“Las palabras son pedazos de afecto que transportan a veces un poco de información”

En justicia este blog debería llamarse “Cyrulnik, siempre Cyrulnik” pero la vida no es justa. Así que, al menos, citarlo siempre que esté detrás de una de las ideas o comentarios del mismo. Aún a costa de parecer un “Friki” (del inglés Freak que además de extravagante quiere decir fanático). Lo reconozco soy un fanático de lo que dice y escribe Boris Cyrulnik.

Morirse de vergüenza (Boris Cyrulnik)

Y en el segundo párrafo de su último libro traducido al castellano ( “Morirse de vergüenza. El miedo a la mirada del otro” Ed. Debate) nos encontramos con la frase que encabeza la entrada. No sólo me impresiona la frase en si misma sino que, punto y seguido, sigue como si nada. No pretende explicarla ni justificarla, con lo que todavía se hace más rotunda.

En los cursos o talleres suelo usar una frase de Tim Guenard (al que por cierto también admiro y creo que no he dedicado ni una de las sesenta entradas de este blog). En su libro “Más fuerte que el odio” (Ed. Gedisa) reproduce un diálogo entre él y su madre, cuando de sorpresa se la encuentra en una reunión familiar estando él ya casado y con hijos (su madre le ató a un árbol y le abandonó cuando tenía pocos años. Y hasta los 16 soñó que su madre volvería a por él, cosa que nunca ocurrió).

Su madre le pregunta sí ha perdonado a su padre y, cuando él le contesta que sí ,ella le espeta: “¡Eres como tu padre. Serás un mal esposo y un mal padre!” Y entonces en su relato leemos la siguiente acotación: “Hay palabras más violentas que los puñetazos. Las palabras del veneno de la desesperanza, de la fatalidad”.

En esta escena las palabras de la madre están cargadas, efectivamente, de veneno. Un veneno que tendría que ir dirigido al padre pero que se clavan en el corazón del hijo. Pero también se pueden clavar en cualquiera que pase por allí.

Década de los 70… un púber o adolescente sale de clase en un buen y céntrico colegio de una importante ciudad española. Se dirige a su casa en la cual no hay grandes problemas y donde se siente a gusto. Todo lo a gusto que un adolescente se puede sentir en su casa. Al pasar al lado de un edificio en construcción su mirada se cruza con la de un albañil que está en un andamio. De repente éste le grita enojado algo así como: ¡Y tú que miras!¡Vas a ser un fracasado como yo toda tu vida!

No sabemos porque el obrero estaba enfadado. ¿Le habría dejado la novia o la mujer? ¿Le habrían anunciado un despido? ¿Habría discutido con el capataz? ¿Estaría rabioso de ver salir a niños y jóvenes de un “colegio bien” mientras él se deslomaba todos los días en la obra?

Lo que sí sabemos (porque así se lo contó muchos años después a mi mujer) es que esas palabras se clavaron como un dardo en el cerebro y el corazón de ese chico… que simplemente pasaba por allí. Probablemente su asociación con una emoción intensa (el susto de una reacción inesperada del albañil contra él) consiguió la fijación en la memoria. Pero durante años las palabras siguieron liberando su veneno de desesperanza y fatalidad.

Por cierto que antes  he usado el verbo espetar que significa coloquialmente “decir a alguien de palabra o por escrito algo, causándole sorpresa o molestia”.

No siempre las palabras destruyen. Otras tantas veces construyen.

Años 60. Ciudad de México. Un niño corre a su casa después de haber estado jugando al fútbol en la calle con sus amigos. Cuando entra ve a su padre charlando con unos amigos. Éste le llama y cuando se acerca lo abraza, lo sienta en sus rodillas y se dirige a todos los presentes: ¡Les presento al futuro máximo goleador de la liga mejicana de fútbol!. Una vez retirado de su exitosa carrera futbolística Hugo Sánchez reconocía en una entrevista que quizá llegó a todo lo que llegó porque… ¡Si su padre lo había dicho…!

Pero no sólo poder constructivo sino también curativo.

Me han regalado el libro “Escuela de Felicidad” (Ed. Integral). Es una compilación de entrevistas con distintos personajes intelectuales realizada por el psicólogo Rafael Santandreu y publicadas en su día en la revista “Mente Sana”.

Escuela de felicidad - RAFAEL SANTANDREU

La primera es una entrevista a Boris Cyrulnik y reproduzco un párrafo de su primera respuesta:

“Las palabras que transmiten afecto y seguridad, literalmente, sanan las depresiones, las ansiedades y las heridas emocionales. Lo he comprobado, una y otra vez, incluso en casos gravísimos (….) Los traumas de la existencia- y a todos nos tocará la desgracia a lo largo de la vida- dejan señales en el cerebro, abren una serie de conexiones, circuitos neuronales, que nos predisponen a la ansiedad  o a la depresión. Pero la palabra amorosa puede sanar estas conexiones. Y esto lo he visto plasmado en fotografías computarizados del cerebro”

A mí ya no me salen más comentarios. Si quieres te toca a ti.

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