un Real Decreto y lleguemos a un 33% de discapacidad. Si, por ejemplo, no ves de un ojo pero por lo demás estás como una rosa, lo tienes crudo.

Y da igual que a ti parezca que llamar «numerosa» a una familia de tres miembros es exagerado, porque en la normativa que regula la categoría oficial cabe esa posibilidad. La sociedad no sólo necesita categorías para organizarse sino que debe definir claramente los límites.

Terminando

Los temas de interés relativos a la categorización son muchos: ¿es mejor pocas o muchas categorías? ¿se pueden utilizar las categorización para persuadir o manipular? etc Y tienen que ver con asuntos muy complejos: el derecho a la vida, la identidad sexual, el integrismo, el negacionismo, el independentismo o la polarización de la sociedad; la respuesta a la inmigración, etc

Revisar todos estos fenómenos a la luz de la idea de Sutton de las tres supercategorías; su idea de los límites difusos o de la existencia de un nivel óptimo de categorización según qué cosas, me parece que realmente da mucho juego.

Por cierto… ¿cómo categorizarías este blog? La persona que mejor lo ha hecho fue Dioni Segovia de ASOFACAM que hace unas semanas al presentarme y hablar del blog dijo «un espacio donde Javier escribe lo que se le pasa por la cabeza». Ni yo mismo lo habría categorizado mejor.

Y se me pasa por la cabeza que este libro me va a servir para proyectarlo sobre alguno de los temas más prototípicos de este blog: la protección a la infancia o la cultura del «yo mi me conmigo» y sus consecuencias.

Así que sirva este post como cimiento para otros posibles.

2 comentarios en “Virusmagineria: categorizo, luego pienso

  1. Me abrumas, Javier, sigues demostrando tener un humor excelente.
    Otra categoría donde cabría este blog podría ser: Ventana donde encontrarnos los sufridores del acogimiento familiar.
    Un abrazo.

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